3. Tigre sin rugido
— ¿Piensas comer en algún momento? — preguntó Hyuga, devorando el filete a medio terminar sobre el plato frente a él. Había ordenado el platillo sin siquiera echar un vistazo al menú y es que, por lo que Aimé había deducido desde su llegada al restaurante, aquel era un negocio familiar que el tigre japonés solía frecuentar.
No habían hablado mucho durante el camino hasta ahí, tal vez porque ella le había pedido que no despegara la vista del camino tras advertir la velocidad a la que conducía o quizás porque Kojiro permanecía firme en su decisión sobre no revelar nada de su vida. Antes de darse cuenta, el Ferrari había aparcado en un estacionamiento privado y sin dirigirle la palara, el japonés la había hecho andar un par de calles arriba hasta llegar al edificio rojizo donde se hallaba el Buon appetito.
Con sus paredes tapizadas de fotografías, las mesas cubiertas por los típicos manteles a cuadros blancos y rojos y las sillas de madera siendo deslizadas por aquí y por allá, el restaurante era lo suficientemente pequeño para que un par de mesas extra tuviera que ser puestas fuera, en lo que parecía una improvisada terraza, rodeada de macetas y con enormes sombrillas haciendo de techumbre. El aroma a especias y carne bien cocida reinaba a su llegada, mientras una música rock se filtraba entre las conversaciones desde la vieja radio sobre la barra
— L-Lo siento — espetó Aimé, sosteniendo el tenedor a su lado y enrollando un buen montón de pasta alrededor. Se había dejado impresionar por la pinta del lugar, olvidando el platillo que yacía frente a ella y sólo sintiéndose algo sobrecogida cuando advirtió la cantidad de alimentos que el japonés era capaz de devorar — Suelo comer con gente normal — murmuró.
— Yo soy normal — sonrió Kojiro — La mayor parte del día la paso entrenando para rendir debidamente en la cancha, así que cuando como tengo que reponer las energías perdidas y al mismo tiempo, mantener una dieta estricta. No te sorprendas tanto, cualquier futbolista que conozcas devorará lo mismo, sino es que un poco más, que yo — explicó. Aimé se sonrojó porque sus palabras habían sido escuchadas y luego de asentir con la cabeza, prefirió concentrarse en su comida.
— Entonces… ¿dieta estricta? — preguntó, al cabo de un rato, para romper el silencio que se había instalado entre los dos. Hyuga, quien ya había terminado su comida, apoyó ambos codos sobre la mesa y se inclinó hacia ella.
— Claro, los futbolistas somos como modelos. Debemos mantener la línea — le dijo, entonces, y le guiñó un ojo — Tú, en cambio… Deberías pensar en comer un poco más —
No debía hacerlo, pero Kojiro había descubierto que le agradaba arrojar esa clase de comentarios y ver las mejillas de la castaña sonrojarse de modo que el ámbar de sus ojos pareciera brillar. Aimé apartó la mirada habiendo sido molestada y continuó comiendo hasta que, un rato después, el tigre volvió a hablar.
— ¿Sabes? No eres como las reporteras que conozco, tú me agradas —
— Que bueno escuchar eso — repuso ella, con sinceridad. Hubo una pausa y unos minutos después, todavía sintiéndose entretenido mientras veía a la chica comer, Kojiro preguntó:
— Entonces, ¿de qué parte de España eres, eh? —
— ¿Quién ha dicho que sea española? — devolvió ella, arqueado una ceja.
— Además que tu apariencia lo delata, tu italiano no es nativo y me recuerda a la forma en que los españoles imitan el tono — explicó, con cierta altanería que le supo arrogante a su compañera.
— ¿Así que ha estado en España? —
— Un par de veces, he jugado algunos partidos y conozco a alguien que vive en Barcelona — le dijo. Sus palabras debieron hacerla recordar, porque torció una sonrisa y volvió a enrollar tiras de pasta en el tenedor.
— ¿Tsubasa Ozora, quizá? —
— No me sorprende que sepas quien es, casi puedo apostar que Tsubasa es como un sueño para ti, ¿verdad? — se mofó el tigre — Se ha convertido en un modelo para las chicas y casi un dios para los fanáticos del futbol —
— ¿Detecto un poco de envidia? — le devolvió la española, divertida.
