frozen no me pertenece

[Cerca y lejos]

Elsa no entendía como se había puesto a sí misma en semejante posición. Pues si un año atrás, alguien le hubiera dicho que aquella sería su vida, no le hubiera creído. Era irónico, pero de cierta bizarra manera, aquello era con lo que había soñado durante toda su vida: convertirse en una gran y poderosa reina que no temía a nada ni a nadie, que podía caminar libremente por su castillo, y por el mundo, sin el constante temor de perder el control de sus poderes.

— Su majestad— la llamó Petra desde la entrada de la habitación. — todos se encuentran listos, y la están esperando— concluyó la mujer.

— Petra— comenzó Elsa con voz temblorosa — por favor siéntate— le indicó la reina mientras le señalaba la silla frente a su escritorio.

— ¿En qué puedo servirle— preguntó la asesora.

— Es… Yo… creo que tengo miedo, dudo que pueda afrontar esto — admitió la reina, al tiempo que veía el semblante de la mujer ensombrecerse y sus labios contraerse en una ligera mueca.

— ¿A que se refiere? — preguntó Petra sin emoción en su voz.

— Al interrogatorio. No creo que pueda continuar con esto, enfrentar al príncipe Dominic será demasiado para mi, es mejor que él permanezca preso hasta que Florian decida hacer el primer movimiento. Yo…

— Suficiente — la interrumpió la mujer frente a ella. — No entiendo la razón para dudar — dijo Petra calmadamente — usted ya ha llevado a cabo tareas más duras, no entiendo— continuo.

— Yo tampoco lo entiendo , solo sé que estoy asustada — se quejó Elsa.

— Es natural— respondió Petra.

— No, no es natural — se quejó Elsa quien estaba perdiendo la paciencia — entiéndame, nada es natural en mi , yo no soy natural, pasé muchos años creyendo que soy una especie de aberración , y ahora…

— Ahora ¿qué? — preguntó Petra.

— Ahora yo… yo no… yo tengo que afrontar todo esto — gritó finalmente la chica perdiendo el último rastro de tranquilidad que le quedaba. Fue entonces, que los ojos oscuros de la mujer al otro lado de la mesa comenzaron a sentirse como una pesada carga para la reina, como si ellos pudieran ver todos y cada uno de sus pensamientos, los mismos que se habían arremolinado en su cabeza desde la noche en que Kristoff trajo al palacio a Dominic.

— Su majestad — empezó nuevamente la concejera. — para mi es claro que usted tiene miedo — comentó casualmente la mujer, por lo que la reina se quedó mirándola fijamente.

— Pero, creo que este miedo es de una clase diferente. No tiene porque mentirme, porque usted y yo ya sabemos que sí sabe controlar sus poderes. Aprendió a hacerlo desde hace algún tiempo. ¿No es verdad? — preguntó Petra. Sin embargo Elsa no pudo hallar las palabras indicadas para contestarle.

En un instante, que a Elsa le pareció eterno, la mujer se aproximó a ella, en un silencio tal, que el sonido de sus zapatos contra el suelo de madera se escuchó como una aterradora amenaza.

— ¿No es verdad? — insistió Petra. Elsa se armó de valor y miró los ojos penetrantes de la concejera.

— Tal vez, tal vez esto es demasiado para mi — contestó la reina.

— Entonces, declare la rendición, escríbale a Florian, y entréguele a su hermana, tal vez, si tiene suerte, él sentirá algo de piedad y le devolverá a la princesa Anna y los terrenos que él le quitó — opinó Petra casi sarcásticamente — Aunque, si yo fuera usted, no me confiaría. Desafortunadamente, Florian no es de los que suelen mostrar esa cualidad.

— Petra… usted sabe que no puedo hacer eso — murmuró Elsa quien se sentía cada vez más intimidada por la mirada impávida de Petra.

— Entonces márchese, váyase a la montaña, aunque tendrá que dejar el trono— opinó nuevamente la mujer. Al mismo tiempo, las últimas palabras llamarón la atención de Elsa.

— ¿Qué fue lo que dijiste? — preguntó nuevamente Elsa.

— Que se vaya a la montaña, como lo hizo la última vez que quiso escapar— repitió la concejera.

— No, me refería a lo último, ¿qué fue lo último que dijiste? — preciso la reina.

— Dije, que si desea hacerlo, tendrá que abdicar al trono — insistió la mujer haciendo énfasis en cada palabra, como si quisiera que estas tuvieran efecto.

Por su parte, Elsa se sorprendió al escuchar cuán inadecuadas se oían aquellas palabras, cómo si la sola idea consistiera en una blasfemia.

— No lo voy a hacer— respondió al fin Elsa sin pensarlo.

— ¿Disculpe? — preguntó Petra — creo que no la oí muy bien, por favor, ¿podría repetir lo que acabó de decir? — insistió.

— No lo voy a hacer. No voy a huir— repitió la reina con la mirada perdida cómo si hubiera llegado a una especie de revelación. En aquel momento, Petra tomó una de las sillas ubicadas delante del escritorio de la reina, y la llevó al punto de que pudo sentarse frente a ella y mirarla directamente a los ojos.

— ¿Por qué Ha tomado esa decisión? — preguntó nuevamente Petra.

— Porque yo soy la reina — contestó Elsa casi intuitivamente, sin dejar de mirar a la mujer a los ojos. Y fue en aquel instante, que la reina entendió que en el último año un cambio opero en ella, de una manera mucho más profunda de lo que inicialmente había pensado.

Para Elsa le era insólito todo aquel sentimiento, después de años de rehuir a sus poderes y a sus funciones de reina, posiblemente, ella estaba descubriendo lo que millones de personas habían descubierto antes que ella : el poder no es tan malo. Pues no importa cuanto quisiera verse a sí misma como la heroína trágica que tiene que cargar una dura carga que no desea llevar, la verdad es que ella había nacido con una posición envidiable, por la que innumerables figuras durante el trascurso de la historia habían hecho lo impensable. Y solo en aquel momento crucial, entendía su verdadero valor.

— Yo soy la reina de Arandelle, y tendrán que matarme si quieren que aquello cambie, porque yo no cederé — aseguró Elsa con la garganta seca y el corazón lleno de emoción.

