6. Noche perfecta
Una de las cosas que volvían del bar Zellis un sitio increíble era, por supuesto, la composición de su construcción. Mientras la fachada de bloques amarillos y los arcos que decoraban las entradas lo hacían parecer el típico pub, el interior se transformaba pasando el recibidor y es que, además de la barra y un par de mesas donde tomar asiento, el verdadero encanto del lugar se ocultaba al traspasar las puertas que conducían al patio exterior.
La cabina del DJ se alzaba al fondo, rodeada por un foso de agua que cambiaba de color debido a la iluminación y separaba su espacio de la pista de cristal, donde los interesados en bailar se apiñaban para encontrar un poco de diversión. Los muros tapizados de enredaderas brindaban una atmósfera increíble al resto, igual que las mesas repartidas alrededor del patio, con sus sofás de cuero negro invitando a los presentes a tomar asiento y disfrutar de una deliciosa bebida.
El bar parecía repleto cuando Kojiro y Aimé llegaron, pero no habría sido el tigre japonés si no hubiera conseguido con sólo un autógrafo al capitán de meseros, que les ofrecieran una mesa al fondo del lugar. Una camarera se unió pronto a ellos para tomarles la orden y aunque parecía pendiente de cada movimiento del hombre, la española que lo acompañaba pensó que aquella chica debía estar esperando conseguir su firma también, porque no apartaba la mano de la pluma que llevaba atada al mandil en la cintura.
— ¿Qué te apetece? — preguntó Hyuga, llamando su atención.
— No lo sé, elige tú — repuso, ligeramente sonrojada por no haber estado pendiente de él. El japonés no se lo tuvo en cuenta y luego de echar una ligera mirada al pequeño menú sobre su mesa, ordenó un par de bebidas a base de ron y despidió a la camarera.
— Y bien, ¿qué te parece? ¿Habías venido alguna vez? —
— Una, hace tiempo. Todavía estudiaba y vine con unos amigos — respondió Aimé.
— Entonces, ¿qué clase de chica eres en una fiesta? No me trago que seas del tipo que llega, se sienta y no se mueve en toda la noche —
— No, me gusta bailar y también beber. Tengo un montón de primos así que cuando me hice mayor y pude entrar a su círculo, aprendí a beber como pocas y llegué a ganarme su respeto con las apuestas de shots de tequila — le dijo y sonrió.
Se enfrascaron en una charla que versaba sobre las increíbles aventuras que Aimé había vivido en compañía de sus primos mayores y más tarde, también con algunos de sus compañeros de la universidad. Kojiro parecía a medias fascinado y a medias sorprendido porque la chica hubiese resultado ser el alma de la fiesta y siguió preguntando y queriendo saber más de sus anécdotas, hasta que los tragos se acumularon sobre la mesa y la española prefirió demostrar sus habilidades, en lugar de sólo narrarlas.
Tirando de su mano hasta el centro de la pista, Aimé lo instó a seguirla y fue paciente al advertir que Kojiro en realidad no tenía idea de lo que hacía Aprendió un poco mientras estuvo con ella, pero nunca serían suficientes un par de lecciones improvisadas para hacerlo alcanzar el nivel de la española, mucho menos cuando la música cambiaba y en lugar de pop terminaban escuchando algo que ella llamó bachata. Seguir el ritmo de aquella música no sólo era complicado para él, sino que además, la atención se le iba directo sobre la castaña.
Cuando quedó claro que Kojiro no podía más, Aimé cedió a detenerse y le acompañó hasta la barra donde buscaron un rinconcito para aplastarse a charlar y descansar y terminaron ordenando un par de tragos más. Casi habían terminado cuando el tigre tuvo una fantástica idea y en menos de lo pensado, se inclinó sobre la barra y pidió al cantinero diez shots de tequila.
— Si no te conociera, diría que estás intentando retarme — sonrió Aimé, al ver los diez tragos formados frente a ellos.
— Bueno, ¿y qué quieres perder si eso es lo que hago? — siguió él, divertido.
— ¿Qué tal si me das la entrevista que no quieres dar? Puedes mentirme, lo único que necesito es tu voz grabada para que Franca me deje vivir — propuso y el moreno debió considerarlo porque pareció pensativo durante un minuto.
