Detalles que rescato para facilitar la lectura de este capítulo: En el capítulo 3, Koushiro trata de averiguar quién es, con las 4 áreas de autoconocimiento, aunque no lo logra. En el 6, Mimi le dice a Koushiro que no existe para ella. En el 9 se revela que Mimi quería ser actriz y va a un casting. En el 11 Koushiro ve un videoclip en el que sale Mimi. En el 14, Nikki le dice a Tamae que Koushiro es nefasto en las presentaciones y por eso les puso una nota baja.

Bienvenido a la jungla...

Dulce castigo

XVI

Tras pasar unos segundos aislándose con el sonido de la lluvia, Koushiro comenzó a teclear. Mimi se recostó sobre la cama con la mirada fija en las gotas de la ventana.

—Estoy pensando en hacerme un tatuaje —dijo despacio.

—¿Por qué?

—No sé. Es que creo que estoy en otra etapa de mi vida ahora. Así recordaría siempre dónde estoy, dónde quiero ir…

Koushiro levantó las cejas sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué haces? —preguntó ella.

—Nada. —Hizo una pausa—. Lo de siempre.

Llevaban casi un año juntos y el hecho de saber que los meses se acumulaban paralelamente a las cartas de rechazo de las empresas, no ayudaba a alegrarse por ello.

—Sería bonito que los dos tuviésemos un trabajo y así poder vivir juntos. Es raro tener que estar pendientes de los horarios de nuestros padres para poder estar un rato solos. Igual debería hacer un curso de algo…

—Quizá sea buena idea.

—Porque yo soy lista. Sé que podría hacer algo. —Mimi enrolló un mechón de pelo alrededor de su dedo índice—. Podría ponerme el número ochenta en el dedo.

—¿Ochenta?

—Sí. Es el autobús que llegó cuando nos dimos el primer beso.

—No era el primero.

—Y ochenta los años que pasaremos juntos. No sé, me gustan los ochos y los ceros.

Koushiro rio sin ganas. Las locuras de Mimi ya no le sorprendían. Se excedía en te quieros y te amos, como si fuera a perderle si pasaba un día sin decírselo. Decía, va a ser para siempre, lo presiento. Koushiro no podía entender por qué saber que tenía lo que tanto había deseado no lo satisfacía ni completaba, ni siquiera lo emocionaba. Podía haberle dicho «ya no te amo tanto. No sé cómo ha pasado, pero así ha sido». Pero no quería hacer eso, porque recordaba las palabras de Mimi nunca me pidas que cambie. Él no quería que cambiase. No se le ocurría qué podía estar mal. Según esa lógica, la seguía queriendo. Pero su cuerpo, su roce, no conseguía excitarle tanto como lo había hecho cuando era un imposible.

Si nunca había llegado a entender su obsesión, ahora la entendía menos.

.***.

En sus días universitarios, Koushiro nunca creyó que fuese a ser tan complicado el acceso al mundo laboral. No para él. La simple posibilidad ni se le presentaba. Sus exámenes casi siempre eran los mejores de la clase, sus profesores leían sus trabajos con admiración, y sus compañeros se fiaban más de sus palabras que de las de los libros, pero pronto se dio cuenta de que ser el que más sabe no era suficiente para, lo que Taichi llamó, la jungla.

Nadie le había hablado antes de la jungla. Hasta entonces había sido fácil. Estudiaba la materia, contestaba a unas preguntas, elaboraba análisis y resúmenes… Año tras año utilizaba las mismas habilidades, destrezas con las que había construido su personalidad. La concentración no era un problema, tampoco la memoria, la organización o la comprensión. El problema era que en la jungla le pedían saber quién era. Nunca había podido contestar a esa pregunta.

—¿Qué puedes aportar diferente?

—¿Qué te hace mejor que otros candidatos?

—¿Por qué escoger esta rama?

Entonces lo entendió. Tanto tiempo queriendo ser como el resto le había despojado de saber quién era. No tenía nada que ofrecerles. Era una cabeza llena de conocimientos, una computadora humana.

Llegó a decírselo a Mimi, a pesar de que apenas compartía sus pensamientos con ella. Cuando acomodaba su cabeza al lado de la suya parecía más sencillo hablar.

