Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Anne Weale.
Capítulo 3
Una semana más tarde, Hermione volvía de pasear a los perros cuando se encontró con un imponente Porsche negro, el coche que siempre se había muerto por conducir, aparcado frente a su casa.
Se detuvo a admirar las líneas clásicas recordando lo que le había dicho un chico con el que había salido, que había sido uno de los coches más deseables del mundo y que lo seguía siendo para la gente que entendía de coches y se podía permitir lo mejor. Después rodeó la casa para entrar por la puerta de servicio. En el porche trasero, los perros tenían sus cuencos de agua bajo los ganchos para atarles las correas.
Los dejó bebiendo y entró en la cocina.
— ¿Quién es el visitante, Charity?
Charity llevaba de niñera con los Granger desde los quince años, cuando Hermione era un bebé.
Tenía buena mano para la cocina y en la actualidad cocinaba todas las comidas así como supervisaba a las tres asistentas a tiempo parciales que hacían todo el trabajo de la casa y la plancha.
—Un caballero para visitar a tu madre. Les llevé el té hace unos minutos. ¿Te preparo una pequeña tetera?
—No, gracias. Tomaré un refresco —se acercó hasta la nevera para sacar agua mineral —. Quizá haya venido por la casa... o haya oído rumores de que está en venta.
—Si me preguntan a mí —dijo Charity—, estaríamos mejor en una casa más pequeña. Tu madre se disgustaría al principio, pero podría hacer otro jardín. Cuando te vayas de casa, sólo quedaremos ella y yo.
—Iré a ver quién ha venido.
Al cruzar el recibidor forrado de madera, le sorprendió escuchar a su madre más animada de lo normal. Fuera quien fuera el visitante, debía tener talento para hacerse abrir a una persona como la señora Granger.
Hermione abrió la puerta y se reunió con ellos.
— ¡Oh, ya has vuelto!
Su madre se levantó con una expresión deleitada rayando en la excitación. Desde el nacimiento de su primer nieto, Hermione no la había visto tan contenta.
Cruzó aprisa la habitación para abrazar a Hermione y besarla:
— ¡Qué misteriosa eres! Sí, es cierto que me diste una pista... pero hiciste que pareciera que estabas sólo empezando. No esperaba que me pidieran consentimiento para tu matrimonio. Y no es que lo necesites, por supuesto, pero es muy bonito que te lo pidan.
Su madre se dio la vuelta con una resplandeciente sonrisa hacia Harry, que había estado sentado en el sillón de espaldas a la puerta, pero ahora estaba de pie observando la reacción de Hermione ante el anuncio de su madre.
Hubo unos momentos de silencio que interrumpió la señora Granger diciendo:
—Bueno, debéis tener mucho de qué hablar y yo necesito regar las plantas. ¿Te quedarás a pasar la noche con nosotras, Harry?
—Por desgracia no puedo. Esto es una visita relámpago.
— ¡Qué lástima!, pensé... Sin embargo, si no puedes, no puedes —se alejó hacia la puerta, pero Harry se la adelantó para abrirla—. Gracias.
Entonces desapareció.
Harry cerró la puerta y volvió a donde Hermione estaba de pie. Apoyando las manos en sus hombros, bajó la vista pensativa hacia ella.
— ¿Cuál es la pista que le diste a tu madre?
—Le dije que había conocido a alguien interesante... alguien a quien podría ver más a menudo. Ah, gracias por las flores y las tarjetas.
—Ha sido un placer... pero, ¿no es muy formal para tu futuro marido? ¿No sería más apropiado un beso?
Hermione llevaba unos mocasines. Se puso de puntillas, apoyó las palmas en su pecho para mantener el equilibrio y alzó los labios hacia su mejilla.
Sigue siendo demasiado formal.
La rodeó entonces con un brazo, pecho contra pecho y muslo contra muslo. Su otra mano le abarcó el cuello y le pasó la yema del pulgar bajo la barbilla.
Sólo estar en sus brazos fue suficiente para desbocarle el corazón. No podía escapar a su mirada escrutadora. La única forma de no ver sus ojos era cerrar los de ella y no se atrevía a hacerlo. Podría enviar el mensaje erróneo.
