El capítulo XX se centra en algunas de las cosas que Mimi vivió desde su ruptura con Koushiro.
El siguiente, XXI, se centra en el segundo encuentro y en algunas cosas que vivió Koushiro.
Dulce castigo
XX
Cuando Mimi quiso contarle a Hiro su ruptura por Skype con Koushiro, encontró una nota en su lugar.
Si estás leyendo esto, es que ya me he marchado. A un lugar mejor, claro, ya sabes, el capitalismo y tal. Detrás encontrarás el número de la casera, le daré referencias si te interesa seguir aquí. Tienes un mes pagado.
¿Por qué sin avisar? A mí tampoco me gustan las despedidas. ¿Conseguí engañarte la última vez?
En fin, como no me verás el pelo durante una temporada (vacaciones, ¡viva!), y tampoco habrá de esas segundas cenas que se alargan (y ya sabes que así debe ser), te dejo un resumen:
Punto uno: Eres más joven de lo que te parece.
Punto dos: El talento no nace en el trabajo pero no vale nada por sí solo.
Punto tres: Algún día tus preocupaciones no serán más que anécdotas medio inventadas (esta me quedó de poeta).
Punto cuatro: Las personas se van, pero no las necesitas.
Punto cinco: Koushiro… ¿qué Koushiro?
Punto seis: El jefe de cocina te pone ojitos. De rata, pero ojitos.
Y ya, que se me acaba la hoja. ¿Cobarde? Pues sí.
Mimi leyó la nota varias veces sonriendo. Sabía que el restaurante aspiraba a ser una cadena competente y que Hiro iba a estar unos meses supervisando uno de los nuevos locales. A pesar de ello, a Mimi nunca se le había ocurrido que eso significaba despedirse.
Llevó la vista a cada una de las paredes. Sin él, el cuarto no parecía tan claustrofóbico. Le escribió un mensaje que incluía su decisión: se quedaría en el piso. A quién le importaba compartir vivienda con unas desconocidas que solo querían pintar las paredes sin pensar en el futuro.
«Cobarde y antiguo, pero entiendo. Que sepas que no te librarás de mí. Disfruta de tu nuevo empleo. Yo seguiré lavando platos. Sonriendo, eso sí».
Los platos, los que había lavado, los que habían compartido, que tantos recuerdos traían.
.***.
—Hiro, estoy hartísima de lavar platos. ¿De verdad no puedo volver a la sala, como camarera?
—¿Terminaste el inventario? —preguntó él evitando el tono amistoso, ya bastante se había arriesgado recomendándola.
—No. Pero contesta antes. —Mimi no lo evitaba. No entendía por qué hacerlo.
Hiro desistió de la seridad.
—Sonríes demasiado.
—¡Que sonrío demasiado! Si siempre estoy de mal humor.
—Ya, pero aún así sonríes. Y no pega con el local.
—Quien lo entiende… antes me decías que tenía que sonreír.
Estiraron la espalda y sus sonrisas se esfumaron en cuanto se acercó un cliente a la barra conocido por ambos: Nikki, el profesor, con una nueva compañía. Como todas las demás, siempre más joven, siempre con aire de despistada. Aprovechando una visita al lavabo de esta, Nikki decidió sugerirle a Mimi que su despacho estaba en donde siempre. Mimi agradeció la obligación de no sonreír.
—Acabé el inventario. Vuelvo a la cocina.
Días más tarde, compartiendo una pizza con Hiro, Mimi le contó toda la historia, a su manera, como si solo contase una película que había visto hace mucho tiempo. Hiro trató de aguantarse la risa para no escupir el agua. Mimi realizó una búsqueda online para ilustrar su explicación:
—Y AHORA, que ya me había olvidado, la niña koala apararece en todos lados, ¿ves?
Hiro observó la imagen.
—Hombre, de niña, poco.
—Es por el vestido. Mírale a la cara, ¿ves lo que digo?
—¿Cara de koala? No sé yo…
Mimi insistió:
—Mírala bien, es como un koala.
—Pues a mí me parece que se da un aire contigo.
—Eso es porque me copia, pero no, la cara no tiene nada que ver.
—No sé yo…
—Bueno, lo de la koala no importa. Lo que importa es que Nikki profesor cada día está más viejo y aburrido de las niñas, cada vez hay más diferencia de edad con ellas, más distancia, y cada vez puede enseñarles menos cosas, porque tiene mucho trabajo y ya le salieron bolsas en los ojos y está cansado, y todo eso me causa mucha gracia. —Soltó una risa escandalosa, como si fuese la única de todo el puzzle que nunca iba a envejecer y lo acabase de descubrir—. ¿No es genial eso? Hiro, ¿se puede saber por qué nunca te acabas mis postres?
.***.
