disclaimer: Froozen no me pertenece
[capítulo 5: Mucho ruido y pocas nueces]
— Finalmente te encontré — exhaló Kristoff mientras que Anna lo miraba entre horrorizada.
— No voy a regresar a Arandelle, sí es que eso es lo que quieres Kristoff — afirmó Anna.
— Anna… — comenzó el chico.
— Mi nombre es Annabelle — lo corrigió la princesa.
— Annabelle —empezó nuevamente — no vengo a pedirte que regreses, solo quería verte una vez más, hablar contigo, explicarte lo que pasó, y tener la seguridad de que estás bien. Annabelle, por favor, no me rechaces sin haberme escuchado, te he buscado por cuatro meses, te lo pido, dame un par de palabras — le pidió Kristoff.
— Aww… que lindo — prácticamente chilló Sandrine con un tono agudo. Por lo que Amelia le dio un ligero golpe con el codo en el costado, indicándole que se callara.
A decir verdad, Anna no sabía qué hacer, pues mentiría si dijera que no quería escuchar a Kristoff, ya que pensar que él hubiera estado buscándola por cuatro meses era completamente increíble, pero, a su vez, ella no deseaba ser herida nuevamente, menos ahora, que por fin halló un poco de paz lejos de los muros del castillo de Arandelle.
— Esta bien… — concedió Anna — hablaremos, así que ven conmigo— le indicó mientras lo tomaba de la mano y lo conducía a la parte de atrás de la panadería donde había un diminuto jardín con un árbol en el medio, en el cual, Anna se recostó.
— Querías hablar, pues habla, te escucho — dijo Anna. Por su parte, Kristoff sintió que la boca y los labios se le secaban. Ella le pidió que hablara, y eso era justamente lo que el muchacho hacía peor, definitivamente, él no era un gran conversador.
— Yo…
— Tu… — se burló Anna incitándolo para que continuara.
— Yo… te he estado buscando, por favor, yo quiero que me perdones, no cómo la última vez en que me engañaste y te fuiste — comentó.
— ¡Oh!, ¿yo te engañe y me fui? — preguntó Anna molesta, por lo que las alarmas de Kristoff se prendieron de inmediato, indicándole que aquello no estaba funcionando — supongo que tienes razón, yo te engañé y me fui, entonces, podríamos decir que estamos uno a uno, empatados — se burló sarcásticamente la princesa.
— Realmente no sé qué decir, ni qué hacer, Anna, lo he intentado todo… — se quejó Kristoff confundido.
— ¿Y qué te parece decime la verdad? ¿Ya intentaste eso? — preguntó Anna molesta — Kristoff, sí es que te fuiste de aquella manera porque te cansaste de mí, o porque yo no valgo la pena la molestia, me gustaría saberlo — dijo la chica haciendo uso de las mismas palabras que Kristoff utilizó durante su pelea en la noche del baile.
— ¡No! — negó Kristoff rápidamente — eso no es cierto, yo solo dije aquello porque estaba molesto, la verdad es diferente. ¿Acaso crees que yo te habría buscado por mar y tierra si me hubiera cansado de ti? — preguntó el muchacho.
— Entonces, ¿Cuál es la razón? — prácticamente gritó Anna.
— ¡Yo estaba harto de ese maldito castillo! — Respondió Kristoff en un arranque de adrenalina — Anna, tú no tienes idea de lo que es vivir allí, sintiendo que no encajas, que eres un extraño. Durante toda mi vida, lo único que he conocido es el hielo, y quedarme en el palacio, no sólo significaba renunciar a eso, sino aceptar lo que todos decían: que yo no era bueno para ti, que tan solo te hacía quedar en ridículo, y saber, que posiblemente tenían razón, porque no hay forma de que un recolector como yo, pueda quedarse con una princesa como tú. Por todo aquello, decidí retirarme antes de que pudiera salir más herido de todo esto— se desahogó Kristoff, quien sentía que se había deshecho de la pesada carga que llevaba desde hacía meses.
En ese momento, y con una lentitud que perturbó a Kristoff, Anna avanzó hacía él, tomó su rostro con ambas manos y apoyó la frente en la suya, tal y como el recolector hizo meses atrás en el puerto de Bert.
— Anna… — suspiró Kristoff, quien realmente no podía creer que aquella escena estuviera pasando después de tanto tiempo de haberla buscado.
— Kristoff, yo no sé qué decir — murmuró Anna en tanto se separaba de él — pero si sé que no voy a regresar a Arandelle. Aun no puedo estar segura de tus intenciones, puede que tan solo estés aquí porque Elsa te pagó para que vinieras a buscarme — dijo Anna desconfiadamente.
— ¿Por qué crees eso? ¿Es que acaso estás empecinada en siempre pensar lo peor de mí? — preguntó el muchacho.
— ¿Por qué no habría de hacerlo? Ya me han engañado antes, no dejaré que lo vuelvan a hacer — afirmó la chica con resolución.
— Anna, yo no soy Hans — le recordó Kristoff seriamente mientras la miraba a los ojos.
— Es cierto, puede que tu no seas él, pero nada impide que también estés tratando de engañarme — le explicó Anna, por lo que Kristoff se la quedó viendo, pues nunca se había detenido a pensar en la magnitud del daño que causó el príncipe en la confianza de la chica.
— ¿Y si te lo pruebo? — preguntó Krsitoff.
— ¿De qué estás hablando? — contrainterrogó Anna.
— Yo te probaré que no estoy aquí porque tu hermana me pagó para buscarte. Es cierto, ella trató de darme dinero, y yo lo acepté, porque sabía que lo necesitaría para comprar a la mitad de los guardias de migración de las Islas del Sur, quienes convenientemente, por un par de monedas, me dijeron que Annabel Mesonge se dirigía a la Capital. Pero, yo estoy aquí porque así lo quiero, porque yo… — trató de decir Kristoff.
— Yo… realmente te amo— completó e muchacho. Ante lo que Anna tomó aire.
— Yo también te amo — respondió la chica — pero no voy a regresar, por favor Kristoff, no me obligues a regresar — pidió Anna casi desesperadamente mientras cerraba los ojos.
— No te voy a obligar a volver al castillo, pero, he decidido que me quedaré aquí — manifestó Kristoff en tanto ponía sus manos en su cadera, cómo quien está muy seguro de sí mismo.
— Kristoff, no tienes que hacer eso — dijo Anna — yo voy a quedarme, pero, el hecho de yo te dijera que… "eso", no significa que tengas que permanecer aquí— le explicó.
— Yo soy libre ¿no es verdad? — Preguntó retóricamente— pues, entonces, decido quedarme aquí, contigo, hasta que nuevamente confíes en mí — dijo el chico muy resuelto.
— Realmente no tienes que hacer eso — exhaló Anna quien no podía creer la terquedad del recolector de hielo.
— No, no tengo que hacerlo, pero lo haré porque así lo quiero — aseguró Kristoff.
— Como sea, pero después no vengas a mí a echarme la culpa, si es que algo no funciona como tú lo quieres. Por ahora, voy a pasar el día con mis amigas, hablaremos después— dijo Anna molesta.
Finalmente, Anna consiguió volver a la cafetería donde se encontró con varios pares de ojos curiosos que no dejaban de mirarla.
— Bien… — empezó Amelia — eso fue… particular — concluyó la chica con una sonrisa en sus labios.
— ¿Hablaste con él, Annabelle? Parece lindo — intervino Sandrine emocionadísima.
— Siéntate querida — dijo mientras le hacía espacio en la mesa en la que se hallaban sentadas y le ponía una taza de té acompañada de la tarta de chocolate que tanto había querido la chica.
Anna se sentó junto a ellas, y a pesar de su incomodidad. Nadie le preguntó nada acerca de su encuentro con Kristoff, lo cual agradeció, ya que aún no se hallaba preparada para afrontar aquello, pues aún llevaba la herida a carne viva. Aún así, la chica se preguntaba si estaría bien desahogarse, y finalmente contarle a alguien cómo se había sentido durante aquella época, sin miedo a ser juzgada por sus errores pasados, posiblemente, esa era una de las razones por las que la muchacha se sentía tan ahogada en el castillo de Arandelle, porque no tenía nadie con quien hablar.
Después, de aquello, Anna intentó dejar atrás toda la incertidumbre y confusión que dejó la aparición de Kristoff, y seguir con su día cómo lo había planeado. Por lo que ella, y las demás, marcharon al distrito comercial de la ciudad, en donde pasaron el tiempo mirando los vestidos y las telas en las tiendas del lugar, paseándose por ahí. Puede que fuese tonto, puede que estuviera perdiendo el tiempo, pero Anna nunca se imaginó que algo que era insignificante para los otros, representaría la vida entera para ella, pues jamás tuvo una amiga, en realidad, lo más cercano que conoció fue esa extraña relación que tenía con Elsa, la cual no era ni ligeramente parecida a lo que vivía en aquel momento, en muchas de las ocasiones, cuando pensaba en su hermana le costaba visualizar su rostro, pues a menudo, era remplazado por la imagen de una puerta cerrada en su cara.
