Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Anne Weale.
Capítulo 6
El traje de boda de Hermione había sido comprado — para cenas de gala. Consistía en una chaqueta corta de seda de gabardina blanca sobre una camisa de crepé de china con una vaporosa falda blanca de chiffon.
Para acompañarlo, en vez de zapatos blancos, se puso unas sandalias grises y un pequeño bolso de mano a juego. Unas medias de un color gris más pálido le hacían sentirse muy femenina.
Había decidido ignorar la tradición de algo viejo, algo prestado y algo azul porque aquel sentimentalismo no le parecía apropiado en aquel tipo de boda.
En las orejas se puso las discretas perlas que su madre le había regalado a los dieciséis años. Estaban tomando el desayuno en la cama cuando llegó el camarero con un paquete para ella.
— Será de Harry, por supuesto —dio Luna.
Tenía razón. Dentro de una caja forrada de satén había un collar compuesto por varias hileras de piedras verdes oscuras con un broche de un verde más pálido.
Los pendientes a juego eran una combinación de los colores. Con ellos venía una tarjeta con el nombre del joyero grabado en oro y un mensaje escrito a mano:
"Espero que te gusten.
-H."
—La abuela diría que el verde trae mala suerte — comentó Hermione apartando la bandeja del desayuno y la ropa de cama para irse hacia la cómoda.
—Son muy bonitas, pero esperaba que te regalara diamantes —dijo Luna.
Hermione había dedicado mucho más tiempo que su hermana a ver escaparates y sabía que aquella joyería era sin duda una de las más exclusivas de Bond Street.
—Las piedras son esmeraldas y el broche es jade y probablemente sean antiguas y muy valiosas —defendió con sequedad.
Volvió a posar el collar en la caja y volvió a la cama a beber su zumo de naranja seguido de una tostada con mermelada.
Luna acabó de arreglarse antes que ella y sintiendo que su hermana querría estar un tiempo a solas, se reunió con los demás en un salón mientras Hermione se daba los últimos toques al maquillaje. Como siempre, el pelo se lo arregló ella misma.
El conjunto blanco había quedado precioso con las perlas, pero con las esmeraldas de Harry estaba fabuloso. Hermione sabía que nunca había estado ni estaría tan guapa como ese día, pero la apariencia de fría elegancia era todo lo contrario de la inquietud que sentía por dentro.
Cuando entró en el salón, su madre rompió a llorar.
— Por Dios bendito, Daphne —exclamó la abuela con impaciencia.
Pero ella misma tenía los ojos sospechosamente brillantes al mirar a su nieta más joven que se había convertido en una mujer tan elegante que iba a hacer un matrimonio brillante.
—Estás preciosa —dijo Luna un poco sorprendida de que su hermana no se hubiera puesto ningún sombrero o tocado.
Muy pronto, todas estuvieron en la limusina que las llevaba al juzgado, donde no encontraron rastro de la familia del novio, sólo a él esperando de pie en las escaleras muy elegante con un traje gris y corbata de color melocotón y una rosa del mismo color en el ojal.
Con el chofer sujetando la puerta y Harry listo para ayudarlas, las otras salieron del coche para recibir un beso en la mano. El primer beso de su vida seguramente, pensó Hermione.
Entonces le tocó a ella salir. Cuando estuvo de pie, Harry sacó de detrás de la espalda un pequeño bouquet de exquisitas violetas de Parma.
—Buenos días, Hermione.
La formalidad de su recibimiento contrastaba con el brillo de aprecio de sus ojos al mirarla.
Hermione se llevó las flores a la nariz para inhalar la fragancia decadente. Al hacerlo, se fijó en que las flores estaban engarzadas en un pequeño sujeta bouquets de plata antiguo.
— ¡Qué bonito! Gracias. Y gracias por esto —se tocó la hilera de esmeraldas—.
—Yo también te he comprado un regalo, pero te lo daré más tarde.
Las otras tres invitadas estaban esperando dentro y Harry hizo las presentaciones. Entonces empezó la ceremonia.
