5. Cena especial


El último estribillo de una canción que antes no había escuchado — pero que comenzaba a pensar en descargar — llegó a su final, casi al mismo tiempo que las burbujas sobre el agua, con las que se había entretenido jugando durante todo el rato que duró su baño. Solía reservar las duchas de tina para ocasiones especiales y es que, hacerlo demasiado seguido parecía un desperdicio de agua innecesario.

Aquella, sin embargo, era una noche especial.

No estaba segura de cómo había hecho para sobrevivir a la última semana y es que, a Franca no parecía hacerle gracia que desperdiciara los días y continuara entregando mínimos atisbos de información respecto al tigre japonés. Tampoco le daba importancia, porque con cada riña que la editora le echaba, Aimé pensaba que si realmente estuviera interesada en conocer a Kojiro, entonces ella se esforzaría de verdad y ofrecería compartirle las cosas tan sorprendentes que había descubierto del moreno.

Recordó el partido del martes, la forma en que había sido presenciar al tigre en su habitad natural y lo diferente que resultaba la experiencia de permanecer en la tribuna, observando al hombre correr, perseguir la pelota, estallar en ira al sentirse superar por el enemigo y canalizar esa agresividad en los músculos, de forma que al siguiente pase, sus pies se adhirieran al esférico y su única meta fuese llegar a la portería contraria.

No se habían visto desde la visita al orfanatorio, más la comunicación vía textos y mensajes de voz se había vuelto casi tan frecuente como si de dos mejores amigos se pudiera tratar. Cada día, Kojiro le enviaba un texto con la misma pregunta y Aimé sonreía porque sabía que aquella muestra de confianza suponía que el tigre era consciente de su decisión sobre dejar vencer el plazo y no entregar la entrevista que Franca le había solicitado.

Un texto ingresaba en el móvil cuando la española apareció en la habitación, envuelta en la bata de baño y con una toalla enrollada en la cabeza, recogiendo su cabello. Los dedos se le habían arrugado por el tiempo bajo el agua, pero la pantalla de su teléfono no pareció resentirlo. Cuando descubrió el remitente, la sonrisa bailaba ya en sus labios, igual que la emoción agolpándose en su pecho.

De: Kojiro

¿Qué quieres saber hoy?

Siempre la misma línea, siempre un secreto nuevo que conocer de él. Aimé nunca formulaba preguntas que requirieran respuestas complejas y es que, deseaba descubrir lo más íntimo del tigre cuando sus labios pronunciaran las palabras que despejarían sus dudas o, mucho mejor aún, cuando sus ojos pudieran advertirlo siendo Kojiro, sin máscaras, fachadas o falsas reputaciones de seriedad y frialdad.

De: Aimé

Que sea algo sencillo… ¿Dónde iremos hoy?

Continuó arreglándose mientras esperaba la respuesta, no estaba segura del conjunto que debía elegir para esa noche, así que guardaba la esperanza de que el tigre le ayudara con el asunto. Estaba repasando mentalmente las prendas disponibles en su armario cuando Kojiro por fin escribió.

De: Kojiro

Arruinas la sorpresa, pero iremos al Vintage 1997.

Quiso responder que lamentaba haber arruinado el plan, pero no pensaba mentir, así que escribió una corta despedida y acto seguido abandonó el móvil sobre la cama, yendo hasta su armario para encontrar algo que fuese digno de usarse en una cena romántica en el Vintage 1997. Conocía el lugar, no porque hubiese estado ahí, sino porque era uno de los mejores lugares a los que los italianos recurrían para llevar a sus citas. Se decía que era un lugar tranquilo, elegante, pero acogedor.

Debido a su profesión y al hecho que casi siempre debía ir de un lado a otro, Aimé nunca había sido fanática de coleccionar vestidos o faldas, se llevaba bien con los jeans de tiro alto, las botas de tacón apenas elevado y las zapatillas deportivas que en más de una ocasión, conseguían sacarla de apuros. Guardaba, sin embargo, un par de atuendos que podrían convertirse en sus mejores amigos esa noche.

— ¿Dónde estás, pequeño? — se preguntó en voz alta, con el vestido negro de hombros descubiertos y espalda pronunciada. Luna, quien hasta ese momento había estado revoloteando a su alrededor, pareció aburrirla de verle buscar la ropa y anduvo hasta su canasta junto a la puerta, donde echó y acomodó el hocico sobre sus patitas. Entonces lo encontró, aunque no exactamente el atuendo que había estado buscando.

