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[cap 8 : juego de hermanas: Elsa ]
Anna se paseó por la sala de juntas al lado de la habitación de Folrian mientras miraba atentamente el globo de nieve sobre la chimenea y lo batía para ver su contenido bailar. La princesa no entendía como había pasado de tener una tranquila conversación con el regente, a ser ignorada mientras este discutía detalles de la guerra con sus ministros. Pero, lo que entendía aún menos, era que a él no le importara dejarla escuchar todos aquellos planes y conspiraciones. Probablemente, todo se debía a que el príncipe no la consideraba una amenaza, todo lo contrario, Anna sabía que Florian la veía como un objeto más en esa habitación, el premio que había conseguido en una guerra, pero, él nunca pensaría que era alguien a quien merecía tomar en serio, y esa era una ventaja a su favor…
— Las fuerzas de las Islas del Sur nos acompañarán desde el mar — intervino uno de los ministros de Florian, por lo que Anna, quien aún dirigía su vista a la chimenea, dándole la espalda al grupo, prestó la mayor atención a estas palabras, mientras recordaba su memorable último encuentro con el príncipe de las Islas del Sur.
La mañana después del baile, Anna se reencontró con Hans en el mismo recibidor en el que tuvieron la conversación el día anterior.
— ¿Conseguiste la información? — preguntó agriamente Hans quien tenía el rostro completamente amoratado y enrojecido por el golpe que ella misma le asestó la noche anterior.
— Sí — respondió Anna fríamente.
— Bien, dámela Anna. Yo haré que uno de mis hombres la lleve encubierto a Arandelle — dijo el príncipe bruscamente mientras estiraba su mano.
— No es necesario, uno de los míos ya llevó esa información a Elsa— comentó la chica, por lo que Hans abrió los ojos de par en par, mirándola iracundo.
— ¿De qué estás hablando? — prácticamente gruñó Hans, por lo que Anna sintió algo de perversa felicidad al ver su expresión.
— ¿acaso crees que iba a ser tan estúpida como para confiar en ti nuevamente? — preguntó Anna arrogantemente, por lo que él le dedicó una sonrisa.
— Por lo visto ya vas entendiendo como van las cosas, Anna, pero ¿estás segura de que tu mensajero llevará la información a Elsa? — La cuestionó Hans quien parecía preocupado — recuerda que mi cuello, cómo el de tu querida hermana, dependen de que tenga éxito — dijo el príncipe.
— Sí, confío plenamente en mi mensajero — aseguró Anna muy resuelta.
— Perfecto — asintió Hans — si las cosas son así, pediré mi traslado al continente oriental, y permaneceré allí mientras que las Islas del Sur mandan su flota Arandelle, personalmente, no estoy interesado en arriesgar la cabeza en una batalla que está perdida. Pero, déjame advertirte algo Anna: si mis planes se llegan a arruinar por tu culpa, y la de tu mensajero, me las pagarás — la amenazó Hans. Estas palabras causaron un escalofrío en la princesa, pero no iba a permitir que él se diera cuenta de ello
— "Me las pagarás…" — lo imitó Anna burlándose de él — ¡Que dramático! Claro que sé que si algo sale mal tu me traicionarás sin dudarlo, pero nada fallará de eso puedes estar seguro.
— ¡Anna! — gritó una voz a la distancia, se trataba de Florian, por lo que Anna tuvo un ligero ataque de pánico.
— Aquí estoy — respondió ella mientras que Hans la miraba sorprendido. En tanto, el regente fue rápidamente a su encuentro.
— Aquí estás… y de nuevo te encuentras con Westergard — comentó Florian molesto.
— Sí, él no deja de acosarme, probablemente, sigue buscando que le dé un ojo que haga juego con aquella nariz — se burlo Anna haciendo referencia al feo color del rostro del príncipe.
— Por favor… princesa, no te creas la gran cosa, yo solo quería despedirme, desearte buena suerte en tu boda, después de todo, ustedes dos serán marido y mujer en un par de semanas. Y pensar que tú y yo estuvimos así de cerca de dar aquel paso. Bien, espero que te guste beber alcohol, al menos, así tendrán algo en común — insinuó venenosamente Hans en lo que Anna sabía que era un ataque frontal a Florian.
— ¡Suficiente Westerguard! — exclamó Florian molesto — ya te divertiste lo suficiente a nuestra costa, es momento de que te largues — sentenció el príncipe.
— Oh, por eso que quería hablar contigo, Anna — dijo Florian esta vez dirigiéndose a su prometida — ¿has visto a Christian? No lo encuentro, y ni siquiera se levantó a alistar los carruajes de los invitados que van al puerto, la ama de llaves está como loca — comentó evidentemente irritado.
— Kristoff — corrigió Anna, y en cuanto lo hacía, sintió que Hans clavaba su mirada en ella— su nombre es Kristoff, o quiero decir "era Kristoff", bueno, es Kristoff porque no se ha muerto, pero yo lo despedí, sí, yo lo despedí esta mañana — balbuceó torpemente Anna.
— ¿Qué?, ¿Por qué lo hiciste? — preguntó Florian sorprendido y algo preocupado.
— Porque…. — comenzó Anna pero se detuvo al ver que Hans se encontraba escuchándolos. Después, tomó el brazo de Florian y lo condujo al final del pasillo mientras el príncipe de las Islas del Sur los observaba divertido.
— Para ser honesta, Kristoff ha tratado de "agradarme" desde hace tiempo, y después de lo que pasó anoche… yo no creí poder soportarlo — mintió Anna tratando de poner su rostro más lastimero.
— Oh — se limitó a exclamar Florian evidentemente sorprendido — oh, esto es… esto es una sorpresa, pero, entiendo, sí, te entiendo, no te preocupes, yo iré hablaré con la ama de llaves, solucionaré este problema — respondió el príncipe mientras regresaba por el largo pasillo hacía la entrada del palacio. Anna trató de seguirlo, pero en el camino, una mano la tomó por el codo firmemente, por supuesto, se trataba de Hans.
— Anna… — comenzó con una arrogante sonrisa en sus labios — así que "Kristoff", juraría que el recolector de hielo tenía el mismo nombre, ¿o me equivoco? — preguntó Hans.
— Puede tratarse de una coincidencia — respondió Anna arrogantemente.
— Oh sí claro… — contestó sarcásticamente Hans quien después rió — Así que él es el mensajero… no importa, puede que tenga el encanto, el olor y la presencia una sucia bola de pelo.
— ¡Hey! — protestó Anna en defensa de Kristoff.
— Pero, si hace bien el trabajo, no hay problema— dijo el príncipe cruzándose de brazos. Hans se quedó en silencio y volteó su mirada hacia ella, con el seño fruncido — cuando Florian descubra la verdad te va a matar, no solo le robaste información invaluable, sino que además escondiste a tu novio en este castillo por varios meses, justo debajo de sus narices… créeme, no lo va a tomar bien.
— A ti no te importa lo que me pase — contestó Anna resentida.
— ¡Buen punto! — exclamó Hans — a mi no me importa, aunque, tengo que reconocer que es una lástima, tu sabes que siempre te tuve ganas…
— ¡Lárgate! — gritó Anna verdaderamente irritada, y sin la menor paciencia para soportar sus comentarios.
— Bien, bien, ya me voy, no te molestes— dijo Hans tratando de calmarla — hasta la próxima princesa, si es que sobrevives — se despidió antes de emprender su camino por el pasillo.
— Como le iba diciendo su majestad, las naves de las Islas del Sur nos acompañarán desde el mar — repitió el ministro llamando la atención de Florian.
— Perfecto, en ese caso, escribiré al Rey Alexander. Le pediré que coloque a Westerguard , (al hijo menor, estoy seguro de que ustedes lo recuerdan) al mando de aquella flota — comentó descuidadamente Florian — él es de ese tipo de enemigos a los que es mejor tenerlos cerca y así mantenerlos vigilados.
En ese momento, Anna sí que se alarmó, esto se hallaba completamente fuera de sus planes, se suponía que Hans no estaría en aquel ataque, y probablemente, sí le obligaban a luchar, él le revelaría a Florian toda la verdad.
