Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Anne Weale.

Capítulo 4

Hermione pensó que frunciría el ceño y haría algún comentario sarcástico. Pero aunque dejó de sonreír, su tono fue suave cuando dijo:

—Dulzura, hace un minuto estabas...

—Me sorprendiste. No me había dado cuenta de que era tu dormitorio. No pretendía... provocarte.

Harry enarcó una ceja.

—Hermione... —la suavidad con que dijo su nombre le derritió las entrañas—. Me excitas cada vez me miras. Yo te deseo y tú me deseas. ¿Por qué no hacer algo al respecto? Tenemos una aburrida tarde por delante. Mi abuela no se acuesta tan pronto. Puede que no lo haga hasta las once o más tarde.

—Estoy segura de que no le gustaría saber que estamos haciendo el amor bajo su mismo techo.

—Lo supondrá, de todas formas. Pero mientras no lo hagamos público, no creo que le importe. Ella ha aceptado lo que las chicas de buenas familias hacen.

—Probablemente no para sus hijas, pero sus nietas... sí, sin duda. Incluso aunque supieran que estamos aquí en vez de en la biblioteca, no te juzgarían. Deja de preocuparte.

Sus manos estaban de nuevo sobre sus hombros y sus dedos acariciaban sus clavículas.

—No es sólo eso. No quiero acostarme contigo ahora.

— ¿Por qué?

—Nunca me he acostado con gente a la que apenas conozco. No es mi estilo. Él pareció más divertido que enojado.

—Tampoco lo es el mío, pero aceptamos casarnos y no veo ninguna buena razón para que retrasemos el placer. No estás tomando la píldora. ¿Es eso?

—No, no la estoy tomando. Esa es una de las razones.

—Entonces deja de preocuparte. Yo me ocuparé de eso. Estoy de acuerdo en que será mejor tener niños más adelante... aunque no demasiado. Mi padre era bastante mayor cuando yo era una adolescente y me gustaría ser más joven para ver a mis hijos crecer.

Hermione inspiró con intensidad.

—No es ése el asunto. No quiero hacer el amor hoy... ni mañana... ni antes de casarme. Puede parecer anticuado, pero eso es lo que siento. Si... no tienes suficiente confianza como para retrasar esa faceta de nuestra relación, entonces será mejor que no te cases conmigo. Prefiero creer que serás un amante considerado.

Él seguía sujetándole los hombros, pero sus dedos se quedaron inmóviles. Se quedó mirándola durante largo rato aunque ella no podía imaginar lo que estaba pensando. Por fin Harry habló:

—Muy bien. Si eso es lo que quieres, así será. Date la vuelta y te abrocharé la camisa.

Ella se dio la vuelta y de repente, cuando creía que debía estar ocupado con los botones, sintió sus labios en la espalda desnuda.

—Pero dejemos una cosa clara —le susurró cerca de la oreja—. Si por «amante considerado» te refieres a uno de esos matrimonios de camas separadas con un amante por otro lado, olvídalo. Yo no quiero una amante sexy. Hay mucho más en el matrimonio que una buena relación sexual, pero el sexo es una parte fundamental. Espero que estés de acuerdo en eso.

—Por supuesto.

Se contuvo de añadir que no entendía cómo hacer el amor podía ser sublime si las dos partes no estaban enamoradas con toda su alma, lo que no iba a ocurrir en el caso de ellos. Cuando abandonaron la habitación, Hermione se volvió a poner la americana de gasa. No era que la camisa fuera particularmente escotada, pero pensó que cuanta menos piel expusiera mejor. Si sus sentidos estaban todavía alterados, los de Harry debían estarlo también.

Que la tarde no resultara tan aburrida como Harry había previsto, fue enteramente debido a él. En la cena, dominó la conversación, que a menudo fue muy divertida. Inesperadamente, era un buen mimo e imitaba a la perfección unos cuantos acentos extranjeros.

Hermione estaba empezando a pensar si estaría a su altura. Pero quizá una mujer inteligente y brillante no fuera lo que Harry buscara. Quizá prefiriera mantener su sitio en el estrado y que su mujer fuera un miembro de la audiencia.

No estaba segura de que le gustara aquel concepto. Ella veía el matrimonio ideal como una alianza de dos personas que fueran más o menos iguales. Hermione deseaba un marido al que poder respetar y admirar, no uno que la hiciera sentirse inferior.

