Saludos~
Paso a dejar el siguiente capítulo, uno de los que más me gusta ^^
Capítulo 15
Al día siguiente Kyogre despertó emocionado. Estaba ansioso por ver a Groudon y preguntarle si ya había averiguado quien era el pokemon de quien se había enamorado. No estaba seguro de si el otro caería en cuenta, pero esperaba que sí. Salió de su caverna submarina y no alcanzó a nadar más de algunos kilómetros cuando un pequeño grupo de Sharpedo se atravesó en su camino. Esto raras veces ocurría y siempre era por una razón importante.
—Señor—dijeron los pokemon respetuosamente al verle—; nosotros…teníamos que avisarle de algo que vimos.
El enorme pez azul se extrañó un poco. Los tiburones lucían algo nerviosos y eso era raro en los de su tipo.
— ¿Qué ocurre?
—Ayer…ayer vimos una cosa rondar estas aguas—le dijeron, mirando en rededor, como buscando eso de lo que hablaban—. Lo habíamos visto una vez hace varios días, pero después desapareció y no le dimos importancia, pero…
—Pero ayer apareció de nuevo—siguió otro Sharpedo—. Parecía estar revisando algo por estos lugares: miró en su cueva…
Kyogre puso mala cara.
— ¿Qué pokemon era?—quiso saber.
—N-no era un pokemon, eso es seguro—dijeron los otros—, no parecía animal. Más bien era como una de esas máquinas que a veces arrojan los humanos…
—Esas que tienen luces y después regresan a la superficie. Era un poco diferente a las que vemos siempre, pero era una máquina sin duda.
— ¿Dónde está ahora?—preguntó Kyogre.
—Se fue—dijo uno de los pokemon—, ayer, poco antes de que usted regresara. No quisimos despertarlo y por eso…le hemos avisado ahora.
El pokemon azul desvió la mirada, pensando: desde que había despertado hacía algún tiempo había tenido que aprender a lidiar con extraños aparatos que los seres humanos dejaban caer al mar y que luego regresaban por sí solos a la superficie. Le parecían muy raros, especialmente porque tenían luces y se deslizaban por las rocas. No conseguía comprender para qué eran, especialmente porque solo se paseaban de acá para allá durante un par de horas y luego se marchaban. Si éste había sido otro de esos aparatos pues no resultaba peligroso, pero los Sharpedo lucían preocupados al respecto. Sin embargo Groudon le estaba esperando, y considerando que esos eventos de las máquinas nunca habían reportado nada grave…
—Si vuelven a verlo por aquí, avísenme—aconsejó el pez, antes de retirarse.
—Sí señor…
Los pokemon intentaron quedarse tranquilos con esta respuesta y se alejaron nadando con su propulsión a chorro. Kyogre los vio irse y observó un poco en rededor. Luego retomó su rumbo y apareció dentro de un par de horas en la isla de Groudon.
El pokemon estaba donde siempre, echado en la arena y con su típico gesto de desinterés. La arena se le pegaba al cuerpo, pues estaba todavía húmeda después de la lluvia que había caído la noche anterior, por parte del pez. Las plantas de su pequeño jardín lucían un poco mejor, pero tardarían algunos días en volver a tener el esplendor que habían perdido durante la rabieta del pokemon. Se lamentó por ser tan irascible y que su propio trabajo pagara las consecuencias.
— ¡Buenos días, Groudon!—dijo el aparecido, levantando algunas olas y saludando con su característica amabilidad.
El pokemon rojo se levantó lentamente de su sitio, se quitó un poco la arena y en vez de responder al saludo, se quedó mirando al pez fijamente. Éste se extrañó.
— ¿Qué ocurre?—preguntó.
—Cresselia—dijo el otro de forma impertérrita—, o Lugia.
Kyogre dio un respingo. Luego sonrió anchamente y reposó su cuerpo en la orilla, con la mitad en el agua y la otra mitad en la arena. Las heridas de su cuerpo lucían un poco mejor, y el día nublado contribuía a la mejora.
—Pero Groudon—dijo Kyogre comprensivamente—, ni Lugia o Cresselia son pokemon de la tierra—soltó, levantando las aletas—, es más: ambos son de la luna.
