Notas y demás al final del cap.

Enjoy!

18: "Rojo como la sangre"

Desde que Natsuhiko arribó a la alba mansión de la Rosa Blanca, una tensión latente e imperceptible se comenzó a dibujar alrededor de Atsuishi Shigeto. No había cosa que el joven de mirada esmeralda odiase más que la estúpida y atrevida osadía de que alguien, ajeno a su persona, tocase o contemplase al objeto de sus amores enfermizos. Netsuha Natsuhiko era suyo, sin lugar a duda o reproche. Suyo, sólo por que el ardiente deseo de un Dios sin nombre ni ley así lo había predispuesto. Así mismo, atribuir su anhelo asfixiante y vicioso hacia su compañero no correspondía, bajo aquella creencia, a un capricho gestado en su propia imaginación. Sino, más bien, a la esencia divina que aquella entidad celestial había utilizado para entrelazar sus destinos en un nudo perfectamente indestructible.

Porque el hilo rojo puede enredarse y tensarse, pero jamás romperse.

De una u otra forma, la naturaleza de su amor residía más allá de ello. Ese hilo rojo que ataba sus dedos meñiques, con una fuerza descomunal, ardía bajo el amparo de una llama aún más carmesí que la sangre misma. El fuego se extendía febrilmente a través de sus destinos, abrazándolo todo con una fuerza desbordante y animal. Un fuego que les impedía seguir una senda distinta a la correcta, a la que debía ser, mientras que los carbonizados resquicios de los caminos alternativos llameaban sobre sí mismos, liberando una humareda blancuzca e imponente.

Y era ese mismo fuego el que representaba la propiedad del sentimiento que Atsuishi albergaba: Cálido y luminoso, pero descontrolado y peligroso. La amorosa obsesión que bullía en sus entrañas se asemejaba a un incendio. Visto desde lejos las enormes llamaradas teñían el cielo de un matiz rojizo intenso, dotando a aquel manto celeste de una belleza embriagante e inusual. Mientras que los fantasmales accesos de calor que alcanzaban las lejanías calentaban el aire cual briza veraniega. Pero de cerca aquel espectáculo carecía del más mínimo ápice de hermosura. El calor quemaba con el afán del mismo infierno, consumiendo hasta la última gota de desdichada existencia a su paso. El humo envolvía todo con insistencia opresiva, y de no fallecer al instante de aspirarlo era seguro que, un par de días después, la toxicidad de su hedor terminaría por envenenar en algún momento.

Así eran las pasiones de Shigeto; pero no para con su amante, sino contra la humanidad en general. Para aquel que guardara una distancia prudente de Netsuha, el amor de Heat destellaba con la suavidad de una fogata hogareña en pleno invierno. Mas cuando el intruso excedía los límites que el rubio guardaba con recelo, entonces su cándido anhelo se encargaba de incinerarlo hasta la muerte, reduciendo, incluso, el alma hasta las cenizas. Y de no poderse, simplemente se aseguraba de marearlo hasta el delirio y la misma locura, esperando con calma el posterior suicidio.

Haber sido adiestrado desde sus primeros años había dotado a Atsuishi de cierta ventaja en lo que él consideraba como los intentos de arrebatarle a su novio. Los padres de Haruya se preocuparon de convertirlo en el soldado más letal de la organización, luego de que lo hallaran abandonado en su hogar, con apenas unas semanas encima. Sus progenitores lo abandonaron ahí, solo, huyendo de la deuda millonaria que tenían para con los Nagumo. Shigeto fue severamente educado, con el fin de volverlo el mejor guardaespaldas que Japón pudiese concebir. Le hicieron pedazos el alma a punta de tortura y redujeron hasta la nulidad su idea de amor propio y autoestima. Prontamente, el valor que Shigeto comprendía de sí mismo era el que Haruya, su protegido, le otorgaba, haciendo que a sus tiernos doce años la supervivencia de su persona dependiese únicamente del juicio que el pelirrojo pudiese brindarle.

Bajo el cuidado de Shigeto no había nada a lo que Burn debiese temerle. Atsuishi no dudaría en defenderlo hasta con su propia vida, sólo porque sin él el rubio estaría muerto en vida.