Después de la cena, la señora Black dijo que quería ver algo en la televisión y Harry también quería verlo, pero lady Potter anunció:

—Hermione y yo nos quedaremos aquí a hablar.

Sin ser mal educada, no podía librarse de aquella conversación. Harry podría haberla rescatado, pero no lo hizo. Cuando los demás se hubieron ido, lady Potter le señaló a Hermione una silla cercana a la de ella y empezó otro nuevo asalto.

—Mi nieto puede ser encantador, pero no será un hombre fácil para convivir —la advirtió.

— ¿Lo encuentra usted difícil? — Lady Potter hizo un gesto con la mano como expresando que la cuestión era irrelevante, por no decir impertinente.

—Esperábamos que se casara con alguien sobresaliente en su propio campo o quizá en las artes. Todas las jóvenes con las que había salido hasta ahora habían tenido éxito en sus carreras. Me sorprende mucho que tú no.

—Quizá él considere que mis talentos culinarios sean superiores —sugirió Hermione. Era evidente que aquella anciana estirada no aprobaba la elección de su nieto. La pregunta que no le había hecho y la más importante era: ¿Amas a mi nieto?

La velada concluyó con una taza de cacao caliente para lady Potter, una tisana para su hija y una copa de coñac para Harry. Hermione, que había pedido una botella de agua mineral, miró con envidia el brandy de Harry. No le hubiera venido mal una copa para relajarse.

Todos subieron al piso de arriba y cuando la abuela y la tía de Harry desaparecieron, él la acompañó hasta la puerta.

— ¿Cómo te las arreglaste con mi abuela?

—No lo sé. Ha dejado claro que no piensa gran cosa de mí, pero yo tampoco de ella —concluyó con sinceridad.

—Uno no elige a su familia —dijo él con sequedad—. No tendrás que verla mucho. Buenas noches. Que duermas bien. No hace falta que cierres con llave. Este no va a ser un compromiso largo. Puedo esperar.

Su beso de buenas noches fue un casto saludo en la frente. Después de un temprano desayuno a solas, Harry y Hermione se dispusieron a visitar a la otra abuela.

Una vez fuera de Londres, en la autopista, Harry aceleró, pero conducía con prudencia y siempre respetaba las normas, así que Hermione pudo relajarse y disfrutar del paisaje.

La señora Evans vivía en una vieja casa de campo cerca de Oxford. La primera imagen de ella que tuvo Hermione fue de un ser enorme tras un lecho de flores cerca del porche de la casa.

Cuando se incorporó la abuela de Harry tenía una cara amistosa y curtida por el aire libre, un pelo gris bajo un sombrero de paja y un regazo acorde con sus enormes caderas.

—Harry, cariño... ¡Qué agradable verte! —Cuando él se inclinó, la abuela le dio un sonoro beso en la mejilla—. Y esta debe ser Hermione —sin esperar a ser presentada, agarró a Hermione por el brazo y le dio otro beso más contenido en la mejilla—. Me moría de ganas de conocerte desde que Harry me llamó para decirme que por fin había conocido a alguien. Aunque ya era hora. Estaba empezando a pensar que nunca encontraría a nadie que lo aguantara.

Radiante, los acompañó adentro a una acogedora y desordenada habitación con varios perros tendidos y montones de flores, donde tenía ya una botella de champán metida en hielo.

—Entonces, ¿cuándo va a ser la boda? —preguntó después de brindar por su felicidad y salud.

En el camino de ida, Harry había revelado que según deseaba Hermione, había solicitado la ceremonia en el juzgado local en quince días.

Ahora la miró y enarcó las cejas. Hermione había tenido más de una hora para considerarlo. Esperaba que se hubiera decidido. Pero Hermione lo había hecho en el acto. Si tenía que aceptar aquella farsa tan extraordinaria, sería mejor acabar cuanto antes.

Cuando ella asintió, Harry le explicó a la señora Evans:

—Sólo asistirá la familia más cercana. Su abuela asintió con aprobación.

—Muy sensato por tu parte, Hermione. Yo siempre pensé que las grandes ceremonias son un gasto extravagante de dinero. Mi madre me obligó a celebrar una gran boda y para cuando acabó, estaba tan agotada que apenas pude disfrutar del principio de nuestra luna de miel. Yo era virgen, por supuesto, como la mayoría de las chicas en aquella época, con lo que había una tensión añadida. Por suerte, mi querido Robert no pudo ser más comprensivo, así que no acabó en lágrimas como muchas noches de bodas de entonces. — La abuela se acercó a una mesa y recogió la fotografía de un hombre con el cuello de la camisa abierto y el pelo rizado.