Tenía flores azules, era blanco y además de las capas de tela formando la falda, había dos huecos por los que sus piernas debían pasar convirtiendo el conjunto en un short monísimo que subía por su cintura en un estrechó corsé y terminaba en el pecho, donde dos tirantes de sujetaban a sus hombros. Lo había comprado pensando en una persona y había decidido usarlo por primera vez sin saber que aquella sería la única y última.

Me iré de Turín — espetó el, sin preocupación.

No había nostalgia, culpa o duda en su voz, simplemente, creía que había sido necesario mencionar aquello mientras caminaban tranquilamente por el parque y no se había detenido a pensar en lo que sus palabras provocarían. Aimé se detuvo en seco y le miró interrogante, la tristeza formándose en su pecho sin alcanzar sus ojos, aún.

¿Qué dices? ¿Cómo que te irás? —

Pues eso, me voy… No creo que esta ciudad tenga lo que estoy buscando. Hice demasiado viniendo aquí para terminar la carrera y yo… No quiero encadenarme a un solo sitio, quiero viajar y conocer el mundo — siguió diciendo.

P-Pero tú… S-Sabes que no puedo ir contigo, no puedo ir trotando por todo el globo… Tengo que asentarme, aplicar a un periódico o revista y-

No te pedí que vinieras, Aimé — la interrumpió — En realidad, no quiero que lo hagas —

¿Qué? ¿P-Por qué dices eso? — preguntó, sintiendo como las palabras se volvían plomo dentro de su garganta y escapaban apenas con demasiada dificultad.

Tener novia es una carga muy pesada y yo… Ya he cargado mucho contigo. No quiero seguirlo haciendo. Dejemos las cosas de esta forma, si lo hacemos, pronto lo superaremos —

No dijo nada, simplemente, se marchó. La dejó en el parque, dejó su vida y en ese momento, Aimé sintió que su mundo se venía abajo.

Pero no lo hizo. Su mundo no se derrumbó, aunque en ese instante creyó que el reloj se había detenido y que una pausa demasiado prolongada la había envuelto para permitirle escuchar el crujido de su corazón al romperse y el eco de las lágrimas cuando resbalaban de sus mejillas a la barbilla y morían suicidas tras lanzarse al vacío.

Dolió, demasiado, fue difícil y por segundos, creyó que no sería capaz de superarlo. La búsqueda de un empleo, de un hogar lejos de la residencia universitaria y más tarde la constante batalla que suponía mantenerse a flote en la revista para la que trabajaba, le permitieron centrar en la mente en otras cosas, fijar su atención en sacarse adelante a ella misma y con el tiempo, pareció como si las palabras que él le había dicho se volvieran realidad. Lo superó y aunque el recuerdo escocía, ya no dolía.

Sujetó con fuerza la prenda y luego de repetirse que era mejor no remover el pasado, terminó por guardarlo al fondo de todas las cosas, donde debía estar. Reanudó la búsqueda hasta que el vestido negro se enredó en sus manos. Aquel era el principio, el comienzo de un capítulo en su vida que había sido capaz de despertar emociones olvidadas, como el vestido blanco de flores azules. Se dijo que debía apresurarse, Hyuga llegaría en cualquier momento y si aquella era la primera noche de una nueva historia, Aimé quería estar bonita y presentable cuando el momento de escribirla llegara.

:-:-:

Intentó recordar la última vez que su aspecto había sido el principal foco de su atención, tendía a ser arrogante, actuar como un chulo y en general, vanagloriarse a sí mismo cuando Gentile molestaba más de la cuenta y lo orillaba a defender su existencia, pero en temas de chicas… Parecía un adolescente a punto de confesarse con la chica más linda del colegio y si hacía memoria, Kojiro nunca había sido el chico nervioso que pedía una cita a la señorita más linda.

Su relación con Maki había florecido después de que ambo demostraran su pasión por el deporte, la mayor parte de sus conversaciones había versado siempre sobre aquellos temas, con las excepciones de las charlas familiares y las bromas que nunca se habían hecho esperar. No creía que ella alguna vez se hubiera pasado largas horas frente al espejo, buscando el atuendo perfecto para salir con él y es que, Kojiro tampoco lo había hecho.

Pero ahí estaba.

De pie frente al cristal, intentando convencerse que no lucía tan ridículo como se sentía y que, por primera vez en su vida, Gentile tenía razón, miraba los pantalones de vestir y la camisa a la que había abrochado hasta el último botón, antes de atarse una corbata y doblar el cuello tan perfectamente que casi parecía un robot programado para hacerlo. No había podido hacer mucho con su cabello pero esperaba que a Aimé no le importara mostrarse por ahí con un tipo ligeramente greñudo.

