Dulce castigo
XVII
Sus ojos siguieron el recorrido de la cabeza de Koushiro hasta que se perdió en la distancia. Pensó que no debería estar pasando así. No debería estar sola despidiéndole, ni tampoco debería ser ella la que se quedase mirando cómo desaparecía su cabeza entre la multitud. Eso siempre había ocurrido al revés.
«Supongo que ya me puedo marchar» pensó Mimi, y se dio la vuelta. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo grande que era el aeropuerto. Parecía no tener salida entre tantas personas, tantas cafeterías y tantas tiendas. Pero de su bebida solo quedaba un rastro al fondo de la taza y no tenía ganas de tomar otra cosa. La lógica la echaba de ese lugar de paso al que nadie ni nada pertenecía, tan solo el recuerdo de un Koushiro listo para empezar su vida adulta.
Mimi divisó las escaleras mecánicas que conducían a la parada del tren, y allí esperó sentada en un banco sin saber a qué hora venía el siguiente. Se frotó las rodillas y los tobillos. Parecía que hacía más frío que al ir, pero ese no era motivo para renunciar a llevar falda, ni siquiera en invierno.
«Cuando Koushiro llegue a Los Ángeles, tendrá calor y querrá darse una ducha, pero todo le parecerá tan diferente y llamativo que lo aplazará hasta que no recuerde tener calor».
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un hombre tembloroso que le preguntó si podía sentarse a su lado. Mimi, sin contestar, se levantó veloz, dándose cuenta de que el tren había llegado.
No tardó en escoger asiento, se acomodó en el primero que vio. No le extrañó lo vacío que iba el vagón.
Sacó su cuaderno del bolso y apoyó un bolígrafo a juego sobre él.
Ir en tren no está mal.
Miró la frase, no sabía cómo continuar, no le apetecía. Movió las hojas entre sus dedos y se detuvo en un párrafo que estaba escrito con una letra más desordenada de lo habitual. Tardó en descifrarlo.
No quiero ser la chica extranjera.
No recordaba haberlo escrito. Pasó unas hojas más.
K. Dice que soy un narcótico. Es porque cuando estamos juntos y me abraza, le entra el sueño rapidísimo. Es una cosa muy graciosa. Casi no hablamos. Y cuando habla, lo hace despacio, incluso más que antes. Creo que tiene miedo de decir algo malo y que me vaya otra vez. Y si me fuera esta vez, eso le mataría.
Me gustaría que sea así para siempre.
Aunque a veces pienso que se aburre. Se aburre de mí porque pensamos muy diferente y lo que yo pienso le aburre y lo que él piensa me aburre. Pero cuando se duerme no tengo esa sensación, solo está cálido.
Sería bonito que solo se acordara de lo bonitos que han sido estos cuatro meses. Y que yo siguiera siendo siempre la misma. Pero nada de eso puede ocurrir. No hay manera. No vamos a tener siempre los mismos años.
O quizá se pueda, si se lo pido. Si le pido que nada cambie.
Mimi sintió un pinchazo en el estómago. Saltó unos párrafos y siguió leyendo.
Koushiro dijo que me querría si me iba pero ¿y si es él quién se va? ¿También se aplica?
Después, no quedaban muchas hojas escritas. Tan solo unos párrafos más, escritos con una letra firme y clara, y un bolígrafo nuevo.
MIMI'S DIARY
Buscamos la pareja que creemos merecer. Sora me lo dijo. Me lo dijo un día que por fin pudimos quedar como hacíamos antes, solo que no se parecía nada a como hacíamos antes. No creo que volvamos a quedar pronto.
Tengo miedo y no lo sabe nadie. No puedo decirlo porque me da más miedo aún. Tengo miedo a volverme a equivocar. A saber que todo lo que quería era falso. Como todas las cosas que quise hacer y no eran como quería, o todas las personas que eran otra cosa. O miedo de mentirme a mí misma. Es espantoso esto. ¿Cómo se puede saber? Solo tengo claro que no estoy preparada para nada de lo que me ocurre, aunque lo quiera, ya no lo merezco.
