Disclaimer: Frozen es propiedad del ratón gringo, no es mía.

[El fin…]

— ¿Qué estas haciendo aquí? — preguntó Anna nuevamente mientras miraba a Hans con recelo.

— Tras el ataque de tu hermana a las Islas del Sur, temí que mis nuevos aliados, fueran a asustarse y a traicionarme, así que les pedí una prueba de que aún podía confiar en ellos, y me lo mandaron a él— dijo Florian calmadamente mientras tomaba un poco de heno y le daba de comer a los caballos de su carruaje.

— Eres un rehén, como yo — dijo Anna sin emoción en su voz, en tanto miraba a Hans.

Anna no había pensado mucho en el príncipe de las Islas del Sur desde que dejó aquel país, sin embargo, nuevamente, recordaba aquel sentimiento de compasión que le había despertado el sujeto, después de todo, estaba más que claro, que si él moría nadie lo extrañaría, y mientras que Elsa se encontraba haciendo todo lo posible por sacarla de aquel peligro, Hans fue enviado voluntariamente por sus hermanos, a pesar de que había detenido una inminente guerra con Malengrad, y que era uno de sus mejores oficiales.

— No es necesario que me mires así, Anna — comentó Hans con desprecio en su voz .

— ¡Lambert! — llamó Florian al abogado quien ahora se encontraba en la puerta de la casa con ellos — necesito que llames al párroco de Fortdale, o a un juez, o a quien sea, no importa, solamente necesito a alguien que nos pueda casar en este preciso momento — comentó casualmente el príncipe, mientras seguía consintiendo a sus caballos.

— Sí señor, mandaré un mensajero por él, cuando mucho se tardará tres horas — contestó el abogado.

En aquel momento, tanto Anna como Hans lo miraron entre sorprendidos y horrorizados, esta vez, la princesa sabía que no había forma de escapar. Aun así, la chica inspeccionó los alrededores, casi desesperada, debía hallar una forma de salir de ese lugar, simplemente, no podía darse por vencida, más aún cuando se encontraba tan cerca de Arandelle. En ese momento, ella se percató de que el príncipe de las Islas del Sur parecía casi tan preocupado cómo ella, y la pregunta era: ¿por qué?.

— Estoy cansada— dijo Anna desanimada, y con la firme convicción de que pronto se daría por vencida.

— Yo me dirijo al campo de Batalla, si quieres, puedo llevarte al castillo de campo, no tengo que desviarme gran cosa, será sencillo — dijo Hans despreocupadamente, por lo que Anna lo miró casi asustada por su repentino cambio de humor. Florian volteó muy lentamente, mirando a Hans y a la chica por encima de su hombro.

— No parece una mala idea — asintió el príncipe regente — Lambert pronto llegará con la persona que puede casarnos, y tu tendrás un par de horas para descansar, en realidad, creo que es una excelente idea — comentó sonriente. Anna no sabía que pensar, hasta que Florian se acercó a ella, y le puso los grilletes nuevamente.

— Espero que no me odies por esto, pero es necesario — dijo el príncipe quien después le dio un amable beso en la frente. Anna no fue capaz de decir nada, tan solo lo miró mientras sentía que una fuerte presión en el pecho le impedía respirar con facilidad.

— Será mejor que nos demos prisa — intervino Hans rompiendo con la incómoda atmosfera que se había formado entre Anna y Florian.

Hans tomó a Anna del codo y la condujo hasta su propio carruaje mientras que la chica guardaba silencio, pues no quería darle la oportunidad al príncipe para que la ridiculizara con sus hirientes comentarios, o se burlara de ella en un momento como aquel.

— Por fin estamos solos— exhaló Hans quien parecía mucho más relajado. — Tenemos que sacarte de este país, tenemos que llevarte a Arandelle — dijo el príncipe.

— ¿Qué? ¿de que estás hablando, yo pensé que solo me habías ayudado porque querías que el precio del trigo subiera, a ti que te importa lo que me pase? — preguntó Anna resentida.

— ¿Es que acaso no lo sabes? ¿tu hermana no te ha informado de nada? — preguntó Hans aún más preocupado.

— ¿ Cómo podría haberlo hecho? — dijo Anna casi ofendida — he estado en prisión por casi dos meses, Florian no me deja sola ni un minuto, es más, creo que esta es la primera vez en meses, en que él me da tanta libertad— se quejó la chica en tanto miraba sus grilletes, pues era irónico que estuviera hablando de libertad en tanto tenía aquel artefacto en las manos.

— Yo he estado trabajando como espía desde que tu hermana congeló el puerto— confesó Hans — La opinión publica de las Islas del Sur nunca quiso la alianza con Malengrad, criticaron a la familia real por haber planeado esta guerra, y después pasó lo de la nevada… — declaró Hans preocupado.

— ¿La nevada?.

— No finjas, tu sabes perfectamente que tu hermana sepultó la mitad de los barcos de las Islas del Sur, perdimos una buena parte de nuestra flota. Y ahora que queremos dejar esta guerra, Florian no nos lo permitirá, perdimos nuestra mejor arma gracias a Elsa, ahora está más que claro que él es el más fuerte de toda la región — explicó Hans preocupado.

— Eso no explica porque estás acá— preguntó Anna.

— Yo fui el que nos llevó a esta guerra, yo soy el que debe terminarla, todo este desastre es mi culpa, y solo se terminará hasta que uno de ellos se rinda, y si Florian se sale con la suya, tu hermana nos sepultará a todos en la nieve. Es necesario que Malengrad pierda la guerra — aclaró Hans en tanto miraba fijamente la ventana.

En ese momento, Anna vio un aspecto del príncipe de las Islas del Sur que no conocía. Al parecer, detrás de su frio exterior, había si quiera algo de consciencia.

— Pensé que no te importaba nadie más que tu mismo — dijo Anna.

— Esto es diferente, mis acciones jamás habían afectado a mi reino de esta manera. Perdimos casi cuatro mil hombres en el ataque de tu hermana, eso es demasiado, incluso para mí. Fue por eso que me ofrecí como voluntario para venir a Malengrad, como rehén de la familia real— aclaró Hans, en tanto que Anna no podía más que sentir una leve punzada de admiración por el treceavo y poco afortunado príncipe.

— Gracias por tu ayuda Hans — agradeció la chica.

— Guárdate tus comentarios sentimentales — resopló el príncipe mirándola a los ojos con el mayor odio que nunca hubiera visto en una persona — algún día, tu hermana morirá, ya sea por vejez o por alguna otra causa, y cuando su magia se extinga, te prometo que las Islas del Sur se vengarán de ustedes, puede que yo ya no lo pueda ver, pero así será. La familia Westergard siempre paga sus deudas, y esto no se quedará así — reprochó Hans.