No era de extrañar, entonces, la razón por la cual Shigeto estaba tan obsesionado con Netsuha. Cuando Haruya lo abandonó sin reparo, atraído por la belleza y la férrea independencia de Suzuno Fuusuke, Atsuishi sintió como su alma corroída saltaba del precipicio que jamás se había alejado de sus pies. La locura le nubló los ojos, transformando el profundo esmeralda de estos en el triste color grisáceo de una piedra cualquiera. No fue secreto para nadie en la mafia que Shigeto ya no era el mismo de antes, y mucho menos que, en su desesperación, intentó asesinar a Gazelle en dieciocho ocasiones durante el primer trimestre de relación. Rápidamente Atsuishi se ganó la mala fama de ser un desquiciado y su deber como guardaespaldas de Haruya le fue revocado. Le asignaron el aseo de los calabozos y el cuidado de los prisioneros pensando que quizá eso le haría sentar los pies sobre la tierra. Lamentablemente, aquello agravó más el problema.

Dos años después de ello, los intentos de asesinato ascendieron a la cifra de doscientos trece; pero muy al contrario de lo que la mayoría pensaba, Shigeto no deseaba a Burn a su lado. Él buscaba recuperar su vida y su significado, y eso sólo lo conseguiría si el ser al que tanto amaba aprobaba su existencia. Tenía en claro que Haruya jamás lo amaría; pero si podía forzarlo a valorar sus acciones, entonces la vida regresaría a sus ojos apagados.

Fuese como fuere, él sólo deseaba recuperar el esfuerzo perdido. Sólo quería que alguien le diese un porqué a su existencia. Que alguien lo amara... como sólo Natsuhiko podía hacerlo.

A decir verdad, el auténtico lazo entre ellos encontró más su origen durante las largas jornadas de convivencia que entre el momento de su primer encuentro. Las tardes juntos en las mazmorras contribuyeron positivamente a su relación, y mientras Natsuhiko torturaba y Shigeto aseaba, se convirtieron gradualmente en mejores amigos, inclusive los únicos. No faltó demasiado tiempo antes de que se enfrascaran en un noviazgo peligroso.

A medida que ambos se fueron conociendo, la actitud violenta y depresiva de Shigeto se esfumó en post del adolescente amoroso y servicial que había sido en los años previos. Sus ojos grises recuperaron su deslumbrante fulgor verdoso, al tiempo que su semblante adquiría una paz que ninguno de sus compañeros reconocía en él. Los intentos de homicidio cedieron de un día al otro, sin el menor aviso. Realmente parecía como si Atsuishi hubiese amansado su carácter.

No fue hasta la primavera de los dos años subsiguientes que la tormenta decidió manifestarse. Kurione Yuki, la sirvienta más leal de Fuusuke, cometió suicidio, clavándose una daga tal cual los samuráis lo hacían. Su cadáver fue hallado la misma noche de su muerte, flotando en el estanque que ornamentaba el patio interior de la mansión Nagumo. Pensar en que la chica había cometido seppuku por amor fue la reacción inmediata, sobre todo cuando se rumoraba que estaba perdidamente enamorada de su amo. Pero aquella teoría desapareció apenas encontraron la carta pre-mortis que la joven escondió en la manga de su kimono con motivos invernales. En ella Kurione relataba, con lujo de detalle, el martirio que la había asolado a través del corriente mes, exactamente el mismo que la forzó al suicidio. Atsuishi Shigeto no había parado de acosarla, aduciendo a la idea maniática de que estaba tratando de arrebatarle a Nepper. El rubio le desfiguró el rostro usando un escalpelo sacado de las herramientas de su novio, y la amenazó con asesinarla si hablaba o continuaba con su comportamiento. Finalmente, la joven, desesperada y totalmente humillada, no fue capaz de soportar el dolor y no halló mejor salida que terminar con su vida.

Más allá de recibir un castigo por sus acciones, los padres de Haruya hicieron vista gorda al accidente, mientras que Natsuhiko lo felicitaba por el excelente trabajo que había desempeñado. Shigeto no podría haber estado más feliz.

Esa nueva insensibilidad le dio a Haruya la completa certeza de que no había manera de recuperar al Shigeto real, incluso lo hizo dudar de si quizá ese fuese el verdadero Atsuishi. ¿Podría el primer amigo que tuvo cometer tal barbaridad? Lo contempló por el rabillo del ojo y, apenas lo notó, el rubio le contestó el gesto con una sonrisa de satisfacción. ¿Acaso todo aquel embrollo fue un intento desesperado por llamar su atención? Los intentos de asesinato contra Gazelle, el noviazgo con Nepper, el suicidio de Rhionne... ¿Sólo para que reconociera su existencia? No supo que pensar...

