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Sleepless Nights

— ¡Ooh, me gustó esa historia! No sabía que eras de ese tipo de relatos. —lanzó una mirada alegre al chino. Y claramente ninguna de las otras naciones reaccionó igual. Ahora, todos estaban literalmente temblando de miedo, algunos murmurando incoherencias. Los que no parecían asustados estaban mejor escondiendo sus emociones bajo máscaras… O realmente no estaban asustados tan rudos como parecían. Rusia parecía el único en esta categoría.

—B-bien, sólo queda uno. — tartamudeó un poco Japón mientras sacaba una de las tiras restantes. — ¿Holanda? — Pero él no le escuchó porque trataba de quitarse desesperadamente a Corea del Sur llorando en su regazo. — ¿América? — el rubio lloriqueaba como un bebe sobre el hombro de Canadá con Seychelles frotando su espalada amablemente para consolarlo. Japón se volteó un poco alarmado hacia la última persona que quedaba. — ¿Rusia?

Rusia parpadeó antes de sonreír otra vez.

Da! Tengo una buena creepypasta. Estoy seguro de que la amarán….


Sleepless Nights

Basado en "The Russian Sleep Experiment"

Créditos a su autor anónimo.

Advertencia(s): Sangre y gore, muerte de personaje

Era el año 1942, a mediados de la Segunda Guerra Mundial. Diez soldados fueron capturados por el enemigo, forzados a participar en un experimento de investigación. Cinco de los soldados fueron seleccionados para ser monitoreados en un ambiente cerrado, fueron obligados a mantenerse despiertos por quince días consecutivos. Había fácil acceso al agua gracias al lavabo en la esquina del cuarto pero la comida tenía que ser suministrada a través de una ventana de 5 pulgadas. También había cámaras y micrófonos en el cuarto cerrado además de una rejilla de ventilación donde un gas especial era expulsado como mantener a los sujetos despiertos forzadamente.

Tristemente, no había nada en el cuarto que mantuviera entretenidos. Era algo que debían proveerse por sí mismos.

Los cinco soldados en custodia Braginsky, Arlovskaya, Braginskaya, Laurinaitis y Galante fueron colocados en el ambiente; los otros fueron puestos en una prisión separada hasta que fuera tiempo de realizar el experimento. Para la primera semana, no había pasado mucho. Arlovskaya y Braginskaya, las únicas soldados mujeres, así como Laurinaitis siempre estaban tratando de confortar a Galante, el soldado más pequeño quien parecía también muy joven para estar presenciando la guerra y había uno que dejaban solo. Braginsky generalmente se retraía, rara vez hablaba con los demás, pero de algún modo los científicos determinaron que en realidad se trataba del líder del grupo. Los otros cuatro estaban prestos a obedecer lo que fuera que dijera.

Pero al principio de la Segunda semana, una extraña y espeluznante aura perpetuó el área. Una severa paranoia flotaba alrededor, y ahora era menos frecuente que los soldados hablaran entre sí. En su lugar, acordaron conversar en secreto con los micrófonos. Aparentemente, encontraron mejor creer a sus captores que en los otros. Al principio los científicos pensaron que era una especie de truco pero la frecuencia con que lo hacían así como la franca sinceridad en sus voces les permitió creer que no era así.

Quizás podían obtener información de ellos. Los científicos probaron averiguando toda la información que podían de los prisioneros pero aunque los cinco juraron volverse en contra de sus camaradas a cambio de dejarlos dormir, nunca cedieron información sobre los planes de batalla de su ejército.

Nueve días dentro, los gritos comenzaron. Parecía que Galante no podía soportarlo más y estaba corriendo alrededor del cuarto, sus ojos se abrieron como platos por el pánico, sus manos jalando su enmarañado cabello. Laurinaitis trataba de articular palabras calmadas al chico pero sus esfuerzos fueron desganados. Los científicos observaron con apacible entretención como los otros prisioneros no respondían al arrebato; lo ignoraron completamente. Después de veinte horas seguidas de alaridos, el chico se calló aunque su boca estuviera aun abierta en un aullido mudo. Galante se sujetó de la garganta. Los científicos dedujeron que debió dañarse gravemente las cuerdas vocales.

En el momento en que Brangisky notó esto dirigió un par de miradas a las chicas, quienes inmediatamente se quitaron sus chaquetas y las colocaron sobre el borde de la ventana, bloqueando la vista dentro del cuarto. Desde los micrófonos, los investigadores del bando enemigo escucharon el sonido de alguien siendo golpeado y aporreado, pero ni siquiera las cámaras del cuarto podían captar lo que hacían los prisioneros.

Ninguno de los sujetos habló a los micrófonos después de ese día.