— Su majestad — intervino otro de los ministros — le pido que reconsidere su decisión, Hans Westergard no es digno de confianza, ¿recuerda cómo engaño en la guerra a nuestro general? — preguntó el sujeto. En ese momento, Anna vio la perfecta oportunidad para intervenir, por lo que se dio la vuelta y se recostó ligeramente en uno de los pilares de la chimenea.
— Escúchalo Florían — comentó Anna llamando la atención de los hombres frente a ella — él tiene la razón, Hans no es una persona digna de confianza, yo, mejor que nadie, sé que lo que tu Ministro dice es completamente cierto, si no me crees, recuerda nada más como me engañó y a los demás embajadores durante la coronación de mi hermana, él trató de usurpar el trono, y recientemente, me traicionó, si no fuera así ¿cómo puedes explicar que yo esté aquí, contigo? — preguntó la princesa casi inocentemente.
En ese momento, el silencio que reinó en la habitación hubiera podido asustar hasta al más valiente. Todos la miraban sorprendidos y expectantes, inclusive Florian, quien parecía haberse percatado de su presencia. Los ojos de Anna se encontraron con los del regente, y ella pudo ver un sentimiento perdido entre sorpresa y miedo, probablemente, por primera vez, él la veía como algo más que un objeto y comenzaba a observarla verdaderamente, aunque ello implicara que él comenzaría a desconfiar de ella.
— Sí… sí — murmuró Florian retomando su compostura — tienes razón Anna, tú tienes la razón… disculpa ¿cuánto has escuchado de esta reunión? — preguntó el príncipe casi nervioso.
— Todo, tú y yo estábamos hablando, después, se nos unieron tus ministros, pero tú me ordenaste que permaneciera en la habitación, ¿acaso te olvidaste de mi? — dijo Anna fingiendo inocencia.
— Oh, lo siento mucho, pensé que me tomaría menos tiempo de lo que realmente tardaré, lo mejor será que vuelvas a tu habitación — sugirió amablemente — general Fersen — dijo el príncipe refiriéndose a un joven soldado que se encontraba a su derecha.
— Señor — respondió Fersen.
— Por favor acompañe a la princesa a su habitación— ordenó Florian — Anna, lo mejor será que permanezcas allí, haré que te lleven el almuerzo y la comida, no hay necesidad de que salgas durante el día de hoy — comentó el príncipe casi casualmente, pero, a la vez puso de presente que aquello no podía ni debía ser desobedecido.
Anna no discutió, en cambio, permaneció inmóvil hasta que el soldado la tomó por el codo y comenzó a conducirla silenciosamente hacía su habitación.
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Habían pasado cerca de dos semanas desde que Elsa hubiera podido sentarse en la comodidad de la silla de su oficina en el palacio, por lo que le pareció extraño volver a ocupar aquel puesto nuevamente. De repente, un golpeteo se escuchó en la habitación.
— Pase — dijo la reina cansadamente, quien no quería que nadie interrumpiera el escaso tiempo que había pasado a solas en las últimas semanas.
— Su majestad — anunció uno de sus mayordomos — El maestro de hielo Kristoff Bjorgman está de vuelta en Arandelle, acabó de llegar al palacio y solicita una audiencia con usted, él dice que es urgente — dijo el sujeto.
— ¡Hágalo pasar de inmediato! — exclamó Elsa alarmada mientras se paraba de su asiento. El mayordomo se retiró de la biblioteca tras dirigirle una breve reverencia.
Elsa sintió que el todo el cansancio desaparecía, y era reemplazado por ansiedad, pues no se explicaba porque Kristoff se encontraba en Arandelle, en vez de acompañar a Anna durante aquellos momentos tan difíciles. ¿Sería posible que viniera a anunciarle que Florian ya se había casado con su hermana? ¿O tal vez él le hizo algo malo?
— No, no, no — negó Elsa mientras movía su cabeza de lado a lado, simplemente, se resistía a creer que Anna estuviera en peligro, mientras que ella permanecía sentada cómodamente en su palacio sin tener otra arma más que un par de cartas amenazadoras que le escribió al príncipe.
— Tengo que hacer algo… — susurró la reina para sí misma, al tiempo que nuevos golpes en la puerta llamaban su atención.
— Pase — dijo Elsa.
— El maestro Bjorgman — anunció el mayordomo con una reverencia, mientras dejaba pasar al recolector de hielo quien se veía un poco más grande y amenazador de lo que Elsa lo recordaba, después de todo, hacía poco menos de un año que no lo veía, poco después de que Anna desapareció.
— Su majestad — saludo el muchacho con una reverencia cuando finalmente se encontraron solos.
— Kristoff… ¿Qué es lo que haces acá? Pensé que estarías con Anna, se suponía que tu… — trató de reprocharle la reina pero él la interrumpió.
— Su majestad, tiene que escucharme, he viajado por tres días sin si quiera detenerme a descansar por algo más que unas horas, estoy en este castillo porque Anna me lo pidió. Ella descubrió un complot para asesinarla y la información acerca de un ataque sorpresa de Malengrad— explicó rápidamente el muchacho mientras sacaba una carta de su maleta y se la entregaba — Anna escribió esto, y me lo dio.
Elsa tomó el papel de las manos de Kristoff y lo leyó rápidamente, mientras que sentía que la sangre le hervía al darse cuenta de lo cerca que hubiera podido estar de perder su trono y su reino frente a Florian.
— Yo quería traer a Anna conmigo, pero ella se negó, me dijo que si escapaba Florian sabría que tenía esa información y cambiaría sus planes— le narró Kristoff, en tanto Elsa asentía.
— Ella tenía toda la razón — dijo la reina en tanto de dirigía a la entrada— ¡Guardia! Mande llamar a Petra, ahora mismo, y dígale que es un asunto urgente — ordenó Elsa firmemente, tras lo que volvió a cerrar la puerta.
— ¿No vas a llamar a tus ministros y a hacer un consejo de guerra o algo así? — preguntó Kristoff confundido.
— Petra es la única persona a quien necesito, y por ahora, es la única en quien confió — dijo la reina pensativamente mientras se sentaba en su escritorio. — es algo raro ¿no lo crees? — preguntó la chica retóricamente.
— ¿Qué? — la interrogó Kristoff sin entender a que se refería.
— Que Florian se hubiera enterado antes que nadie que Anna no se encontraba en el castillo, y tengo la corazonada de que él lo sabía desde la misma mañana en que ella escapó, cuando fui a despedirlo después del baile, alguien tuvo que haberle dicho. Estoy segura de que he tenido un espía aquí desde hace tiempo, la pregunta es quien— comentó la reina.
— ¿Y cómo sabes que no es esta mujer de la que hablas? "Petra", si es que se llama así — preguntó Kristoff.
— Porque ella llegó mucho después, es la única que no ha podido ser la espía — dijo Elsa quien se quedó en silencio, al igual que el recolector de hielo. Por un momento, la reina se planteó la posibilidad de decir algo, pero era más que claro que ninguno de los dos era precisamente lo que se consideraría como un gran conversador. En cambio, ella levantó su rostro y vio en Kristoff una expresión que denotaba una completa tristeza.
— Debió dolerte mucho — dijo sencillamente la Reina refiriéndose al hecho de que Anna y Kristoff se habían separado permanentemente.
— Sí, mucho — contestó él. En ese momento, Elsa entendió que ninguno de los dos necesitaba más palabras que aquellas, el resto serían inútiles adornos a la cruda verdad.
Nuevamente, el sonido de la puerta llamó la atención del recolector de hielo y de la reina.
— Su majestad, ¿me mando llamar? — preguntó cortésmente la mujer mientras entraba y hacía una reverencia.
— Sí— respondió Elsa mientras alzaba la carta — necesito que lea esto — indicó, por lo que la mujer hizo lo que ella le ordenó.
— ¡Su majestad! — exclamó Petra emocionada — si esto es verdad, es una gran pieza de información, podría ser la clase de cosas que cambiarían el curso de la guerra — dijo la mujer quien luego dirigió su mirada hacía Kristoff.
— Oh lo olvidaba, Kristoff, ella es Petra Olenski, mi concejera. Petra, él es Kristoff Bjorgman Maestro y proveedor de hielo de Arandelle y… y pretendiente de mi hermana — indicó la chica casi nerviosa al decir lo último.
