Capítulo 9

Tal y como Groudon supusiera, al día siguiente la isla estaba repleta de un manto de diversos colores. Miles de florecillas y brotes nuevos desplegaban sus colores radiantes al sol, mientras que los arbustos, helechos y enredaderas comenzaban a ganar terreno y a expandirse. El pokemon rojo se había levantado temprano ese día, ansioso de ver los nuevos resultados. Recorrió enteramente su isla, apreciando la vida y la belleza que comenzaba a crecer, feliz y orgulloso, y calculando además las fechas para cuando comenzarían a aparecer los primeros árboles. No les tardarían tantos años como cabría esperar, pues los nutrientes que el pokemon le había dado al suelo eran de los primeros que había habido en la tierra hace ya miles de años: los mejores y más puros que en el mundo se pudieran encontrar. Calculó sin embargo que a su pequeño jardín le faltaría agua dentro de poco, y desgraciadamente él no podía proporcionársela. Suspiró desanimado y fue a echarse en la arena, cerca de la orilla. Imaginaba que el pokemon de agua aparecería dentro de poco, y tal y como con su predicción de los brotes que ahora adornaban el suelo, el pokemon no se equivocó respecto a la venida del gran pez azul.

— ¡Groudon!—saludó el aparecido, emergiendo desde el agua y levantando pequeñas olas en la orilla. Venía feliz, como de costumbre— ¡Buenos días!

El otro se levantó pesadamente, se sentó en el suelo y también le saludó. Él no era tan expresivo en su hablar, y su gesto impertérrito hasta se hubiera podido interpretar como aburrimiento de estar con el pokemon azul. Sin embargo este no era el caso. Kyogre no lo veía de esa manera pues de a poco se había ido acoplando al carácter de Groudon y lo había llegado a descifrar muy rápidamente en lo poco que llevaban conociéndose. Sabía que ese gesto era su cara habitual: eso, hasta que se enfurecía o se sorprendía con algo. Ni aun cuando estaba feliz cambiaba mucho su expresión.

Ambos pokemon charlaron distraídamente durante un rato, hasta que Groudon finalmente se decidió a entrar en el tema que lo traía un poco preocupado. El problema es que era muy consciente de su carencia de tacto para decir las cosas, más todavía para pedirlas, así que se estaba esperando que la conversación no acabara nada de bien.

—Oye, Kyogre…

— ¿Sí?

—Necesito pedirte algo…

—Por supuesto—respondió el otro animadamente y sonriendo—, lo que quieras.

El monstruo de tierra se rascó levemente la mejilla y entornó los ojos. Ahora era cuando venía la parte delicada.

—Es que…e-es que la tierra de la isla va a necesitar…las plantas van a necesitar…agua…

— ¿Quieres que haga llover?

El otro cerró los ojos y asintió levemente con la cabeza. Como no lo estaba mirando, no podía ver la expresión sonriente del pokemon pez de que le estuviera pidiendo ayuda, imaginando por el contrario que se repetiría la escena de la última vez.

—Seguro—soltó el menor sin más— ¿Para cuando quieres la lluvia?

Esto tomó por sorpresa a Groudon, especialmente el tono tan amable que el otro había utilizado. Se lo quedó viendo muy extrañado, pero al poco se recordó a sí mismo que Kyogre era, hasta la fecha, una de las criaturas más amables con las que se hubiera topado. Eso, siempre y cuando no se enfadara.

— ¿Para esta noche?—preguntó.

El pokemon de agua asintió con su gran cabeza y su sonrisa.

—Esta noche la tendrás.

Siguieron conversando tranquilamente y sobre cosas triviales durante un largo rato. Finalmente Kyogre anunció que se marchaba a recorrer el mar y se despidió, prometiendo regresar para el anochecer. El otro lo vio partir, se alejó un poco de la orilla, echó su pesado cuerpo sobre la arena caliente de su cómoda isla y se fue a dormir. Aparte de levantar islas y crear geografías, para él no había otra actividad mejor.