Hiro hacía esfuerzos por probar los postres de Mimi. Trataba de disimular la cara de asco y decir «está muy bueno», añadiendo que ya había comido demasiado.
—No mientas. Si no te gusta, no te gusta, y ya está.
—¿Importa tanto si me gusta? Mientras para ti estén bien… yo es que no soy de dulces. —Fue como si la hubiesen ofendido a ella.
—¿Cómo no puedes ser de dulces? Vale que no te gusten, pero eso sí que es indignante.
—Sí, me encanta el riesgo de diabetes.
Mimi se tocó el mentón pensativa.
—Habrá a quien le guste, seguro. Que a ti no, no significa nada. —Hiro apoyó la conclusión.
Aquella noche, dándole vueltas al asunto de los postres, Mimi decidió que llamaría a Nikki, y apuntó lo que debía decirle para que su voz no fallase. Sentía que debía hacerlo, que debía haberlo hecho hace mucho. A primera hora llamó directamente a su despacho y, sin mirar al folio, habló:
—Llamaba para decirte que solo conociste la parte más falsa de mí. Me gusta jugar, pero no puedes jugar conmigo. Puedo ser una niña que quiere ser mujer o una mujer que a veces echa de menos ser niña, como sea, no lo sabes.
—¿Eso es todo?
—No, eso es nada. No sabes quién soy en realidad, nunca lo has apreciado, así que, para mí, es nada.
Se compró un colgante para recordarlo.
Y quemó las hojas de su cuaderno, para que tampoco la influenciaran.
Dulce castigo
XXI
Pasados dos meses de su primera visita a Japón, Koushiro recibió un correo electrónico.
Asunto: Sin asunto
Destinatario: Koushiro
Perdona por marcharme sin avisar. No sé por qué lo hice. Bueno, lo sé, pero prefiero no contártelo. Dejémoslo estar. Solo quería aclarar que no hiciste nada que te pueda reprochar. Nada más… Será mejor dejar así las cosas.
—
Koushiro empezó a escribir una respuesta en la que explicaba que, tras tanto tiempo, no es que importase mucho. Pero no llegó a contestar. Si no importaba disculparse, no importaba contestar. Si importaba, estaba mintiendo y, por lo tanto, siendo ilógico. No iba a concederle ese placer a Mimi.
Apagó el ordenador y se dirigió al salón. Uno de sus compañeros de trabajo iba a casarse y, antes de que Koushiro pudiera encontrar una buena razón para decir «no», la despedida de soltero se había concertado en su casa. Lo peor del asunto era no poder marcharse pronto con alguna excusa.
A fin de cuentas, él solo ponía el salón. No se había encargado de la bebida, ni de la comida, mucho menos de la música, las strippers, o el espíritu fiestero. Tras varias copas, ninguno de sus amigos volvió a preguntar por qué estaba solo en el balcón. Y así era mejor, releía el mensaje de Mimi, esperando a estar preparado para borrarlo.
Se estremeció al notar su mano en su espalda.
—No acostumbro a beber, no… —explicó a la causante de ese gesto—. Esto es solo una excepción.
—Y tampoco te gustan las fiestas.
—No mucho, eso no ha cambiado. Siempre soy el tipo que parece estar pensando y se va pronto, pero vivo aquí. Si hubieses venido, estaríamos en otro apartamento ahora, diría que mi novia se cela o algo así, no me importaría decirlo, que piensen lo que quieran.
—Me suena ese tipo. ¿No preferirías estar dando un paseo? Kou, debes olvidarme. Ya no sé cómo decírtelo.
—No lo entiendes. Nunca me he sentido tan solo. De verdad. Aquí vas por la calle y siempre hay alguien que pregunta «eh, estás solo, eh, alegrate, man», pero ¿qué les pasa? Ojalá me dejasen tranquilo. Y, en fin, contigo, aunque no lo creas, sería más fácil. Me sacabas de mi burbuja y ahora tú eres mi burbuja, pero tienes razón. —Suspiró y acarició la pantalla del teléfono—. Adiós, Mimi.
Borró el mensaje y echó un vistazo a la habitación. Llegaba el primer vómito.
.***.
Cuando su inglés le permitió tener una conversación fluida, que fue más tarde de lo que le permitían sus capacidades, quedó con la desconocida que, en un gesto de atrevimiento, le había apuntado su número de teléfono. Ella ya no se acordaba de él, pero accedió sin muchas preguntas.
