No quedaba cerca, pero aun así no lo notaron. Y tenían que admitirlo, fue agradable caminar por las calles soleadas.
-¡Y llegamos, la fila del pan!
-Hay demasiada gente.
-Bueno, es para comer, así que sí. ¡Vamos, antes de que quedemos más atrás!
-¿Siquiera es posible?
-O~ podrías aprovechar que eres soldado y conseguir un lugar ventajoso.
-No, a la fila.
-Yo te lo advertí...

-¿¡Todo esto por un solo, miserable, patético pedazo de pan?!
-Sí. -respondió Antonio, masticando un pedazo.
-Para la próxima, bajamos una hora más tarde y te cocino algo en el cuartel. -miró su pedazo de pan con desprecio. -¿Y ahora donde vamos?
-No sé. Solo quería ir a comer, pero si quieres pasear, no tengo problema~
-...- Lovino se sonrojó. -Está bien. Pero que al menos no sea tan malo como ahora.

-Espera, creo que conozco este lugar. -el castaño miró a su alrededor. -Antonio, volvamos.
-¿Pero por qué? Apenas si entramos en la zona norte.
-Exacto. No quiero estar aquí. -sabía perfectamente que Antonio no le iba importar y seguiría caminando, así que debía pensar en algo. -Vamos. En esta zona... hay ladrones.
-Hay en todas partes Lovi.
-No quiero entrar en la zona de comerciantes. -debía pensar algo mejor. -Además, nos preguntarán... quienes somos.
-¿Comerciantes?- el español se giró hacia él, una mirada oscura llenándole sus facciones. Lo tomó de la muñeca y dieron la vuelta.

-¡Ey, despierta, ¿a dónde vamos?!
Ya hacía varias calles que lo había tomado y todavía no lo ha soltado. Ni hablado.
Decidió que ya había sido arrastrado lo suficiente y decidió zafarse. Mas cuando lo intentó, el español endureció su mano. Viendo que a la fuerza no podía, se le acercó e intentó hablarle.
Dio un pequeño jadeo al tenerlo cerca. Su rostro era oscuro, serio y murmuraba cosas imposibles de entender.
¿Qué decirle? ¿Estaba enojado con él? ¿Cuándo volvería a su alegre y subnormal forma de ser? ¿Por qué se había puesto así en primer lugar?
-Antonio...
El nombrado paró en seco. Parecía que estaba en su propio mundo. ¿Cuándo había tomado la muñeca de Lovino?
-¿Eh, Lovi? ¿Qué dijiste? No estaba escuchando...
El italiano sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había vuelto a su personalidad "normal".
-...- lo miró. No sabía qué decirle. -Te pregunté... a dónde me llevas. Y que me sueltes, duele.
-Ay no, perdón. -lo soltó y le miró. No estaba lastimado, por suerte. -Perdón Lovi, a veces me vuelo y no me doy cuenta de lo que hago. Perdóname.
-E-está bien. -¡Claro que no estaba bien! ¡Repentinamente lo tomó de la muñeca y lo arrastró por las calles como un psicópata! Pero aún así, ahora podía ver verdadero remordimiento en esos ojos verdes, por lo que un "está bien" era mucho más fácil que decirle el resto. -¡N-no hagas eso!
Antonio abrió un ojo. -Pero Lovi, así te curas más rápido.
-No me digas, tu madre también te besaba las rodillas cuando te las raspabas y todo eso.
-Bueno, no te dejé marcas, pero aún así debió doler... Y sí, (mi madre) lo hacía. Si no quieres, entonces, vamos a buscar algo de agua fría.
-Eso suena mejor.
-De acuerdo~ -le extendió la mano para tomarla. -Ah, no, esta no. -le extendió la otra hacia la mano contraria.
-¿Es necesario ir tomados de las manos?
-Bueno, así no te pierdo. Y antes que digas, no, no lo hacía con mi madre, lo hacía con mis hermanos, primos y básicamente todos para no perderme.
-Ya, ya.