— Así que Kristoff Bjorgman… supongo que su fama lo precede — dijo la mujer contemplativamente.
— Espero que sea fama adquirida por buenos motivos — respondió ásperamente Kristoff anticipando un poco del trato indulgente que solía recibir por parte de los nobles.
— A decir verdad, he escuchado un poco de todo, lo bueno y lo malo — dijo Petra con la mayor honestidad, lo que sorprendió al recolector de hielo.
— Su majestad — empezó nuevamente Petra dirigiéndose a Elsa — ¿tiene algún plan?, ¿quiere que cancelemos la visita de mañana?
— No — respondió secamente la Reina.
— Pero su majestad… — interrumpió Petra preocupada.
— Yo misma detendré al asesino, con mis poderes, ahora que sé la verdad, y que no será un ataque sorpresa, yo podré hacerlo — aseguró Elsa fríamente.
Al día siguiente, Elsa partió a la hora indicada hacia Landem, una villa a dos horas de la capital, en donde se llevaría a cabo la presentación de la reina. Meses atrás, aquel pequeño pueblo había sido uno de los más afectados por su invierno, por lo tanto, uno en los que más era odiada. Ella entendía que Florian usara aquel lugar para introducir a su asesino y hacerlo pasar por un detractor. Pero si la chica jugaba sus cartas justo cómo Petra le había enseñado, podría voltear la balanza a su favor.
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Kristoff observó a Elsa bajar del carruaje en la villa de Landem, era extraño, pero no parecía la misma persona a la que hubiera conocido meses atrás, todo lo contrario, ella se veía mucho más relajada y confiada, aunque, de cierta manera, mucho más fría, posiblemente, la reina finalmente se estaba convirtiendo en la persona que se suponía que debería ser, aunque esto no significara necesariamente que fuera mejor o más buena.
— Andando — ordenó la reina a su comitiva, por lo que los demás comenzaron a seguirla a pie mientras que el fuerte viento de otoño les golpeaba la cara.
Una vez más, Kristoff vio a la reina de Arandelle adentrarse en la multitud, en medio de sus súbditos, pero, aquella aparición era muy diferente a las que el recolector había visto con anterioridad, esta vez, ella no parecía fuera de lugar ni destacar de una manera casi incómoda. Es más, parecía que todo en Elsa le ayudaba a integrarse mejor, su cabello, su vestido, sus ademanes eran mucho más sencillos, casi familiares, probablemente, lo que ella trataba de hacer era "proyectar" cierta imagen, hacer pensar a sus súbditos que era una de ellos, a pesar de que el chico sabía perfectamente que no era así.
Elsa siguió todas las visitas de rigor, almorzó en casa del alcalde, visitó la escuela, escuchó pacientemente en el concejo del pueblo todas las quejas y dudas de los aldeanos, quienes parecían sentir menos ira contra ella desde que entraron en vigencia los tratados comerciales que ella misma firmó, Hasta que llegó la hora de partir. Kristoff miró el reloj en la torre de la iglesia de la pequeña villa, eran cerca de las 2: 50 por lo que en diez minutos se llevaría a cabo el asesinato, justo cuando la Reina estuviera cruzando la plaza con dirección a su carruaje. El recolector de hielo se preparó para cualquier eventualidad tomando un par de cuchillos poniéndolos en su cinturón y en la manga de su parka de piel, preparado para saltar a defender a Elsa si era necesario.
En aquel instante, un par de campanadas en la iglesia del pueblo anunciaron las tres de la tarde, y Elsa se paró en la entrada del salón municipal, justo al lado de Kristoff.
— ¿Estarás bien? — preguntó el muchacho preocupado, por lo que ella le respondió poniéndole una mano en el hombro.
— Sí — respondió la chica de la misma manera sencilla que siempre caracterizaba todas sus conversaciones.
Elsa dio el primer paso, y luego el segundo, seguidos por un tercero y un cuarto, mientras que Kristoff sentía que el corazón se le saldría del pecho. De repente, le llamó la atención el brillo del sol reflejarse en un objeto metálico , estaba seguro de que se trataba de un revolver que un hombre en la tercera fila del costado izquierdo sacó de su gabán. El recolector de hielo no pensó, tan solo se limitó a correr en dirección de la reina con la intención de interponerse entre la bala y la chica, pues no dejaría que el sacrificio de Anna se desperdiciara. Sin embargo, antes que recorriera si quiera la mitad del camino, vio claramente como la reina congeló la bala, en una larga columna de hielo que llegó hasta el atacante.
Todo el pueblo quedo en silencio hasta que alguien gritó: — ¡Asesino! — dijo una mujer entre la multitud.
— Asesino — gritó alguien más, y en menos de un par de segundos la multitud enardecida tuvo que ser controlada por los guardias. Kristoff podría jurar que vio a Elsa sonreír de lado al ver esta reacción.
— Silencio — gritó la reina, de manera tal, que todos callaron y observaron a Elsa dar firmes pasos hacía el hombre que se encontraba arrodillado en el piso mientras era sostenido por los guardias.
— ¿Quién es usted? , y ¿Por qué intentó matarme? — preguntó Elsa mientras que todo el pueblo esperaba en silencio.
— Yo… vivo aquí…— comenzó el sujeto quien no tendría más de 25 años, y que se veía completamente estupefacto.
— ¡Mentira! — Gritó alguien que Kristoff no pudo identificar — Mentira, mentira — se le unieron más voces.
— Dime quien eres y de dónde vienes, y te prometo que tendrás un trato decente, y un juicio justo — dijo Elsa, por lo que Kristoff se preguntó si toda aquella escena hacía parte de una pieza cuidadosamente montada por la reina, en la que ella podría cambiar el ritmo de esta guerra, y usar aquel intento de asesinato en su propio beneficio.
— Mi nombre es Demian, nací en Malengrad, el príncipe me contrató para matarla, majestad — murmuró aterrorizado.
— Repite eso último — le ordenó Elsa.
— El príncipe regente de Malengrad fue quien me ordenó asesinarla — dijo fuerte y claro el sujeto, por lo que todos en aquella plaza pudieron escucharlo.
— Así que el príncipe quería matarme, pero no solo eso, pretendía hacerlo pasar como una traición de esta pobre gente hacia mi — comentó Elsa, por lo que la multitud comenzó a rugir nuevamente. Definitivamente, Kristoff estaba seguro de que la reina sí sabía lo que hacía.
— Llévenselo — ordenó firmemente Elsa por lo que el par de guardias levantaron al hombre y lo condujeron a uno de los carruajes de la comitiva de la reina, mientras que Elsa se montaba en el propio. En aquel instante, la multitud comenzó a dispersarse, y Kristoff sintió a alguien junto a él, por lo que miró a su lado, y se dio cuenta de que se trataba de Petra.
— Puede que no la haya hecho más virtuosa, o que haya mejorado su sentido de la moral, pero, eso no es lo que ella necesitaba. Ella debía convertirse en alguien más fuerte y astuto. Creo que en he tenido éxito en esa parte— dijo la mujer en un suspiro.
— Sin duda es así, nunca me imaginé que Elsa por sí sola podría manipular la opinión de todo un pueblo. Cuando la conocí, ella había tomado la decisión de recluirse en un castillo en la cima de la Montaña del Norte, no parece la misma persona — comentó el recolector de hielo.
— Ella hace todo esto por su hermana, aunque creo que detrás de todo aquello, también podríamos decir, que a ella le ha gustado bastante ser reina, y creo que a estas alturas, Elsa no se haya dispuesta a dejar de serlo — comentó la mujer con una ligera sonrisa en sus labios — al igual que todos…
Kristoff se le quedó mirando, pues sabía muy bien lo que Petra trataba de insinuar, ella quería decirle que Elsa estaba mucho más enamorada de su poder cómo reina de lo que parecía, y el muchacho no encontró palabras para negarlo, pues era evidente que aquello era completamente cierto.
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Aquella noche, Elsa no pudo conciliar el sueño, todo lo contrario, se quedó parada en su estudio observando el fuego de su chimenea bailar mientras esperaba las ansiadas noticias desde el campo de batalla, anunciándole su victoria. Durante el viaje de vuelta de la villa de Landem hacia la capital de Arandelle, la reina envió a su capitán con una nota dirigida al general de sus fuerzas militares, ordenándole que llevara varias escuadras hacía las montañas con la mayor discreción , y que se preparara para lo peor.