No obstante, con la aparición de Kristoff, el rostro de Elsa era más claro que nunca, y Anna no podía dejar de preguntarse cómo se sentiría la mayor, después de todo, la había dejado sola con sus miedos, y con la pesada carga que representaba ser la reina de Arandelle. Era en momentos como aquellos, en los que Anna se preocupaba más por ella, no era que en otras ocasiones no lo hiciera, simplemente, ahora estaba mucho más inquieta por su bienestar.
— Annabelle— la llamó Sandrine — ¿me escuchaste? — le preguntó la chica.
— No, lo siento, estaba distraída — confesó Anna.
— Te dije que nos veremos después, en casa, tengo que volver, la señora me pidió que pasara por la carnicería— le explicó la chica.
— Oh, no hay problema, nos reuniremos más tarde— contestó Anna encogiéndose de hombros.
Anna, Amelia y Adrian visitaron un par de tiendas más antes de que comenzara a oscurecer, por lo que consideraron que era hora de volver. Desafortunadamente, ya era de noche cuando Anna finalmente llegó a la casa, por lo que la princesa caminó rápidamente mientras se encogía dentro de su delgado chal.
— Frio, frio, frio — recitó la chica en tanto buscaba las llaves de la puerta trasera en su pequeño bolso de mano. Finalmente, Anna logró abrir la puerta, pero se sorprendió cuando a lo largo del pasillo vio una luz prendida.
— Oh señora, debió haberlo visto, fue tan romántico — escuchó Anna decir a Sandrine quien se oía emocionadísima — y después dijo: "vine por ti Annabelle" y entonces…
— "Esa chismosa" — pensó Anna en tanto emprendía camino hacía el salón. Rápidamente, las dos mujeres se callaron al oírla entrar.
— Buenas noches — saludó Anna mientras que Sandrine se ubicaba junto a Claude y las dos compartían una mirada confidente.
— Buenas noches Annabelle — saludó Claude — ¿Qué hay de nuevo? — preguntó la mujer mientras le dirigía una sonrisa.
— No mucho señora — contestó Anna mientras fulminaba a Sandrine con la mirada.
— ¿De verdad? Sandrine me comentó acerca de ese guapo chico que dijo que te ha buscado por mar y tierra, no sé a ti, pero a mí me parece algo grande — comentó la mujer mientras la mucama a su lado exhalaba un suave "Awww…" para expresar lo enternecedor que resultaba todo el asunto.
— No creo que lo vuelva a ver señora — dijo Anna sin el menor rastro de una sonrisa.
— Pero, ¿Por qué? — preguntó Claude contrariada.
—Porque Kristoff no es de fiar, y no me voy a exponer nuevamente a que una persona se burle de mi — confesó Anna sin atreverse a mirar los rostros de las otras dos mujeres en el cuarto. — Me retiro. Buenas noches señora, buenas noches Sandrine— dijo la princesa antes de dejar rápidamente la sala.
Anna llegó a la cocina, en donde planeaba prepararse una taza de té antes de dormir, por lo que se sentó en la rustica mesa de madera junto al fogón a esperar a que la tetera le diese el aviso, hasta que una nueva presencia en la habitación la alertó.
— Señora, ¿necesita algo? — preguntó Anna sorprendida, quien en los dos meses que llevaba trabajando en aquella casa nunca había visto a Claude en la cocina.
— Sí, me gustaría mucho hablar contigo — respondió la mujer.
— Señora, si la ofendí, lo lamento, no era mi intención, simplemente yo…
— No, no me ofendiste— la interrumpió Claude — pero quería preguntarte ¿Qué fue lo que te sucedió? — empezó — Desde que te conocí he pensado que eres una buena chica, con un temperamento dulce, nunca te había visto tan molesta como en esta ocasión, y eso que tienes que vértelas todos los días con mis hijos, si yo fuera tú ya me habría vuelto loca — bromeó la mujer por lo que Anna rió suavemente.
— Señora yo… — balbuceó nerviosa — él… él me lastimo mucho, me dijo que volvería en dos días, y tan solo apareció tres meses después, tal vez lo hubiera perdonado más fácilmente si fuese porque aquellos fueron unos de los días más difíciles de mi vida. Yo ya había sido traicionada una vez, no creo que pueda soportarlo nuevamente — aseguró Anna quien sentía que las lagrimas se comenzaban a formar en sus ojos.
— Annabelle, déjame contarte una historia — empezó Claude — no sé si tú lo sabes, pero yo nací en Natsia, viví allí, en la casa de mis padres hasta que cumplí los 19 años, no éramos ricos, pero teníamos lo que necesitábamos y éramos felices. Un día, conocí a Charles Dummont, él vino a mí con un sin fin de hermosas promesas, y por supuesto, yo acepté casarme con él. Finalmente, decidimos venir a vivir a las Islas del sur. Reamente confié el él, pero, a veces la gente no resulta ser quien pensamos que es, Charle no lo era, resultó ser un timador, aceptó dinero de muchas personas, incluyendo a mis hermanos, y especuló con él, al final, toda la burbuja estalló, y como también recibió dinero de la familia real fue acusado de traición a la corona, lo que pasó después, es historia— concluyó la mujer.
— Eso es terrible señora— se quejó Anna al escucharla.
— Aún no sé si el realmente me quería, creo que sí, pero el infierno que tuve que vivir después de su muerte fue demasiado difícil cómo para perdonarlo del todo, y ahora, mira como tengo que ganarme la vida ahora. Sin embargo — dijo Claude con una sonrisa en su rostro — no podemos cerrarnos a las posibilidades, ¿recuerdas al Coronel Brand de Natsia? — preguntó la mujer evidentemente emocionada.
— Sí, el sujeto que quería hacer comer su peluca al Baron Munchen — dijo Anna quien rápidamente se llevó las manos a su boca. — Lo siento— se disculpó.
— No hay porqué— la tranquilizó la mujer — sí, es él, ya sé que no es tan elegante y caballeroso como podía serlo Charles, quien era todo un hombre de negocios, pero es honesto, y bueno, así sea algo burdo, no sé si me entiendes— le explicó Claude.
— Sí créame, la entiendo — le dijo Anna en tanto pensaba en la diferencia entre Kristoff y Hans.
— Creo que él podría ser bueno para mí. Pero, nunca lo sabré si me quedo en el pasado, preguntándome sí todos quieren engañarme como lo hizo Charles, hay que aprender a confiar — explicó Claude.
— Pero es difícil, uno no quiere ser herido — comentó Anna con voz ahogada mientras que se las lagrimas se le formaban en los ojos nuevamente.
— Sí, es difícil — aceptó Claude — tú no quieres cerrarte, yo sé que a veces duele, pero debes seguir adelante — le recomendó la mujer.
— Voy a tratar… — respondió Anna abriendo la posibilidad.
— Yo de ti, lo haría, vaya, que ese chico buscarte desde Arandelle, eso es conmovedor— murmuró Claude mientras se paraba de la mesa de madera — tu té ya está listo, así que te dejo para que puedas disfrutarlo en paz.
— Gracias señora — dijo Anna de repente mirándola a los ojos.
— De nada — respondió la mujer.
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, Anna caminó hacía la panadería de Adrian, pues quería buscar a Kristoff, así no quisiera admitirlo, le preocupada que él no tuviera trabajo o dinero para sobrevivir, por lo que quería ayudarlo lo que más pudiere, después de todo, el recolector de hielo estaba allí por su culpa.
— Hola Adrian— saludó Anna.
— Hola Annabelle, ¿vienes a buscar al grandote? — preguntó la mujer alzando las cejas y de una manera casi sugerente.
— Pues sí, sí vengo a buscarlo — respondió Anna dándose por vencida, y haciéndose a la idea de que sus amigas no la dejarían en paz respecto al asunto de Kristoff.
— No está, se encuentra trabajando— respondió Adrian.
— ¿Trabajando? — preguntó Anna sorprendida.
— Sí, me dijo que trabajaba en la construcción al final de la calle Gardenia, como obrero, pero, él debe estar en su hora de almuerzo, no creo que haya problema si vas a visitarlo — contestó la mujer.
—Sí, iré para allá — afirmó la chica. En ese momento, Anna vio en el aparador la perfecta excusa para hablar con Kristoff — Adrian, ¿podrías envolverme uno de esos sándwiches? — pidió.
— Oh, vas a llevarle el almuerzo, que linda —comentó la mujer.
— Por favor, ya deja de burlarte de mí, ¿no crees que ya has tenido suficiente? — se quejo Anna mientras sonreía.
— No, no lo suficiente, mientras que tu no dejes esa expresión avergonzada, yo no dejaré de hacerlo — bromeó la mujer.
— Eres terrible. Adiós, nos veremos pronto — aseguró Anna mientras tomaba el paquete sobre el mostrador, ponía el dinero sobre él, y salía del local.
Anna caminó hasta el final de la calle Gardenia en donde encontró la construcción a la que se refería Adrian, pero aún así no podía hallar a Kristoff por ninguna parte.
— ¿Anna? — preguntó Kristoff quien la miró sorprendido, mientras guiaba a Sven que empujaba una carreta con bloques de piedra. De inmediato, el reno se puso contento al ver a Anna junto a ellos.
— Hola Sven, yo también estoy contenta de verte — dijo Anna en tanto le acariciaba la cabeza.
— ¿No vas a almorzar? — preguntó Anna seriamente.
