[Capítulo 6: guerra y traición parte 1]
— Hola Anna, yo también estoy feliz de verte nuevamente — dijo Florian tranquilamente con las manos en su espalda, mientras la miraba al otro lado del salón.
— Te lo advertí Anna, te advertí que no había acabado contigo — intervino Hans quien se hallaba sentado en una de las sillas de la salita, mirándola con su enfermiza sonrisa.
Anna observó aquella escena completamente horrorizada, no entendía que estaba pasando, se suponía que Malengrad y las Islas del Sur eran enemigos, y que Florian y Hans no se soportaban, entonces, ¿Qué hacía el príncipe regente allí? Se preguntó la chica, quien hasta ese momento se percató de la presencia de Claude la que miraba la escena pálida por la impresión.
— Lo siento, dejé caer la vajilla, iré por una… — comenzó Anna mientras se inclinaba a recoger los rastros del té que segundos antes había tirado al piso, sin embargo, la mano de Florian en su muñeca la detuvo.
— No Anna, es momento de dejar de fingir, esto se acabó — dijo el príncipe mirándola a los ojos con una expresión preocupada.
— ¿Qué es lo que quiere de mi? — preguntó Anna.
— Eso no importa ahora — dijo Florian suavemente, dándole a entender que no hablaría de asuntos de estado en frente de Hans.
— Annabelle, ¿Qué es lo que sucede? — preguntó Claude pálida y horrorizada. Fue allí, que la princesa entendió que era momento de enfrentarla y decirle toda la verdad, después de todo, aquella mujer no había sido más que buena con ella.
— Yo… — empezó Anna.
— Vamos Anna, cuéntale cómo la engañaste todos estos meses — se burló Hans quien aún permanecía sentado descuidadamente en la poltrona.
— ¡Silencio! — intervino Florian que lucía molesto cómo Anna nunca lo había visto. — Anna, creo que es mejor que le cuentes todo, nosotros estaremos afuera sí es que así lo deseas — propuso el regente.
— Habla por ti, yo me quedo donde estoy, esto no me lo pierdo por nada — agregó Hans.
— Yo… lo lamento mucho señora, yo le mentí durante estos meses — confesó Anna por lo que la mujer abrió los ojos de par en par — mi nombre no es Annabelle Mesonge, es Anna, y soy la segunda princesa de Arandelle. Yo no crecí en el campo, ni me eduqué en una escuela rural, recibí clases en el palacio, con institutrices que mis padres pagaron. Hace casi seis meses escapé del castillo, porque ya no quería vivir allí, en aquel momento, consideré que aquella era mi única oportunidad, y para ser honesta, pese a que extraño mucho a mi hermana mayor, estos han sido los días más felices de mi vida — concluyó la chica. Claude solo bufó a manera de respuesta.
— ¿Crees que no lo sabía? — intervino la mujer suspicazmente.
— ¿Qué? — preguntó Anna quien observó a los demás presentes por encima del hombro los que se veían tan sorprendidos cómo ella.
— Annabelle, perdón, quiero decir, Anna. Llegaste a mi diciendo que eras una campesina, que habla tres idiomas, toca no sé cuantos instrumentos y escribe con la caligrafía y la gramática de una princesa, y que, además, conoce el protocolo de las cortes a la perfección. Querida, de inmediato supe que había algo raro en ti — comenzó Claude.
— Después, un día vi tu forma de escribir en uno de los manuscritos de Daniel, y me di cuenta que era la misma de tu carta de presentación, al principio, pensé que la habías falsificado, por lo que contemplé la idea de despedirte. Sin embargo, recordé que tenía sello real, solo un miembro de la familia real de Arandelle tiene tal cosa. Adicionalmente, le dijiste a Julia que te tu hermana se llamaba Elisa, lo cual suena bastante similar a "Elsa" que es cómo se llama la reina ¿o me equivoco? Quien por coincidencia, tiene la misma costumbre de encerrarse en su habitación, una manía que tanta fama le ha traído — insinuó la mujer quien sonreía astutamente.
— Ah, lo olvidaba, tu descripción encaja perfectamente con la de la segunda princesa de Arandelle, quien, según escuché del Baron de Munchen, que por cierto fue a la coronación, luce idéntica a ti, tanto, que aquel hombre me dijo que podría jurar que tú eras su gemela — continuó sarcásticamente Claude.
— ¿El fue a la coronación? Lo había olvidado — comentó Anna.
— Yo también — intervino Hans intrigado.
— Sí. Pero, al principio yo pensé que me había vuelto loca, que estaba inventando tontas teorías de la nada, que era imposible que una princesa viviera bajo mi mismo techo, y que además fuera la niñera de mis hijos, pero todo estalló cuando vi la reacción del príncipe Hans al conocerte, era obvio que algo extraño sucedía — finalizó Claude.
— Pero… — murmuró Florian confundido — si lo sabía, ¿Por qué no dijo nada? — preguntó el príncipe.
— Señor, con todo respeto, ¿usted tiene hijos? — contrainterrogó Claude.
— No, no señora, ese es exactamente el problema — comentó Florian.
— Bien, entonces, no se imagina lo que es tener que cambiar de niñera siete veces en dos meses, todo, porque las pobres mujeres no los soportan, y finalmente encontrar una que no parece estar a punto de perder la cordura después de dos semanas— aseguró.
— Oh — se limitó a responder el príncipe.
— ¿Qué me van a hacer? — intervino Anna prevenida, mientras que Claude fruncía el seño.
— La llevaré conmigo a Malengrad — respondió Florian fríamente.
— ¡No! ¡No voy a ir! — se negó Anna quien trató de salir corriendo por la puerta, sin embargo, fue rápidamente retenida por Florian quien la aprendió fuertemente.
— ¡Guardias! — gritó Florian. Casi al tiempo de que él príncipe dio la orden, entraron al salón cinco hombres fuertemente armados.
— Anna, no sea egoísta, ¿hay niños en esta casa, no es cierto? — preguntó el príncipe sosteniéndola firmemente con sus brazos, en tanto dejaba en el aire una peligrosa insinuación que hizo que Claude se pusiera de pie, preparada para correr hacía sus hijos de ser necesario.
— No se atrevería… — dijo Anna mirándolo a los ojos.
— Oh, sí , si me atrevería, no tiene la menor idea de todo lo que he tenido que pasar para lograr encontrarla, en este punto, haría lo que fuese necesario — murmuró profundamente el príncipe, por lo que Anna se alejó ligeramente de él mirándolo horrorizada.
— Bien, en ese caso, creo que es hora de irnos — intervino Hans, quien se puso alegremente de pie, dio un par de pasos hacia adelante y la tomó fuertemente del brazo. — Di tu último adiós a esta casa, princesa — comentó el príncipe antes de halarla fuera de la habitación en donde encontró a Sandrine, quien los miraba estupefacta en compañía de los tres hijos de Claude.
— Annbelle… — murmuró Sandrine.
— Señorita Annabelle — llamó Daniel, el hijo mayor — ¿a dónde va? — preguntó.
— No se vaya señorita Annabelle — pidió Julia.
— Lo lamento, pero la necesitamos en otra parte, niños, pero no se preocupen, su mamá les conseguirá otra niñera— dijo arrogantemente Hans.
— Suéltame, déjame despedirme — pidió la princesa en voz baja.
— No— respondió Hans burlonamente, quien aparentemente estaba disfrutando con todo lo que la hacía pasar.
— Déjela Westergard — intervino el príncipe Florian, por lo que finalmente Hans la soltó.
Anna se despidió de cada uno de los niños en medio de lagrimas y de Sandrine con un gran abrazo mientras se disculpaba por haberla engañado, sin embargo, la chica no parecía enojada, tan solo le contestó que le deseaba lo mejor, y antes de separarse de ella murmuró en su oído: "no te preocupes, yo le avisaré" susurró, por lo que la princesa entendió de inmediato que ella hablaba de Kristoff.
— Gracias por todo Sandrine — contestó Anna dirigiéndole una pequeña sonrisa a una de sus primeras amigas, quien aún no tenía la seguridad sí la volvería a ver.