La reina se levantó intempestivamente, por lo que Petra la siguió dando pasos agigantados para no perder de vista a Elsa, quien se movía sin ninguna duda por los pasillos del palacio, hasta que finalmente llegó a los calabozos donde un pequeño sequito de guardias se hallaban esperándola.

— Su majestad — dijo el capitán de su guardia — el prisionero se encuentra preparado para hablar con usted— comentó.

Lentamente, la reina empujó la pesada puerta de metal revelándole a Dominic, quien la esperaba sentado en la cama y con las manos esposadas sin despegar su mirada de la entrada. En aquel instante, las defensas de Elsa bajaron ligeramente al ver el semblante del príncipe, pues, atrás había quedado el galante aristócrata que había conocido en el pasado, al mismo que admiraba incluso antes de verlo por primera vez, gracias a los rumores que había escuchado acerca de como se desenvolvía en el parlamento de su país a pesar de su corta edad, y que una vez tuvo la fortuna de conocer, le hizo pensar en él más de lo que ella hubiera preferido.

— Buenas Tardes — Saludó la reina al tiempo que entraba a la habitación.

— Buenas tardes su majestad — respondió el príncipe en tanto se levantaba y hacía una reverencia, tal y como el protocolo lo exigía. Por su parte, Elsa le respondió con una suave reverencia, perfectamente "correcta" en todo el sentido de la palabra, pero que en una situación como aquella era algo ridícula, después de todo, se encontraban a la mitad de la guerra, en uno de los calabozos más profundos, siendo ella la reina y él prisionero.

Pero, precisamente aquel era uno de los aspectos en común que los había unido desde el principio, pues ninguno de los dos era espontáneamente encantador como sus dos hermanos. Ellos no podían verse libres de afectaciones como Anna o Florian, dos "espíritus libres", problemáticos y carismáticos a la vez. En cambio, Elsa y Dominic habían encontrado el uno en el otro a una persona con la que podían identificarse verdaderamente: silenciosas, y en el mejor de los casos, completamente incompetentes socialmente, por lo que los dos necesitaban seguir el guión previamente establecido que les imponía el protocolo, aquellas normas eran su colchón de salvación, y la manera de llenar incómodos espacios en donde no cabían las palabras.

— Espero que se encuentre cómodo — empezó Elsa amablemente — después de todo, puede que su condición no sea la de un invitado, pero, quiero que por lo menos tenga una estancia digna en mi castillo.

— Todo ha estado muy acorde a la situación, muchas gracias por su preocupación— respondió diplomáticamente Dominic, con una excesiva formalidad que apenas rivalizaba con la de Elsa.

— Estoy aquí porque quiero saber si hay más tropas de Malengrad cerca de los terrenos de la Ciudad Capital de Arandelle — afirmó Elsa sin la menor sutileza.

— No las hay, no, por ahora — negó Dominic con igual franqueza.

— ¿Por qué habría de creerle? — preguntó Elsa desconfiada.

— No tiene razón alguna para hacerlo, ni yo para mentir, mi vida depende de usted y ya que no tengo más esperanza que esperar a que llegue a una negociación con mi hermano, solo me resta decirle la verdad — contestó.

— Si esta mintiendo lo mandaré ejecutar de inmediato — dijo tajantemente Elsa.

— Entiendo — respondió Dominic sin ceremonia alguna. Y después le dirigió una suave sonrisa a la reina.

— Usted no se va con rodeos, ¿no es verdad? — preguntó burlonamente el príncipe.

— No, pero usted no es muy diferente — dijo Elsa sin devolverle la sonrisa.

— No, no lo soy — aceptó el príncipe mientras sacaba uno de los cigarros que llevaba en el bolsillo de su chaqueta y lo encendía con la luz de la vela en su mesa de noche.

— Yo no soy Florian. Yo no voy a conquistarla o sorprenderla con cuentos sobre los países del continente oriental, tampoco tengo historias de amor, él es el experto en ese tipo de cosas , él es el carismático, el encantador, y yo... yo simplemente hago mi trabajo — comentó el hermano menor casualmente.

—Bien… Yo no soy mucho mejor, hace años que no salía de mi castillo, eso no es un misterio para usted — comenzó Elsa bajando ligeramente la guardia — es curioso, pero todo lo que ha pasado en este lugar ha sido culpa mía. Mis padres decidieron cerrar el castillo para ocultar mis poderes, yo congelé el reino, y soy la reina. Pero, de alguna extraña manera, al final , es Anna quien realmente tiene el protagonismo. Sin embargo, yo lo envidio a usted, porque a diferencia suya , yo no fui capaz de "hacer mi trabajo" por mucho tiempo.

— Entonces, es posible que los dos estemos en el mismo barco, ninguno de los dos es encantador y carismático, dos sujetos aburridos, con los pies puestos en la tierra, mientras que tenemos que lidiar con dos hermanos excesivamente soñadores— opinó amablemente Dominic después de liberar una bocanada de humo.

— No siempre es así, Anna ha tenido que soportar bastante por mi culpa, por lo general, ese es el caso. Ella se habría casado Hans Westerguard para escapar de mi — le confesó Elsa al tiempo que recordaba la frustración que había sentido al saber que su hermana quería marcharse con un sujeto al que apenas conocía.

— ¿Westerguard? Oh por dios, no pudo elegir peor— opinó Dominic negando con la cabeza.

— Sí, lo sé. No me mal entienda, adoro a Kristoff, realmente lo considero un miembro de la familia, pero ¿tiene alguna idea del escandalo que ocasionó cuando hicieron pública su relación? Incluso los vieron besándose en el muelle. Los miembros de la corte y del parlamento no dejaban de hablar de ello — comentó Elsa riéndose suavemente por lo absurdo de la situación.

— Sí, supongo que debió haberse parecido a aquella ocasión en la que mi hermano, y heredero al trono, se casó con una de las mucamas, y decidió irse con ella durante meses al continente oriental, creo que aquel fue el momento en el que papá perdió la poca cordura que le quedaba— devolvió Dominc riéndose de la misma manera.

— Y ahora esto… — suspiró Elsa preocupada.

— Y ahora esto — repitió Dominic.

— ¿Cree que sea posible que su hermano declare el fin de la guerra? — preguntó Elsa.

— No lo sé, por mi bien, espero que así sea — dijo el príncipe con el seño fruncido.

— Si eso es todo lo que puede decirme príncipe Dominic, lo mejor será dar por terminada esta conversación — sentenció la reina en tanto se ponía de pie.