—Pensaba que con ser inteligente servía, pero hay miles de chicos como yo. Cada día que pase será más difícil.

En respuesta, Mimi le besó.

Lo último que pensó antes de dormirse fue que no se podía tener todo.

.***.

La siguiente fase fue odiar a la jungla. No encajaba en ningún sitio porque ellos solo querían empleados que no pensaran. Empleados que se adaptaran con facilidad a los cambios, y que nunca se cuestionasen la utilidad de sus normas o comparasen sus sueldos.

—No, Kou. Mira, es sencillo —explicó Taichi—. Lo que tienes que hacer es plantarte ahí y decir «me tenéis que contratar porque soy el mejor. Si no me contratáis, bueno, os perdéis al mejor». Se trata de venderse. No de tus notas. Es que eres el mejor. Pero lo has olvidado.

Koushiro se imaginó la situación.

—Algo exagerado, pero entiendo lo que dices. ¿Y cómo hago?

—Solo ponle valor. Que se vea la actitud.

Que Taichi lo expresase en tan pocas palabras, solo ponía nervioso a Koushiro. Ocurría cuando alguien conseguía asumir con tanta facilidad un concepto al que él ni llegaba a acercarse.

—Pero, ¿qué digo?

Taichi se encogió de hombros.

.***.

—Koushiro.

Koushiro tensó la espalda.

—Una vez me dijiste que no existía.

—Eso no fue así. Tú me lo dijiste a mí —corrigió él.

Mimi negó.

—Pero tú me lo seguiste diciendo en sueños. Fue horrible. Y que si me iba, me querrías siempre. ¿O era que me iría si me querías? Ya no me acuerdo. ¿Qué era?

—No lo sé, Mimi. Qué importa.

—A veces me ocurre que te echo de menos y estás a mi lado. Es bonito.

Koushiro le acarició la mejilla y sonrió, por primera vez en mucho tiempo.

—Mi madre me ha conseguido una entrevista en una tienda. Dice que como es una tienda de ropa cara no es rebajarse. Es que no le gustaba nada que trabajara en cafeterías. Además, así hay descuento. No sé si ir.

—No pierdes nada.

Mimi pareció emocionarse con su aprobación.

—Si tú también consiguieras algo, podríamos vivir juntos. Estaría bien.

—Sí.

—Hace tiempo quería vivir en un apartamento de chicas y ahora solo contigo. Es extraño. Debe ser que maduro.

.***.

Koushiro trató de ser más elocuente en las siguientes entrevistas que le concedieron. Trató, incluso, de ser más sociable con las personas que le rodeaban, se preocupaba de asentir mientras le hablaban y de mantener una postura amable y abierta. Cuando pasaba mucho tiempo sonriendo le daba la impresión de que su piel se convertía de plástico. Los demás, sin embargo, parecían no notarlo. Entonces recordó a Nikki y en que solo él se daba cuenta de la falsedad que le rodeaba.

Al pasar por delante de la que había sido su universidad, se dijo que él podía tener las respuestas que necesitaba. Una intuición.

Volvió a pasar más veces cerca de esos muros. Caminaba despacio, mirando de reojo el edificio, preguntándose qué podría decir, si tan raro parecería, si tan raro era.

—¿Kou? ¡Cuánto tiempo! No esperaba verte por aquí.

Koushiro se giró. Frente a él, Tamae sonreía, más arreglada de lo que solía ir en sus días de universitaria.

—Yo tampoco esperaba verte —dijo Koushiro, sin recaer en que era lo típico que decía la gente cuando no tenía nada que decir.

—Vine a saludar a los profesores —Koushiro no se percató del temblor de su voz.

—Entonces es normal.

—¿Qué?

—Nada.

—Me contaron que estás con Mimi.

Koushiro la miró a los ojos y se lo confirmó.

—Está bien eso —dijo Tamae—. Al principio me extrañó. Hacéis una pareja curiosa.

Koushiro asintió por costumbre. No veía qué podía tener de curioso, en ese momento no se le ocurría qué otra pareja podía tener.

—Yo estoy bien.

Koushiro volvió a asentir y la cortó antes de que hablase de nuevo:

—Debo irme, estamos en contacto.

