Al próximo día le dieron el alta a Antonio. Lovino le vendó la pierna por las dudas de que encontraran a algunos de sus familiares. Fueron directo al cuartel, procurando no ser vistos.
Con un suspiro de dejadez, Antonio entró en su celda, la cuál seguía exactamente igual a cómo la recordaba.
-Lovi~ -preguntó, antes de que el nombrado cerrara la reja con llave. -Se que ayer estuviste conmigo un par de horas y todo eso, pero... ¿Te puedes quedar más tiempo? -Lovino sintió un nudo en la garganta. -Por favor. No me dejes. Quédate, por favor.
Lovino volteó hacia el español suplicante. Le pedía que no se fuera, que se quede con él. Sentía sus mejillas ardiendo. Estaba conmovido y se sentía halagado al mismo tiempo. Normalmente todos los que lo conocían preferían hablar con Feliciano. "Debe ser porque no lo conoció" pensó, más aún así no dejó que le arruiné el momento.
¿Qué hacer?
Desde el principio no había hecho nada bien.
Encontró una persona dentro de un titán y lo trajo al sótano, donde lo tendría controlado y se podría averiguar sobre él. Hasta ahí, bien.
Nunca lo reportó. Mal.
Se quedó hablando con él. También mal.
Lo puso en una celda. Bien.
No volvió para ayudar a sus posiblemente ya difuntos compañeros... Justificable, estaba vigilándolo.
En vez de hacer lo anterior, entregó una carta... Bien moralmente, mal en defensa.
Lo llev- No, le cumplió un capricho y lo llevó hacia Trost, arriesgando su propia vida. Mal. Y también mal uso del equipo.
Mató un titán. Bien.
Hizo lo anterior pero no mató al alegre híbrido que lo trajo a aquella situación en primer lugar. Mal.
El único momento en el que se sintió culpable de todo lo anterior fue cuando lo dejó caer por accidente.
¿Mal?

-¿Lovi?
-Hazte a un lado, quiero sentarme en la cama.
-...- suspiró. -Gracias por quedarte.
Ambos se recostaron sobre la cama. Estaban demasiado cerca, pero no dijeron nada porque era pequeña.
-No entiendo el por qué no puedes dormir aquí, es muy cómodo.
-Estoy solo, en la oscuridad, con frío y sin saber nada del mundo exterior.
-¡No te puedes quejar. Tienes cuatro comidas al día, las cuales cocino yo, recibes gran trato, te ayudé a buscar tu ropa, entregué la carta que escribiste, no te obligo a levantarte temprano, paso la mayoría del día contigo y todavía no he dado a conocer sobre tu existencia!
-Es cierto. -sus miradas se cruzaron. -Gracias. -le dio una sonrisa sincera. -Muchas gracias, Lovino. Eres lo más.
El italiano sintió una mezcla de emociones. Incluso un extraño impulso en sus labios. No tenía claro ni qué sentía. Quería llorar. Quería sonreír. Quería abrazarlo y agradecerle por decirle eso.
Antonio, al cual había encerrado en una celda e incluso hasta llegado a despreciarle, le agradecía por lo que hacía y le sonreía indiscriminadamente.
-G-gracias. Creo. Digo, no es que... Ay, no sé. No me digas cosas así que haces que me... ¡No sé! Solo... Gracias, ¿de acuerdo? Gracias. Y si dices algo sobre que mi cara esté roja, que posiblemente lo esté pero no importa, o sobre que soy generoso o... que soy genial o algo así te voy a responder que sí, sí lo soy, ¿entendido?
Una vez terminado de decir eso, notó cómo lo miraba. Estaba confundido pero sonriente.
-¿Que tanto me miras así?- objetó, todavía sin saber cómo reaccionar. Luego recayó de que había hablando italiano todo el tiempo. Se aclaró la garganta. -Digo, ¿¡que tanto me miras así?!
-Volviste a hablar en italiano. -le respondió, sin quitarse la sonrisa del rostro. -Qué tierno. Aunque no entendí mucho. ¿Me lo repites en español?
-Zitto!
-De acuerdo~ O como dijiste, capishi.
-¿"Capishi"? ¿No te refieres a capisci?
-Eso. ¿Y de dónde aprendiste a hablar italiano?
-Es una larga historia...
-Tenemos todo el día.
-Idiota. -le dio un golpe suave con su extremo de la almohada. -Minonna me... Nos hacía hablar cada vez que íbamos a visitarla...