Después, ordenó al segundo al mando en su guardia personal que estuviera muy atento a quien dejaba el castillo sin autorización, y que no lo detuviera aún, pues este era el momento propicio para descubrir quién era el informante. Elsa sintió escalofríos, pero no fueron producidos por aquella fría noche de otoño, sino por los nervios, pues de aquella batalla, no solo dependía la vida de aquellos soldados que pelearían, sino todos los pueblos vecinos que serían arrasados si no lograban vencer al ejercito de Malengrad. Y en todo esto, la reina tenía el presentimiento que su pobre hermana sería la que tendría que afrontar sola las consecuencias de la ira de Florian.
— ¡Su majestad! — exclamó Petra quien abrió bruscamente la puerta de par en par — Lo logramos, lo logramos. Su ejército venció a Florian. Un mensajero acabó de traer las noticias, al parecer ellos no esperaban encontrar resistencia. La información de la princesa Anna era correcta, ella nos salvo a todos — dijo la mujer tan emocionada que parecía a punto de estallar en lagrimas. Por su parte, Elsa no pudo contener las suyas y comenzó a sollozar de felicidad mientras abrazaba fuertemente a Petra.
— Es cierto, es cierto, lo logramos. Gracias Anna… — murmuró Elsa.
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En cuanto Anna entró en la oficina de Florian entendió que había sucedido algo muy malo, pues si bien, el príncipe jamás se separaba de su vaso, siempre cuidaba que su apariencia estuviera inmaculada. Sin embargo, su camisa se veía descompuesta y encima de su mesa había una botella de vino, acompañada de una copa.
— Florian, ¿querías verme? — preguntó nerviosa Anna sin despegar su espalda de la puerta.
— Anna — exhaló el príncipe, quien caminó hacia ella, y la besó intensamente. De inmediato, la princesa se dio cuenta de que se hallaba completamente alcoholizado — ¿estás preparada para nuestro gran día, Anna? — preguntó Florian animadamente, algo que no era propio de su carácter.
— Tú sabes bien que no lo estoy — respondió Anna, mientras él la tomaba de la mano y la conducía a una silla a un lado de la habitación, en donde ella se sentó obedientemente.
— Oh, por supuesto que no lo estás — comentó Florian cuya sonrisa desapareció de repente, y se tornó en un gesto amenazador, al tiempo que se agachaba y se ponía a su altura sin dejar de mirarla a los ojos. — pero de seguro tú debes saber algo acerca de las noticias que me llegaron hoy desde Arandelle ¿no es así? — preguntó seriamente.
— ¿A qué te refieres? — Preguntó Anna — ¿Por qué me miras de esa manera?, me estás asustando — dijo la princesa.
— Por nada en especial, hoy me llegaron noticias acerca de tu hermana— comentó Florian casualmente mientras se levantaba y volvía a la silla de su escritorio.
— ¡Elsa! — Exclamó Anna emocionada — ¿podré volver con ella? — preguntó Anna sin poder contener la alegría.
— ¡Ha!— se burló Florian — ni siquiera lo sueñes princesa — dijo el príncipe amargamente, por lo que los hombros de Anna descendieron y la luz se extinguió de su mirada.
— Pero no hay necesidad de caras largas, tengo buenas noticias para ti. Tu hermana va ganando esta guerra, hace un par de días aplastó a mi ejercito en las montañas de Arandelle — dijo aún más amargamente de lo que lo hubiera hecho antes.
— ¿Por qué tan silenciosa? — Preguntó venenosamente Florian — pensé que te alegrarías al saberlo — comentó. Por su parte, Anna decidió permanecer callada no se atrevía siquiera abrir la boca, pues sabía que cualquier cosa que ella dijera podría ser peligrosa.
— Aún así, mi querida Anna, yo tenía razón, ¿no recuerdas lo que te dije en el baile de invierno del año pasado? Te dije que tu adorada hermana no movería un solo dedo para ayudarte, y vaya que tuve la razón, porque mañana nos casamos, y aquí estás, a ella no parece importarle — comentó repitiendo cada una de estas palabras con el mayor rencor.
— ¡Eso no es cierto! — negó Anna mientras se paraba de su asiento, ya que ella sabía que Elsa estaba haciendo su mayor esfuerzo para sacarla de aquel lugar — usted no tiene ningún derecho de hablar así sobre mi hermana — gritó la princesa perdiendo la paciencia.
— ¿Cómo puedes estar tan segura? — preguntó Florian perspicazmente, por lo que ella se dio cuenta de que él quería molestarla para que le revelara información.
— Porque ella es mi hermana, hará lo posible por sacarme de aquí — repitió Anna mientras se sentaba nuevamente. — si eso es todo lo que querías decirme ¿puedo retirarme? — preguntó Anna fingiendo sentirse ofendida por aquel interrogatorio.
— No — negó Florian— es más, en vista de que no tengo la menor confianza en ninguna de las palabras que salen de tu linda boca, te vas a quedar en esa silla, junto a mi, todo el día, de ahora en adelante, voy a mantenerte vigilada, porque sé que detrás de todas esas pecas y esas trenzas no hay nada más que una pequeña mentirosa y manipuladora — dijo seriamente, de forma tal, que le cortó el aliento a Anna.
— ¿Por lo menos puedo enviar a una criada a mi habitación, para que me traiga mi labor de costura y el libro que estoy leyendo? — preguntó Anna tratando de que no pareciera que su acusación la afectó tanto como en realidad lo hizo.
— Cómo quieras — dijo Florian sin darle mucha importancia, y volviendo a los documentos sobre su mesa. Pero, tal y cómo él ordenó, ella no salió del par de habitaciones que componían su estudio en todo el día, permaneciendo así, bajo su escrutadora mirada, que pretendía encontrar emboscadas y complots en cada uno de sus movimientos.
Ya era casi media noche cuando Florian comenzó a mostrar los primeros signos de cansancio, aunque Anna, quien había permanecido doce horas encerrada con él, se sentía exhausta.
— Por favor déjame ir, mañana es la boda, y quiero dormir bien — pidió Anna quien se había acostado en el sofá frente a su escritorio.
— Tienes razón, creo que es hora de parar, pasado mañana continuaré con esto— contestó Florian, en tanto se frotaba los ojos, completamente exhausto. En ese momento, alguien tocó a la puerta del estudio del príncipe.
— Pase — dijo Florian, en tanto entraba rápidamente un mayordomo que, tras una breve reverencia, dejó una nota en el escritorio del príncipe, y esperó a que la leyera.
— Dígale que entre — le ordenó Florian al mayordomo.
— Su majestad ¿está seguro? ¿O desea que la princesa se retire? — preguntó el sujeto dándole a entender que no era buena idea que Anna siguiera ahí.
— No, no es necesario que ella se vaya, es más, quiero que conozca a mi amigo— dijo el príncipe animadamente.
— Si señor — dijo el sujeto tras dedicarle una breve reverencia. Una vez se encontraron solos nuevamente, la atención de Florian volvió hacia ella.
— Mi querida Anna… ¿nunca te preguntaste cómo logré saber tanto acerca de ti antes de conocerte? ¿Cómo es que yo conocía la historia de tu hermana sin haber cruzado una sola palabra con ella? — preguntó Florian manipuladoramente mientras servía una copa de vino.
— Espías, tú tenías espías en nuestro castillo — lo acusó Anna furiosa.
— Sí, pero no me mires así, todos los tienen, incluso tu hermana, ¿de qué otra forma habría podido prever mi plan? — preguntó el príncipe quien tomó su copa de un solo trago.— Lo que quiero saber, es si tú eres una de ellos, Anna — dijo amenazadoramente el príncipe, quien se vio interrumpido por nuevos golpes en su puerta.
— Pasé — dijo Florian. En ese momento, Anna vio con horror como entraba uno de los soldados que conformaban la guardia personal de la reina. Anna no se atrevió a dirigirle la palabra, tan solo le dedicó una penetrante mirada que él esquivó en seguida.