—Claro. —Tamae se despidió con la mano. Koushiro caminó con rapidez en dirección opuesta durante el tiempo suficiente como para que la visión de su vestido se perdiese entre la gente y cruzó para llegar al recinto universitario.

El profesor Nikki tenía la puerta del despacho abierta. Koushiro dio dos pequeños golpes en ella. Al verlo, Nikki tardó en reconocerlo, aunque también parecía falsedad. Pasados esos cinco segundos de reconocimiento, comenzaron su despliegue amable.

—Siéntate, por favor. ¿Qué tal va todo? ¿Estás trabajando?

Koushiro juntó las manos sobre la mesa y negó con la cabeza, costaba.

Nikki pidió explicaciones, solo necesitaba apoyarse en el respaldo de su silla para hacerlo.

—Parece que no soy muy bueno en las entrevistas —dijo con la mirada en sus manos.

—Ya veo. ¿Necesitas una carta de recomendación?

—La verdad es que nunca me han pedido una.

—Que no te extrañe, lo cierto es que los que van recomendados no llevan carta, no sé si me sigues. —Suspiró—. Es complicado. Se necesitan más que conocimientos. Ni siquiera basta con notas y contactos.

—Lo sé. Esperaba que, no lo sé, la verdad. Mientras estudiaba no pensé en eso.

Nikki asentía mientras lo escuchaba. Apoyó la cabeza sobre la palma de la mano y lo miró con atención. Koushiro hablaba sin mucha conexión y, aunque su cuerpo permanecía inmóvil, sus dedos se movían al ritmo de sus sílabas. Solo si juntaba mucho las manos lograba detenerlos.

—Me gustaría ayudarte, Izumi. La verdad es que me siento un poco culpable por lo que pasó con aquel trabajo. Quién sabe, si no fuera por eso, ahora mismo podrías estar trabajando aquí, becado, en la universidad. Sería un comienzo. Pero, qué quieres que te diga, así son las cosas. Además, cuando se es joven, es bueno ver mundo, ¿entiendes? ¿Qué interés puede tener quedarse para siempre en el mismo barrio?

Al ver que Koshiro no respondía, le insistió.

—Ninguno —dijo Koushiro.

—Exacto. Ninguno. Me gusta tu actitud. Estoy pensando… ¿tendrías problemas con trabajar en el extranjero?

—No.

—Está bien saberlo. Vuelve el lunes a la misma hora.

.***.

—Los Ángeles.

Mimi abrió los ojos todo lo que pudo.

—Eso está bien. ¡Los Ángeles! Pensaba que sería un lugar triste, lleno de científicos aburridos, pero Los Ángeles está bien.

—Y tú podrías intentar ser actriz.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Mimi cortante.

—No sé, lo he asociado con ese lugar. Pensé que querías.

—¿Por qué iba a querer?

—No sé, no te enfades. Lo asocié por el vídeo. Hago asociaciones sin sentido.

Mimi se calmó con la siguiente bocanada de aire.

—Está bien. Los Ángeles, entonces.

.***.

El abrazo que se dieron en el aeropuerto fue el más fuerte que había recibido jamás. Los abrazos en público tenían algo que no llegaba a descifrar.

—Solo serán dos o tres semanas —dijo Koushiro, al ver que los ojos de Mimi se empañaban—. Tan pronto me instale, te vienes, querías vivir conmigo, ¿no? Ahora podremos hacerlo.

—Sí. Son un par de semanas.

—Ven, te invito a un café antes de embarcar.

Mimi asintió y le cogió la mano.

—No me gustan los aviones. Es estúpido, pero no me gustan.

—A mí tampoco —dijo Mimi removiendo el café, aunque no había echado azúcar—. Es un vuelo largo. ¿Qué piensan tus padres?

—Del trabajo que está bien. Del vuelo no han dicho nada. Aunque no lo creas, no han volado nunca.

—¿No? Qué suerte. Eso es que nunca han tenido que despedirse de nadie. —Koushiro rio—. Pareces feliz.

—Lo estoy.

Koushiro encontró que siendo feliz se complicaba menos el interesarse por otros. Y que Mimi no parecía compartir su alegría.