Muy bien, sé perfectamente que no tengo perdón del ángel ni de ustedes, pero mi lap murió y en este momento apenas está en proceso de resucitación. De hecho ya se los conté a las personas que se molestaron en enviarme mensajes privados pero de verdad no he podido. Este capítulo ya estaba terminado desde marzo.
De cualquier manera Es increíble para mí que les guste la historia. Gracias a todos por sus reviews.
Pero quiero darle un AGRADECIMIENTO ESPECIAL A: morgenstern18. Por sus continuos comentarios. Pero, en serio, ¿Cómo es que descubres tantos fics de Jonathan y Clary? Es por eso que este cap. tiene cierto Clonathon.
Asi que advertencia: Incesto.
Y por el Angel si no me acuerdo del bendecido disclaimer: todos los personajes y sus caracteres pertenecen a Cassandra Clare solo es mia la trama.
Ana.
Capítulo 5
La gente decía que las cosas sucedían por alguna razón, ya fuera bondadosa o cruel.
Clary no estaba segura de cómo denominar cada una a un caso determinado ni catalogar un juicio. Pero sí estaba segura de que el suyo, no era exactamente piadoso.
Con un grito atorado en la garganta se desplomó al suelo y lágrimas silenciosas pedían paso para escurrirse, Clary, sin nada que cubrirse en la parte superior de su cuerpo, se aferraba al pie de la cama. Era capaz de oír los desesperados llamados de un ángel rogándole para que reaccionara, pero está ya estaba lejos, en un lugar donde era imposible hacerle daño, donde ni los Nephilim, ni los brujos, vampiros, hadas u hombres lobo podían interrumpir su ilusión, su barrera protectora contra el mundo donde solo había lienzos blancos como nubes, prometiendo flexibilidad y sumisión para ser moldeado y lápices con todos los colores inimaginables, ávidos para ser usados. Clary, con absoluta nitidez, podía escuchar la rascadura de grafito contra papel, un sonido que podría ser su musa. Sintió los fuertes brazos del ángel de cabellos oscuros llevándola consigo y tendiéndola en un suave lecho, colocándole una sábana blanca y hablándole a una persona desconocida a sus oídos; podía notar la angustia tiñendo su voz. No, eso estaba mal. Los ángeles no deben estar tristes. No fue consciente de nada más, excepto de que su mirada parecía haberse quedado ida al techo, podía verlo plano y con líneas irregulares propias de la madera tallada.
Igual a cuando era niña; Clary yació observando la pared de arriba de su cabeza, viendo formas imaginarias, figuras creadas de la imaginación exactamente igual a cuando mirabas las nubes, descifrando sus signos podía organizar cada dibujo. Y con esta última misión, el cansancio y estrés del día cobraron cuenta y la arrastraron a la lejanía de su esperanzador país.
POV Alec
(N/A: ya era hora de que nuestro galán hiciera acto de presencia, pobre Clary, prácticamente le da una taquicardia)
— ¡Isabelle! ¡Izzy, ayúdame!— sus gritos desbordaban impotencia mientras llamaba a su hermana.
Ella apareció con una bata y una toalla de baño anudada en la cabeza como un turbante, debía de haber estado en la ducha. En otra ocasión se hubiera atragantado de la risa.
— ¡¿Qué pasó?!
—Es Clary, se desmayó. — los ojos de Izzy se agrandaron considerablemente con sorpresa.
—Diablos, Alec, ¿qué tan duro le diste?— exclamó. Clary yacía en la cama, inconsciente. Tal vez subestimaba demasiado a su hermano.
—Yo no, me refiero…— soltó un gruñido exasperado. — Solo ayúdame, ¿quieres?
Isabelle se encogió de hombros y le ayudó a vestir a Clary.
—Alec, solo tranquilízate, ¿sí?— le habló como a un niño que no podía entender de razones. — Todo estará bien.
— ¡¿Bien, tú crees que esto, está malditamente bien?!— Alec estaba lo que le seguía a ansioso. No dejaba de andar de un lado a otra del pasillo que daba afuera de la habitación donde seguía una Clary desvanecida.
Sus preocupaciones seguían dándole caza tortuosa pero todo se había agravado con la drástica y silenciosa decisión de su hermana, llevándolo casi a una embolia. Clary se hallaba en un estado crítico, los iratzes no funcionaban; así que a la brillante cabeza de Isabelle se le ocurrió llamar al Gran Brujo de Brooklyn. ¿Cómo iba a lidiar con eso? ¿Y si Clary se enojaba por haberlo traído y lo dejaba? Sin duda que Clary lo dejara sería lo mejor que podría elegir ella, no debía cargar con un corazón roto; ella ya tenía el suyo propio. Pero como dicen: un alma rota necesita un alma rota.
