Una rubia caminaba por los pasillos, con la vista hacia la nada, llorando. Sólo se oían sus pasos y el tintinear de su dije de campanita que colgaba en su delicado cuello. Lloriqueando y con la cabeza gacha miraba su antebrazo, todo ensangrentado.
-¿Estás bien, Lu-sama? –resonó la voz madura inquebrantable de la peli violeta.
-¿Eh? ¡Virgo-chan! -el semblante de la rubia cambió a una de alegría-. ¡Mira, mira! ¡Mira lo que papá me regaló!
Mostrando su antebrazo cubierta de una espesa sustancia, estaba Lucy Heartfilia Scaglia, sonriente como siempre y con los rastros de anteriores lágrimas, ahora, seca.
-¿R-Regalo? ¡Lucy-sama! Eso no es un regalo, es… terrible. ¡Mira lo que te ha hecho! ¿No te duele? –preguntó asustada la nana de Lucy, Virgo. Rápidamente fue en busca de vendas para sanar la herida mientras que con el otro brazo sostenía a Lucy.
-¿Doler? ¿Por qué dolería el regalo de papá? ¡Es increíble! ¡Me dijo que me iba a hacer uno igual en la costilla! ¿No es genial? –habló entusiasmada. Virgo tragó saliva y se dio vuelta abrazando a Lucy.
-Por favor… Lu-sama… Hime-sama. No haga esto, huya por favor –susurró la sirvienta, tratando de no quebrarse y llorar ante su ama.
-¿Virgo-chan? ¿Huir? ¿De quién?
En ese momento, la peli violeta la miró a los ojos tristemente y sonrió.
-Sonreír es vital para la vida. Sonría, Lucy.
-Pero yo sonrío, Virgo-chan. ¿Ves? –interrumpió la rubia, mostrando sus relucientes dientes blancos.
-No es tan así como dice… -suspiró lamentable-. Hágame caso, por una vez. No dejes que te haga daño. ¿Ves eso? –preguntó mostrándole la venda, anteriormente blanca pero ahora con una mancha rojiza-. Eso es malo. No se debe hacer eso, Lu. No debes dejar que te toque, ¿entendido?
La rubia asintió, pero después miró al vació y negó.
-No. Me gusta. Me da un estilo único, ¿no ves, Virgo-chan? –le enseño el antebrazo-. Es bueno. Papá dice que yo tengo una piel muy pálida, y esto le da color. Me hace sentir especial.
-Hime-sama… -unas lágrimas gruesas asomaron por sus ojos- No diga eso… Usted…
-Virgo, preséntese a la oficina del señor, por favor –la voz de Zeref retumbó por toda la extensión de la casa. Virgo recobró su postura sin antes decir:- Lucy. Escápate. Vete de aquí…
-Pero, Virgo-chan… Papá… Me gusta esto… -trató de explicar la rubia pero Virgo la empujó por una pared que daba al jardín trasero.
-¡ESCAPA, MALDICIÓN! –se escuchó el grito proveniente de la nana, asustando a la pequeña rubia de dieciséis años.
Unos sonoros ruidos alertaron que Lucy Heartfilia Scaglia no se encontraba dónde debería estar. La rubia, asustada, quiso volver a los estrechos pasillos pero no pudo. Afortunadamente, un pequeño agujero ayudó a Lucy a mirar el interior de la casa, viendo como Virgo era llevada por la fuerza a la oficina de su padre. Lo último que vio fue la pequeña sonrisa de Virgo y sus ojos llorosos advirtiéndole que no era seguro permanecer allí más tiempo.
Lucy miró sonriente su antebrazo y suspiró.
-Papá es bueno, Virgo-chan. Ya entenderás algún día… -habló. Trepó a un árbol, causando pequeñas cortadas en las piernas y manos que, para Lucy, era un placer impresionante y exquisito. Gracias a sus habilidades, escapó de la casa Heartfilia Scaglia, dejando allí a Virgo, la única buena persona del lugar pero que Lucy no sabía.
-¡Natsu! –gritó una estruendosa voz, reconocible para el pelirrosa.
-¡Lyon! ¿Qué haces aquí? –preguntó sorprendido. El albino pasó a la sala en la furia a flor de piel.
-¡¿QUÉ CARAJOS ES ESO DE PASARSE LA VIDA ACÁ SIN HACER NADA?!
-Lo sé, lo sé. ¿No es genial? –sonrío Natsu. Cambiado por un gesto de dolor al recibir el golpe de Lyon en su cabeza.
-¡NO! NO LO ES. NATSU. Por Dios, idiota. Esto –señaló el lugar- no es sano. Debes salir, conocer chicas, emborracharte y vivir tu propia vida, carajo.
-No es mi estilo, Lyon. Prefiero antes leer un libro antes de salir y coger a todo ser viviente que esté enfrente.
-Me rehúso a que no tengas una vida y estés encerrado así como estás.
-Pues, acéptalo. Soy así…
-No por mucho tiempo.
El tono de voz de Lyon no era buena señal, lo que por instinto hizo que Natsu sonriera nervioso y le tirara un almohadón. El albino esquivó el golpe. Sonrió.
-Todavía no puedo creer lo que pasó.
Natsu estaba enfrente a una cabaña. Visualizó, luego de mirar embelesado el mar, una nota pegada a la puerta.
Disfrútalo. Recuerda, a las nueve levantado o sino… Ya sabes.
-Estúpido albino –suspiró derrotado-. No puedo creer que en menos de dos semanas ya no tenga que ir a trabajar y ENCIMA me obligan a ir a la playa. Joder.
Abrió la puerta. Una fragancia a chocolate lo embriagó. Quizás… Sólo quizás… No era tan malo como parecía, ¿no? Unas vacaciones relajadas. Así serían según Natsu. Pero, lo que no recordó, es que no hay que adelantarse porque pueden surgir nuevas cosas inesperadas.
