Summary: Pocas cosas son peor que llegar tarde.
Dulce castigo
XII
Mimi ya se había imaginado ese momento, pero nunca del mismo modo en que ocurrió. De su hombro colgaba una bolsa con zapatos negros. Solo eso. Una escena que poco tenía que ver con las cajas cargadas de pertenencias que había visto en las películas. Para compensar esta pequeña decepción, los zapatos aumentaban su peso a cada metro que avanzaba.
Conocía el camino, lo había recorrido en ambas direcciones más de cien veces. Aún así, no lo sentía familiar.
—Mimi.
Se giró reconociendo de inmediato esa voz.
—¿No pensabas despedirte? —preguntó Hiro con un tono más suave que de costumbre.
Se encogió de hombros.
—Nunca me ha gustado hacer eso. Yo me voy sin más.
—Ya, a nadie le gusta. Pero hay que hacerlo.
—Eso suena muy injusto.
Hiro negó con desaprobación, pero evitó hablar del tema.
—¿Qué harás ahora?
—No lo sé. No tengo ganas de pensarlo.
Él sonrió sin ganas y comenzó a caminar en la misma dirección que ella.
—¿Es por el vídeo? Deja pasar unas semanas más, luego nadie se acordará.
Mimi empezó a tener calor.
—No es por eso —contestó mirando hacia el suelo—. Es una excusa más. Es… no lo sé, no quiero estar aquí ya. Pero estoy bien, de verdad. No te preocupes.
—Pásate si necesitas hablar, ¿lo harás?
Sonrió.
—¿Por qué eres tan bueno con todo el mundo? Siempre tienes algo positivo que decir o buscas ayudar o… ese tipo de cosas. ¿No te cansas?
—No soy así con todo el mundo, Mimi. —Hiro se detuvo provocando que ella parase también. Sus hombros se agitaron por un escalofrío, lo que provocó su risa floja.
—Deberías irte, te vas a helar.
Hiro asintió.
—En fin, ya sabes dónde estoy.
Juntaron sus nudillos. Mimi dudó, pero se decantó por darle un rápido abrazo. Al apartarse, sonrieron una última vez y cada uno caminó en una dirección opuesta.
—¿No habrá más lecciones de cocina? —le preguntó girando la cabeza.
Hiro se paró para contestar a la pregunta.
—No sé —dijo casi gritando—. No tengo tanta paciencia como creía. Y tienes un gusto un poco raro.
Mimi se despidió levantando la mano y no volvió a su camino hasta que el chico se dio la vuelta definitivamente.
—Supongo que sí —dijo en un tono de voz inaudible para cualquier otra persona.
Arrastró sus pies hasta casi salir del recinto universitario y se sentó en unos escalones. Estuvo sin cambiar de postura durante una hora, preguntándose por qué no podía levantarse. Escuchaba las risas de otras chicas de su edad, o más jóvenes, pero ninguna era su amiga. Escuchaba móviles sonar, pero ninguno era el suyo.
—Lo siento, ya no se puede estar en esta parte. Tendrás que ir a la biblioteca o a la cafetería.
Se levantó de golpe, asustada por la voz impertinente del conserje.
—¿Me oíste?
Asintió.
—No puedes estar aquí. Tengo que poner la valla.
Arrimó a su cuerpo la bolsa con los zapatos que no pensaba ponerse nunca más, y salió del recinto, siguiendo a las farolas. Era de noche y se acababa de dar cuenta.
.***.
Llegó a su casa. Permaneció inmóvil ante la puerta unos segundos. Tenía la llave metida en la cerradura, pero no quiso girarla. Sus extremidades apenas se movían y sus parpadeos eran lentos, pero su corazón había decidido que necesitaba bombear con fuerza. Se acercó a la puerta, no podía escuchar un solo ruido. Seguramente no hay nadie. Giró la llave para descubrir su error.
—Hoy salí antes —murmuró. Su madre sonrió. Después le dijo que podía haber avisado, que habría hecho cena para ella también—. Ya cené.