—Izzy— llamó como un niño llama a su madre. — ¿qué pasa si… Clay se molesta y… ya no me quiere? No podré soportarlo, no otra vez— comenzó a negar con la cabeza; sumamente traumatizado.
—No, hermano, todo estará bien, he visto a Clary; te ama. No era lo mismo con Jace; donde todo era atracción y fuego. Esto es puro, limpio— le acunó el rostro con las manos y lo abrazó con cariño. A veces Alec podía ser tan infantil.
Asintió con la cabeza fervientemente.
—Tienes razón. Gracias, Iz. — en estos momentos no podía concebir tener una mejor hermana.
—Lo sé— se encogió de hombros, arrogante. — Ahora, dime ¿qué fue lo que le estabas haciéndole a la pobre chica?
Alec sintió la sangre caliente subiendo a las mejillas. Él no había hecho nada.
—Por el Ángel, Isabelle, ¿cuántas veces debo repetirlo?: yo no le hice nada. — Dios, no estaba para sus bromitas lascivas.
—Entonces, ¿cuál fue la causa de su desmayo? Debió haber una razón— el rostro de su hermano cambio a vergüenza— que por lo visto no quieres contarme.
—Lo siento, Iz. — se disculpó con la cabeza gacha.
Un destello de color y brillantina captó la mirada de los Lightwood en una de las esquinas. Tengo que acabar con esto, no puedo esconderme para siempre.
—Muy bien, Nephilims, espero que tengan una excelente razón como para despertarme de mi siesta reparadora de belleza. ¿Qué quieren?
POV Clary (N/a: chicos, tal vez esto sea raro pero siempre lo desee desde que supe lo que eran. No me maten)
El olor reinante era conocido. Naturaleza y hogar. E incluso la magia de los pocos subterráneos era palpable y gratificante. Idris, hogar de todo cazador de sombras. Desde que había tocado su suelo sintió la atracción de sangre arraigada a las venas y la necesidad patriótica de prestar juramento de lealtad a tan sagrado pueblo. Se sentía flotar, caminaba con pasos desmedidos pero gráciles, había adoptado una elegancia desde su entrenamiento y sentía la vida a través de las rocas; palpitando contra las plantas.
Era un lugar conocido a sus ojos, pero no tenía buenos recuerdos de ello. Eran las ruinas de la casa solariega Fairchild donde su hermano la había besado.
—Y sigo jurando por Raziel que me mordiste el labio— esa voz era inconfundible, su hermano demonio y adicto al incesto estaba perturbando su recién amor a su tierra natal. Pero no sentía miedo, por razones de nulo conocimiento, se sentía poderosa. Dispuesta a responder a cualquier señal de ataque; pero no percibía hostilidad, sino simple actitud juguetona.
—Eso quisieras, guapo— comentó sarcásticamente, se golpeó mentalmente por halagarlo.
Pero era la más pura verdad: su cabello de nieve cayendo desordenado en su frente creando una cortina misteriosa a sus ojos obsidiana escalofriantes, el increíble tono rojo sangre de sus labios (rasgo Morgenstern heredado por ambos) Era un príncipe de hielo. Llevaba su traje de combate negro y no pudo evitar las comparaciones. Mientras él vestía el negro para cazar de noche, ella usaba el blanco para el dolor, que le hacían resaltar su vivaz cabello fuego. Y las comparaciones venían de nuevo.
Clary: blanco, ángel, fuego, luz.
Jonathan: negro, demonio, hielo, oscuridad.
—Gracias, hermosa, tu tampoco estas nada mal—la deslumbró con su sonrisa. — Ahora, dime, pequeña, ¿de qué quieres hablar?
— ¿Hablar? Ni siquiera sé porque estás aquí—pareció estar más alarmada—ni siquiera sé por qué estoy siguiendo tu estúpido juego.
—Bueno, debes saberlo ya que tú me invocaste a mí. —lucía aburrido de su confusión y se sentó con las piernas estiradas, la viva imagen de la despreocupación.
—No, yo no… lo habría hecho. Es decir, para qué querría hablar contigo y… lo más importante ¡¿por qué estamos en Idris?! Es contra las leyes entrar sin permiso de la Clave— su voz había subido unas octavas y comenzaba a tener pánico real. No de su hermano, sino de cómo regresaría a casa.