— Sí, aunque la verdad es que olvidé mi almuerzo, pensé que tal vez podría conseguir una panadería por aquí cerca, o algo por el estilo — comentó Kristoff.
— No tienes que hacerlo, te traje esto — le explicó Anna en el mismo tono serio y frio que había utilizado, en tanto le entregaba un paquete con el sándwich.
— Gracias… — exhaló Kristoff quien lo recibió con precaución, como si temiera que en cualquier momento ella se arrepintiera y se lo arrebatara de las manos.
— Espero que te guste, son de los que vende Adrian en su panadería, yo ya los he probado, son muy buenos — aseguró la chica.
— No lo dudo, sé que será de lo mejor — contestó Kristoff quien tenía una sonrisa algo tonta en sus labios. — ¿quieres acompañarme? Digo, sí es que tienes tiempo, y si así lo deseas— se apresuró a añadir el recolector de hielo quien estaba obviamente nervioso.
— Bien, ¿Por qué no? — dijo Anna en tanto se encogía de hombros.
Anna se sentó junto a Kristoff en un pesado bloque de roca en el piso, mientras que este abría el paquete y le daba el primer mordisco al sándwich, de manera tal, que ponía en evidencia lo hambriento que se encontraba.
— Está delicioso — balbuceó el muchacho con la boca llena.
— Verdad que sí, son los mejores de toda la ciudad, yo creo que… — se apresuró a decir Anna emocionada, tal y cómo lo hubiera hecho en otro tiempo, pero se detuvo al ver que había perdido su fría fachada.
— Quiero decir, sí están muy buenos — corrigió Anna, tras lo que le siguió un incómodo silencio.
— Kristoff… — comenzó Anna nuevamente — ¿Cómo fue que me encontraste? — preguntó la chica verdaderamente intrigada.
— Primero, revisé todas las listas de pasajeros en Bert, pero, cuando me di cuenta de que no te encontraría porque usaste un nombre falso, pregunté a los funcionarios del puerto, quería saber si alguno te recordaba, afortunadamente, uno lo hizo, incluso recordó tu nombre, y me dijo que habías partido a las Islas del Sur. Por supuesto, decidí seguirte, y en cuanto llegué aquí, usé el dinero que tu hermana me dio para comprar a la mitad de la guardia de migración, quienes me explicaron que en el registro de entrada tu aseguraste que te dirigías a la ciudad capital. Desafortunadamente, este lugar resultó ser más grande de lo que había planeado, así que me tardé casi tres meses en encontrarte, finalmente lo hice, aunque creo que todo fue producto de la buena suerte — le narró Kristoff sonriente en tanto se veía algo ridículo por una mancha de mayonesa al extremo de su labio.
— Vaya, no me imaginé que hubieras pasado por todo aquello — contestó Anna mientras estiraba su mano y retiraba la mancha de mayonesa de la comisura de su labio con el dedo. — Tengo que admitir que eso es lindo— comentó la chica compartiendo una diminuta sonrisa, la cual desapareció de inmediato.
— Pero no voy a volver — negó Anna con una expresión dura como el acero.
— Lo sé, lo sé — se apresuró a añadir Kristoff — sé que tú no quieres volver, y no te obligaré a hacerlo, yo solo quería encontrarte nuevamente, no importaba si no regresas a Arandelle — le explicó.
— ¿Tu le dijiste eso a Elsa? — preguntó Anna.
— Sí, ella no se alegró, de eso puedes estar segura, pero aún así me dijo que aceptaría lo que tú quisieras hacer, con tal de que fueras feliz. También me comentó que viajaría por todo el continente para conseguir aliados, y que cumpliría su promesa, no tendrás que casarte con el príncipe Florian — aseguró Kristoff.
— ¿De verdad? No puedo creerlo, ella no dejaría su castillo, y mucho menos por mí— negó Anna amargamente.
— ¿Es que acaso no lo sabes? — Preguntó el recolector de hielo — desde hace unos meses ella ha viajado por el continente, ya fue a Barona, a Natsia , no estoy seguro si estuvo en Genovia, y creo que actualmente se dirige a Weselton— le explicó Kristoff, a lo que ella respondió llevándose las manos al rostro y temblando ligeramente, cómo si comenzara a llorar.
— Anna… — exhaló Kristoff quien dudaba si reconfortarla o no, pero, ella bajo sus manos y le dirigió una brillante sonrisa en medio de las lagrimas.
— ¿De verdad ella hizo aquello solo por mi? — preguntó Anna emocionada.
— Sí, ella es tu hermana, y te ama Anna, lo último que queremos es que seas miserable — comentó Kristoff quien había sido contagiado por la sonrisa de la princesa.
Después de aquello, Anna siguió llevándole el almuerzo a Kristoff, todos los días puntualmente a la misma hora, lo cual alegraba al muchacho, aunque ella siguiera comportándose fríamente. Puede que Anna ya no se encontrase a punto de morir por un corazón congelado, pero aunque fuera lento, estos encuentros parecían derretir poco a poco el hielo entre los dos, ya fuese con una mirada o una palabra, la princesa sabía que sí seguían así, finalmente todo reverdecería.
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— ¿Esta qué es? — preguntó Anna en medio de risitas mientras atravesaba uno de los grandes pasillos de la casa en la que trabajaba con Lidya, la hija menor de Claude, en brazos, mientras que apuntaba a su estomago.
— La barriga, es la barriga — respondió la niña con dificultad, ya que apenas hablaba, en tanto se reía por las ligeras cosquillas que le hizo Anna.
— ¡Muy bien! — Exclamó Anna emocionada — ¿Y esta qué es? — preguntó nuevamente mientras le señalaba un punto en su cara.
— Mi nariz — contestó Lidya en tanto ponía sus pequeñas manos sobre su rostro.
— ¡Exacto! — Volvió a exclamar la princesa — usted es muy inteligente señorita — comentó Anna muy contenta.
— ¿De verdad? — preguntó la niña casi tan feliz cómo Anna.
— Sí, usted es muy inteligente, y especial— reafirmó la princesa quien quería hacer a esa niña sentirse bien consigo misma.
— Gracias — murmuró Lidya. En ese momento, Anna se percató de que alguien la miraba al otro lado del pasillo, por lo que levantó su rostro y se dio cuenta de que se trataba de Hans, quien las observaba por encima de su hombro mientras que se hallaba descuidadamente recostado desde el marco de la puerta del salón.
— Hola Annabelle, ¿cómo estás? — preguntó irónicamente.
— Bien, su alteza — contestó secamente Anna en tanto hacía una breve reverencia— si me disculpa, tengo que ir a dejar a la señorita en su cuarto — contestó la princesa.
— No hay problema — respondió Hans — nos veremos luego — concluyó, por lo que Anna se dio media vuelta y subió las escaleras mientras llevaba la niña en brazos, sin dejar de sentir la mirada de Hans sobre ella.
Ya había pasado cerca de un mes desde su primer encuentro con Kristoff, y desde aquella vez en que le dio el sándwich, Anna no dejó de llevarle el almuerzo, puede que no fuese la gran cosa, y muchas veces consistía en platos que sobraban de las enormes fiestas de Claude, pero, ninguno de los dos estaba dispuesto a poner objeción a esos encuentros que, a pesar de lo que Anna dijese en voz alta, la hacían muy feliz.
No obstante, no todo podía ser perfecto, ya que Hans seguía presentándose en la casa de Claude cada vez con mayor frecuencia, y antes de irse, no dejaba de pasar por la cocina, o cualquier sitio en el que encontrara a Anna sola y lanzarle ataques, ofensas o, muchas veces insinuaciones sucias que fastidiaban a la princesa hasta el cansancio. A pesar de lo anterior, la chica no se hallaba dispuesta a dejar que aquellas tonterías la pusieran en evidencia, ya había llegado muy lejos para dejar que un pequeño bache en el camino la detuviera, pensó Anna en tanto dejaba a Lidya en su cuarto y bajaba a la cocina a recoger el paquete en el que llevaría el almuerzo de Kristoff, cuando oyó abrir la puerta tras ella.
— Hola Annabelle, nos encontramos nuevamente — dijo Hans mientras se sentaba en la mesa de la cocina y observaba como diligentemente Anna alistaba y calentaba la comida que le llevaría a Kristoff.
— ¿Qué haces? — preguntó Hans con desdén.
— Caliento mi almuerzo — respondió Anna sin si quiera mirarlo. — en serio Hans, ¿no tienes nada mejor que hacer que perseguirme para fastidiarme? — preguntó Anna molesta.
— No— negó el príncipe descaradamente.
— Deberías conseguirte un pasatiempo o algo así — le sugirió Anna.
— ¿Por qué empacas comida?, ¿Es que acaso no vas a comer aquí? — preguntó Hans suspicazmente.
— No— se limitó a responder Anna. En ese momento, Hans la haló fuertemente del brazo obligándola a sentarse junto a él.
— ¿Qué estás escondiendo Anna? — preguntó venenosamente Hans. — ¿Es que acaso tienes un novio o algo así? — volvió a interrogarla.
— No — negó Anna rápidamente, quien tenía el mal presentimiento que sí Hans descubría que Kristoff la frecuentaba, podría usarlo en su contra.