— Para nada, Tsubasa es increíble, creo y tiene algunas cosas que puedo llegar a admirar — Kojiro dijo y vio la mueca divertida de la chica desvanecerse hasta casi parecer un gesto de desilusión — ¿Qué pasa? —
— Soy madrileña, nací, crecí y habría seguido en mi ciudad natal de no haber sido por la beca universitaria para venir a Turín. He visto a mi gente levantar los banderines para apoyar al equipo local y escuchado sus voces coreando el nombre de sus favoritos. No debe existir un madrileño que no tenga al Real Madrid tatuado en el corazón así que, como es de esperarse, no siento afecto por el capitán del equipo contrario — explicó, la voz cubierta de una honestidad tan abrumadora como el mensaje que estaba transmitiendo al japonés.
— Vaya — suspiró.
— Ya sé, tal vez sea una tontería, pero así es como son las cosas. Seguro que el hombre debe tener sus cosas buenas, más en lo que respecta a su carrera… Ni siquiera es tan bueno como Naturezza — Aimé dijo, un momento antes de regresar su atención a la comida.
— Ahora me agradas un poco más — espetó Hyuga — Y supongo que si dijeras que Genzo tampoco te agrada, entonces podría pensar en darte ese beso que tanto deseas — se burló.
No debía estar hablado en serio, pero al mencionar al portero, la mente de Aimé comenzó a recordar. Se había apartado del mundo de los deportes luego de terminar la universidad, aunque las tardes mirando los partidos locales y parte de las competencias europeas seguían grabadas en su memoria. Una parte de su cabeza intentaba ubicar el nombre que el otro acababa de mencionar y es que, alguna vez antes debería haber oído sobre el portero japonés que se había convertido en el terror de la Bundesliga.
— ¿Genzo? ¿Guacamole? —
— ¡Bingo! — celebró Hyuga, en medio de una carcajada tan estruendosa que los ojos pronto le lloraron de diversión — Y bueno, ¿qué te ha hecho Wakabayashi? Él no juega para equipos españoles. Igual no es necesario, ese bruto es un pesado —
— Ya lo ha dicho, su rostro de amargado no termina por convencerme —
— Vamos, no puedes agradarme tanto y seguirme hablando de usted. Dime Kojiro, después de todo, yo pienso llamarte Aimé —
La sonrisa sincera que le dirigió, pareció alcanzar las fibras más sensibles de su corazón e instalar un toque tan cálido sobre este que, antes de darse cuenta, Aimé terminó devolviéndole el gesto e inclinándose ligeramente sobre la mesa para continuar la conversación. El tiempo que pasaron en el restaurante pareció suceder como un suspiro y luego del postre, no tuvieron más remedio que pedir la cuenta y regresar al campo de entrenamiento.
Un Fiat Punto de color rojo se encontraba aparcado a las afueras de este, nadie lo había reportado a la grúa para hacer que le engancharan y era una suerte porque, de haberlo hecho, Aimé se habría echado a llorar. En el momento en que arrancó y el Ferrari del tigre comenzó a alejarse a través del espejo retrovisor, la española cayó en la cuenta de algo que antes no había advertido. Se suponía que había ido al campo para entrevistar a Hyuga y en su lugar, había sido el tigre quien termina cuestionándola y consiguiendo respuestas.
:-:-:
— Aeropuerto Guglielmo Marconi, Bolonia.
El reloj anunciaba que era hora de abordar, la puerta de acceso a la que debía dirigirse se hallaba abierta y al frente, dos mujeres recibían los boletos y sonreían con amabilidad a los pasajeros. Maki sostuvo la única maleta que llevaba con ella y aguardó con paciencia hasta que el turno de mostrar su pase de abordaje llegó. La opresión que golpeaba su pecho parecía aligerarse con cada paso que daba para alejarse de aquel lugar y pensó, que tan pronto como el avión despegara el dolor que sentía se desprendería de ella y volvería a ser libre.