Anna hubiera querido decirle que todo era culpa suya y de sus hermanos, por su ambición, pero no estaba de humor para empezar una disputa, justamente, con la única persona que parecía dispuesta a ayudarla en un momento cómo aquel.

— Tengo un plan — dijo Hans de repente, por lo que aquellas palabras llamaron la atención de Anna.

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Kristoff y Elsa habían llegado a Bert hacía dos horas, y desde el mismo momento en que se bajaron del carruaje, la reina no había tenido un solo momento libre, por lo que el montañés, comenzó a dar breves paseos por los alrededores.

— ¿Está seguro de que no hay otra forma de pasar la frontera más que por el campo de batalla? — preguntó el recolector de hielo a uno de los centinelas del campamento.

— Bien… se puede viajar a través de la montaña, pero no es una apuesta segura, tendrías que ser un experto escalador o un loco para viajar por allí en la mitad de la noche— respondió el sujeto, en tanto que Kristoff planeaba una manera para pasar hacía Malengrad y evitar al ejercito de Florian.

— Kristoff, necesito hablar contigo — lo llamó la reina en tanto el centinela con el que se encontraba hablando hacía una breve reverencia.

— En privado — agregó Elsa antes de guiarlo hasta su tienda de campaña.

— Tu eres el único que puede ayudarme — comenzó la reina casi sin aliento y en tanto le mostraba un pedazo de papel— esta es una carta de uno de mis espías al otro lado de la frontera, al parecer, se encontró con Anna, ella y Florian se encuentras en Fortdale, él planea ayudar a Anna a escapar esta noche, van a pasar la frontera por la montaña, e incluso me dio las coordenadas del sitio que será su punto de encuentro. ¿Podrías ayudarme a traer a Anna de vuelta? — preguntó la reina esperanzada.

Por su parte, Kristoff no pudo esconder la emoción, esta era la oportunidad que había estado esperando por meses, hacía un año que había regresado a Arandelle buscando una segunda oportunidad para estar finalmente junto a la princesa, y esta vez, no iba a arruinarlo.

— Cuenta conmigo — asintió Kristoff — dame un par de exploradores para que me acompañen, yo traeré a tu hermana de vuelta.

— Gracias Kristoff. — dijo la reina con una amable sonrisa en su rostro.

— Han pasado varios meses desde la última vez en la que te vi sonreír — se atrevió a decir Kritoff.

— Es la primera vez que tengo motivos para hacerlo — dijo Elsa sin dejar de hacerlo.

En ese momento, uno de los generales de Elsa entró en la tienda de campaña y sin la menor reverencia, se dirigió a la reina, estaba claro que algo muy malo había sucedido.

— Su majestad, tengo terribles noticias desde el frente— comenzó el sujeto casi sin aliento.

— El general Gushi perdió la batalla, no puede venir en nuestra ayuda, no tenemos refuerzos, estamos solos — afirmó el sujeto mientras que Elsa sentía que el color escapaba de sus mejillas.

— ¿Cuántas bajas? — preguntó Elsa quien no estaba segura de querer saber la respuesta.

— Aún no tenemos los números oficiales, pero esta batalla nos ha herido de muerte, lo mejor será declarar la rendición — dijo el general.

— No, eso es imposible, si lo hacemos nos masacrarán, perderemos Bert y todos los territorios de frontera. las Islas del Sur y Malengrad se repartirán Arandelle y no quiero ni imaginar que pasará contigo, Elsa — intervino Kristoff quien había presenciado toda la conversación.

— Joven — dijo el general dirigiéndose a Kristoff — si usted puede llevar a esos mil doscientos hombres que tenemos afuera, quienes no son más que niños, que no pasan de diecisiete años, al campo de batalla y ganarle a un ejercito de soldados profesionales que tienen las mejores armas del continente, entonces hágalo, porque de lo contrario, esto tan solo se convertirá en un carnicería — lo retó el militar quien llevaba en un su rostro todas y cada una de las muertes que había presenciado en aquel día.

— Es cierto Kristoff, con la derrota del general Gushi, Florian ganó la guerra, pareciere que este es el fin de Arandelle— comentó la reina desanimada — lo supe desde el principio, nosotros, con nuestro ejercito diminuto y nuestras armas de juguete jamás lograríamos vencer a Malengrad, también sabía que tener secuestrado a Dominc nunca sería suficiente para ganarle a Florian, pero aún no estamos acabados.

— ¿No lo estamos? — preguntó el militar.

— No, no lo estamos — dijo la reina con determinación — Aún me queda un haz bajo la manga.

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Mientras tanto, en Malengrad, Anna finalmente podía descansar en un verdadero cuarto, y no en una celda como lo había hecho en los últimos meses. Hans no le explicó a la princesa gran cosa acerca de su plan, tan solo se había limitado a indicarle que aquella misma noche partirían hacía Arandelle, sin embargo, esto no terminaba de tranquilizar a la chica quien sabía perfectamente que pronto Florian regresaría con uno de los párrocos rurales de Fortdale.

En aquel momento, una de las mucamas del castillo entró a su cuarto cargando consigo una bandeja con un fino juego de té.

— Buenas tardes Majestad — dijo la chica formalmente en tanto hacía una reverencia.

— Buenas tardes, por favor sigue — contestó Anna indicándole que entrara a la habitación. — ¿Sabes que hora es? — Preguntó Anna.

— Son las cinco de la tarde — contestó la chica.

— ¿Alguna noticia acerca de su majestad? — preguntó Anna nuevamente refiriéndose a Florian — ¿Aún no ha llegado?

— No, majestad — contestó la mucama.

— Por favor, avíseme en cuanto llegue — le ordenó la princesa.

— Sí, majestad — asintió la muchacha antes de dejar nuevamente a Anna sola.

La chica caminó lentamente hacía la ventana, y observó los jardines de aquel lugar, que más que un castillo era una mansión de campo, sin embargo, para su desesperación, se dio cuenta de que su ventana se hallaba fuertemente custodiada por cerca de diez guardias, estaba más que claro que Florian no confiaba en ella, y que no podría escapar por sí sola de un lugar como aquel.

Era irónico, pero la última esperanza de Anna recaía en un hombre que tan solo un año y medio antes había tratado de asesinarla, y que desde entonces, no dejaba de mostrarse como un miserable traidor. Sin embargo, pese a lo mucho que le doliere, él era la única persona que podría ayudarla, aunque lo hiciera por sus propios y egoístas motivos.

Pasaron cerca de dos horas antes de que la mucama se mostrara en su habitación nuevamente.

— Su majestad — dijo la mucama haciendo la tradicional reverencia— El príncipe acabó de llegar, me ordenó que la llevara a su estudio, y me dijo que debía arreglarse lo mejor que pudiera , antes de hacerlo.

