Va a ser para siempre
va a ser para siempre
y le decía te amo, como si fuese necesario
poder tocarnos.
Dulce castigo
XV
Satoe Tachikawa llamó a la puerta de su hija utilizando para ello tan solo el extremo de sus uñas recién pintadas. Adoraba el sonido, y el olor a esmalte de marca (ella podía diferenciarlos).
—Pasa —dijo Mimi con desgana, al tiempo que apagaba la pantalla de su ordenador. No quería que su madre viese que estaba reescribiendo su curriculum. Disimuló cogiendo un pequeño espejo frente al que se peinó con los dedos.
Satoe entró en el cuarto, era lo bastante grande como para permitirle hablar mientras paseaba.
—Estaba pensando que hace buen día, ¿no crees? —La respuesta era obvia debido a la luz que entraba en la habitación, tan intensa que llegaba a ser molesta. Satoe agarró un cepillo para el pelo que había sobre la mesilla de noche y se acercó hasta su hija, comenzó a peinarla. Mimi se dejó—. Si no vas a salir con ese novio tuyo, podemos ir a comprar ropa, como hacíamos antes, ¿te gustaría?
Satoe sonrío al ver a Mimi asentir.
—Qué pelo tan bonito tienes. Qué suerte tengo de tenerte como hija.
.***.
—Estás en tu mundo otra vez. —A Taichi no le molestaba la sonrisa boba de Koushiro, ni siquiera que no le prestase atención mientras le comentaba las novedades de su vida. Lo único que le molestaba era que no compartiese la razón de su mente ausente. Solo sabía al respecto que, contra todo pronóstico, Tamae no tenía nada que ver—. ¿Me oyes? ¡Koushiro!
—Perdona.
—¿Qué opinas? Será divertido. Dímelo lo antes posible, no puedo prometer habitaciones a todos.
—No te preocupes, te lo diré cuánto antes —dijo Koushiro, sabiendo que la respuesta ya era un no. Taichi también lo sabía.
—Venga, tienes que venir. No voy a tener la casa otra vez…
—Lo sé, haré lo que pueda. —Koushiro forzó la sonrisa—. Tengo que pensar lo del trabajo. Son muchas cosas.
—¿Qué tienes que pensar? Ya te saldrá algo en Japón. Lo sabes tan bien como yo. Tú no puedes ser menos que el memo de tu profesor.
Koushiro sonrió, no recordaba haberlo definido de esa manera. Se forzó a mantener aquel gesto espontáneo hasta que se despidieron. No era ningún problema, se había acostumbrado a ello.
Esperaría tres días, tal vez cuatro, para decirle a Taichi que, definitivamente, estaba demasiado ocupado. Que a sus padres no les parecía bien. Que la playa no le emocionaba. Sabía que su amigo, a pesar de sus intentos, no esperaba otra respuesta.
Ya no era que no le gustase estar entre tanta gente, que su piel fuese sensible al sol o incluso admitir que se aburría por apenas encontrar temas de los que hablar con sus propios amigos.
Si, poco probable, Taichi había invitado a Mimi, tendrían que pasarse casi una semana fingiendo que no pasaba nada entre ellos y, aunque estaba más que acostumbrado, era la primera vez que pasaba algo bueno. Si no la había invitado, pasaría el rato preguntándose cómo sería estar con ella allí, dormir a su lado. Despertar de madrugada.
.***.
Mimi tenía ganas de fumar. No sabía de dónde venía ese deseo, lo más cerca que había estado de una calada era probar el humo usado que salía de otras bocas y se quedaba en el ambiente durante unos segundos. Pero quería ser fumadora. Tenía ganas de ser una de esas personas que se excusan y se van cuando menos te lo esperas a fumar.
Con un pitillo entre los dedos, a nadie le llamaría la atención que se apoyase en la pared, en el exterior de la tienda céntrica de señora en la que su madre se probaba vestidos, mientras, de reojo, vigilaba la cafetería en la que Hiro trabajaba. Así podría seguir mirando con descaro, fingiendo solo estar ahí por su vicio. Fingir normalidad. Y cuando saludase a su antiguo compañero de trabajo con la mano que no sujetaba el cigarro, buscar el mechero en sus bolsillos, darse cuenta de que lo ha perdido, acercarse para preguntar si él lleva alguno, iniciar una conversación. Mimi llegó a la conclusión de que los inseguros del mundo son fumadores.
Ella tenía sus propias tácticas.
—Te has vuelto a cambiar el pelo. Así nunca podré reconocerte.
Se encogió de hombros. Tampoco tenía fácil ella el reconocimiento cuando Hiro llevaba aquel uniforme elegante.
—El azabache no me queda. El castaño es el de siempre. El principal. Eso es… Puede ser aburrido, pero es el mejor. Tuve que echarme un producto un poco agresivo para eliminar el tinte oscuro. A veces hay que tomar riesgos. —Calló, se dio cuenta de que Hiro no necesitaba saber eso.