— ¿Por qué estás nerviosa? No voy morderte. Todavía no. Eso es para después, cuando nos conozcamos mucho mejor... e incluso entonces, serán mordiscos muy suaves. Te gustarán... y a mí también.
Harry había bajado la voz hasta un tono más profundo e íntimo y la mirada de sus ojos era tan diferente de la frialdad de la del primer día que le costó creer que fuera el mismo hombre.
Le estaba haciendo el amor, comprendió. Utilizando su voz para acariciarla y hacerla responder. Era evidente que tenía mucha experiencia. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera que ella no? Que lo más lejos que había llegado había sido a besar a un hombre?
—Pensaba que no volverías hasta el fin de semana — murmuró para retrasar el momento en que bajara la cabeza.
—El plan original era pasar el fin de semana con un banquero americano y su familia. Cuando le expliqué las circunstancias casi me metieron en el avión.
— ¿Qué les contaste?
—Que acababa de prometerme y que deseaba volver contigo.
—Pero acabas de decir que no puedes quedarte a pasar la noche.
—Mi abuela me espera en el aeropuerto. Viene del sur de Francia con mi tía mayor. Las dos vienen a conocerte. ¿Por qué no te vas en tren mañana a Londres? Así podría traerte de vuelta al día siguiente en coche. Podríamos llamar a tu hermana de camino... y acabar con todas las presentaciones.
— ¿Y cómo se lo tomó tu abuela? ¿No le sorprendió mucho?
—Quedó encantada. Lleva años queriendo que me case.
Antes de que Hermione pudiera hacer otra pregunta, él se acercó y la besó en los labios.
Comparado con los besos torpes y apremiantes de los chicos que la habían acompañado a casa, el beso de Harry fue contenido y delicado. Y sin embargo, tuvo más efecto que ninguno de los besos hambrientos y jadeantes. Era como una sucesión de mini besos, cada uno con una presión diferente, en diferente lugar, a veces más en el labio superior, otras en el inferior. El efecto era profundamente placentero.
Para cuando se separó, el instinto la estaba impulsando a rodearle el cuello con los brazos. Al abrir los ojos, Hermione vio que estaba sonriendo.
Por un instante, pensó que iba a besarla de nuevo, pero en vez de hacerlo, Harry la soltó causándole una punzada de decepción y haciéndole preguntarse si él no habría encontrado la experiencia tan placentera como ella.
— Has estado fuera con los perros. ¿Qué raza son?
—Un labrador y un lebrel. Eran de mi hermana hasta que se casó. Ella y Rolf viven en una minúscula casita de campo, así que los perros eran un estorbo. Era mejor que se quedaran aquí. Además, es donde han vivido siempre. Cuando yo me vaya, Charity los cuidará. Los quiere y ellos la quieren a ella.
— ¿Charity?
—Nuestro «tesoro». La mujer que te abrió la puerta.
— ¿Vive aquí?
— Lleva muchos años con nosotros.
— ¿Cómo se las arreglará tu madre cuando te vayas tú de casa?
—No le importará mucho. Es una persona solitaria. Era abandonar su jardín lo que la trastornaba profundamente. Sus plantas son sus mejores compañeras. Las habla.
—Mi otra abuela también lo hace. Parece que ella y tu madre tiene mucho en común —echó un vistazo a su reloj — Debo irme si quiero llegar a tiempo al aeropuerto.
—Has hecho un viaje muy largo para quedarte tan poco tiempo... Debes estar cansado.
Pero no parecía cansado en absoluto, más bien como si acabara de llegar de unas largas vacaciones cargado de energía y vitalidad.
Hermione lo acompañó al coche, donde se quitó el abrigo y la americana y los dejó en el asiento trasero. Después se quitó la corbata, una más conservadora que la de la última vez.
—Pensé que sería mejor tener un aspecto respetable para venir a pedir tu mano —dijo con ojos chispeantes.
— ¿Y cómo debo vestirme yo para causar buena impresión a tu familia?
—Por lo que he visto hasta ahora, tienes un gusto impecable para la ropa. Ponte lo que te parezca apropiado. De paso, espero que no quieras una boda muy opulenta. Eso se tardaría en organizar. Y también parece que una de las leyes de Murphy dice que cuanto más elaborada es la ceremonia, menos posibilidades hay de que dure el matrimonio. Estoy pensando en la mayoría de las bodas a las que he acudido en los últimos diez años... y han sido muchas.
