-¿Dónde está el amor?-
"…No hace falta que me quites la mirada
para que entienda que ya no queda nada
Aquella luna que antes nos bailaba
se ha cansado y ahora nos da la espalda…"
Sacudía sin mucho interés la cornisa de la ventana, cuando la puerta de la pequeña cabaña debajo de la montaña, sonó ante el puño de una presencia desconocida. Pero por la forma de tocar, yo sabía de sobra quién era y eso no me gustó en absoluto. Después de insistir por tercera vez, me levanté del pequeño banco donde estaba sentada y sacudiéndome las manos sobre la gabardina de mis pantalones, abrí la puerta furiosamente.
- ¿Qué diablos quieres, Erwin? – El que fuese mi superior por casi quince años, estaba frente a mí y me miraba fija y neutralmente, como siempre.
- Necesito hablarte.
- Yo no. Déjame sola – e iba a cerrarle la puerta en la cara, pero su hombro férreo me lo impidió.
- Es sobre Levi.
- Pues menos aún quiero hablar de ese enano miserable. Lárgate.
- Hanji, por favor. Es importante. Yo no soy tu enemigo.
Erwin tenía razón. Levi sí lo era.
- Entra – y solté la puerta dándole la espalda. Nunca me imaginé que ese movimiento sería fatal para mí emocionalmente.
Los brazos gruesos y fuertes de Erwin Smith rodearon mi cuerpo. Me sentí abrumada y mi furia se transformó en una especie de odio vulnerable que me abrasaba por completo. Al mismo tiempo, algo, no sé qué, me dejó entrever en el gesto de Erwin, que no me abrazaba por la espalda por mera camaradería. Su abrazo era desesperado, como si algo le hiciera pensar que yo desaparecería como humo en segundos y él no deseara eso.
Su mano me tocó la mejilla ligeramente. Por fin comprendí sus intenciones y más que forcejear, usé mi peso echado hacia adelante para evitar que lo hiciera más. Me volteé y lo que vi fue desolador.
"..¿Dónde está el amor del que tanto hablan?
¿Por qué no nos sorprende y rompe nuestra calma?.."
De sus ojos azules brotaban lágrimas.
Soy una persona expresiva, lo acepto. Y por eso ver así a alguien que hasta hacía unos días había sido mi superior por mí, alguien que siempre permanecía impasible, estaba a punto de hacerme brotar las mismas lágrimas a mí.
Sin palabras, pareció decírmelo todo.
Y sin palabras le dije "no".
- Erwin, ¿Qué te pasa? – pregunté nerviosa.
- ¿Qué te hizo? – Preguntó simplemente.
- No trates de hacerte el idiota conmigo, Erwin. Tú lo sabías. Lo sabías y te lo callaste, yo… - empecé a hablar, furiosa; las palabras se salían de mis labios sin que pudiera detenerlas. La coleta se me deshizo y el coletero estaba a punto de caer por entre mi cabello por lo que lo arranqué lanzándolo al suelo y en ese momento volteé a mirarle. Su rostro estaba a escasos centímetros de mí y me miraba fijamente a los ojos. Pude ver el iris de los suyos y solté a reír nerviosamente, pero su rostro parecía de piedra.
- No sé de qué estás hablando.
- De Levi y Mikasa Ackerman – y mientras más hablaba yo, más se acercaba él. Entonces lo detuve por el hombro – Erwin, basta ya – pero algo en su mirada me decía que no iba a detenerse. Sus brazos me atrajeron contra su cuerpo. Era raro.
Entré al Escuadrón de Reconocimiento a los dieciséis. Un prodigio sin precedentes estratégicamente hablando. Inmediatamente Erwin me tomó bajo su protección y a los 18 había perdido mi virginidad con él. Unos pocos meses de sexo sin satisfacción no hicieron mella en ninguno de los dos y decidí acabar con eso solicitándole me ingresara en el apartado de Investigación. En el fondo creí que él estaba tan hastiado como yo, porque lo hizo sin chistar. Ambos parecimos renunciar a eso sin reclamos ni aparentes sentimientos de apego ni rencor. Él me trataba como a una subordinada, yo como a un jefe.
Por eso su cercanía fue tan confusa.
Sus labios rozaron los míos.
Juro por todo cuánto conozco que yo sólo podía pensar en la sensación de los labios de Levi.
Maldito traidor.
Mis brazos reaccionaron por instinto aprisionando el cuello de Erwin. Tenía la piel suave. Al acariciar su nuca entre mis dedos, me topé con tupido y suave cabello rubio. En realidad eso sólo provocó un ligero escozor en las yemas de mis dedos. Levi tenía la nuca casi rapada.
- Hanji, necesito decirte…
No. Te lo suplico, no lo digas. No.
- Siempre estuve enamorado de ti.