— Entonces, ¿Por qué eres tan difícil? Vamos, tú debes tener algo de curiosidad ¿no? — murmuró Hans mientras aumentaba la presión en su brazo, y se cercaba a ella.
— Eww… no, que asco, déjame — se quejó Anna mientras retiraba su brazo. — me vas a arruinar el almuerzo — concluyó la princesa — sí es que estás tan curioso, voy a comer con una amiga, las dos siempre dejamos nuestros trabajos y nos reunimos a la hora del almuerzo, pero cómo no tenemos dinero para comer en restaurantes, llevamos nuestra propia comida — le comentó.
— Que no tienen dinero… — comenzó Hans— ¿eres estúpida o qué? Tú eres una princesa — dijo el príncipe.
— Ya no lo soy — negó Anna.
— Realmente eres una idiota — opinó Hans mientras negaba con la cabeza.
— Di todo lo que quieras, te aseguro que yo estoy más contenta con mi vida de lo que nunca lo serás— aseguró Anna altivamente, quien tomó el paquete y se lo llevó antes de que él pudiera darle una respuesta.
Anna llegó a la construcción del final de la calle Gardenia, en donde encontró a Kristoff, y juntos se sentaron en el mismo sitio donde solían tomar el almuerzo todos los días.
— Toma — le dijo Anna a Kristoff mientras le pasaba la comida.
— ¿Qué te pasa? Te vez molesta— comentó Kristoff.
— Yo… Kristoff, no vayas a reaccionar mal por lo que te voy a contar — advirtió Anna.
— No, no reaccionaré mal, te lo prometo — aseguró Krsitoff, mientras se ponía más y más nervioso.
— Hans frecuenta la casa de la señor Claude, hace más de un mes que me encontró allí. Él siempre se burla de mí, me dice cosas feas, pero eso no importa, yo solo trato de ignorarlo, pero, a veces me da algo de miedo — confesó Anna.
— ¿Qué? — preguntó Kristoff alarmado, quien de repente pareció recordar la promesa que le hizo a Anna instantes antes, y presionó sus labios fuertemente mientras tomaba un feo color rojizo.
— Kristoff, ¿estás bien? — preguntó Anna preocupada al ver su reacción.
— Anna, tenemos que salir de aquí, tenemos que dejar las Islas del Sur, él es peligroso — opinó Kristoff.
— Primero, yo no voy a dejar las Islas, Hans es mucho ruido y pocas nueces, él no dirá nada si yo no lo hago, a él no le conviene. Segundo, no tengo dinero para hacer un viaje al exterior, tendría que ahorrar mucho. Tercero, ¿cómo que tenemos? Querrás decir que "yo tengo que salir de las Islas del Sur" — opinó la chica algo prevenida.
— No, dije lo dije porque así lo quise. Tu y yo saldremos de las Islas del Sur, juntos, no me tomé meses encontrándote, para aceptar perderte nuevamente, cómo sí nada— respondió Kristoff con una intensidad que la sobrecogió.
— Sí, bueno, igual, no tengo dinero para hacer un viaje como ese — comentó Anna mientras se metía una enorme papa a la boca.
— Bien… creo que por ahora tendremos que soportar a "su alteza, el príncipe Hans" — comentó Kristoff con desdén — pero si la situación se complica, no dudes en pedir mi ayuda, no voy a negarlo, no me gusta que él esté tan cerca de ti— advirtió Kristoff.
— Oh que lindo… ¿estás celoso? — preguntó Anna burlándose de él mientras lo picaba con su dedo en la mejilla.
— No… simplemente estoy preocupado — respondió Kristoff en tanto luchaba por permanecer serio.
— Estás celoso, estás celoso, sí estas celoso — tarareó Anna burlándose de él.
— Ya, suficiente — se quejó Kristoff mientras dejaba salir una sonrisa. La cual desapareció cuando sintió los brazos de Anna rodearlo.
— No tienes por qué estarlo — murmuró Anna, quien se separo rápidamente de él y se paró del bloque de piedra.
— Bien… — empezó Anna recuperando su compostura — será mejor que me vaya, pronto comenzará la hora de almuerzo de Sandrine, y será mi turno de cuidar a los niños — comentó Anna quien se paró y se fue.
Al tiempo que Anna dejaba su asiento, Kristoff la imitó, y se levantó y volvió al trabajo, en donde observó una pesada piedra que era levantada por un grupo de obreros a través del sistema de poleas en un andamio de gran altura, muy parecido al que los recolectores de hielo usaban para levantar los bloques.
Al momento de irse, Anna se volteó y levantó su mano para despedirse, pero, antes de que pudiera hacerlo, ella observó con horror como él alto andamio se desplomaba mientras todos los que se hallaban sobre él caían junto con la pesada estructura de metal y madera que amenazaba con aplastar a aquellos que se encontraban debajo de ella, incluyendo a Kristoff.
— ¡Kristoff! — gritó Anna horrorizada mientras corría hacía él.
— Traigan un medico — gritó Alguien entre la multitud — llamen a un medico — repitió otra persona, mientras que Anna luchaba por acercarse.
— ¡Kristoff! — volvió a gritar Anna casi desesperada al ver el rostro ensangrentado del recolector de hielo en el piso.
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Kristoff se preguntó si estaría en el cielo, pero él dudaba que en el cielo se sentiría tanto dolor cómo ahora, así que concluyó que si no se encontraba en el, cielo ni en el infierno, debía seguir vivo. De repente, una serie de variadas escenas ocurrieron ante él, todas de su niñez, como esa vez en que se rompió el brazo recogiendo hielo cuando tenía 10 años, o aquella en que una de las matronas del orfanato en el que creció le dio tal paliza, que con tan solo 6 años, decidió dejar aquel lugar y sobrevivir por su cuenta. Sin embargo, ninguno de esos padecimientos del pasado se parecía a lo que experimentaba en aquel momento.
Lentamente, el recolector de hielo abrió los ojos, y se encontró rodeado de un inmaculado y antiséptico blanco que recubría todo, el techo, las paredes su ropa, incluso las sábanas de su cama. Kristoff bajó su mirada y halló a alguien que dormía en una silla junto a él, y sonrió al darse cuenta de que se trataba de Anna quien se veía cansada. De repente, ella comenzó a despertar, y su mirada se cruzó con la del muchacho.
— Oh gracias al cielo, ya despertaste — exclamó Anna, quien acercó la silla a su cama, sentándose justo al lado de él.
— ¿Estás bien?, ¿Te duele mucho?, ¿Quieres que llame a los médicos? — preguntó la princesa preocupada.
— Ya, ya, estoy bien, tu sabes que tengo un cráneo duro— bromeó Kristoff.
— No digas tonterías, tuvieron que ponerte puntos, fue espantoso — se quejó Anna, quien tenía los ojos completamente enrojecidos e hinchados y sus trenzas desechas, pero nunca la había visto tan hermosa como en aquel momento.
— Anna… — suspiró Kristoff débilmente — te quedaste junto a mi — exhalo.
— Por su puesto, ¿cómo puedes si quiera pensar que te dejaría solo? — preguntó Anna alarmada.
— Dame tu mano — murmuró Kristoff, por lo que ella hizo lo que él le pidió.
— Estuve pensando, y tienes razón, cuando reúna el dinero para dejar las Islas del Sur, los dos nos iremos de aquí, juntos — comentó Anna, mientras que Kristoff sonreía al escuchar aquello.
— Eso me gustaría — asintió el recolector.
— Yo ya no quiero seguir molesta contigo — murmuró Anna por lo que el muchacho apretó su mano. A lo que la princesa respondió dándole un beso.
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Elsa se encontraba dándole los últimos toques a la carta de presentación que le enviaría al duque de Weselton, en la que prácticamente le rogaría que la recibiera con el fin de renegociar el tratado comercial que ella misma había roto casi un año antes.
La reina retiró su atención por unos instantes del documento, y comenzó a recordar el inicio de todo aquel viaje, y cómo comenzó a establecer relaciones con sus vecinos.
Elsa salió de su hotel con rumbo al palacio de Barona, en donde tenía una audiencia con el anciano rey de aquella nación. Todos sus asesores le decían que esa reunión sería un éxito, que no había nada de que preocuparse, pero mientras la reina cruzaba las calles de la Capital en su elegante carruaje, dudaba que fuese cierto. A decir verdad, últimamente la chica había puesto en duda todas las palabras de sus ministros quienes no parecían más que guiñapos dispuestos a decir cualquier cosa que la agradara.
La corte de Barona la recibió con gran pompa, en una ceremonia en la que se hicieron presentes un gran número de dignatarios, la prensa, y toda la familia real, incluyendo al rey y a sus tres hijas, quienes tendrían la edad de Anna y de ella misma, y al heredero al trono, quien resultaba ser un poco mayor. Sin embargo, toda la curiosidad de Elsa se enfocó en una mujer de edad madura, quien la miraba casi desde las sombras, y que resultó ser la institutriz de las muchachas, pero, lo que más le llamó la atención fue su mirada astuta.
— Su majestad, ya estamos listos, sería apropiado que avanzara al salón del parlamento — le indicó el mayordomo, por lo que ella entró, dispuesta a que se dieran inicio las conversaciones. Pero, cuando la chica tuvo que enfrentarse cara a cara con el asunto, se dio cuenta de que ninguno de ellos tenía el firme propósito de negociar nada.