—Este es Robert cuando tenía la edad de Harry. Se parecen, ¿no crees?

Harry ya le había contado a Hermione que su abuelo, un aficionado a la escalada, se había matado en el Himalaya a los cuarenta años. Los dos tenían pelo oscuro, y fuertes mentones, pero la cara del abuelo era más extrovertida.

— Sí, se parecen.

—Es una pena que no llegaran a conocerse. Se hubieran llevado muy bien. Ahora debéis tener hambre. Vamos a comer afuera, así que será mejor que te deje un sombrero para el sol, Hermione. Con ese pelo tan bonito y esa piel tan fina, podrías quemarte.

Se despidieron a las cuatro. De camino para visitar a Luna y a Rolf, Hermione se sintió mucho más relajada que la noche anterior. Como lady Potter, la señora Evans también le había hecho muchas preguntas, pero de forma más amistosa. El placer había sido mutuo y a Hermione no le importaría visitar más a menudo a alguien que, como su madre, había encontrado consuelo en su jardín. Los pensamientos de Harry corrían por parecidos derroteros.

— Parece haberte caído bien.

— ¿Y a quién no? Es una mujer encantadora.

De repente, a Hermione se le ocurrió que a la única persona a la que no se había nombrado era a la hija de la señora Evans, la madre de Harry, pero pensó que debía haberle ocurrido algo más penoso que el accidente del abuelo.

Al acercarse al pueblo donde vivía Luna con su familia, Hermione se preguntó qué pensaría Harry de un estilo de vida tan diferente del suyo.

Como personas, Rolf y Luna no podían caerle mal, aunque podía no pensar gran cosa de su situación familiar, sobre todo con dos niños gateando todo el tiempo. Pero la visita sería una preparación para su encuentro con la abuela.

Hermione se sentía inquieta acerca de eso. La abuela era muy astuta. Según sus propias palabras, podía oler a una rata a distancia. Y si lo hacía, no sería discreta. Comentaría sus sospechas en voz alta y clara.

— ¿Dejamos el coche en el pub y vamos andando hasta casa de tu hermana? —sugirió Harry al entrar al pueblo.

—Buena idea.

Hermione se preguntó si sería por tacto el no querer aparecer en un coche tan lujoso ante su cuñado y su hermana. Como ellos no tenían sitio, Hermione había reservado dos habitaciones en el pub del pueblo. Ahora sólo faltaba ver si Harry lo encontraba aceptable, aunque fuera sólo para una noche.

El pub tenía un jardín en la parte trasera que daba a un arroyuelo y el aparcamiento para coches estaba en la parte delantera. Harry aparcó al lado de un tractor, cuyo conductor había parado a tomar una cerveza en su camino de vuelta a casa.

Sacando sus bolsas de viaje, siguió a Hermione al pub con un bar a un lado y un restaurante al otro. La mujer del dueño salía de la parte trasera con una bandeja de salchichas caseras.

Reconoció a Hermione a primera vista. No tardaré mucho, señorita Granger. Buenas noches, señor. La mujer regresó unos segundos más tarde.

—Me temo que mis dos mejores habitaciones están ocupadas por clientes habituales. Os he instalado en el ático, pero creo que estaréis cómodos sólo para una noche.

Los condujo entonces escaleras arriba sin dejar de hablar del tiempo. Las puertas de las habitaciones en lo alto de la casa estaban abiertas y mostraban los techos abuhardillados, las pequeñas ventanas y el bonito papel pintado.

—Los dos tienen su propio lavabo. El cuarto de baño está aquí —abrió una puerta más pequeña bajo una lucera—. Le sugiero que ocupe la cama doble, señor. Es una preciosa cama antigua que tiene más espacio para alguien con piernas largas. Os dejaré que os instaléis.

Dejando su maleta en el rellano, Harry puso la de Hermione en una de las camas sencillas y se acercó a la ventana para mirar afuera.

—Hay gallinas en esa huerta. Con un poco de suerte, mañana comeremos huevos de verdad. Probablemente.

