El día estaba nublado.
22 de febrero del año 863. Era el cumpleaños número siete de Matt.
Hanji salió temprano de la cama, y aunque Erwin quiso retenerla aludiendo a que aún estaba a obscuras, Hanji estuvo dispuesta a no escucharlo. Su hijo cumplía siete años.
Ése día volverían a verse las caras.
"Levi –pensaba ella- Espérame. Sólo es un poco más y entonces volveré a ti".
Erwin le permitió por fin levantarse, al verla decidida. Ya más tarde se cobraría su desobediencia. Pero no podía culparla, Matt era su único hijo y aunque le costara toda su hombría admitirlo, amaba profundamente al hijo que, pensando que era suyo, había aceptado tener con ella. Se consolaba de algún modo pensando que de todos modos, Levi jamás volvería a tocar a Hanji sabiendo que a pesar de haber tenido un hijo de ambos, se había casado con él.
También él se sentía quebrado en algún punto de su armadura.
Sí, no había hecho las mejores cosas tal vez, pero en ese entonces él pensaba que estaba salvándola de Levi.
¿O acaso ella había olvidado ya aquella golpiza que la había dejado al borde de la muerte?
"… Las marcas en las manos no son nada comparados con esa cicatriz en tu espalda, preciosa. No son nada comparadas con las marcas que decidiste dejar en mí dándome la espalda para no verme la cara mientras te hacía el amor… Mientras tú pensabas en ése miserable…"
Tampoco él la había pasado bien. Así que ahora, ya no podía permitirse que nadie viese esa pequeña grieta en su caparazón. Era mucho más fácil ser el fuerte, el vencedor, el que se quedaba con la chica, el que la empujaba contra la pared y la poseía sofocando sus gritos mientras secuestraba su voluntad física y la transformaba en un ser sin alma; era más fácil obligarla a ceder si se oponía, que tratar de convencerla.
A esa mujer no se le podía convencer de amarlo mientras Levi Ackerman existiera.
Erwin se levantó pasadas las seis de la mañana para elegir un traje. Deseaba lucir impecable para su nombramiento como Líder de la Armada Real de la Reina de las Murallas. Le sería entregada una placa en la ceremonia, misma que tendría que usar siempre y que le daba el poder de hacer lo que deseara. En la misma ceremonia, serían recibidos los miembros supervivientes de la Legión de Reconocimiento. Entre ellos estaba Eren Jaeger que sería nombrado a su vez Líder de Escuadrón como alguna vez fuese Levi y Hanji y los dos hermanos Ackerman, Levi, que sería condecorado y se retiraba del ejército (la razón hasta para Smith era un misterio) y Mikasa, quien era la nueva Teniente Primera, cargo que Smith había dejado vacante poco antes del nacimiento de Matthew.
Hanji correteaba contenta por la cocina preparando panqueques con frambuesas, que eran los favoritos de Matthew, una tarta de chocolate con crema y fresas frescas, jugo de naranja y el café de Erwin. Si algo podía reconocer es que Erwin siempre había alabado sus habilidades para la cocina, especialmente para preparar el café que bebía todas las mañanas. Su cabello a esas horas lucía terriblemente enmarañado por lo corriente, pero ése era un día especial y a esas horas, Hanji ya lucía un escotado vestido blanco, idea de Erwin. ¿La razón? Era obvia. Hanji tenía que verse deslumbrante como la esposa perfecta del que sería el nuevo Líder de la Armada Real, y claro, Erwin deseaba tentar a Levi a que lo enfrentase.
Cuando Matthew se despertó, escuchó ruido en la cocina. Para él despertarse antes de las siete de la mañana era algo común, pero no salía de su cama sino hasta una hora después, pues a papá no le gustaba que anduviera deambulando por la enorme casa desierta a esas horas en que nadie lo veía. Sin embargo, fue precisamente su padre, Erwin, el que conocía, quien entró en su habitación, con el traje que Hanji había encargado para esa ocasión. También llevaba en los dedos una argolla de oro blanco, con el escudo de la Legión de Reconocimiento grabado en la parte superior.
Matthew se incorporó y miró con sus ojos grises a Erwin.
Aun cuando no quería reconocerlo, los ojos grises del pequeño, lo derretían y le recordaban un poco los reducidos sentimientos que le quedaban. Su único amor, que era precisamente él.
