Summary: Eres todo lo que no quiero que seas.
Dulce castigo
XIII
Me gustan los colores brillantes. También los que son claros y dulces. Ir en metro siempre es más divertido cuando las estudiantes han acabado sus clases, porque puedo entretenerme mirando el reflejo de sus cabellos. Y pienso en qué color quiero. La verdad, los quiero todos.
En la peluquería me enseñaron muestras de los tintes y ahí se ven más feos que en las cabezas. Unos cuantos pelos artificiales sin vida y juntos. Yo intento pensar en cómo son vistos en el metro. Sin embargo, la decisión acaba siendo siempre como una descarga eléctrica. Digo «este». Rápido te quitan de las manos el muestrario, para que no puedas quejarte si el resultado no es el que habías pedido.
Me dije que quería un color que no hubiese tenido nunca. Eso fue todo. A la peluquera le costó identificar mi tono natural. Al parecer, tiene muchos matices diferentes. La mayoría de los tintes tienen uno o dos, y yo siempre me he preguntado cómo alguien puede creer que dos es suficiente. Pero, según dicen, cuando hay más se matan entre ellos y no se puede hacer nada. A veces, incluso con dos ocurre. Incompatibles.
Llevo seis horas con este color y me gusta. Lo único que no entiendo es por qué brilla blanco si es negro.
.***.
—No fue nada en concreto, ya sabes, las cosas pasan. Él estaba más interesado en otra. —Koushiro no sabía por qué ella le daba explicaciones, no recordaba habérselas pedido.
Las sábanas eran del mismo color que las cortinas. La madre de Koushiro era especialmente obsesiva cuando se trataba del menaje del hogar. Así mismo, se cambiaban cada tres días, sin excepción. Y siempre se aireaban durante media hora, de siete y media a ocho.
Por algún motivo inoportuno, Koushiro recordó que faltaban dos días para cambiar la cama. Durante dos días tendría que dormir en las mismas sábanas en las que se había acostado con Tamae.
La experiencia fue muy diferente a la que había compartido con Mimi. Koushiro no necesitó preguntarse si ella estaba pensando en alguien más, si aquello iba a alguna parte. En cierto modo, no tener que estar pendiente de esos aspectos ajenos —en superficie— al acto físico, lo hizo mejor. La parte menos agradable llegó al despertar.
—Tenía que haberlo visto, ya sabes, soy un poco tonta.
—No creo eso —dijo sin decidirse a abrazarla, a pesar de que apenas veinte minutos antes no cabía el aire entre las pieles.
—Quizás no, pero, en fin, es lo que pienso ahora mismo.
Koushiro empezó a creer que el sexo era un consuelo engañoso, pero no compartió sus ideas en alto. Tamae se apretujó los pechos contra la colcha.
—Creo que esto no tendría que haber pasado —murmuró indecisa.
Koushiro llevó la vista al techo. Sentía que su deber era animarla, como hacían los amigos, pero no podía quitarse de la mente que le daba igual cómo se sintiese, o si le había utilizado o él a ella, realmente no le importaba. Lo único que le molestaba era saber que no era capaz de sentir nada, que las palabras dichas meses atrás por Mimi en ese mismo colchón seguían impregnadas en la almohada, a pesar de airear la cama y de las múltiples lavadoras. Seguían ahí, más frescas que nunca, era lo único que podía hacerle daño en ese momento.
—Está bien, la gente lo hace sin sentimientos de por medio continuamente. No te sientas mal. La moral es un invento, ¿sabes que empezó siendo un método para controlar la natalidad? Ahora tenemos anticonceptivos y ya no es necesaria.
Tamae escuchó con atención, asintiendo y apretando una mano contra otra. Koushiro siguió con la vista fija en el techo y los recuerdos atrasados. Así estuvieron varios minutos, hasta que Tamae, abrumada con el silencio, le dio la espalda y se vistió. Cuando se estaba calzando, ambos escucharon cómo la puerta de la calle se abría.