—Bueno, no es como si ello te hubiera detenido antes— objetó con inteligencia. — Además, esto no es la realidad. Estas soñando, hermanita. Todo está— se dio golpecitos delicados en la sien— aquí.
Pareció pensárselo mejor y respiró hondo.
—Entonces no estamos realmente en Alicante, pero eso no explica tu presencia, te estas infiltrando en mis sueños— acusó apuntándolo con el índice.
Él suspiró con exasperación y rodó los ojos.
—Como he dicho, cariño, tú me invocaste— al ver su expresión perpleja, explicó. — Cuando estas en un estado inconsciente o semiinconsciente, el reino que es tu mente realiza un análisis de tus contrariedades y evoca a la persona que tu subconsciente necesita ver. En este caso, yo— la arrogancia es notoria en sus palabras.
Clary se sonrojó. No podía ser verdad, se sentía infiel, pero ¿a quién? A Jace o a…
—Oh por Dios, oh por Dios. ¡No, no; cómo pude olvidarme de él! Dios, no. No, oh por Dios.
—Como sigas repitiendo su nombre, probablemente él mismo venga a callarte. ¿Qué es lo que te pasa?— Como siempre la ironía y el sarcasmo no podían estar ausentes.
—Alec. Me olvide de él sólo por estar aquí charlando sobre los enredos de mi cerebro. ¡Todo es tu culpa!— le gritó, aun cuando sabía que él no tenía nada que ver.
Una chispa de ira lo carcomió. Lo estaba culpando por haberlo evocado a sus estúpidos sueños de chica para hablarle del chico Lightwood. El demonio se alzó y, cuando habló, lo hizo con veneno.
—Entonces, me has traído aquí, para discutir tus asuntos amorosos con el chico amante de los brujos y luego acusarme de haberte hecho enredos en tu lindo cerebro de adolescente confundida. Para tu información, Clarissa, tengo mucho mejores cosas que hacer que estar oyendo tus lamentos sobre un tipo que tal vez sólo este embelesado con tu cuerpo y siga enamorado del brujo Bane; y ahí estás tú, la pobre chica con el corazón roto que sólo quiere un poco de atención. — sus palabras eran crueles y por un segundo recordó como era en verdad. Desalmado y desprovisto de sentimientos.
Su discurso la había hecho pensar lo que había estado evitando desde hacía tiempo. El amor de Alec. Las lágrimas quemaban tras sus ojos, se volteó dándole la espalda e intentó con ahínco ahuyentarlas, pero Jonathan había visto el cuchillo, lo había visto y lo había removido, hundiéndole, astillándole aún más. Una lágrima solitaria cayó de su mejilla, Clary se la quitó y la observó.
Cuántas de ustedes hay, será qué algún día tendrán piedad de mí, pensó ella y soltó un sollozo.
Se tensó al sentir unos brazos fuertes rodeándola, sentía su respiración en el cabello y le besó la oreja. Se sentó acunando a una Clary hecha ovillo y sollozando como una niña. Pero no importaba si se mostraba frágil, sabía que lo era. Ella era cristal, quebradiza, transparente y hermosa.
—Shh, Clary, no llores. No quería lastimarte. Perdóname, mi ángel— podía sentir el arrepentimiento y deseó que en serio fuera genuino. Él le volteó el rostro hacia al suyo y limpió las lágrimas caídas con los labios tan suaves— Un ángel tan generoso y benevolente como tú no debe llorar. Además, arruinarás tu maquillaje. — le sonrió con ternura infinita.
Se la devolvió y sus ojos ónix brillaron. Jamás imaginó que el negro fuera a ser tan resplandeciente.
—No traigo maquillaje— respondió con respiración entrecortada.
—Entonces eres más bella de lo que pensé— le retiró el cabello rojo llameante que se había adherido por las lágrimas.
Suspiró. Se le veía un gran peso encima de los hombros. Tal vez siempre había estado ahí y jamás se había percatado.
—Tengo que irme, pequeña.
—No, no te vayas— suplicó. No sabía qué poder se ejercía sobre ella, pero tuvo la necesidad de compañía externa.
Él ya la había apartado y se sacudía los restos de escombros, ni siquiera había puesto demasiada atención a la casa. El crepúsculo estaba iniciando.
—Tampoco quiero irme, pero no es algo que controle. Estas despertando, tendrás que enfrentarte sola a todo y no quiero que lo hagas, me gustaría estar ahí para ti, me hubiera gustado ser tu hermano. Un hermano normal. Dime, ¿quieres volver a verme?— por lo que ella oía, tenía miedo. Miedo del rechazo. Miedo que pudiera negarse y exigirle que desapareciera. Pero, aunque le gritara de la manera más fría, no lo haría.