Tres días más pasaron, y los investigadores habían estado checando constantemente que el equipo estuviera funcionando desde que ni un simple sonido podía escucharse en el ambiente. Las gráficas leían el oxígeno consumido mostrando que debería haber cinco sujetos con vida, de hecho, respirando pesadamente como si no hubiera suficiente aire en la habitación pero aún no había sonido alguno. Los científicos estaban comenzando a aumentar un poco en ansiedad.

Anterior al último día de pruebas, los investigadores, por vez primera, usaron el intercom, por si había alguna reacción de los prisioneros de guerra. Ellos dijeron "Vamos a checar los micrófonos en el cuarto. No traten de escapar o se les disparará. Una vez que hayamos terminado, dejaremos volver a alguno de ustedes." Lo último era una mentira, pero sólo querían saber cómo reaccionarían los prisioneros.

Para su completa sorpresa, Braginsky contestó:

Okay, pero no deseamos salir nunca más, ¿da?

Eso fue todo. No pudieron volver hacer salir ni una palabra más de sus bocas. A medianoche del día siguiente, los investigadores detuvieron el flujo de gas, vaciando el cuarto de la toxina. Casi diez minutos después los instrumentos mostraron que los niveles químicos estaban disminuyendo, cuatro diferentes chillidos rodearon del cuarto. Los científicos usaron auriculares para librarse de los fieros gemidos. Rogaban porque volviera el gas, sus histéricas plegarias eran casi desgarradoras. Los guardias tuvieron que someter a los prisioneros. Eso fue más que suficiente para descubrir que el más joven de los soldados ya no estaba con vida. Evidentemente, fue golpeado hasta morir, con números cortes y rasguños cubrían su cuerpo como si alguien hubiera tratado de abrirlo cercenándolo.

Los guardias removieron el cuerpo mientras combatían contra los "sobrevivientes" afuera, los científicos aumentaban en preocupación. Sus equipos de última vanguardia les informaban que cinco de los soldados seguían con vida, sin embargo, claramente había un cadáver. ¿Cómo pudieron engañarlos tan fácilmente?

Además, ¿qué había pasado dentro del entorno? Los prisioneros estaban en horribles condiciones: todos ellos tenían piel pálida semejante a la de un muerto, su rígida piel parecía pegarse a sus huesos, y habían perdido gran parte de su piel y tejidos. No fue hasta que se hizo una inspección más a fondo que se detectó que las heridas habían sido provocadas a mano en lugar de por dientes… y auto- ocasionadas.

A los investigadores no les tomó más de tres conjeturas para descubrir lo que había pasado con toda la piel desgarrada. Los sujetos rogaban por el gas, demandando su deseo de no volver a dormir.

Los científicos no tuvieron otra opción que atender apropiadamente sus heridas. Ellos y los guardias se sorprendieron el salvajismo con que los prisioneros los atacaron. Braginsky logró robar uno de los garrotes de los soldados y herirlo de severidad mientras que a otro lo dejó al punto de la muerte. Arlovskaya robó una navaja, hiriendo los brazos y cuellos de cada uno de los que se atrevieran a acercársele. Braginskaya y Laurinaitis pelearon con sus puños, pero a la mitad de la batalla inexplicablemente Laurinaitis comenzó a sangrar en demasía desde su boca, el líquido rojo manaba incontrolablemente como cascada.

El equipo médico, abriéndose paso, trataron dándole un sedante para ver qué sucedía, pero sus intentos fueron todos inútiles. Uno de los doctores obtuvo una quijada rota cuando el hombre fue azotado. Eventualmente, alguien logró colocar la aguja en su brazo. Por dos minutos completos, Laurinaitis combatió como un animal salvaje, su fuerza nunca decayó ni con los niveles de morfina diez veces más altas de la normal e inyectada muchas veces más. Mientras tanto, seguía pidiendo "¡Más! ¡MÁS!", una y otra vez, al final, sus lamentos y corazón se volvieron más y más débiles hasta que se inmovilizó.

Si los tres soldados restantes sentían lástima por la desafortunada muerte de sus camaradas, no supieron como demostrarlo. En su lugar, fueron restringidos a camas médicas y se apresuraron en dar atención médica para la cirugía, todos clamando ser mantenidos despiertos por el gas.

Braginskaya, quien era la más herida de gravedad de los tres, se dio prisa dentro de la sala de operaciones inmediatamente. Sus brazos casi se zafaron por su desesperado forcejeo y su caja torácica estaba rota. Los doctores decían que debían usar anestesia para prepararla. Al momento en que oyó eso, gritó y continuó su indómito forcejeo. Ella logró golpear de muerte a uno de los doctores enredando sus piernas alrededor de su cuello y apretándolo fuertemente. Ni siquiera respondió de inmediato a los efectos del primer gas de anestésicos que le suministraron, pero después de inhalar el concentrado gas, sus parpados comenzaron a sentirse pesados. En un último frenético intento para liberarse, Braginskaya empujó contra su autodominio con cada onza de su cuerpo. Sin embargo, el gas era muy fuerte para que su cuerpo lo controlara, y su corazón se detuvo tan pronto como fue expuesto a él. Una autopsia reveló que no fue el gas lo único que la mató—todos sus músculos estaban desgarrados así como su esqueleto y el derredor de su diafragma.