Hermione siempre había esperado casarse en la iglesia del pueblo donde Luna y Rolf habían hecho sus votos. El ritual del juzgado apenas había comenzado cuando llegó a su término y todos abandonaron el juzgado para volver al hotel, Harry y ella solos en un coche y los demás siguiéndolos.
El primer beso como su marido en el juzgado apenas había sido un roce de labios suave como una pluma intentó repetirlo en el coche.
—Es un vestido precioso —comentó.
—Creo que debes ser adivino —dijo Hermione.
Cuando él enarcó una ceja sin entender, Hermione se abrió la torera y le mostró la cinta de terciopelo que llevaba alrededor de la cintura. Era exactamente del mismo color que las violetas.
— ¿Las escogiste tú mismo?
—Naturalmente. ¿Creías que iba a encargar a mi secretaria que eligiera el ramo de novia de mi mujer?
—No, pero podías haberle pedido consejo a la señora Evans. Harry sacudió la cabeza.
— Mi madre coleccionaba pequeñas antigüedades de plata. La base del bouquet es una de ellas. Y el violeta me pareció el color que mejor le iba a tu pelo.
En el salón privado donde iban a celebrar el banquete, habían puesto una mesa larga decorada con flores blancas y ramas verdes. Hermione bebió su primera copa de champán con prisa para calmarse un poco. Seguía estando muy tensa.
Aunque la comida fue deliciosa, Hermione apenas probó bocado. Lady Potter, a su izquierda charlaba de forma incesante y su abuela estaba haciendo lo mismo al otro lado de Harry.
La madre de Hermione y la señora Evans estaban inmersas en una charla sobre sus problemas con los jardines y Luna y la señora Black hablaban de niños. Contenta de que estuvieran pasándolo bien, pero deseosa de acabar, Hermione bebió más de lo que comió sin darse cuenta hasta que Harry comentó:
— Un poco más sólido y un poco menos de burbujas sería una buena idea.
Lo dijo con buen tono y nadie lo oyó, pero Hermione se sintió avergonzada. Sólo entonces se dio cuenta de la frecuencia con que el camarero le había llenado la copa.
Fue la señora Evans la que, en ausencia de los tradicionales brindis, se levantó de repente diciendo:
—Me gustaría decir unas cuantas palabras. Hemos oído hablar mucho, tanto en público como en privado de las rupturas de los matrimonios. Pero ocurren y creo que seguirán ocurriendo. Espero que dentro de muchos años, Harry y Hermione puedan mirar atrás y recordar este día como el comienzo de una de esas relaciones fuertes y satisfactorias. Todos se lo deseamos.
La abuela de Harry alzó entonces la copa y les sonrió desde el otro lado de la mesa.
—Por Harry y por Hermione y su futuro juntos. Los otros repitieron el brindis y cuando la señora Evans se sentó, fue Harry el que se levantó.
—Gracias, abuela. Gracias a todos. Es ya casi hora de que mi mujer... —se detuvo para sonreiría—, vaya a cambiarse, así que seré breve. Ya conocen todos el refrán: un matrimonio con prisas está abocado al arrepentimiento. Yo convencí a Hermione de que se casara conmigo cuanto antes y pretendo asegurarme de que no se arrepienta nunca.
—Bien dicho, muchacho —dijo la abuela de Hermione empezando a aplaudir. Sonriendo, Harry prosiguió...
—El resto de vosotros podéis quedaros a charlar y quizá a tomar el té antes de iros. Pero nosotros tenemos que llegar al aeropuerto, así que será mejor que te des prisa, querida.
Luna subió a ayudar a Hermione a empaquetar. El traje de la boda lo pensaba dejar en casa de lady Potter.
—Harry es muy generoso enviando coches para que nos lleven a todos a casa —dijo Luna mientras Hermione se desvestía—. De ahora en adelante vas a vivir en el lujo, Hermy. Incluso más que cuando vivía papá, que podía ser a veces un poco tacaño. Estoy segura de que se gastaba más con sus novias que con mamá. No la veo casándose de nuevo, lo que es una pena. Sólo tiene cuarenta y seis años. Si yo hubiera sido ella, sabiendo que papá le era infiel, me habría buscado un amante. Pero para mamá eso era una inmoralidad.