La oportunidad de solucionar los viejos errores le permitiría liberarse de la culpa, soltar el pasado que la mantenía herida y abrazar un nuevo comienzo junto a la persona que alguna vez había parecido tan lejana como la distancia que separaba Italia de Japón. Por fin entregó el boleto y siguió su camino, buscó el asiento asignado en la clase turista y luego de guardar la maleta en su compartimento, se dejó caer en la butaca, mirando por la ventanilla hacia el lugar que pronto dejaría atrás.
El aeropuerto, tan inmenso como era, parecía hallarse repleto a esas horas. Por todos lados, personas iban y venían, unas menos apuradas que otras, pero todas con motivos diferentes para moverse por el lugar. En la entrada, un hombre de aspecto derrotado se detuvo, sosteniendo la maleta de ruedas que había llevado con él y el pasaporte donde ponían sus datos y se registraban los muchos viajes que había realizado. La esperanza de encontrar su lugar allá donde iba le aceleraba el corazón y es que, tal vez la vida le había puesto tales pruebas para demostrarle que no importando donde fuera, sólo había una persona en la que realmente tenía un hogar.
:-:-:
— Lunes. 11:00 pm.
— ¡Novata! — exclamó Franca, de pie en la entrada de su oficina.
El vestido oscuro y el tocado de plumas que llevaba en el cabello, la hacían parecer una especie de ave exótica a la que la naturaleza había dotado de una mirada feroz y un graznido tan potente, que era capaz de hacer respingar a la criatura inocente que se había convertido en su presa. No cabía duda que Franca aguardaba a tenerla cerca para mostrar las garras, pero el filo no debía tocarla para que Aimé supiera que nada bueno saldría de aquella visita a la editora.
— ¿Pasa algo? — preguntó, haciendo acopio de un valor que sentía, cuando sus pies la hubieron llevado frente a la mayor.
— No he visto el reporte de avance sobre tu última tarea — dijo y le tendió una mano, esperando recibir la carpeta donde la chica hubiera comenzado la recopilación de información respecto a la entrevista que se le había asignado — ¿Qué es esto? — preguntó, luego que Aimé hubiera puesto en su palma una sola hoja.
— Mi reporte de avance — respondió sin más. Sabía que aquel papel no llevaba más que las pocas líneas que había recolectado buscando en internet y un par de anotaciones breves, garabateadas con lápiz.
— Conduce como loco, come por montones, se lleva mal con G… ¿Qué tonterías son estas? Nada aquí sirve para escribir un artículo sobre él, hazte un favor y comienza a tomar esto en serio o atente a las consecuencias de hacerme perder el tiempo — le retó Franca, verdaderamente enfadada.
— Lo siento, es sólo que… —
— ¿Qué? A nadie le interesa a cuál de sus compañeros odie, queremos saber cuántas novias ha tenido, qué busca en ellas, cuál es su plan de cita perfecta, con cuántas famosas se ha acostado. Tráeme algo que sirva o renuncia y deja que alguien más capacitado se haga cargo —
No dijo más, arrojó la hoja a su regazo y dio media vuelta para volver a su oficina. Las miradas de sus compañeros se fijaban en ella y aunque estaba molesta, Aimé sintió el impulso de echarse a llorar. Odiaba la impotencia que le acometía cuando Franca la retaba, pero más aún no tener armas para demostrarle que se equivocaba respecto a lo que pensaba de ella. Sujetó la hoja que tenía entre las manos y volvió a grandes zancadas hasta su lugar.
Sabía, desde que imprimió aquel papel, que nada en él serviría para cumplir con la tarea que le habían asignado y aun así… Arrugó la hoja hasta hacerla bola y la echó a la papeleta, tomó sus llaves y el teléfono y abandonó la redacción.
:-:-:
El autobús parecía listo para partir, la mayoría de los jugadores ya había aparecido para ocupar sus lugares, aunque a falta de algunos el conductor designado había tenido que echar mano de su paciencia y aguardar hasta que todos hubieran aparecido. Los más rezagados se advertían todavía lejanos por el camino de entrada al complejo, mientras que otros — como Hyuga y Gentile — permanecían de pie, fuera del vehículo.
— ¿Por qué no? — preguntó el italiano, Kojiro rodó los ojos.