— Como desee majestad — dijo Dominic al tiempo que imitaba los movimientos de la reina y hacía una leve reverencia.

Por un instante, Elsa se quedó mirándolo en silencio, hasta que finalmente le dedico una breve sonrisa que él respondió enseguida.

Elsa dejó la celda con un sentimiento extraño en el pecho, cómo si llevara una tristeza pesada que le hacía querer guardar silencio por el resto de su vida. Había conocido a Dominic pocos meses después del deshielo, en un momento en el que la reina estaba recobrando la esperanza, cuando creyó que finalmente Anna y ella podrían ser felices. Pero, olvidaba que el príncipe no era precisamente un sujeto común, las cosas nunca serían fáciles entre los dos: guerra y política se entremezclarían en su relación cómo si fueran pan de cada día.

De repente, Elsa sintió las lagrimas formarse en las comisuras de sus ojos, quería llorar, lo cuál le parecía sumamente estúpido. Después de todo, ¿Porque iba a sufrir por algo que nunca había existido?, por una relación que ni siquiera se había formado, tan solo lo había visto un par de veces en el último año, ni siquiera estaba segura de que fuera algo más que un enamoramiento juvenil.

En aquel momento, una nueva revelación llegó a la mente de Elsa: ella nunca había tenido un enamoramiento juvenil. Ya tenía casi 23 años y ni siquiera había besado a un hombre. Pero, ¿cómo diablos iba a hacerlo? Si ni siquiera salía de su habitación, y ni hablar de dejar que alguien la tocara, eso estaba fuera de su zona de confort.

— Soy tan patética… — se quejó Elsa en tanto subía a la terraza más alta del castillo, cuando finalmente llegó contempló el paisaje gris frente a ella, él clima era gélido, pero aquello no le molestaba.

— Dios… ¿Cómo puedo ser tan patética? — se lamentó Elsa completamente mortificada mientras hundía su rostro en las palmas de sus manos, pues no encontraba otra palabra para describirse a sí misma, una persona que sufría por un sujeto al que apenas conocía, y que por primera vez experimentaba lo que significaba tener el corazón roto.

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— Juega — ordenó Florian perdiendo la paciencia, en tanto se frotaba las sienes con sus dedos.

Anna miró el tablero con expresión aburrida, en tanto hacía una mueca con los labios. Pero, a pesar de la apatía que sentía por aquel ridículo juego de ajedrez, no pudo evitar notar que sus piezas estaban repartidas equitativamente, nadie había perdido demasiadas, y ninguno llevaba verdaderamente la ventaja. Por más que se resistiera a aquel sentimiento, una punzada de competitividad llegó a su pecho.

— No quiero, ¿por qué no juegas con uno de los miembros de la corte? — preguntó Anna molesta.

— No, ni hablar, preferiría quedarme a vivir en esta celda. Normalmente, jugaría con Dominic — respondió Florian en tanto examinaba el tablero con el seño fruncido, probablemente, él ya se había dado cuenta de que a pesar de lo que Anna dijera, ella se estaba tomando aquel juego en serio, y tenía tantas posibilidades de ganar como él.

— Eres una maldita mañosa— comentó Florian mientras movía una de sus piezas. Anna se mordió el labio ante aquello, pues no se esperaba aquel movimiento. — Ya me di cuenta de lo que tratas de hacer, no va a funcionar — comentó el príncipe con una odiosa sonrisa de satisfacción.

— No sé a que te refieres — respondió Anna con la misma expresión de aburrimiento en tanto movía otra de sus fichas con un descuido fríamente calculado, para seguir con su estrategia.

— Mentirosa— afirmó Florian mirándola con una expresión que asusto a Anna, ya que parecía una extraña combinación entre peligrosa y divertida — no sé quien te enseñó a desenvolverte en este juego pero debo admitir que sabes como hacerlo, parecería que no tienes ni la menor idea, pero eres imparable, ¿no es así? — preguntó.

— Aprendí a jugar ajedrez de un par de libros de la biblioteca de Arandelle — respondió Anna algo asustada.

— Ahh… un autodidacta, que interesante— comentó Florian.

— Jaque — dijo de repente el príncipe en tanto Anna miraba el tablero con los ojos bien abiertos, no entendía como no había visto venir aquello.

— No es suficiente, yo tengo más práctica que tu — comento Florian con el seño fruncido y entrecruzando amabas manos sobre la mesa.

— ¡Ya basta! — exclamó Anna exasperada — estoy cansada de todo esto. Ya sé hacía a donde apuntas con toda esta conversación, deja de perder tiempo y dime que es lo que estas pensando hacer conmigo — exigió la princesa, mirando a Florian a los ojos, pero con su cerebro aún concentrado en el juego. En ese momento, el príncipe suspiró y se relajo en su asiento.

— Mañana iremos a la playa — dijo tranquilamente Florian en tanto encendía un cigarro y hacía un descuidado movimiento en el tablero, probablemente, él pensaba que ya tenía ganada la partida.

— ¿Qué? — preguntó Anna genuinamente impresionada — ¿acaso te has vuelto loco? ¿qué tratas de hacer?.

— Quiero hablar con mi abogado— explicó Florian, al tiempo que salía una nube de humo de su boca.

— ¡Ha! ¿y para eso tenemos que ir a la playa? ¿es que acaso no quedan abogados en la capital? — preguntó la chica.

— Roy Lambert es mi abogado, mi hombre de confianza. Desafortunadamente, él dejó la ciudad por unos días, fue con su familia a su casa de campo, y no tengo tiempo para esperar a que regrese, debemos hablar con él lo más rápido posible — comentó.

— Espero contar con tu colaboración durante el viaje, si intentas algo estúpido te prometo que te irá muy mal, Anna— la amenazó Florian casualmente, cómo si se tratara de una conversación más.

— No tienes porque advertírmelo— le respondió Anna de mala manera.

— Lo del anterior intento de escape fue algo tonto y mal planeado, hubieras muerto congelada si mis soldados no te hubieran encontrado — opinó el príncipe mientras terminaba el cigarro.

—Admito que fue desesperado — comenzó Anna — pero no tendría que haberlo hecho de no ser porque trataste de matarme — le recriminó.