— Suficiente, vámonos de aquí —dijo Hans irritado en tanto la tomaba del brazo y la halaba hacía la entrada de la casa.
— ¡Espera! — exclamó Anna alarmada cuando estaban en el jardín, a mitad de camino al portón principal— mi sello real, tengo que recuperar mi sello real. Hans, tu sabes bien que es casi el equivalente a la firma de un noble, no quiero imaginar qué pasaría si llegase a caer en malas manos, podrían firmar toda clase de documentos y decir que un miembro de la familia real de Arandelle los firmó — lloró la chica por lo que Hans se la quedó mirando con el seño fruncido.
— ¿En dónde está? — preguntó el príncipe.
— En mi habitación, en el tercer cajón de mi armario — respondió suavemente Anna.
— Está bien, ve rápidamente por él, pero si te llegas a tardar más de cinco minutos, te prometo que lo lamentarás — la amenazó Hans, quien después la dejó ir.
— Gracias — murmuró Anna al tiempo que corría hacía la casa, pero, antes que pudiera entrar nuevamente, Florian la tomó firmemente por los hombros.
— Ni siquiera lo intente Anna, a mí no me puede engañar tan fácilmente, no volveré a caer en una de las tretas que usted y su hermana suelen utilizar para obtener lo que quieren — respondió firmemente antes de tomarla por el brazo de la misma manera que lo hizo Hans segundos antes.
Anna subió al carruaje, seguida por Hans, pero Florian se detuvo por unos instantes, y sin ninguna explicación, volvió a la casa. Por lo que él príncipe de las Islas del sur se sentó junto a ella, se acercó y tomó su rodilla, en lo que Anna sabía que era un intento por hacerla sentir completamente miserable.
— Te lo dije, las cosas no quedarían así — comentó Hans. — Y cómo descubrí que tenías una verdadera razón para querer alejarte de Florian, me pregunté: ¿Por qué no darle una oportunidad? — murmuró venenosamente, mientras que Anna se concentraba en mirar al lado contrario al que se encontraba el príncipe.
— No entiendo, pensé que Florian era enemigo de las Islas del Sur, no entiendo porque estás ayudándolo — respondió la chica sin dignarse a brindarle una mirada..
— Florian llegó a las Islas del Sur hace unas semanas, todo en un secreto absoluto. Honestamente, no sé que le hizo nuestra amada reina Elsa, pero creo que lo irritó mucho, tanto, que llegó aquí ofreciéndole una tregua a las Islas del Sur, y planteando un novedoso plan: unirse para tomar Arandelle — dijo Hans casi con sorna.
— ¿Qué? — preguntó Anna alarmada en tanto se volteaba a verlo a los ojos.
— Sí querida, eso fue hace… unas dos semanas, sí, unas dos semanas — dudó Hans. — por supuesto, no pensé que todo el asunto fuera importante, después de todo, Florian ni siquiera quería dejar que los diarios se enterarán — comentó casualmente.
— Pero, sí se supone que llegó hace dos semanas, ¿Por qué vino por mí hasta ahora? — volvió a preguntar la princesa confundida.
— Ese es el punto, porque es irónico pensar que todo este tiempo tú has estado en mis manos, sujeta a lo que yo quisiera hacer contigo, mucho más de lo que habías pensado— insinuó venenosamente — pero cómo lidiar contigo es completamente imposible, pensé que debía poner fin a todo tu juego y decirle justo donde estabas.
Anna se quedó mirando a Hans por unos instantes, simplemente, no entendía cuál era su problema, y la razón para que tuviera esa perversa fijación a hacerla sentir miserable, después de todo, el asunto ocasionado por el invierno de Elsa quedó en el pasado, y el logró huir sin casi ninguna consecuencia, pero, aún así, parecía que él quisiera dañarla lo más posible, en especial en aquellos momentos en las que la veía más feliz.
— Tú me tienes envidia… — murmuró Anna casi contemplativamente, cómo si hubiese tenido una revelación. De inmediato, Hans retiró la mano de su rodilla y se alejó levemente de ella.
— ¡Ha! Envidia, que ridículo, linda, te recuerdo que tú no eres nadie, tan solo el remplazo de tu hermana, pero, en cambio yo soy…
— Sí, sí, ya sé que eres el gran almirante de las Islas del Sur — dijo irónicamente Anna mientras rodaba los ojos — pero, dime, aparte de ese título que tu familia compró para ti ¿Qué mas tienes? — preguntó la chica por lo que Hans le dedicó una mirada extraña, casi como si le hubiera dado una bofetada.
— ¿De qué estás hablando? Yo no necesito más— se burló Hans, pero aquello no la convenció.
— Hans… — empezó Anna, pero fue interrumpida por Florian quien entró al carruaje.
— Anna, venga para acá — indicándole que se sentara con él, en la silla al otro lado del carruaje — no quiero más crueldad innecesaria en mi nombre — dijo refiriéndose a Hans.
— Quítese la cofia y el delantal, de seguro llamará la atención si la gente ve a una mucama con los príncipes de las Islas del Sur y Malengrad — comentó casualmente, por lo que Anna procedió a hacer lo que él le ordenó en tanto el carruaje seguía su marcha.
— Tome — dijo Florian estirando su mano, Anna observó lo que el príncipe le ofrecía y se dio cuenta de que se trataba de su sello real.
— Gracias — respondió suavemente Anna mientras lo tomaba mientras que él le dedicaba una débil sonrisa.
— No se preocupe, su equipaje estará en el barco en cuanto lleguemos al puerto — comentó Florian antes de quedarse en un incómodo silencio.
— Oh que bien, de seguro harán una linda pareja cuando se casen — se burlo Hans de repente.
— ¡Eres un miserable envidioso! — comenzó Anna fuertemente al tiempo que él también le gritaba:
— Serás estúpida, niñita ridi…
— ¡Suficiente! — Bramó Florian, quien después, procedió a frotarse las sienes irritado — sabía que debía traer mi propio carruaje, jamás volveré a compartir carruaje con nadie— comentó entre dientes.
— Oh por favor Florian, de seguro que no es tan irritante como parece, te sorprenderías cuantas cosas tienes en común con Anna, los dos comparten ese extraño gusto por los plebeyos — sugirió maliciosamente Hans mientras que Anna y Florían se miraban el uno al otro sin entender lo que decía el príncipe.
— Anna tenía un novio ¿lo sabías? — preguntó, pero nadie le respondió — y respecto a ti, yo aún recuerdo el escándalo de hace años.
— Westergard, este no es el lugar ni el momento — intervino Florian.
— ¿A qué se refiere? — preguntó Anna con curiosidad.
— Oh verás, te contaré, hace años, cuando tu prometido era más joven, se casó con una criada, fue un escándalo, después de todo, era el heredero al trono. Por supuesto, su papi no lo tomó bien, es más, pagó una cifra astronómica para obtener el divorcio, y cuando finalmente lo hizo ¿a que no adivinas que pasó? — la interrogó Hans haciendo una pausa en lo que Anna supuso que se trataba de un intento por irritar a Florian, quien tan solo dejó salir una exhalación para expresar su resignación.
— El sujeto se volcó a todos y cada uno de los bares de la capital de Malengrad, aún recuerdo esa época, yo tan solo estaba en la academia militar, y tuve que acompañar al pobre Dominic a buscar a su hermano mayor en los fumaderos clandestinos de opio del lugar, ¿lo recuerdas Florian? — dijo Hans venenosamente. Pero el príncipe no respondió, tan solo se quedó con la vista perdida en el vacío, mientras que Anna le dedicaba una mirada cargada de tristeza.
— Lamento que tuviera que dejar a quien usted realmente quiere por mi culpa, Anna, le prometo que haré lo que pueda por hacerla feliz — comentó Florian de repente, por lo que ella le dedico una leve sonrisa.
— Gracias — susurró Anna, a lo que Florian respondió con otra sonrisa. Por lo que al no obtener el efecto deseado, Hans decidió quedarse en silencio.