Lo leyó dos veces con la boca abierta, no sabía si se identificaba con esas palabras. Ya no las entendía. Ya no sentía miedo, pero no sabía lo que sentía. «Lástima, quizá» pensó.
—Su billete.
Mimi mostró el ticket sin mirar al revisor.
—Disculpe, este pase no es válido. Está usted sentada en un vehículo de primera clase.
Mimi miró a su alrededor.
—¿De verdad? No lo sabía. Me pareció igual que los otros.
—Deberá abonar el importe o será multada. —El revisor imprimió un ticket. Mimi lo cogió y vio los números, abriendo del todo los ojos y cerrando la boca.
—Pero… no puedo pagarlo.
El revisor se aclaró la garganta.
—Entonces tendrá que abonar la multa cuando llegue a su domicilio. ¿Cuál es su nombre?
Mimi guardó silencio.
—Oiga, si no me muestra una identificación oficial, tendré que llamar a la policía.
—¿No podemos, simplemente, dejarlo ir? La vida no está como para pasársela poniendo multas, ¿no?
.***.
—Si no me muestra una identificación oficial… —refunfuñó Mimi por enésima vez—. ¡No es justo!
Frente a ella, una mujer con el pelo revuelto trataba de dormir y abría los ojos a cada uno de sus quejidos.
—Perdón —le decía, y la mujer volvía a cerrar los ojos.
—Tachikawa Mimi.
—¡Yo!
—Puede salir.
Mimi se levantó con una gran sonrisa y siguió al policía por el pasillo. Firmó unos papeles sin leerlos y se lanzó a abrazar a Hiro de pura alegría.
—Salgamos de aquí, no lo soporto más. —Hiro asintió.
En la calle hacía más frío que en la estación, pero Mimi, caminando a pasos cortos y rápidos, ya no lo notaba. Hiro sí.
—Te devolveré el dinero, te lo prometo, en una semana cobro. Trabajé en una tienda, ¿te lo llegué a contar? Es una tienda de esas de ropa cara. Lo dejé hace muy poco, aún tienen que pagarme el último mes… Entonces te lo devolveré.
—No te preocupes, no hay prisa.
—Te lo puedo explicar. Es que no me di cuenta que estaban pintados de diferente color, solo pensé que era un tren nuevo, no es tan grave… pero lo único que quieren es sacar el dinero a la gente.
—No pasa nada.
—Pero otras veces me funciona, seguro que el revisor tenía un mal día. Es que no es justo. Y mi madre no sabe que dejé el trabajo. No le gustaría. Ahora sí quiere que trabaje, ¿te lo puedes creer? Es que está loca. Se pasa el día quejándose. Por eso te llamé a ti.
Hiro mostró una sonrisa cansada.
—¿Y tu novio?
—Ya no vive aquí. Y él… —Mimi detuvo su paso y apoyó tres dedos sobre sus labios.
—¿Qué ocurre?
—Nada. No sé lo que iba a decir. Hace frío, ¡qué repentino! ¿no?
Los dientes de Hiro castañeaban.
.***.
—Me dijiste que vivías en un cubículo. Esto está bastante bien, mi habitación es más grande, pero no está mal —dijo Mimi tres segundos después de entrar en la vivienda de Hiro. No tenía un sofá, pero sí una barra junto la cocina en la que no faltaban los electrodomésticos y un perchero con un sombrero colgado y una gabardina todavía húmeda. Junto la nevera había una puerta, que supuso que llevaba al dormitorio y al baño. Los colores le parecieron algo tristes, pero quizá era por la falta de luz.
—Me mudé hace poco. Espera, ¿cuándo fue la última vez que nos vimos?
—Bastante.
—¿No te conté lo del restaurante?
—Creo que no. ¿Qué del restaurante? —preguntó Mimi, sentándose en un taburete.
—Pues que ya no estoy en ninguna de las cafeterías, soy medio encargado de un restaurante. Yo me ocupo de los camareros y el bar.
—¿En serio?
