4. Ternura a flor de piel
El patio de recreos no parecía ser lo suficientemente amplio como para albergar a tantas personas, aunque no parecía que nadie hubiera reparado en ello, porque desde el momento en que el autobús se detuvo frente al orfanatorio, niños, profesoras y los mismos jugadores parecían haber perdido noción de cualquier cosa que no fuese conversar, juguetear y organizar el partido tan especial que habían programado para aquel día.
No había terminado de procesar lo que sucedía a su alrededor, cuando una mujer de edad madura y apariencia afable se acercó hasta ellos. Saludó al capitán como si se tratase de una amable abuela y se volvió hacia Aimé, deseosa por saber quién había acompañado al tigre japonés. Del mismo modo que esa mañana, Kojiro la presentó como a una amiga y si acaso advirtió su mueca de sorpresa al mencionar que tomaría parte de la actividad, no lo demostró.
— Los niños están emocionados, han esperado por esto toda la semana. Será mejor que nos demos pisa o perderán la paciencia — apuntó la directora del lugar, un momento antes de dar la vuelta y llamar a las profesoras para que comenzaran a ordenar a los niños. Hyuga estaba por unírseles, cuando una mano firme lo sujetó por la muñeca.
— ¿Por qué me has traído aquí? — preguntó Aimé.
— Supuse que no querrías quedarte con los guardias del complejo y que, además, te agradaría ver lo que pasa aquí. ¿Habías escuchas alguna vez que el equipo número uno de Turín, visitara a los niños del orfanatorio para jugar con ellos? — devolvió el moreno, todo tranquilidad y mirada serena.
— Así que, ¿la organización de futbol de Turín, invierte en visitas de caridad? No creo haber leído nada de esto en los medios antes — espetó, su voz siendo todo lo profesional y curiosa que podía ser, tratándose de una reportera. Kojiro sonrió.
— Eso es porque nadie sabe que lo hacemos. Fue hace un tiempo, uno de nosotros se dio cuenta que mientras a él le ofrecían un servicio de spa de lujo por hacer deporte, el orfanatorio de la ciudad carecía de instalaciones dignas para albergar a poco más de cincuenta niños y niñas. A la organización de futbol le agradaría decir que esto fue idea suya, pero entonces sólo sería un truco publicitario y no una verdadera obra de caridad y cariño a los niños, ¿cierto? —
No le dio tiempo a responder nada, mirando a Kojiro y la forma en que se expresaba sobre lo que significaba visitar el orfanatorio para jugar con los niños, Aimé pensó que el hombre junto a ella debía haber sido verdaderamente conmovido por las acciones y la forma de pensar del jugador entre ellos que hubiera propuesto la actividad. Seguía perdida en la sonrisa dulce que el otro componía, cuando una voz infantil la hizo reaccionar.
— ¡Kojiro, Kojiro! —
— ¡Paolo, pero que grande que has crecido! — exclamó el japonés, adelantándose un par pasos para alcanzar al niño que se acercaba a ellos. El cabello negro y los ojos azules parecían contrastar enormemente y su sonrisa no podía haber sido más amplia.
— ¿Jugarás conmigo hoy, verdad que sí? —
— Seguro, sólo necesito que me hagas un favor — repuso Kojiro, su pequeño amigo asintió con la cabeza, esperando oír cuál sería la petición — Vale, quiero que busques a tu hermana y le traigas aquí, dile que he venido con una amiga que estará muy contenta de jugar con ella — terminó, señalando a Aimé. Paolo no tardó nada n obedecerle y apenas se alejó, la española se enfrentó al moreno.
— ¿Por qué le has dicho eso? —
— Oye, tranquila, sólo es una niña de cinco años, no un monstruo come humanos. Si lo he mencionado, es porque hace tiempo le prometí a Anna que cuando tuviera una amiga la traería para jugar con ella, hoy ha sido ese día y bueno, seguro que alguna vez jugaste con tus hermanos, ¿no? —
— Pues no, no tengo hermanos o hermanas — admitió ella, Kojiro tuvo la decencia de aparentar avergonzarse — Creo que es mejor que me vaya, no sé ni por qué he accedido a venir, en primer lugar —
— Yo no diría que tuviste otra opción — se mofó el tigre — Vamos, Aimé, ayúdame con esto. Anna es una niña hermosa, tiene asma y no puede unirse al partido como todos los demás. Casi siempre permanece dentro y se aburre como ninguna, hazle un poco de compañía, enséñala a actuar como reportera y si algún día tiene la posibilidad, espera a presumir que calaste tan hondo en ella como para seguir tus pasos y acosar muchachos guapos en pos de entrevistas aburridas —
Una vez más, en lo que iba de su llegada al orfanatorio, la española sintió la punzada de la ternura tirar fuerte en su interior, deseaba negarse — nunca había sido buena lidiando con niños, no se diga ya jugando con ellos — y marcharse del lugar, pero no parecía capaz de ignorar la sinceridad en las palabras de Kojiro, ni el deseo por contribuir a que su buen humor siguiera ahí.
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Faltaba poco para que el atardecer alcanzara su punto máximo, la comida en el orfanatorio se había extendido más de lo esperado después que Gentile comenzara a platicar sus aventuras como futbolista a los niños a su alrededor, así que la visita del equipo no había llegado a su final hasta que alguien advirtió que pronto anochecería. Un partido importante tendría lugar al día siguiente, la Juventus enfrentaría la vuelta de octavos contra el PSV y debían descansar si querían estar enteros para el encuentro.
— Por dios, Hyuga, haz el favor de subir al autobús ahora — espetó Gentile, irritado, mirando a su amigo sujetar a los niños y hacerlos girar. Parecía que no era su intención comenzar aquella despedida, pero luego de juguetear con Paolo y su hermana, todos los niños se habían encaramado alrededor, esperando su turno para ser levantado y volar.
