Habían pasado dos días desde que investigaban aquel caso del padre y la hija mutilados y estaban muy cerca de resolverlo todo; Lanie les había confirmado que el arma homicida había sido una catana de doble hoja, bastante inusual y de empuñadura bañada en oro pues el ácido había disuelto un poco en la bañera, igualmente les había confirmado la hora de la muerte entre las 3 y las 4 de la madrugada lo que quería decir que la hija ya estaría durmiendo y posiblemente su padre también. Como la puerta del domicilio estaba forzada Kate y Rick supusieron que las victimas no conocían a su asesino y descartaron por supuesto un robo que sale mal pues este caso exigía premeditación y muchísima preparación teniendo en cuenta el arma y el ácido, usado para eliminar cualquier tipo de huellas.
Con la pista que Castle había descubierto, Espo y Ryan habían hecho varias paradas en los parques donde usualmente se realizaban trapicheos de droga y por supuesto habían ido a uno de los lugares que Mike más frecuentaba, Central Park, allí encontraron a muchos clientes desolados con la muerte de su camello y ninguno parecía insatisfecho. Mientras los detectives se dedicaban al asunto de la droga y de las llamadas telefónicas, la inspectora Beckett y su marido descartaban a la mujer de la víctima y a su jefe como posibles sospechosos pues ambos tenían coartadas sólidas. Desolados y frustrados por no haber avanzado en el caso Katherine y Richard Castle vieron la luz al encontrarse con dos sonrientes Javi y Kevin que aseguraban haber encontrado dos anomalías, la primera en las llamadas de Mike pues éste había telefoneado con frecuencia a Sal Marmanough, un mafioso bastante conocido en los noventa en Nueva York pero que actualmente se mantenía en la estocada. La segunda era que el hombre había visitado el hospital un mes antes por una lesión grave en el pecho, parecida a quemaduras, y un ataque de ansiedad.
-Las enfermeras nos han dicho –dijo Esposito- que el tío no paraba de gritar que su hija estaba en peligro y que tenía que salvarla.
-Apostaría lo que sea a que tiene algo que ver con nuestro amigo Sali. –apostilló Castle con esa sonrisa de sabelotodo tan característica.
Pero cual que la sorpresa de los cuatro detectives cuando, bien entrada la tarde, al ir a por Sal, los vecinos comunicaron que había salido por patas la noche anterior con dos maletas y lo que parecía un billete de autobús. Así que cuando a las once se acabó la jornada en comisaría y todos se marcharon a casa seguían igual que antes solo que con el aviso de busca y captura de Sal Marmanough.
Eran las doce de la mañana siguiente y Beckett, con su tercer café de la mañana en una mano y el bolígrafo en la otra y apoyado contra la barbilla, miraba fijamente la pizarra como si de esta fuera a salir la pista que tanto estaban esperando...
-¡BECKETT, LO HAN ENCONTRADO!
Y Kate soltó lo que llevaba en las manos para salir corriendo hacía el ascensor, subirse en su Crown Victoria con el chaleco antibalas puesto y seguir al resto de policías de su brigada.
Cuarenta minutos más tarde el mafioso actualmente más buscado de la ciudad estaba sentado junto a la mejor inspectora de Nueva York y su marido en la sala de interrogatorios numero 2. Y tan solo quince minutos después el mafioso confesó tras asegurar que tenía una coartada sólida y perfectamente comprobable:
-Vale, sí, Miky me llamaba mucho pero era por una razón noble, nada que ver con lo que ustedes piensen. Desde que me reinserte hace más de quince años he estado haciendo diversos negocios, todos legales –al decir esto no fue capaz de sostener la mirada de Beckett- y uno de ellos era una guardería, a la que va, bueno…iba Ella Montgomery.
-Y, te llamaba ¿por?
-Ah, porque hace unos meses que un tio asiático, grandote y con muy malas pintas rondaba la guardería y cada vez que Mike iba a por su hija se le quedaba mirando como si lo conociese pero no le cayese muy bien, me entienden ¿no? Y los seguía. Luego dejó de venir pero hace un par de semanas que volvió a aparecer.
- Sal, ¿podría describir a ese hombre?
-Claro.
-Vale, gracias.
Al salir Kate envió al sospechoso con un dibujante, comprobó su coartada y tras tener el retrato robot en sus manos y hablar con la capitana fueron al último domicilio que constaba en la base de datos de Xung Millama, el cual había estado en prisión hace diez años por matar a tres personas con un arma asiática bastante inusual lo que concordaba perfectamente con lo que la inspectora buscaba.
Unas horas más tarde volvían a casa, tras haber conseguido una confesión bastante detallada en la que el asesino alegaba que Mike le pasaba drogas al hijo de Xung desde hace años y debido a eso su hijo se había suicidado usando su catana. Vamos que según Xung su hijo se había suicidado, con el arma homicida, por las drogas que Mike le pasaba y ahora éste tenía que pagar y también su hija, ojo por ojo y diente por diente.
-Es horripilante –dijo Kate mientras de la mano de su marido entraba en su casa. Nunca antes el loft le había parecido tan buen hogar.