—Mi jefe de la cafetería abrió uno y, como estaba contento conmigo, me ofreció ir para allá, va bastante bien. Me paso allí todo el día, pero se cobra mejor. Y cuando termine de arrancar, podré tener más tiempo libre. Pero aún estamos empezando, los comienzos cuestan. ¿Qué pasa?
—Nada, que me alegro mucho.
—No lo parece.
—Es que me alegro. Es bonito todo lo que te pasa.
—También me lo he ganado.
—Sí, por eso lo digo.
.***.
Asunto: L.A Llegada.
Destinatario: Mimi T.
Hola Mimi,
Perdona no haberte escrito antes. Estoy demasiado ocupado. Tuve un problema con el alojamiento, porque al parecer me habían entendido que venía dentro de un mes y todos los sitios de la zona estaban llenos. Llamé al que me contrató y, claro, el móvil no me iba aquí. Pero no te preocupes, ya todo está solucionado. Perdona mi torpeza.
Provisionalmente me he instalado con un compañero llamado Mausum y otro más, ruso, cuyo nombre no sé deletrear. Te adjunto una foto de ellos, para abrirla tienes que pulsar sobre el archivo y aceptar Supongo que te parecerán de esos científicos aburridos, o no, ya sabes que de ropa no entiendo, pero creo que te caerían bien. Aunque quien sabe, aún no sé ni cómo me caen a mí pues hasta que no afine el oído casi todo nos comunicamos por escrito. Si con dos intentos no lo entiendo, lo escriben en el móvil. Son pacientes. O tal vez están acostumbrados a hacerlo con otros.
Estoy con cinco horas al día de inglés y mejoro rápido, pero todavía no me atrevo a hablar en un entorno laboral. Espero que pueda hacerlo antes de Enero.
Besos,
Koushiro.
—
Hola Kou,
Ya me imaginé todo lo que me cuentas. Qué mal lo del hotel, pero qué bien que ya se solucionó y estás con tus compañeros.
Lo del inglés no es tan difícil. Yo, que me tienes que explicar cómo abrir una foto, lo aprendí. Por cierto, sé abrir archivos adjuntos, pero gracias de todos modos.
Te diría que te echo de menos, pero parece que lo das por hecho.
No te escribo más por si te quito mucho tiempo,
Te quiero,
Mimi.
—
No te preocupes por lo del tiempo que leo rápido, el problema es escribir, no leer. Deberíamos buscar una hora que nos venga bien para hacer una videollamada.
Yo también te echo de menos y te quiero.
Dime qué horas puedes y el lunes te contesto con las mías.
—
La verdad es que no sé, porque empecé a trabajar en un restaurante que lleva un amigo y los horarios son rotativos, o sea, cambian.
—
Cuando puedas, pásame los horarios.
—
Ok, horarios enviados.
Dulce castigo
XVIII
—No me ocurre nada. Es que ayer hice limpieza y encontré los mensajes. Por eso estoy medio tonta. Nos prometimos seguir en contacto. Nos lo prometimos como diez veces en una videollamada y hasta por primera vez en mucho tiempo le noté desesperado y asustado por perderme, como cuando no me tenía, y me lo prometí a mí misma, porque tenía a alguien que me quería, ¡que me quería de verdad! Pero ni siquiera pude cumplir esa promesa, pues cuando empezaba a escribir… (y no era por tiempo, me pasaba como dos horas para un correo), acababa borrando cosas, cosas que sabía que no le interesaban, cosas que no le sabía explicar bien porque involucraban gente que no conocía o tonterías… al final siempre le decía lo mismo. Que si estaba cansada, que si estaba aprendiendo un montón de cocina, que le echaba de menos, que mi madre estaba loca… Y él… él siguió siendo el mismo, exactamente igual que siempre. No le puedo reprochar nada. Ni aún ahora se me ocurre qué podría reprocharle. En cualquier caso, estamos de acuerdo en que es tarde, ¿no?
.***.
—Es por este lugar. Me acuerdo de ella aquí. Creo que estuvimos sentados en la mesa de la esquina, puede.