— No… — suspiró Anna, quien no tuvo que pensar mucho para deducir de que se trataba todo, al parecer, el príncipe finalmente había dejado de amenazarla e iba a casarse con ella. La princesa apenas tuvo tiempo para rehacer sus trenzas con las manos temblorosas, en tanto que daba vueltas por toda la habitación. Definitivamente, había sido una idiota por confiar en alguien como Hans, era obvio que él jamás la ayudaría. Pero la chica no pudo seguir reprochándole mentalmente al príncipe de las Islas de sur, ya que alguien toco a su puerta.

— ¡Anna! — gritó Florian — date prisa— insistió el regente.

— No voy a salir — respondió Anna, quien, en un arranque de furia había tomado la determinación de no dejar que las cosas fueran tan fáciles para Florian, si el quería una victoria, le costaría, porque ella no iba a ceder.

— ¡Anna! — Gritó Florian esta vez más fuerte, y con mayor rabia, en tanto golpeaba la puerta con una de sus manos. Pero la princesa no contestó, al ver aquello, la mucama, quien se hallaba aterrada por toda la escena, corrió hacía la puerta. Por un momento, Anna pensó en detenerla, pero aquello no era buena idea, después de todo, aquella chica seguía siendo súbdita de Florian y si no le abría la puerta, podrían juzgarla por traición o algo parecido.

— Ven conmigo — dijo furioso Florian en tanto que finalmente entraba a la habitación de Anna, y fue en aquel instante, cuando la chica se dio cuenta de que tenía un pistola en sus manos.

— No — repitió Anna con su vista fija en el artefacto.

— No hay caso Anna — dijo Florian con una sonrisa algo macabra en sus labios— acabé de recibir noticas del frente, el último gran regimiento de tu hermana fue derrotado, es un hecho, Malengrad y las Islas del Sur ganamos la guerra, a tu hermana no le quedan más que un puñado de hombres que tiene en la frontera, no hace falta más que una orden para que sean masacrados, jamás lograrán ganarle a mi ejercito. — le explicó el regente con gran satisfacción.

— E-eso no e-es cierto — tartamudeo la chica horrorizada.

— Es verdad — dijo una voz conocida desde la entrada, se trataba de Hans , quien a pesar de la victoria no mostraba emoción alguna.

— Arandelle fue derrotado — dijo el príncipe Hans — Malengrad ganó.

— Malengrad y las Islas del Sur — aclaró Florian.

— Honestamente, yo no creo que las Islas del Sur hallan ganado nada en esta guerra, más que una flota hundida y muchas muertes, mientras que los ejércitos de Malengrad pelearon poco y ganaron mucho — dijo Hans con resentimiento en su voz.

— No te preocupes Hans — comenzó Florian en un tono condescendiente y engreído, pero sin dejar de mirar a Anna a los ojos— puedes decirle a tus hermanos que yo no soy de la clase de personas que se olvidan fácilmente de sus aliados— concluyó casi alegremente, justo en el tono que usaría un ganador cuando se regodea frente a las personas a las que acaba de vencer.

— Ese es el punto Florian, tú no eres nuestro aliado, después de tantos años de guerra, es muy difícil que lo seamos. Y ahora nos tienes a todos donde siempre nos quisiste: a Arandelle, con un ejercito completamente destrozado, y a las Islas del Sur sin la mitad de su flota, parece que por donde lo mire eres el ganador— concluyó Hans sin emoción.

Anna entendió en aquel instante porque Hans no cumplió su promesa de ayudarla a escapar, pues si Elsa ya había perdido la guerra, ya no había motivo por el que seguir luchando, lo único que les quedaba a los dos príncipes era aceptar su destino como los grandes perdedores en todo ese asunto.

— Ven conmigo Anna — dijo Florian en tanto tomaba firmemente la quijada de Anna, mientras que ella sentía sus ojos pesados por las lágrimas. De repente, el príncipe regente se agachó y la besó en los labios.

— Te prometo que trataré de que todo este asunto no sea tan penoso para ti— murmuró el príncipe sin despegar su frente de la de Anna.

Anna no contestó, tan solo dejó que Florian le tomara la mano y la guiara hasta su oficina en donde los esperaba un juez, que se hallaba completamente vestido con su toga y peluca.

— No conseguí a un párroco— dijo Florian — espero que no te moleste que nos casemos en una ceremonia civil.

— Hans — llamó el regente al príncipe, quien los había seguido a la oficina, pero que ahora parecía dispuesto a irse — espera, necesitamos un testigo, lo mejor será que tu te quedes — afirmó Florian.

La ceremonia trascurrió rápidamente, en realidad, Anna no estaba segura de que aquello se pudiera llamar así, pues tan solo había consistido en un breve discurso del juez quien les leyó sin emoción algunos artículos de la ley, y les explicó que en aquel país no existía el divorcio. Después, la princesa y Florian firmaron rápidamente la escritura, y si bien, a la chica le tembló la mano al hacerlo, no había vuelta de hoja, estaban finalmente casados.

— Felicidades — dijo Hans en el tono más lúgubre que Anna nunca le hubiera escuchado utilizar — este ha sido por mucho el peor matrimonio al que he asistido, por lo menos espero que halla ponqué, y alcohol, mucho alcohol, lo necesitaré — se quejó el príncipe de las Islas del Sur amargamente, quien después le dirigió una mirada a la princesa.

— Aunque creo que ella lo necesitara más, litros y litros de champagne — se burló el príncipe de las Islas del Sur, por lo que Florian le dedicó un mirada severa.

— Ya déjala en paz — dijo el príncipe.

Por su parte, Anna quien aún seguía sentada en la silla de Florian, miraba la escritura de matrimonio como si se tratara de su sentencia de muerte. En ese momento, el regente se sentó a su lado, y la miró con compasión.

— Anna, por favor, sé que esto no es lo que tu deseabas, pero no es la primera vez que un miembro de una casa real se casa con otro noble por conveniencia, si tus padres estuvieran vivos, probablemente, nos hubiéramos casado hace mucho tiempo, era solo cuestión de tiempo antes de que se diera esta alianza— trató de reconfortarla el príncipe, quien, al no ver reacción alguna en Anna tomó su mano.

— Te prometo que trataré de hacer todo esto más llevadero para los dos, no planeo hacerte daño — dijo. Por su parte, Anna no sabía que pensar, tan solo se enfocó en la mano de Florian, pues no quería que él la tocara, el solo contacto de su piel contra la del príncipe le era desagradable, frio, casi como...

— ¡Nieve! — gritó Hans en tanto señalaba la ventana.