—Por supuesto— y le sorprendió la solidez en su tono. Le hubiera gustado que se quedara más tiempo y admirar como la delicada luminosidad de la Luna abrazaba los cabellos pálidos del chico y aclaraban sus ojos.
—Entonces, piensa en mí. Cada vez que quieras verme, piensa en mí y me reuniré contigo, hermana, todo está aquí— propuso y se dio de nuevo de golpecitos con el dedo y le beso la nariz, descansó su frente contra la de ella de un modo fraternal. —Pero por ahora, adiós.
Sus ojos permanecían imperturbables pero en el fondo, muy en el fondo de las cavernas oscuras de sus ojos se escondía la tristeza de la despedida pero también la alegría del encuentro. Ella le sonrió con afecto y de nuevo sus ojos volvían a brillar con incandescencia. Y ella quiso más de ese brillo. Tomó lo costados de su cara y le oyó inspirar bruscamente. Rozó sus labios como solo Clary sabía, delicadeza y brusquedad. Duró apenas tres segundos pero al separarse él emitió un grito ahogado. Y ella soltó una risita de lo irónico del asunto. Hacía meses ella misma había sido besada aquí por sorpresa y había emergido el mismo sonido por su garganta. Era placentero estar mano a mano.
Sus burlas acabaron pronto, porque se percató de la mirada de su hermano mayor. Jamás, desde el día en que había posado sus ojos en los de él, había visto tanta magnificencia desmesurada en sus ojos, la observaba con total entrega y grandeza, como si no hubiera visto el Sol en mucho tiempo y ella fuera una luz de guía. Sus pupilas eran brillantes mientras que el iris era negro tinta.
Parece una estrella, una estrella solitaria rodeada de la oscura noche, pensó ella.
Pero no cualquier estrella, no una estrella matutina, ni un lucero del alba. Algo más especial, era una estrella nocturna, destinada a enseñar un camino. Una estrella, sí, tal vez parpadeante, pero si sabía algo era que las estrellas siempre vuelven a brillar y con mucho más fulgor cuando se alzan de la oscuridad hacia la gloria.
Le hubiera gustado contemplarlo más tiempo, pero se había desvanecido como niebla e Idris se desdibujaba.
POV Alec
Alec se tensó y se erizó como gato.
—Se trata de Clary, está muy mal y esperábamos poder contar con tu ayuda. — Isabelle pareció tragarse el orgullo—. Por favor.
—Uno de los hijos del Ángel pidiendo mi ayuda y más sorprendente aun pidiendo por favor. Solo me sucedió eso una vez con…— pareció pensárselo mejor y miró a Alec de reojo que se tensó aún más ante su crítica mirada— no importa. Veré a su pelirroja en honor a la amistad que he tenido con los Fairchild.
—Sí como sea— Alec se ablandó ligeramente más seguro al regreso de la Isabelle que conocía.
Los Lightwood intentaron pensar que habría hecho Magnus para que un cazador de sombras le haya agradecido. No era muy común, pero él no tenía motivos para mentir (N/a: Para los que ya hayan leído los Artefactos Infernales sabrán a que cazador se refiere. Amo a los Herondale)
Izzy encabezó la marcha y entraron. Una oleada de alivio embargó a Alec al ver que Clary se movía, como si estuviera soñando. Esperaba que fuese un lindo sueño. Intentó ignorar la presencia escandalosa de Magnus y se centró por completo en el ritual que le aplicaba el brujo a la pelirroja. Pidió que trajeran varios ingredientes y Alec inmediatamente se encaminaba a por ellos, pero Isabelle se le había adelantado y solo se hallaban un brujo brillante, un Nephilim al borde del colapso y, en efecto, otra Nephilim ya colapsada.
Alec miró al techo y contó los segundos que transcurrían.
— ¿Tan interesante es la madera?— no había sentido el cuerpo de Magnus detrás del suyo y se sobresaltó al oír su suave voz— ¿Más que yo?
—Sólo… estaba meditabundo— hizo un ademán para restarle importancia y se metió las manos hasta lo profundo de los bolsillos— ¿Clary está bien?— sonó urgido e intentó disimularlo. No quería que nadie más se enterase de su relación, por el bien de los dos. Por el bien de todo el mundo.
—Ella está bien, tan sólo mucho estrés— se podía palpar la sospecha en su forma de hablar pero solo duró dos segundos— ¿y tú?
—Yo ¿qué?
—¿Estás bien, Alexander?— hace tres segundos había estado a dos metros, ahora, a veinte centímetros y no había nada que pudiera hacer.