Finalmente, y tras lo que a Anna le pareció uno de los viajes más largos e irritantes de su vida, llegaron al puerto, en donde Florian la dejó al cuidado de Hans y toda su guardia, en tanto que él se encargaba del barco y del poco equipaje de Anna. Mientras el regente se ocupaba de aquello, el príncipe de las Islas del sur y la chica se sentaron en silencio en un pequeño y destartalado restaurante del puerto, el cual estaba completamente vacío, mientras compartían un incómodo silencio y veían un par de tartaletas y café enfriarse frente a ellos.
— Yo de ti, comería algo, debes tener el estomago vacío, y si subes al barco en ese estado, de seguro te enfermarás— comentó Hans quien le dio un sorbo a su café, y después tomó el primer trozo de tartaleta.
— Gracias por tu preocupación — contestó secamente, quien también tomó un bocado de su postre.
— Hans… — comenzó Anna nuevamente tras terminar la tartaleta — ¿Por qué hiciste esto?, yo pronto hubiera dejado las Islas del Sur, y no tendríamos que vernos en el futuro ¿Por qué te es tan difícil dejarme en paz?
— Porque me la debías, ya te lo dije, tú ni te imaginas todo lo que pasé cuando llegué a las Islas del Sur tras la coronación de tu hermana — comentó casualmente pero sin mirarla a los ojos, lo que le hizo concluir a Anna que había algo que no encajaba en aquella explicación.
— Cuando nos conocimos, los dos nos dimos cuenta de inmediato de cuan parecidas eran nuestras historias, ¿no es verdad? — preguntó Anna, pero el príncipe aún no la miraba a los ojos — tú eres el treceavo príncipe, y yo la segunda; tus hermanos te ignoraban, y a mí también; nadie esperaba nada de ti, y de mi… bueno, de eso ni hablar. Y aquel día en la biblioteca, cuando me encerraste para que me congelara, me pregunté, porque me dijiste todo aquello, en realidad, aún lo hago, pues fuiste realmente hiriente. "Oh, Anna ojala hubiera una persona aquí que te amara" " tú no eres rival para Elsa" los dos sabemos que significaba esto último: que yo nunca sería tan buena como mi hermana, y también sabemos, que en aquel tiempo, eso era lo que más me dolía — insinuó la chica, mientras que Hans seguía comiendo su tartaleta y bebiendo su café.
— Aquello me pareció extraño,¿ Por qué una persona tan calculadora y fría como tú, que se había tomado tanto tiempo y cuidado en montar ese plan, iba a sentir la necesidad de aplastarme y humillarme así? pues a mí no me parecía que tú fueras de los que acude a la crueldad sin razón alguna, más bien, pareces que eres de los que no hace nada, absolutamente nada, si no le trae beneficio —afirmó la chica firmemente — entonces, ¿Por qué me dijiste todo aquello? Ahora entiendo la razón, porque, de alguna extraña manera, tú te reflejas en mi ¿no es verdad? Pero tú no puedes soportar que una persona, a la que tú consideraste como tu igual, sea feliz, porque tú no lo eres. Solo eres un envidioso, que sabe que está completamente vacío, no tienes a nadie, mientras que yo sí lo hago, y tú no puedes soportarlo, ya que lo único que tienes es esa imagen "perfecta" que todos ven, pero nuevamente, los dos sabemos, que sin ella quedarías en la nada. — concluyó Anna.
De repente, y a una velocidad que la aturdió, Hans se levantó de su silla y la empujó bruscamente hacía la pared que se encontraba detrás de ella, sosteniéndola por la mandíbula.
— Te diré que otra cosa tú tienes que yo no, princesa — comenzó Hans entre dientes — tú tienes ese prometido tuyo, ese mismo, que dentro de un par de minutos te pondrá en un barco a Malengrad, y espero que seas muy feliz con tu megalomaniaco y adicto esposo, Anna. — siguió el príncipe quien murmuraba furioso. Finalmente, Hans la soltó, y la chica entendió que había dado justo en el blanco.
— Tratare — respondió Anna antes de que Hans pudiera salir del restaurante.
— ¿Qué? — preguntó este.
— Trataré de ser feliz. Florian no es cruel conmigo, él parece alguien razonable, e incluso podría decirse que es bien parecido, yo podría tratar de quererlo, ¿y por qué no? tratar de hacer que él me quisiera — dijo Anna, por lo que Hans la miró como si con estas palabras le hubiera dado una bofetada.
— Él no lo hará — aseguró Hans.
— ¿Quieres apostar? — preguntó la chica.
— Ya son suficientes tonterías, es hora de volver — concluyó Hans antes de tomarla por el brazo y prácticamente arrastrarla hacia afuera.
Florian no tardó en regresar, anunciando que finalmente tenía todo preparado para el viaje, por lo que tras dedicarle un frio gesto a Hans se despidió de él y se preparó para viajar nuevamente, esta vez, con rumbo a Malengrad.
— Es toda tuya, desde ahora es tu problema — dijo Hans empujándola de tal forma que Florian tuvo que sostenerla ya que Anna iba directamente hacía el piso — pero te lo advierto, es bastante hábil usando cuchillos y cualquier clase de objeto contundente, puede causar mucho daño, sin mencionar, que tiene ese poderoso gancho que es capaz de romperte la nariz y tirarte por la borda de un barco con un solo golpe — comentó sarcásticamente el príncipe.
— ¿Anna? — preguntó Florian sorprendido.
— Si, así es, ella no es tan inofensiva como parece, no olvides tomarla en serio. — advirtió Hans antes de marcharse definitivamente.
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Kristoff caminó pesadamente por el parque en la calle Girasol, justo en frente en donde vivía y trabajaba una de las amigas de Anna. Mientras que la esperaba, el sol aún alumbraba al final de la tarde al tiempo que él se dejaba caer en una de las bancas del parque. Sin embargo, pasó cerca de una hora sin que ella apareciera, finalmente, llegó la noche, y la princesa aún seguía sin presentarse.
En aquel momento, un incómodo pensamiento cruzo por la mente de Kristoff, ¿sería posible que ella lo hubiera abandonado? Después de todo, Anna ya lo engañó una vez. O tal vez, algo le pasó, ¿y si ella se encontraba en peligro? El recolector de hielo se levantó de la banca del parque dispuesto a ir a la casa en donde la princesa trabajaba, pues sí ella no se presentaba, él iría a buscarla y obtendría respuestas así fuera por las malas.
— Pss… Kristoff — llamó una voz desde la oscuridad de la arboleda de aquel parque, por lo que el muchacho caminó lentamente hacía la persona que se escondía en detrás de un tronco.
— Ven, soy yo, Amelia— le indicó la chica.
— ¿Qué sucede? — preguntó el muchacho susurrando de la misma manera en la que ella lo hacía, en tanto se escondía detrás del tronco.
— No me digas que no sabes nada— sugirió la chica.
— No, ¿a qué te refieres? — preguntó Kristoff.
— Adrian, Sandrine y yo te hemos buscado todo el día, la guardia real te ha buscado todo el día, ¡estás en serios problemas Kristoff! — exclamó la chica alarmada.
— ¿Qué, porque? Renuncié a mi trabajo, y fui a comprar unos víveres al mercado — le explicó al muchacho.
—Esta mañana, mientras desayunaba en la panadería de Adrian, llegó Sandrine completamente frenética, nos dijo que teníamos que avisarte, algo terrible sucedió. Al parecer, los príncipes de las Islas del Sur y Malengrad aparecieron al amanecer en la casa de la señora Dummont, diciendo que Annabelle en realidad era…
— La princesa Anna de Arandelle — concluyó Kristoff.
— ¿Tu lo sabías? — preguntó Amelia alarmada.
— Sí, ¿Por qué crees que estaba buscándola?
— O sea, que su hermana, la reina Elsa de Arandelle te envió —murmuró la chica — por eso era que ella no estaba contenta de verte — comentó Amelia uniendo todas las piezas del rompecabezas en su mente.