La señora Izumi se demoró lo suficiente como para no ver cómo su hijo se vestía, pero sí se percató de que la cama estaba mal hecha por el lado derecho. Koushiro dormía, por costumbre y sin moverse apenas, en el lado izquierdo.
.***.
Aunque no fuese a un sitio en concreto, Mimi había cogido la costumbre de ir corriendo por la calle, siempre que sus zapatos fuesen aptos para ello. Cuando corría, tenía la sensación de que todo a su alrededor era de piedra. El suelo, el cielo, las personas. Ella era el único ser vivo. Cuando no corría, la sensación era la opuesta.
Esto no sucedía cuando sostenía una taza de chocolate caliente entre sus manos. Había cambiado la biblioteca de la universidad por cafeterías aleatorias con música a un volumen bajo y fotografías de paisajes urbanos en tonos grisáceos. Siempre estaban llenas de personas que iban solas a tomar algo, como ella. Aprovechaban para leer el periódico, enviar mensajes con su teléfono móvil o mirar páginas web en un portátil. Mimi prefería ese ambiente, porque aunque ella no estuviese haciendo nada en concreto, tampoco la miraban preguntándose por qué no lo hacía. Pertenecía allí. Presente de un modo tan conjugado con el resto de los muebles que no parecía importunar a nadie.
Lo que nunca hubiese esperado era encontrarse con Hiro en uno de esos lugares silenciosos, tan ajenos al bullicio universitario con el que relacionaba al camarero.
Lo llamó, alegre por el encuentro casual.
—No te había reconocido —dijo él. Ella sonrió, sorprendiéndose a sí misma. Empezó a darse cuenta de que cuánto más sonreía, más gotas de felicidad acumulaba—. ¿Y eso?
—¡Ah! Unos adornos de estrellas. Antes solía llevarlos y vuelven a estar de moda.
—No se los he visto a nadie más.
—Volverán a estar de moda —aseguró ella, antes de elevar las cejas mientras juzgaba la temperatura de su bebida con los labios. Hubo un breve, aunque incómodo, silencio al que ninguno de los dos estaba acostumbrado.
—En veinte minutos tengo el descanso.
—Te esperaré, entonces.
.***.
—No es que tenga nada de malo, no estoy diciendo eso. Pero me gustaría conocerla, si es que va a pasar más tiempo en casa, ¿tanto pido? Te noto raro, hijo. Contesta, me preocupas.
Volvían a usar raro, y en un nuevo contexto. Dicho como solo una madre puede hacerlo. Koushiro se revolvió el pelo que caía en su frente. Hubiese preferido permanecer virgen a tener esa conversación.
—No es mi novia —explicó por tercera vez.
—Pero es obvio que te afecta.
—¿En qué sentido? —preguntó mirándola fijamente. Ella siempre había tenido la sensación de que la desafiaba cuando hacía eso. Con el paso de los años, Koushiro se había encerrado cada vez más en sí mismo, contestando lo que otros esperaban oír. Solo en sus preguntas decía, de un modo retorcido, lo que de verdad pensaba. Su madre estaba convencida de ello.
—Ni siquiera puedes hablarme sobre eso —dijo la señora Izumi levantándose y abandonado la habitación. Koushiro cerró la puerta, intentando no hacer ruido.
Pensó, como la mayoría de hombres pensaban en algún momento de su vida, que las mujeres estaban locas. No podía empatizar con la preocupación de su madre, ni con Tamae ofendida por no haber rechazado sus brazos, ¿en qué momento se suponía que quería ser parada, cuando le acarició los labios o cuando lo rodeó con sus piernas?; no podía entender a Mimi y sus idas y venidas, ni mucho menos se entendía a sí mismo y a los errores que quería cometer.
Quizás, pensó con los ojos cerrados, el denominador común soy yo.
.***.
—Así que has dejado la cafetería de la Universidad —resumió Mimi removiendo el chocolate.
—No he dicho eso. Estoy trabajando en los dos sitios.
Mimi dejó de jugar con la cucharilla.
—¿Y cuándo estudias?
—Ya no estudio.