La princesa vio una punzada de culpa atravesar el rostro de Florian. Pero, atrás habían quedado los días en que esto sería suficiente para ablandar su actitud frente a él, o bajar sus defensas. Él era un hombre adulto, y ella no tenía la obligación de ayudarlo a sobrellevar sus demonios, ya había tenido suficiente con Elsa como para hacerse cargo de otro "espíritu atormentado", la reina era su hermana, pero este sujeto frente a ella era poco menos que un enemigo.

— Jaque Mate — anunció Anna sin emoción mientras retiraba al rey negro del tablero y lo hacía a un lado.

— Que… — balbuceo Florian mientras se reacomodaba en su asiento y apagaba su cigarro en el cenicero al lado del tablero. Anna no pudo evitar soltar una suave risita al ver la expresión estupefacta del príncipe.

— Como sea, nos vemos mañana, vístete bien, necesito que te veas presentable— dijo Florian completamente fastidiado, mientras se levantaba.

— ¿Ya te vas? — preguntó Anna burlándose de él — pero que mal perdedor eres, deberíamos jugar otra partida.

— Cierra la boca — le ordenó Florian entre dientes, antes de cerrar la puerta con un fuerte golpe.

— Que sensible… — volvió a burlarse Anna cuando sabía que él aún podía escucharla.

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— Elsa, esto no es una buena idea ¿estás segura de que quieres ir a las intermediaciones de un campo de batalla? — preguntó Kristoff preocupado al tiempo que terminaba de dar los últimos toques al carruaje de la reina.

— Claro que estoy segura, es allí donde está la mayoría del ejercito de Florian, y yo podría ser útil durante la batalla — opinó la chica mientras seguía al recolector de hielo a los establos.

— Jamás he sabido de una reina que pelee en un campo de batalla cómo cualquier soldado — dijo Kristoff mientras negaba con la cabeza y levantaba un pesado cubo de agua que puso en frente de Sven.

— Y me imagino que tampoco has sabido de una reina que tenga mis poderes — dijo Elsa presumidamente, lo cual era extraño, ya que nunca había considerado que sus poderes fueran algo de lo cual sentirse orgullosa.

— No, nunca. Pero aún así, no creo que sea una buena idea seguir con este plan, es muy peligroso— repitió Kristoff .

— lo sé — reconoció Elsa en un tono quejumbroso y aniñado que Kristoff jamás la había escuchado utilizar, pues era más propio de Anna que de la reina.

— Pero debo hacerlo — dijo la reina reasumiendo su habitual compostura, —tengo que demostrarle a Florian que soy una amenaza para él, que yo puedo ganar la guerra sin importar lo que él piense, debo hacer presencia en el campo de batalla, y sobre todo, quiero comunicarme con mis espías al otro lado de la frontera, últimamente no he tenido noticias de Anna— comentó. En aquel momento, Kristoff no pudo soportarlo más, y se volteó para confrontar a Elsa.

— Sigue siendo una locura, no creo que debamos ir — insistió el muchacho.

— No tienes que acompañarme si no quieres hacerlo — murmuró Elsa algo irritada mientras se cruzaba de brazos — mi guardia personal irá conmigo.

— Claro que tengo que acompañarte, mira lo qué paso con el último guardia, se suponía que era de confianza, y en realidad, estaba vendiendo secretos a Florian — le recordó el recolector.

— Buen punto— reconoció Elsa.

— Pero el hecho de que te acompañe, no significa que crea que es una buena idea— repitió Kristoff tercamente.

— ¿Es que acaso porque soy mujer? ¿tu también crees que debería quedarme sentada en mi castillo a jugar a las "intrigas palaciegas" con los demás nobles y a planear bailes, mientras que mi hermana está presa al otro lado de la frontera? — preguntó Elsa entrecerrando los ojos.

— Yo no dije eso— aseguró Kristoff muy serio — solo quiero decir, que es una locura, ni siquiera sabemos si vamos a encontrar algo que valga la pena.

— ¿Y si te digo que se trata de una corazonada? ¿creerías que estoy loca? — lo interrogo Elsa nerviosa.

— ¿Quieres decir, que deseas ir al centro del campo de batalla, arriesgarte, y a todos los hombres de tu guardia personal, por una "corazonada"? — preguntó Kristoff muy serio mientras arqueaba una ceja.

— No lo "deseo" — lo corrigió Elsa tratando de que las palabras de Kristoff no se escucharan tan mal como lo hicieron. — además, no iremos a una batalla, solamente iremos al campamento principal, no tenemos que acercarnos más de lo necesario. — se defendió la reina, mientras cuestionaba cada vez más su decisión.

— Como sea… — suspiró Kristoff resignado — le di mi palabra a Anna, y cumpliré, le dije que haría todo lo posible por ayudarte, y así será — afirmó el recolector en tanto terminaba de alistar el poco equipaje que llevaría durante el viaje.

— Gracias Kristoff — asintió la reina sonriente.

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— Te vez muy bien Anna— dijo Florian en cuanto la vio salir por una de las tantas puertas laterales del castillo de Malengrad.

— ¿De verdad lo crees así? — preguntó la princesa en un falso tono dulzón — lo que más me gusta son mis brazaletes, son realmente favorecedores, creo que debería agradecerte por ellos— concluyó la chica en tanto levantaba sus muñecas para enseñar un par de grilletes, mientras que su voz sonaba cada vez más venenosa.

— Oh, parece que amaneciste de mal humor— suspiró Florian mientras metía descuidadamente las manos en los bolsillos — capitán, por favor, métala al carruaje, no quiero que tenga oportunidades para escapar — ordenó el príncipe casualmente.

Un enorme soldado rubio haló fuertemente el codo de Anna, precipitándola al carruaje, tal y como Florian lo había ordenado, en tanto la princesa le dedicaba las peores miradas de su arsenal. Tristemente, no hubo mueca que valiera, pues la chica sabía a la perfección que se hallaba atrapada y que el regente no sería tan descuidado como en otras oportunidades.

— Oiga — grito Anna al guardia desde el carruaje — olvido quitarme las esposas — insistió. Pese a esto, el guardia no se inmuto, tan solo se quedó parado contemplando a Florian mientras que subía la escalerilla.

— Me temo que no será posible— dijo Florian de repente — yo llevo la llave, y he pensado que lo más conveniente será que yo te las retire en cuanto lleguemos

— Tienes que estar bromeando — se quejó Anna — ¿en serio, piensas llevarme esposada todo el viaje? — preguntó la princesa irritada.