— No, Elsa no me envió, Anna escapó hace unos meses, ella odiaba la vida en el palacio, pero yo vine porque quería verla nuevamente, pero, eso no es importante ahora, ¿Qué fue lo que sucedió? — le explicó Kristoff
— Ya te lo dije, los príncipes de las Islas del Sur y Malengrad se la llevaron por la fuerza — le narró nuevamente Amelia.
— Florian de Malengrad… — murmuró Kristoff, para quien aquel nombre no era más que un molesto imprevisto, no se imaginó que aquel hombre llegara a convertirse en semejante amenaza.
— Al parecer, dijeron que se la llevarían a Malengrad— terminó Amelia.
— Debo ir por mis cosas, iré por ella enseguida— asintió Kristoff
— ¡No! — lo detuvo Amelia — no puedes ir a la panadería de Adrian, desde el medio día el príncipe Hans llegó acompañado de sus guardias y los miembros de la prensa, al parecer, quieren arrestarte — le comentó. Kristoff crujió los dientes, pues era obvio que el príncipe no solo quería arrestarlo, sino que además quería hacerlo tan público como fuese posible para que Anna se enterara, así ella estuviera en Malengrad.
— Miserable… — murmuró el recolector de hielo— no importa, iré de inmediato al puerto y tomaré un barco a Malengrad.
— En ese caso, nosotras te ayudaremos a comprar el tiquete. Adrian tomó precauciones, y sacó tus cosas antes de que los guardias llegaran, la señora Claude es muy astuta, ella anticipó que tratarían de arrestarte y que probablemente te acusarían por secuestrar a Anna, ahora están escondidas en su casa— comentó la chica.
— Se los agradezco mucho, pero, no tienen porque ayudarme, tan solo las meteré en problemas— comentó la institutriz.
— No, tú tienes que venir conmigo, nosotras nos esforzamos mucho para conseguir ese dinero, así que lo recibirás y ayudaras a Anna con él — dijo la chica quien patinó al mencionar el verdadero nombre de la princesa.
Kristoff siguió a Amelia hasta la casa de Claude, en donde pudo recoger sus cosas, al tiempo que lo esperaban todas las amigas de Anna, quienes no dudaron en exigirle la historia completa, Kristoff no sabía bien por donde debía comenzar, así que empezó desde que la vio por primera vez en el palacio el día de la coronación y avanzó pacientemente hasta que llegó al presente día.
— Vaya… — empezó Sandrine abriendo los ojos de par en par — así que todas esas historias acerca de la "malvada reina de las nieves" son tan solo inventos del príncipe Hans.
— No del todo — intervino Amelia— recuerda que yo tuve que inmigrar aquí por cortesía de la Reina de Arandelle, ella nos sepultó en nieve por casi dos semanas, no fue mucho, pero sí lo suficiente para dañar todos los cultivos y llevar al país a la peor recesión en años — comentó la chica.
— Amelia, te juro ella que no lo hizo intencionalmente, Elsa solo es una persona con muchos problemas— trató de excusarla el muchacho.
— ¿A mí que me importan sus problemas?, ¿a las personas de la aldea en donde yo vivía qué les importan sus problemas? — preguntó molesta — debiste haberlo visto Kristoff, todos en Lindemberg nos moríamos de hambre, la comida costaba cuatro veces su precio, así que no me digas que ella tenía problemas, cuando yo y el resto de mis vecinos vimos cómo morían varios enfermos en el pueblo solo porque la nieve hacía imposible llevarlos al hospital de Bert — Gritó.
— Amelia… — suspiró Adrian.
— Pero eso no importa, lo que yo piense de la reina es otro asunto. Anna no solo es su hermana, ella es mi amiga, y sí tu eres la clave para mantenerla a salvo, yo te ayudaré. — comentó la chica mientras que sacaba un par de billetes y los dejaba en la mesa de té en el centro del salón.
— Yo también te ayudare — agregó Claude imitándola.
— Y yo — dijeron Sandrine y Adrian en tanto también le daban el dinero.
— En serio, esto no es necesario, yo pensaba… — comenzó Kristoff, pero fue interrumpido por Claude.
— Acéptalo, por favor, es lo único que podemos hacer por ella— empezó la mujer — pero antes de que partieras, me gustaría que escribieras a la reina, si yo estuviera en su lugar, me gustaría saber exactamente qué le sucedió a mi hermana menor— dijo la mujer.
— Tienes razón, así lo haré — aceptó Kristoff, quien rápidamente escribió una carta para Elsa y la dejó con Claude para que esta la mandara en el correo del día siguiente. Después, el chico partió en medio de la oscuridad de la noche hacía el más grande puerto de las Islas del Sur, en donde tomó el primer barco a Malengrad sin saber que le depararía el futuro.
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En el mar abierto, ya era pasada la media noche, y Anna seguía sentada en la borda del barco, mientras se arrinconaba contra uno de sus extremos con las rodillas fuertemente apretadas contra el pecho, en un vano intento por protegerse del frio. La princesa se negaba a volver al interior de la cabina, sabía que era estúpido, y que probablemente , lo único que ganaría de todo aquello era un terrible resfriado, pero no quería enfrentarse a Florian. Sin embargo, él pensó exactamente lo contrario, ya que el sonido de sus botas sobre la madera del barco la alertó.
— Anna, ya es suficiente, entre a la cabina, se va a congelar — dijo Florian en tanto ponía sus manos en su cintura, pero, la princesa no quiso contestar.
— Anna — llamó nuevamente Florian.
— ¿Es verdad lo que Hans me dijo? — preguntó Anna mirándolo completamente pálida y con los ojos vidriosos — ¿es verdad que usted piensa unirse con las Islas del Sur para atacar Arandelle? — exhaló la chica.
— Si — respondió Florian quien se veía obviamente incomodo.
— ¿Por qué? — preguntó Anna.
— Porque Arandelle es pequeño, no tiene una gran fuerza militar, y la reina tampoco cuenta con el apoyo de sus súbditos, puede que ella haya formado lazos con otros países, pero aún no es suficiente — contestó el príncipe, por lo que Anna dejó salir un ligero sollozo.
— ¿Y mi hermana, que piensa hacer con ella? — lo interrogó Anna mirándolo a los ojos, por lo que él se agachó y se puso a su altura.
— Si logramos hallar una forma para controlar sus poderes, podremos ponerla en un decoroso arresto domiciliario, probablemente en el palacio de verano que su familia, aquel que poseen en el bosque. No tiene que ser algo incómodo para ella — dijo amablemente Florian.
— ¿Y si no logran controlar sus poderes? — preguntó Anna temerosa, pero el regente no contestó nada, tan solo se quedo en silencio y se mordió el labio, lo cual, fue más elocuente que cualquier palabra.
— Aléjese de mí — dijo Anna con voz temblorosa.
— Anna —empezó nuevamente Florian mientras le tomaba el hombro — por favor, entiéndame, así es la política es necesario que comprenda…
— ¡Suélteme! — repitió Anna mientras que bruscamente apartaba su hombro de su mano.
Anna no volvió esa noche a su camarote por su propia voluntad, tan solo se encontró a sí misma en su cama al día siguiente, por lo que supuso que Florian debió haberla llevado allí tras verla quedarse dormida. Sin embargo, no fue sino tras tres semanas más que finalmente desembarcaron en Malengrad.
Al llegar, Anna se dio cuenta de que era mucho más moderno que el de Arandelle, el cual, había sido construido en el Medioevo. En contraste, este, se veía tan solo de finales del siglo anterior, lleno de brillantes candelabros, espejos decorados y muebles decadentes, muy diferente a la adusta y práctica moda vikinga que se prefería en su país natal. Anna quedó maravillada por la opulencia del lugar, sin embargo, nada fue tan impresionante como su habitación.
— La mandé redecorar especialmente para usted — dijo Florian mientras le mostraba el lugar.
— Es hermoso — dijo Anna mirando las ventanas — pero tiene barrotes — concluyó la chica irónicamente.
— Si… sobre eso, estoy al tanto de que usted escapó del palacio de Arandelle, así que quería evitar que lo mismo sucediera aquí — comentó Florian visiblemente incómodo, en tanto Anna caminaba a la ventana y tomaba los barrotes con ambas manos.