Se llamaba Sylvia. Sus padres se habían separado en su infancia y ella y su madre se habían mudado a Grecia con su segundo padrastro, mientras que su hermano y su padre se quedaron en Los Ángeles. Hacía tres años que había decidido volver, como si la acogiera una familia lejana. Desde entonces, había perdido el contacto con todos sus amigos y solo se relacionaba con gente de paso, «ya sabes, como las aves de paso». Hablaba muy despacio, parecía pensar las cosas tres veces antes de decirlas. Pero, cuando las decía, no dudaba. Se esmeraba en parecer coherente. Koushiro hubiese querido establecer parecidos con alguien más, pero no pudo.
—¿De verdad nunca has pensado en ello? —preguntó ella. Koushiro afirmó de nuevo—. Yo lo pienso mucho. Tengo tanto miedo a morir que no sé cómo no ha ocurrido ya. O quizá haya ocurrido. Quizá ni tú ni yo existamos.
—¿Y por eso vives al límite, solo por eso?
—Sí. —Él no lo tomó en serio—. ¿Qué?
—No es lógico, lo siento.
—No lo es para ti.
Aquello enfureció a Koushiro, aunque solo dio muestras de ello cruzándose de brazos.
—Así quizá esté distraída cuando ese momento llegue… Esa es la explicación.
—Estar distraído.
—Sí, como tú, igual por eso no lo piensas, ya tienes demasiado en qué pensar. La pregunta es: ¿en qué piensas?
Koushiro dijo que no lo sabía.
Quedaron dos veces más, siguió sin saberlo.
.***.
Tercer año, segundo encuentro. La postura era incómoda para ambos. Mimi había decidido que fuera de esa manera. Koushiro apoyaba la nuca en la pared y ella, con toda su fuerza, evitó que se tumbara del todo. Lo prefería así, sufriendo, para entender al fin que nunca sería diferente.
No hubo caricias, tampoco con los labios. Ni lo necesitaba ni lo quería. Agarrotó sus músculos hasta que dejó de sentir algo diferente al calor. Mantenía un ritmo frenético y prefería desfallecer a parar. Pensaba «córrete, córrete», y apretaba los dientes para evitar soltar algo que le hiciese creer que disfrutaba. Se separó de él en cuanto supo que se había venido y ocultó una sonrisa.
Koushiro pidió perdón, sin pensar en que lo había planeado. Prometió compensarla, en cuanto bebiese un poco.
—No —dijo Mimi apartándose.
—¿Por qué? No estoy cansado.
—No necesito que me ayudes a tener un maldito orgasmo. No soy como tú. No entiendes nada. Yo sí estoy cansada.
Koushiro le dio la razón, pero no se sintió mal por ello, solo cansado, como ella. Buscó su ropa interior.
—Está bien. Ya lo has dejado claro.
Mimi esperó a que dijise algo más, a que le explicara qué era lo que había dejado claro, porque ella tampoco se entendía. Vinieron unas pocas lágrimas que no dudó exagerar con un sollozo.
—Mimi, ¿por qué quisiste quedar?
Cortó el lagrimeo tratando de pensar.
Koushiro, más ágil, dijo la que creyó la explicación con más sentido. Se sintió bien pudiéndolo al fin expresar en alto, ordenando el caos:
—El límite ya se rebasó hace mucho. Ya lo hemos perdido de vista, por tanto, no lo vemos.
—Porque te odio, te odio. Eres un… idiota.
—Ahórrate el teatro. No es necesario que llores.
—¿Acaso tú no lo haces nunca? —Koushiro se concentró en abrocharse la camisa—. Apuesto a que nunca lo haces.
Él solo calló. Llorar lejos de casa era más fácil.
.***.
Estaba preparando la maleta para regresar a Los Ángeles cuando lo llamaron por teléfono.
—Estoy afuera. Esta vez quiero ser sincera, despedirme bien y no mandar un email pasadas semanas buscando excusas.
—Está bien —dijo Koushiro y colgó el teléfono al momento. Terminó de doblar la ropa, sin prisas, y salió de casa sin abrigarse. La miró en silencio.
—Tengo una vida aquí —dijo Mimi y calló por un momento, como si ya no necesitara explicar más—. Invertí bien mi tiempo y he conseguido cosas que hace tres años ni podía imaginar. Pero cuando pienso en ti quiero volver a atrás. A cuando te molestaba y solo seguíamos siendo amigos porque yo lo decía. Te juro que, a veces, cuando no me apetece hacer nada de lo que suelo hacer, quiero volver a allí. Me da igual lo tonto que sea. Era alocada, irresponsable, egocéntrica, sí, pero feliz, porque estaba convencida de que todo iría bien siempre, que todo sería fácil o, simplemente, no me importaría. A lo mejor estoy confundida y el pasado no fue como yo lo recuerdo, ¿cómo saberlo ahora?, pero es lo que siento. Y lo mejor era cómo me mirabas entonces. Ya no me miras así y eso es lo que me enfada. Me pone de los nervios.
—Y cómo te miro.