El aludido abrió expresivamente los ojos y la boca. Se quedó así un largo momento mientras Kyogre disfrutaba de su gesto sorprendido. Finalmente el pokemon sacudió la cabeza y exclamó:
— ¡Tú dices…! ¡E-es decir…! ¿Pokemon exclusivamente de la tierra? ¿Del suelo?
El otro asintió y se sonrojó. Imaginó que el pokemon rojo lo había descubierto con aquella pista tan obvia, por lo que la emoción lo sacudió levemente y se quedó mirando ansioso al mayor. Groudon paseó la mirada por el lugar, se pasó una mano por la cara y luego se dejó caer sentado al suelo.
— ¿Me das otra pista?—pidió al fin.
A Kyogre se le fueron los colores al escuchar esto. Perdió de inmediato la sonrisa emocionada y el rubor, y se quedó allí parado con la mirada fija en el otro. No podía creer que en verdad no se hubiera dado cuenta, y esto por un instante lo decepcionó. Soltó un suspiro y luego retomó su actitud normal.
—Te la daré después, antes de irme—dijo, sonriendo y mirando al otro con gesto compasivo.
Pasaron la tarde conversando, como siempre. Kyogre le mencionó aquello que los Sharpedo habían visto y esto hizo recordar a Groudon el día en que él también había sido despertado: los humanos tenían máquinas muy extrañas hoy en día y algunas eran ruidosas como el demonio. Esa era la mayor impresión que tenía de la tecnología. El pokemon azul comparó esto con su propio despertar: también los humanos de aquella vez habían llevado máquinas grandes y un tanto ruidosas, pero bajo el agua el sonido quedaba casi por completo amortiguado así que era difícil decir.
—No me gusta cómo funcionan las cosas ahora—dijo el pokemon rojo, y eso que no sabía ni la mitad.
—A mí tampoco—le siguió su compañero—; los humanos se han envilecido más que antes. No comprendo cómo es que una criatura hecha por el creador se estropeó de esa manera.
—Todos hacemos lo que nos place con nuestro libre albedrío—razonó Groudon—, y no es culpa del creador lo que nosotros decidamos hacer.
—Lo sé. Pero aun así es lamentable.
El mayor asintió con la cabeza. Mientras se acercaba el atardecer, los dos pokemon se quedaron viendo a los Wingull siendo arrastrados suavemente por la brisa y descansar luego sobre las ramas de los árboles. Groudon bufó por la nariz y preguntó:
— ¿Crees que te los puedas llevar?
— ¿Te incomodan?
—Son muy conversadores, especialmente en la mañana.
—Eso está bien—dijo Kyogre, extrañando al mayor—, así te volverás más comunicativo como ellos y tendrás con quien conversar cuando yo no esté.
Groudon se lo quedó viendo fijamente al escuchar ese comentario.
— ¿Tienes pensado ir a algún lado?
—No—respondió el más joven, ladeando la cabeza—, solo digo…
—Pues no lo digas—le cortó Groudon, mirando hacia el mar—. No quiero escuchar esas cosas.
— ¿"…esas cosas…"?
—De que no vas a estar. Prometiste que no te irías.
Kyogre sonrió cálidamente y cerró los ojos. Nunca había prometido nada como eso, pero le gustaba que Groudon inventara promesas para él, más si era alguna que los mantuviera juntos. Decidió hacer suya esa promesa y cumplirla, tanto como si él mismo la hubiera pronunciado.
—Ah, sí…lo olvidé…—sacudió un poco la cabeza y despertó de esa repentina y agradable sensación que se lo tomaba a veces—, bueno, ya debo irme.
—Mi pista—demandó el mayor.
El pokemon azul lo pensó un momento: tenía que darle una pista que fuera sutil y a la vez tan obvia para que Groudon por fin se diera el palmazo en la frente.
—El pokemon del que me enamoré—dijo Kyogre preparándose para partir—tiene ojos, pero nunca ve las cosas. Es bastante ciego.
Se despidió y se sumergió, desapareciendo de la vista.