Trabaja en Vogue, sabe de moda, le había dicho Gentile, después de escuchar que planeaba llevarla a cenar. Hyuga se había esforzado por reservar en un lugar que no resultara exageradamente elegante, para no hacerlos sentir incómodos y había agradecido el apoyo de su amigo quien, de forma juguetona, le había recordado que siendo una cita romántica tampoco podía llevar a su pareja a la taberna de siempre. Es tu momento para impresionarla, que se le olvide que eres un mula, amargado y que la primera vez que te vio, hiciste chirriar los neumáticos del auto para huir de su profesión.

No estaba seguro que el lugar de trabajo de Aimé influyera en su forma de vestir — en ninguno de sus encuentros le había parecido que fuese vanidosa y si algo le agradaba era como combinaba los jeans con los botines vaqueros — pero creía que, siendo su primera cita oficial, la chica merecía un lugar bonito al que ser invitada, un acompañante digno de tomarla del brazo y por supuesto, un recuerdo grato de su primera noche siendo algo más que reportera y entrevistado.

Miró el reloj, todavía estaba a tiempo para llegar puntual a la dirección que Aimé le había dado así que optó por no retrasarse y olvidando la idea de cambiarse, tomó el saco que había arrojado sobre la cama y abandonó el apartamento. El viento soplaba apenas en el aparcamiento y la noche se abría paso por encima del día, sería una velada agradable y Kojiro estaba decidido a hacer que también fuera perfecta.

Condujo a la velocidad acostumbrada hasta el edificio donde vivía la española, la construcción debía tener al menos siete u ocho pisos de alto y por lo que sabía, tendría que usar el elevador para llegar al cuarto nivel, donde se hallaba el apartamento 16. Un hombre de aspecto amable lo recibió cuando ingresó y tardó apenas unos segundos en reconocerlo y en indicarle que el ascensor se hallaba sutilmente oculto, al fondo del pasillo que conducía a las escaleras. Pensó que lo haría autografiarle el periódico que leía, pero el casero le dejó ir después de felicitarlo por el éxito del partido contra el PSV.

Para cuando se encontró frente a la puerta del lugar al que se dirigía, su cabeza ya había olvidado al casero, el partido y hasta las jugadas que realizaba estando en la cancha. De repente, toda su atención estaba puesta en el pedazo de madera que tenía frente a él y el corazón se le agitaba con la idea de que, tras llamar, sólo debería aguardar un par de segundos para encontrarse con la española. Golpeó apenas y luego de unos segundos, que parecieron extenderse por varias horas, Aimé apareció.

— Hola — le saludó ella, al verle, pero Kojiro no podía hablar. El aliento le faltaba como si hubiera corrido alrededor del campo y la cabeza le daba vueltas. No podía creer lo preciosa que lucía la madrileña y tuvo que parpadear un par de veces para convencerse que no era un producto de su imaginación.

— Luces hermosa — le dijo y la vio sonrojar.

— También te ves muy apuesto, ¿quieres irte ahora? — sonrió Aimé, haciendo acopio de todas sus fuerzas para no derretirse porque era la primera vez que veía a Hyuga en atuendo formal, con la apariencia de un modelo iluminando el solitario pasillo frente a su apartamento.

No perdieron mucho tiempo, apenas ella regresó con la cartera y un abrigo para el frío, Kojiro le tendió la mano y le invitó a seguirlo. El casero no estaba cerca cuando bajaron y fue una suerte, porque ninguno de los dos deseaba que alguien apareciera para estallar la burbuja que habían creado a su alrededor. Abordaron el auto de Hyuga y cuidando de no rebasar la velocidad permitida, el tigre puso marcha al restaurante donde una mesa esperaba su llegada.

Fue un viaje tranquilo, ameno, charlaron de sus actividades, de lo que había ocurrido en sus vidas aquella semana que casi no se habían visto y antes de darse cuenta, terminaron llegando a su destino. El Vintage lucía apenas repleto cuando el capitán los llevó a su mesa, algo apartados del resto y antes de que la charla los absorbiera, un mesero apareció para ofrecerles el menú, les mencionó los mejores platos y también, un par de vinos que atrajeron la atención del japonés.

— ¿Qué te parece? — preguntó el tigre, habiéndose quedado solos. Aimé, quien miraba todo alrededor, sonrió.