— Su alteza —comenzó el elegante ministro de gobierno quien la miraba condescendientemente — lo amento, pero en la situación en la que nos encontramos sería altamente inconveniente negociar un tratado con usted — concluyó.
— Pero, ¿Por qué? — preguntó Elsa casi ofendida.
— Porque la política exterior de nuestro país estaría en contra de hacer tal cosa — respondió el sujeto.
— ¿Por qué? — volvió a preguntar Elsa más molesta, quien quería recibir una respuesta de verdad, no una evasiva muy adornada y vacía como las que siempre dan los políticos
— Su majestad, me temo que ese es un asunto de estado, que no puedo darle a conocer — dijo el sujeto. Al darse cuenta que aquella reunión se quedó sin objeto, Elsa decidió irse de aquel país, dispuesta a reanudar sus viajes, hasta que alguno quisiera negociar con ella. Sin embargo, la institutriz de ojos astutos y cabello negro se cruzó con ella en el recibidor.
— Buenas tardes majestad, supongo que nos veremos esta noche en el teatro — dijo la mujer en tanto hacía una pronunciada reverencia.
— Lo lamento, usted está confundida, yo no iré al teatro esta noche — respondió Elsa cortésmente.
— Oh no su majestad, es usted quien está confundida, usted irá al teatro esta noche, la obra de seguro será de su agrado — comentó la mujer. Elsa no podía dejar de mirarla, ¿Quién se creía como para abordar a una reina y prácticamente ordenarle que fuese al teatro?.
— Yo… ¿Por qué cree que me interesará la obra? — preguntó finalmente la chica quien estaba intrigada por todo el asunto.
— Porque es una obra muy interesante acerca de secretos y manipulaciones, todo el mundo tiene sus dobles intenciones, pero si la protagonista permite, uno de esos personajes podría ayudarle a descubrir la verdad — comentó la mujer, quien obviamente hablaba en una especie de clave, por lo que Elsa abrió los ojos de par en par dándole a entender que había comprendido.
— Perfecto, suena muy interesante, entonces nos veremos en el teatro madame…
— Petra, yo me llamo Petra Olenski — respondió la mujer.
— Sí, ha sido un placer hablar con usted— respondió Elsa ceremoniosamente
— Lo mismo digo Majestad — concluyó la mujer — ah, lo olvidaba, y es una suerte que a usted le gusten ese tipo de vestidos de cuello alto, oscuros y altamente recatados, al igual que estudiar los libros de religiosos, sin duda le será útil — comentó Petra.
— Pero a mí no me gustan esas… — comenzó Elsa quien ante la elocuente mirada de Petra se quedó callada.
— Sí, es una suerte — aceptó finalmente la reina quien había entendido fuerte y claro el mensaje de Petra.
Aquella noche, la reina llegó al teatro tal y cómo se lo había dicho a Petra, pero, a decir verdad, no prestó atención a la obra, tan solo se concentró en el palco en la dirección contraria del suyo, en el que se hallaba sentado el anciano rey de Barona acompañado de sus tres hijas menores y de la misteriosa institutriz. Quien durante el intermedio de la obra, se acercó a su balcón.
— Buenas noches Majestad— la saludó.
— Buenas noches, ¿Por qué no me acompaña un rato? — le propuso Elsa, por lo que la mujer se sentó junto a ella. — Por favor, déjenos solas — les indicó a sus guardias quienes silenciosamente dejaron el palco.
— Veo que al igual que a nuestro querido rey, a su majestad tampoco le gusta participar en el cocktail que se lleva a cabo durante el intermedio de la obra — señaló Petra mientras que dirigía su mirada hacía el anciano rey quien permanecía completamente solo, sentado en su palco mientras sostenía su bastón, con la mirada perdida en el escenario.
— Es que … no soy muy buena con las multitudes, en realidad, no tengo talento para hablar con las demás personas — confesó Elsa algo avergonzada.
— ¿De verdad? — Preguntó Petra — ¿a qué se debe eso? — la interrogó la mujer nuevamente.
— No suelo dejar mi palacio — contestó Elsa.
— ¿De verdad? ¿Es decir, que usted no asiste mucho al teatro? — volvió a comenzar Petra por lo que Elsa se preguntó a donde quería llegar.
— No.
— Pero, ¿Qué tal es usted en el arte de actuar y disimular? — preguntó Petra.
— A decir verdad, no sabría decirle si soy buena o mala, por una parte, yo nunca tuve que obtener nada por esos medios, siempre fui la princesa heredera, así que tuve todo lo que deseaba. Pero por otra parte, también pase mi vida escondiendo mis poderes así que soy muy buena para disimular, no sé si ha escuchado sobre mis poderes— respondió la chica.
— Ah… eso, sí he escuchado acerca de ellos, pero no creo que sea momento para hablar de ellos, por ahora concentrémonos en el problema que tenemos en frente — dijo la mujer mientras miraba al anciano rey. Por un momento, Elsa se sobresaltó, pues a decir verdad, nunca se encontró en una circunstancia en la que sus poderes no fuesen el centro de la conversación, es más, a ella misma le costaba trabajo verse sin ellos, inclusive, había llegado a pensar que no valía nada sin aquellas habilidades.
— Disculpe ¿Quién es usted?, ¿y por qué me ayuda? — preguntó.
— Soy Petra Olenski, ¿acaso no ha escuchado acerca de mí? — preguntó la mujer como si fuese lo más obvio del mundo.
— No — respondió sencillamente la reina.
— Vaya… — murmuró casi maravillada Petra. — su alteza, creo que esa será su tarea. — dijo la mujer en un tono casi misterioso.
— Pero, por ahora le aconsejaré que es momento de sacar a relucir su talento para disimular. Le explicaré: el rey de Barona, es todo un caballero, desafortunadamente con el paso del tiempo se ha vuelto más y más hipocondriaco, su mayor temor son las corrientes fuertes de aire, y que sus tres hijas se casen y lo dejen solo. Es un padre amoroso y una gran persona, pero, terriblemente religioso, así que apreciará si usted también lo es — le informó Petra — bien, eso es todo lo que puedo decirle por ahora, buenas noches, y le deseo suerte — concluyó la mujer.
— Oh espere— la detuvo Elsa cuando petra ya se hallaba en la puerta del palco — usted no me dijo porque nadie quiso negociar conmigo — agregó.
— Porque usted no tiene las mejores relaciones con las Islas del Sur, y todos aquí temen que si negocian un tratado con Arandelle, ofenderán a las Islas, y como bien sabe, ellos son los que llevan el bastón de mando en este momento, por lo que no consideran prudente ir en su contra — le explicó la mujer.
— Pero, ¿Usted sí considera prudente ir en su contra? — preguntó Elsa.
— No, creo que es una pésima idea, sin embargo… — comenzó Petra en tanto abría un relicario que colgaba de su pecho y se lo mostraba. Adentró, Elsa encontró una foto de un muchacho muy guapo, y muy parecido a la mujer frente a ella — este era Alexei, mi único hijo, prestó servicio militar en la guerra entre Natsia y Genovia, lo asesinaron soldados de las Islas del Sur que intervenían en todo aquel conflicto, así que sí puedo irritar de alguna manera a aquella nación, será un placer para mí hacerlo — concluyó la mujer, por lo que la reina no pudo evitar sentir más que simpatía por ella.
— Gracias — murmuró Elsa.
— No, gracias a usted majestad, por darme esta oportunidad — respondió Petra.
Después de aquello, fue muy fácil endulzar al viejo rey quien parecía impresionado por lo recatada que era Elsa, y por sus amplios conocimientos sobre las sagradas escrituras, así como por su respeto y temor reverencial hacía las fuertes corrientes de aire frio que podrían causar los peores resfriados, pero sobre todo, por la confesión que le hizo la reina acerca de su necesidad de firmar esos tratados para evitar que su hermana menor se casara con Florian, dejando así su castillo.
— Oh sí, sí, lo entiendo, pobrecilla — dijo el anciano rey en tanto negaba horrorizado ante la idea de que Anna dejara a Elsa — créame que lo entiendo, si mis hijas me dejarán… no, ni hablar, hablaré con Maurice, mi ministro de gobierno, firmaremos un tratado, esto es una situación de extrema urgencia, no permitiré que algo tan horrible le suceda a una mujer tan buena como usted— aseguró el anciano rey quien cumplió con su palabra, y una semana después, se encontró frente a ella firmando el primero de una serie de acuerdos comerciales que ella planeaba suscribir.
Sin dudar, la joven reina se embarcó al segundo país en su lista: Natsia pero esta vez acompañada de su nueva consejera a la que prometió pagarle tres veces lo que el rey de Barona le daba, a cambió de sus servicios. Petra Olenski resultó ser más que una institutriz, pues de las averiguaciones de Elsa, concluyó que la mujer era uno de los personajes más conocidos dentro de la política del continente, pues era alguien que usaba su ingenio para moverse de reino en reino trabajando con todas las casas reales dándoles consejos y apoyándolos, a pesar de lo anterior, algo inquietaba a Elsa: ¿cómo era posible que nadie la hubiera tachado de traidora? Posiblemente, porque Petra era muy inteligente.