Groudon lo vio irse y se llevó una mano al mentón, pensando: su protegido Landorus era un pokemon muy noble, casi caballeresco. Pero había momentos en los que había que explicarle ciertas cosas con manzanas para que comprendiera: por lo general se trataba de casos aislados, como una indirecta o una insinuación, de las veces que algún pokemon femenino había intentado decirle algo de manera sutil. Como vivía demasiado preocupado por su labor no alcanzaba a darse cuenta de ese tipo de cosas, y se enfocaba de lleno en su trabajo. El otro que era en extremo ingenuo era Jirachi, pero esa criatura tenía la cabeza en las nubes, así que era complicado que se diera cuenta de nada. Landorus tenía más posibilidades además porque había sido creado del polvo del suelo y del viento.
— ¡Ha!—soltó Groudon, cerrando su puño—, esta vez sí.
Se felicitó por su brillante deducción y se quedó mirando el ocaso. De pronto cayó en cuenta del comentario que le había hecho a Kyogre respecto a que no lo dejara solo. Se avergonzó un poco de haberlo dicho de forma tan bruta, pero no podía evitarlo: no podía andar disfrazando lo que sentía…
"No me gusta que se vaya…"—pensó el pokemon con la mirada fija en la arena bajo él—"Odio cuando se va…"
Recordó lo que el pokemon azul le había dicho hacía un par de días, algo de querer y odiar a alguien por igual. Extrañar tanto a una persona por su ausencia que acababas odiándole, aunque muy en el fondo solo querías que regresara para que ese odio se marchara. A él le había pasado algo así esa vez, cuando Kyogre le había dejado por tres días. Cuando se despertó y lo vio bajo su brazo sintió como el odio lo había dejado de golpe, casi como si hubiera salido catapultado de su cuerpo, y una enorme sensación de alivio lo invadió. Aunque no se lo había dicho. En ningún momento le dijo lo feliz que había estado de volver a verlo. La furia le había dejado un sentimiento muy amargo de rencor; quería hacerle daño a Kyogre por el daño que le había hecho a él abandonándolo por tantos días. Qué tonto había sido, y qué suerte que el pokemon azul había insistido para quedarse con él…
—Él…él no quiso irse…—soltó Groudon de pronto, levantando la cabeza.
A pesar de lo duro que había sido con él y de que había intentado hacer que se fuera, aunque muy en el fondo no lo quería, Kyogre insistió y se quedó, para tranquilidad suya. Nunca se había sentido más aliviado, pero tampoco nunca quiso interrumpir la comodidad de su soledad. ¿Qué era lo que…?
—S-soy yo…
Su corazón dio un vuelco cuando lo comprendió. Groudon miró hacia la lejanía buscando la figura azulada aun nadando allá en la línea del horizonte. Obviamente no estaba, pero Groudon se quedó allí, deseando con todo su ser verlo dar un salto desde el agua para poder llamarlo. Todas las piezas terminaron de encajar en su cabeza: todas las suyas y las de Kyogre tomaron su lugar y se acoplaron perfectamente las unas con las otras. Querer y odiar a alguien por dejarle solo. La caricia que el pez le había pedido en aquella oportunidad. Irse a la cima de una montaña para seguirlo. Un pokemon único en la tierra y que no veía las cosas. ¿Quién podía ser más ciego que él? Kyogre le había dado muestras una y otra vez del afecto que le tenía y él lo había pasado enteramente por alto.
Se sostuvo la cabeza con ambas manos y se reprochó por estúpido. Se levantó y se dio vueltas en su sitio, mirando hacia el océano como todavía guardando alguna esperanza de verlo aparecer. Maldijo su ineptitud y la lentitud con la que se daba cuenta de las cosas. Maldijo al sol por tardarse una eternidad en esconderse en la lejanía y maldijo cada hora que pasó echado sobre la arena fría, aguardando impaciente la mañana para poder volver a ver a ese que tratando de hacerle ver sus sentimientos, le había hecho descubrir los suyos propios.
Nunca una noche se le hizo más larga e insoportable, y nunca deseó al día siguiente que el sol jamás se hubiera levantado para ver el alba aparecer otra vez.
Continuará...