— Sí — contestó secamente Florian

— Deja de quejarte, tan solo serán unas cuantas horas — trató de consolarla el príncipe.

— ¿Y si tengo que ir al baño? — preguntó Anna preocupada

— No creo que sea necesario, no es un viaje tan largo — comentó Florian restándole importancia.

— Tengo un vejiga débil— insistió la chica.

— Entonces pararemos e irás completamente escoltada al baño — respondió Florian frotándose las sienes.

— ¿Y si quiero vomitar? — Preguntó nuevamente Anna, por lo que Florian abrió los ojos de par en par completamente irritado.

— No vomitaras, es un viaje muy fácil — respondió el príncipe entre dientes.

— ¿Y tu cómo lo sabes? — insistió Anna entrecerrando los ojos — Así como mi vejiga, mi estomago también es muy delicado — comentó.

— Ya veremos… — murmuró Florian quien parecía a punto de estrangular a Anna.

— Yo de ti pensaría en quitarme los grilletes, podría ahorrarnos bastantes problemas a los dos — comentó Anna cómo si fuera lo más natural del mundo.

— No lo haré — repitió Florian.

— ¿Alguna vez te conté acerca de una de las pocas veces que viajé con mis padres y Elsa a la playa? — preguntó Anna nuevamente. Al mismo tiempo que Florian dejaba salir un quejido que se escuchó como "oh, por favor no otra vez".

— Sí, tenía nueve años, y mi estomago débil me jugó una mala pasada, vomité sobre el vestido nuevo de Elsa — comentó Anna, en tanto Florian blanqueaba los ojos.

— Cochero, comience la marcha, es hora de irnos — gritó el príncipe a través de la ventana, tratando de no escuchar la incesante conversación de la princesa.

— Te imaginarás como se puso, si ni siquiera dejaba que nadie la tocara, gritó tan fuerte que creo que la escucharon en las Islas del Sur — continuó Anna.

— ¿En serio? — preguntó Florian asqueado, pero rápidamente negó con la cabeza — Olvídalo Anna, no importa lo que digas, no te voy a quitar las esposas— dijo Florian tratando de tomar nuevamente el control de la situación.

— Como digas — exhaló Anna con resignación, en tanto se dejaba caer en el espaldar de su silla, y por un breve instante, Floria disfrutó la paz producida al pensar que finalmente la chica guardaría silencio.

— ¿ Y si se entumecen mis piernas? — preguntó — no puedo soportar mucho tiempo sentada tengo que dar unos cuantos pasos, cada hora— comentó, al tiempo que oía un suspiro exasperado.

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Tuvieron que pasar un par de días antes de que Elsa y Kristoff pudieran llevar a cabo el viaje que acordaron en su conversación, pues la reina tuvo bastantes problemas para convencer a los miembros de su concejo de que aquello era una buena idea, pero, finalmente logró el respaldo de los grandes miembros de las casas nobles de Arandelle.

Sin embargo, pese a su victoria, Elsa no podía dejar de sentir un sabor amargo en su boca, pues sabía a la perfección que muchos de aquellas personas que aprobaron su viaje tan solo lo hicieron, porque tenían la esperanza de que algo malo le pasara, y así abriría el paso para que otra de las casas nobles del país pudiera tomar el poder aunque ello implicara una guerra civil o un golpe de estado.

— ¿Te encuentras bien? — preguntó Kristoff al ver la expresión de Elsa, quien no dejaba de ver hacia la ventana del carruaje, en tanto los bordes de estas se llenaban de escarcha.

— No, realmente, no me encuentro bien— reconoció Elsa— tengo que ganar Kristoff, como sea, tengo que ganar. Si yo llegara a morir no quiero imaginar lo que pasaría con Arandelle, ni con Anna, e incluso tu estarías en peligro, por ahora puedo protegerlos, porque yo soy la reina, pero si no lo fuera, no quiero imaginar lo que pasaría— confesó.

— Para ser honesto, yo tampoco — intervino Kristoff dándole la razón a la reina, después de todo, él sabía a la perfección cual era la opinión de la mayoría de la aristocracia de Arandelle sobre él. Muchos lo veían como una especie de trepador que se había abierto paso en el castillo sin siquiera merecerlo, una especie de intruso que traspasó las barreras impuestas por su clase social y su origen, y logró alcanzar lo que muchos de ellos ansiaban. Por lo que era claro que si no llegaba a contar con la protección de la reina de seguro su vida estaría en peligro, y Anna jamás podría salir de Malengrad.

— Lo que no entiendo, es por qué Florian no se ha casado con Anna — intervino nuevamente Kristoff mientras cambiaba intencionalmente de tema.

— Porque él no puede hacerlo — dijo Elsa con una ligera sonrisa. — probablemente él ya debe saberlo, pero Anna es menor de edad, y necesita mi permiso para casarse.

— Oh— exclamó Kristoff, sin encontrar mejores palabras que expresaran su temor, pues sabía claramente que aquello no era del todo conveniente para la princesa, ya que su posición en el país vecino sería incierta y ella se encontraría en peligro.

— Su majestad, llegaremos en un par de minutos— le anuncio a Elsa uno de los pajes de su carruaje.

En ese momento, Kristoff no pudo evitar contener el aliento y mirar por la ventana en tanto su vista se enfocaba en la montaña más cercana, pues él sabía claramente que al otro lado de ella, se encontraba Malengrad. Desde hacía muchísimo tiempo que no se encontraba tan cerca de Anna, pero a la vez tan lejos. Una montaña, y varios cientos de kilómetros los separaban, pero nada era tan fuerte y peligroso como los dos ejércitos emplazados en la frontera entre los dos países.

— Estamos muy cerca de Anna — murmuró Elsa quien obviamente estaba pensando lo mismo que él.

— En realidad no lo sé. Probablemente ella debe estar muy lejos — comentó el recolector.

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Pasaron bastantes horas antes que Anna le dijera a Florian que no aguantaría un minuto más sentada en aquella silla, por lo que el príncipe autorizo detener la marcha en un pequeño restaurante del camino, en donde le quitó las esposas.

— Tienes cinco minutos para ir al baño, si no vuelves al comedor en aquel tiempo, yo mismo iré por ti — dijo el regente quien también se veía molesto y cansado por el viaje.

— Entendido — asintió Anna, antes de dirigirse a la mujer del posadero, quien le indicó el camino al baño.