—Bien dicho. ¿Quieres tomar algo? Tengo unos quince minutos, se pueden convertir en veinte. Y un dieciocho por ciento de descuento.
Mimi dudó antes de contestar.
—Tentador, pero no puedo. Estoy esperando a mi madre. Le dije que estaría cerca de la puerta. —Hiro se fijó fugazmente en una mujer que hacía cola en la caja.
—¿Y qué hay de nuevo en tu vida?
—Pues… estuvimos por el centro comercial. Y vimos a esta cantante famosa, la que anuncia los cruceros. En persona tampoco es tan guapa, pero todo el mundo la miraba. Parecía realmente feliz, como si pudiera tener cualquier cosa que se le antojase. Antes pensaba que yo podía ser cantante también, no es que ella cante mucho mejor que yo, eso creo. Pero no sé si podría aguantar todo lo que dura un concierto, y hacer tantos. Pensaba que era grabar un disco y ya está. Nunca me paré a pensar en todo lo que viene con eso hasta hoy. —Se mordió el labio, no sabía por qué le contaba eso—. Y cambié de novio. Es un buen chico, muy inteligente.
—¿Este tiene nombre?
—¿Crees que me lo invento?
Hiro alzó las cejas.
—Nunca dices nombres.
—Koushiro —dijo como si le costase.
—Tenemos que quedar los cuatro un día. —Se apoyó en la pared, como ella.
—No sabía que tenías novia.
—Cuando la tenga, digo. ¿De qué te ríes? Mira, será así: llegaré a casa después de dos turnos, oliendo a lejía y a borracho, y me tumbaré a su lado para sobarle el pelo. ¿Quién se resistiría? Bah, mejor quedamos solo los tres, más fácil. No creo que haya alguna chica interesada en mudarse a mi mansión. Pero, si conoces a alguna, dímelo.
Mimi le sonrío, incapaz de captar el cansancio que maquillaba con su discurso alegre.
—Yo me iría a cualquier lado si eso supone salir de casa —dijo exagerando su hartura—. Estoy deseando que las cosas sean como quiero.
Le removió el pelo.
—Sigue esperando. Nunca serán como quieres.
Mimi se ordenó el cabello hasta dejarlo como estaba y ladeó la cabeza. Recordó el rostro famoso que había visto esa mañana.
—A veces lo son.
.***.
—¿Quién es ese chico?
—Solo un amigo.
—Creo que le gustas.
—No, que va.
—He visto cómo te mira. ¿Te gusta?
—No, mamá, tengo novio.
—Solo preguntaba. ¿Y tu novio qué hace?
—Yo qué sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Eres muy pesada. No lo sé, va a la universidad.
—¡Ah! Muy bien, mucho mejor que un camarero. Vamos, como para traerme de yerno a ese.
—¡Mamá! ¿Qué tiene de malo? ¿Qué soy yo? ¿Qué eres tú? ¡Nada!
.***.
Koushiro llevaba varias noches dándole vueltas a una frase.
—Nunca, nunca, me pidas que cambie. Prométemelo. Si me pides cambiar, entenderé que nunca me has querido. Yo quiero quererte para siempre.
Koushiro pensó «todo cambia. Ella mejor que nadie debería saberlo».
El silencio era demasiado largo para Mimi.
—¿Me vas a pedir que cambie?
Tras pensárselo, le dijo que no, y se forzó a sonreír.
—Me vas a querer para siempre —susurró ella, antes de quedarse dormida.
A Koushiro le hubiese gustado pedirle opinión a una persona con más experiencia, o, por lo menos, con mayor inteligencia emocional. Quería contarle a alguien que se estaba viendo con Mimi porque, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se sentía emocionado por algo. Pero, cuando intentaba hablar de ello, no podía. No es que tuviesen un acuerdo de confidencialidad, ocurría que siempre había sido secreto. Siempre había sido un castigo. Algo que sufrir en silencio. Ambos tenían un miedo mudo a abandonar las sombras. Podían ser otro Koushiro y otra Mimi, haciendo trampas a los verdaderos, besándose al atardecer. Podía el odio estar atrapado en otro universo y liberarlo si la más ínfima cosa cambiaba antes de tiempo. Cuando se miraban a los ojos, sabían que el otro era un extraño, que ellos mismos existían de otro modo. Solo así podía explicarse que estuviesen juntos sin discutir, sin intercambiar reproches o dobles sentidos. Que pudiesen acariciarse despacio, sin temer que alguno cambiase de idea antes de acabar.
Por eso, Koushiro seguía dándole vueltas a la petición de Mimi. La frase que le impedía dormir.
—Nunca, nunca, me pidas que cambie.
.***.
K. Dice que soy un narcótico. Es porque cuando estamos juntos y me abraza, le entra el sueño rapidísimo. Es una cosa muy graciosa. Casi no hablamos. Y cuando habla, lo hace despacio, incluso más que antes. Creo que tiene miedo de decir algo malo y que me vaya otra vez. Y si me fuera esta vez, eso le mataría.
Me gustaría que sea así para siempre.