— Por su puesto — comentó Anna.
— Bien… creo que será mejor que me vaya — murmuró Florian.
— Sí, eso será lo mejor— asintió la chica quien ya quería deshacerse de la presencia del príncipe, que por su parte, tan solo asintió y dejó la habitación sin otra palabra.
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A un mes de su llegada a Arandelle, Elsa miró su reflejo en el espejo de su oficina, y sonrió, pues, por primera vez en mucho tiempo, no vio en él a una chica con poderes, tan solo vio a "Elsa", la misma que varios meses antes emprendió un viaje para vencer sus miedos, que decidió que podía cambiar y convertirse mejor reina. Su éxito no era asunto de magia, era puro simple esfuerzo, dedicación y enfrentar sus problemas con la frente en alto , algo que la reina sabía muy bien que nunca hizo como debía.
Sin embargo, Elsa estaría mintiendo si no admitiera que la presencia de Petra no le había hecho bien, probablemente, ella necesitaba a alguien que la obligara a levantarse y hacer las cosas, forzándola a que no se quedara tan solo quejándose y llorando por lo difícil que era vivir con sus poderes. No obstante, no era fácil, a decir verdad, todos los días eran una lucha consigo misma. Todo el tiempo, la reina se tenía que repetir una y otra vez que debía pararse, moverse y hacer las cosas, no importaba lo mucho que la asustaran o lo difíciles que fueran, nadie más las iba a hacer por ella. No obstante, cada victoria era un estimulo para seguir, para enfrentarse al día con un poco menos de miedo.
La semana pasada, Petra la había arrastrado por los condados más afectados por el invierno, "su invierno", con el fin de darle un poco más de popularidad. Sobra decir que la reacción no fue del todo positiva, es más, en algunos pueblos tuvo que llevar la guardia real, ya que una parte de sus súbditos parecían dispuestos a comenzar a tirarle tomates podridos en cualquier momento.
— Vaya, sin duda los ánimos están mucho más calmados que hace un par de meses, la gente agradece que usted hubiera firmado esos nuevos tratados comerciales — dijo en aquel entonces el gobernador de un pueblo especialmente violento con una sonrisa nerviosa en su rostro, por lo que Elsa se frotó el cuello entendiendo por primera vez lo cerca que pudo haber estado de una rebelión que la mandara a ella y a su querida hermana a la guillotina.
— Su Majestad — llamó Kai al otro lado de la puerta — tengo una carta para usted, ¿puedo entrar? — preguntó.
— Sí, por favor siga — asintió la chica.
— Su Majestad, según las estampillas, esta carta viene de las Islas del Sur — comentó el mayordomo.
— ¿Qué? Eso es imposible… pero que extraño, no tiene remitente— dijo Elsa mientras revisaba el sobre atentamente. — Kai, por favor déjame sola, quiero leerla con más calma — le pidió la reina en tanto tomaba el destapa sobres sobre su escritorio.
Mientras tanto, Petra se encontraba la habitación de Elsa revisando una y otra vez el armario de la reina, buscando en él piezas de ropa que la hicieran ver más sencilla, no cómo la aristócrata que en realidad era, sino que le ayudarán a tener un poco más de empatía con su pueblo, que lentamente dejaba de aborrecerla como lo hacían cuando la mujer llegó a aquel reino.
— Oh mi querida Daniele, debes aprender que hay ocasiones en la vida en las que no es suficiente "ser", también debes "parecer" — le comentó casualmente la asesora de gobierno a la mucama mientras pasaba una y otra vez por los ganchos de ropa de aquel armario.
— O sea… que reina debe tener la imagen correcta — Exclamó la chica emocionada por haber entendido una de las insinuaciones de la institutriz.
—Exacto — asintió Petra contenta, pero, se sobresaltó al oír un profundo grito de mujer que corto el silencio, de inmediato, la mujer entendió que se trataba de la reina por lo que se dirigió a toda velocidad a su estudio.
— Su Majestad, ¿se encuentra bien? — preguntó mientras se abría camino a la oficina de Elsa entre los guardias que miraban estupefactos el espectáculo que brindaba la reina. Petra nunca había visto una cosa como aquella, se trataba de una nevada al interior de esas cuatro paredes, y era tan espesa, que ya había llegado a cubrir gran parte del escritorio y el suelo.
— Váyanse — les ordenó Petra a los guardias, tras lo que cerró la puerta quedándose sola con la reina.
— Él la tiene Petra, él se la llevó — lloró la reina mientras estrujaba una pieza de papel entre sus manos — Florián tiene a mi hermana, esta carta me la envió Kristoff, el pretendiente de mi hermana, él fue a buscarla, pero uno de los príncipes del las Islas del Sur le dijo donde se escondía. ¡La tiene desde hace tres semanas! Quien sabe que más ha debido hacerle, ¿Qué tal si está sufriendo? ¿O si está encerrada en un calabozo? — preguntó Elsa desesperada mientras le pasaba la carta a Petra. La mujer leyó atentamente el mensaje, lo bajo y miró a la reina a los ojos.
— Esto es muy grave su majestad, no solo significa que su hermana está en peligro, también significa que las dos grandes potencias han hecho una tregua y eso quiere decir…
— Guerra — completó Elsa mientras la miraba a los ojos. — mandaré tropas a Bert, y a lo largo de la frontera con Malengrad, estoy segura de que ese es el sitio que Florian atacará primero, después de todo, esos eran los territorios por los que él quería casarse con Anna.
— Puede ser, reconoció Petra, pero también está la posibilidad de que Florian decida jugar sucio. Su Majestad, yo lo conocí hace tiempo, y él es un gran estratega. — concluyó la mujer.
— Pues bien, no estoy segura de cuál será su estrategia, así que enviaré tropas a lo largo de la frontera, pero me concentraré en Bert — afirmó Elsa — Petra, cite a concejo de guerra, tengo que discutir este asunto con todos mis ministros, y con mis generales, debemos prepararnos para lo peor — ordenó la reina con voz profunda.
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Dos meses tras su llegada a Malengrad, Anna ya estaba acostumbrada a vivir en el palacio, por supuesto, el hecho de que se hubiera acostumbrado, no significaba que fuera feliz, pero que se le iba a hacer.
A menudo, la chica había escuchado la frase ten cuidado con lo que deseas, porque puede que lo consigas, pues bien, Anna por fin tenía la vida de cortesana que siempre quiso, llena de fiestas y una gigantesca corte que la rodeaba las veinticuatro horas del día, pero, ahora la chica no podía creer lo ingenua que había sido al desear aquello. El palacio de Malengrad era muy diferente al de Arandelle, no solo en su aspecto físico, sino también en su funcionamiento, pues, el tátara abuelo de Florian ordenó que los nobles debían vivir en aquel imponente castillo con él, por lo que todo el lugar se sentía como una gigantesca vitrina, un panóptico que daba vueltas alrededor del rey y la reina de turno, mientras que los miembros de aquella corte los observaban como espectadores tratando de obtener favores de sus gobernantes.
Desafortunadamente, cómo el legitimo rey se encontraba encerrado en un manicomio, le correspondía a Florian ocupar su lugar como el centro y la estrella de todo ese circo, y Anna, al ser su prometida, era lo más cercano a una reina, y debía ser su coprotagonista. Por su puesto, la mitad de la corte ya se había presentado ante la chica en medio de pompa y rituales tan antiguos cómo ridículos, que estaban comenzando a colmar la paciencia de la princesa.
— ¿Cómo la has pasado hoy, Anna? — preguntó descuidadamente Florian mientras que tomaba un trago de su té de la tarde.
— Bien — respondió Anna aburrida — primero, me visitó Lady Catherine, después Lod Farewell, después, Lady Jhonas y su esposo, y finalmente Madame D'Avary, todos nos brindan sus saludos y sus buenos deseos para nuestra boda, oh… lo olvidaba, todos esperan que pronto traigamos "alegría" al reino con un heredero — comentó Anna irónicamente mientras se dejaba caer descuidadamente en su silla.