Dije que no lo digas. No puedo aguantarlo. Él no está enamorado de mí. Sino de ésa jovencita, Mikasa Ackerman.
Mi mente era un torbellino.
"… Déjame que vuelva a acariciar tu pelo
déjame que funda tu pecho en mi pecho
volveré a pintar de colores el cielo
haré que olvides de una vez el mundo entero
Déjame tan solo que hoy roce tu boca
déjame que voy a detener las horas
volveré a pintar de azul el universo
haré que todo esto sólo sea un sueño…"
Erwin me acarició la espalda. Un estremecimiento me embargó y lo miré de cerca descifrándolo. Por años había creído que él no estaba interesado en mí, que de hecho algo en mí estaba mal y no podía despertar en nadie nada que no fuera una especie de emoción desenfrenada, bizarra y visceral. Él, que no era quien yo pretendía imaginar que era, me besó de lleno en los labios. Un cosquilleo bajó a mi estómago. Culpabilidad. La sentí recorrerme como una terrible sensación, que me sofocaba, pero no la evadí. Me entregué de lleno en sus brazos, con esa misma sensación muda, cegadora. Erwin me separó de él un segundo, me miró de nuevo, fijamente, buscando algo que no encontró. Parecía decepcionado, confuso y dolido, pero me tomó la cara firmemente por ambas mejillas y volvió a besarme con tanta pasión que creí que iba a desmayarme. Sus manos rebuscaron en mi espalda el broche del sostén, delicadamente, tan delicadamente como todo lo que él hacía. Mesurado, calculador, cuidadoso. Lo besé ahora yo, esta vez dominante, impositiva, como queriendo depositar y hacer que absorbiese con sus labios todo mi dolor. En unos cuantos segundos, eran pues no sus manos, sino las mías, las que desabrochaban con rapidez los botones de su camisa. Quería terminar pronto, pero no quería parar.
"… Tengo contados todos los besos que nos damos
y tú fugitiva, andas perdida en otro lado
Yo no quiero caricias de otros labios
no quiero tus manos en otras manos
porque yo quiero que volvamos a intentarlo…"
Cuando se dio cuenta que, de hecho no iba a detenerme por escrúpulos de cualquier índole, incluso por esa sensación devastadora de que estaba siendo infiel a mi amor por Levi, porque él lo sabía, yo amaba a Levi, me empujó contra la pared y una vez más me miró de cerca, fijamente, con su mano acariciándome el cuello mientras mi blusa yacía en el suelo con mi sostén y únicamente vestía mis pantalones y mi ropa interior. Sentía su alma gritarme, llamarme desde un profundo lugar que nunca toqué en el pasado y que ahora aparecía ante mí, claro como el cristal. Él deseaba mi amor. Un amor que yo no podía darle. Pero… ¿Qué había de mi cuerpo?
Fue un miserable y craso error.
Erwin me soltó. Sólo para quitarse por completo la camisa.
Su torso, recio y seductor, delineado y blanco se abalanzó ligeramente sobre mí y se fundió con el mío en un abrazo cálido, uniforme y sincero. Me dolió profundamente pero con toda mi alma deseaba sentir a otro ser humano.
Levi no lo era.
Levi nunca fue un ser humano.
Y entonces algo en mi mente se activó. El enojo, como una fiera se abalanzó sobre mi corazón y mi cerebro reaccionó a ello, mostrándome imágenes mezcladas con experiencias. Levi besaba a Mikasa. Levi le hacía el amor a Mikasa. Levi reía con Mikasa. Levi amaba a Mikasa. Ya no era pues yo.
¿Dónde está el amor del que tanto hablan?
¿Por qué no nos sorprende y rompe nuestra calma?
Me sentí adulada cuando Erwin, con dulzura sin igual acarició la piel de mis hombros con sus manos, delinéandola, preparándola para un contacto que sólo él deseaba.
Quise morir.
Levi.
Aunque mi corazón lloraba, ni una sola lágrima asomó a mis ojos.
Eché la cabeza hacia atrás. Le dejé hacer.
Ciertamente, algo diferente sentí entonces. No lo detuve.
Le dejé, unos minutos, la oportunidad de obligarme a abandonarme.
Me amó aunque yo no le amara ni un momento.
"…Déjame que vuelva a acariciar tu pelo
déjame que funda tu pecho en mi pecho
volveré a pintar de colores el cielo
haré que olvides de una vez el mundo entero
Déjame tan solo que hoy roce tu boca
déjame que voy a detener las horas
volveré a pintar de azul el universo
haré que todo esto sólo sea un sueño…"
Porque para mí el que besaba, lamía, estremecía mi ser entero, era el hombre de mediana estatura que, detrás de la puerta de la cabaña a la que había ido a buscarme siguiendo a su jefe, escuchaba mis gemidos de placer.
Levi.
Siempre Levi.