— Eso es imposible, aún no estamos en temporada invernal falta, por lo menos un mes… — comenzó el príncipe en tanto se levantaba de su silla, pero las palabras murieron en su boca al ver como caían enormes y sobrenaturales copos en la parte de afuera del edificio.

— Esto no puede ser posible… — dijo el príncipe en tanto dejaba su oficina. Anna pensó en seguirlo, al ver el gran escandalo que comenzaba a formarse en los corredores de la mansión. Al parecer, el personal del castillo estaban tan sorprendidos como el futuro rey.

— Ven conmigo — dijo Hans— tengo un plan, pero necesitamos ponerlo en marcha ahora que todos están distraídos — le indicó mientras tomaba fuertemente su mano y la guiaba por los corredores del castillo.

En el palacio, los soldados y personal de servicio estaban tan entretenidos viendo por las ventanas la inusual ventisca que nadie se fijó en los dos príncipes que cruzaban los pasillos, y la escalera de servicio hasta los establos.

— Es una suerte que halla preparado todo — dijo Hans mientras le indicaba que subiera a una carreta completamente lista para ser montada — por su puesto, la nieve de tu hermana hará mucho más difícil el viaje, pero todo va tal y como lo planee— afirmó el príncipe muy seguro de sí mismo.

— En marcha — gritó Hans en tanto sacaba la carreta por los establos.

Hans guió los animales a través del bosque, por un camino diferente al principal, de seguro se trataba de un sendero secreto o una vía militar paralela.

— Para estas alturas, Florian ya debe haberse dado cuenta de que no estás, tenemos que cambiarnos — dijo el príncipe .

— ¿Cambiarnos? — preguntó Anna sorprendida.

— Sí, cambiarnos de ropa— explicó Hans en tanto descubría un baúl que se hallaba tapado por un trozo de tela. — tuve la tarde para planear esto. — aclaró el príncipe muy orgulloso en tanto le pasaba unas piezas de ropa a la princesa.

— Si tenías esto planeado, ¿por qué dejaste que me casara con Florian? — le reprochó Anna.

— Elsa había perdido la guerra, no había punto en seguir con este plan. Nadie quiere arriesgar su pellejo por una causa que está perdida desde el principio — opinó el príncipe, con su tradicional chispa y sarcasmo completamente renovado, se notaba que estaba feliz.

— Así que tus hermanos tampoco quieren que Florian gane la guerra— empezó nuevamente Anna.

— Claro que no, en las circunstancias en las que tu hermana dejó nuestro puerto y nuestros barcos, podríamos ser victimas de una invasión en cualquier momento, y lo último que necesita ese miserable es más poder, si él gana la guerra con Arandelle, después de destrozar tu reino nos masacrará a nosotros — le respondió el príncipe.

— Perfecto, entonces, creo que por ahora vamos en el mismo barco— asintió Anna en tanto que rápidamente comenzaba a desvestirse.

— No espíes — le gritó la chica a Hans quien se encontraba al otro lado de la carreta.

— Como si hubiera algo interesante que espiar — se burló irónicamente Hans, por lo que un zapato le cayó justo en la cabeza.

— ¡Ouch! — se quejó— quiero decir, ya te vi las piernas cuando te levanté la falda aquella noche en las Islas de Sur, y ya sé que son flacas, no me pierdo de nada— continuó, por lo que el segundo zapato le golpeo nuevamente la cabeza.

— Vaya manera de tratar a tu salvador — dijo el príncipe mientras se frotaba la nuca

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Kristoff no dio crédito a lo que sus ojos vieron aquella noche. Era increíble pero cierto, Elsa había desplegado toda la furia de sus poderes contra Malengrad. Pero lo más sobrecogedor de todo, fue cuando la reina le ordenó que fuera con sus dos exploradores a buscar el punto de encuentro en donde recogería a Anna y al espía que viajaría con ella.

Por su puesto, las condiciones habían cambiado, pues ya de por sí, era difícil, cruzar la montaña, pero hacerlo en medio de la nieve sería doblemente complicado. A pesar de ello, Kristoff era un hombre de invierno, el hielo era su elemento y jamás dejaría que aquello lo acobardara.

Ya era casi media noche cuando finalmente Kristoff alcanzó el punto de encuentro pactado con el espía de Elsa. Al parecer, el sujeto no había podido elegir un mejor lugar para encontrarse, pues estaba completamente perdido en la mitad del bosque y protegido por todos los arboles cercanos.

Kristoff vio una sombra aparecer a lo lejos, se trataba de una pareja que caminaba por la penumbra, abriéndose camino entre la espesa capa nieve que se había formado en la parte de la frontera que se extendía hacía Malengrad. En ese momento, el par de exploradores que Elsa había enviado para hacerle compañía, levantaron sus bayonetas y apuntaron a los extraños.

— No, esperen, bajen sus armas— gritó Kristoff, ya que tras una mirada en su catalejo, se dio cuenta de que se trataba de Anna y una persona que el montañés no pudo distinguir.

— ¿Hans? ¿Qué está haciendo aquí? —se preguntó el recolector de hielo al ver al príncipe caminando junto a Anna, mientras que iba vestido como un campesino.

— ¡Anna! — exclamó Kristoff feliz cómo no se había sentido en mucho tiempo, al tenerla nuevamente en sus brazos.

— Kristoff… — suspiró Anna mientras respondía el gesto.

El calor de aquel abrazo, sería algo que Kristoff que jamás olvidaría por el resto de su vida. El último par de meses, habían trascurrido entre preocupación e insomnio, preguntándose si ella estaría bien, si sobreviviría a la rabia de Florian, y finalmente, tras todo ese sufrimiento, se encontraban el uno al otro nuevamente. Para su sorpresa, Anna tomó su rostro con ambas manos y lo beso en los labios, aquel gesto fue parecido al que compartieron el día en que el recolector de hielo se marchó de Arandelle, tan lleno de necesidad, y pasión contenida que fue capaz de sobrecoger a un hombre frio como él.

— Hay por favor — murmuró Hans cruzándose de brazos.

— ¿Qué esta haciendo él aquí? — preguntó Kristoff molesto.

— ¿Qué no es obvio? — contrainterrogó Hans arrogantemente — soy el espía de la reina

— Tu.

— Sí, yo. No voy a explicarle a un recolector de hielo los pormenores de la política exterior de mi país, así que será mejor que volvamos al campamento, lo más rápido posible— indicó Hans quien parecía impaciente por cruzar la frontera hacía Arandelle.

— Entendido — asintió Kristoff quien no pudo discutir con la recomendación del príncipe.

El grupo comenzó su lento descenso de la montaña hacía el costado de Arandelle, pero no pasó mucho tiempo antes de que uno de los exploradores pareciera impacientarse.

— Señor — dijo refiriéndose a Kristoff — creo que vi a un par de hombres. Nos están siguiendo — afirmó.