Elsa concluyó que no le importaba si más adelante Petra usaba sus secretos en su contra, la triste realidad, era que la reina jamás llegaría a tener éxito en la tarea de gobernar si no contaba con la ayuda de alguien más experimentado y que no fuesen sus pusilánimes consejeros, pues, a diferencia de ellos, Petra no dudaba en decirle la verdad, e incluso de confrontarla e incomodarla de ser necesario, gracias a lo que la chica estaba comenzando a desafiar sus miedos, y no podía dejar de preguntarse qué habría sido de ella si todos a su alrededor no la hubieran complacido en todo lo que quería, si alguien, desde el principio la hubiese tomado por los hombros y le hubiese gritado "Crece, aprende a sobrellevar tus miedos".
Pero, desafortunadamente, las cosas no habían sido así, por lo que Elsa debía usar aquella oportunidad para volverse más fuerte, más valiente, y sobre todo, mejor reina.
— Buenas tardes majestad — saludo Petra ceremoniosamente mientras entraba a su improvisada oficina en el hotel en el que se quedaba en Weselton, en tanto llevaba un par de zapatos en la mano.
— Buenas tardes— contestó Elsa mientras bajaba su pluma— ¿y esos zapatos?
— Son los zapatos que usted llevará en la fiesta de Lady Catherine, son especiales para bailar — comentó la mujer.
— ¿Qué? Pero si yo no bailo…— dijo Elsa quien sentía que las palabras morían en su boca al ver la misma elocuente mirada que le dirigió Petra el día que se conocieron.
— ¿Su alteza no sabe bailar? — preguntó Petra.
— Sí, yo si sé bailar, recibí clases, pero…
— ¿Tiene algún impedimento físico que le impida bailar? — preguntó Petra nuevamente.
— No, pero…
— Entonces, usted bailará — concluyó Petra tajantemente — es más, usted es la más consagrada bailarina en Weselton, o lo será esta noche, cuando el Duque la invite a bailar, elogiará su talento como bailarín — concluyó la mujer.
— ¡Ha!, Pero sí él no es buen bailarín, es más, es completamente ridículo — opinó Elsa.
— Puede ser que usted piense eso una vez salgamos de Weselton, pero mientras estemos aquí, usted pensará que el Duque es el más talentoso, entre los talentosos, y sobre todo, usted bailará — sentenció la mujer por lo que Elsa sonrió resignada.
— Quiere que yo haga el ridículo, baile con él toda la noche, le mienta y le haga pensar que tiene talento, solo para suavizarlo para que él acepte firmar el tratado — insinuó Elsa con una sonrisa nerviosa en sus labios.
— Sí — concluyó Petra muy contenta.
— Bien, pues lo haré, si eso me lleva más cerca de ser una buena reina e impedir el matrimonio de mi hermana, yo bailaré y haré todo el ridículo del mundo, con el mayor gusto — comentó la chica.
En ese momento, alguien tocó la puerta, por lo que las dos mujeres dirigieron su atención a esta.
— Siga — indicó la chica, por lo que su mayordomo pasó e hizo una corta reverencia
— Su majestad — comenzó el sujeto — afuera está su alteza real el príncipe Florian de Malengrad, quien exige una audiencia con usted, ¿lo hago pasar? — preguntó el mayordomo mientras la chica sentía que algo frio le recorría la espalda, pues ya estaban a mediados de junio y ella aún no había cumplido con su promesa de entregarle a Anna, de seguro él buscaría respuestas.
— Por su puesto, Hombre, hágalo pasar — contestó Petra rápidamente — él es uno de los líderes de las dos naciones más poderosas, deje que entre. Dese prisa — le ordenó la institutriz.
— Petra — comenzó Elsa en tanto tomaba el brazo de la mujer a su lado — hay algo que usted debe saber — confesó la reina quien se apresuró a contarle la mentira que le dijo al príncipe a cambio de que este estableciera un tratado temporal con Arandelle.
— Oh su majestad… — exhalo la mujer horrorizada en tanto se dejaba caer en la silla frente a ella — entiendo porque lo hizo, pero mentirle de esa manera a Florian… usted no lo conoce como yo, serví hace unos años para él, y créame, no es el tipo de personas a las que se les deba engañar — murmuró la mujer.
— Por favor entiéndame, no podía dejar que se llevara a Anna, yo he pasado toda mi vida encerrada y ella siempre ha tenido que soportar las consecuencias completamente sola, la muerte de mis padres, aquella vez en que congelé Arandelle, incluso minucias como compromisos a los que no deseo asistir. Todo, porque yo soy incapaz de hacerlo, eso tiene que cambiar, mi hermana no tiene porque enfrentarse al mundo completamente sola, mientras que yo escondo la cabeza. Ella no se quiere casar con Florian, y yo haré lo que más pueda por impedirlo, es lo mínimo que le debo. Sé que he cometido errores, pero quiero que cambiar, ser una mejor reina y hermana, por favor ayúdeme, yo haré mi mejor esfuerzo— le pidió Elsa. Por lo que Petra le devolvió la mirada con una sonrisa algo melancólica.
— En treinta y cuatro años de carrera solo he escuchado hablar así a otra persona, los demás reyes y reinas a los que he servido estarían dispuestos a vender a sus propias madres por el poder. Yo la ayudaré su majestad, deje que Florian entre, lo enfrentaremos juntas— la calmó Petra.
— Su alteza real, el príncipe Florian de Malengrad— Anunció el mayordomo mientras que Elsa y petra se ponían de pie haciendo una breve reverencia.
— Su majestad — saludo Elsa al ver nuevamente al príncipe quien no se veía distantemente amable, sino completamente furioso con una expresión fría como el acero y armado con su espada, hecho que no pasó desapercibido por la reina.
— Reina Elsa — saludó Florian, quien después volteó su mirada a la mujer a su lado — Petra… veo que nuevamente has cambiado de señor, ¿te aburriste con el viejo de Barona? Dicen que cada día está más y más rezandero e hipocondriaco, ¿eso es cierto?
— Hola Florian, es un placer verte nuevamente — comentó mientras hacía una reverencia — Su majestad, está muy bien, gracias por preguntar, él sigue siendo todo un caballero — respondió diplomáticamente Petra.
— Vaya… no has cambiado nada, supongo que te vas a quedar como testigo de esta conversación— continuó el príncipe quien procedió a sentarse en la segunda silla frente al escritorio de Elsa.
— Vamos al punto majestad, ¿Dónde están los papeles que permitirán que yo pase libremente por Bert? — preguntó tajantemente Florian en tanto cruzaba las piernas y adoptaba una postura descuidada pero que a los ojos de la reina no dejaba de ser amenazante, mientras que Elsa se molestaba, ya que aquel sujeto ni siquiera se había preocupado por preguntar por su hermana, tan solo le importaba su herencia.
— Anna ha estado muy enferma de los pulmones, ella no ha podido viajar, yo s…
— ¡Deje de decir tonterías, sabe que necesito esos documentos! — exclamó Florian a punto de los gritos.
— Florian, te recuerdo que estás frente a una dama, y una reina, ¿es que acaso has olvidado todo lo que te enseñe? — preguntó amablemente Petra quien se notaba que estaba más y más nerviosa.
— No es una dama — negó Florian — es tan solo una mentirosa.
— Puede ser — aceptó Elsa insolentemente — ¿y qué va hacer al respecto? — Preguntó la reina retándolo — ¿va a declararme la guerra? Yo no lo creo, ahora tengo a Barona Natsia y Genovia de mi parte, sin contar con mis poderes, ¿ha escuchado de mis poderes? Sí, los mismos que congelaron a todo mi reino durante el verano, mientras que usted tan solo tiene una posible guerra con las Islas del Sur, y la necesidad de pasar por mis territorios. Los dos sabemos que usted no está en capacidad de desatar un conflicto en dos frentes, así que puede irse olvidando de mi hermana— aseguró la reina altivamente, devolviéndole todas y cada una de las humillaciones que le hizo pasar la noche del baile, y con la plena seguridad de que estaba en lo correcto. Aunque, ella dudase que pudiere usar sus poderes como algo útil, pero no importaba, él no lo sabía, si lograba asustarlo, mejor para la reina.
— Esto no sé quedará así, le prometo que tendrá noticias mías — gritó Florian quien ya había perdido completamente el control y se había parado de su asiento — poderes o no, su majestad, usted no es intocable, y si yo fuera usted, tendría mucho cuidado — la amenazó el príncipe casi en un susurro que la hizo estremecerse.
— ¡Ha!... ¿oyes eso Petra? Es un perro que ladra mucho pero muerde poco— contestó Elsa, pero, al escuchar estas palabras, Florian desenfundó su espada.
— ¡Guardias! — gritó Petra asustada, pero Elsa permaneció impávida al tiempo que le lanzaba un rayo de hielo que despojó al príncipe de su espada e hizo que esta se quedara congelada sobre el suelo de madera.
— Váyase, y como le dije la noche del baile, si usted quiere negociar, yo negociaré, pero mi hermana está completamente fuera de discusión — aseguró Elsa en tanto los soldados irrumpían en su estudio .
— Señores, sus servicios ya no serán necesarios, pero si fueran tan amables, les agradecería que acompañarán al príncipe Florian a la puerta— dijo arrogantemente la reina en tanto se sentaba nuevamente en su escritorio.