— Es bonito, pero hay algo extraño… ¿Por qué no he visto un solo reportero siguiendo tus pasos en todo este tiempo? —

— Supongo que no conoces los espejos — se mofó él y recibió una mala mirada a cambio, que le hizo reír — Vale, vale, estás en serio. No has visto reporteros porque, a diferencia de mis compañeros, nunca he sido del tipo que da cosas de las que hablar. A la prensa le aburrí cuando se dieron cuenta que luego del campo vuelvo a casa y que no había nada más. Creo que también tiene algo que ver el hecho de haber amenazado a un paparazzi con demandarlo por muchos millones si seguía hurgando en mi vida cuando lo encontré husmeando en el estacionamiento de mi edificio —

— ¿Entonces ese es el secreto? ¿Así es como Kojiro Hyuga guarda su privacidad de los medios? — preguntó Aimé, curiosa.

— Intento hacerlo, sí. Supongo que es un reflejo porque no he dejado de ser el chico pobre de Saitama al que lo único que le apasiona y en lo que quiere destacar, es el futbol — repuso y sonrió.

El mesero regresó, puso los platillos en la mesa y se marchó tras desearles que disfrutaran los alimentos. Comieron en relativo silencio hasta que la comida disminuyó, la segunda copa de vino fue servida y para el postre, se habían sumido en una larga conversación que versaba, básicamente, sobre el paso de Aimé por la universidad, su gusto por el periodismo y el deseo de terminar en un periódico serio, escribiendo artículos culturales o políticos.

— No entiendo — admitió Kojiro — Si ese es tu sueño, ¿qué haces en una revista como Vogue? —

— A veces cumplir los sueños es complicado y creo que lo sabes, ningún periódico quiso reclutarme luego de graduarme, me hacía falta experiencia y no contaba con ninguna recomendación. Pensé en volver a mi país, pero estaba segura que tendría la misma suerte y ya que estaba aquí… Recursos humanos me envío a Vogue luego de un tiempo y pensé que aunque no me gustara, si me mantenía a flote y conseguía una buena recomendación, al menos tendría experiencia y la palabra de una editora respaldando mi trabajo —

— Entonces no soy el único problema que tienes para escribir esa entrevista, ¿cierto? — volvió él.

— ¿A qué te refieres? —

— Pues al hecho de que estás aquí, cenando conmigo y no me has preguntado nada de lo que un artículo Vogue quiere de mí — sonrió, Aimé correspondió, aunque unos segundos después, su expresión se amargó.

— No, ya he decidido que no pienso hacerlo. Franca puede echarme bronca por no contarle con cuántas famosas has salido, cuál de ellas besa mejor o cuál ha sido tu peor decepción amorosa. Ella no quiere conocerte, quiere explotar tu vida personal y yo… No soy esa clase de reportera, no quiero serlo —

Sabía, desde que Aimé se presentó como reportera de Vogue, que el artículo que escribieran de él no hablaría precisamente de su técnica para jugar futbol, no obstante, escuchar que el rumbo de la entrevista era precisamente su vida amorosa… Había creído que con mencionar su tipo ideal, la clase de cosas que le gustaban y el regalo perfecto para San Valentín sería suficiente y claramente, para Franca Lorencetti, eso no era así.

— Entonces, ¿qué clase de cosas me preguntarías? Si fueses Aimé Sáenz, reportera del periódico A, ¿qué me harías decirte? — cuestionó.

— Si te lo dijera, no querrías decírmelo —

— Vamos, no puede ser tan malo como enterarte que estuve prometido a la princesa de Yugoslavia — bromeó y ella lo supo, porque en lugar de sorprenderse por tal mentira, rompió en carcajadas que la hicieron ver mucho más linda de lo que ya lo hacía.

— Quizás un día te lo diga y entonces, tal vez respondas a todas mis preguntas — convino ella, al cabo de un rato. Kojiro no dijo nada, dio un mordisco a su tarta de frambuesas y al cabo de un rato, pidió la cuenta.

No era tarde, la luna brillaba en lo alto del cielo cuando salieron del restaurante, como invitándolos a seguir disfrutando de la noche. Hyuga no lo pensó dos veces y antes de que hubiera oportunidad de arrepentirse, le preguntó a Aimé si deseaba divertirse un poco más.

— ¿En qué sitio estás pensando? — preguntó.

— No lo sé, ¿Zellis? — propuso el tigre, mencionando uno de los bares más entretenidos de la ciudad. Aimé aceptó, gustosa y estaban por regresar al auto cuando la mano de ella sostuvo su muñeca y al volverse, Kojiro preguntó si algo sucedía.

— No puedes ir a un bar vestido así, hombre — le dijo, tiró de su corbata hasta soltarla, abrió dos botones de su camisa y soltó los puños, doblando las mangas hasta dejar descubiertos los antebrazos. Libre, apuesto, perfecto, así era como Kojiro lucía a sus ojos.

Continuará…