Regreso nuevamente, pues escribir es la única magia que conozco, por muy poco que la domine.
Primero, para salir de ello: Ningún personaje me pertenece. Los Winchester pasarían por más apuros. Natasha y Loki estarían juntos.
Segundo: Existe un desfasaje temporal entre las dimensiones. La línea cronológica empleada será la de Supernatural, pero no me detengo en pasajes concretos.
Resumen: Si la Viuda Negra hubiese acabado por accidente en la dimensión de Supernatural, las cosas, para los Winchester y Castiel, habrían sido un poquito diferentes.
Tercera Parte
18. Hermetismo
No rechazó a Dean cuando se sentó a horcajadas sobre él, ni cuando atrapó su rostro entre las manos, obligándolo a mirarle. Estaban llorando sin reprimir las lágrimas. Su hermano no pronunciaba palabra alguna. Con los globos oculares enrojecidos y brillantes, abría y cerraba la boca en un intento por hacerse del oxígeno que se le escapaba. Sam asintió a la muda interrogación y se estremeció violentamente con el tacto caliente de esos labios sobre los suyos. Apartó con brusquedad al mayor, consciente del craso error que podrían haber cometido por culpa de ese lapso devastador hundido en la amargura de haberle fallado, precisamente, a ella.
Fue tomado desprevenidamente: Dean lo estrelló contra la pared, sin dejar de arañarlo y besarlo, en un amago por deshacerse de la conciencia. Sam apenas interactuaba; apenas reaccionaba; apenas lo sostuvo cuando se desasió; apenas lo escuchó cuando habló quedamente sobre rescatar su alma y traerla de regreso al mundo de los vivos.
19. Ecce Angelus
Atrapado. Sin alas. Humano. ¡Ecce angelus!, gritó Metatrón ante las huestes de ángeles caídos que se arremolinaban como niebla en el claro del bosque de coníferas, que avanzaban como lobos hambrientos sobre su presa. El terror le atenazaba la garganta seca y sus ojos se movían frenéticamente buscando una vía de escape. Por instinto, miró al cielo, sereno y diáfano en un irónico gesto de calma, y gritó en el silencio arrebatado por las mentes ávidas de sus hermanos: ¡Padre mío! ¡Padre mío! ¿Por qué me has abandonado?
Tal vez, reflexionó acongojado, en esta ocasión, moriría perentoriamente.
20. Pequeña serenata nocturna
Una triste hoja caída rozó el rostro de Dean; quién sabe cuántas penas y glorias habría presenciado desde su nacimiento. Ciertamente, debió haber visto en los rostros de aquellos que se pusieron a la sombra de su viejo árbol dicha, alegría, regocijo, así también angustia, sufrimiento y desolación. La brisa movía insoportablemente sus cortos mechones. La molestia de esa cosquilla no solo lo enfadaba porque era insufrible que el cabello le tapara la vista, sino también porque le recordaba la tierna y juguetona caricia de Tasha, cuando quería hacerle saber que deseaba mucho más de él. Su respuesta siempre fue dedicarle una mirada picaresca, y decirle que no se conocían lo suficiente, incluso sabiendo que desde un inicio parecían haber conectado instantáneamente. Eran dos almas realmente viejas, arraigadas en gustos que ni siquiera pertenecían a la generación de sus padres. Quizás por eso acoplaban tan bien. O eso creyó.
En el fondo, él siempre lo supo. Por ello se sentía tan extraño con aquellas miradas incomprendidas que en ocasiones intercambiaban cuando el asunto entraba en cuestión. Cuánto le costaba volver a ver en sus ojos nuevamente esa ternura y apego que alguna vez le profesó, o que él pensó le había profesado. Cuánto deseaba que se lo hubiese dicho a tiempo, de frente y sin argumentos enrarecidos, sólo para creer que el daño causado sería mucho menor, que la herida tendría oportunidad para poder sanar. Decirle que ella había escogido a Sam Winchester, el niño tierno y egoísta, y no a Dean Winchester, el último que siempre permanecía en pie.