Antes de que respondiera, Aimé tomó el primer vasito y lo empinó directamente al interior de su garganta. El licor quemó duramente su garganta al descender, pero el sabor que recordaba y la mirada del otro sobre ella, valían completamente haberlo ingerido. No pasó mucho antes de que Kojiro la siguiera y aunque comenzaban a sentirse ligeramente mareados al llegar el último trago, ambos consiguieron terminarlo y luego de beberlos echaron a reír.
Pensaron en volver a la pista, cuando una llamada de parte de Gentile ingresó en su móvil y antes de dejarla pasar, Kojiro se disculpó para poder atender. No era extraño que su amigo llamara, más si lo era que ocurriera a altas horas de la noche. Se apartó de la chica hasta alcanzar un punto donde escuchar claramente al italiano y esperó a que lo que este tuviera para decir fuese realmente importante.
En la barra, Aimé ordenó una bebida sin alcohol, sintiéndose ya mareada a causa de las luces de colores y los shots que había ingerido anteriormente. El camarero, un hombre joven que no se había pedido su espectáculo con los caballitos de tequila, le atendió pronto e incluso se atrevió a felicitarla por beber tanto, tan rápido y tan bien. Se había quedado sola, marcando el ritmo de la música con los dedos sobre la barra y el vaso a medio llegar en los primeros sorbos, cuando una voz a sus espaldas le hizo reaccionar.
— Sería mejor si bailaras conmigo, ¿sabes? —
— ¿Qué? Ni siquiera te conozco — espetó, apenas advertir que aquel junto a ella no era el tigre japonés, tenía el cabello rubio, los ojos verdes y una sonrisa que para nada le agradó.
— Me llamo Alonzo — sonrió él — Ahora que nos conoces, ¿por qué no bailas conmigo? — no lo había notado antes, pero era claro que el tipo no sólo parecía decidido a llevarle a la pista sino que además, parecía haberse excedido con los tragos hacía un buen rato.
— Lo siento, vine acompañada, ahora haznos un favor a los dos y piérdete —
No le dio tiempo a dar un nuevo trago a su bebida, porque justo entonces Alonzo la tomó del brazo y le obligó a girar. La puso de pie en un solo movimiento y comenzó a tirar de ella, mientras murmuraba incoherencias sobre las mujeres que se daban a desear. Alrededor, nadie parecía pendiente de ellos, demasiado enfrascados en sus propias conversaciones y bailes como para reparar en una mujer que se negaba a acompañar a un hombre a la pista. Más allá, el único en mirar en su dirección después de acercarse a recoger el vaso abandonado fue el cantinero, quien reconoció que su pareja no era el japonés con que había estado antes.
Italiano y española continuaban forcejeando camino a la pista cuando Kojiro alcanzó la barra donde antes había dejado a Aimé y no le tomó ni dos palabras del cantinero, que había permanecido aguardando por él, para volverse y ubicar a su chica. Tan pronto como lo hizo, se encaminó hacia ella y había conseguido alcanzarla hasta pescarla del brazo cuando Alonzo advirtió su presencia y se volvió dispuesto a echarle la bronca. Dado que su prioridad era conseguir que el rubio soltara a Aimé, Hyuga aguardó conteniendo su ira hasta que ella pudo escapar y al tenerla a sus espaldas, no lo pensó dos veces cuando arrojó un puñetazo certero a la mandíbula del otro.
Las miradas comenzaron a detenerse en ellos (a buena hora, pensó Aimé) así que no deseando que alguien le reconociera y comenzara el alboroto, la española tiró de su brazo hasta hacerlo volver y juntos, abandonaron el lugar sin mirar nuevamente donde Alonzo, quien yacía tirado a medio bar, con la nariz probablemente rota y la mente tan desconectada por el golpe y el alcohol, que seguro sería imposible que reconociera al hombre que le había agredido cuando recuperara la razón.
— ¿Estás bien? — preguntó Kojiro, una vez refugiados en la seguridad de su auto. El mareo de los shots que había bebido se había ido al notar la ausencia de Aimé y luego del episodio con Alonzo, parecía que no quedaba una sola gota de alcohol en su interior.
— Lo estoy, gracias, comenzaba a perder la cordura allá dentro — admitió ella.