No obstante, la princesa en realidad no estaba tan interesada en comer y descansar, cómo si lo estaba en saber en donde se hallaba realmente, ya que cada vez que le preguntaba a su compañero de viaje, este le respondía con un firme: "no necesitas saberlo". Era obvio que Florian temía que pudiese escapar en cualquier momento, y no se equivocaba.

Anna salió del baño y se dio cuenta de que la esposa del posadero ya no la seguía, ni siquiera había un solo guardia a la vista. En realidad, era la primera vez en meses en que se veía completamente sola al aire libre. Un rápido impulso de escapar abordó a Anna, pero su sentido común se impuso, y se dio cuenta de que aunque tratara de correr no llegaría muy lejos, ella estaba en el corazón de Malengrad, no tenía dinero, y desconocía completamente su ubicación.

— Hola— dijo una suave voz infantil. Anna miró hacía abajo y se dio cuenta de que se trataba de una pequeña niña que la miraba con expectantes ojos café, probablemente, la hija de la posadera o algo parecido.

— Hola — respondió la princesa, quien lentamente se agachó para ponerse a la altura de la niña.

— ¿Es cierto que eres una princesa? — preguntó la niña.

— Sí, lo es— afirmó Anna.

— Mi nombre es Adele.

— Es un gusto conocerte Adele — comentó la princesa con una leve sonrisa. — ¿podrías ayudarme? — preguntó Anna confiando ciegamente en su talento para llevarse bien con los niños.

— No lo sé — respondió la pequeña encogiéndose de hombros — dime de que se trata y probablemente pueda hacerlo.

— ¿Tu sabes en que villa estamos? — preguntó Anna considerando a aquella niña como su única esperanza.

— Mamá siempre dice que si me pierdo, le diga a los aldeanos que vivimos a dos kilómetros de Fortdale. — afirmó la niña como si repitiera parte de su lección, en tanto que Anna pensaba en aquella nueva información, ya que a juzgar por el nombre de la aldea, debía tratarse de un fuerte militar.

— ¿Y sabes hacía donde conduce ese camino? — la interrogó Anna mientras apuntaba con el dedo al la entrada de la posada.

— Por ese camino mi mamá y mi papá me llevan a Fortdale, una vez les pregunté que ciudad hay después, y me dijeron que no hay ninguna, que esa es la última ciudad de Malengrad— contestó la pequeña.

Anna abrió los ojos de par en par al escuchar aquella respuesta, y muy lentamente se puso de pie sin retirar su mirada del camino, pues no fue difícil atar cabos y darse cuenta de que se encontraban muy cerca de la frontera de Arandelle. En ese momento, Anna miró la montaña que se veía a lo lejos, y se dio cuenta de que era la misma que había visto casi un año antes al embarcarse hacia las islas del sur, por lo que casi de inmediato sintió lagrimas formarse en sus ojos, no podía creer que se encontrase tan cerca de su hogar, y al mismo tiempo, tan lejos de él.

— ¡Anna! — prácticamente rugió Florian desde la entrada de la posada. Al escuchar aquella voz, la niña se asustó y se escondió en las faldas de la princesa.

— Aquí estoy — respondió Anna, mientras ponía una mano sobre la nuca de la niña, haciéndole entender que todo estaría bien— Felicidades majestad, ha asustado a una de sus súbditas — dijo sarcásticamente la chica en tanto sentía el cuerpo de la pequeña acercarse más a ella.

— ¡Oh!— exclamó el príncipe visiblemente contrariado al ver a la niña asustada.

— ¿Quién es ella? — preguntó Florian casi preocupado.

— Es la hija del posadero — contestó la chica.

— Lo lamento mucho señorita no quise asustarla — dijo Florian casi galantemente, por lo que la niña pareció calmarse y se alejó un poco de Anna.

— Lo lamento Majestad — se disculpo la esposa del posadero quien se acercó hacia ellos y tomó a Adele en sus brazos. La mujer hizo una leve reverencia y se retiró rápidamente en tanto la niña se despedía con la mano.

— Adiós— dijo Adele.

— Adiós — contestó Anna, en tanto Florian se limitaba a responderle el gesto con la mano.

—Le creaste una gran impresión, Florian — se burlo Anna una vez estuvieron solos nuevamente.

— Genial, simplemente genial — se quejó Florian en tanto se frotaba las sienes — justamente lo que necesitaba, otro súbdito más que cree que soy una especie de monstruo tiránico y desalmado — comentó completamente exasperado.

— No es difícil pensarlo, considerando todo lo que has hecho últimamente — dijo la princesa en tanto los dos se dirigían al comedor del restaurante.

— Tu sabes que nada es personal, solo se trata de política, tu hubieras hecho lo mismo— comentó descuidadamente en tanto los dos finalmente se sentaban a la mesa.

— Queremos dos "menús del día" — pidió Florian, antes de dirigir nuevamente a Anna.

— Yo no haría lo mismo, ¡nos llevaste a la guerra! — exclamó Anna al escuchar su acusación.

— ¿Así que tu no harías lo mismo que yo he hecho si estuvieras en mi posición? — preguntó Florian más para sí mismo que para la chica — así que aquellas veces en que trataste de apuñalarme, y esa ocasión en la que trataste de seducirme para robarme información ¿realmente no sucedieron? ¿fueron tan solo un sueño? — preguntó Florian.

Anna no respondió, tan solo se mordió el interior de su mejilla, mientras que sentía que se ruborizaba hasta la medula. Era obvio que no debió haber comenzado una guerra de palabras con Florian, pues estaba condenada a perder.

— Puede que yo no sea perfecta, pero Elsa tampoco…

— ¿Acaso intentas convencerme de que tu hermana no usaría las mismas armas que yo he utilizado? — preguntó Florian burlonamente. La princesa no contestó, ya que él le había adivinado el pensamiento.

— Anna, ni tu misma puedes creer en tus palabras, ¿no es verdad? — preguntó el príncipe — si aún pensaras así, entonces sabría no has aprendido nada en este último año. La verdad es que ninguno de los dos es un ángel, tu hermana tampoco lo es. Pero eso no importa, nacimos como nacimos, los dos somos nobles, y nosotros tenemos el poder, es normal que queramos conservarlo.

— Yo no quiero el poder— Aseguro Anna sin emoción en su voz.

