Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Anne Weale.
Capítulo 2
Desde la boda de Ron, Hermione había pasado muchas noches desvelada, torturada por la idea de Ron teniendo bebés con Lavender... bebés que deberían haber sido suyos.
Lo único que ella había deseado de verdad era ser la mujer de Ron y la madre de sus hijos. No era el tipo de ambición aplaudida por los profesores del caro internado donde ella y su hermana habían asistido para aprender a convertirse en auténticas damas.
Aquello había sido idea de la abuela. Aunque sus propios orígenes habían sido humildes, era una tremenda snob y no había aprobado que su hija de dieciocho años, Daphne, se casara con un diamante en bruto como George Granger, incluso aunque con el tiempo hubiera ganado montones de dinero.
La abuela había querido que sus nietas se casaran no sólo con hombres ricos, sino lo que ella llamaba de buena cuna. Con ese fin, había convencido a su yerno de que enviara a las niñas a una de las escuelas más exclusivas de Londres. Pero para decepción de la abuela, su hermana mayor, Luna, se había enamorado de un chico que había pasado un verano trabajando en el jardín de su madre. Él tenía ahora su propio invernadero y era un hombre satisfecho, pero no ganaba mucho dinero. Rolf y Luna no podían permitirse mantener a su madre. Con dos niños pequeños y otro más en camino, ni siquiera tenían una habitación de sobra.
Y si la abuela hubiera conocido la pasión secreta de Hermione por el hijo del chofer, también lo habría condenado, al menos hasta que sus logros en la universidad habían previsto un impresionante futuro.
La ironía era que la abuela hubiera contemplado a Harry Potter como un buen candidato. Ella no pensaba gran cosa del amor y sus dos nietas creían que había pasado algo en su boda y su matrimonio no había sido feliz.
Por la mañana, Hermione se despertó con dolor de cabeza, resultado de las pocas horas de sueño y demasiado vino de la noche anterior. Se había quedado hasta tarde y había terminado la botella.
Se pasó la mañana clasificando cosas de su propia habitación y esperando la llamada de Harry Potter. Cuando el teléfono permaneció en silencio, debería haberse sentido aliviada, pero en vez de eso, sintió una extraña intranquilidad.
¿Y si había cambiado de idea? ¿Y si su animosidad le había hecho pensarlo mejor? Durante su cena en solitario podía haber decidido no molestarse más habiendo cientos de mujeres encantadas de que se lo propusiera.
Cuanto más pensaba en el escenario, más creía Hermione que podía haberse apresurado a rechazar una oportunidad de la que podría arrepentirse el resto de su vida.
Tal y como estaban las cosas, lo único que le ofrecía el futuro era una relativa penuria para su madre y un trabajo mal pagado para ella. No era una perspectiva nada atractiva.
El trueque que Harry había propuesto, significaría que si era desgraciada, al menos lo sería con comodidad.
¿Pero qué pasaba con su parte del trato: ser la mujer de un hombre que no la amaba y al que no amaba?
Bueno, el amor, en otro tiempo primordial en su lista privada de deseos, estaba tachado desde el día en que Ron se había casado con Lavender. Eso llevaba a la cuestión de si podría enfrentarse a tener sexo con alguien que no fuera Ron con la finalidad de tener niños. No tendrían al padre con el que ella había soñado, pero al menos tendrían un padre.
Al pensar en el sexo con Harry, Hermione notó una extraña sensación en la boca del estómago. Él tenía todos los atributos físicos para ser un buen amante; su aura de magnetismo animal emanando de un cuerpo magnífico, una boca sensual, unas manos que parecían tan fuertes como para poder aplastar y al mismo tiempo capaces de las caricias más sutiles y delicadas. Sólo de pensar en las componentes de su inquietante personalidad, le producía pequeños estremecimientos.
Incluso aunque todavía fuera virgen, su inocencia reservada como regalo para su primer y único amor, Hermione se sabía toda la teoría y había reconocido la profundidad de su naturaleza apasionada hacía bastante tiempo. Desde el principio de su adolescencia, le habían excitado las escenas amorosas de los libros y las películas, reconociendo su capacidad de sentir las mismas emociones fieras que las mujeres de las historias o la pantalla.
Pero también tenía una fuerte vena de idealismo. Después de enamorarse de Ron, mantenerse intacta para él había sido más importante que ceder a la curiosidad por lo que muchas de las chicas de su clase ya habían experimentado a los dieciséis años.