Braginsky también fue llevado a cirugía por los músculos desgarrados en sus brazos y alrededor de su abdomen. Cuando los doctores sugirieron usar gas para dormir en él también, rugió que no, que llevaran a cabo la operación sin eso y que lo harían ahora. El equipo médico se quedó pasmado pero cumplió el deseo del soldado. Braginsky no hizo sonido alguno durante las seis horas de operación mientras le abrían y comenzaban a trabajar en sus adentros. De hecho, casi parecía asomarse un poco de éxtasis en su rostro, y cuando uno de los doctores hizo contacto visual con él, los labios de Braginsky se curvaron en una sonrisa macabra.

Justo antes de que los dos sujetos fueran devueltos a su hábitat, los científicos les preguntaron por qué se habían herido así mismos de tan mala manera. ¿Su única respuesta?

— Lo que sea para mantenernos despiertos.

Al final, los dos soldados restantes fueran expuestos de nuevo a su bendito gas. Los investigadores estaban ahora muy, muy asustados— ¿Qué había hecho que aquellas personas se volvieran unos desquiciados? ¿Fueron manipulados en otro campo del que nunca hablaron para que no interfirieran? Justo antes de cerrar la puerta, los científicos conectaron a los sobrevivientes a un monitor de EEG en tanto que adhirieron controles de piel en ellos. Los dos ni siquiera forcejearon cuando fueron sujetados con correas a la cama; todo lo que importaba es que el gas fuera devuelto.

Los investigadores comenzaron a monitorear sus ondas cerebrales inmediatamente. Sus gráficas aparecieron generalmente bien, pero a veces se volvía una línea recta como si sus cerebros hubieran muerto pero luego de alguna manera se recobraban antes de que existiera un daño.

Los científicos temían que no fueran capaces de mantener a sus especímenes por mucho tiempo. Inmediatamente pidieron que trajeran a los otros cincos soldados. Estos cinco soldados—Jones, Kirkland, Bonnefoy, Zwingly y Wang— fueron forzados a salir de su prisión para ser llevados al hábitat. Cuando pasaron por el cuarto, se miraron a través del vidrio de la ventana, visualizando a dos de sus camaradas atados dentro. Los investigadores enemigos les informaron del experimento que estaban por realizar con ellos así como sus reacciones y resultados de sus anteriores sujetos. De inmediato, los ojos de los "recientes" sujetos se llenaron de terror.

Entraron al mismo cuarto donde estaban sus dos camaradas, viéndolos con disgusto a lo que estaban reducidos y temiendo la misma suerte. Los guardias los sujetaron debajo de una mesa, para no repetir lo de la última vez. Cuando llegaron con Jones, el soldado saltó alejándose de ellos, liberando sus muñecas de su captor, y robando su arma, le disparó de inmediato. Los otros dentro del cuarto cayeron muertos pero una bala perdida se alojó accidentalmente en el cráneo de Arlovskaya, destrozándoselo y matándola en el instante.

Los refuerzos entraron, pero el soldado contraatacaba. En la lucha, el fue estrellado contra la cama de Braginsky.

— ¿Qué te pasó? — gritó, atado en lo alto de donde el hombre yacía con guardias sobre él. Este hombre no lo recordaba en absoluto como Jones lo hacía. Y si lo que los científicos decpianera verdad… — ¿Quién eres tú? — Braginsky medio abrió sus ojos, sonriéndole.

— ¿En serio no lo recuerdas? Nosotros somos ustedes. Somos la oscuridad, la locura, la demencia que está escondida dentro de cada uno de ustedes, rogando por salir de las más recónditas esquinas de sus mentes pero que nunca escuchan. Somos lo que tratan de esconder cada noche que duermen en su cama. Somos lo que te deja en silencio y paralizado para mantenernos fuera de su refugio nocturno que ustedes llaman penumbra. Oh si, somos sus más terribles miedos, siempre buscando una manera de escapar. Y muy pronto tu también serás liberado.

Jones estaba momentáneamente petrificado. Luego, antes de que los guardias fueran capaces de someterle, él tomó la pistola y apuntó al pecho de su camarada. La bala golpeó su corazón, el EEG mostró la línea recta, y Braginsky logró un último grito ahogado.

— Muy… pronto… seremos libres…


Una disculpa por mi larga ausencia pero hay ciertos deberes y proyectos que no me han permitido seguir tanto como quisiera… Sin embargo, estaré publicando más seguido por acá, o eso espero. Saludos a R.N. Walker, creadora original de este fic, pueden checar su historia en:

¡Ya estamos en la recta final! ¡Hasta la próxima con otra aterradora creepy!