»Lo que más recuerdo es que no se despidió de mí agitando el brazo y eso me inquietó, solía hacerlo. Pero no se me ocurrió pensar que sería la última vez que la vería con el apelativo «novia» al que ni siquiera entonces estaba acostumbrado. Antes creía que no merecía el daño que me hacía, ahora que no la merecía a secas. Ni para bien, ni para mal. Pero sí, la respuesta a tu pregunta es que sí, creo que es posible enamorarse «para toda la vida». Es posible. Han pasado cinco años. He salido con otras mujeres, algunas han llegado a estar muy interesadas en mí, hasta a preguntarme por el futuro. Entonces era cuando recordaba que nada de eso iba a ocurrir, no con ellas, me parecía increíble que ellas no lo vieran así.
»Y cada vez que tenía tiempo libre y salía a dar una vuelta, me acordaba de Mimi y su insistencia en aquella interminable videollamada de que no iba a tener tiempo para una vida juntos si se mudaba a Los Ángeles, conmigo, que aquí no estaba su vida. Quizá tenía parte de razón, pero no puedo dejar de pensar que era una excusa que se contaba. Creo que la llegué a conocer, mejor que a mí mismo, al menos.
»Siempre hubo inseguridad entre nosotros. Siempre la hubo.
»Pero la necesitaba. La necesité aún más que cuando tenía la certeza de que no me quería. Necesitaba que alguien me dijese que me había equivocado al ir sin ella, pero nadie lo dijo, quizá fue lo mejor que pudo haber pasado. Quizá solo por eso me sigo acordando de ella.
»Tampoco puedo culparla, siguió sus deseos y yo los míos, y nos deseamos a distancia. Lo sé porque se lo pregunté dos años después. Pasaron varios correos sin respuesta, llamadas sin contestar, hasta que le dije «vuelo a Japón en una semana. Quiero verte».Y se presentó en mi casa. Reconozco su voz cuando es sincera, no puedo equivocarme con su voz, evito mirarla y lo sé. No le costó decírmelo, porque sabía que yo también la deseaba, por eso, y no por otra razón, le pregunté. Y le pregunté también si ya antes de embarcar sabía que no se iría conmigo a Los Ángeles. Me dijo que solo sabía que no quería ir, pero que estaba dispuesta a hacerlo. Fue suficiente.
—¿Y qué pasó?
—Nos acostamos, por supuesto.
A su lado, la mujer esbozó una media sonrisa. Koushiro detuvo su historia para beber un poco de agua.
—Por la mañana ya no estaba, pero no la fui a buscar como aquella vez, no me extrañó. Al año siguiente se repitió la historia. Después, volví más veces a Japón, pero no la avisé...
»Tampoco me extrañó verla en televisión hace unas semanas. Parece que ha nacido dentro de la pantalla. Pienso que su belleza no tiene que ver con la forma de sus rasgos, lo armoniosos que sean… nada de eso, es por los tonos. Es la combinación más atractiva que puedo recordar ahora mismo, los labios, las mejillas, el iris, todo encaja, por eso siempre creí que se estropeaba con el maquillaje, como tapando un don natural. Tal vez le quitaba marcas, manchas, esas cosas de las que no me fijo, pero cambiaba sus colores.
La mujer dejó de apoyarse en la barra y ahogó un «vaya».
—Ojalá alguien dijese algo así de mí, es precioso.
—Es que no es algo que haya pensado por mí mismo. Lo leí en el libro de un amigo y ella me vino de inmediato a la mente. Como si por fin entendiera mi fascinación. Pero, en cualquier caso, es más que una cara bonita. ¿Tienes que irte? —preguntó al verla agitarse en el asiento.
—Sí —dijo mostrándole su teléfono—. Debería. Pero, quiero preguntarte algo, ¿cambiarías estos años por seguir a su lado, como a los veintitrés?
Koushiro se tocó la barbilla.
—Al menos ahora sé quién soy. Eso no podría cambiarlo.
La mujer murmuró algo que sonó a «un placer hablar contigo» y se despidió con un ademán de cabeza y una sonrisa, Koushiro se la devolvió y se giró para mirar la pantalla de información. Su vuelo se retrasaba media hora más.