Estaba pensando en su falta de experiencia y preguntándose qué conclusiones habría sacado el detective al respecto, cuando el teléfono sonó.
Se obligó a esperar hasta la sexta llamada y saludó con voz fría:
—Buenos días.
Si la distintiva voz al otro lado de la línea se hubiera burlado por su amenaza de la noche anterior, lo habría colgado en el acto.
Pero Harry no hizo ninguna referencia a la despedida. Sólo dijo:
—Me gustaría enseñarte mi biblioteca. ¿Quieres comer conmigo?
Hermione inspiró sabiendo que estaba en uno de los momentos decisivos de su vida.
— Si te preocupa estar a solas conmigo, no hace falta. Mis empleados son demasiado respetables como para trabajar para cualquier jefe que no esté a la altura de sus expectativas. Y ya he dejado claro que mis intenciones son honradas.
Hermione podía imaginar por el tono de su voz que estaba esbozando una sonrisa sarcástica.
—De acuerdo. ¿A qué hora y dónde?
Cuando colgó, echó un vistazo a la exclusiva dirección que había anotado y se preguntó cómo habría aceptado.
Menos de veinticuatro horas atrás, al abandonar su oficina había salido convencida de que aquel hombre había perdido la cabeza. Y ahora iba a comer con él. ¿Habría perdido también ella la suya? Antes de prepararse para salir, Hermione volvió a leer el archivo que le había enviado
Harry.
Tenía treinta y cuatro años, doce más que ella. Eso ya era una gran barrera de edad. Y parecía que no iba a ser la única.
Al contrario que su padre, Harry no había tenido que escalar de cero. Por lo que se reseñaba en su archivo, desde el nacimiento había sido educado para el puesto que ocupaba. Pero la influencia de la familia no podía haber conseguido que fuera el número uno en el colegio público al que había acudido ni la impresionante nota en una de las más prestigiosas universidades de Inglaterra. Tenía que tener un cerebro brillante.
Entonces, ¿por qué escoger a una mujer como ella?, se preguntó Hermione con inquietud. Sabía que tenía otras cualidades importantes y nunca había querido cambiarlas por un intelecto superior, pero el que un hombre como Harry escogiera a una mujer que funcionaba por instinto en vez de por lógica, parecía cuanto menos sospechoso.
Harry vivía en una gran casa en una de las plazas más selectas de Royal Borough de Kensington. El mayordomo abrió la puerta y le recogió el abrigo.
El hombre, mayor y vestido con un traje corriente oscuro con una discreta corbata, la condujo por una escalinata pasando por una serie de retratos familiares hasta un gran descansillo en el primer piso. Al llegar a él, Harry estaba descendiendo desde el piso de arriba. Hermione se fijó en que llevaba el espeso pelo negro un poco húmedo y se preguntó por qué. Parecía una extraña hora para darse una ducha.
—Tu puntualidad es admirable —comentó extendiendo la mano hacia ella.
Como el día anterior no se habían estrechado las manos, era el primer contacto que tenía con su piel. Entonces la escoltó con la mano bajo el codo hasta unas dobles puertas que abrían a una elegante sala de dibujo con altos ventanales que daban a la plaza.
Normalmente Hermione se hubiera fijado en los detalles de la habitación, pero estaba demasiado impresionada por la fuerza de su propia reacción a aquel primer contacto físico.
— Casi te hago esperar —dijo Harry —. Volví del banco a las once para darme una carrera por el parque. Cuando venía para casa me encontré a un anciano en un banco que necesitaba atención médica. Eso me retuvo.
—¿Corres todos los días?
—Eso intento. ¿Eres corredora tú también? Hermione sacudió la cabeza.
—Juego al tenis y esquío, pero no hago gimnasia.
—Pareces estar en buena forma —señaló él —, pero la gente con trabajos de oficina como el mío necesitamos algún programa de ejercicio para compensar los efectos de la vida sedentaria. ¿Qué te apetece beber antes del almuerzo?
Hermione recordó el comentario del vino que le había hecho la noche anterior. ¿Sería él de aquella gente que sólo bebía agua mineral y consideraba mal a los que bebían algo de alcohol?
Pues no tenía intención de dejarse intimidar.
—Un Campari con soda, por favor.
—Un Campari para la señorita Granger y lo habitual para mí —anunció Harry al mayordomo, que los había seguido a una discreta distancia.
Con una silenciosa inclinación de cabeza, el hombre se retiró.