Mimi volvió a sujetar la cuchara y concentró su mirada en el brillo del metal.
—¿Por qué?
—Suspendí. Aparte, ya no podía pagarlo.
—¿Ves? Debimos habernos quedado con la billetera —dijo soltando el cubierto y acercando el cuerpo a la mesa. Hiro rio, no podía creer que ella siguiese acordándose de eso.
—Sabes que no. —Mimi elevó los hombros—. Lo sabes, ¿verdad? Eres buena persona.
—Supongo que lo soy. —Volvió a esconder su mirada.
—Estoy tratando de ahorrar. Me gustaría abrir mi propio local. Tengo algunas ideas.
—Suena bien —opinó Mimi.
—¿Y tú? ¿Estás trabajando?
—No he tenido mucha suerte con eso.
—Mala suerte, ¿eh?
—Sí, siempre necesitan gente con más experiencia. O gente que haya estudiado, o está muy lejos, o… No me quisieron por el vídeo, ¿te lo puedes creer? ¿Quién puede acordarse todavía de eso?
—Algunas personas.
—En un sitio me dijeron que era muy joven. Y en otro que era muy mayor. ¿Te lo puedes creer? Estoy super deprimida. Es como que no puedo hacer nada. Siempre es no, no, no, no. Nunca un sí.
—¿Y qué estás buscando?
—No sé.
Hiro echó un vistazo al reloj y comenzó a hablar a mayor velocidad.
—Estudia algo, Mimi, todavía estás a tiempo. Tiene que haber algo que te motive, que quieras hacer. No hagas lo mismo que yo hice. Esto es un asco, dos trabajos, turnos largos, mal pagado, ya sabes cómo es, un asco. Aún puedes hacer algo.
—No es como si necesitase el dinero, claro.
—Estudia.
—O como si tuviera que hacer algo que no me gusta solo porque todo el mundo lo hace. Porque es que estoy harta de eso. Una amiga mía ayuda a su madre en una floristería y siempre dijo que lo odiaba. Me acuerdo perfectamente de eso. Dime, para qué hacer algo que odias.
—Estudia, Mimi.
—Tal vez abra un blog sobre moda.
—Es por llevarme la contraria, ¿verdad?
Mimi rio levemente.
—Sabes, algún día podíamos hablar como si tú no fueses mayor que yo. Es decir, yo digo mis cosas, tú las tuyas y nadie intenta solucionar la vida de nadie.
Hiro se levantó del asiento.
—Está bien, otro día probamos. Solo cuídate.
—Lo haré si es lo que quiero hacer —dijo ella en cuanto perdió de vista al camarero.
.***.
«Pensé que seguiríamos siendo amigos».
Koushiro cubrió su cabeza con sus brazos y apoyó la frente cerca del teclado. Se sobresaltó por la llegada de la continuación del mensaje.
«Y ya no me hablas».
«Solo ha sido un día» escribió él.
«Está bien. Solo quería asegurarme de que no había problemas».
«No hay»
«Siento lo de la entrevista».
Koushiro perdió cualquier atisbo de ganas de hablar, cerró la pantalla y se tumbó sobre la cama.
.***.
Koushiro comprobó por segunda vez quién era la persona que había llamado a su puerta.
—No abras. No abras. No abras… —se dijo a sí mismo. Llamaron otra vez.
Abrió, aunque solo lo suficiente como para asomar la cabeza. Mimi lo saludó sonriendo, gesto que desapareció de inmediato.
—¿Por qué gritan? —preguntó sujetándose un mechón de pelo.
—Están enfadados.
Koushiro subió la vista del vestido empapado de Mimi a su nuevo color de pelo. Nunca la hubiese imaginado con ese tono, lo que solo le hizo pensar en lo poco que se conocían. Finalmente, dejó que la puerta siguiese abriéndose. La Mimi de su cerebro daba saltos de alegría y se trasladaba con ellos a cualquier lugar donde le apeteciese estar.
Koushiro siguió a la Mimi real por el pasillo, conocía bien el camino.
—¿Siempre gritan tanto? —preguntó sentándose en la cama del chico.