Hermione no estaba de humor para hablar de la vida sexual de su madre. En ese momento, lo que sentía era envidia de ella. Esa noche, su madre se metería a la cama tranquilamente con un libro de jardinería mientras que ella estaría en la cama con un hombre del que no sabía nada.
Se puso una falda de color burdeos con una camisa de seda de color lila pálido y un blazer de color berenjena, colores que resaltaban su pelo y también las esmeraldas.
No sé si debería llevar el collar o dejarlo al cuidado de lady Potter.
—Pregúntale a Harry —sugirió Luna — Supongo que el tipo de hoteles de cinco estrellas al que te llevará tendrán todos cajas de seguridad.
Cuando Hermione se lo consultó a Harry, éste contestó:
—Será mejor que las dejes aquí.
Los abrazos de despedida duraron otros cinco minutos y después se fueron al coche que los esperaba.
¿Te alegras de que haya acabado o lo has pasado bien?
—Un poco de todo.
—Espero que las fotografías sean buenas para que nuestros hijos puedan ver lo preciosa que estabas. Tienes muy buen gusto. Ese conjunto también me gusta.
— ¿Te habrías casado conmigo si hubiera tenido un gusto espantoso?
—Hubieras seguido siendo tú— Otra de sus respuestas diplomáticas, pensó ella.
Hermione se había llevado el bouquet de violetas con ella. Eso le recordó que tenía que darle su regalo. Lo sacó del bolso, muy bien envuelto en papel marrón atado con un lazo verde oscuro.
—Espero que te guste. Es mi regalo de bodas.
Hermione había reunido el dinero para comprarlo vendiendo dos de sus posesiones favoritas: un abanico del siglo dieciocho y un retrato en miniatura de una dama con el pelo empolvado. Los había encontrado en un anticuario de un pueblo cuando todavía era una adolescente y se habían revalorizado mucho con el tiempo. Le había parecido importante comprarle el regalo con dinero suyo.
Cuando abrió el paquete, Harry descubrió un estrecho volumen de cuero. Lo abrió y leyó el título.
—Llevo años buscándolo. ¿Cómo lo has sabido? ¿Cómo lo has averiguado?
—La directora de mi colegio dijo que era una mujer de recursos — le recordó ella.
Harry pasó las páginas observando los grabados que ilustraban el texto. Entonces cerró el libro y observó la lira grabada en oro de la cubierta. Por fin la miró a ella con una mirada que no supo interpretar.
— No podrías haberme regalado algo que pudiera gustarme más. Gracias, Hermione.
Entonces se inclinó hacia ella y, tomándole la barbilla en la mano libre, la besó levemente en los labios por segunda vez en el día.
En facturación, Hermione descubrió el destino de su vuelo.
Era el último lugar que hubiera esperado: Burdeos, en el sudeste de Francia.
Pero ése no podía ser el punto final de su destino. La gente iba de luna de miel a París. La imagen de Burdeos era muy diferente y mucho menos romántica.
Pasaron después de facturar por seguridad y Hermione enseñó su pasaporte nuevo de casada. Tardaría en acostumbrase a ser Hermione Potter.
Muy pronto estuvieron a bordo. Al sentarse en el lado de la ventanilla, Hermione recordó la fotografía aérea de un castillo francés en el informe de Harry y se preguntó si sería ése su destino. Pero no pensaba preguntar.
Cuando les ofrecieron las bebidas, Hermione pidió un zumo y un vaso de agua para meter las violetas y se preguntó si algún pasajero imaginaría que era su ramo de novia. En el aeropuerto los recibió un chofer con un cartel con el nombre de "señor Potter" impreso.
A Hermione no le hubiera sorprendido rodear la ciudad, pero le sorprendió que les llevaran directamente al centro a un espléndido hotel. Pronto los condujeron a una espaciosa suite que daba al formal jardín del hotel. El botones les subió el equipaje y después de desearles una buena estancia en francés y recibir la propina, cerró la puerta tras él. Ya estaban solos.
