Capítulo 11

Ese día, Kyogre no salió a recorrer el océano como generalmente hacía. Desde que había despertado hacía un par de meses, había notado que los seres humanos ahora cazaban animales marinos de manera indiscriminada, no como solían hacer en la antigüedad. Cazaban por toneladas, no para el sustento diario, y esto al pokemon azul le parecía despreciable. Siempre tenía un ojo puesto en los barcos de pesca industrializada y los saboteaba cada tanto cuando pasaban los límites de paciencia del gran pez azul. Pero ese día no salió, por lo que los pokemon marinos debieron velar por sus propias vidas ante la ausencia de su guardián.

Después de su encuentro con Groudon, el pokemon de agua regresó a su caverna submarina, a muchos kilómetros de profundidad, en lugares donde la presión era exageradamente alta y la luz apenas llegaba. Pocos eran los pokemon que vivían en aquellas zonas, y contadas veces se veía la presencia humana por allí. Kyogre se resguardó tras las paredes de roca y dejó salir todo el sufrimiento que aquel encuentro le había acarreado. Sintió tantas cosas contradictorias, que por un momento deseó desaparecer de la faz del planeta y no tener que albergarlas en su interior.

Despreciaba profundamente a Groudon por el dolor que le había causado con su indiferencia, cuando por fin había intentado hacerle entender los sentimientos que le tenía. A su vez, lo disculpaba a sabiendas de que el pokemon rojo en verdad era muy ingenuo y ciego con esa clase de cosas, y que probablemente no había caído en cuenta de las intenciones suyas. Luego volvía a contradecirse: había sido demasiado obvio para cualquiera, y Groudon simplemente no había correspondido a sus sentimientos. Como se llevaran muy bien, o tal vez por alguna otra razón, el pokemon de tierra no había querido rechazarle de lleno y simplemente había llenado esa frase con silencio.

Como fuere, Kyogre se sentía herido como nunca antes. Jamás había desarrollado sentimientos de afecto semejantes por nadie, ni siquiera por su hermano Rayquaza, a quien tanto admiraba y quería. No. Estos sentimientos eran por entero diferentes y nuevos, y Groudon los había dañado con o sin intención. Sintió deseos de abandonar al pokemon en su isla y no volverle a ver, para que no le dañara de nuevo nunca más. Pero en lo más profundo de sí, deseaba volver a él e intentar ganar su cariño de un modo u otro. Su caricia había sido lo más especial que había tenido en muchos años y quería volverla a experimentar.

Esa misma tarde, Groudon se quedó mirando el horizonte, también pensando en la situación ocurrida aquella mañana. Estaba todavía más desconcertado que el otro, pues al menos Kyogre sabía lo que sentía. Él ni sabía lo que el pez guardaba dentro de sí, ni sabía si es que él sentía algo parecido o al revés. Estaba exactamente como en su isla: varado y sin tener idea de a dónde ir. Comenzó a poner las cosas en orden mientras hablaba consigo mismo: él le tenía cierto afecto a Kyogre, pero solo en el sentido de que apreciaba sus visitas y toda la ayuda que le había dado. No estaba acostumbrado a tanta amabilidad, así que le agradaba mucho esa faceta del pokemon azul, aunque a veces le confundía.

Eso era todo…o eso era lo que al menos él alcanzaba a dilucidar. Si Kyogre nunca hubiera aparecido en su vida, él seguiría exactamente como hasta ahora. Claro, con las obvias diferencias de su isla y la tranquilidad que tenía estando en solitario. Sin embargo todas estas conclusiones no lo dejaban tranquilo. Levantó su mano, esa con la que había alimentado al pokemon pez y recordó el momento en que el otro se había quedado allí, echado en su palma y temblando. ¿Por qué temblaba? ¿Estaba asustado? ¿De qué? ¿Por qué le observó luego de aquella manera? Con tanta ansiedad y…y algo que él no podía nombrar, porque lo desconocía enteramente. Pero la pregunta que no dejaba de golpear en su cabeza era, por qué lo había hecho. ¿Qué había intentado con aquel gesto?

Groudon cerró su mano y regresó la mirada hacia la lejanía. Se lo preguntaría mañana, cuando el pokemon marino viniera a visitarle como cada día. Lástima que se equivocaba esta vez en su suposición.