—Vamos a sentarnos aquí, ¿te parece bien? —Harry se dirigió a un grupo de cómodas sillas cerca de una de las ventanas — ¿Has terminado de empaquetar?
—Casi.
Como sabía que no sería capaz de dormir, Hermione había estado recogiendo hasta las doce de la noche. A las nueve y media de la mañana había llegado el hombre al que le había comprado la mayor parte de los muebles para volver a vendérselos. Al menos ese dinero no iría a los acreedores de su padre.
No era mucho, pero era mejor que nada si cuando Harry le contara los términos de su matrimonio, encontraba que no podía aceptarlos.
— ¿De qué época es esta casa? —preguntó alzando la vista hacia la elegante cornisa del techo y a las dos lámparas de araña, cuyas cadenas llevaban enlazado el mismo cordón rojo que las cortinas y las galerías.
—De finales del siglo dieciocho. ¿Te interesa la arquitectura?
—A veces.
El mayordomo apareció entonces con sus bebidas, la suya de un color rojo más vivido que los cojines de coral de algunos de los sofás y la de Harry transparente con limón. Vodka o ginebra, pensó.
—Ésta era la casa de mis abuelos. La madre de mi padre todavía vive aquí cuando no está con alguna de sus hijas.
Yo me trasladé aquí cuando murió mi padre. Habíamos estado viviendo en el campo, en Oxforshire y me trasladaba en helicóptero. De momento tengo un apartamento en el piso más alto, pero pensé que estarías más cómoda en la parte principal de la casa. Cuando me case me cambiaré. El campo es mejor para los niños... si sus padres pueden escoger el sitio en el que vivir. ¿Dónde te gustaría vivir a ti?
«Donde quiera vivir Ron», hubiera contestado en otro tiempo.
—No lo sé. Probablemente fuera de Inglaterra. Me gusta más sol del que tenemos aquí. Y no me importaría vivir al lado del mar... o de un lago con montañas... montañas grandes con nieve en las crestas.
Harry enarcó una ceja.
—Parece como si Nueva Zelanda fuera lo adecuado. Ella sacudió la cabeza.
—No me gustaría vivir tan lejos de Europa. ¿Has estado allí? Harry asintió.
—El paisaje es magnífico... cuando no llueve. El sur de la isla comparte el mismo problema que Inglaterra: un tiempo imprevisible. ¿A qué sitios has viajado?
—La mayor parte han sido sitios de vacaciones. El Caribe en invierno y complejos hoteleros por el Mediterráneo en verano. Mi madre es una jardinera apasionada y hemos hecho algunos viajes de jardinería juntas al sur de Francia, Escocia, California.
— ¿A dónde vas tú de vacaciones?
—Solía ir también con mi padre. Fuimos juntos a Japón y a otros países del Pacífico. Viajo mucho para el banco. ¿A dónde te gustaría que fuéramos de luna de miel?
—Todavía no he aceptado casarme contigo —dijo Hermione con frialdad.
—Si encontraras la idea impensable, no estarías aquí hoy. Vamos a dejar las cosas claras, Hermione. Yo te necesito y tú me necesitas. Es un acuerdo práctico y sensato.
—No tengo claro por qué me has escogido a mí.
—Eres muy atractiva... como estoy seguro de que ya sabrás.
— ¿Es eso todo lo que quieres de una mujer? ¿Una cara y una figura aceptables?
— ¿No te importa como sea por dentro?
—Puedo adivinarlo con facilidad. La gente no puede esconder su carácter. Incluso las caras sin expresión dan muchas pistas acerca del temperamento de esa persona. Y aparte de la prueba de ayer de que eres muy impulsiva, no he detectado ninguna característica con la que no pueda vivir.
Su arrogancia la dejó sin aliento. Entonces pensó que sería un reto y un servicio público bajar a aquel hombre de su pedestal y convertirlo en un ser humano aceptable.
Pero quizá ya fuera demasiado tarde. Uno de los refranes favoritos de su abuela era: «De tal palo, tal astilla».
Harry, con su complexión física y sus facciones autocráticas, parecía descendiente de generaciones de hombres que se habían sentido seres superiores y nunca habían experimentado las dudas de la gente ordinaria.
En una forma diferente y más ruda, su padre había sido igual: un diamante en bruto sin escrúpulos que había ganado tanta fortuna como los Potter.
Quizá si George Granger se hubiera casado con una mujer más temperamental para manejarlo que su tranquila y cobarde madre, su padre no habría acabado siendo un manirroto.