-¡Shigeto! - lo llamó con la voz firme, en tono de reproche, mientras se acercaba a él.

-Vaya - murmuró el aludido con alegría.- Creí, por un momento, que Nagumo-sama ya se había olvidado de mi nombre y existencia - el sarcasmo en sus palabras resultó perfectamente palpable, tanto que Haruya se sintió asqueado.

-¡Deja las tonterías, imbécil! ¿Qué demonios crees que estás haciendo?

-Nada realmente muy importante... Sólo sigo las leyes de la educación que sus padres me dieron, señor: Protejo la razón de mi existencia.

-¡Pues no es la manera correcta! - exclamó, colérico ante la indolencia de su sirviente.- Por tu culpa una de las criadas de Gazelle acaba de suicidarse. Yuki no era una amenaza para mí...

-Con el debido respeto, Nagumo-sama - lo interrumpió el rubio.- Usted ya no es mi protegido, sus padres me arrebataron ese privilegio. Aun así, me tomé la libertad de acoger a alguien más, alguien que sí aprecia mis esfuerzos... Yuki era un peligro para Natsuhiko porque quería apartarlo de la felicidad, y él sólo podrá ser feliz si está a mi lado.

Haruya sintió como la sangre le hervía en las venas. Levantó el puño para golpearlo en la cara, pero Shigeto lo detuvo por la muñeca.

-Mi orgullo como hombre, Nagumo-sama, me pide a gritos que lo mate - retomó.- Pero mi deber como sirviente me lo impide, y de eso debería sentirse agradecido... Ya saldé la cuenta que tenía para con su familia, señor. Pero si continúo aquí es porque Natsuhiko así lo ha decidido... Ahora, con su permiso, debo retirarme. Hay muchos prisioneros esperando su comida.

Haruya lo contempló marcharse de la habitación tomado de la mano de Nepper, quien no parecía muy contento con la charla previa. Una vez ya no estuvieron en el lugar, el pelirrojo se dirigió a su novio. Gazelle se mostraba tan gélido como siempre, en contraste perfecto con sus otras dos sirvientas, Ai y Clara, las cuales lamentaban la muerte de Kurione entre sollozos desgarrados. Fuusuke no era del tipo que lloraban en los funerales, mucho menos de los que valoraban a sus criados como algo distinto a un objeto de baja categoría. Le colocó la mano sobre el hombro en señal de mudo consuelo y, cuando éste se volvió a mirarlo, fue capaz de vislumbrar cierto grado de similitud entre él y Shigeto.

Nadie podría asegurar, con certeza, la razón por la cual Haruya jamás logró amar a Shigeto, aun cuando el rubio era tan parecido a Suzuno. Ambos tenían los cabellos descoloridos, pieles de igual tono, incluso la viveza de sus ojos era la misma, aunque expresaba sentimientos diferentes. Los fríos orbes de Fuusuke destellaban apatía hacia el mundo, mientras que los de Atsuishi ostentaban una inocencia amorosa imposible.

Por un momento se preguntó cómo hubiese sido Shigeto sin la intervención de sus padres. La imagen de un joven sonriente acudió raudamente a su cabeza, exactamente la misma que se dibujaba en las facciones de Atsuishi cuando lo felicitaba. De cierta forma, debía admitir que el sentimiento que mejor le sentaba a la faz del rubio era la sincera felicidad.