Kyogre no vino al día siguiente. Groudon le esperó sentado en la orilla, con el agua mojando sus patas y el sol entibiando desde arriba. El viento salado soplaba apaciblemente y movía la superficie del mar, pero Kyogre no aparecía. Se echó cerca a dormir un rato, imaginando que el otro vendría en algún momento y le despertaría, pero no ocurrió. Atardeció, anocheció, y Kyogre no apareció.

"Será mañana"—pensó el mayor con un suspiro.

Le costó dormirse, pensando en porqué el otro no habría venido. A la mañana siguiente despertó de un sobresalto y lo primero que hizo fue mirar hacia el mar: no había señales del pokemon azul, por lo que Groudon se echó nuevamente a esperar. A ratos se distraía mirando a los Wingull volar y graznar, sumergirse y salir con pequeños peces en el pico, regresar a la isla y comer con tranquilidad. ¿Cuándo se irían esos, por cierto? Él no recordaba haberlos invitado.

Aguardó con la mirada puesta en el horizonte, llamando mentalmente a Kyogre para preguntarle… ¿Por qué no venía? ¿Le habría pasado algo? ¿Se había ido a recorrer un océano lejano y no le había avisado? ¿Sería por…?

El pokemon bajó la cabeza y pensó en aquella posibilidad: ¿sería que no venía por lo ocurrido dos días atrás? Realmente le pareció percibir unan gran tristeza en el pez azul en el momento en el que se habían separado. ¿Qué era lo que le había afectado tanto? Groudon lo desconocía, pero igualmente se disculparía si había cometido algún error. No era lo suyo pedir perdón a nadie, pero considerando que se trataba del pokemon que le había ayudado tanto…

Se puso de mal humor y regresó isla adentro para dormir. Al tercer día ya se le había agotado la paciencia esperando a Kyogre. Miraba a lo lejos, con su coraza roja encendida y sus dientes apretados. ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había ido sin decir nada? ¿Acaso y por lo último ocurrido entre ambos repentinamente se había ido para no volver? ¡Ni siquiera sabía qué era lo que había hecho mal y no le estaba dando oportunidad a disculparse!

El pokemon avanzó un par de metros mar adentro con su cuerpo echando vapor hirviente al contacto con el agua. Inspiró profundamente y rugió al océano:

— ¡KYOGRE!

Esperó un largo momento, pero nada ocurrió. Enfureció todavía más y volvió a llamar, esta vez más fuerte. Conforme más tiempo pasaba enfurecido, más intensos se volvían los rayos de sol y más calientes caían sobre la arena, la flora de la isla y el agua. Los Wingull se escondieron bajo las hojas grandes de los árboles ante el aplastante calor que rápidamente invadió el lugar. Groudon siguió llamando el resto del día, atormentando a su isla y a varios millas de océano alrededor con el calor infernal de su furia.

Cuando se quedó finalmente sin voz, regresó con paso estruendoso al interior de la isla, justo al centro de ésta, al lugar más alejado de la orilla y se echó a dormir. Las plantas y el pasto que recibieron su pesado cuerpo se quemaron y marchitaron al más leve contacto, y toda aquella parte del jardín murió mientras el resto comenzaba a quemarse lentamente bajo el sol. Si Kyogre no quería volver a verle, pues él podía facilitarle las cosas.

Todo esto no pasó desapercibido para las criaturas que vivían en los alrededores, por cierto. Había una en particular que tenía un ojo puesto en aquella situación, y mandó a los pequeños Wingull a dar aviso a los seres del mar que flotaban por allí cerca. Los Squirtle y Wartortle recibieron el mensaje y nadaron a la profundidad. Los Sharpedo avisaron a los Lanturn y estos avisaron a los Relicanth, que eran las criaturas que podían acercarse sin dificultad a las zonas abismales en donde vivía Kyogre. Le contaron cómo Groudon había estado todo el día llamándolo, enfurecido, y azotando a la superficie con sus potentes rayos solares. El pokemon azul se sobresaltó: no imaginaría que eso ocurriría, aunque tratándose del temperamento de alguien como Groudon debió esperárselo. Su hubiese conservado sus recuerdos de hacía miles de años habría previsto aquello, pero como no era el caso…

—Gracias por venir a avisarme—soltó el pokemon pez, mientras los otros asentían y se marchaban.

Ahora quedaba la cuestión de qué debía hacer él: no había querido ir a ver a Groudon, dolido por lo ocurrido días atrás. Sentía que había cometido un terrible error al intentar hacerle ver lo que estaba sintiendo por él, pero ahora las cosas parecían ponerse peores, y no sabía cuál sería la reacción del pokemon de tierra cuando lo viera. Con todo, el legendario creador del mar se obligó a hacer el intento por arreglar las cosas.