Aunque a los treinta y cuatro años, que los hábitos de Harry pudieran cambiarse era bastante difícil. Pero sería interesante intentarlo.
—Yo no te encuentro tan transparente como pareces encontrarme tú a mí. A mí me cuesta más tiempo hacerme una idea de cómo es la gente.
— No has tenido tanta experiencia en tratar con gente como yo. El mayordomo apareció entonces.
—La comida está lista, señor.
Comieron en una sala pequeña con vistas a un gran jardín, un vergel bien cuidado en pleno corazón de la ciudad. La superficie de la mesa de estilo Regencia, llevaba la pátina de haber sido abrillantada durante doscientos años.
Reflejaba los colores y las formas de los tulipanes rayados en rojo y blanco en un antiguo jarrón especial para tulipanes.
La comida empezó con gambas servidas sobre tostadas de pan integral, diminutos brotes de soja y vino blanco seco que continuaron bebiendo durante el plato principal, un pollo con salsa de yogurt y menta.
Mientras comían, Harry habló de los espectáculos y exposiciones que había visto recientemente. Era el tipo de conversación que se mantenía entre dos desconocidos y aunque sus comentarios eran inteligentes, a Hermione le pareció irrelevante el tema dada la situación.
Cuando el mayordomo se hubo retirado dejándolos con los quesos y la macedonia, Hermione preguntó:
— ¿Para qué quieres una esposa cuando puedes tener una legión de novias y dejarlas cuando te aburran?
—Tengo responsabilidades hacia mi linaje. Necesito tener hijos que sigan las tradiciones establecidas por mis antepasados.
Hermione encontró su solemnidad irritante.
— ¿Esperas que te de pruebas de mi fertilidad?
—No, estoy dispuesto a arriesgarme.
— ¡Fantástico!
Tenía la sensación de que Harry no vacilaría en divorciarse de ella si no cumplía de cualquier manera con sus expectativas.
Pero aunque le sorprendía como un monstruo frío y egoísta, no podía negar que era extraordinariamente atractivo. Cada movimiento que había hecho desde que se habían sentado le había hecho fijarse en su físico musculoso y en sus largas y fuertes piernas. Ahora tenía el pelo seco ya, pero era brillante y saludable. No había nada en él que sugiriera estrés o tensión. Parecía enteramente relajado. Y sin embargo, ¿por qué tenía que arreglar un matrimonio como si fuera un negocio en vez de enamorarse como la gente solía hacer?
Se preguntó de repente si estaría como ella, con el corazón roto por alguien.
— ¿Cuándo planeaste todo este asunto?
—Es una idea que tengo desde hace algún tiempo... Probablemente desde que mis contemporáneos empezaron a divorciarse. Tengo casi una docena de ahijados y la mayoría de ellos tiene padrastros, algunos oficiales, otros no. No quiero eso para mis hijos.
— ¿Se divorciaron tus padres?
— Se separaron, pero nunca se divorciaron.
Hermione hubiera querido preguntar más, pero algo le mantuvo callada.
Más tarde, en el taxi de vuelta a su apartamento, se arrepintió de haber reprimido su curiosidad.
Bueno si dos personas iban a casarse, no debía haber secretos entre ellos. Sus anteriores novias no eran asunto suyo, pero su familia sí. No debería haberse permitido a sí misma reprimirse. Desde ese momento, no pensaba volver a hacerlo.
A última hora de la tarde, llamó la hermana de Hermione.
— ¿Cómo te va?
—Más o menos he terminado. ¿Cómo te van a ti las cosas?
—Bien, pero acabo de hablar con mamá y parece al borde del límite. No creerás que puede derrumbarse, ¿verdad? Tener un colapso nervioso o algo así...
—No se atrevería —replicó Hermione—. Imagínate la reacción de la abuela si alguien de su familia se derrumbara.
—La abuela es mucho más fuerte que mamá —dijo su hermana—. Tú y yo somos como ella hasta cierto punto, pero mamá no tiene nada que ver. Se parece más a la hermana del abuelo, la que sufrió un ataque de nervios y nunca se recuperó.
—Quizá... un poco. La tía abuela Rose no era fuerte y mamá lo es. No le pasa nada. Está bien Luna. Sólo dale tiempo a recuperarse de este trauma.
—Espero que tengas razón.
Su hermana no parecía convencida.
—Yo vivo con ella y lo sé. De alguna manera extraña debe ser más duro para una mujer acabar un matrimonio infeliz que perder a un marido al que amabas. Mamá siempre puede mirar atrás y decir: al menos he tenido treinta años estupendos, que es más de lo que la mayoría de la gente puede aspirar.