— No te mataría dejar de ser tan sarcástica. Deberías alegrarte, hoy llegaron los otros vestidos que encargué para ti, te agradecería si te los probaras — dijo Florian tomando una galleta de la bandeja para acompañar su té.
— ¿Mas vestidos? — preguntó Anna fastidiada — no me malentiendas Florian, adoro los vestidos, como cualquier mujer que se respete, y te agradezco por todas las cosas lindas que me has dado, pero, ¿sería posible tener uno con el que me pudiera mover, o si quiera respirar? — continuó.
— Oh Anna, sé que esto es irritante para ti, después de todo, siempre tuviste mucha libertad, en Arandelle estabas completamente sola e ignorada, y ahora eres el centro de atención, necesito que uses esos vestidos, y que recibas a todos los que vengan a visitarte, recuerda que tu imagen es mi propia imagen, si ellos no te encuentran adecuada, yo seré juzgado severamente por haberte escogido como mi reina, así que es tu deber comportarte como es debido — afirmó Florian quien se levantó de su silla, se ubicó detrás de la de Anna y trató de poner su mano en su mejilla, pero ella se retiró y le dedicó una mirada casi asesina.
— Realmente me desprecias, ¿no es verdad? — preguntó Florian.
— En parte, si lo hago, estás destruyendo mi reino, y piensas matar a mi hermana, en parte… no podría hacerlo, tú has sido bueno conmigo, no eres cruel, ni me has obligado a hacer nada que yo no desee — murmuró Anna algo avergonzada por su confesión.
— Desafortunadamente, tú sabes bien que eso último no siempre va a ser así — dijo Florian quien ahora avanzaba hacía la ventana dándole la espalda a Anna. — dentro de un par de meses nos casaremos, y tú debes darme un heredero. Pero no te lo tomes a mal, mi intención no es hacerte miserable, solo quiero que no olvides que aquello es parte vital en un matrimonio real— comentó el príncipe.
— Lo sé — respondió Anna fríamente — créame, no podría olvidarlo ni aunque tratara — concluyó la princesa molesta.
— Cecil — comenzó nuevamente Florian mientras miraba la ventana.
— ¿Disculpa? — preguntó Anna.
— mi primera esposa se llamaba Cecil, la conocí en el barco durante uno de mis viajes cuando yo tenía 18 años, vivimos juntos casi cinco años, pero solo hasta que decidimos casarnos fue que llamamos la atención de papá. Al parecer, no está mal visto si convives con una plebeya tratándola como si no fuera más que un pasatiempo, pero si quieres tener una familia con ella, ahí las cosas cambian, curiosa e hipócrita la moral que tenemos ahora, ¿no lo cree a Anna? — preguntó el príncipe.
— Y desigual, si usted hubiera sido mujer, las cosas hubieran sido mil veces más difíciles — se quejó Anna.
— No lo discuto — aceptó Florian — en todo caso, nos casamos una tarde de mayo, durante la primavera, pensé que podría salirme con la mía, pero papá era demasiado poderoso, pronto comenzaron a cerrarnos las puertas a cuanto país íbamos, creí que podríamos sobrevivir en alguno del continente oriental, usted sabe, hallar una nueva vida, pero pronto la presión fue demasiado para Cecil, y decidimos darnos por vencidos. Así que nos divorciamos — le contó el regente sin mirarla.
— Y la parte de los fumaderos de opio, ¿es eso cierto? — preguntó Anna curiosa.
— Sí, supongo que fue una forma de apaciguar el dolor. Poco después del divorcio, Cecil reapareció, ella tampoco tomó la ruptura muy bien, me propuso que nos fuéramos, que dejáramos Malengrad y comenzáramos una nueva vida en el continente oriental. — prosiguió — pero, para eso tenía que abdicar al trono y dejar a Dominic como el heredero a la corona. Dígame algo Anna ¿a usted le hubiera gustado ser la heredera? — preguntó Florian.
— No lo sé, probablemente si me hubieran educado para ello no me hubiera molestado, pero si Elsa hubiera renunciado… yo no habría podido tomar su puesto es demasiado para mí, aunque hubiera terminado por aceptarlo, después de todo, hace un año, cuando ella huyó a la Montaña del Norte por poco y tengo que hacerlo — respondió Anna.
— Pues bien, Dominic también pensó que era demasiado para él, recuerdo que me rogó que no me fuera, que no le hiciera eso, y simplemente yo cedí. Aquella era la primera cosa que mi hermano menor me pedía, él siempre había permanecido silencioso mientras que yo llevaba todas las ventajas de ser el heredero, mientras que yo huía egoístamente a alguno de mis viajes, dándole la espalda a él y a mis responsabilidades. Después, cuando ocurrió todo lo de Cecil, él fue el único que estuvo junto a mí, justo como lo dijo Westerguard, sacándome de todos los fumaderos clandestinos de opio, pues a él solo le importaba mi bienestar. Fue por eso, que cuando me pidió ese único favor, yo no pude negarme. Estoy seguro de que su hermana me entendería, pero sentí que debía protegerlo — le explicó Florian quien aún miraba la ventana.
— Supongo que usted le pidió lo mismo a su hermana, y fue por eso que ella regresó a Arandelle y lo descongeló ¿ no es verdad? — agregó el príncipe.
— No, en realidad no ocurrió así. Bueno… sí fui tras ella, y le pedí que volviera, pero ella no quiso hacerlo, aún no podía controlar sus poderes, fue Hans quien la forzó a regresar, él la llevó inconsciente a Arandelle, y después trató de matarla — dijo la princesa con la mayor amargura en las últimas cuatro palabras — pero no logró hacerlo…
— Porque usted se interpuso entre su hermana y la espada — completó Florian — mi embajador estaba en la torre de su castillo cuando eso sucedió, él lo vio todo y me lo contó— dijo el regente quien se dio la vuelta y regreso a su silla frente a Anna — entonces, déjeme adivinar, usted le pidió a su hermana que no la dejara casarse conmigo, y por eso, contra todo pronóstico posible, ella dejó su castillo por meses, viajó por el mundo y me engañó, ¿no es verdad? — preguntó, pero Anna solo se quedó en silencio.
— No voy a mentirle, realmente he llegado a detestar a su hermana, nunca, nadie me había jugado sucio de esa forma, y con una treta tan simple y básica. Pero, la respeto y la entiendo, sé lo que es sentirse responsable por el bienestar de tus hermanos, aún más, cuando siempre los has hecho a un lado sin ninguna explicación — le comentó — no puedo enviarte de vuelta con tu hermana, pero puedo darte algo más sencillo, ¿hay algo que te gustaría hacer?, ¿algún pasatiempo que te haga feliz?
— Nunca me permitirías hacer lo que a mí me gusta — dijo la princesa.
— Oh vamos, pruébame Anna — bromeó el príncipe.
— Durante mi tiempo como criada descubrí que a mí me encanta hornear y cocinar — comentó la chica.
— Oh eso es… — comentó Florian contrariado.
— Ya ves, te dije que jamás me dejarías hacerlo — intervino Anna.
— Yo nunca me negué, no pongas palabras en mi boca, es más, te llevaré a las cocinas de inmediato, si es que eso te hace feliz. Pero tengo una única condición — comenzó nuevamente Florian.
— ¿Cuál? — preguntó Anna.
— Lo harás solo al caer la tarde, cuando los miembros de la corte comiencen a retirarse a sus habitaciones, quiero que llames la menor atención posible — dijo el príncipe.
— Bien, lo haré, lo haré — asintió Anna sonriente — gracias, gracias, gracias — chilló al tiempo que le deba un gran abrazo a lo que él respondió sorprendido.
— ¡Ha! Nunca te había visto tan contenta — comentó Florian con una sonrisa.
— Te prometo que te traeré galletas — dijo la chica.
— No te preocupes, a mí no me gusta el dulce — intervino Florian.
— Eso no es cierto, mira nada más, te comiste toda la bandeja tu solo — dijo la chica indicándole que el plato de galletas estaba ahora vacio.
— No es posible, tú has debido comer también— dijo Florian contrariado mientras fruncía el entrecejo.