— Separémonos — recomendó Hans — soldados —dijo refiriéndose al par de exploradores — ustedes vienen conmigo, Anna y el recolector de hielo, irán por otro camino. Si se trata de guardias de Florian, ellos nos seguirán y probablemente ignoraran a una inofensiva pareja de campesinos, hay que esperar que no sean muchos, y que podamos enfrentarlos con nuestras armas — indicó el príncipe.

Una parte de Kristoff, hubiera querido rebatir las instrucciones de Hans, pero estaba claro que aquel sujeto era un verdadero soldado, y uno de los mejores. Así, que aunque no le gustase, tendría que confiar en su buen juicio, después de todo, el recolector de hielo podría ser muy valiente, pero jamás había estado en una batalla de verdad.

— Florian podría haber mandado más hombres — dijo Kristoff preocupado por tener que enfrentarse a un pequeño pelotón con tan solo tres hombres y un par de armas.

— Puede ser — aceptó Hans, — pero también puede darse la posibilidad de que prefiriera moverse rápido para alcanzar a Anna antes de que cruce la frontera, en cuyo caso, viajará con tan solo un par de soldados. No es práctico viajar con todo un pelotón, si lo que se quiere es velocidad — explicó el príncipe en tanto cargaba la pesada bayoneta que llevaba en sus manos, preparándose para lo peor, después, sacó una pistola de su bolso de viaje y se la dio a Anna.

— Lo mejor será que tu también estés preparada para lo que venga. Usa esa pistola inteligentemente, tan solo tiene un par de disparos disponibles, luego, tendrás que volver a cargarla, no es fácil hacerlo, así que piensa muy bien antes de actuar — le recomendó Hans, en tanto le pasaba una caja con pólvora.

Fue cuestión de un par de minutos antes de que el grupo se encontrara listo para separarse nuevamente. Y entonces, Hans se dirigió a Anna con una breve despedida.

—Buena suerte princesa Anna, si todo sale bien, tu y yo no tendremos que volver a vernos — dijo el príncipe con una sonrisa algo nostálgica.

— Espero que así sea. Que tengas suerte, Hans — se despidió la chica, antes de comenzar la marcha en compañía de Kristoff. Anna no sabía que pensar respecto a Hans, aquel era una de las peores personas que hubiera tenido la desgracia de conocer, había tratado de matarla en repetidas ocasiones, violarla, e incluso la había vendido como mercancía a Malengrad. Pero, a pesar de todo, ahora le debía su vida, y si la estrategia de Elsa tenía éxito, también le debería la victoria.

— Definitivamente, el mundo es un lugar complicado — suspiró Anna en tanto sostenía la mano de Kristoff.

— ¿Qué estás diciendo? — preguntó el muchacho sorprendido por el comentario.

— Nada importante, solo pensaba en voz alta — comentó. De repente, el sonido de disparos los alertó. Hans estaba en lo cierto, si había hombres siguiéndolos, de seguro se irían tras los otros militares y del príncipe.

— ¡Corre! — la apuró Kristoff en tanto halaba su mano con más fuerza, haciéndola acelerar el paso con dificultad, ya que Anna no estaba acostumbrada a caminar por el bosque de aquella manera. De repente, el sonido de una carga de pistola los hizo detenerse, era claro que alguien los había seguido.

— Ni un paso más— dijo Florian en tanto les apuntaba.

— Como…— empezó Anna quien no pudo continuar, pues fue interrumpida por el príncipe.

— No fue fácil, supongo que Hans escogió los caminos más escondidos de toda la frontera, pero un par de personas los vieron, ellos nos dieron pistas — dijo el príncipe calmadamente.

— Anna ven aquí — le indicó Florian mientras estiraba su mano haciéndole señas para que lo siguiera. Pero Anna se quedó en su puesto.

— Ninguno de ustedes está armado, y yo tengo un fusil y un cuchillo . Así que no hay forma de resistirse — dijo seriamente — ven aquí Anna — repitió el príncipe tan peligrosamente, que la chica sintió un escalofrió recorrerle por la espalda.

— No, vamos Anna, los dos podemos correr — insistió Kristoff, quien muy en el fondo, no sabía que estaba haciendo, pues no había mucha posibilidad de escape.

— Los dos sabemos que no hay caso Kristoff — murmuró Anna lo suficientemente alto como para que los dos hombres la escucharan.

— ¿Anna? — preguntó Kristoff casi horrorizado, cuando vio que ella daba un paso adelante, dándole un breve y suave beso en los labios

— Adiós — murmuró. Después, Anna se acercó lentamente a Florian, interponiéndose todo el tiempo entre el cañón de la pistola y el recolector de hielo, pues sabía que el regente no le dispararía a ella. Al ver a la chica acercarse a él, el príncipe comenzó a bajar la pistola muy lentamente.

— Volvamos al castillo, Anna, este intento de escape no tiene sentido, en todo caso, ya estamos casados, no hay vuelta atrás — comentó el príncipe.

— ¿Qué estas diciendo? — preguntó Kristoff horrorizado.

— Nos casamos hace un par de horas — dijo Florian tranquilamente. — Anna es oficialmente una princesa de Malengrad, así que te dejaré ir con vida, porque necesito que vuelvas a Arandelle, y le llevas las buenas noticias a tu reina, dile que ella puede hacer nevar todo lo que quiera, pero mi amenaza sigue en pie, si esto no cesa en un par de horas, Anna será quien disfrute de este bello clima, y yo no podré asegurar su bienestar— dijo el príncipe con resentimiento.

Por su parte, Kristoff tuvo el impulso de lanzarse en contra de aquel hombre y de ahorcarlo con sus propias manos, pero, no pudo hacerlo, ya que Anna, quien se había acercado lo suficiente a Florian, sacó su pistola de su mochila y le disparó en uno de sus brazos, sin que este se percatara de lo que estaba sucediendo. Un grito de dolor y el sonido de la pólvora rompió el silencio de aquel gélido bosque, mientras que Anna y Kristoff comenzaban a correr nuevamente.

Anna nunca entendió como corrió de aquella manera, después de todo, siempre había temido a las pendientes rocosas como aquella, a la tierra deshaciéndose bajo sus zapatos, pero aún así, siguió su camino mientras que sentía que el aire invernal se le colaba por sus pulmones. De repente, un disparo dio contra la corteza de un árbol cercano, por lo que Anna gritó, y se atrevió a mirar hacia atrás para encontrarse con Florian, quien les apuntaba desde la distancia. Anna se sorprendió al ver aquello, ya que era evidente, que aquel fusil tenía un buen alcance, y que a pesar de hallarse mal herido, el príncipe era lo suficientemente buen tirador como para matarlos.