—Yo también lo creo y tienes razón. Y también me parece una incongruencia un vestido blanco con metros de velo cuando todo el mundo sabe que los novios han estado acostándose juntos, si no viviendo y que la luna de miel serán otras vacaciones más para ellos.
Harry enarcó una ceja.
— ¿Hubieras preferido los tiempos en que el velo y el traje no eran sólo símbolo de tradición y la luna de miel era adentrarse en un territorio desconocido?
Por un momento, Hermione pensó en poner todas las cartas sobre la mesa y decir sin rodeos que eso era lo que sería para ella. Que ella sería una novia virgen. Pero algo la contuvo.
—No me hubiera importado. No estoy segura de que las costumbre actuales sean lo mejor. Hay tanta gente infeliz como siempre, sólo que ahora son infelices en soledad en vez de en pareja. A mis padres no les fue bien, pero Luna y yo no lo supimos hasta muy tarde. Estoy segura de que nos hemos criado con más seguridad que si mi madre hubiera estado sola. No creo que se las hubiera arreglado.
Harry se desabrochó un botón mostrando un poco del torso todavía moreno por el sol.
—Dicen que antes de que un hombre se case debe examinar con atención a su futura suegra, porque así será su hija en veinte o treinta años. Tu madre parece una mujer muy agradable, incluso aunque ella y tu padre no fueran muy adecuados el uno para el otro.
— ¿Y qué te hace pensar que nosotros lo somos?
—Confío en mi juicio. Cuando decidas que tren tomarás, deja un mensaje en mi contestador automático. Iré a buscarte a la estación. Adiós, Hermione.
Le sopló un beso con los dedos antes de deslizar su larga figura en el asiento del deportivo.
Hermione alzó una mano arrepintiéndose de no haberse dado la vuelta en cuanto él arrancó. Debería actuar con más frialdad en vez de dejarle todo el control de la situación a él.
Entonces se fue a ver si su madre necesitaba ayuda para regar.
— ¿Ya se ha ido?
—Sí. ¿Qué te ha parecido?
—Tiene unos modales encantadores. A la abuela le entusiasmará. Es el tipo de joven con el que esperaba que te casaras. Pero, ¿cómo le conociste, cariño? Parece haber pasado todo muy rápido.
—Quería mantenerlo en secreto hasta estar segura — dijo Hermione sabiendo que la verdad horrorizaría a su madre y empezaría a preocuparse de nuevo —Harry sentía lo mismo, así que todavía no he conocido a su familia. Me va a presentar mañana, pero no estoy segura de causarles una impresión tan favorable como él a ti.
—No sé por qué no —protestó la señora Granger un poco indignada—. La mayoría de la gente se sentiría feliz si su hijo apareciera con una novia tan encantadora como tú.
—Eso lo dices tú, mamá —dijo Hermione con una sonrisa.
—No. Eres una chica muy agradable... encantadora. Ni tú ni Luna me disteis a mí ni a tu padre un solo momento de preocupación y eso es mucho más de lo que la mayoría de la gente puede decir. No os habéis quedado por ahí hasta altas horas de la mañana... ni habéis fumado, bebido o cosas peores ni os habéis estado acostando con chicos por ahí.
«Sólo porque yo estaba esperando a Ron», pensó Hermione
—No vamos a organizar una gran boda —dijo Hermione para cambiar de tema—, así que no hace falta que te preocupes en organizar el tipo de espectáculo que papá quería para Luna. Ella no quería todo aquel alboroto. Fue idea de él.
Como muchos hombres hechos a sí mismos, su padre había aprovechado cada oportunidad para exhibirse. Su hermana había subido al altar seguida de tres damitas de compañía y tres damas de honor y las cuentas de los vestidos se habían elevado a varios miles de libras. Por no mencionar los suntuosos arreglos florales y un banquete para trescientas personas.
Hermione nunca había querido aquel tipo de espectáculo, pero soñando con la boda de Ron, había diseñado varios vestidos de novia. En su imaginación, siempre había llegado a la iglesia envuelta en una nube de velo diáfano.
—Pero te casarás por la iglesia, ¿verdad?
—Todavía no lo sé. Probablemente no. No hemos discutido los detalles. Su madre miró la mano izquierda de Hermione.