— No— negó Anna.
— Oh no… — murmuró Florian frotándose su barriga la que él sabía que se volvía más prominente con el pasar del tiempo — bueno, no importa, te llevaré a las cocinas y te presentaré al personal — comentó resignado el regente mientras se levantaba, y ponía su brazo galantemente para que Anna lo tomara.
— Gracias — contestó la chica.
Juntos bajaron hasta las cocinas en donde sobra decir que el personal estaba más que sorprendido de verlos, pues no era exactamente común que el heredero al trono hiciera presencia en aquel lugar. Pacientemente, Florian pasó por cada una de las estaciones y consultó el nombre de todos aquellos que trabajaban allí. Por lo que Anna se preguntó si realmente al príncipe tenía la intención de hacer aquello, o probablemente, era tan solo una fachada para parecer más comprensivo y empático ante sus súbditos, o tal vez, un poco de los dos. En todo caso, si lo comparaba con su hermana, era claro que la reina de Arandelle aún tenía mucho que aprender.
— ¿Cuál es su nombre? y ¿Qué labores desempeña? — preguntó Florian mientras miraba a un muchacho flacuchento y joven de cabello café —Jacob, yo arreglo los establos señor, comencé a trabajar en el palacio hace un mes, al igual que mi amigo de aquí — dijo señalando a un sujeto rubio y fornido, que al verlo, hizo que Anna abriera sus ojos de par en par.
— ¿Cuál es su nombre? — preguntó Florian.
— Kristoff, su Majestad — respondió pretendiendo que no conocía a Anna, por lo que la chica no pudo más que preguntarse qué hacía el recolector de hielo en aquel lugar, y sobre todo, cómo diablos había comenzado a trabajar en el palacio.
— Es un gusto conocerlo Christian — respondió Florian amablemente.
— Kristoff — corrigió Anna en un susurro.
— Kristoff, sí Kristoff, lo lamento mucho, soy muy malo para recordar nombres. Todos los empleados mayores pueden dar fe de ello — bromeó el regente en voz alta por lo que varios de los presentes rieron en compañía de él. Pero, Anna no pudo más que preguntarse si sería verdad que su prometido no era bueno recordando los nombres de su servidumbre, o simplemente, no le interesaba hacerlo.
— Mucho gusto en conocerlos, Joseph, Kristoff… — asintió Anna amablemente, e involuntariamente, le dedicó a este último una sonrisa un poco más diciente que a cualquiera de los presentes, incluyendo a Florian.
— Su alteza — saludó Kristoff a su vez, sin perder su fachada.
— Bien continuemos por acá… — indicó Florian galantemente mientras la halaba con su brazo.
Tras un par de presentaciones más, finalmente acabaron con su visita, y se acordó que si así lo deseaba, Anna podría usar un par de estaciones durante la noche, un poco después de la cena. A decir verdad, a pesar de lo controversial de su decisión, las cocineras parecían encantadas por el interés que mostraba la nueva princesa en sus labores, y Florian parecía aún más "encantado" al ver que su prometida ya le hacía adquirir nueva popularidad con sus súbditos, pues sabía claramente que era cuestión de tiempo antes de que se difundiera el rumor de que la próxima reina era humilde como ninguna.
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A la mañana siguiente, Kristoff fue llamado a la oficina privada del príncipe regente, por lo que el muchacho caminó lentamente mientras se preguntaba una y otra vez que quería de él aquel sujeto. Mientras avanzaba a través de los refinados pasillos, el muchacho recordó su llegada casi dos meses atrás, momento en el que tuvo que tragarse todo su orgullo y mandarle una segunda carta a la reina de Arandelle, en la que le pidió más dinero, el que utilizó para comprar a la mitad de los oficiales y funcionarios de contratación, los cuales le dejaron ingresar al palacio cómo uno de los encargados de los establos, sin embargo, solo hasta el día anterior pudo conseguir rencontrarse con Anna.
Kristoff tocó la puerta de la oficina de Florian sintiéndose nervioso como nunca, pues sabía que el príncipe había descubierto su verdadera identidad y la relación que tenía con Anna. Después de todo, si el regente era tan inteligente y perceptivo cómo todo el mundo decía que era, habría podido notar la sonrisa y la suavidad con las que lo había saludado la princesa días antes en la cocina.
— Entre — respondió el príncipe desde adentro, por lo que Kristoff le obedeció y se encontró con que Florian se hallaba sentado en una mesa en la terraza al lado de su oficina, rodeado de setas de flores mientras tomaba su café y descuidadamente leía el periódico, en tanto una mucama le servía jugo de naranja en un vaso.
— Buenos días Majestad — saludó amablemente Kristoff mientras hacía una leve, muy leve reverencia.
— Buenos días… Christopher — contestó el príncipe antes de beber un sorbo de su café y sin siquiera despegar su arrogante mirada del periódico.
— Es Kristoff, majestad— se atrevió a corregirlo el recolector de hielo, por lo que momentáneamente Florian levantó su mirada del periódico y le dirigió una sonrisa irónica, al tiempo que la mucama que sostenía la jarra con jugo de naranja lo miró estupefacta.
— Lo lamento, Kristoff — corrigió el príncipe casi sarcásticamente. Y en ese momento, el muchacho entendió que no era precisamente bien visto que un simple trabajador de los establos corrigiera al príncipe regente.
— Su majestad, ¿me mandó llamar? — preguntó el recolector de hielo en un intento desesperado por cambiar de tema.
— Sí, si lo hice — respondió el regente — Este… Querida — empezó elegantemente dirigiéndose a la mucama de quien había tratado de recordar su nombre , pero no logró hacerlo — ya es suficiente, puedes irte — la despidió sin siquiera mirar en su dirección.
— Si su majestad — respondió la niña rápidamente y se fue tras una breve reverencia.
— Ahora que estamos solos iré directamente al punto — empezó Florian sin despegar su atención del periódico— creo que los dos nos dimos cuenta de lo feliz que lucía Anna al conocerte en las cocinas, parece que le simpatizaste mucho ¿no es verdad? — preguntó el príncipe, por lo que Kristoff ahora entendía hacía donde iba todo, al parecer, era una escena de celos común y corriente, probablemente lo amenazaría y le advertiría que se alejara de su princesa si no quería terminar en la horca.
— Señor, yo sí me di cuenta señor, pero yo no, señor…— balbuceó Kristoff, al tiempo que fue interrumpido por Florian quien levantó la mano indicándole que se detuviera. No obstante, el príncipe aún no quitaba la mirada de su periódico, es más, ahora había comenzado a llenar el crucigrama de la última página.
— No te estoy acusando de nada Christian. Yo sé que Anna no me es infiel, pero ese es el punto, verás, ella es muy joven para mí, y podríamos decir que está en contra de su voluntad en Malengrad — comenzó el príncipe.
— ¿En contra de su voluntad? — repitió Kristoff.
— Sí, son solo asuntos de política, tú no lo entenderías — comentó Florian casualmente — el punto es, que he pensado que sí ella tiene algo que la haga más feliz, y que la mantenga entretenida, habrá menos posibilidades de que trate de escapar, y aunque no creo que ella tenga la astucia necesaria para elaborar un complot contra mí, prefiero no correr riesgos innecesarios. En conclusión, me gustaría que tú fueras ese "algo" que la mantuviera entretenida— dijo el príncipe mientras parecía buscar una palabra especialmente complicada en su crucigrama.
— ¿Quiere que me vuelva amigo de la princesa? — preguntó Kristoff sorprendido, por lo que Florian dejó salir una suave risa.
—"Su amigo" — comentó el príncipe — yo había pensado en algo diferente, pero está bien, quédate como su "amigo" sí es que eso cumple el objetivo — dijo irónicamente Florian.
— ¿Usted quiere que yo tenga un romance con ella? — preguntó Kristoff tratando de no sonar tan horrorizado y ofendido cómo se sentía.