—Como si ya no me necesitaras, o soportaras siquiera. Como si solo pudiéramos hacer bien una cosa. Ya no importa la ropa que lleve, ya no me esperarás nunca con ilusión.
—Ya no tengo ilusión alguna —admitió Koushiro. Mimi cerró los ojos—. No me queda ni una pizca. Debí decírtelo antes.
Guardaron silencio unos segundos sin mirarse.
—Lo supe al verte, pero tardo en entender las cosas. —Habló Mimi, pero ambos podrían haber expresado lo mismo. Koushiro la abrazó porque no reprimió las ganas, ella se dejó abrazar—. Ahora debería irme.
—Mimi, no tienes por qué irte.
—Tú tampoco, pero te irás.
.***.
Koushiro se había quedado tan absorto mirando la fotografía de la revista que apenas había pasado del titular. «Estoy aquí por el dinero». En ella, Mimi sonreía sosteniendo un ejemplar de un libro en el que se recopilaban las recetas aparecidas en su programa de televisión. Cuando se dio cuenta de que acariciaba la imagen, apartó la mano con brusquedad y llevó la vista a las letras.
«Quizá no te suene por su nombre, pero seguro que ya te has quedado con su rostro. Tenemos el placer de hablar con Tachikawa Mimi, la espontánea presentadora de "Que no te amargue un dulce".
P: La primera pregunta es evidente, ¿qué te atrajo de la cocina?
R: El dinero, claro. No te rías, lo digo totalmente en serio. Yo trabajaba en un restaurante y descubrí que los cocineros ganaban mucho más que el resto. Recuerdo que me quejé a un compañero, me parecía muy injusto. Y él me dijo, «bienvenida al mundo, somos capitalistas hasta para coger el autobús». Aún hoy sigo sin entender a qué se refería, pero entendí que, si quería dinero, tenía que ir adonde estaba el dinero. Parece simple, pero fue toda una revelación. De todos modos, eso solo es una anécdota. Si no lo hubiese disfrutado de verdad, lo dejaría a los tres días. No tengo esa clase de paciencia. Me muevo por gustos. Y me gusta lo dulce. Es un castigo, ¿no? Por todo eso de lo malo del azúcar. Ojalá poder disfrutarlo sin saber las consecuencias, aunque igual por eso nos gusta, somos seres complejos.
P: Curiosa reflexión. Es muy llamativo el hecho de que, como cuentas en el prólogo, hace cinco años tuvieses unas pocas nociones básicas de cocina y ahora, a punto de cumplir veintinueve años, estés en las librerías.
R: Bueno, cinco años pueden dar para mucho, o para nada. Soy de extremos. Supongo que ya me había divertido lo suficiente, tenía ganas de esforzarme en algo y encontré que me gustaba la repostería. Le dedicaba muchas horas, me sentía bien mientras cocinaba, sobre todo si eran retos. Compartir el resultado con los demás fue lo que lo completó.
P: ¿Crees que fue como descubrir un talento?
R: No realmente. Aprendí que eso no existe, y de ahí que me esforzara. No se puede confiar todo a la suerte. Esta solo se aparece por medio de quienes nos ayudan.
P: ¿Cómo fue el paso de youtube a la televisión?
R: Como un sueño destrozado. Cuando no estaba dentro, la televisión me parecía algo mágico, ahora veo que no es nada del otro mundo, es como cualquier otro trabajo. Pero me gusta lo que hago. El equipo ya es como mi familia.
P: ¿Qué le pides al futuro?
R: En lo profesional, seguir así mientras se pueda. En lo personal, quien sabe, estoy abierta».
Koushiro dobló la revista. Le hubiese gustado ser una de esas personas que, cuando recuerdan a un viejo amor, sonríen. Sentir solo indiferencia también valdría. Pero él solo podía sentir rabia y tristeza, porque se había perdido estar con ella y distinguir las verdades de las mentiras en lo que contaba. Extraño, habían pasado años y no podía aceptar los cambios que el tiempo conlleva. Decepción, como si acabara de despertar de un engaño. El tiempo no se pierde, solo se apila y pesa.
En la pantalla del aeropuerto mostraron cuál era la puerta de embarque. Apretó los puños doblando aún más la revista y la tiró a una papelera. No llegó a coger el vuelo. Necesitaba acostumbrarse a una nueva realidad.
.***.
Para que no pille a nadie por sorpresa: Muy probablemente el próximo capítulo sea el último. No lo aseguro, porque hay cosas que aún no tengo claras. Como comentario -parece que no me quedo tranquila si no comento algo-, esta historia a veces me tuvo muy insegura, hasta hoy releyendo capítulos anteriores vi cosas que cambiaría, pero siento este capítulo tan mío que, sin duda, ha merecido la pena.