Nadó hacia la superficie cuando ya era noche cerrada. Se acercó a la orilla y llamó:

— ¡Groudon!

No obtuvo respuesta. Esperó un largo momento pero nada ocurrió. Volvió a intentarlo pero luego se resignó, imaginando que el pokemon estaría profundamente dormido. Aguardó en su lugar hasta la mañana, sintiendo con los primeros rayos de sol el intenso calor abrasivo del que los pokemon marinos le habían hablado. Con las primeras luces pudo apreciar el estado de la isla: las plantas comenzaban a marchitarse, quemadas por el intenso sol. Sintió una gran tristeza por aquellas hermosas flores y árboles, tan rebosantes de vida hacía tan poco, y ahora muriendo de calor. Llamó a Groudon incansablemente, recorriendo los alrededores de la isla por mar sin dar con él. Nunca lo encontraría, pues el pokemon se encontraba en la parte más lejana de la orilla, allá donde tampoco podía escucharle.

Pero no estaba solo. Los Wingull que habían escuchado los llamados de Kyogre salieron de su escondite bajo las hojas, volaron por encima del pokemon rojo y le llamaron: intentaron pararse sobre su coraza y picotearle para llamar su atención, pero el calor que todo el cuerpo del pokemon exhalaba hacía imposible que las aves pudieran acercarse demasiado. Volaron hasta la orilla y le contaron de esto a Kyogre.

—Está muy molesto…—concluyó el enorme pez con desazón.

Agradeció a las pequeñas gaviotas y les envió de regreso a su escondite. Se quedó allí largamente pensando en qué debía hacer, y sin poder pensar en alguna solución, se sumergió una última vez y de un impulso salió por encima de la arena. Estaba muy caliente y lastimaba su piel, pero se obligó a hacer el esfuerzo y echó a andar. Utilizaba sus grandes aletas para arrastrar su gran y pesado cuerpo en dirección al centro de la isla. Fue una tarea ardua y agotadora: sentía que jamás llegaría con el pokemon rojo, especialmente por el terrible calor que se sentía conforme se acercaba al lugar. Se detuvo varias veces, agotado, pero esto resultaba peor pues el sol quemaba sobre él y le lastimaba, por lo que nuevamente reemprendía la marcha.

Cuando finalmente lo divisó sintió un tremendo alivio y a la vez algo se le agitó por dentro. No se había dado cuenta de lo mucho que había extrañado aquella imagen roja en todos esos días. Creía que estaba mejor así, sin verlo, pero se dio cuenta de su error al tenerlo a poco metros, durmiendo apaciblemente y ausente de todo lo que ocurría.

Kyogre vio el pasto y las plantas quemadas a su alrededor, y comprendió lo furioso que había estado el pokemon en aquellos días de su ausencia. Esto le asustó: sintió deseos de dar la vuelta y desaparecer. Imaginó cómo reaccionaría Groudon cuando despertara y lo viera. Seguramente le gritaría o le diría cosas hirientes por haberlo dejado sin ninguna razón aparente. Si la primera vez se había molestado porque lo había dejado hablando solo por un día, no imaginaba lo que pasaría esta vez.

Se arriesgó de todos modos: ya estaba triste por causa del pokemon rojo, y si conseguían ponerle fin a aquella extraña relación, a la que ni siquiera sabía si tildar de amistad, sería lo mejor para ambos. Avanzó un poco más hasta estar cerca de Groudon y lo llamó.

—Oye, Groudon…Groudon—dijo, sin conseguir que el otro despertara.

Siguió intentándolo, sin saber que el mismo calor que el pokemon de tierra había provocado era el que le mantenía en aquel sueño tan pesado. No por nada Groudon se iba a dormir a las cavernas magmáticas donde hacía más calor para inducir un sueño más profundo y reparador.

Cuando se convenció de que el otro no le estaba ignorando, Kyogre levantó con su cabeza uno de los brazos de Groudon y se echó bajo éste, muy apegado a su cuerpo caliente. Si bien era cierto que había buscado el tacto del pokemon desde hacía algún tiempo, no era un abrazo de fuego lo que había tenido en mente, pero era probablemente lo único que conseguiría antes de que Groudon lo despidiera para siempre de su lado. Esto le sentó muy mal, pero le dio motivos para estar feliz allí, junto a ese al que había aprendido a querer después de no haber querido de aquel modo a nadie antes.

Continuará...