— Esto no se quedará así — le prometió el príncipe con resentimiento antes de dejar la habitación acompañado de sus guardias.
Elsa cerró sus ojos, jamás había tenido aquella sensación de poder y confianza, como si fuera invencible, y no pudo evitar sonreír, pues por primera vez en su vida, la chica experimentaba cómo se sentía andar por el mundo sin miedo, realmente libre, no como ese día en la montaña del Norte en el que se convenció a sí misma que vivir aislada era la solución, ella se equivocaba, únicamente deshacerse de sus miedos era lo que realmente la daría la libertad, y la convertiría en una mejor reina, hermana y persona.
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Ya había pasado casi dos meses desde que Anna hubiera solucionado las cosas con Kristoff, y desde entonces, habían sido inseparables, tanto que la misma princesa se temía que estaban comenzando a ser una de esas parejas vomitivas y fastidiosas, pero aún así, ella se encontraba muy feliz, pensó la chica en tanto terminaba de hacer la curación en el brazo y pecho del recolector de hielo.
— ¿Aún te duele? — preguntó Anna en tanto le limpiaba la herida.
— Un poco, sí, pero no hay problema, creo que puedo trabajar — respondió el muchacho quien se había reintegrado a la construcción casi dos semanas antes.
—No creo que sea una buena idea — murmuró Anna.
— No te preocupes, los muchachos han sido muy comprensivos, me han dado las tareas menos pesadas — la tranquilizó el recolector de hielo.
— ¿De verdad? — preguntó Anna preocupada.
— Sí, no te preocupes por mi — le aconsejó Kristoff — ya te he dado suficientes problemas, primero, pagaste la cuenta de el hospital, y ahora, has tenido que mantenerme por casi dos semanas, no puedo seguir dependiendo de ti— dijo el recolector.
— No hay problema, solo quiero que te recuperes — comentó Anna.
— Oye Anna, desde hace tiempo yo he estado pensando en algo… — murmuró Kristoff nervioso. — tu dijiste que querías dejar las Islas del Sur conmigo, pero…
— Sí, ya sé que dije aquello Kristoff, pero aún no tenemos dinero para irnos, debo ahorrar más si queremos viajar, aunque a mí me gustaría ir a Natsia, después de todo, es allí a donde irá la señora Claude cuando se case con el Coronel Brand — lo interrumpió Anna.
— Sí ya lo sé, pero, ese no es el punto. Ya nos conocemos desde hace más de un año, y yo… bueno, tu sabes que no es bien visto que dos personas solteras viajen juntos, así que… — balbuceó el muchacho mientras que Anna intuía hacía donde quería llegar con todo aquel discurso.
— Kristoff… — suspiró Anna.
— El punto es, aún no tengo anillo, en realidad no tengo nada que ofrecerte, nada más que problemas, por supuesto, pero… ¿quieres casarte conmigo? — preguntó el muchacho. Por lo que Anna se lanzó hacía él en un abrazo que resintió su pobre pecho lastimado.
— Lo siento, lo siento — se disculpó Anna quien se reincorporó y lo miró a los ojos — Sí… — chilló la princesa mientras apretaba las manos por la emoción — quiero decir, Sí, quiero casarme contigo — respondió la chica con una sonrisa, es una lástima que Elsa no pueda estar presente…
— No te preocupes, le escribiremos, claro está, no le diremos donde estamos, sí tu lo quieres — le sugirió Kristoff.
— Sí, a ella le gustará, yo lo sé, tu le simpatizabas mucho — aseguró Anna, antes de besarlo en los labios nuevamente.
— Anna, esta vez no te defraudaré, ya lo verás, comenzaremos una nueva vida y seremos felices, te lo prometo — aseguró Kristoff.
— Sí, seremos muy felices — le contestó Anna.
Los días siguientes, la chica estuvo tan feliz que ni siquiera le importó que Hans entrara a la cocina esa tarde de viernes mientras Anna horneaba las galletas para los niños. La princesa no se percato de su presencia en tanto cortaba la masa con moldes en forma de corazón, les ponía una carita feliz de mermelada de fresa y cantaba en voz alta.
— "Pues finalmente y como nunca, habrá música y luz, finalmente y como nunca, pa…" — cantó fuertemente Anna.
— ¿Qué diablos crees que haces? — preguntó Hans completamente fastidiado interrumpiendo su canción.
— Estoy horneando las galletas de los niños, sí quieres una, hay una bandeja encima de la mesa, esas ya están listas concluyó la princesa, por lo que Hans caminó hacía la mesa y las miró con atención.
— Uhg… que cursilería, son corazones, y ¿están sonriendo? Es lo más ridículo que he visto — opinó Hans, pero sus palabras no tuvieron el menor efecto en la princesa, quien siguió tarareando su canción, mientras revoloteaba por la cocina como una mariposa, por lo que el príncipe tomo una galleta en forma de corazón, la partió en dos, y se puso la mitad en la boca.
— ¿Qué es lo que te sucede?, ¿te golpeaste en la cabeza o algo así? — preguntó Hans mientras se sentaba en la mesa y partía en dos la segunda galleta.
— No, simplemente estoy feliz, ¿es tan difícil de creer? — preguntó Anna en tanto ponía otra bandeja más dentro del horno.
— ¡Ha! Eso no es estar feliz, simplemente es ser estúpida, algo que tu manejas con gran maestría, niña idiota — dijo Hans quien sin duda trataba de herirla con sus palabras.
— ¿Y tú que sabes acerca de ser feliz? No parece que lo seas — comentó Anna mientras acababa una de las sonrisas en los corazones.
— Yo soy feliz — aseguró Hans — soy el almirante de la fuerza naval de las Islas del Sur — dijo el príncipe arrogantemente — en cambio, tú, querida, te encuentras aquí, como una simple criada, dibujando sonrisas en galletas.
— No, su alteza, oh poderoso príncipe y almirante Westergard, — comenzó dramáticamente Anna— usted no es feliz — aseguró la chica— si lo fueses, no tendrías que venir aquí a humillarme como siempre lo haces, a desahogar conmigo lo insatisfecho que estás con tu propia vida — comentó Anna.
— ¿Es que acaso no hay alguna linda chica que te quiera? — preguntó Anna.
— Hay muchas chicas lindas que me quieren todas las noches — respondió arrogantemente.
— No cuenta sí les pagas — explicó Anna, pero él se quedó en silencio — ¿y qué hay de un amigo? Yo tengo mis amigas, siempre vamos a almorzar y a ver los vestidos en el paseo comercial. — volvió a cuestionarlo la chica.
— Tengo amigos, tú los conoces — dijo Hans aburrido mientras recostaba su cabeza sobre su mano.
— No, esos no son amigos, son solo oportunistas que pasan tiempo contigo a cambio de que les des dinero para beber toda la noche — comentó Anna recordando a esos jóvenes nobles que había visto con Hans en las fiestas de la señora Claude.
— ¿Y tu familia? — preguntó nuevamente la princesa, a lo que Hans respondió con una fuerte carcajada — olvida que pregunté — añadió la princesa mientras sacaba otra bandeja del horno y la ponía sobre la mesa. En aquel instante, unas palabras resonaron fuerte y claro en la cabeza de la chica "oh Anna, si hubiera una persona aquí que te amara" , pues finalmente, Anna entendía su verdadero significado:
"Oh Hans, si hubiera una persona aquí que te amara"
— Hans… — comenzó Anna dirigiéndole una sonrisa — yo sé que tu eventualmente también serás tan feliz como me siento ahora, solo tienes que seguir buscando— comentó, pero él tan solo le dirigió una mirada cargada de resentimiento, y se marchó mientras la empujaba bruscamente con su brazo.
— De verdad, cada día más estúpida— murmuró.
Anna solo se encogió de hombros y siguió con su tarea de poner las sonrisas en las galletas mientras que seguía tarareando su canción, pues ella estaba feliz, y nadie lo iba a arruinar. Aquella noche, tras acabar sus deberes y poner a los niños en sus camas, Anna se sentó en la suya, a disfrutar su soledad, pues Sandrine había ido a visitar a sus padres y se quedaría allí. Después, la chica sacó el contenedor de metal en el que solía guardar el dinero, lo tiró sobre su el cobertor y comenzó a contarlo, era poco, y se había reducido mucho después de pagar la cuenta del hospital de Kristoff, pero no importaba, pues aquel era dinero bien invertido.
— Vaya, vaya, que poco tienes ahí, sí necesitas más, yo puedo dártelo, sólo tienes que decir las palabras mágicas — se burló Hans mientras la observaba desde la puerta.
— ¿Qué diablos haces aquí? — preguntó Anna alarmada — deberías estar abajo, con los demás invitados de la señora, ellos están jugando cartas, ¿Por qué no te les unes? Te sentaría bien algo de calor humano, a ti, con ese corazón congelado que tienes ahí — se quejó la chica en tanto se levantaba y trataba de sacarlo de su cuarto. Sin embargo, él fue más rápido, y la empujó al piso.