— Pero quieres que tu hermana lo tenga— Aseguró Florian, quien después tomo un trago de su bebida, Pero Anna no respondió enseguida.

— ¿Es acaso es un pecado? — preguntó Anna en el tono arrogante que a menudo usaba Florian.

— En absoluto— contestó Florian — no es un pecado querer el poder. Lo curioso de todo el asunto, mi querida Anna, es que pese a lo que yo diga, no es solo propio de los nobles quererlo, te aseguro que hasta el mayor de los demócratas y republicanos se enamoraría de una posición como la de tu hermana. Así que si quieres odiarme, será mejor que lo hagas por motivos personales, pero no trates de meter moralidad en todo este asunto, porque sería bastante hipócrita de tu parte tratar de jugar a los "buenos y los malos"— concluyó el príncipe mientras comía de su plato de la misma forma elegante y aristócrata en la que siempre se comportaba.

Anna se quedó observando fijamente al hombre frente a ella, puede que hubiera pasado un año desde la primera vez en que se vieron, pero una vez más, podía ver al mismo sujeto que había conocido la noche del baile de invierno.

— Este mundo es un lugar complicado — fue lo único que Anna atinó a señalar.

— Sin lugar a dudas mi querida Anna — afirmó el príncipe alegremente.

Fue cuestión de minutos antes de que la pareja reanudara su viaje, y tal y cómo la niña lo había anticipado, se acercaba a Fortdale, una ciudad costera precedida por adustas e imponentes murallas militares. Mientras pasaban por la ciudad, Anna intentó observar lo más posible a través del cristal del carruaje, y no se sorprendió al ver un agitado de movimiento de soldados.

— Las tropas de Arandelle están cerca — dijo Anna muy seria.

— ¿Por qué lo crees? — preguntó Florian apartando su mirada de su propia ventana y dirigiéndola a ella.

— Soy joven, no estúpida. Si no fuera así, no habría tantos soldados — contestó Anna dirigiéndole una sonrisa cargada de ironía, pero no escuchó respuesta alguna.

Anna pensó que se dirigirían de inmediato a la mansión que la corona tenía en esa parte del país, en cambio, se dirigieron a una cabaña en la playa, la que por su apariencia, debía pertenecer a un oficial de alto nivel o un empleado prestigioso, ya que contaba con todas las comodidades.

— Hemos llegado, majestad —anunció el cochero.

— Es hora de bajar — le ordenó Florian a Anna

En cuanto Anna puso un pie en el piso, se dio cuenta de que los habitantes de aquella casa no esperaban la visita del príncipe, ya que las mucamas pese a que hacían una pronunciada reverencia para recibirlos, traían puesto el traje de diario, no su uniforme formal. Igualmente, los dueños de la casa: un hombre maduro de mediana edad, una mujer mayor , dos chicas adolecentes y tres muchachos, que cuando mucho tendrían catorce años, no parecían vestidos para la ocasión. Después de todo, el mismísimo príncipe regente, en persona, había viajado kilómetros solo para hablar con uno de ellos.

— Su majestad, es un honor tenerlo con nosotros — saludó el hombre de mediana edad.

— Gracias, Lambert, lamento interrumpir tus vacaciones familiares, pero hay algo que debo discutir contigo en privado — respondió Florian atentamente, tras dirigir el saludo que correspondía a las mujeres de la casa, con todo el rigor del protocolo palaciego.

— No hay problema majestad, Por favor Marie, si eres tan amable de invitar a la princesa a un taza de té en el salón — le indicó el sujeto a la mujer en tanto ella se acercaba a la chica, con el fin de seguir las instrucciones de su esposo. Sin embargo, Florian interrumpió toda la escena.

— Me temo que no podrá ser. Necesito que Anna escuche esta conversación—

— oh — exclamó Lambert sorprendido — entiendo, por favor síganme al despacho.

Anna y Florian siguieron al sujeto hasta una elegante oficina, en la que la chica pudo deducir que aquel personaje debía ser el abogado personal del príncipe, ya que aquel salón estaba inundado con documentos legales, códigos y diferentes estatuillas que representaban la justicia, con su balanza , ojos vendados y la espada en la mano.

— Lambert, tu sabes bien porque la he traído— comenzó Florian sin mayor ceremonia, una vez todos se hallaron en sus asientos. — necesito que me digas que hallaste en Arandelle, ¿Será legal nuestro matrimonio, o no? — preguntó el príncipe mientras entrelazaba los dedos de sus manos sobre su regazo.

— Me temo que no traigo buenas noticias— comenzó el abogado mientras se ponía sus gafas. — las leyes de Arandelle indican que la mayoría de edad se cumple a los 21 años. Hasta entonces, la princesa solo podrá contraer matrimonio con permiso de su tutor, que en este caso, es la reina Elsa, de lo contrario se considerara completamente nulo— afirmó cada vez más preocupado, en tanto tanto Florian lo miraba estupefacto.

— Eso es completamente ridículo, en Malengrad la mayoría de edad es a los 18 años, no puedo mantener una guerra por dos años hasta que ella cumpla los 21 — dijo Florian subiendo cada vez más la voz.

— ¡Ha! Para un hombre como tú, que tiene reputación de ser "inteligente", es sorprendente que no hubieras contemplado aquella posibilidad. No puedo creer que nunca hubieras pensado en que Elsa de seguro te negaría su autorización— se burlo Anna cruelmente.

— Eso se debe, a que se suponía que ella estaría muerta para cuando nos casáramos — gritó Florian, por lo que Anna lo miró con resentimiento.

— Miserable… — gruñó la chica.

— Debe de existir una solución— dijo Florian a su abogado, como si no hubiera escuchado a Anna.

— He pensado en dos posibilidades, pero ambas rozan la ilegalidad — comentó el abogado — la primera, básicamente consiste en ganar la guerra y unificar las leyes de los dos países, una vez se hallan tomado los territorios de Arandelle— continuo Lambert.

— Como si eso fuera tan fácil — murmuró Florian por lo bajo — ¿Cuál es la segunda? — Preguntó el príncipe con impaciencia.

— Cásese con la princesa Anna, y consume el matrimonio lo más rápido posible, con la mayor discreción para que su hermana no tenga posibilidad de oponerse. Una vez halla un heredero, ni la mismísima reina Elsa se atrevería a pedir la nulidad del matrimonio, sería una locura si lo hiciera — dijo el sujeto con voz profunda.