— ¿Cuándo escogerás el anillo?
—Todavía no lo sé. Harry podría tener algún anillo de la familia que quiera regalarme.
Hermione se lo pensó mucho para presentarse ante la abuela, que evidentemente era la matriarca del clan.
Se acordó de las chicas de su internado que, cuando llegaban, se clasificaban en tres categorías: las hijas de familias con dinero, las hijas de los nuevos ricos y las chicas de cerebros brillantes.
Entre estos tres grupos había habido otras subdivisiones: chicas que sobresalía en los juegos, chicas que eran líderes naturales, otras poco populares, otras divertidas y las que tenían problemas de peso.
Pero para cuando abandonaban la escuela, las divisiones eran mucho menos aparentes. Todas habían cambiado al mezclarse con las demás y con la filosofía de la escuela que intentaba producir jóvenes con influencia en la sociedad, en el mundo o en la íntima esfera familiar.
Hermione había sido uno de los miembros líder de la sociedad dramática del colegio, pero nunca había tenido ambiciones teatrales. Sabía que podía pasar muy bien por el tipo de chica que las mujeres más convencionales de la alta sociedad podrían desear para sus nietos y tenía ropa en su armario para dar aquella imagen. Pero, ¿por qué no ser ella misma aunque se ganara la desaprobación de la anciana abuela?
Al final se fue a Londres con las dos cosas que habría rescatado si su casa hubiera estado en llamas. Una era un impermeable de seda del color de las uvas maduras comprado en Nueva York.
Bajo la gabardina llevaba una deliciosa extravagancia comprada pocas semanas antes de que la empresa de su padre quebrara. Era francesa, de una tienda en que los precios mantenían a la mayoría de las mujeres en la puerta.
Divisó a Harry antes de que él la viera a ella. Su altura y la forma en que se movía sobresalía incluso entre la multitud de la estación. E iba vestido de la manera más informal que le había visto hasta el momento. Llevaba una cazadora de ante suave con pantalones grises y una camisa gris de seda con el cuello desabrochado. No parecía un banquero... no sabía lo que parecía, pero su imagen le produjo una innegable excitación.
Pero no se parecía en nada a lo que había sentido cada vez que Ron regresaba a casa. Aquella había sido una reacción menos física, más espiritual.
—Hola —la besó en la mejilla y se hizo cargo de su bolsa—. En Londres no uso el coche. Iremos en taxi. Al llegar a la fila de taxis, Harry comentó: —Tienes el pelo magnífico.
—Gracias.
Hasta ese día, nunca lo había llevado suelto y ahora lo llevaba en una nube resplandeciente castaña.
— ¿Es tu color natural? —preguntó Harry en cuanto tomaron un taxi.
— Sí, pero las pestañas no lo son. Esa debe ser una de las cosas que se le han escapado a tu investigador. Me las he oscurecido junto con las cejas.
—Encantador, por cierto. Me gusta esto —rozó el pendiente de plata con diminutas turquesas — Lo que me recuerda...
Tanteó su bolsillo y sacó una pequeña caja de cuero. —Lo compré en Nueva York. Puede que no te valga o prefieras algo más clásico como anillo de compromiso. Si es así, puedes usarlo para la calle.
Al abrir la caja, Hermione vio un anillo que había visto en Bond Street unos meses atrás y por el que hubiera ido a la bancarrota con gusto.
Al contrario que sus pendientes, aquello era una joya en serio, una combinación de aguamarinas, esmeraldas y zafiros engarzados en una espiral de oro a imitación de las cuerdas de los yates.
—Pensé que iba bien con tu pelo y con tus ojos. Pruébatelo. Mira a ver si te vale.
Hermione no supo lo que la hizo decir:
—Creo que deberías ponérmelo tú. Es así como se hace, ¿no?
— No lo sé. Nunca he estado prometido antes — enarcó entonces las cejas —. ¿Y tú?
—No.
Sacudió la cabeza y agitó los dedos hacia él.
Harry sacó el anillo de la caja con el anagrama de un famoso joyero de la Quinta Avenida. Se lo deslizó por el nudillo y lo colocó en su sitio provocándole una oleada de sensaciones sólo con el roce de sus dedos.
— Podría haber sido hecho para mí —dijo ella volviendo la mano para admirar el efecto—. Es un anillo maravilloso. Gracias, Harry.