— Buenas noches su majestad — dijo el hombre haciendo una breve reverencia — no tengo noticias muy alentadores, señor — dijo el soldado.
— Ciertamente no las traes. Elsa aplastó mis ejércitos hace un par de días, me pregunto porque no me entere de sus movimientos — dijo Florian reprochándole su falta de información.
— Señor, creo que ella sospecha de todos, no dejó que casi nadie se enterara de que enviaría tropas, y cuando lo supe, era demasiado tarde — se excusó el soldado.
— Entiendo — asintió Florian entrecruzando sus manos sobre su escritorio — sin embargo, hay algo que quiero saber, ¿no viste algo curioso, o peculiar en los últimos días? — preguntó el príncipe. En aquel instante, el soldado miró por encima de su hombro en dirección a Anna, y tras tomar una bocanada de aire, contestó:
— Sí, su majestad— asintió — hace casi una semana llegó al castillo Kristoff Bjorgman, él dejó el castillo hace poco menos de un año, yo tenía entendido que él estaba buscando a la princesa Anna, pero aún así regresó sin ella — dijo el sujeto temerosamente.
— ¿Christopher? — preguntó Florian confundido.
— No señor, su nombre es Kristoff — lo corrigió el soldado. En ese momento, Anna sintió que los ojos de Florian se clavaron en ella, por lo que la princesa se cuido si quiera de pestañear, pues no quería ponerse en evidencia.
— ¿Y quién es este sujeto Kristoff? — preguntó el príncipe quien obviamente estaba reprimiendo ira.
— El es… él era el pretendiente de la Princesa Anna, según sé, se conocieron durante la gran nevada de la Reina Elsa, tan solo es un recolector de hielo — contestó el soldado.
— ¿Cómo luce? — preguntó el príncipe.
— Él es rubio, muy alto y fornido; su nariz es… — describió el soldado, pero Florian lo interrumpió con un gesto con la mano, y fue allí cuando Anna entendió que estaba perdida, el príncipe no era estúpido, ya habría atado los cabos y comprendido la verdad.
— Así que tú tienes la hipótesis de que él probablemente le dijo a la reina la fecha y la ubicación de mi ataque, y fue así como ella logró vencerme — dijo Florian apretando los dientes, mientras que Anna pensaba que se desmayaría en cualquier momento por el miedo.
— Sí señor, él debió traer esta información — contestó el guardia mirando nuevamente hacía Anna por encima de su hombro.
— ¡Largo! — ordenó firmemente el príncipe, por lo que su espía le dirigió una breve reverencia y salió de la habitación. Después, Florian se levanto, tomó firmemente a Anna del codo obligándola a ponerse de pie, en un agarre tan fuerte, que de seguro causaría marca.
— ¿Acaso pensaste que no me daría cuenta? — le gritó Florian completamente fuera de sí. — ¿pensante que no me enteraría? — volvió a preguntar mientras la soltaba, con tal fuerza que Anna perdió el equilibrio y cayó en contra del escritorio, en donde se golpeó en el ojo con la esquina de la mesa. De inmediato, Anna gritó y se llevó las manos al sitio en donde sintió el impacto, pues pocas veces en su vida había experimentado un dolor como aquel.
De repente, Anna sintió que unas firmes manos la levantaban del piso y la colocaban contra la pared. Por un momento, la princesa se olvidó del dolor en su ojo, y se concentro en la presión que él ejercía sobre su cuello, por lo que todo fue más claro que el agua, en realidad, él quería matarla.
— No… — suspiró Anna con los ojos fuertemente cerrados. La presión en su cuello aminoró un poco y la princesa escuchó una suave e irónica risa salir de los labios de Florian.
— Westergard tenía razón, no debí haberte subestimado, eres más peligrosa de lo que pensé, jamás me imaginé que tuvieras el cerebro suficiente para traer a tu novio al castillo, ponerlo de tu lado, meterte en mi cama y robarme mi información. Y pensar que imaginé que eras diferente a todos los demás nobles, creo que me equivoqué — dijo Florian sin soltar su cuello completamente.
— Tienes razón, te equivocaste — dijo Anna, a quien un golpe de adrenalina le hizo hablar — te equivocaste al pensar que traicionaría a mi hermana por un par de joyas y una corona— murmuró altivamente por lo que él aumentó la presión en su cuello.
— Niña estúpida, ¿es que no tienes ni un poco de sentido de supervivencia? ¿Ni siquiera se te ocurrió que yo podría matarte? — preguntó Florian.
— Claro que lo sabía — respondió sencillamente Anna sin bajar su desafiante mirada.
— Cómo pude ser tan ciego… — murmuró Florian — para ti, esto es cómo aquella ocasión en que te pusiste bajo la espada de Westergard, ¿no es verdad? Tu realmente estarías dispuesta a dar tu vida por Elsa— afirmó el príncipe entre furioso y admirado por aquella chica.
— Sí — asintió Anna firmemente, por lo que Florian la soltó y ella se dejó caer en el piso de madera mientras recuperaba el aliento, tras lo que levantó su rostro y miró nuevamente al regente.
— Hace tiempo me contaste la historia de cómo tu general fue vencido por Hans. En aquel entonces, tú me dijiste que su error había sido pensar que un noble podía tomar en serio a un plebeyo, pues bien, creo que tú cometiste el mismo error, fuiste lo suficientemente arrogante para no tomar en serio a Kristoff, nunca nos consideraste una amenaza, incluso le pagaste para que "me mantuviera entretenida" y ni siquiera te aprendiste su nombre, mientras que creías que yo no era más que parte de la decoración de este castillo, que me comprarías con la promesa de un trono. Pero, ¿Quién te crees para pensar que estas por encima de todos? — preguntó venenosamente Anna, por lo que pudo ver el rostro de Forian contorsionarse por la furia en tanto la levantaba bruscamente y le daba una fuerte bofetada.
— Tienes razón Anna — dijo el regente en tanto la halaba fuertemente del brazo hacia los pasillos del palacio — tienes razón, me equivoqué contigo, y con tu amigo. Pero, en especial contigo, fui muy gentil, demasiado, diría yo, por lo que voy a hacer lo que debí hacer desde el principio — gritó Florian furioso mientras que ambos descendían varios grupos de escaleras. De repente, Anna se dio cuenta de que se hallaban en la parte más baja del castillo: los calabozos.
— Déjame — se quejó Anna mientras trataba de soltarse.
— Oh no, es así cómo quieres que sean las cosas, pues así serán — respondió Florian halándola fuertemente.
Cuando finalmente llegaron a lo que Anna consideró la parte más profunda de todo aquel enramado de pasillos subterráneos, Florian prácticamente la lanzó al interior de un calabozo y cerró la pesada puerta de metal puerta al salir.
— Nos veremos mañana, Anna — se despidió el príncipe antes de dejar los calabozos, recordándole que pasara lo que pasara, se casarían el día siguiente.
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— ¡No puedo creer que hubieras hecho algo como esto! — gritó una voz que despertó a Anna de su incómodo sueño, al tiempo que oía pasos que se acercaban a su celda.
— Dominic, era necesario, ella debe aprender su lección, de alguna manera debo castigarla, mira todo el desastre que causó — se defendió Florian quien venía acompañando a su hermano menor.
— Entiendo, entiendo, ¿pero era tan necesario encerrarla abajo? Podrías haberla puesto en una celda en la que entrara un poco de luz solar — dijo el príncipe casi escandalizado.
— Aún no, la dejaré un par de días en esta celda, para que aprecie mejor la amabilidad que he mostrado con ella — dijo Florian seriamente.
— ¡Florian! — exclamó el príncipe, ahora sí, verdaderamente escandalizado.
— ¡Suficiente! — lo silenció el mayor — yo soy el rey y así se hará — concluyó el príncipe completamente furioso. Después, la pesada puerta se abrió lentamente por lo que Anna se reincorporó y se sentó con su espalda apoyada en una pared, mientras sentía su rostro pesado, dándose cuenta que no podía abrir el ojo derecho.
— Oh por Dios… — exhaló Dominic al verla, en tanto que se arrodillaba junto a ella. — Florian, ¿cómo pudiste hacer algo como esto? ¿Se siente bien princesa Anna?
— No — se quejó la chica.