- ¿Cómo estás, hijo? – y le sonrió, con patente orgullo en su voz y en su figura. Dejó el traje en la cama, réplica del que él usaría ese día, de un tono gris obscuro y brillante, con un saco idéntico y camisa gris claro. Las corbatas más elegantes eran aquellas en cascada y así había mandado hacer la suya y la de su hijo.
- Bien, señor – respondió interesado en la argolla que destellaba a pesar de la poca luz de la habitación - ¿Qué es lo que llevas en el dedo, Padre?
- Esto es una argolla y es para ti. Es tu regalo. Hoy te conviertes, según el rito de la raza aria*, en un joven en vísperas de ser un adulto.
Matthew admiró fascinado la pequeña rueda brillante y extendió la manita blanca. Erwin sintió por primera vez en su vida, un vivo remordimiento por sus actos. Matthew no tenía culpa de nada. Erwin también sintió, por primera vez, un profundo amor por el pequeño, que cuando nació lo hizo sentir tan derrotado, pero que ahora lo hacía admirarse de lo valioso que era el cariño que el niño a su vez le prodigaba. Un cariño sin límites, más allá del mundo entero.
- Hijo – y lo miró serio – quiero que sepas que te quiero.
No sabía de dónde había salido eso. Pero lo sentía emerger de adentro hacia afuera. No sabía por qué lo había dicho. Sólo sabía que por primera vez en su vida adulta, estaba diciendo exactamente lo que sentía.
- Ven – y lo cargó en brazos, en pijama aún – vamos a desayunar. Mamá te hizo una sorpresa.
Emocionado, Matthew se dejó alzar. La nueva actitud de su padre era nueva para él y sin saberlo Erwin o Hanji, había conmovido profundamente al niño que a veces, en sus pensamientos infantiles, sentía una especie de rechazo por parte de su padre. No es que él lo hiciera conscientemente o que lo maltratase o le pegase. Pero algo en él hasta esa mañana, le dejaba entender que Erwin había puesto siempre una barrera entre ellos que ese día había roto.
Cuando llegó a la mesa, parecía otra persona. Matthew no podía ocultar su emoción por el repentino cambio de cosas y Hanji lo miró, contentándose, sintiéndose feliz porque por fin veía que su hijo mostraba una actitud más alegre de lo que nunca antes había dejado ver. Cuando Erwin lo dejó sentado en la mesa, se acercó a Hanji y ésta no pudo evitar un estremecimiento al sentir que le acariciaba el hombro y la caricia, amable, bajó por su brazo. No era nada común tal trato, frente a Matthew o sin él. Erwin apenas si se acercaba a ella, exceptuando las noches en que la poseía brutalmente sin permiso alguno y cuando sus dos manos se posaron entonces en su hombro y sintió sus labios murmurar en su oído, el escalofrío que tan bien conocía, la conmocionó.
"¿Quieres que te ayude?"
No entendió a lo que se refería y por primera vez en muchos años, Hanji buscó sus ojos.
- ¿Qué dijiste?
- Que si quieres que te ayude, Hanji.
Parecía que había pasado un siglo desde que la había llamado así.
En la profundidad de su corazón, algo se removió, algo que no recordaba que había estado allí alguna vez. Intensas ganas de llorar le atenazaron la garganta. Su propio aroma a sándalo y jazmín llegó a su nariz y recordó que llevaba maquillaje sutil en los párpados. No podía llorar, no hoy, no ahora.
Sacudió la cabeza ligeramente y Erwin a su vez la miró. Debía admitir que estaba preciosa con el cabello suelto y lo tocó delicadamente con los dedos mirándola.
Para Matthew el espectáculo de ver a sus padres siendo ligeramente cariñosos uno con el otro era algo tan extraño y al mismo tiempo tan agradable que sonrió por primera vez. No le importaba si lo veían o no. Se sentía contento en su nueva situación. Tenía siete años, una argolla nueva, un traje nuevo, pulcro y perfecto, iría a Shiganshina (lugar del que Erwin le había contado las hazañas de la legión) y no estaba solo porque estaba con sus padres que además, precisamente ese día estaban tan contentos. ¡Qué maravilloso día era!
- Te ayudaré con la tarta y el café ¿Quieres? – Preguntó como si le solicitara autorización.
- Cla-claro… - Murmuró casi, temblorosa, sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Erwin realmente la aterraba, era como si la hubiese encadenado por años y de pronto la soltara en medio del bosque. Estaba tan aterrada que no sabía si escapar.