— Apúrate Anna — gritó el recolector de hielo al ver que la atención de la princesa se hallaba dispersa.

— Corre— insistió Kristoff. De repente, la pareja se encontró con una pequeña cascada al final de la colina la cual se hallaba completamente congelada.

— Escondámonos allí por unos minutos, tal vez, él se dará por vencido cuando vea que ha perdido nuestro rastro— dijo Kristoff guiándola.

— Si— asintió la chica.

La pareja se escondió detrás de la caída de la cascada, en una pequeña y cóncava caverna. El lugar estaba tan frio, que Anna entendió de inmediato que no podrían permanecer por mucho en aquel lugar antes de padecer de hipotermia. Los instantes que siguieron les parecieron eternos, pese a que tan solo pasaron quince minutos cuando mucho.

— Voy a ir a inspeccionar — declaró Kristoff

— No, aun no es seguro — lo detuvo Anna sosteniéndole el brazo.

— Tengo que saber si él aún nos sigue — repitió el recolector de hielo.

— Esta bien, pero date prisa, aún tengo una bala, puedo utilizarla, pero esta pistola no tiene el alcance suficiente, así que será muy difícil ayudarte — le advirtió Anna quien se encontraba asustada como nunca.

— Entendido, no me tardaré, tan solo me tomará un par de minutos — dijo el recolector de hielo.

Kristoff dejó la caverna, en tanto Anna miraba hacía afuera en completo silencio, como si temiera que cada árbol y roca frente a ella fuera un enemigo más, esperando la ocasión para atacarla, y fue en aquel momento, en el que sintió una gélida mano taparle la boca.

— Este es el final del camino — susurró una venenosa voz en su oreja — eres de lejos la persona más problemática con la que he tenido que lidiar en mi vida — susurro Florian. Anna intentó soltarse de su agarre, de quitar la mano que tapaba su boca para pedir ayuda, pero fue imposible, pues a pesar de la herida, el príncipe seguía siendo muy fuerte. De repente, la chica sintió el peor dolor que hubiera experimentado, y se dio cuenta que él le había clavado un cuchillo en el brazo, justo en el mismo sitio donde ella introdujo la bala.

— Sangre por sangre, mi querida Anna. Tu me hieres, y yo respondo de la misma manera — dijo en tanto su mano amortiguaba el grito de dolor de la princesa.

Anna sintió sus ojos pesados por las lagrimas y su cuerpo languidecer, mientras que él la obligaba a caminar lejos de la caverna en donde Kristoff la había dejado minutos atrás. Con el mismo cuchillo ensangrentado bajo su garganta, la princesa decidió seguir las instrucciones de Florian en tanto él la conducía por el lecho rocoso del rio que desembocaba en la cascada.

—Déjame — susurro Anna con voy débil, en tanto el príncipe le quitaba la mano de la boca.

— Tiene que ser una broma, después de haberte seguido hasta aquí, después de tener una bala en el brazo por cortesía tuya, no te dejaré escapar, así tenga que matarte — afirmó el príncipe. Anna vio tambalear a Florian, quien se encontraba luchando por caminar adecuadamente por el rocoso terreno del lugar, por lo que la chica aprovechó su oportunidad y lo golpeó con el codo en el costado.

Florian cayó pesadamente al piso, al igual que su arma, la que quedó fuera de su alcance, en un golpe, que Anna supo que debió haber sido doloroso a juzgar por lo las puntiagudas rocas. Sin embargo, la chica no se detuvo hasta que sintió a alguien abalanzándose sobre ella. Anna lucho nuevamente, pero al encontrarse herida y perdiendo sangre, Florian tuvo la ventaja, y la sometió en cuestión de minutos. El príncipe se ubicó sobre ella y le dirigió una furiosa mirada .

— Traté, todos los dioses habidos y por haber, saben que traté de ser bueno contigo, tu lo sabes, pero tu nos has llevado a esto, esto es tu culpa— gruño Florian entre dientes, como una especie de animal herido.

— Déjame — dijo Anna en voz suave — déjame ir — pidió nuevamente. De repente, un disparo sonó a la distancia, lo suficientemente cerca como para tratarse del recolector de hielo. Pero, fue entonces cuando Anna recordó un detalle: Kristoff no tenía armas, alguien debió dispararle .

— Kristoff— Gritó Anna con lagrimas en sus ojos — Kristoff… — repitió suavemente.

— Ya está , tu amante está muerto, y tu estás herida, es hora de volver, ponte de pie — le ordenó el príncipe en tanto el también luchaba por hacerlo. Y, aunque pareciere que todo estaba perdido, Anna aún no estaba lista para darse por vencida, así que en un rápido movimiento estiró su pierna, y le propinó un puntapié en la pantorrilla. En circunstancias normales, esto no hubiera tenido ningún efecto frente a Florian, pero al encontrarse tan lastimado, él cayo de rodillas, y Anna aprovechó esta oportunidad para sacar su arma y apuntar con ella justo a la cabeza del regente.

— No serías capaz — la retó Florian quien miraba con atención el cañón del arma de la chica.

— No creo que de verdad quieras saber de lo que soy capaz— respondió Anna con resentimiento al tener en frente al hombre que le quitó a la persona que amaba y que había convertido su vida en un infierno.

— Anna… — suspiró una tercera persona que se acercó a ellos. Anna no lo miró, por temor a que Florian utilizara aquel instante para voltear toda la situación a su favor, pero en seguida supo que aquella voz pertenecía a Kristoff.

— Estas vivo — dijo Anna, mientras una leve sonrisa aparecía en los labios de la chica.

— Uno de sus hombres me atacó — dijo Kristoff con resentimiento — tuve que luchar con él, logré desamarlo con mis herramientas de escalar , le quité su fusil — concluyó. Anna levanto brevemente la vista y al ver la mancha de sangre en la ropa del escalador, no fue difícil de entrever la conclusión de la pelea.

— Perfecto, entonces, mi querida Anna, has ganado, me tienes de rodillas y sin esperanza, creo que te corresponde a ti acabar con mi vida — dijo arrogantemente Florian. Después, el príncipe cerró sus ojos, y como todo un soldado se preparó valientemente para ser fusilado por aquella mujer.

— No, no me corresponde tomar tu vida…

Florian sintió dolor, pero no en la cabeza o en el pecho como había esperado sino en una de sus piernas. Tuvo que admitir, que estuvo orgulloso de Anna en aquel momento, pues la chica fue lo suficientemente inteligente para cortar sus posibilidades de perseguirla por el bosque, pero lo suficientemente compasiva como para no matarlo. Al parecer, no se había equivocado respecto a ella, pues, así como él, Anna también se resistía a volverse un monstruo, a actuar de una manera completamente desalmada, no importaba cuantas veces el mundo y las circunstancias se lo exigieran. El príncipe se tendió en el frio suelo, y escuchó un segundo disparo, después, cerró los ojos, pues se encontraba muy cansado.