Hermione abrió su bolsa y empezó a desempaquetar sus pocas pertenencias.

Aunque tenían habitaciones separadas, había algo muy íntimo en ser los dos únicos ocupantes de aquel piso. Hermione se preguntó si Harry intentaría convencerla de que durmiera en su cama doble. Él se dio la vuelta y se acercó por detrás de ella.

—Eres muy ordenada con el equipaje.

— ¿Y te sorprende?

—No, pero nunca se puede decir. Alguna gente aparentemente muy organizada demuestra ser todo lo contrario cuando se la conoce. Me costaría mucho vivir con una persona que fuera desordenada.

—Pues puede ser igualmente difícil vivir con otra obsesionada por el orden. Se detuvo cuando él la volvió y le tomó la barbilla entre las manos.

—Sólo para recordarte que estamos prometidos. Entonces le dio un suave beso en los labios, la soltó y se fue a su habitación cerrando la puerta tras él.

Con las rodillas repentinamente temblorosas, Hermione se sentó en la cama. Se encontró deseando que aquel pub estuviera en otro lugar en Gales o Escocia y que estuvieran ya de luna de miel, con todas las formalidades pasadas, y el único requisito que faltara fuera la noche de bodas en la que él la llevaría a su habitación y seguiría besándola. Mientras permanecía echada, imaginando cómo sería hacer el amor con alguien a quien apenas conocía, escuchó un ligero golpe en la puerta y antes de poder cambiar de postura, se abrió y apareció Harry.

— ¿Estás cansada? —preguntó.

—No —Hermione se incorporó—. Sólo estaba probando la cama. Me gusta que sea muy dura.

—Ya veo. Pensaba darme una ducha rápida. Venía a preguntarte si pensabas usar el baño. —No, gracias. —No tardaré mucho.

Había sido muy considerado por su parte preguntarle, pensó Hermione. Pero habría preferido que no la hubiera sorprendido acostada. Podría suponer que tenía algo que ver con su beso. Para cuando oyó que Harry abandonaba el cuarto de baño, Hermione ya había organizado sus cosas y decidió ir a lavarse los dientes.

Cuando Harry salió de su habitación, ella ya estaba lista para irse. La casa de su hermana no estaba lejos. Cuando Hermione llamó a la puerta principal, salió un niño pequeño que tenía que levantarse de puntillas para alcanzar la vieja cerradura. Llevaba puesta una camiseta amarilla limpia y nada más.

—Mami está ocupada —anunció antes de gritar a sus espaldas— ¡Es Hermy y el hombre, mami!

Hermione lo recogió en brazos y le besó en la mejilla aterciopelada. Era evidente que acababa de darse un baño y estaba vistiéndose él solo mientras su madre atendía a su hermano.

—Este es Lorcan... y éste el señor Potter.

—Hola, Lorcan.

Lo que Harry pensó de ser recibido por un chiquillo medio desnudo fue imposible de adivinar. En su mundo, sin duda los niños serían vestidos de forma inmaculada por alguna niñera nórdica.

—Hola— Lorcan no era tímido. Enroscó un brazo alrededor del cuello de su tía y miró a Harry con intensidad. Mi hermano se está bañando. Ha sido un día de locos. Una maldita cosa tras otra y la cena va a ser un desastre.

Hermione tuvo que apretar los labios para evitar soltar una carcajada y vio que Harry estaba haciendo lo mismo.

—Estoy segura de que no. Tu mamá es muy buena cocinera —lo puso en el suelo—. Tú termina de vestirte. Le enseñaré la casa al señor Potter mientras mamá termina.

El niño salió corriendo agitando su pequeño trasero, lo que le producía a Hermione una gran ternura cada vez que lo veía. Pero Harry podría no compartir sus sentimientos. Criado en una parte de la casa separada de la de sus padres, probablemente llevado a un exclusivo colegio interno cuando todavía usaba pantalones cortos, podría pensar que la forma desenfadada en que Luna criaba a sus hijos fuera una torpeza. Pero al menos le había divertido la imitación que Hermione había hecho de su madre cuando hablaba con Rolf.

Rolf, cuando apareció por una esquina del invernadero, tenía aspecto de haber pasado también un día de locos. Hermione nunca lo había visto tan sudoroso o sucio, pero consiguió esbozar una sonrisa y unos modales afables cuando le presentó a su futuro cuñado.