—¿El qué?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—No sé cómo le llaman al plato, mamá. No sé el nombre. Nunca sé nada.
—Hija, ¿tú estás bien? A ver cuando dejas ese trabajo de una vez y comes en condiciones.
Mimi cerró la puerta de su cuarto y se arrodilló en el suelo. Cogió su teléfono y buscó entre sus contactos mientras humedecía las pieles rotas de sus labios. Tardó un poco en saber a quién quería llamar.
.***.
Koushiro supo por otros que Mimi llevaba un tiempo sin contestar a mensajes o llamadas. Tras escuchar eso y pensarlo algunas veces, se acercó hasta la cafetería, algo le decía que debía hacerlo. Nunca la encontró. Echaba un vistazo tras el cristal todos los días antes de entrar en clase, ni rastro. Se dijo que era mejor así; ya no tenía por qué esforzarse en huir de Mimi, ella había tomado la iniciativa. Después de todo, llevaban demasiado tiempo teniendo una importancia enfermiza en la vida del otro. Y los dos eran culpables, pero la culpa compartida no se llevaba tan mal.
Pasó semanas sin mirar tras el cristal. Hubiese sido más fácil olvidarla sin tener que escuchar esa canción electrónica una vez por día, sonando hasta en los rincones más insospechados.
—La he visto en la biblioteca.
—¿Qué? —preguntó Koushiro despistado.
—A Mimi —dijo Tamae tras abrir su cuaderno—. Está en la biblioteca.
—¿Qué hace ahí?
Tamae se encogió de hombros. Koushiro tragó saliva. Quería ir a verla, pero estaba sentado en clase y el profesor podía llegar en cualquier momento. Miró la hora, pasaban casi diez minutos de las once.
—Debe de estar ocupado por la publicación —dijo Tamae—. Seguro que viene ya. Nikki suele ser puntual.
—¿Qué publicación?
—Además lo van a ascender, seguro que debe atender alguna llamada.
Koushiro no le preguntó por qué sabía todas esas cosas, él siempre era el último en enterarse de los detalles personales. Pensó que lo habría mencionado en clase. Sí, seguramente era eso. Nikki no desperdiciaba una sola oportunidad de alardear.
Si Koushiro hubiese ido a la biblioteca durante ese mes, sería fácil que coincidiese con Mimi. Pero él prefería quedarse en casa, siempre que sus padres no tuviesen problemas. Mimi no llegó a contar a los suyos que ya no trabajaba, así que se pasaba ocho horas al día dentro de la biblioteca, como si estuviese tan acostumbrada al camino que hacía hasta el trabajo que no pudiese pensar en otro lugar. En la bolsa que antes usaba para meter los zapatos de goma, metía su pequeño ordenador, o un cuaderno. A veces ni siquiera le apetecía cargar con eso y salía de casa sin nada. Llegaba, se sentaba en un rincón y pasaba páginas sin fijarse demasiado en el contenido. Cuando se aburrió de los libros de belleza, curioseó otras secciones. Le gustaban las de historia y arte, porque los libros tenían más fotografías que en otros pasillos. Pero, por lo general, acababa aburriéndose y hundía la cabeza entre los brazos hasta que era hora de marchar. Alguna vez pensó en ir hasta el centro comercial, donde solía gastar las tardes en su vida pre-laboral, pero encontró que se sentía demasiado cansada para eso. Y escribía en sus diarios, pero nunca más de una frase por vez y nunca dejaba la hoja en el cuaderno. Detestaba sus palabras. Cosas como «no debería ser tan difícil» o «nada es peor que llegar tarde».
.***.
Nikki entró en clase con una sonrisa menos calculada que de costumbre, aunque Koushiro no se percató de la diferencia. Los alumnos le recibieron con aplausos y le animaron a hablar de su premio, pero el profesor prefirió quitarle importancia y centrarse en el temario. Koushiro notó que estaba siendo observado más de lo habitual.