Y entonces, cediendo a un impulso que tenía mucho más que ver con una reacción erótica que con las formas, Hermione levantó la mano hasta su cabeza, le agarró de la oreja y bajándole la cabeza le dio un beso en los labios.
Lo que pasó a continuación fue tan desconcertante como su beso. Desde fuera no pasó nada. Ella soltó los dedos y sus cabezas se separaron, pero ninguno de los dos apartó la mirada y Hermione supo por el ardor de los ojos de Harry que, en una cultura que lo hubiera permitido, la hubiera arrastrado hasta el sitio más cercano donde pudieran hacer el amor sin ser molestados.
Pero en un taxi en mitad del tráfico de Londres, se vio obligado a reprimir sus impulsos y decir: —Me alegro de que te guste.
Cuando Hermione desvió la mirada mostrándole su encantador perfil, Harry sintió ganas de atraerla a sus brazos y devolverle el beso con renovada intensidad. Si hubiera estado oscuro, lo hubiera hecho.
Su abuela y su tía se retiraban temprano, así que esa noche, en cuanto lo hubieran hecho, le sobraría tiempo para reemprender lo que Hermione había empezado.
Esperaba pasar la noche en la habitación de ella aunque su abuela y su tía lo desaprobarían por completo. Pero Harry dudaba que el sexo hubiera formado parte de sus placeres incluso en sus años fértiles.
La boca apasionada de Hermione y a veces su lenguaje corporal hacían obvio que ella no sería así... en cuanto superara las naturales reservas de la naturaleza práctica de su relación.
En ese momento, estaba haciendo un buen trabajo en no demostrarlo, aunque él era consciente de la tensión que sentía por tener que conocer a su familia. Eso era comprensible. Su abuela calificaría sin duda a George Granger como «un absoluto vulgar» y con justificación.
Pero Harry sabía que la mujer que su abuela eligiera como novia adecuada para él le aburriría a muerte. Y ya tenía suficientes problemas sin sumar una esposa incompatible a las dificultades existentes en su vida.
Deslizando una mirada de soslayo hacia él, Hermione vio con desmayo que Harry estaba mirando a la nuca del conductor en vez de a ella y parecía estar de mal humor.
Tenía los labios apretados con severidad por no decir con desagrado. Era difícil de creer que su beso fuera la causa de aquella sombría expresión. Pero era evidente que algo le tenía enojado.
Entonces la expresión se suavizó y volvió la cabeza para decir con amabilidad:
—Supongo que te sentirás un poco nerviosa. Conocer a la futura familia política es siempre como caminar en un campo de minas. Pero lo que piense cualquiera de ellos no importa. Con los únicos que nos tenemos que llevar bien es el uno con el otro.
Saber que eran prácticamente unos desconocidos y que no tenían nada en común salvo una fuerte atracción física le hizo pensar a Hermione si debía haber aceptado el precioso anillo que llevaba.
Lady Potter y su hija, la señora Black, no eran muy diferentes que su abuela y su madre: una mandona y la otra sumisa. Eso lo notó Hermione a los cinco minutos de su presentación.
Y también notó que era ahí donde acababa todo parecido. Las dos mujeres parecían atrapadas en otra época con valores anticuados que la mayoría de la gente ya había olvidado si es que alguna vez había tenido.
— ¿Eres actriz? —preguntó lady Potter al fijarse en el aspecto de Hermione decidiendo que sólo alguien del teatro llevaría el pelo y el traje que se había puesto.
—No, no tengo ninguna carrera. Vivo en casa con mi madre...
— ¡Qué extraño! —comentó lady Potter —. La mayoría de las chicas que conozco se buscan alguna ocupación en el tiempo que transcurre entre el colegio y el matrimonio. Como trabajar para Sotheby's o preparar banquetes para directivos. Las hijas de mis hijas han trabajado todas durante algunos años.
—Sí, la mayoría de la gente lo hace, pero yo no necesitaba ni quería hacerlo. He encontrado otras cosas que hacer.
— ¿Tenía usted alguna carrera, lady Potter?
Sorprendida de no ser ella la que preguntara, la abuela de Harry contestó:
—No, pero en esa época pocas chicas la tenían. Dime...