Ambos se sentaron a la mesa y Erwin comenzó a hablar de lo que sería su vida. Quizá tuvieran que mudarse. Quería también matricular a Matthew en la escuela. Hanji se mantenía callada y ecuánime, como se había enseñado a ser. No tenía opciones. Era necesario. Sólo un poco más. Sólo unos días más de soportar la carga…*
Sirvió el café a Erwin y al pensar en Levi, en cómo se vería, en su rostro blanco y su uniforme pulcro, en su olor a lavanda y en cómo le sacudía de la coleta, le dedicó una sonrisa desde el fondo de su corazón. No una de esas sonrisas fingidas de todos los días, no. Sino una de aquellas sonrisas francas de antaño que tanta falta le hacían a ella misma.
Acarició cariñosamente la mejilla del niño triste que repentinamente, había abandonado también ese estadío de tristeza de todos los días, para dar paso a un pequeño feliz que comía panqueques y tenía la cara llena de crema.
Hanji tuvo que cambiarse al final el vestido blanco y usar algo más discreto para la ceremonia, pues para desgracia de Erwin, antes de salir de la casa para subir al carruaje, comenzó a llover y al parecer arreciaba. A cambio del vestido blanco, Hanji optó por algo igualmente blanco, aunque mucho más entallado. El gesto de atrevimiento no pasó por alto a Erwin, pero era un día especial, así que no reparó demasiado en ello.
Era un traje más entallado, igualmente blanco, con un saco sin blusa debajo. A Erwin le había parecido bien la optativa de ella por ese traje, porque le gustaba verla de blanco y porque aún su figura lucía perfecta. No creía que ninguno de los funcionarios del gobierno, ni generales del Rey anterior tuviesen esposas tan atractivas. El traje acentuaba todo el cuerpo de Hanji, que conservaba una figura esbelta y femenina (tenía formas más redondeadas ahora que era ama de casa). Continuó dejándose el cabello suelto, que se ondulaba ligeramente en las puntas y le caía a la espalda. Su hijo la miró, embelesado, como si viese una ninfa o algo mejor. Le sonrió a su madre y le tendió el bracito. Hanji le acarició el cabello y sostuvo la sombrilla mientras el niño subía al carruaje. Sus zapatos de tacón de color marfil, no demasiado altos, se sostenían tambaleantes en las baldosas de la entrada, pero no trastabilló una sola vez. Erwin le ayudó a subir y se sentó junto a ella.
El camino fue tranquilo. Matthew durmió la siesta después de ver el camino por un rato, mientras Hanji observaba los cambios que se habían operado en todas partes. Las aldeas parecían más bien pueblos y ahora había casas en todo el despoblado de antes. La humanidad se había alzado nuevamente. Les esperaba un período de paz y afortunadamente todo parecía mucho mejor. Pensó en que su hijo felizmente tendría una hermosa vida donde no conocería la furia y el poder de esas criaturas come carne que a ella tanto le fascinaban.
Cuando divisó la muralla, el estómago le dio un vuelco y sin darse cuenta toda su fisonomía parecía arrebolada. De pronto sus mejillas tenían color, y sin darse cuenta se comía las uñas nerviosamente. Para Erwin, esto pasó inadvertido ante su propio nerviosismo, era su gran momento, el más grande de toda su vida, pues había trabajado y dado su sangre y corazón para él. Pero también su nerviosismo respondía a otro motivo, sin saberlo, el mismo que el del nerviosismo de Hanji.
Levi.
Se verían las caras después de más de siete años y con sinceridad podía decir que estaba ansioso porque le iba a mostrar a su ahora enemigo, todo lo que se había perdido.
"Mira, éste es mi hijo, Matthew Smith Zoe".
"Jaque mate, Levi Ackerman".
Podría contemplar la cara intrigada de su hijo, el rostro contraído de Hanji, preocupada por la reacción de Matthew y la del propio Levi. Casi podía ver en su mente el desconcierto, la duda, la desolación en la cara del que había sido su mejor amigo.
Casi podía sentir cómo le rompía el alma.
Estaba saboreando su victoria por anticipado.
Cuando bajaron del carruaje, la primer cara conocida que vieron fue la de Eren Jaeger.
