Capítulo 23

Fight for what you believe in

– Hey, eso no fue escalofriante. – América finalmente salió de su escondite viéndose un poco más aliviado. Varias naciones refunfuñaron. Él tampoco entendió.

– ¿Me dejarías explicártelo?

– ¿Hm? ¿Para qué, Lituania? Creo que era bastante obvio: el narrador quería seguir en compañía de su amigo.

– No, no se trata solo de eso…

– Deja que piense eso. – Bostezó Prusia. – No es como que haya mucha diferencia.

– Pero entonces cambiaría el significado de la historia. – Destacó Australia.

– ¿Y qué? Quizás no lo entendió porque quiere una historia donde la acción sea lo principal.

– Bueno, podría no serlo. – Desaprobó China. – Se perdería de buenas historias si pensara de esa forma, aru.

– Cierto pero estoy seguro de que prefiere las historias de acción que esas tonterías.

– Estoy aquí, América agitó su mano tratando de no ser ignorado. Prusia inesperadamente volteo hacia él, causando que América se sobresaltara.

– ¿Y si cuento una asombrosa historia sin nada de esa mierda? Con una trama que vaya de punto A al B sin problemas.

U-um…Sure? – América no estaba muy seguro de querer escuchar la historia ahora.

– Bien, va algo así…

Fight For What You Believe In

Basado en "The German Medic"

Crédito a su autor anónimo

Era la mitad del invierno durante la Segunda Guerra Mundial, y solo el equipo médico de la Compañía Alemana, que consistía de un médico en entrenamiento y su mentor, estaba totalmente desabastecida de plasma, vendas y antisépticos. La última batalla había estado muy reñida; muchos de los soldados que regresaban habían perdido alguna parte de su cuerpo. Los más afortunados perderían una oreja o un dedo cuando mucho. Los más desafortunados, generalmente un brazo o un brazo entero. No pasó mucho después de que a su regreso al campo de batalla, esto se volviera un pantano de sangre.

– Esto apesta. – se quejó el aprendiz Beilschmidt mientras escoltaba al décimo paciente del día salir de la tienda de atención médica. Su mentor reconoció su arranque con un brusco asentir mientras revisaba unos papeles.

– Hemos obtenido otras provisiones más de la cantidad de pacotilla que se nos entregó antes de empezar la guerra. ¿Cuándo vendrán los cargamentos? Es difícil ver a todos esos hombres incapaces de recibir tratamiento. – La cara de Beilschmidt se tornó desairada. – Tal vez deberíamos darnos por vencidos.

El chasquido de la tablilla con sujetapapeles causó que el aprendiz mirara al doctor de mayor edad.

– No, nunca podríamos darnos por vencidos. Somos doctores y nuestro deber es suministrar ayuda a nuestros pacientes. Iremos tan lejos como se requiera para ayudarlos.

– ¿Pero cómo? ¡No tenemos provisiones!

– Siempre hay una manera. Solo se necesita aprender a ser ingenioso.

Beilschmidt sentía un gran sentido de orgullo despertando en su interior. Era por eso que lo respetaba y había escogido estudiar con el viejo; para él no había nada que fuera imposible. El viejo excéntrico era buenísimo.

– Duerme un poco. Bebes de estar cansado. Yo cuidaré del resto.

– Usted también está cansado. Déjeme ayudarle.

– No, gracias. Sólo eres un aprendiz que está aprendiendo lo básico. No necesitas desvelarte aún.– Sonrió amablemente el doctor. – Estaré bien.

Beilschmidt le devolvió una pequeña sonrisa pero obedeció a su maestro y salió de la tienda de campaña como cualquier paciente que haya entrado. Caminó penosamente hacia su tienda, ansioso por encontrar una manera de ayudar. Se tiró en su catre, tratando de hallar una manera de auxiliar a su mentor.

Los quejidos no terminaban. Muy entrada la noche, el doctor tuvo que cerrar la casa de campaña e informo que estaría de ronda mientras los demás dormían y así no molestar a los hombres tratando de descansar. El aprendiz podía escuchar muchos de los quejidos de los viejos mientras esperaban a que el doctor llegara hasta esta sección. ¡Eso es! ¡No iba a quedarse sentado y hacer simplemente nada! Beilschmidt salió a escondidas y fue sigilosamente a la tienda de atención médica. Tomo unas cuantas vendas y un par de tijeras antes de salir.

Bilschmidt hizo sus propias rondas, atendiendo una parte de los soldados que regresaban mientras que el doctor atendía la otra parte. Desafortunadamente no había nada que Beilschmidt pudiera hacer por quienes necesitaban una transfusión. Tenían que esperar hasta mañana. El aprendiz continuamente tenía que volver a la tienda de atención médica para robar más provisiones, cada vez que visitaba el lugar se sorprendía de ver la cantidad de vendas que todavía quedaban. Entre él y su mentor debieron habérselas acabado desde hace mucho.

La mañana llegó en compañía de los alaridos de los soldados. Los ojos del aprendiz de pronto se abrieron habiéndose quedado dormido finalmente hace una hora. Corrió hacia afuera para ver cuál era el problema.

– ¿Qué sucede?

Varios de los soldados despertaron horrorizados al ver que sus vendas no eran sólo eso. Estaban hechas de grandes trozos de piel humana. Los soldados estaban cubiertos con ellas desde la cabeza hasta la punta de los pies con sangre que no era precisamente del campo de batalla. Qué bueno que Beilschmidt no hubiera comido nada aún, de otro modo, hubiera devuelto el desayno. Después de que se le pasaron las náuseas, una observación curiosa llamaba la atención. No todos los soldados atendidos tenían envolturas de piel o cubiertas en sus frentes teñidas de sangre; sólo los atendidos por el doctor.

El aprendiz se apresuró a ir a la casa de campaña de su mentor cubriéndose la boca por el horror.

El doctor estaba sentado sobre una munición de hojalata, viendo hacia la nada, con los ojos vidriosos. Beilschmidt caminó hacia él, por reflejo le dio unos golpecitos en el hombro. La túnica del trastornado doctor se cayó mostrando manchas grades en su cuerpo donde debiera estar la piel, los músculos, incluso los tendones habían sido quirúrgicamente extirpados; estaba casi pálido debido a la falta de sangre. En una de sus manos tenía un escarpelo; en la otra un utensilio para una trasfusión de sangre.

El doctor dio que iría tan lejos como se requiriera para ayudar. Beilschmidt nunca imaginaria que a la mañana siguiente la compañía sería obligada a disolverse.