21. Gigante
Su primera vez con Sam no fue particularmente romántica. Ignorando el hecho evidente de que Dean y Castiel estaban en la habitación contigua, en ese momento, la desolación y el arrepentimiento, acompañados de sufrimiento lacerante, fueron los catalizadores que los empujaron a devorerse sin pensar en el minuto siguiente. Winchester idiota con su necesidad de autoinmolarse para salvar un mundo que muy poco le había agradecido, mordía los labios entreabiertos, buscando su aliento en mi boca con la lengua escurridiza. Frenético. La espalda contra la pared; las largas piernas alzadas rodeando las caderas; ropa hecha jirones desparramados por el suelo; penetración desesperada sin juegos previos; corriendo, corriendo, corriendo y sin aire en los pulmones. Orgasmos aferrados a los últimos instantes de cordura.
Las lágrimas quemaban como ácido. Arrodillados. Abrazados. Una invitación a quedarse; ser egoísta una vez más.
Dean observaba desde el vano de la puerta, con expresión hierática y pose relajada. Por primera vez, Natasha fue incapaz de leer a otra persona.
22. Soy tuyo… no más que una sombra
Tropezó con la canción casi por casualidad. I´m yours de The Script flotaba solitaria en el escritorio de la laptop que había "tomado prestada". Alejada de lo que usualmente solía escuchar, la letra le taladraba el corazón y crispaba sus nervios. Los versos le llevaron a entender por qué Dean hubiese preferido escapar de la soledad con ella antes que con Lisa; el porqué él hubiese dado su alma para sanarla entre sus abrazos, seguir siendo un soldado ante sus ojos, antes de tener que hallar un refugio temporal y precario con Amelia.
Sam resopló con fuerza y cruzó los brazos tras el cuello. Los acordes de la guitarra le hizo aspirar a que ella dejara a un lado su resolución de no escoger, alegando no querer convertirse en una Yoko Ono que se interpusiera en la misión y la relación que los Winchester compartían, porque ella sabía más de lo que aparentaba. Se preguntaba si Natasha percibía las sombras en las que él y su hermano se habían convertido, sobrellevando las cargas del mundo, intentando protegerla, una mujer que se transformó en su espada y escudo.
23. La mayor sorpresa
Percibía la presencia de algo más en los recintos del búnker; apenas podía asegurar si era o no humano. Durante las primeras semanas parecían señales débiles, intermitentes. Sus amigos no daban muestras de alarma ante alguna entidad sobrenatural; la vida seguía el ritmo previsto de la caza, la investigación y el despertar vivos una jornada más. Con el transcurso de los días, la sensación fue tomando una forma corpórea, definida, que le permitía localizarle en un área más restringida, si bien seguía siendo incapaz de darle un nombre a lo que intentaba encontrar. Rápidamente, por decirlo de alguna manera, descubrió que esa nueva energía seguía a Natasha a donde quiera que esta fuese y temió que algo podrido residiera en el cuerpo de su compañera. Cuando la veía vomitar o sujetarse fuertemente a algo para no caer, ella le interrumpía alegando que nada ocurría y le suplicaba que no le dijera a los chicos. La mujer pelirroja oscilaba entre la astenia, que atribuía a las intensas jornadas de trabajo, y un renovado vigor que ponía a correr a todos los presentes; hasta sus gustos alimentarios se habían tornado algo raros, como aquella vez que arrasó con la provisión de carne de Dean (¡ni hablar de la batalla titánica!) sin consultárselo.
Sin embargo, lo que sea que fuese, no drenaba su fuerza vital, su alma no estaba mancillada, y la respuesta afloró tan repentinamente que lo tomaron por loco debido a su risa descontrolada. Pero, reflexionó, cuándo, quién. Los Winchester nada sospechaban. Quedaban momentáneamente embobecidos cuando un pequeño roce a los senos hipersensible de Natasha le arrancaba un gemido o bromeaban sobre su repentino aumento de peso.
Una noche, cuando deambulaba, invisible, por el búnker, vislumbró las siluetas de su amiga y Sam en la habitación de este. Alcanzó a escuchar el Dean va a enloquecer cuando le digamos que será tío antes de tropezar con un muro. (Por ir de entremetido, olvidó desmaterializarse).