—Ehh, s—sí, claro— tartamudeó penosamente. Estaba perdiendo el control y Magnus no lo dejaría recuperarlo.
Él lo miró con curiosidad y malicia. Era obvio que se divertía.
—Pareces nervioso— cada vez se acercaba más y Alec se veía obligado a retroceder. Los ojos de gato brillaban como antes los había visto.
—Yo…no…— el espacio se había reducido a nada. Estaba contra la pared y contra Magnus. Sus narices se rozaban. Acarició su despeinado cabello azabache. Y él jadeó.
—Te he extrañado, Alec— y, finalmente, lo inevitable. Un beso. Uno de tantos que habían compartido, no supo si sería como los otros. Fuegos artificiales y purpurina por todos lados. Muy a su pesar, no fue del todo desagradable, sus labios sabían a durazno. Siempre habían sabido así y nunca me había percatado. Magnus, aprovechándose de la situación, coló su mano y tocó, nada sutilmente, su abdomen pálido.
Una exclamación se atoró en su garganta y el brujo logró entreabrir sus labios y penetrar en su dulce boca con su lengua experta a través de los siglos. Imprevisiblemente, Magnus hizo un ruido como de indignación y sorpresa; y se apartó rápidamente. Lo observó con dureza, juzgando. ¿Qué habría visto? Además, ¿cómo se podía transmitir secretos a través de la lengua? Iba contra las leyes de la naturaleza, aunque estaba seguro que Magnus Bane no respetaría las normas de la lógica. Ni esas ni ningunas.
—Tú…— no acabó la frase, porque sintió unos ojos clavándose en su rostro. Pero los veía de la parte izquierda de la habitación; la opuesta a la puerta.
Sus hermosos y casi vivientes ojos de esmeraldas lo miraban con una expresión quebrada, algo había muerto dentro de ellos. Mataría por no volver a verlo y todo era su culpa.
Alec abrió la boca, pero fue silenciado con la entrada abrupta de alguien en la habitación. No quiso ni siquiera voltear, todo se había detenido y la sangre se le había congelado en las venas.
—Chicos, tengo todo lo necesario para… ¡Clary! Estas despierta… Pero, ¿cómo?— Isabelle sabía que había interrumpido algo importante y nadie podía culparla por su incomodidad.
Clary era fría y su voz era cortante como daga.
—Digamos que no fue un cómo si no un quiénes— la atmosfera se había convertido en un casquete de tensión y nadie se atrevía a romperlo. Nadie, excepto la osada Clary.
—Bueno, gracias a todos por su preocupación, pero estoy bien ahora. No he ido a casa desde ayer, mi madre estará histérica— no pronunció ninguna otra palabra cuando comenzó a encaminarse a la salida.
La salida de mi vida, pensó Alec horrorizado.
Impulsado como resorte le bloqueó la puerta y toda la sala aguantó la respiración.
—Clay, por favor. No puedes irte, no— suplicó al borde de la desesperación sin importarle la presencia de su ex y su hermana.
Clary lo ignoró por completo y salió de ahí. Las lágrimas se empezaban a acumular y deseó que Jonathan se las secara con sus finos dedos níveos.
Ella ya se dirigía al ascensor pero unos fuertes y persistentes brazos la aprisionaron contra una de las paredes.
—Por favor, Clarissa, yo no quería, fue un beso robado tu no lo entiendes— rogó, sabía que si tenía que postrarse de rodillas suplicando perdón, él lo haría.
—Aléjate, Alec— fue todo lo que se dignó a responder.
—Clay— probó una vez más— Por favor, si tú me dejaras…
Comenzó a acercarse a su cara, tomándola de los costados de la cara. Se sentía ceder ante se aliento mentolado, casi entran en contacto si no fuera porque un aura, tan solo un toque en el olor de su aliento era diferente; dulzón y masculino en algún sentido. Nada que ella usase.
Como un balde de agua fría fuese vaciada en su cabeza recordó abruptamente la escena retrospectiva en la habitación de Isabelle e inmediatamente reconoció el aroma de Magnus en su aliento. Lo empujó bruscamente.
—Si te dejara, ¿qué, Alexander? Burlarte de mí, como lo has hecho. No, gracias. Lo que vi fue suficiente. Ya he tenido suficiente.
Y tan solo con unos segundos fue corriendo hacia el ascensor y, mientras las puertas se cerraban el tiempo se ralentizó, su corazón latía en los oídos y con una última exhalación, la expresión quebrada de Alec desaparecía, al igual que lo hacían sus últimas esperanzas.