— Ella me agrada, entiende. No quiero que la asustes, incomodes o cualquiera de las cosas que tú provocas en las chicas — espetó. El rubio sonrió como quien más y pese a que comprendía más de lo que las palabras expresaban en boca de su amigo, estaba decidido a no rendirte hasta haber conseguido alguna mejor reacción.
— Vamos, sólo quiero darle la entrevista que tú jamás le darás — continuó — Lo que pasa es que te asusta que a media charla se dé cuenta del gran tipo que soy termine olvidándose de tu amargada existencia. Y si ella lo decide, ¿quién soy yo para negare mi atención? —
— No — murmuró, tan bajo y tan serio que si su voz no delataba la molestia, la mirada en sus ojos seguro que sí. Gentile levantó las manos en señal de rendición y aguardó hasta no ser blanco de su vista para sonreír.
— No tenías que ser tan agresivo, podías decir que la chica te gusta y listo, habría dejado de insistir — se mofó, al cabo de un rato. Escuchó el suspiro resignado de Hyuga y entonces, un segundo después, la respuesta que no estaba esperando recibir.
— Bien, me gusta, ahora deja de insistir y haz el favor de subir al maldito autobús —
Pensó en sorprenderse, en hacerle mofa sobre lo que acababa de aceptar o, como mínimo, fingir que no sabía que era justo lo que sentía por la castaña, cuando un grito agudo llamó su atención y al volverse, ambos al mismo tiempo, italiano y japonés fueron a encontrarse con la misma persona de quien habían estado hablando. Corría hacia ellos como alma que lleva el diablo y no iba sola, ya que a sus espaldas se encontraban nadie más y nadie menos que los guardias del complejo.
— ¡Señorita, por favor! — exclamó uno de los guardias, irritado. Había pescado su brazo antes que la chica llegara donde Hyuga — ¡No puede estar aquí, la prensa debe aguardar hasta el final del entrenamiento para abordar a los miembros del equipo! —
No importando lo que dijera, Aimé forcejaba para soltarse de su agarre y aprovechando un momento de debilidad, consiguió zafarse y llegar hasta el tigre, a quien sujetó con fuerza abrazándose a su cintura. Debía resultar más graciosa que otra cosa, porque tanto Hyuga como Gentile se mantenían riendo en voz baja, mientras el guardia luchaba por soltarla y ella se aferraba como naufrago al cuerpo del japonés.
— Lo siento, chicos, ella… está loca — dijo entonces el segundo guardia. Gentile le tomó del hombro cuando intentó acercarse a ayudar a su compañero, mientras Hyuga sujetaba a la castaña y se dirigía al hombre tras ella.
— Está bien, déjela. Ella no es reportera —
— P-Pero dijo…—
— ¿Acaso no recuerdas a mi prima, Franco? — preguntó Gentile, sonriente. A su lado, Aimé parecía haberse tranquilizado aunque no se había dignado a soltar a su amigo.
— Y-Yo, yo no… —
— Por favor, la chica es amiga nuestra, puede venir cuando quiera — aseguró entonces Kojiro, tomando por sorpresa a los guardias frente a él.
Si dudaron sobre sus palabras o pensaron en negarse a obedecerle, no lo supo. Gentile, con su buen humor, consiguió hacerlos marchar al verse solos, Aimé finalmente abandonó su refugio y se tomó un minuto para solucionar el desastre en que había quedado convertida. Les agradeció a ambos por su ayuda y sólo entonces, escuchó al rubio decir:
— ¿A quién se le ocurre aparecer así? —
— Yo, bueno, no pensé que los reporteros tuvieran un horario fijo para venir. ¿Acaso no les observan todo el día? —
— Es molesto que lo hagan, por eso negociamos un horario — espetó el otro, encogiéndose de hombros — En fin, los veo arriba. No se tarden, o al pobre hombre le va a dar un ataque —
— ¿Ataque? ¿Arriba? ¿De qué habla? — preguntó la castaña al tigre, viendo al líbero alejarse y montar el autobús. Parecía que todos habían aparecido y un segundo después, ambos escucharon el motor encenderse y rugir.
— Vamos, te salvamos la vida, ahora tienes que venir — dijo Hyuga y acto seguido, tomó su mano para hacerla ir con él.
Continuará…