—Si habéis hecho un largo viaje, os apetecerá una copa. Hermione, ponle a Harry un refresco y me reuniré con vosotros en cuanto deje esto en orden.

— ¿No tienen ayuda? —preguntó Harry en cuanto se alejó.

—Sólo a tiempo parcial. Es una vida dura, pero satisfactoria... mucho más de lo que mucha gente puede decir de su trabajo.

—Eso es verdad —algo en su tono le hizo mirarlo con gesto interrogante, pero como siempre, su expresión era impenetrable.

Construido en la parte trasera de la casa había un salón acristalado que era la sala de estar habitual de la familia.

— ¿Qué te apetece tomar?

—Una cerveza estaría bien.

—Siéntate. Ponte cómodo.

Si no le gustaban los juguetes desparramados y el desorden general, peor para él, pensó Hermione. Esa era la forma en que muchas parejas jóvenes tenían que criar a sus pequeños con un presupuesto apretado y un negocio que dirigir que obligaba a Luna a ayudar a su marido. A Harry le vendría bien ver cómo vivía la otra mitad del mundo.

No era muy tarde cuando regresaron al pub. Hermione se preguntó qué pensaría Harry de la velada. Había parecido pasarlo bien, pero sus impecables modales nunca le dejarían aparentar lo contrario. Y Hermione sentía aún más curiosidad por saber lo que su hermana habría pensado de él, pero para eso tendría que esperar hasta el día siguiente.

—Rolf dormirá como un tronco esta noche —comentó Harry al pasar el patio iluminado de la iglesia con sus antiguas losas de piedra irregulares.

—Le estaba costando permanecer despierto, ¿no lo notaste? Se levanta normalmente a las cinco excepto los domingos. Su idea del paraíso es quedarse hasta las siete en la cama. Y ahora no es tan malo como cuando los niños estaban con la dentición. Luna está rezando porque el próximo bebé le salga como una marmota.

— ¿Y por qué no los acuestan más temprano para poder tener más tiempo para ellos mismos? Rolf no pasa el día fuera de casa como la mayoría de los padres.

—No lo sé. No se lo he preguntado nunca. A mí no me gusta que me digan lo que tengo que hacer y supongo que a Luna tampoco. Pero creo que se las arregla de forma brillante. La lasaña estaba deliciosa y considerando lo apretado de su presupuesto es sorprendente lo bien que se viste y viste a los niños.

Luna nunca había aceptado ayuda familiar y casi todo lo que llevaban salía de las tiendas de caridad, pero eso no pensaba contárselo a Harry. Ellos no compraban en esas tiendas. Quizá alguien un poco más excéntrico como su otra abuela sí, pero lady Potter y la señora Black preferirían morir antes que ponerse algo que desechara otra gente.

—Sí, tu hermana es la mejor pareja que Rolf podría tener, pero en noches en que no esté tan agotado como hoy, estoy seguro de que le apetecerá su compañía en exclusiva. Yo sé que a mí me pasará cuando lleguemos a su estado.

—Si piensas que voy a dejar a mis hijos con una niñera, ya puedes olvidarlo.

—No sugeriría que dejaras a nuestros hijos con nadie —dijo Harry con calma—, pero si la familia puede permitírselo y el trabajo del marido conlleva un gran número de viajes, tiene más sentido tener una niñera bien preparada que una sucesión de inexpertas jovencitas. Y es mejor tener a alguien de confianza para poder salir que depender de las adolescentes de la localidad como Rolf y Luna... o como tendrán cuando el negocio les deje más tiempo como para salir juntos.

—No creo que ninguno de los dos echen de menos una vida social. Ya la disfrutaron de solteros y ahora han cambiado a otros placeres. ¿Es muy importante para ti la vida social?

—Si te refieres a los circuitos de fiestas de Londres y Nueva York, no, pero ver a mis amigos íntimos y conocer gente nueva que comparta mis intereses, sí. Cuando la gente se casa, es un cambio radical de estilo de vida... no puede ser de otra forma. Tienen que hacer ajustes importantes... a veces descartar previos intereses y amistades. Pase lo que pase, necesitan pasar tiempo juntos y eso no es fácil cuando los niños están exigiendo su atención.

—Bueno, siento que para ti fuera una molestia tener a Lorcan y a Lysander alrededor, porque no lo es para el resto de nosotros.