—Voy a deshacer el equipaje y cambiarme —dijo Harry—. El comedor del hotel debe ser bastante formal. Quizá sea más relajante ir a cenar a otro más informal. ¿Qué te parece?
—Bien.
Dame tus llaves y te abriré la maleta.
Hermione le pasó el llavero y le observó meter la llave, desabrochar la cremallera y abrirle la tapa.
—Gracias.
Entonces se quitó ella la chaqueta y empezó a desempaquetar consciente de que la mayoría de las parejas recién casadas estarían en un momento así uno en los brazos del otro a punto de hacer el amor. Pero su marido parecía más interesado en distribuir sus pertenencias que en reclamar los privilegios íntimos a los que tenía ahora derecho.
El hecho de que deshiciera todo el equipaje le hizo pensar que se había equivocado en su suposición. Al colgar la ropa en el espacioso armario, pensó si Harry tendría la sangre fría de combinar el placer con el trabajo, esperando que ella le diera placer por las noches y que pasara los días sola mientras él se reunía con agentes financieros de la ciudad.
Hermione seguía desempaquetando cuando Harry empezó a cambiarse. Se sentó en una butaca y se quitó los zapatos negros y los calcetines de seda gris. Ya se había desanudado la corbata y estaba quitándose los gemelos para sacarse la camisa. Aunque no estaba frente a él, lo podía ver por el rabillo del ojo.
Harry se vació los bolsillos antes de desabrocharse el cinturón. El sonido de la cremallera se le hizo a Hermione como si estuviera arrancando un trozo de Velero. Era consciente de que se estaba quitando los pantalones y doblándolos antes de colgarlos.
Durante un instante, mientras estaba de espaldas, se aventuró a dirigirle una rápida mirada y sintió que las entrañas se le contraían y se le secaba la garganta. Había supuesto por la forma en que se movía que estaba en mucha mejor forma que la mayoría de los ejecutivos de la ciudad, pero nada le había preparado para los músculos tensos como dagas de sus anchas espaldas morenas. Sintió una instintiva mezcla de miedo y fascinación.
Cuando se atrevió a mirar de nuevo en su dirección, ya estaba vestido mucho más informal. Hermione decidió no cambiarse. No estaba preparada para desnudarse delante de él y hacerlo en el cuarto de baño le podría acarrearle algún comentario sarcástico.
— ¿Habías estado aquí antes? —le preguntó cuando abandonaron el hotel. Harry la tomó del codo para cruzar la calle.
—Sí, muchas veces.
Eso le confirmó que aquel viaje era también de negocios.
Pasearon por la parte más de moderna de la ciudad. En Francia la temperatura era mucho más suave que en Inglaterra y se podía cenar en las terrazas con placer.
Para entonces, el efecto del champán ya se le había pasado y Hermione pidió vino blanco para cenar. Harry encargó la cena en perfecto francés y aunque Hermione sabía algo del colegio, se sintió intimidada delante de él. Eso le puso furiosa. A ella siempre le había importado un rábano lo que la gente pensara de ella.
—Me preguntaba cómo habías conseguido esa primera edición —dijo Harry mientras esperaban las bebidas.
—No fue difícil. Busqué en la guía los números de los mejores anticuarios de libros y los llamé para preguntar si eras cliente suyo explicándoles que íbamos a casarnos y que quería hacerte un regalo. Tuve suerte y acerté a la segunda llamada. Resultó que les había ofrecido el libro un suministrador local poco antes de que yo llamara.
—Eso sí que ha sido emprendedor.
—No tanto. Soy una experta compradora. Es lo más parecido a una profesión que he llegado a tener —dijo con una sonrisa.
—El otro día leí un artículo en una revista de mujeres. Decía que las compras compulsivas en una mujer a menudo son el substituto de una buena vida sexual.