—Es que están siguiendo los consejos de una terapeuta nueva. Antes siempre guardaban silencio. Podían pasarse hasta una semana sin hablarse.
—¡Qué terrible!
—No sé —dijo Koushiro apoyándose en el punto de la pared más lejano a la esquina donde ella se sentaba. Se cruzó de brazos y la miró.
Mimi se quitó los zapatos.
—Quería preguntarte una cosa. Es algo que me lleva atormentando días. ¿Crees que es posible que exista más de un universo?
Koushiro no contestó. No escuchaba.
—Lo explicaban en la tele. Es decir, si es infinito, es que no tiene fin, ni principio. Entonces, se repite todo el tiempo, ¿no? Y voy a estar equivocándome siempre. Pero, lo bueno de eso, es que ya nos hemos acostado miles de veces. Quiero acostarme contigo. Ya sé que dije que no quería, pero ahora quiero. —Koushiro siguió en silencio—. Y sabes una cosa más, yo no puedo ser tan lista, ni tan amable, ni tan como esas mujeres que nunca dicen lo que no se espera de ellas, ni siquiera puedo ser guapa a todas horas, pero hay algo que sí puedo ser... Hay algo que puedo ser para ti que no podrás encontrar en nadie más.
Por un momento los gritos de fondo cesaron y solo escucharon la tormenta que se acercaba más y más.
—¿El qué?
—Tiene que haber algo.
Koushiro dejó de mirarla y se sentó a su lado, dándole la espalda. Los sentimientos habían vuelto, como las ráfagas de viento que anuncian el otoño, tan mezclados, viejos y nuevos, que hubiese sido imposible saber cuál predominaba, aunque optase por el silencio para los restos.
—Lo hay. Eres todo lo que no quiero que seas. Pero no es tu culpa.
Mimi se giró hacia él, con la mirada puesta en el vello erizado de su nuca.
—¿Te quedarías con mi físico? Contesta.
Se aproximó. Koushiro podía sentir su respiración en su espalda.
—No voy a contestarte.
—Mejor —susurró Mimi. Le agarró las manos y lo besó en el cuello, aumentando la velocidad de sus labios y la presión, como si quisiera ver una marca roja que le recordara donde había estado—. Mejor que no digas nada.
Mimi no sabía lo que hacía. Ni siquiera se había cuestionado antes de aparecer por su casa si era buena idea, si les iba a traer problemas. Se había dicho a sí misma que prefería estar para mal a no estar en absoluto. Que eran leales, algo importante. Después, una vez empezados los besos, poco tenía que pensar. Koushiro se giró y la besó en la boca, quizás para callar los susurros monotemáticos. Colocó una mano en su cintura y la metió en su vestido. Mimi se apartó al comprender el cambio en su expresión.
—Ahora llevo relleno —explicó—. Llevaba en el vídeo y ahora llevo siempre.
Se escuchó un portazo procedente del dormitorio de sus padres. Más tarde, unos zapatos nerviosos. Koushiro le pidió silencio con un gesto y apagó la luz.
—Deberías irte, Mimi. No me apetece que te encuentren aquí.
—No me voy a ir. Llueve mucho —contestó ella metiéndose debajo de las sábanas. Incluso en la oscuridad, Koushiro pudo distinguir su pelo sobre la almohada. Se tumbó a su lado, en la parte derecha, frente al techo, lo suficientemente separados como para necesitar estirar los brazos para rozarse. Discutir y ganar era un imposible.
—Creo que me voy a quedar dormida. Cuando no debo, siempre me duermo.
Koushiro sonrió en la oscuridad.
—Estuviste con la niña koala.
—No.
—Mentiroso.
Koushiro volvió a sonreír.
—Sabes, me gusta tu voz cuando dices mentiras. No dejes de decirme mentiras. ¿De acuerdo? —Koushiro no contestó—. ¿Por qué estás tan lejos? Te necesité mucho. Déjame abrazarte.
Lo que más le hacía sonreír era su voz, la adoraba cuando era sincera.