— Yo… y-yo no la golpeé— balbuceó Florian completamente impresionado — bien… tal vez le di una bofetada, pero no la golpeé de semejante manera, o por Dios… Anna, Anna, dime que te encuentras bien— pidió el príncipe casi desesperado.
— No — respondió Anna tajantemente, mientras que por primera vez comenzaba a preocuparse por su apariencia. Debía verse realmente mal para que él se hubiera preocupado de semejante manera.
— Iré a buscar un doctor — anunció Dominic irritado, en tanto se paraba y se alejaba de ella, y una vez se quedaron solos, Florían volvió a hablarle.
— ¿Qué te sucedió Anna? Yo no te golpeé tan fuerte — afirmó el príncipe seriamente.
— Mentira — dijo Anna — tú me lanzaste contra tu escritorio, y yo me golpeé el ojo con la esquina de la mesa — explicó fríamente, mientras Florian fruncía el seño.
— ¿Me veo muy mal? — preguntó Anna.
— Pues… un poco, tal vez está algo… hinchado, y un poco amoratado, pero no es la gran… ya sanará — balbuceó el príncipe de una forma nada convincentemente — en todo caso, creo firmemente que lo tienes merecido — concluyó Florian, por lo que Anna lo fulminó con la mirada.
— Una vez haya tenido lugar el matrimonio, te quedarás aquí, por una semana, eso será suficiente. Después, te prometo que te trasladaré a una mejor celda— dijo el príncipe tratando de parecer amable, pero Anna tan solo se resintió más.
— Gracias — murmuró la princesa sin emoción, tratando de no molestarlo, pues en aquel momento, él tenía todas las de ganar, y ella las de perder. Florian y Anna se quedaron en silencio, hasta que finalmente apareció Dominic acompañado por el doctor.
— Buenos días su majestad, y su alteza — saludo el anciano medico quien venía acompañado de un joven estudiante. Con cuidado, el doctor inspeccionó el cráneo de la chica, mientras enseñaba a su alumno.
— Afortunadamente no hay fractura, tan solo fue un mal golpe — dijo el anciano. Por lo que Dominic y Florian exhalaron aliviados.
— ¿Eso quiere decir que estará bien a la hora del matrimonio? — preguntó Florian.
— Lo lamento su majestad, pero no creo que sea conveniente, podríamos colocarle compresas tibias y sales, pero su ojo seguirá morado por un par de semanas más — aconsejó el médico.
— Oh por favor… — comentó sarcásticamente Dominic — Florian, es obvio que tendremos que aplazar la boda, ella no puede salir así, si los periódicos la ven, te devorarán, ya tenemos suficientes detractores, y algunos de nuestros enemigos políticos adoran representarte como una especie de bruto adicto, les darás todo un banquete si alguien más llega a verla. — dijo el príncipe menor mientras perdía la paciencia.
— Mierda… — exhaló Florian frustrado — está bien, ve y dile a la ama de llaves que hemos decidido aplazar todo — le ordenó el príncipe a su hermano — y usted… — dijo dirigiéndose al médico — póngale las sales, haga lo que sea necesario, pero necesito que ese ojo mejore lo más rápido posible — concluyó el regente antes de seguir a Dominic y dejar la celda completamente furioso.
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Al pasar la alegría inicial de la victoria contra Malengrad, Elsa sabía que era momento de enfrentarse a la incómoda tarea de encontrar al informante. Su plan era sencillo, pero efectivo: básicamente, esperaría a que quienes hubieran dejado el castillo sin su autorización, la noche del ataque y los encarcelaría. Desafortunadamente resultaron ser dos personas a las que la reina no quería culpar, y mucho menos, enviar a la horca. La primera de ellas en volver, fue la mucama personal de Anna, Daniele, quien regresó esa misma mañana antes de que el personal del palacio se despertara. Pero, el segundo era quien más le inquietaba; Arthur, uno de los miembros más antiguos de su guardia personal y que le había servido por casi 11 años.
En cuanto se difundió la noticia acerca de los sospechosos, todos los dedos apuntaron en dirección de la chica, después de todo, ella era nueva en el castillo, y tenía todas las razones del mundo para odiar a Elsa, ya que por culpa de la reina la niña había tenido que dejar su vida de campesina y comenzar a trabajar en el palacio. Sin embargo, dos voces disonantes opinaban lo contrario.
— Su majestad, si me disculpa, yo no creo que ella tenga nada que ver, sé que el guardia ha trabajado aquí por mucho tiempo, pero no creo que ella hubiera hecho algo como esto — la defendió Petra, poco después de que ordenara encarcelar a Daniele.
— Yo tampoco creo que ella sea la culpable — intervino Kristoff en aquella oportunidad— debiste haberla visto, Elsa, ella realmente apreciaba a Anna… — opinó el muchacho apoyando a Petra, pero fue interrumpido por la reina.
— Puede ser, pero, hasta que no los haya confrontado, hasta que no los ponga junto al otro, no podré saber la verdad — dijo la mujer tajantemente, quien realmente pensaba que lo mínimo que le debía a Arthur después de doce años de servicio era la posibilidad de ser escuchado.
Finalmente, y tras varios días de espera, Arthur hizo su aparición en el castillo.
— Su alteza, el soldado llegó al palacio, ¿Qué desea que hagamos? — preguntó el capitán de la guardia personal de Elsa.
— Apréndalo y llévelo a los calabozos, también ponga a la mucama con él, quiero hablar con los dos al mismo tiempo, estaré en un par de minutos con usted — dijo tajantemente Elsa. Después, dejó su pluma y caminó rápidamente hacía los calabozos en donde se encontró a uno de sus guardias de mayor confianza, y a una mucama joven quien se veía pálida y a punto de desmallarse por la impresión.
— Su majestad, esto debe ser un error — gritó el sujeto, mientras que la niña estallaba en lágrimas.
— Es curioso, pero ustedes fueron las dos únicas personas que dejaron el castillo sin mi autorización después del ataque de las montañas— comentó Elsa en un tono tan frio como los copos de nieve que comenzar a caer en la habitación.
— Daniele, ¿es ese es tu nombre? — preguntó Elsa amenazadoramente.
— S-si se-señora — respondió la chica.
— ¿Qué hacías fuera del castillo sin ninguna autorización? — preguntó la reina.
— Yo… yo sabía que la Señora Malthus nunca me dejaría ir a visitar a mi mamá a mitad de la semana, ella vive en una aldea a veinte minutos de la capital, así que decidí ir a visitarla por la noche, pensé que nadie se daría cuenta. — murmuró la niña.
— Su majestad, yo he sido su servidor desde hace casi once años, nunca le he fallado, ¿cómo puede desconfiar de mi? — preguntó el sujeto.
Arthur tenía razón, él había sido su servidor por más de una década, prácticamente, era parte de la familia, incluso pasó los más duros momentos a su lado; la muerte de sus padres, la gran nevada, su terrible pelea con Anna, y el escape de esta. Además, no tenía el menor motivo para traicionarla. Definitivamente, aquella niña sí que tenía todas las de perder. De repente, una revelación golpeó a Elsa cómo una ráfaga, pues en realidad Daniele, no solo era joven, inexperta, novata en el castillo y con todas las razones del mundo para querer matarla, sino que también tenía a la mayoría de los miembros de la nobleza y el ejército tras su cabeza, pues a este tipo de personas les era mucho más cómodo ver a una simple plebeya morir en la horca, que a un soldado con varías medallas en su pecho. Definitivamente, ella era la acusada perfecta — demasiado perfecta — pensó Elsa perspicazmente.
— ¿Hay alguien que pueda corroborar tu versión Daniele? — preguntó la reina firmemente.
— Sí señora, mi mamá, mi papá, mi hermana, su esposo y sus niños. Todos ellos estuvieron en casa anoche, pregúnteles y ellos le dirán que estuve allí — dijo la niña rápidamente.
— ¿Y usted Arthur, tiene alguna coartada? — preguntó nuevamente la reina seriamente.
— Su majestad yo le he servido por más de…
— No le pedí excusas — lo interrumpió Elsa — le pedí hechos — concluyó. En ese momento, los ojos de la reina se cruzaron con los del sujeto y vio pánico en ellos. Después, Arthur hizo lo más estúpido que habría podido hacer en un momento como ese: intentó escapar. Sin embargo, dos soldados fueron más rápidos que él y se lanzaron contra el acusado impidiendo que se moviera de allí.