Aimé los observaba de pie junto al líbero, todavía sonriendo porque el tigre japonés había tocado las fibras sensibles de su corazón en más de una ocasión. Contrario a lo que creía, había disfrutado mucho de su tiempo en el orfanatorio y es que, Kojiro tenía razón y Anna no era para nada un monstruo come humanos. A decir verdad, la niña era todo lo dulce y agradable que un angelito podía ser y no se había burlado cuando su nueva amiga confesó que no tenía idea de lo que podrían jugar.
— Creo que le gusta jugar con ellos — señaló entonces, llamando la atención de Salvatore. El rubio controló su irritación al escucharle y terminó por sonreír, mientras decía que:
— Seguro que lo hace, no vendría aquí si no fuera por él. Desde que conoció a Paolo, le agarró cariño y entonces, apareció vendiéndonos la idea de que era nuestro deber social venir aquí y hacer algo bueno por aquellos que soñaban con ser como nosotros. Creo que le recuerda su infancia, él tampoco tuvo muchos recursos y tuvo que esforzarse para sacar adelante a su familia luego de que muriera su padre —
No se dio cuenta de lo que hizo, hasta que la expresión sorprendida de la castaña lo hizo reaccionar. Comenzó a suplicar que guardara lo que había dicho y que no se le ocurriera usarlo contra Kojiro porque si no, no sólo ella, también Gentile, irían a conocer la verdadera ira del tigre. Aimé era consciente de lo valiosa que resultaba aquella información, pero por alguna razón, tampoco sentía deseos de almacenarla en algún sitio para añadirla al artículo en que se suponía trabajaba.
— Tranquilo, Vogue no quiere saber del bueno corazón del tigre japonés — le dijo al líbero, con cierta amargura. Detestaba pensar en lo que Franca le había mencionado aquella mañana, que los lectores no buscaban conocer realmente al futbolista, si no explotar los posibles escándalos o episodios controversiales que pudiera esconder.
Bueno, si no lo quieren, no merecen conocerlo en lo más mínimo, pensó.
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— ¡Oh, por Dios, es tan pequeño! — exclamó Gentile, con sorpresa, apuntando al auto de Aimé que en nada podía compararse al flamante Ferrari que el rubio conducía.
Podría ser dueño de un deportivo y un famoso futbolista, pero nada conseguiría salvarlo de irse contra él como siguiera insultando el adorable carrito que la trasladaba por la ciudad. Kojiro consiguió intervenir entre ellos antes que un asesinato fuese cometido y tan pronto como se deshizo de Gentile, un silencio ligeramente incómodo se instaló entre él y la española.
— C-Creo que es hora de irme — espetó Aimé — ¿M-Me das permiso? — señaló la puerta del conductor, en la que Hyuga había ido a recargarse al ver alejarse a su amigo.
— Seguro — repuso, moviéndose para dejarla montar.
La chica botó el seguro y estaba terminando de atarse el cinturón de seguridad cuando Kojiro se inclinó sobre la ventana, obligándola a bajar el cristal. Los brazos del japonés, a quien no parecía molestar en nada el viento que soplaba, se apoyaron sobre el borde y una sonrisa se dibujó en sus labios mientras preguntaba:
— Entonces, ¿cómo va tu entrevista? —
— Bien — mintió ella, no queriendo recordar el regaño que había recibido aquella mañana.
— ¿Has descubierto algo interesante de mí? — siguió él.
— ¿Es algo interesante que prefieras el Ferrari al Porsche y que comas como si nunca más fueras a hacerlo? — Aimé sonrió y pensó, que para su editora y para los lectores de Vogue, aquellas cosas, en realidad, no eran interesantes.
— No creo que sea lo único que tienes — admitió Kojiro, después de todo, estaba seguro que su instinto periodístico habría encontrado algo de lo que tirar durante su visita al orfanatorio.
— Te gustan los niños y tú les gustas a ellos — susurró — Leí que tienes hermanos, debiste jugar mucho con ellos —
— Hasta que no pude más, cuando llegué a Italia, era lo que más extrañaba, igual que a mamá — le dijo, sincerándose — ¿Es eso lo que quieres escribir de mí? —
— Lo que yo quiero — murmuró Aimé y apartó la mirada — A ella no le interesa lo que yo quiera escribir, supongo que es lo que tengo por conseguir el empleo en el único lugar al que nunca desee aplicar —
— Nunca hagas lo que no te gusta — sonrió Kojiro — Ten un buen viaje, Aimé — susurró y se apartó discretamente para permitirle tirar de la llave y encender el motor. Podría haberla dejado ir, pero apoyó nuevamente la mano sobre el borde de la ventana.
— ¿Qué pasa? —
— Cenemos juntos… quiero decir, tengamos una cita —
Fue un susurro, apenas una oración lo suficientemente audible como para no confundirse con un ligero soplo de viento. Aimé sintió el estremecimiento de nervios y emoción que las palabras provocaron en su interior y no pudo evitar presionar con fuerza el volante entre sus manos, como un medio para canalizar sus emociones y mantener la compostura.
— Este viernes, a las ocho — le dijo y se atrevió a volver la vista para mirarlo.
Sus ojos felinos parecían brillar en medio de la oscuridad y su sonrisa no podía ser más amplia y… perfecta. Intercambiaron números y entonces, todavía sintiendo las mariposas revoloteando como malditas desquiciadas dentro de su estómago, Aimé pisó el acelerador y se alejó, dejando al tigre plantado a media calle, con el mismo sentimiento que experimentaba al obtener la victoria recorriéndolo por dentro.
Continuará…
