-Agh, no se puede hablar contigo. -se quejó, poniendo los ojos en blanco.
-Bueno, es incómodo estar encadenado por un desconocido. Solo quiero hablar, arreglar las cosas, ser libre y pensar que todo fue un sueño. Por cierto, señor "Yo estoy en los Cuerpos de Reconocimiento", ¿qué pasó con la invasión? ¿Se solucionó?
La expresión del castaño oscureció. Lo miró de reojo.
-Sigue.
Antonio abrió con sorpresa sus ojos verde esmeralda. -¡¿C-como que sigue? ¿No la pararon?! ¿¡Qué haces aquí mientras los titanes nos atacan?!
-No, continua. Me encontré un anormal que se puede transformar y lo traje al sótano del Cuartel así lo tengo controlado y no se vuelve a transformar. Está permitido en el trabajo.
-¿Y el anormal?- preguntó el moreno, buscando con la mirada alrededor.
-Me corrijo: no es anormal. Es subnormal.
-Cambiemos de tema. ¿Donde estoy?
-En el sótano del cuartel de los Cuerpos de Reconocimiento, Muro Rose.
-¿Por cuánto tiempo voy a estar aquí?
-...- El italiano lo miró, perdido en sus pensamientos. -Hasta que se pruebe que no eres una amenaza. O que te transformes en titán y te mate.
Antonio lo miró, sintiendo como se le hacia un nudo en la garganta. Tenía tantas preguntas. ¿Qué le pasaría a su familia? ¿Estaría encadenado hasta el fin de los tiempos? ¿Cómo probaría que no era una amenaza si ni siquiera él mismo sabía? ¿Lo tomarían como muerto mientras estuviera aquí?
-¿Puedo pedirte un favor? -alzó la mirada, suplicante. -¿Puedes informarle a mi familia que sigo vivo?
-... Sí. ¿Quieres que les diga algo más? Digo, no es que acepté porque la verdad pareces buena persona o porque tus ojos verdes mirándome así me ponen muy incómodo o nada. -un ligero sonrojo le cubrió el rostro. -No. Entiendo esa situación de que tu familia piense que estés muerto. Me pasa semana por medio.
-¿En serio? ¿Trabajo peligroso?
-Vamos a dejarlo como que me tomo mis vacaciones. -el italiano se acomodó. -Fue muy graciosa la primera vez. Cuando abrí la puerta mi hermano se puso a llorar de la alegría. No entendía nada. Lo mismo hizo mi abuelo. Cuando le dije que estaba bien me tiró de las orejas y me dijo que no lo vuelva a hacer nunca. Me dieron por muerto más de quince veces. Ahora esperan tres días para siquiera agarrar la lista.
-¿Y qué haces en esos 3 días?
-Yo...- se calló. Luego lo miró de reojo. -Que no salga de aquí. Estaría en demasiados problemas. -Antonio asintió (¿a quién se lo diría?). -Me voy fuera del muro por dos días. El tercero vuelvo a la casa de mi abuelo. Cuando me siento listo, regreso al cuartel.
-¿Y si pasa algo en esos tres días?
-Nunca pasa nada. Lo único que podría pasar el es que el capitano Rivaille organice una expedición. Ni siquiera quería unirme a las tropas. -ese detalle le agradó al español.
Sin darse cuenta continuaron hablando. Lo único que los detuvo fue el ruido de un titán cayendo muerto al suelo. Antonio nunca hubiese pensado que sería tan fácil (y entretenido) hablar con su captor. El otro, por su parte, intentaba reprimir una sonrisa. La forma en la que hablaban tan sencillamente de cualquier tema era algo que le sorprendía. Y le agradaba. Incluso llegó a olvidar el por qué estaba ahí en primer lugar.