Por un instante Elsa se preguntó porque aquel sujeto fue tan incauto como para no pensar en un plan de reserva o en una coartada en caso de ser descubierto, pero la respuesta le llegó rápidamente: él nunca lo había necesitado, pues la reina siempre se hallaba tan ocupada con su propio mundo personal, que nunca se tomó si quiera el trabajo de enterarse de lo que sucedía en su propio castillo , y debajo de sus propias narices.
— Pónganlo en una celda — ordenó Elsa completamente furiosa. Después que los soldados salieron, la reina, otros dos soldados restantes y Daniele se quedaron en aquel cuarto. Hasta que Elsa caminó lentamente hacia la niña y puso sus manos sobre los hombros de la chica.
— Lamento mucho lo que pasó, ¿te encuentras bien? — preguntó la reina.
— Sí — respondió tranquilamente la niña.
— Pero tienes que tener más cuidado. Las reglas existen por alguna razón, y por haber salido sin permiso pudiste haber sido culpada de un crimen que no cometiste, lamento mucho lo que pasó. Lo mejor será que vuelvas a tu cuarto descanses y comas algo — dijo suavemente — ¡Guardias! — Llamó Elsa — acompáñenla, trátenla bien, ya ha pasado por mucho— concluyó. Quien tras asegurarse de quedarse sola, se dejó caer pesadamente en la su silla mientras pensaba que ser reina no era una tarea para personas con corazones débiles.
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Petra Olesky, había visto esta escena muchas veces en su vida. No importaba cuanto se empeñaran todas las casas reales del mundo en asegurar que en sus reinos ya no se llevaba a cabo esta "práctica", pero era un macabro y oscuro secreto a voces que todos creían que los fines justificaban los medios, y la tortura era uno de los medios más populares para obtener información, y por supuesto, Arandelle no era una excepción.
— ¿Ya se encuentra listo para hablar? — preguntó Elsa secamente mientras se unía a Petra camino hacía la celda.
— Eso es lo que dice el carcelero, solo tiene una condición: él quiere que usted esté presente — dijo la mujer.
— Entiendo — fue lo único que la reina atinó a responder, antes de que llegarán a una de las más oscuras celdas de aquel castillo en donde se encontraron al carcelero, a un par de guardias y al acusado quien tenía la camisa completamente sucia y ensangrentada.
— Pidió mi presencia y aquí estoy — dijo Elsa al entrar — comencemos — indicó la reina secamente. Después, el interrogador comenzó preguntar, y el guardia narró todo, desde el principio, cómo hacía tiempo ayudaba e informaba de todo a los príncipes, mientras que la reina escuchaba impávida aquellas confesiones, hasta que él acusado llegó a los hechos de su última noche en Malengrad.
— La princesa Anna se encontraba con el príncipe Florian la noche en que le conté toda la verdad — dijo el sujeto, quien comenzó a describir cómo había puesto en evidencia a Anna en frente del príncipe.
— ¿y qué pasó después? — Preguntó la reina furiosa — ¿Qué le sucedió a mi hermana? — insistió Elsa.
— Nadie lo sabe con certeza — le respondió el acusado — yo dejé Malengrad al mediodía del día siguiente a mi reunión con el príncipe, pero me enteré que la boda fue cancelada hasta nuevo aviso, y que enviaron a buscar al doctor de la corte. La versión oficial fue que la princesa tuvo un accidente al caer de su caballo, pero los rumores no son tan alentadores, algunos dicen que él la ha torturado, e incluso hay quienes dicen que le desfiguró el rostro permanentemente, y por ello no deja que nadie la vea. — dijo el sujeto.
Elsa perdió todo sentido de la realidad en aquel momento, por lo que del techo comenzaron a caer grandes cantidades de nieve, mientras que sentía que el pecho le oprimía y que su respiración se dificultaba. En ese momento, la reina entendió que eso era lo que su espía quería, él deseaba vengarse de ella y verla al momento en que le contara el destino de su hermana.
— Mañana al mediodía este sujeto morirá en la horca, y quiero que sea tan público como sea posible, que todos se enteren y que sea una lección, que muestre que eso es lo que le pasa a los traidores a la corona — dijo la reina tajantemente, y nadie, ni siquiera Petra fue capaz de contradecirla. Elsa se levantó de su silla y comenzó a avanzar por los pasillos mientras buscaba el cálido y cómodo refugio de su habitación, pues ansiaba esconderse allí y no volver a salir nunca.
Finalmente, la reina llegó a su habitación en donde liberó una ráfaga de hielo que suspendió una tormenta al interior de ese cuarto, y se dejó caer pesadamente con la espalda recostada en la puerta de madera.
— Anna — susurró Elsa — Anna — repitió la reina mientras que se preguntaba qué habría pasado con su hermana, si ella se encontraría bien, o si ya habría muerto por el maltrato recibido. Pero, sobre todo, Elsa se culpaba a sí misma, pues finalmente, había pasado lo que ella siempre temió, pero que sabía que ocurriría tarde o temprano: ella destruyó a Anna.
Nuevamente, Elsa se lamentó por las oportunidades perdidas, si tan solo hubiera pasado más tiempo con ella, disfrutado de su compañía en vez de temer constantemente por eventos que aún no ocurrían, y quejarse de aquello que no podía solucionar, esto no habría pasado. Por un momento, la reina se planteó la posibilidad de encerrarse nuevamente, o de volver a huir a la montaña del Norte y dejar a alguien más capaz a cargo, pero, rápidamente desechó esa idea, pues lo que más quería su corazón no era esa misma paz que deseaba antes de la gran nevada, lo que realmente necesitaba en ese preciso instante, era venganza.
Elsa se levantó con las piernas temblorosas y se dirigió a la gaveta de su escritorio del que sacó un mapa y la carta de Anna. Después, colocó cuidadosamente los dos papeles uno junto a otro mientras revisaba la última parte de la carta, en la que decía que las Islas del Sur llevarían un ataque en un par de semanas más, por lo que ese era el momento justo para detenerlos. La reina inspeccionó el mapa y trató de memorizarlo sin saber a ciencia cierta lo que hacía.
Después, Elsa caminó hacia el ventanal, lo abrió de par en par, y miró hacia el mar. No podía estar segura de que sus poderes pudieran usarse sobre un sitio en el que ella nunca había estado, pero nada perdería con intentarlo. De repente, las palabras del abuelo Pabbie resonaron en su memoria. Él le había dicho que el temor sería su peor enemigo, y, recientemente, había descubierto que el amor le enseñaría a controlarlo, pero lo que ella sentía no era lo suficientemente noble, es más, era odio hacia todos los que habían apartado a su hermana de su lado. Rápidamente, Elsa decidió que ese sentimiento tendría que ser suficiente, por lo que liberó una helada ráfaga de aire, la que ella esperaba que se convirtiera en una tormenta que congelaría la flota de las Islas del Sur en su puerto.
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Al día siguiente, Elsa se levantó del suelo de su habitación completamente exhausta, después, observó la ventana y recordó lo sucedido. La reina se preguntó si su plan habría tenido éxito, sin embargo, pasarían unos cuantos días antes de que ella supiera el resultado. De repente, la chica recordó que había otra persona que habría tomado igual o peor que ella las noticias sobre Anna y fue a verla.
— ¿Dónde está Kristoff? — preguntó Elsa a un par de mucamas en la parte de afuera de su habitación, mientras salía de ella.
— En los establos majestad — respondió formalmente la chica. Elsa caminó rápidamente hacía los establos en donde efectivamente encontró a Kristoff quien se hallaba afilando su hacha en tanto Sven dormía a su lado apaciblemente.
— Kristoff — llamó Elsa, por lo que el recolector de hielo alzó su mirada en dirección a la reina.
— Petra me lo contó todo — dijo el muchacho con voz ronca, mientras que la chica se sentaba frente a él en un pesado banco de madera. En aquel instante, Elsa noto los ojos rojos de Kristoff y su fuerte olor a alcohol, lo que le indicó que el chico había pasado la noche bebiendo y tratando de olvidar. — Cómo si eso fuera posible — pensó amargamente Elsa.
