Dio un largo suspiro.
La celda era demasiado aburrida. Bueno, de hecho esa es la idea, pero... ¡Estaba aburrido! ¿Cuándo volvería Lovino? ¿Tanto se puede tardar en ubicar una casa? Ah no, espera, fueron evacuados... Otro suspiro. ¿Es que la vida debía ser tan cruel?
-Ya volví. -anunció "Lovi", bajando rápidamente las escaleras. -Tus hermanos se parecen demasiado.
-Así somos~. -se puso de pie y caminó hacia las rejas. -Por cierto, Lovi, estuve pensando y creo que...
-¡¿Como?! -Antonio se calló. -¿Acabas de decirme "Lovi"?
-Sí. Como te iba diciendo, -ignoró la mirada asesina del italiano y prosiguió con su idea. -Ya que me voy a quedar aquí por mucho tiempo. -alargó el "mucho". -¿No te parece que debería tener algo de ropa para cambiarme?
-Veo que no sabes lo que significa estar en una celda.
-Pero Loviiiiiii, mi ropa huele raro.
-Te la aguantas... ¿Y desde cuándo me dices Lovi?
-Es que tu nombre es tan raro que ya es tierno~
-...- se llevó la mano a la cara. -De acuerdo, entonces supones que io soy tu mensajero. Ajá, sí, claro. Y no, no soy tierno.
-Porfas, no seas malo. -Antonio puso cara de súplica.
-No, Antonio. No me mires así. De aquí no sales. ¡Deja de mirarme, te digo!
-¿¡Y por qué acepté?!- preguntó casi a los gritos a la mañana siguiente.
-Porque -bostezó. -Eres bueno.
Por alguna razón, Antonio logró convencer a su (no tan) captor para que lo llevara a la mañana siguiente a su casa para buscar algo de ropa. Estaba cansando y se le notaban unas ligeras ojeras debajo sus grandes ojos verdes. No pudo dormir bien esa noche, ya sea por los nervios, la duda, la nostalgia o estar solo en un sótano a oscuras.
Lovino traía puesto su uniforme, junto con sus dos tanques de gas llenos y cinco cuchillas.
-¿Por qué cinco?- le preguntó, señalando las filosas hojas.
-Dos por si nos encontramos un titán, dos de repuesto para las anteriores, y una para ti en casos extremos.
-Aww, pensaste en mí.
-¡No! Digo, sí, obvio, si es para llevarte a Trost. ¿¡Y que tanto me miras así?!
-...- no dijo nada, solo lo contempló con una sonrisa boba en la cara. -Estás rojo.
Lovino sacudió la cabeza en un intento de quitarse el sonrojo y de volver a lo que estaban. -De acuerdo, volvamos a lo que estábamos haciendo. La forma más segura para entrar a Trost es con el equipo de maniobras. Ahora, como solo yo lo uso, vas a aferrarte y en esa posición subiremos por el muro. Todo esto es mas sencillo dicho que hecho, por lo que tendremos que practicar un poco. ¡P-pero no pienses que es porque quiero, sino que es la única forma de pasar inadvertidos, y que, además, si no lo hacemos bien podríamos caernos! ¿Entendido?. -Antonio asintió rápidamente. -Pero primero, salgamos del cuartel.
-¡Por la ventana!- propuso el español, dirigiéndose a dicho lugar.
-No, subnormal, por la puerta, como personas normales. -abrió la puerta de la celda. -Vamos. Y se silencioso, que todavía hay gente durmiendo. Ah, por cierto, me debes tres horas de sueño.
Subieron las escaleras y llegaron a la planta baja. Lovino abrió la puerta con cuidado, mirando hacia ambos lados antes de dejar pasar al semi-titán. A simple vista no había nadie. Perfecto, solo tenían que llegar hasta la puerta principal y listo.
Recorrieron el pasillo sin ser descubiertos. Lovino abrió la puerta rápidamente.
-¡Ey, más cuidado!
Se encontraron a Jean sentado en la entrada, unas pequeñas lágrimas en sus ojos.
-Más cuidado, mocoso. -dijo, poniéndose de pie.
Antonio abrió la boca para disculparse, más Lovino se le adelantó. -¿Más cuidado, yo? Me parece que estás en el lugar equivocado, novato.
-S-sí, perdone. -se disculpó Jean entre dientes. Esperó a que los hombre pasen para volver a sentarse. -Ay Marco, ¿dónde te has metido?- preguntó en voz baja.
-¿Marco?
-¡Polo!- respondió Antonio alegremente. Jean y Lovino se voltearon hacia él, fulminándolo con la mirada. El segundo tomó lo primero que encontró (un libro roto) y le golpeó la cabeza.
-Última vez que te saco. Camina.
Dejaron al confundido y ahora enfurecido Jean atrás y continuaron caminando hasta llegar al muro.
-De acuerdo, hagamos la prueba. Antonio, sostente de mí. -El nombrado lo miró confundido, más hizo caso y rodeó el torso de Lovino con sus brazos. -¡No aprietes tanto! ¡Y no toques ahí, que me da cosquillas!
-Tengo una idea. -dijo Antonio, rodeándolo por la cintura.
-¡¿P-por qué ahí?!- se sonrojó el menor, mirando los brazos tostados que lo abrazaban.
-Equilibrio. Además, esto es lo que hago con mis hermanos para que se caigan.
-Lo tomaré en cuenta. -tomó aire y miró hacia arriba. -De acuerdo, aquí vamos.
La subida fue costosa pero exitosa. A los pocos minutos ya estaban encima del muro. La bajada fue más difícil.
-De acuerdo, Antonio, ahora intentaremos dar vuelta en el aire para estar contra la pared, ¿listo?
-¡Adelante!
Se aferró más fuerte, si es que fuera posible, al italiano y se pararon sobre el borde. Lovino tomó aire y, tomando las manos del español, saltó.