—Puede que tengas razón. Aunque todos los demás crean que fue culpa de papá el que las cosas no siguieran bien, creo que ella se culpa a sí misma... y supongo que si ella hubiera sido diferente, él también habría cambiado. Pero eso ya no se puede cambiar. Lo que me preocupa ahora es su futuro. No va a casarse de nuevo, eso por descontado y no sabe mantenerse por sí misma. De alguna manera, entre nosotras dos, tendremos que mantenerla... ¿pero cómo?
Aquella conversación ya la habían mantenido varias veces, pero Hermione no quería adelantar acontecimientos hasta decidir qué hacer con la proposición de Harry.
Para la mañana siguiente, Hermione había tomado una decisión. Llamó a Harry y se lo contó.
—Bien —dijo él con calma—. Cenaremos esta noche juntos. Te recogeré a las siete.
Era una contestación muy prosaica, pero también era cierto que aquella era una unión práctica. Sin saber a donde la llevaría, pero suponiendo que sería a algún sitio sofisticado, se puso una camisa de satén blanco y una falda estrecha negra. Se ató a la cintura un ancho cinturón y se puso unos largos pendientes de estrellas.
Harry llegó a buscarla en taxi con un traje y camisa convencionales, pero el estampado de su corbata parecía sacado de un cuadro de Gauguin.
Cuando le alabó el diseño, Harry dijo:
—Hasta los banqueros podemos ser un poco transgresores a veces.
El restaurante que había elegido estaba en la parte sur del Támesis, pero bastante por encima del nivel del río, con una vista panorámica de los edificios de cristal de la orilla opuesta. La decoración era moderna y minimalista, muy en contraste con la elegancia decadente de su casa de Kensington, aunque por supuesto, ella no había visto todavía la decoración de su apartamento.
—Has estado aquí antes, supongo —dijo él cuando se sentaron en las sillas de cuero.
—No.
Hermione esperaba que el chef no fuera minimalista. Ella tenía más apetito que la mayoría de los clientes de los restaurantes sofisticados y los nervios se lo aumentaban.
— ¿Quieren beber algo antes de la cena, señor?
— ¿Te gusta el champán? —preguntó Harry.
Hermione asintió aunque no le gustaban los cavas baratos.
Pero la botella que había escogido Harry era una reserva de Dom Perignon.
—Alguien lo ha denominado magia psicológica — dijo Harry alzando la copa hacia ella.
—No nos vendría nada mal un poco.
— ¿Por qué dices eso?
—No tenemos la magia habitual.
Hermione hizo un gesto hacia una pareja en otra mesa que se miraban como si no existiera nadie más en el mundo.
—Pues yo creo que podríamos conjurar un poco con facilidad.
Harry alcanzó su mano libre y se la llevó hasta los labios antes de volvérsela y besarla en la palma. Hermione sintió el impulso de retirarla en el acto.
—No creo que debamos aparentar nada que no sentimos. Y ya que hablamos de esto, preferiría que nadie más supiera que esto es... un matrimonio por conveniencias. Sé que mi familia se disgustaría si supiera que no me caso por amor.
—En ese caso tendremos que preparar una actuación amorosa para ellos —dijo Harry con expresión sarcástica.
— Sí... pero hasta cierto punto. ¿Cuándo lo harás público?
—Por desgracia tenía un compromiso para viajar al extranjero que no puedo eludir. Estaré fuera diez días.
Cuando vuelva, podremos conocer a las familias y poner un anuncio en el Profeta para todos nuestros amigos.
Entonces esbozó una inesperada sonrisa encantadora.
—Preferiría no irme ahora, pero no puedo cancelar el viaje. Lo siento.
—Está bien. Así tendré más tiempo para acostumbrarme a la idea.
—O para cambiar de idea.
—Si no estuviera segura, no estaría aquí —dijo ella con firmeza—. En cuanto decido una cosa, la hago. No suelo vacilar.
—Yo tampoco.
Hermione casi había esperado que sacara un anillo para sellar el compromiso, pero quizá ese rito viniera cuando le hubiera presentado a su abuela y probablemente a alguna de las tías que había mencionado.
— ¿Tienes hermanos o hermanas?
— Por desgracia no. Háblame de tu hermana. ¿Te llevas bien con ella?