Esa noche despertó repentinamente al escuchar las fuertes olas a lo lejos. Se levantó y vio el cielo encapotado arriba. Miró hacia la lejanía y vio la gigantesca figura azul saltar desde las aguas, caer de espaldas, de costado o de punta y levantar grandes olas, que llegaban como pequeñas olitas a la orilla. Pronto la lluvia se dejó caer también y comenzó a regar el pequeño jardín del pokemon rojo. Éste se quedó viendo distraídamente a Kyogre en el agua, saltar, sumergirse, dar giros en el aire y disfrutar plenamente de su océano y de la lluvia. Obviamente era un pokemon muy feliz con lo que tenía, y además bastante ágil en su entorno. Groudon notó un tanto sorprendido que tratándose de un pokemon tan grande y que parecía pesado, Kyogre resultaba elegante y grácil cuando estaba en aguas abiertas.

Repentinamente se imaginó a sí mismo en medio de tanta agua y sintió un horrible escalofrío. No solo temía al mar por su debilidad a éste: su gran peso no le permitía nadar y el solo sentir el agua más arriba del pecho ya era motivo suficiente para hacerlo entrar en pánico. Era por esto que solo se permitía entrar hasta que el agua subiera a su estómago, cuanto mucho. Vio como el pokemon azul se acercaba a la orilla y le miraba con una sonrisa.

—Gracias—dijo el mayor.

—No tienes que agradecer—respondió el otro, moviendo un poco su gran cabeza—. Ya quiero ver cómo estará tu isla mañana: seguro se verá hermosa.

—Eso espero.

—He notado algo que me llama la atención de ti, Groudon.

— ¿Eh?—soltó el aludido, extrañado— ¿Qué cosa?

—Que para ser un pokemon tan grande, con habilidades de fuego, tan tosco y con ese temperamento que tienes—dijo, riendo y haciendo enfadar rápidamente al otro—, eres alguien que dedica toda su atención y esfuerzo a las cosas más pequeñas y hermosas—añadió, recordando el gesto emocionado de Groudon cuando vio los primeros brotes hacía unos días.

El pokemon de tierra se sonrojó ante aquellos comentarios.

— ¡E-eso no es cierto!

—Eres duro por fuera pero muy blandito por dentro—siguió el menor, divertido—, igual que los Shelder y los Clamperl.

— ¡Cállate!—rugió el monstruo, echando vapor desde su cuerpo— ¡Y no me compares con un marisco!

—Pero esos "mariscos" traen perlas adentro—añadió el pez, sonriendo y deteniendo repentinamente la rabieta del otro.

— ¿A qué rayos te refieres ahora?

Kyogre entornó los ojos y negó con la cabeza. Se quedó viendo a aquel pokemon arisco, lleno de cosas buenas y hermosas en su interior recubiertas por su capa de tosquedad. Adoraba su ingenuidad y la transparencia con la que expresaba esta y sus otras cualidades. Sentía deseos de decírselo: decirle las cosas que le gustaban y admiraba de él. Lo feliz que estaba de haberlo conocido aunque fuera miles de años tarde, y lo mucho que atesoraba sus conversaciones y el tiempo que pasaba con él. Deseaba poder sentirlo cerca, como esa vez en que lo había cargado sobre su espalda, y tener la tibieza de su coraza pulida. El mar siempre estaba muy frío.

—Estaba pensando…—dijo distraídamente y olvidando la pregunta del mayor—en esa vez en que te traje por el mar hasta este lugar.

El pokemon rojo dio un respingo, extrañado de que le cambiaran el tema.

— ¿Qué tiene que ver eso con lo que te acabo de preguntar?

—No deberías tenerle miedo al océano, Groudon, ¿sabes?—dijo Kyogre, todavía ensimismado en sus propios pensamientos.

El aludido apretó los dientes obligándose a estar paciente. Tal vez acabarían hablando del tema de las perlas al final…

— ¿Por qué no?—preguntó a su vez, un tanto taimado.

—Porque mientras yo esté aquí, nunca nada malo te pasará en el mar—dijo el pokemon azul, sonriéndole cálidamente—, te lo prometo.

Se despidió con un breve "hasta mañana", se dio la vuelta y de un salto regresó a la profundidad. Groudon se quedó viéndolo con los ojos muy abiertos y un gesto pasmado en el rostro. Poco a poco sus ojos y su boca se cerraron, en un gesto enfadado que acabó en un largo rugido y en una pregunta que nadie le respondió:

— ¡¿Qué tengo yo que ver con las perlas y los mariscos?!

Continuará...