— ¡Claro que no! — exclamó Anna indignada — mi hermana pediría la nulidad sin pensarlo dos veces, sin importar que yo esté embarazada.

— ¿De verdad crees eso, Anna? — preguntó Florian con una sonrisa irónica en sus labios — ¿Acaso crees que tu amada hermana te convertiría en una marginada? Es raro que tu no conozcas a tu propia corte, pero Arandelle tiene unas de las noblezas más conservadoras y moralistas de todo el continente, y tu te verías soltera y con un hijo, es obvio que jamás podrás volver a poner un pie en el castillo de Elsa, y ni hablar de las disputas por la corona que ello traería en el futuro — continuó el príncipe calculadoramente mientras entrecruzaba sus manos sobre su regazo.

— Hipotéticamente hablando, podría darse la posibilidad de que Elsa nunca perdiera el miedo al contacto humano, en cuyo caso, es obvio que jamás podrá concevir, entonces, tu hijo, un niño bastardo, tendría que ocupar el trono, pero no creo que los miembros más conservadores lo toleren, e incluso muchos que tan solo quieren mas poder podrían usarlo como herramienta. Para mi, es claro que tu hijo no llegaría a la adolescencia, alguien lo mataría antes de que comience a incomodar sin que tu puedas hacer nada para salvarlo. — continuó Florian.

— En cambio, si ella termina por aceptarlo, la unión sería muy beneficiosa, sin importar cual sea el resultado de la guerra— opinó el príncipe con una sonrisa. En ese momento, alguien tocó la puerta.

— Adelante— dijo Florian, en tanto uno de sus pajes entraba, dirigía una leve reverencia a los demás y le susurraba unas breves palabras al príncipe. Anna vio con sorpresa como se formaba una amplía sonrisa en el rostro del regente.

— Sígueme Anna, hay alguien que se muere por hablar contigo — dijo Florian casi a modo de burla. El príncipe se paró a toda velocidad de su asiento por lo que a la chica no le quedó más remedio que seguirlo a pasos agigantados hasta la entrada de la casa mientras se preguntaba de quien se trataría.

— ¿Qué está haciendo él aquí? — preguntó Anna furiosa, al ver al mismísimo príncipe Hans de las Islas del Sur parado en la entrada de la casa, mientras la miraba con una expresión que bailaba entre lo fastidiada y aburrida.

— Lo mismo me pregunto yo — contestó Hans molesto.


Bien gente, eso fue todo. Sobre este capitulo, este fue un capitulo algo intermedio, ya que el próximo será la conclusión de toda esta historia, lo he estado planeando por casi dos años que llevo escribiendo este fic, por lo que estoy muy emocionada. Sé que este fue un cap algo lento pero lo necesitaba para dar conclusión a varias líneas que abrí en los primeros capítulos, como el hecho, (no sé si lo recuerdan) de que Elsa desde el principio prefirió a Dominic, en realidad, a ella le gustaba Dominic, así que quería darle conclusión a esa parte de la historia. Adicionalmente necesitaba enlazar a lo que va a pasar en el siguiente capitulo y en el epilogo.

Sobre las escenas, hay dos que quiero señalar, la primera es la de Elsa y Petra, cuando Elsa reconoce que quiere ser reina, recuerdo que estuve planeando esto desde hace casi dos años que empecé con este fic, la repetía una y otra vez en mi cabeza imaginándome a las dos decir el dialogo, con la entonación y todo, fue a partir de esta escena en que comencé a pensar en la trama, porque quería un momento en que Elsa se parara y al mejor estilo de juego de tronos, reconociera que ella quiere el poder, que ella es la reina y que no va a dejar que nadie se lo quite.

He leído algunos análisis de la peli en tumbrl, y siempre tocan el tema de la ansiedad, y los traumas de la niñez, etc, etc, etc. Pero esa parte no me interesaba mucho, quería, en cambio, poner de presente que a veces a la gente le importan un rábano tus problemas, y que el mundo es un lugar salvaje, en el que comes o te comen, y quería que ella se viera fuerte, dispuesta a comerse al planeta entero de ser necesario, la verdad es que no quedé convencida con el dialogo, pero creo que en términos generales me gustó.

Y la segunda se da cuando Florian le plantea a Anna la posibilidad de quedar embarazada por fuera del matrimonio. Debo reconocer que todo el asunto me dio risa mientras lo escribía, ese problema está un poco pasado de moda, obviamente es un sin sentido hoy en día. Pero yo misma me tuve que recordar que se supone que la historia se desarrolla en mas o menos entre 1840-1860, y ese era todo un drama en esa época, ni pensar que le sucediera a una noble como.

Hoy no voy a responder los reviews, porque nuevamente me he tomado demasiado tiempo para actualizar y me da vergüenza hacerlo, pero si quería hacer referencia a varios comentarios que recibí en el anterior capitulo, porque me parecieron muy interesantes. Alguien me señaló que pareciera que la pobre Elsa tiene cero habilidades románticas, ya que siempre se hace referencia a que es Anna quien tiene la responsabilidad de tener herederos.

No es que quiera despreciar a Elsa, ni mucho menos, la verdad es que pensé que sería evidente que nadie apostaría un peso por Elsa, ya que la pobre no sale de su cuarto, y no puede siquiera tocar a una persona sin sus guantes puestos mucho menos va a poder tener un bebe en esas circunstancias, primero, sería necesario que ella superara esa condición, mientras tanto, todo el mundo confiaría en Anna para continuar la línea de sucesión. Pero, como dije antes, pensé que era "evidente", ese fue mi error, porque si algo he aprendido en los últimos meses, es que si uno tiene que explicar y justificar su historia a una buena parte de su publico, es porque está mal escrita, de eso no hay vuelta de hoja, así que me disculpo por no haber precisado en ese punto, sería el colmo si me pusiera a culpar a mis lectores por no adivinarme el pensamiento a través de un par de escenas confusas y que están en el subtexto.

Igualmente, les agradezco todos sus comentarios y suscripciones, en especial porque no creí recibir ningún comentario, ni que nadie continuara leyendo este fic, también porque esta no es una pareja muy popular dentro del fandom en español, pero me alegra que siempre halla un par de lectores que disfruten con esta historia, que sé a la perfección que puede llegar a ser algo pesada en algunos momentos.

Creo que eso es todo, me despido, adiós. :D.