— Eso fue una locura — afirmó Kristoff — si hubiera sabido que ibas a disparar al aire jamás te habría prestado el fusil que le quité a aquel guardia— afirmó el recolector de hielo mientras ayudaba a la chica a bajar la montaña.

— Necesitaba llamar la atención de sus hombres, alguien llegará, y cuando lo vean allí tirado, lo llevaran al hospital— afirmó Anna quien se veía pálida por toda la perdida de sangre.

— Mira Anna — señaló Kristoff al tiempo que se paraban en una colina en la que podía verse gran parte de la región.

— Es el campamento de Elsa, ya estamos muy cerca — comentó Kristoff sonriente, al tiempo que ella se ponía junto a él.

— Sí, pronto volveré a ver a Elsa… — comenzó Anna con ilusión, sin embargo, tras decir estas palabras, la chica perdió el equilibrio. Al fin, la pérdida de sangre hizo mella en ella.

— No te preocupes, ya estamos muy cerca, quédate conmigo Anna, yo te ayudaré a llegar — dijo Kristoff en tanto que la detenía antes de que ella se golpeara contra el suelo.

— Si… eso suena bien — respondió Anna desorientada

— Quédate conmigo…

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[epilogo]

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cuatro años después

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Anna se hallaba sentada en el borde mientras inspeccionaba el periódico de aquel día. Había una gran pagina dedicada a la creciente familia real de Malengrad, al parecer, la reina había dado a luz a su segundo hijo.

La princesa observó la borrosa foto que acompañaba el articulo, y vio a Florian mirándola a través del papel. El ahora rey, se veía muy bien, prematuramente envejecido, pero feliz y galante con su impecable uniforme militar, en tanto posaba su mano sobre el hombro de su esposa que se hallaba sentada junto a él, con su pequeña en brazos y el joven príncipe heredero parado en frente de ella.

Sin embargo, un detalle no escapó de la mirada de Anna: su bastón, el cual era la única seña física del episodio de la montaña, al parecer, la pierna de Florian nunca volvió a ser la misma. Después, la chica deslizó su mirada hacía su hermosa esposa.

Anna la recordaba claramente, pues la conoció durante su estancia en el castillo de Malengrad, se trataba de la Duquesa de Monteg. Ella no era más que una cortesana sin mucho dinero y dudosa reputación, no apta para ser una reina, pero tras la muerte del rey, aquello no importaba, Florian finalmente podía hacer su voluntad libremente. En aquel entonces, la princesa aún era muy ingenua, y nunca se le hubiera ocurrido pensar que el regente hubiera podido tener una amante, pero tras mucho pensarlo, recordó que el entonces príncipe siempre se mostraba atento y amable con la duquesa, y a su vez, ella era una de las pocas personas capaces de entablar una lucha de palabras con él, y tener la posibilidad de ganar. Era irónico, pero con el paso del tiempo, Anna entendió que probablemente, de haber terminado casada con él, hubiera tenido que soportar la presencia de la Duquesa como la amante, de un esposo al que jamás hubiera podido ni querido complacer.

Los ojos de la princesa repasaron una y otra vez la nota de aquel periódico, pero no encontró en ella más que palabras felices, ningún comentario acerca de la guerra, ni de su incierta terminación. A pesar del silencio de aquel artículo, Anna sí recordaba con una claridad aturdidora los eventos que siguieron a su escape de la montaña.

Anna y Kristoff llegaron durante la madrugada al campamento de Elsa. Sin embargo, la princesa fue incapaz de tenerse en pie, por lo que la remitieron de inmediato a un hospital militar cercano, y en consecuencia, no pudo ver los eventos que tuvieron lugar en los días siguientes. Para comenzar, justo cuando el príncipe Florian despertó, decretó la rendición y el fin de la guerra, a pesar de encontrarse mal herido, pues era obvio que no sería capaz de enfrentarse al invierno de la reina sin tener un rehén que le protegiese. Por lo anterior, Elsa le devolvió a su hermano Dominic sano y salvo.

A pesar de la rendición de Florian, Anna no se atrevía a afirmar que Arandelle hubiere ganado la guerra, en realidad, el ejercito de su país había quedado destrozado, y sus nuevos aliados comerciales apenas pudieron ayudarlos a sobrevivir el invierno y a la aguda crisis económica que dejó al reino prácticamente en bancarrota. Mientras tanto, las Islas del Sur no se encontraban mucho mejor, su puerto fue destruido y tuvieron que hacer una gran inversión para reconstruirlo.

En conclusión, Malengrad era el más fuerte de los tres países, el que menos sufrió durante la guerra, a pesar de haber pasado tres días sepultado bajo la nieve de Elsa. Pero tanto ellos, como las Islas del Sur, habían aprendido su lección, y no volverían a tentar a la suerte atacando a Arandelle, no mientras que la reina viviera. A menudo, Anna asimilaba todo el asunto a una novela de piratas que leyó cuando era niña, en la que tres corsarios se apuntaban con dos armas al mismo tiempo, amenazando con dispararse mutuamente ante cualquier provocación, en un triangulo macabro en el que ninguno quedaría vivo, si alguno de ellos decidía romper su delgado equilibrio.

De repente, Anna volteó la página, y se encontró con una foto que la hizo sonreír, se trataba de una de las comitivas de los países extranjeros que fueron a felicitar a la pareja por el nacimiento de su segunda hija. Sin embargo, fue la presencia de Hans la que le causó una sonrisa a la princesa. Sinceramente, Anna no se imaginaba toda aquella situación, en la que el príncipe de las Islas del Sur le dirigiría a Florian una arrogante sonrisa mientras que el rey tan solo podía contener sus ganas de estrangularlo. Definitivamente, Hans jamás cambiaría.

Hans y los dos exploradores llegaron al campamento un poco después que Anna. El príncipe se enfrentó a los soldados de Florian, y si no hubiera sido por el disparo que Anna lanzó al aire, de seguro hubiera muerto en aquella balacera. Después, el sujeto regresó a las Islas del Sur, y tal como prometió, Anna no lo vio desde entonces. A pesar de lo anterior, la chica no había olvidado la amenaza del príncipe, y conforme a ello, se hizo el firme propósito de presionar a los políticos de su país para que tampoco lo hicieran, pues los impredecibles y volubles poderes de su hermana, no podrían protegerlos para siempre.

— No puedo creerlo, le encargas a alguien una tarea y nadie hace las cosas como debe — dijo Elsa completamente exasperada mientras salía del vestidor de Anna cargando por lo menos media docena de vestidos.

— Ninguno de estos sirve — afirmó la reina mientras los dejaba caer sobre la cama — me veo como un payaso.