La inquisición continuó hasta que Harry, con gesto de aburrimiento, la cortó diciendo:
—Antes de la hora de las bebidas quiero enseñarle a Hermione mi parte de la casa.
Hermione se alegró de escapar. No estaba segura de lo que pensaba de ella la señora Black, pero no hacía falta tener mucha intuición para saber que lady Potter y ella nunca se harían amigas.
Una vez fuera de la habitación, Harry la tomó de la mano y la condujo por una escalera donde los techos no eran tan altos ni los detalles arquitectónicos tan grandiosos como en la planta principal.
—Siento este interrogatorio. Mi abuela no ha aprendido a aceptar a la gente como es. Y no se siente cómoda con el glamour.
— ¿Glamour? —preguntó Hermione que siempre lo había asociado a las pieles y las películas de Hollywood.
Habían llegado al siguiente rellano, que todavía no estaba en lo más alto de la casa. Había otro tramo de escaleras sobre ellos y sobre él, una cúpula de cristal que iluminaba todas las escaleras hasta el recibidor.
—Glamour. Tú eres espectacular y lo sabes.
—No creo que tu abuela piense lo mismo.
—Puede que no, pero yo sí—entrecerró los ojos, que brillaron como cuando lo había besado en el taxi—. Quítate la americana.
Su atuendo consistía en tres piezas; una americana hasta las caderas de transparente seda bordeado de terciopelo, una camisola de seda de tirantes y una falda de capas que se agitaba a su alrededor al moverse.
Pero no era la ropa lo que Harry estaba mirando cuando Hermione se quitó la americana, sino los fluidos contornos de su cuerpo.
—Te enseñaré mi biblioteca más tarde. Ahora... La condujo a través de una puerta, la cerró y la tomó en sus brazos.
Fue como ser atrapada en un tornado o cualquier otra fuerza de la naturaleza a la que no podía escapar o resistirse, así que Hermione no hizo nada. Podía sentir el corazón acelerado y la excitación mezclada con el pánico inundando su cuerpo. Harry la estaba sujetado por la parte más estrecha de la espalda, con los dedos extendidos para atraerla y su boca exigiendo una respuesta.
Hermione sabía que aquello era la respuesta al beso que le había dado en el taxi, que quizá él hubiera interpretado como una invitación, pero no había sido ésa su intención.
Con los ojos cerrados y todos los nervios a flor de piel, Hermione se rindió a un beso muy por encima de su experiencia, aunque no de su imaginación. Así era como había soñado que la besaran... pero Ron.
Pero el fuerte brazo que ahora le rodeaba la cintura, la mano que le acariciaba la espalda, la loción de afeitar y la mandíbula masculina ligeramente rasposa no eran los de Ron.
Al mismo tiempo que el cuerpo le estaba diciendo que sí, la voz de la conciencia le decía que no, que aquello sería una equivocación. No estaba enamorada de aquel hombre y no debería hacer aquello con él.
Cuando Harry la soltó por fin, Hermione estaba dividida entre el deseo y la duda. Harry estaba sonriendo con el color subido de tono y el mensaje de sus ojos era indiscutible: la deseaba y sabía que ella también le deseaba.
Hermione seguía sujetando la americana de seda de gasa en la mano. Él se la quitó y la posó sobre la butaca. Entonces, mientras ella estaba recuperando el aliento, Harry se puso detrás de ella y le acarició la piel de la espalda.
Pero, confundida, Hermione no supo lo que estaba haciendo inmediatamente: le estaba desabrochando los botones de la camisola. Fue sólo cuando le deslizó los tirantes de terciopelo por los hombros cuando comprendió que la estaba desvistiendo.
Al mismo tiempo comprendió que aquello era un dormitorio... el dormitorio de Harry. Bajo la camisola sólo llevaba un sujetador sin tirantes. Antes de que pudiera desabrochárselo, Hermione apretó la camisa contra los senos y se dio la vuelta para mirarlo.
—No... Por favor... todavía no...
—Tenemos mucho tiempo antes de bajar a tomar una copa — susurró Harry acariciándole los hombros—. Tienes una piel tan suave como el mármol, pero más caliente.
Tenía la voz ronca y persuasiva. Hermione se apartó fuera de su alcance. Pensó que tendría que hablar sin rodeos.
—No quiero hacer el amor todavía. Prefiero esperar hasta que estemos casados.