—Bueno, ya sabes cómo son esas revistas. A veces creo que contratan a oscuros psiquiatras a los que no conoce nadie y publican lo que sea para hacerse famosos.
Pero Hermione se sintió incómoda de que pudiera haber cierta verdad en aquel artículo con respecto a su propia vida. Para cambiar de tema dijo:
—Cuéntame algo más de la colección de objetos de plata de tu madre... y de ella.
Aunque la expresión de Harry no cambió, supo por intuición que había tocado un tema prohibido. Pero no creía que debía haber secretos entre marido y mujer.
—La abuela me preguntó que qué flores iba a regalarte. Cuando le dije que violetas, me recordó la colección de plata. Había estado en la caja de seguridad de un banco desde que mis padres se separaron y mi madre la dejó cuando se fue.
Aunque sentía que él no quería profundizar, Hermione insistió:
— ¿Por qué se separaron? Harry se encogió de hombros.
—No se llevaban bien. Eran incompatibles.
— ¿Cuántos años tenías tú cuando sucedió?
—Estaba en primaria. No me impactó mucho. Los niños son bastante resistentes. Llegó el vino en ese momento. Harry lo probó, asintió y el camarero le sirvió a Hermione, que se llevó la copa a la nariz y asintió también.
Harry alzó su copa hacia ella con una sonrisa.
—Por nosotros.
—Por nosotros —repitió ella.
El vino tenía la frescura perfecta para no perder la fragancia.
—Esta tiene que ser una de las mejores experiencias de la vida... sentados en la terraza de un buen restaurante francés en una noche cálida, bebiendo un Burdeos decente, mirando a todos los hombres con su mujer y teniendo tú la esposa más bonita de todas.
Si hubiera estado enamorado de ella, Hermione habría creído que lo decía en serio. Pero no lo estaba ni ella tampoco. Sólo le gustaba su aspecto. Ella misma sabía que era atractiva. Preciosa no, excepto para un hombre que la adorara, que no era el caso.
—La última vez que estuve aquí, cené con uno de los magnates del vino —comento Harry—. Era como regresar al siglo pasado. Había veinte personas, entre familia e invitados y los camareros llevaban levitas y guantes blancos. Al principio fue bastante formal pero hacia el final de la velada bastante menos.
Harry esbozó una radiante sonrisa.
— ¿Y cómo es que viniste aquí?
— ¡Oh, conexiones del banco! De paso, tengo un par de cosas que hacer mañana que te aburrirían. Espero que no te importe divertirte por tu cuenta. Hay muchas cosas que ver en Burdeos y unas tiendas excelentes. Por cierto... —sacó la cartera del bolsillo de los pantalones y le pasó una tarjeta de crédito—. Usa ésta de momento. En cuanto lleguemos a casa, te abriré una cuenta.
Aunque de cierta manera era muy considerado por su parte suministrarle los medios para comprar, también le recordaba que aquello era como la opera de la que él le había hablado: una relación de trueque. Y muy pronto, quizá en un par de horas, le tocaría a ella pagar su parte.
Mientras disfrutaban de la cena, Hermione preguntó:
— ¿Aquel castillo francés de la fotografía que me enseñaste es tuyo ahora?
—No. Necesitaba demasiadas renovaciones y no estaba seguro de querer hacerlas. ¿Te gustaría echarle un vistazo? Creo que sigue a la venta. ¿Te entusiasman los castillos?
Hermione sacudió la cabeza.
—No. Nunca he deseado en serio vivir en uno. Siempre supuse que cuando me casara viviría donde mi marido tuviera que vivir.
Harry le dirigió una mirada pensativa. Afuera ya estaba oscuro. Las mesas estaban iluminadas por velas dentro de unas tulipas de cristal y la suave luz ambiental resaltaba sus fuertes facciones y el brillo de sus ojos.
—Esa es una actitud muy pasada de moda —dijo por fin. —No creo que queden muchas mujeres con esas ideas.
—Yo no tengo una carrera propia de la que preocuparme. Si la tuviera, supongo que pensaría de otra manera. Los hombres siempre han hecho lo que han querido hasta ahora, así que no puedes culpar a las mujeres que tengan trabajos interesantes de que quieran conservarlos.