— Oh Christopher, ¿es que no es obvio? — preguntó irónicamente mientras seguía llenando su crucigrama — por supuesto, no espero que lo hagas gratuitamente, sobre mi escritorio hay 30.000, podrás tomarlos cuando salgas— indicó. No obstante, Kristoff permaneció callado, simplemente, no sabía que decir ante tal propuesta.
— Vamos, no negarás que la princesa es preciosa, por lo menos para mí lo es, de seguro que a ti te gustará si quiera un poco — comentó informalmente.
— Señor… ella es su prometida, sí yo estuviera comprometido con la princesa no podría imaginar una situación en la que no deseara que ella me quisiera si quiera un poco — afirmó Krsitoff, quien aún pensaba que semejante situación era absurda.
— Ese es el punto Christian — empezó Florian mientras sonreía al encontrar otra palabra de su crucigrama — ella no me quiere, ni si quiera un poco, tan solo me ve como su captor. Yo ya me resigné, pero aún así, la necesito, Anna es convenientemente útil para los intereses de Malengrad, así que sí puedo hallar una razón para que ella no intente dejar este castillo, mejor para mí — concluyó el regente.
— Yo… — trató de comenzar Kristoff.
— Tú harás lo que te digo, porque si no lo aceptas como una propuesta, lo seguirás como una orden — sentenció el príncipe en un tono mucho más profundo y autoritario de lo que Kristoff nunca lo hubiese escuchado utilizar.
— No pretendía negarme, señor — mintió el muchacho — yo haré lo que ordene.
— ¡Perfecto! — exclamó el príncipe — ahora nos entendemos, así que no olvides tomar tu dinero de la mesa — le indicó el príncipe. Por un momento, Kristoff pensó en decirle que él no quería recibirlo, pero rápidamente, decidió que aquello solo llamaría la atención hacia su comportamiento, y podría ponerlos en evidencia tanto a él como a Anna.
— Si señor, me retiro — contestó el recolector de hielo fríamente al tiempo que hacía una reverencia antes de salir de la terraza y tomar los billetes de la mesa de Florian.
— Oh Christopher— llamó Florian nuevamente, dedicándole la primera mirada real desde que iniciaron su conversación — te agradecería si Anna no llegase tan inexperta a la noche de bodas, realmente odiaría que su primera vez tuviera que ser una experiencia traumática. Entiendo, esto puede ser incómodo para ti, así que te daré algo extra cuando aquello suceda, pero tú debes tener cuidado y no dejar que ella quede embarazada, después de todo, esa es una de las razones por las que está aquí, Anna debe darme herederos— comentó casualmente Florian.
— ¿Entendido? — preguntó casi amenazadoramente al ver que Kristoff no contestaba.
— S-si — tartamudeó el recolector de hielo al tiempo que salía de la habitación.
Kristoff atravesó el pasillo en tanto sentía que la mano en la que llevaba el dinero de Florian le ardía, pues simplemente no podía creer el atrevimiento del príncipe. ¿Así era como los veían todos los aristócratas? ¿Simplemente como herramientas, y peones en un gigantesco tablero de ajedrez? No obstante, el recolector de hielo sabía bien que no era el único que debía sentirse ofendido con todo aquello, pues era con los sentimientos de Anna, precisamente, con los que se suponía que tenía que jugar. Su dulce e inocente Anna, quien estaba a salvo en sus manos, pero, de no haber sido él sería otro el encargado de llevar semejante tarea, y el solo pensarlo, lo llenaba de furia, ¿cómo se atrevía el príncipe Florian a exponerla así? .
— Miserable — murmuró Kristoff para sí mismo, mientras pasaba a preguntarse si debía revelarle todo aquello a Anna o no.
Aquella noche, después de la cena, Kristoff esperó a Anna en las cocinas pues sabía que ella haría presencia allí.
— Anna — murmuró Kristoff desde la puerta trasera de la cocina por lo que la chica lo siguió, tomó su mano y juntos caminaron por la oscura arboleda del jardín trasero del palacio hasta que llegaron a las caballerizas.
— Kristoff, ¿Qué haces aquí?, ¿cómo te enteraste de lo que estaba sucediendo? — preguntó la chica mientras que el recolector de hielo encendía una lámpara de aceite que los iluminaba.
— Tus amigas me dijeron lo pasó, ellas me ayudaron a escapar de los guardias de Hans, él quería arrestarme— le contó Kristoff a Anna.
— Ese miserable… — murmuró Anna resentida.
— ¿Cómo te encuentras? — preguntó Kristoff.
— Bien, Florian planea unirse con las Islas del Sur para atacar Arandelle, pero, aparte de eso, tengo que reconocer que no ha sido cruel conmigo ni me ha lastimado— comentó Anna. Por lo que Kristoff la tomó por los hombros y le dio un profundo beso en los labios.
— Estaba tan preocupado, vine al palacio y encontré un trabajo aquí lo más rápido que pude, pero no había tenido suerte en encontrarte, hasta ayer, en que tu y Florian visitaron las cocinas — le narró el muchacho.
— Sí, es una suerte que nos rencontráramos, en cuanto te vi, pensé que no podría disimular — afirmó Anna con una suave sonrisa.
— Ah… bueno, sí, respecto a eso… — balbuceó Kristoff nervioso.
— No me digas que por mi culpa Florian te descubrió — dijo Anna quien después se llevó las manos a su boca completamente aterrada.
— No, pero sería mejor que nos sentáramos, esto puede tardarse un poco — comentó Kristoff mientras la conducía a una viga de paja. Con delicadeza, el recolector de hielo comenzó a contarle lo que sucedió esa mañana con Florian. Y como era de esperarse, ella no lo tomó bien, pues sus hombros decayeron y sus ojos se ensombrecieron.
— Kristoff… — comenzó Anna tristemente mientras miraba hacia el suelo — ¿tú crees que yo soy la clase de persona que estando comprometida con alguien, lo traicionaría y tendría algo con el primero que apareciera? — preguntó.
— No, yo no lo creo, es más, yo sé, por experiencia propia, que no eres ese tipo de persona— comentó sin dejar de mirarla y refiriéndose al hecho de que ella aún seguía comprometida con Hans durante su viaje para encontrar a Elsa, por lo que Anna volteó su rostro en su dirección y sus ojos se encontraron.
— Gracias — murmuró Kristoff al tiempo que ella tomaba su mano.
Fue allí cuando Anna entendió el punto de su relación con Kristoff, pues puede que en principio ellos no tuvieren tanto en común como lo hacía con Hans, pero, aquellas eran solo similitudes circunstanciales, lo que compartía con el recolector de hielo era un verdadero entendimiento silencioso, un lazo que los unía y que los llevaba en la misma dirección aún casi sin intentarlo, pues sus valores eran los mismos, sus miedos, dudas y esperanzas. Y si él lo quería, ella estaría allí para enfrentarlos con él cuando lo necesitase. En ese momento, la chica se inclinó para darle un beso en los labios pero se detuvo a centímetros del muchacho.
— Supongo que no quieres hacerlo ¿no es verdad? — preguntó Kristoff quien no parecía ofendido por su repentino cambio de idea — supongo, que tú no quieres jugar su juego, y hacer justo lo que él espera de ti, porque tú y yo estamos por encima de lo que él piensa de nosotros — comentó el chico profundamente refiriéndose a Florian, a lo que Anna asintió lentamente y con la plena seguridad de que el recolector de hielo la había entendido.
— No obstante, podemos seguir encontrándonos aquí, todas las noches ¿verdad? — preguntó Anna ansiosa y deseosa de que él no se negara.
— Por supuesto que sí, nos rencontraremos Anna — asintió levemente Kristoff con una sonrisa.
hola lectores, como podrán ver por el título de este capítulo, me volvió a pasar lo mismo que me pasó en el segundo y en el tercero, yo quería que este, y el siguiente capítulo fueran uno solo, pero eran demasiados eventos, así que nuevamente tuve que fraccionarlos en dos.
Ahora, les mando un saludo a todos los que me dejaron review, y me agregaron a sus categorias, en especial a aquellos que o dejaron como anónimos, ya que no puedo contestar sus comentarios, espero que este capítulo haya sido de su agrado, adiós :D