—¿Todo bien? —preguntó dirigiéndose a él.
—Debo irme —dijo Koushiro, arrastró su silla, cogió sus cosas y se marchó. A nadie pareció importarle, excepto al profesor, quien disimuló volviendo con rapidez a la lección y a Tamae, que se pasó el resto de la hora mordisqueando el extremo de un lápiz.
Entró en la biblioteca, lo primero que vio fue un cartel en el que se anunciaba la charla que daría el profesor Nikki sobre su novedosa teoría. Cada vez le caía peor y ni sabía por qué.
Subió las escaleras. Ni rastro. Subió un piso más. Mimi jugaba con su móvil en una esquina. Él se sentó a su lado y la saludó como si lo hiciese continuamente. Ella no despegó la vista del solitario de la pantalla.
—Es raro verte aquí.
—No, lo raro es verte a ti —corrigió Mimi—. Yo vengo siempre y nunca te he visto.
—¿Por qué vienes?
—Supongo que es mejor que estar en casa.
—¿Te dijeron algo por lo de…?
—No. No dijeron nada. Eso no me gustó.
Llegó un silencio, Koushiro sabía que eso siempre los había separado. Quería que empezase uno de sus extraños monólogos, aunque fuesen solo quejas, pero no ocurrió. Sacarle las palabras a alguien era agotador. Entendió a todos los que nunca había caído bien.
—Te estuve buscando.
—Pues ya ves.
—Oye… —Paró para coger aire y continuó tras unos segundos. Mimi no se impacientó—. Creo que ya conseguí librarme de… eso negativo que sentía por ti. Me he dado cuenta de que los dos tuvimos la culpa. No vale de nada estar mal, es tiempo perdido. Ahora incluso he mejorado mis notas, y eso que estudio menos.
Mimi sonrió y con ello sus párpados se arrugaron y sus cuencas se humedecieron. Asintió sin mirarle.
—¿Quieres que me vaya?
—No —murmuró—. No aún.
Mimi guardó el teléfono en su bolsillo.
—Cumplí veintitrés —le contó. Koushiro enrojeció, se había olvidado por completo—. Es como si fuera un año mayor que tú ahora mismo.
—Solo es un par de meses, no es nada.
—En Nueva York vivía una amiga mía que siempre me llamaba en mi cumpleaños.
—Eso es bueno.
—Me acordé de eso y pensé que sería buena idea ir a visitarla.
Hubo otro silencio. Koushiro lo llenó con un «te escucho».
—Este año no lo hizo. La llamé yo y hablé con su hermana. Al parecer murió hace tres meses. Estaba enferma, pero no me dijo nada, no quería preocuparme. Su hermana empezó a llorar cuando me lo contó. No debí haber llamado.
»Pero es que no lo sabía, nadie me dijo nada. Simplemente se olvidaron.
—Lo siento, es triste.
—Esa no es la palabra. Eso es lo peor de todo, no me vale decir que es triste.
—Lo siento.
—Se lo conté a alguien, no sé, buscaba consuelo, supongo. Y me dijo «todos morimos». Como si no lo supiera, ¿acaso parezco tan estúpida? Me dije que no se lo contaría a nadie más. Total, aquí nadie la conocía, a nadie le importa lo más mínimo. Y te lo estoy contando a ti.
»No voy a volver a venir a la biblioteca. No me busques más aquí. No estaré en casa tampoco. Me duele algo que no consigo localizar y cuando estoy cerca de otra persona, a veces, como ahora, cuando tengo que hablar y fingir que no pasa absolutamente nada, empieza a doler más.
—Me gustaría poder ayudarte.
—Pero no puedes. Algunas personas hacen daño solo por existir.
—Gracias.
—No lo decía por ti.
Dicho esto, le dio un beso en la mejilla, se limpió la cara con el dorso de la mano y se fue. Las miradas de los estudiantes siguieron el rumbo que marcaban sus tacones y el vuelo de su falda.
Koushiro tardó en asimilar que no iba a volver.