— ¿No te lastimó? — volvió Hyuga, para estar seguro. Ella negó y su respuesta le hizo sentir mejor, suspiró y tiró de la llave para encender el auto — Bien, vayamos a casa, entonces —
A ella debió agradarle la idea porque no dijo nada, se puso el cinto de seguridad y aguardó a que él sacara el auto del lugar. Tuvieron un viaje tranquilo, no se sentía borracho aunque nunca era buena idea tentar a la suerte, así que Hyuga condujo a una velocidad prudente hasta el edificio en que había recogido a la española. Llegaron en menos del tiempo imaginado y para Kojiro, fue verdaderamente agradable advertir que la chica en el asiento de al lado dormía cuando lo hicieron.
Apagó el motor y bajo del carro, sólo para rodearlo y alcanzar la puerta de Aimé, dónde se detuvo para despertarle y sujetarla con fuerza, en el momento en que presa del sueño y el alcohol, ella trastabilló y estuvo a punto de irse de bruces contra el suelo.
— Tranquila, bonita, todavía no debes tocar suelo — sonrió el japonés y le ayudó a andar hasta que estuvieron frente a su puerta.
Parecía a decidida a abrir si su apoyo, pero sus intentos fracasaron y no tuvo de otra más que entregar la llave al moreno y dejaron instarla en la cerradura. Podría haberla dejado segura en su cama, no obstante, ella se interpuso entre la entrada y él y antes de preguntar a qué se debía, la escuchó preguntar:
— ¿Por qué te has enfurecido tanto? ¿Por qué pareces incapaz de mirar a nadie cuando estás conmigo? —
— ¿Habrías preferido que no lo golpeara, que me pasara la noche mirando a las chicas como si no fuera consciente de la mujer junto a mí? — repuso. Aimé compuso un puchero y tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta, cuando un nuevo mareo amenazó con desequilibrarla.
— No, sólo… quiero saber por qué —
— Me gustas — sonrió él, sin saber de dónde había sacado el valor para decir aquellas cosas. No importaba, viendo la sonrisa de Aimé y la forma en que sus ojos brillaban, Kojiro se dijo que no importaba mucho sentirse expuesto al admitir aquello.
— Tú también me gustas, no lo digo porque esté un poco ebria… Me gustas, tigre — le devolvió ella, los ojos brillando por la emoción y la sonrisa más hermosa que nunca le había regalado.
En ese momento, Kojiro pensó que nunca antes se había sentido tan feliz… y divertido, no cabía duda, que Aimé era una mujer encantadora, adorable cuando huía de dos guardias iracundos y se refugiaba en su abrazo, frágil cuando la cabeza se le iba en medio de un atentado, graciosa mientras se sostenía contra el marco de una puerta, diciendo cosas como que el tigre japonés le gustaba.
— ¿D-Desde cuándo te gusto? — preguntó ella.
— Todavía no lo sé, pero estoy bastante seguro que ocurrió cuando te plantaste junto a mi auto, acusándome de ocultar algo y pidiendo que te concediera una entrevista — respondió y la vio reír como tonta al escucharle. Hubo una pausa y entonces, ella susurró:
— Estoy algo ebria, así que disculpa si me excedo —
Acto seguido, se lanzó sobre él, tirando con ambas manos del cuello de su camisa y acercando sus rostros hasta que los labios se encontraron y el sabor del licor que ambos habían consumido se combinó. Por una fracción de segundo, Hyuga intentó detenerse, no deseando que a la mañana siguiente, Aimé fuera por ahí creyendo que había intentado aprovecharse de su estado de embriaguez. La cabeza le dolió en el momento en que su corazón le recordó que besarla era justo lo que había deseado desde el instante en que la vio, en ese mismo sitio, varias horas atrás.
Se entregó entonces a besarla, rodeo su cintura con una mano para sujetarla tan cerca y tan fuerte que no pudiera trastabillar con sus propios pies y enredó la zurda entre las largas hebras de su cabello castaño. Disfrutó la caricia como no creía haber hecho nunca antes y se había quedado sin aliento, cuando ella se apartó, todavía aferrando su ropa con ambas manos y la mirada confundida.
— Debo irme, tienes que descansar — susurró Kojiro.
— ¿Hablaremos de esto mañana? —
— Lo prometo, ahora ve a dormir — sonrió y la besó en la frente, antes de soltarla, verla entrar en su hogar y escuchar la puerta cerrarse tras ella. Se sentía feliz y Kojiro Hyuga feliz, ilusionado y sintiendo el corazón bombeando a todo lo que daba por una mujer… era algo que no sucedía a menudo, pero que parecía realmente bueno.
Continuará…