—Yo no las culpo. He estado en contacto con muchas mujeres de carrera y a algunas las admiro profundamente, pero no estoy de acuerdo en que los hombres hayan hecho siempre lo que han querido. Las mujeres han tenido que pelear para hacerse oír en el mundo laboral, pero en casa siempre han tenido toda la autoridad... si decidían usarla. Son las que tienen más influencia en la generación siguiente. Y también tienen el poder de la almohada... de nuevo, si deciden usarlo. Una mujer que haga a un hombre feliz en la cama tiene una gran influencia sobre él. Y no sabemos cuántas dirigen el mundo tras los escenarios.
A Hermione no se le ocurrió ningún comentario apropiado. Con la idea de la vuelta al hotel, apenas podía charlar. Incluso aunque había elegido el plato más ligero del menú y la comida era exquisita, su apetito era nulo.
Si al menos hubiera sido Ron el que hubiera estado sentado al otro lado de la mesa, la iniciación que proseguiría sería un motivo de alegría. Y también estaba segura de que, como ella, Ron se había abstenido de aventuras de una noche.
Harry sin embargo, por muy escogido que fuera, debía tener mucha más experiencia. Esperaría que ella fuera una compañera equiparable, no una inexperta virgen.
« ¿Qué estoy haciendo aquí?», pensó con pánico. «Debo haberme vuelto loca para pensar que podría seguir adelante con esto».
—¿Café?
La pregunta de Harry le devolvió a la realidad.
—Eh... sí, por favor.
— ¿En qué estás pensando, Hermione? Parecías preocupada.
— ¿Yo? No puedo imaginar por qué.
— Yo sí.
— ¿Qué quieres decir?
Con la misma naturalidad que si estuviera hablando del tiempo, Harry dijo:
—Hacer el amor con una persona nueva es siempre estresante para la gente que no lo hace habitualmente.
Irritada porque pareciera leerle la mente, Hermione le atacó.
—Pues tú no pareces nada estresado. ¿Lo haces de forma habitual?
—No en el sentido al que te refieres. He tenido relaciones, por supuesto. A mi edad sería sospechoso que no las hubiera tenido. Pero si hubieran sido importantes, no estaría aquí hoy. Ni tampoco tú. Olvidemos nuestros pasados y concentrémonos en compartir el futuro.
Con el café llegó un oscuro y acaramelado coñac Remy Martin.
—Para ayudarte a dormir —dijo Harry con un guiño.
El camino de vuelta al hotel les llevó quince minutos a paso tranquilo.
—Mañana hará un buen día —comentó Harry mirando el cielo estrellado.
No había demasiado tráfico en el exclusivo distrito que estaban atravesando, pero aun así, Harry seguía tomándola de la mano para cruzar las calles. Hermione esperaba que no notara los temblores internos que la sacudían.
En el recibidor del hotel, Harry le soltó, recogió la llave y entraron en el ascensor.
«Inspira varias veces», se dijo Hermione. «Recuerda la última vez que te besó. Entonces te excitó... Será lo mismo esta vez. Relájate».
El ascensor llegó a su piso. Recorrieron el pasillo en silencio pasando frente a las elegantes consolas con lujosos ramos de flores. Frente a una o dos puertas había caros pares de zapatos.
Aquél no era el tipo de hotel donde sus huéspedes se limpiaban los zapatos ellos mismos. Hermione hubiera deseado que fuera menos opulento. El ambiente de lujo no la intimidaba, pero se hubiera sentido más relajada en un acogedor albergue rural.
Harry metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se apartó para que ella le precediera.
Astrid : bella tu como siempre con tus palabras hermosas. Bueno quisiera complacerte con tus peticiones, pero las historias están terminadas entonces solo tengo que subirlas. Todas mis historias lo están por eso actualizo todos los días. Espero que disfrutes este capítulo. Besos
tsukiyomi gracias porntu comentario. Espero que disfrutes este capí