— Pase lo que pase, si es que ella llega a regresar con vida, quiero tu permiso para casarme con ella — inició Kristoff quien seguía afilando su hacha en tanto su flequillo le cubría los ojos.
— No lo necesitas — respondió Elsa — si es que ella así lo quiere, puede casarse contigo — dijo la tristemente, después, dejó caer su rostro entre sus manos y se quejó: — fue un error haber tratado de encerrar a Anna en este lugar.
— Sí, sí lo fue, al igual que fue un error marcharme sin ninguna explicación — respondió Kristoff calmadamente.
— Sí, eso también fue un error, pero el peor de todos consistió en pensar que invitar a Florian al castillo era una buena idea— contestó a su vez el muchacho.
— Sí, realmente un error. Y yo… — trató de comenzar nuevamente Kristoff— pero finalmente dejó salir un suspiro — Ya no importa, lo hecho, hecho esta, y no hay forma de volver al pasado— concluyó tras lo que los dos se quedaron en silencio mientras que él recolector trabajaba.
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Los días pasaron y pese a que diligentemente el doctor y su aprendiz siguieron visitando a Anna, no podía decirse lo mismo del guardia encargado de llevarle la comida, aunque la princesa tenía el terrible presentimiento de que todo era orden de Florian, ya que el sujeto llegaba una vez al día, a cualquier hora, y le traía porciones ínfimas de pan o arroz, por lo que estaba segura de que en cualquier momento enfermaría. Eso, sin contar con el hecho de que se encontraba encerrada durante las 24 horas del día, en una habitación en la que apenas entraba la luz de las antorchas del pasillo, pero ni un poco de luz solar.
Anna no sabía a ciencia cierta cuantos días habían pasado desde la última vez que fue libre, aunque, para ser honesta, posiblemente nunca en su vida lo fue pensó amargamente, mientras sentía que los dolores del hambre la golpeaban con toda su intensidad. A decir verdad, había tenido mucho tiempo para pensar, y sabía bien que no existía nada más peligroso que una mente ociosa, ya que las escenas del pasado la inundaban una y otra vez llenándola de dudas y tristeza, definitivamente, si las cosas seguían así, ella enloquecería. Finalmente, y tras contenerse durante días, Anna dejó salir un par de sollozos.
Justo en ese instante, la pesada puerta de metal se abrió lentamente, mientras que ella maldecía mentalmente, pues se trataba de Florian, quien había decidido mostrar su odioso rostro en el momento menos oportuno de todos, lo último que quería era que la viera llorando, por lo que volteó su rostro en dirección contraria a la que él se encontraba.
— Hola Anna — la saludo Florian, pero ella no contestó — por Dios… este lugar es horrible, no sé si lo sabías, pero hoy se cumplen tres semanas desde que te puse en este cuarto. Entiendo que estés molesta, pues te prometí que te sacaría de aquí en una semana, pero pensé que necesitabas mayor tiempo para reflexionar acerca de lo que me hiciste— comentó el príncipe mientras que se sentaba en el suelo junto a ella. en ese momento, un fuerte olor a arroz recién hecho y a fruta inundó los sentidos de Anna por lo que ella enjuagó sus lagrimas rápidamente y volteó hacía él.
— Te traje esto— comentó el príncipe mientras estiraba su mano en la que tenía un cuenco con arroz , el que Anna tomó lentamente, temiendo que se tratara de una trampa.
— Gracias — respondió con voz ronca por falta de uso, y comenzó a comer.
— De nada, también te traje esto — dijo sacando de su chaqueta un par de manzanas, las que ella también tomó emocionada.
— Te ves muy pálida, y enfermiza, creo que has perdido bastante peso — comentó Florian preocupado por lo que Anna bajó su tenedor.
— He estado encerrada en esta celda sucia por poco menos de un mes, sin tener una comida decente, y con una enorme herida en la cara, la que, por cierto, me duele como no tienes idea. Realmente, no sé qué pensabas encontrar — respondió Anna agresivamente.
— Buen punto— asintió Florian — pero, si te sirve de consuelo, tu hermana nos está dando una buena pelea. Recientemente, congeló una flota de las Islas Sur cerca a su puerto, y para ser honesto, fue por ello que decidí que necesitabas más tiempo para pensar en lo que hiciste, pues, esto es tu culpa Anna, el hecho de que tu hermana siga viva es tu miserable culpa — murmuró el príncipe furioso.
— Sí pretendes hacerme sentir culpable vas por muy mal camino — comentó Anna bruscamente.
— No, esa no es mi intención, lo que quiero es hacerte entender que tú misma te has puesto en una posición muy difícil, y yo tengo el poder de hacer tu vida un infierno, sí es que eso es lo que realmente quieres, así que colabora conmigo y todo irá bien — dijo el príncipe seriamente, pero ella decidió no contestar nada, en cambio, dirigió toda su atención a una de las dos manzanas.
— Debo admitir que una parte de mi no puede dejar de admirarte Anna — dijo el príncipe acariciándole la mejilla, por lo que ella comenzó a prepararse mentalmente para lo peor — eres muy valiente. Esa clase de amor desinteresado que muestras por aquellos que te rodean no es común, desearía tener alguien como tú a mi lado, pero… dime la verdad Anna, tú no solo le pediste a "Kristoff" que llevara ese mensaje porque querías sacarlo de aquí, querías ponerlo a salvo, ¿no es así? — preguntó el príncipe, recordando por primera vez el nombre del .
— Yo… ¿cómo te diste cuenta?— preguntó Anna algo intrigada.
— Me tardó un poco, pero, tras recordar aquella vez que nos encontramos con él en los establos, no puedo evitar pensar que a partir de ese día decidiste sacarlo del palacio a la primera posibilidad — comentó Florian.
— Eso es cierto — aceptó Anna — no me gustó lo que vi ese día, pensé que él podría estar en peligro.
— ¿Qué clase de persona crees que soy? — preguntó el príncipe ofendido— ¿ acaso crees que lo decapitaría y pondría su cabeza en una lanza cómo los antiguos reyes medievales solían hacerlo? Anna, yo no soy un bárbaro, sé que no soy perfecto, pero incluso yo tengo mis limites — afirmó.
— Florian, mírame, mira atentamente mi cara y dime qué vez — dijo la chica furiosa mientras señalaba su ojo amoratado e hinchado, aunque considerablemente mejor que él primer día — o mejor aún, observa a tu alrededor, esta celda no es muy cómoda, eso te lo aseguro — comentó venenosamente Anna.
— ¿cómo te atreves a ofenderte? — preguntó la princesa — sí, la verdad es que yo no puedo confiar en tu buen juicio, y estoy segura que ni siquiera tu mismo confías en ti. Puedes ser la persona más amable, pero en cualquier momento, y sin el menor aviso te conviertes en un animal. Puede que de no haber dejado Malengrad, Kristoff hubiera terminado en una celda cómo la mía, y para ser honesta, mejor que sea yo, y no él — razonó Anna con resentimiento en su voz.
— Perfecto… — dijo Florian parándose de su puesto — si es así como quieres que sean las cosas, así serán. Pensaba sacarte de aquí, llevarte a una mejor celda, pero te quedarás aquí dos días más— dijo Forzadamente el príncipe quien obviamente reprimía la ira producida por el comentario de la chica, mientras se aproximaba a la puerta.
— Oh, Anna — agregó casualmente Florian desde el marco de la puerta — creo que ya lo notaste, pero, a pesar de todo, y de sus victorias, Elsa sigue sin tener la menor intención de mejorar tu situación. Te lo advertí — se burlo el regente con una desagradable sonrisa.
— ¡Cállate! — Gritó Anna en tanto tomaba el cuenco vacio lanzándolo contra él, pero tan solo impactó la puerta metálica, por lo que este se estrello y se rompió con un fuerte estruendo.
Hola a todos espero que les haya gustado el capitulo, como siempre quiero agradecer a todos aquellos que me dejaron comentarios y me pusieron en sus categorías, pero, sobre todo, quiero agradarles a todos los que dejaron comentarios como anónimos ya que no puedo responderlos. En fin, nos leemos, adiós.