Aceleró el paso sabiendo que estaba cerca de empezar una pelea, pero incapaz de evitarlo.

—No he dicho eso, ni lo pensaba.

El tono de Harry fue suave pero con un leve tinte de impaciencia. De hecho, Hermione tenía que reconocer que había sido muy dulce con los niños. Cuando Lysander había trepado encima de él agarrándose a su pantalón con los dedos probablemente pegajosos, no había hecho otra cosa que levantarlo y sentarlo sobre una pierna y dejarlo jugar con sus dedos.

Caminaron en silencio el resto del camino. En tiempos pasados, cuando los pueblos se iluminaban por luz de gas o velas, la mayoría de los habitantes hubiera estado durmiendo a esas horas. Ahora, casi todas las ventanas del piso inferior estaban iluminadas y se veía a la gente viendo la televisión. Muchas de las ventanas superiores estaban encendidas también al estar los jóvenes viendo sus programas favoritos o jugando con el ordenador.

Cerca del pub, un grupo de adolescentes estaban jugando y charlando. Miraron con curiosidad a los desconocidos y Hermione casi esperó escuchar algún comentario descarado al pasar. Pero quizá Harry diera la impresión no tolerar ninguna insolencia. Cuando llegaron al pub, todavía estaba abierto.

— ¿Quieres tomar una copa?

—No, pero tómala tú si te apetece. Creo que voy a darme un baño.

¿Tienes algo para leer?

— Sí, gracias. Buenas noches, Harry.

Como estaba un poco tensa con él, le parecía que un beso en la mejilla sería un cinismo así que extendió la mano.

—Buenas noches, Hermione —se despidió él alzándole la mano hasta los labios para besarle en la muñeca.

Hermione se sintió tentada por un instante de disculparse por su rudeza, pero lo pensó mejor. Tal y como estaban las cosas, no quería darle esperanzas de poder ir a su habitación después del baño.

Se dio entonces la vuelta y subió a su habitación. Harry se fue al bar, pidió un whisky doble son soda y se sentó en una mesa en un rincón. Había sido una tarde interesante. Le había caído bien la hermana de Hermione y su marido le había impresionado, pero los niños deberían haber estado en la cama antes de empezar la cena. Aunque la lasaña había sido sabrosa, las verduras de la huerta maravillosas y la bebida buena, la cena no había sido relajada.

Él y Rolf no habían tenido ningún problema en entenderse, pero las dos mujeres habían parecido al borde del límite. Probablemente Luna estaría tensa por no recibir gente a menudo. Trabajaba demasiado: ayudando a su marido y cuidando a dos niños, más otro a punto de llegar en dos meses.

Pero la razón por la que Hermione había estado tensa era más difícil de juzgar. Había mantenido la tensión bajo control en la casa, pero en el camino de vuelta casi había estado buscando pelea. Bebió su whisky y pensó en ella tendida en el baño con el agua caliente mojando la preciosa piel cremosa que destacaba con sus ojos esmeralda y su salvaje melena. Recordó la preciosa forma de su espalda desnuda. Si el resto de su cuerpo fuera igual...

Hermione estaba de pie en la bañera secándose. El circuito de visitas prenupciales casi había acabado, gracias a Dios. No sería fácil ni en circunstancias normales. Había familia política que se odiaba a simple vista y aparte de su madre y la señora Evans, que podían tener en común la afición por la horticultura, el resto de la familia de Harry no tenía nada que ver con la de ella.

Con cuidado de dejar el baño limpio, se enrolló la toalla como un sari y salió al pasillo. Al llegar al rellano, iluminado por un candelabro con pantalla rosada, la cabeza morena de Harry asomó por la escalera. Hubiera tenido tiempo de escabullirse aprisa a su habitación, pero algo la retuvo allí paralizada como un conejo ante la mirada de una serpiente.

Harry subió el último tramo con sorprendente ligereza para un hombre tan corpulento.

—El baño es todo tuyo —dijo turbada por la pequeña toalla que le tapaba menos que una mini falda.

Harry deslizó la mirada desde sus pies desnudos hasta su cara. Hermione recordó que había dicho que se excitaba sólo con mirarla y supo que ahora estaba excitado.

¿Pensaría que había cambiado de idea y que habría remoloneado en el baño hasta que él llegara?

Recuperó el poder de movimiento, pero al darse la vuelta le oyó decir:

—Espera...