— Eso no es cierto — negó Anna — tu te ves hermosa con cualquier cosa — intentó tranquilizarla.

— Pero hoy es un día muy importante, no quiero ponerme cualquier cosa, todo tiene que ser perfecto— afirmó la reina, tan nerviosa, que parecería a punto de ponerse a llorar, por lo que la menor tan solo pudo contener una sonrisa al ver a su hermana mayor hacer todo aquel berrinche por un vestido.

Anna recordó las semanas siguientes a la rendición, en especial, su estancia en aquel frio hospital militar. En la cama junto ella, se encontraba nada menos y nada más que el famoso General Gushy, el mismo que había perdido aquella batalla decisiva. Todo comenzó con una visita de cortesía que Elsa le hizo a uno de sus militares de mayor confianza, ella no lo culpaba por la derrota, no podría hacerlo, después de todo, tan solo le había dado un ejercito de pacotilla y unas armas mediocres para contrarrestar una guerra imposible, pero con el tiempo, la menor de las hermanas comenzó a darse cuenta de que la mayor disfrutaba la compañía del sujeto.

Honestamente, Anna no sabía que le veía su hermana al general Gushy, el sujeto era amable, pero completamente aburrido. A decir verdad, todo aquel cortejo fue un asunto casi risible, entre lindo y ridículo: ella llegaba, se sentaba junto a él, le dirigía un saludo amable, y él le respondía, después, juntos se ponían a hablar de política en un tono calmado y perfectamente educado. Pero, de alguna misteriosa manera, entre informes de económicos y asuntos de política exterior, Elsa había descubierto que estaba "enamorada" del sujeto.

— Tienes que estar bromeando, apenas si se dirigen la palabra, y cuando lo hacen, tan solo discuten acerca de política, y cuando se sienten "espontáneos" o "divertidos", hablan acerca del clima — se burló Anna, al enterarse de los sentimientos de su hermana.

— Nosotros no necesitamos vivir una "Novela romántica" para darnos cuenta de que somos perfectamente compatibles, y de que… tu sabes, sentimos… afecto — balbuceo Elsa casi como si le apenara reconocer que podía sentir algo tan poco ilógico por un hombre.

Al final, Anna seguía sin entender que le veía a aquel sujeto, pero no dejaba de alegrarse por la suerte de su hermana. Sin embargo, habían una serie de personas que no se sentían tan felices por Elsa, y estos eran la mayoría de los miembros de su corte. Gushy no era un noble, era un hijo de un abogado de la pequeña burguesía, y si bien, sus padres no eran pobres, tampoco eran miembros de la nobleza, por lo que no aceptarían a un sujeto surgido de la nada como su rey. Irónicamente, aquello no importó, Elsa impuso su voluntad, después de todo, nadie sería capaz de confrontar a una mujer que había sepultado tres reinos bajo la nieve.

Tan pronto como Anna obtuvo la disolución de su matrimonio con Florian, y aprovechando el escandalo que ocasionó Elsa, Anna y Kristoff tuvieron vía libre para casarse, sin embargo, una cosa era contraer matrimonio con un general, y otra muy diferente, era hacerlo con un recolector de hielo, no importaba cuantos títulos falsos creara Elsa para él, nunca sería lo suficientemente aceptable, por lo que la menor sabía a la perfección que sería expulsada para siempre de la elegante vida social de la capital, Pero a la princesa no podía importarle menos aquello, en cambio, uso parte del dinero que recibió de Elsa, al cumplir la mayoría de edad, para comprar una linda casa de campo en Bert, lejos de todas las tonterías de la capital.

— ¿Ya escogió el vestido? — preguntó Kristoff quien entró en la habitación cargando a su pequeña hija.

— No — contestó Anna mientras tomaba a la bebé y la sentaba en su regazo.

— Se está demorando bastante — dijo Kristoff — si sigue así, se le hará tarde— opinó.

— Cierra la boca Kristoff , recuerda que yo soy tu reina, y si no traes una solución, lo mejor sería que te callaras— gritó Elsa desde el vestidor.

— Discúlpeme por mi atrevimiento, majestad, soy un simple plebeyo, es obvio que no sé nada de nada— se burlo el recolector, por lo que Anna comenzó a reír.

— ¿Qué tal este? — preguntó Elsa mientras salía de su vestidor con su tradicional vestido azul, su favorito, y el primero que ella misma confeccionó con ayuda de sus poderes mágicos.

— Sé que es algo viejo pero…

— Es perfecto — dijo Anna tomando sus manos — es perfecto, te ves hermosa.

— Gracias Anna — suspiró Elsa mucho más tranquila. Después, Anna y Elsa salieron al jardín, en donde la reina planeaba subir a su carruaje

— ¿Estas segura de que no quieres venir al baile de invierno? — preguntó Elsa preocupada — nadie te molestará, no lo harán si yo me encuentro presente — concluyó la reina quien no deseaba que su hermana menor se sintiera excluida.

— No, tu sabes que no le tengo cariño a ese baile, me trae malos recuerdos —respondió la princesa suavemente. — además, Kristoff y yo tenemos planes, viajaremos a Natsia, nos reuniremos con mis amigas en la casa de la señora Claude, me muero por verlas — concluyó la chica refiriéndose a su antigua jefe y a sus compañeras quienes hacían constantes visitas a su casa.

— Oh, entiendo, supongo que llevarás a Danielle contigo — comentó casualmente la reina.

— Por su puesto, tu sabes que siempre llevo conmigo a Danielle, a ella le gusta viajar, y a mi me encanta su compañía, así que no tendré problemas — dijo alegremente la princesa

Anna pasó el resto de la tarde caminando con Kristoff por las praderas que rodeaban su casa, la verdad, era Anna aún no lograba hallar su verdadero lugar en toda esta historia, no era una noble en todo el sentido de la palabra, pero tampoco encajaba dentro de la gente regular, tristemente, la forma en la que sus padres la habían criado se había encargado de ello, aún así, esta incertidumbre no le molestaba como antes, era imposible que lo hiciera, después de todo, tenía todo lo que siempre había deseado.

Mientras caminaba por la pradera bañada por la luz del sol de la tarde, Anna recordó aquella ocasión casi cinco años atrás en la que compartió una caminata con Kristoff, muy parecida a esta, en la que quedó implícito entre los dos que la chica no era más que una prisionera en el castillo de Arandelle, hubo entonces, una especie de entendimiento silencioso entre ellos, sin necesidad de palabras. Y ahora, nuevamente, no necesitaron más que el silencio para entenderse a la perfección, y llegaron al mutuo acuerdo de que aquello era lo más parecido a la felicidad.

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Fin

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Nota de autor : lo acabe TT_TT…