La primera que lo vio fue Hanji y cuando él la vio, no pudo reprimir una sonrisa de contento. Pero el cambio en ella lo descolocó visiblemente. Hanji parecía… Una mujer. Antes ya lo era, pero ahora parecía serena y sosegada, cual si fuese otra persona. Si no fuera por las gafas, juraría que era otra mujer. Se veía muy joven y atractiva con la vestimenta que llevaba y su actitud era mucho más femenina. Pero algo en ella, no sabía descifrar qué era, no le agradó nada. Erwin le tomó el brazo. Como si la estuviese marcando, como a un objeto.
Se acercó a la que fuese alguna vez su teniente jefe y la abrazó contra sí de puro gusto. Hanji se dejó abrazar pero en un gesto que dejó a Eren helado, Hanji no correspondió. Parecía como si Erwin, con una especie de control invisible, la obligara a actuar como él quería que actuase.
Eren se veía maduro, adulto, ahora le sobrepasaba en estatura. Hanji sonrió porque siempre lo había visto como a un hijo o a un sobrino. Cuando tomó la mano de Matthew al bajar el carruaje, Eren se impresionó muchísimo, al grado que dio dos pasos atrás.
El niño que veía era idéntico al Capitán Ackerman.
Se acercó al niño intercambiando una mirada con Hanji, que a su vez miró a Eren como diciendo "Por favor, calla, no digas nada aún, ya hablaremos luego y te lo diré todo". Eren reconoció en Hanji por primera vez en todos esos años, un profundo terror. Sin mencionar una palabra a ella o Erwin, sólo saludó al pequeño acariciándole el cabello. Matthew lo miró y de pronto pareció muy asombrado.
"¡Tú eres el chico titán! ¡Mamá me ha hablado tanto de ti!" – Exclamó asombrado.
Eren le sonrió. Era idéntico a Levi Ackerman. Pero este niño no daba miedo.
Tuvo que pensar un segundo antes de cometer una trastada, pero estaba demasiado intrigado.
"¿Quién es este chico? Sé que es hijo de la comandante Zoe pero… ¿Acaso..? Tengo que decírselo a Mikasa…".
Erwin sonrió. La maquinaria comenzaba a funcionar. Eren le estaba poniendo todo tan fácil.
Hanji le tomó la mano a Matthew, y a su vez, Erwin la abrazó. Sentir el peso de su brazo sosteniéndola era intolerable. Sentía que de pronto se pondría a gritar, tomaría un equipo de maniobras de los asistentes y saldría volando de allí, cargando a su hijo por toda la ciudadela, para salir a quién sabe dónde saltando la muralla.
"A dónde sea. Ya no hay titanes…".
El murmullo en su cabeza era atronadoramente alto.
"Ahora puedes huir, Hanji. Levi no te abandonaría".
No. Levi no la abandonaría y menos sabiendo que…
Y entonces lo vio.
Parecía que hubiera crecido diez centímetros y ella hubiera empequeñecido.
Imponente, aunque con excesiva lentitud de movimientos, Levi Ackerman se hacía acompañar de Mikasa. Eran tan imponentes como hermosos los dos. Parecía que nadie respirara a su paso.
Sobre la plataforma de la plaza de Shiganshina donde sería la ceremonia, Levi podía ver todo claramente. Sin embargo, Eren tapaba la visión de Matthew y por eso no pudo verlo de inmediato. Pero sí vio a Hanji. Y ella a él. Apenas unos metros uno del otro. Erwin a su vez saludaba a la Guardia Real actual, entre quienes estaban Sasha Braus y Jean Kirshtein que lo acosaban a preguntas. Sin embargo, no perdía detalle de nada.
La mirada de Levi era fría. Eso desoló a Hanji al punto en que bajó la vista. Por eso no pudo ver la expresión que por un momento cruzó los ojos del Capitán.
Cuando Eren se movió, sin embargo, Levi Ackerman perdió toda su compostura y se miró a sí mismo, de siete años, sosteniéndose de la mano delgada de Hanji Zoe. Mikasa, enfundada en un vestido rojo y vaporoso se llevó la mano a los labios y miró a Levi con ansiedad.
"¿Pero qué demonios..? Levi, ¿Ya viste a ése niño? ¡Levi!"
Pero Levi Ackerman no cabía en sí mismo de puro asombro.
Le dolían las articulaciones y cada movimiento era pura tortura, pero no importaba.
Ahí estaba, reencarnado. ¿Quién era ése sino él?
Bajó la plataforma, esta vez sin ayuda de su hermana y se acercó. Por supuesto era demasiado rebelde, demasiado viejo y demasiado osado para temerle a Erwin Smith. No le tuvo miedo a los veintiocho, no iba a temerle a los cuarenta.