— ¿Así que tengo el corazón congelado? — Preguntó Hans — ¿Así que dibujando corazoncitos y cantando?, ¿Por qué estás tan feliz Anna? No me respondas, yo te daré una verdadera razón para ser feliz — dijo venenosamente mientras se quitaba la chaqueta y la arrojaba lejos, por lo que la princesa abrió los ojos de par en par y se levantó a toda velocidad del suelo .
— ¡No! — Gritó Anna quien trató de correr hacía la puerta pero él la detuvo firmemente con sus brazos y le tapo la boca para que no gritara.
— Yo no necesito tu lástima, Anna, pero posiblemente, ahora tú necesitarás de mi piedad — murmuró, por lo que la princesa trató de descubrirse la boca mientras luchaba por patearlo, morderlo o rasguñarlo de alguna manera, pero fue en vano, ya que él la tiró fuertemente a su cama.
Nuevamente, Anna luchó por soltarse, pero él era mucho más fuerte que ella. Por un breve instante de tiempo, la princesa se preguntó cómo había podido bajar la guardia de semejante manera, pues ese sujeto era el mismo que había estado a segundos de decapitar a su hermana y de dejarla morir de frio en Arandelle.
— ¡No! — gritó nuevamente Anna en tanto sentía como él levantaba su falda hasta sus caderas, por lo que la princesa pensó rápidamente, tomo el candelabro sobre su mesa y lo golpeó fuertemente con él. El movimiento fue tan brusco que la vela se apagó, dejándolos completamente a oscuras, pero tuvo el efecto deseado, ya que él se alejó tras proferir un grito de dolor.
— ¡Largo!, ¡Aléjate! — gritó Anna sin dejar de golpearlo una y otra vez. — ni si quiera lo pienses Hans Westergard — bramó Anna furiosa en tanto sostenía el candelabro con sus manos, preparada por si se le acercaba nuevamente.
— Ni si quiera lo pienses — repitió — tú sabes bien que haré sí me vuelves a poner una mano encima — lo amenazó la princesa , por lo que él recogió rápidamente su chaqueta del piso y se la puso.
— Bien, bien — dijo casi calmadamente el príncipe — por ahora me voy Anna, pero tú sabes que no hemos terminado aquí — concluyó antes de dejar la habitación.
Anna soltó el candelabro y se dejó caer pesadamente en el piso, tenía que escapar, que salir de las Islas del Sur, pues era cuestión de tiempo antes de que su amenaza dejara de tener efecto en Hans, cuando él finalmente decidiría matarla y lanzarla a alguna zanja para deshacerse de la evidencia. La princesa tomó su chal y rápidamente caminó hacía la posada de Adrian, a plena mitad de la noche en donde Kristoff abrió rápidamente la puerta.
— Anna… — murmuró el chico — ¿Qué te sucedió? — preguntó al verla despeinada, y con los ojos llorosos.
— Tenemos que irnos Kristoff, tenemos que dejar las Islas del Sur lo más rápido posible — lloró Anna mientras agarraba fuertemente al muchacho por la camisa.
— ¿Qué te sucedió Anna? — preguntó el recolector horrorizado.
— Tenías razón, Hans es peligroso, es realmente peligroso, no podemos quedarnos aquí por más tiempo, sé que en cuanto pueda él me matará, yo lo sé — le rogó Anna.
— Anna, está bien, nos iremos al finalizar esta semana, me pagarán el miércoles, así que lograremos reunir algo de dinero, tal vez no podamos dejar las Islas del Sur, pero viajaremos a otra provincia y ganaremos algo de tiempo — balbuceó Kristoff quien se ponía cada vez más frenético al ver lo asustada que estaba su prometida.
— Sí, tenemos que irnos, por favor Kristoff— rogó la chica al tiempo que nuevos golpes se escuchaban en la puerta.
— Debe ser Adrian, ella debió haberte escuchado llegar — comentó Kristoff en tanto abría la puerta.
— Oh vaya… sabía que había gato escondido — murmuró Hans mientras se abría camino hacia la habitación en tanto era observado por la pareja.
— Largo, fuera de aquí — gritó Kristoff mientras caminaba hacía él con la intención de golpearlo hasta el cansancio.
— No — intervino Anna, quien detuvo al recolector de hielo.
— Eso es, escúchala. Yo te he visto antes, tú eras el sujeto que estaba en el barco el día del deshielo, así que tú eres el famoso recolector de hielo— comentó Hans — que patético, casi puedo imaginarme lo que pasó, de seguro Elsa quería que te casaras con Florian, y ustedes dos huyeron juntos — se burlo Hans, y aunque fuese mentira ninguno de los dos quería corregirlo, solo querían que se fuera de allí.
— Lárgate de aquí — repitió Kristoff, quien hizo el intento de soltarse de Anna, pero ella murmuró en su oído.
— No Kristoff, él es uno de los príncipes de las Islas del Sur, él tiene las de ganar, yo tengo manera de chantajearlo, pero ¿ y tú? No tienes protección alguna contra él — comentó la chica.
— Ella tiene razón Kristoff — dijo el príncipe pronunciando aquel nombre con el mayor desdén — además, yo solo venía de pasada, quería saber la verdadera razón por la que te encontrabas tan feliz esta tarde, ahora que la sé, no creo que realmente me interese mucho, así que buenas noches— se despidió Hans antes de dejarlos solos nuevamente en la habitación.
— Tienes razón Anna — aceptó Kristoff — tenemos que irnos ya.
— ¿Pero cómo Kristoff?, ¿Cómo nos iremos si no tenemos ni un centavo? — preguntó Anna desesperada. En ese momento, el muchacho tuvo una de sus mejores ideas.
— El brazalete de tu abuela, yo aún lo tengo, lo venderemos, y nos iremos juntos mañana en la tarde — sugirió Kristoff mientras que Anna asentía frenéticamente.
— Sí, sí, sí nos iremos mañana— aceptó la chica.
Kristoff y Anna compartieron su cama aquella noche, sin importar si era adecuado o no. Pero, la princesa se levantó muy temprano ya que tenía que levantarse para ir a trabajar, después de todo, aquel día renunciaría y no quería dejarle una mala impresión a Claude quien no había sido más que amable con ella.
Anna partió con gran pesar tras darle un beso a Kristoff, y prometiéndose que se reencontrarían a las cinco de la tarde en el parque de la calle margarita, justo en frente de la casa en donde trabajaba Amelia, y que se encontraba muy cerca de la joyería en donde la pareja planeaba vender el brazalete. La chica entró sigilosamente a la casa, no quería que nadie se diere cuenta que no había dormido en ella, por lo que corrió a su habitación, arregló el desastre y se apresuró a asearse y a cambiarse el uniforme a uno fresco y limpio.
La princesa vistió su vestido negro con delantal blanco y cofia del mismo color, volvió a trenzar su cabello en tanto se preparaba para bajar las escaleras, sin embargo, el sonido de caballos y un carruaje aparcándose en la entrada la alarmó, ¿de quién podría tratarse tan temprano en la mañana?
— Yo abriré, tú acaba de vestirte— dijo malhumoradamente Sandrine quien ya había vuelto de la casa de sus padres, pero se hallaba molesta por el estado de desorden en que encontró la habitación que compartía con Anna. La princesa solo asintió, y siguió trenzando su cabello hasta que terminó y bajó a la cocina, en donde preparó el té para los invitados que llegaban inusualmente temprano aquel día.
De repente, el sonido de la campana la alertó, por lo que la chica caminó con la bandeja en sus manos y con dificultad abrió la puerta del estudio, pero lo que vio allí dentro, hizo que la chica soltará el té, por lo que la vajilla de plata cayó al piso causando un gran estruendo metálico.
— Hola Anna, yo también estoy feliz de verte nuevamente — dijo Florian tranquilamente con las manos en su espalda, mientras la miraba al otro lado del salón.
— Te lo advertí Anna, te advertí que no había acabado contigo — intervino Hans quien se hallaba sentado en una de las sillas de la salita mirándola con su enfermiza sonrisa.
Bien, ese fue el quinto capítulo, como verán, fue bastante largo, pero no negarán que también estuvo cargado de eventos, espero haberlos enganchado con el final, y que sigan mis próximas entregas. Ahora, les hablaré un poco de mis OCs, personalmente, trato de introducirlos sí y solo sí son necesarios en la historia, pero siempre está el miedo, ¿en qué momentos tus amados OCs pasan de ser solo personajes de soporte que ayudan a narrar la historia a convertirse en verdaderos mary sue o Gary stu? Pues si bien pueden parecer divertidos hay una delgada línea en la estos comienzan a degenerar a esos bichos súper perfectos, de ojos multicolor cabellos imposibles y belleza despampanante, aborrecidos por todos ( menos sus creadores) que se comen la historia y desplazan a los demás personajes honestamente, no creo que este sea el caso (eso espero) pero no deja de preocuparme.
Ahora, sobre mi rápida actualización, no tengo excusa, solo diré que pasé todo el domingo decadentemente sentada en mi cama, comiendo galletas, mientras escribía fanfics de una película para niños, pensando en las lecturas que debía estar leyendo, y los informes que debía estar escribiendo, así que ya ven, nada que hacer.
En fin, me despido deseándoles que hayan disfrutado de este capítulo, agradeciendo los comentarios, los cuales contestaré en un par de horas, y espero que no se vayan sin dejarme el suyo en la ventanita de abajo, adiós :D