No era muy tarde cuando la llevó de vuelta al apartamento. Hacia el final de la cena, Hermione había empezado a preguntarse si esperaría hacer el amor con ella. No estaba preparada para eso, pero su aprensión resultó innecesaria. Harry le pidió al conductor que lo esperara mientras la acompañaba hasta la puerta.
—Buenas noches, Hermione.
Le dio un beso en la comisura de los labios y por un instante fugaz, ella sintió la dureza de su mentón y la masculina textura de su mejilla contra su piel más suave.
Entonces se retiró.
—No te olvides de poner la cadena.
El día siguiente de su vuelta a casa, cuando se estaba debatiendo sobre cómo sacar el asunto de su inminente matrimonio, pasaron dos cosas, ambas inesperadas.
Primero, llegó una gran caja de una floristería. Su madre estaba allí cuando la abrió.
— ¡Qué flores tan maravillosas! ¿De quién son? Sólo había una persona de quien pudieran ser. Hermione leyó la tarjeta incluida. Con una letra clara y firme que un grafólogo hubiera asociado a una personalidad fuerte y quizá dominante, Harry había escrito:
"Preferiría estar hablando contigo."
—Son de alguien que conocí en Londres... alguien bastante especial. Creo que voy a seguir viéndolo.
— ¿Cómo se llama? ¿Dónde lo conociste?
—Su nombre es Harry Potter —Hermione sabía que el apellido no le diría nada a su madre—. Nos conocimos en una fiesta hace algún tiempo.
Una pequeña mentira parecía piadosa dadas las circunstancias.
—Harry... Es un nombre muy poco corriente. ¿Qué es lo que hace?
—Es banquero. Es alto y moreno con ojos verdes.
—Debes gustarle mucho para gastarse tanto dinero en flores. Hermione no hizo ningún comentario.
— ¿Quieres preparar el ramo tú? Lo haces mucho mejor que yo.
—Me encantaría. Pero necesitarán antes su buen trago de agua.
Poco después, el señor Lupin, su abogado llamó para decir que se pasaría por la tarde.
—Dice que tiene buenas noticias para nosotras —le dijo Hermione a su madre.
—Eso sería bueno para variar —la señora Granger arqueó los labios—. Ha sido un año horrible, cariño. No sé lo que hubiera hecho sin ti.
—Para eso está la familia, para cuando los tiempos son difíciles.
Hermione pasó un brazo por los hombros de su madre y le dio un beso en la mejilla. Para sus adentros compartía algo de la impaciencia de su abuela para lo que llamaba «la falta de empuje de Daphne», pero había intentado no mostrarla nunca.
Algunas personas son supervivientes natas y otras no. Su madre no lo era. Necesitaba a alguien en quien apoyarse.
El señor Lupin no las mantuvo en suspense. En cuanto estrecharon las manos, dijo:
—Estoy seguro de que les aliviará oír que ha habido ciertas mejoras desde la última vez que nos pusimos en contacto, señora Granger. Creo que no va a ser necesario que venda esta casa si no desea hacerlo.
— ¿Qué ha pasado para cambiar la situación, señor Lupin? —preguntó Hermione.
—Para resumirlo, señorita Granger, nos han hecho una oferta por las acciones de la empresa de su padre. Debo aclarar que después de pagar a todos los acreedores y a los seguros no quedará una fortuna, pero suficiente como para cubrir su futuro.
La señora Granger rompió a llorar. El alivio le hizo a Hermione sentirse un poco sentimental, pero controló las emociones.
Antes de pedirle al señor Lupin que le explicara los detalles, se llevó a su madre arriba para que descansara.
Aquella tarde llamó Harry. Estaba en Nueva York, donde todavía era medio día.
—No esperaba que actuaras tan rápido —dijo Hermione después de confirmar lo que le había dicho el abogado.
—Siempre actúo lo más rápido posible. ¿Se siente mejor tu madre?
—Casi no puede creer que la amenaza de desalojo ya no pese sobre nosotras.
—Tardará unos días en asimilarlo.
Después de que colgara, Hermione se dio cuenta de que se había olvidado darle las gracias por las flores. Explicarle las buenas noticias a Luna y a Rolf fue más difícil. No podían entender cómo, cuándo George Granger no había conseguido el capital que necesitaba para reflotar su negocio, alguien hiciera una oferta después de que la empresa se hubiera arruinado.
Hermione consiguió engañarlos repitiendo algunas frases que le había oído a Lupin y que ellos no entendieron muy bien. Pero después se preguntó si no atarían cabos cuando se prometiera a una de las figuras del mundo financiero.