Hanji sostuvo la mano de Matthew y cuando éste alzó la vista para ver al adulto que se acercaba, sus ojos, como platos se abrieron ante lo inimaginable.
- "... Oe, Cuatro Ojos, ¿Cómo te ha tratado la vida?.."
Un saludo familiar. Como si no se hubieran dejado de ver nunca. Erwin sonreía de lado. El muy bastardo se había atrevido a hablarle entonces a su esposa.
Hanji no se atrevía a decir nada y su emoción y desconcierto eran tales que apenas si podía mantenerse en pie.
- Señora, ¿Quién es este señor?
Matthew quería saber. Erwin sólo sonreía al lado de Hanji. Eren estaba a punto de decir algo cuando vio que Mikasa se acercaba y se lo llevaba de ahí sin perder de vista el encuentro. Era como una bomba, algo que de pronto fuese a estallar. Hanji balbuceó pero a la leve presión del brazo de Erwin, apretó los labios y se contuvo bajando la cara.
- Hijo, este señor es Levi Ackerman, el soldado más fuerte de la humanidad. ¿Tu madre nunca te ha hablado de él? Este hombre es tu padre.
Para Erwin Smith pronunciar estas palabras definiendo el destino de todos los seres presentes en esa reunión fue como sacarse una carga de encima. Lo sentía por Matthew, pero de algún modo debía hacerse un hombre fuerte como él.
Levi Ackerman estaba mudo de asombro, pues era demasiado obvia la explicación, pero verbalizándola sonaba muchísimo más atronadora y descomunal de lo que era en sí misma. Hanji volteó de súbito a mirar a Erwin enmudecida, llena de una rabia que superaba todo su miedo. Pero para Matthew el derrumbe de su mundo perfecto era muchísimo más desolador. Para él, que el padre que había conocido toda su vida no lo fuese, era un doloroso cambio que no sabía cómo enfrentar.
Pero la naturaleza del pequeño era demasiado sosegada para lamentarse. Se sacó el pañuelo de seda del bolsillo, blanco, impoluto, y se limpió los ojos que no paraban de hacer manar enormes lagrimones.
Hanji sostuvo a Matthew entre sus brazos, porque tenía miedo.
Ya había perdido al padre, pero perder al hijo, su hijo, era algo que no podía enfrentar. Sus manos se aferraban al pequeño niño que no sólo no se alejó de su madre, sino que se apegó a la falda entallada de ésta con manitas blancas que suplicaban un abrazo.
Levi se contuvo un segundo antes de plantarle cara a un Erwin Smith que no sólo le sacaba casi 30 centímetros de estatura, sino que además estaba en su mejor momento. Pero comprendía de pronto todo muy bien, tan bien que lo único a lo que respondería sería a destrozar su estúpida sonrisa confiada.
Su dolor era soportable, como había tenido antes que cargar con tantos otros. Pero ver a la que había sido el amor de su vida transformada en una mujercita muda sin voluntad, destrozada, aniquilada en su más pura esencia, ver a un niño que siempre había sido su hijo (Hasta el detalle del pañuelo lo delataba) lloroso y destrozado ante la realidad de no pertenecer a la familia que creía que existía, simplemente lo enfureció.
"Oe, mocoso –se dirigió a Eren- Llévate al niño. Vamos a arreglar cosas de adultos…".
Se quitó el saco y se lo tendió a Hanji, que lo tomó como si fuera algo sumamente precioso.
Cuando Levi vio las palmas de las manos de Hanji, mientras esas manos se crispaban apretando contra sí su saco, perdió todo rastro de cordura y se abalanzó, sin saberlo, sobre el nuevo Líder de la Guardia Real de las Murallas, ante el horror de los asistentes.
Todos vieron cómo el herido capitán Ackerman descargaba todo su odio mientras el Comandante Smith reía y su esposa inexplicablemente lloraba.
Pero estaba allí.
Levi estaba allí.
Y por inexplicable que pareciera, su profundo miedo comenzaba a aflojar las profundas raíces que había echado en su corazón gracias a las atenciones de Smith.
Y en el forcejeo, Hanji de pronto escuchó su voz:
"Luces estúpida, Cuatro Ojos. Ésa no eres tú".
Y cuando volteó, Levi Ackerman tenía contra el suelo el engreído rostro del alto y bien parecido Comandante que creía que "ése enano", jamás podría contra él.