Antes de la llegada de Gazelle, el resto de sus sirvientes solían preguntarle por qué no le daba una oportunidad a Shigeto, por ínfima que fuese. Para la vista general de la mafia Atsuishi era, en ese entonces, el novio perfecto. Hermoso, amable y honesto, cabalmente dispuesto a dar lo mejor de él sin esperar nada a cambio. ¿Por qué desperdiciar una oportunidad como aquella?... Nagumo sabía bien la respuesta. No era porque no lo amara - porque claro que podía estar con alguien a quien no quisiese, como el común de las personas hacían en algún momento -. Era porque le resultaba imposible mirarle a los ojos, esos ojos que le recordaban la amargura de su pasado. Haruya siempre estuvo al tanto de la educación que recibió Atsuishi y, aunque la sabía terrible, jamás hizo nada para detenerla. Recordaba haber escuchado sus gritos, la manera tan desesperada en que rogaba clemencia, mientras su melodiosa voz se quebraba poco a poco. Shigeto pasaba los días sumido en una ansiedad exasperante, casi al borde de la crisis. No era de extrañarse que, luego de sus lecciones o ante la menor insinuación, el joven se quebrara en un llanto inconsolable sin previo aviso. Tampoco lo era que, de un momento al otro, hubiese vuelto a mojar la cama a pesar de su edad, aterrado por las pesadillas que lo aquejaban cada noche. Aun así, la agonía de su disciplina sólo se extendió por los primeros meses. La determinación de Atsuishi fue cediendo a favor de la ciega sumisión y la severidad de las lecciones se hizo cada vez menor. Apenas su espíritu se quebró en miles de pedazos, la naturaleza pura de su mirada fue reemplazada por una inocencia artificial, sólo porque Atsuishi prefería ignorar su tristeza y fingir que sus ojos aún no contemplaban la verdadera forma del dolor y la maldad.

Fuese como fuere, había que admitir que el talento interpretativo de Shigeto era excepcional. Resulta evidentemente fácil fingirse completamente inocente cuando sólo has perdido una porción mínima de ella. Pero cuando tu pureza ha sido profanada una y otra vez, entonces la tarea se vuelve prácticamente inhumana. Atsuishi existía en el último escalón mencionado, y aun cuando su ingenuidad trasformada en polvo había volado lejos de sus manos, él se forzaba a ignorarlo. No le gustaba pensar en lo horrible de la vida. Anhelaba olvidar el dolor y seguir confiando en la cuestionable bondad de las personas.

Desde su llegada a las mazmorras de la mansión, Atsuishi presenció las cruentas muertes de más de una veintena de personas en manos de su novio. Y si bien para Natsuhiko, quien veía a los prisioneros como sofisticados juguetes destinados a romperse, no había necesidad de sentir lástima por ellas, Atsuishi lo opinaba diferente. Resultaba contradictorio, para él, la propiedad de su tarea. Por un lado, debía encargarse de cuidar a los reos y, por el otro, debía atarlos a la silla de interrogatorio que a Netsuha tanto le gustaba utilizar. Al final, esta idea de ver morir - y contribuir a ello, además.- a las personas que apreciaba - porque un dependiente emocional necesita ser necesitado, y apreciará a cualquiera que satisfaga ese deseo.- le ayudó a librarse del remordimiento y dotó a su mente de una capacidad de desapego intencional. Atsuishi comprendió que el ser humano es tan frágil como un trozo de cristal y que, por lo mismo, crear lazos estrechos con algo tan delicado como la vida sólo le traería sufrimiento. Curiosamente, y aún en la actualidad, Shigeto jamás sería capaz de aplicar esta regla a Natsuhiko.

Aunque, en realidad, Nepper no obedecía a muchas leyes humanas. De cierta manera, su psicopatía le impedía comprender totalmente algunos aspectos de las personas, sobre todo los relativos a la vida y la muerte. Mientras la mayoría de los humanos luchaban por aferrarse a la vida, él simplemente se reía a carcajada limpia de sus esfuerzos. Para Natsuhiko las personas eran realmente estúpidas, y si se negaban a soltarse del favor de la vida no era porque la amaran, sino por miedo a lo desconocido. Si la gente quisiese la vida con el afán que decía, entonces no se esforzaría en sufrir cuanta penuria tuviese en la nariz, ni mucho menos renegaría a las oportunidades por mantener la absurda comodidad de la rutina. Visto desde esa perspectiva, Netsuha creía firmemente que estar vivo era, en la mayoría de los casos, lo mismo que estar muerto. No se podía esperar, de ninguna forma, que un ser que seguía una pauta fija y no pensaba por sí mismo fuese distinto a un robot, y es bien sabido que los robots no están vivos. Al final, la vida que tenía la mayoría de las personas era una vida falsa, que no distaba nada de la muerte. Aun así, y más curiosamente que antes, Nepper no podía encasillar a Shigeto bajo aquella definición.

¿No sería, acaso, cosa del amor?

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Natsuhiko se incorporó con lentitud, cuidando no despertar a Atsuishi, quien dormía plácidamente a su lado. Le acarició las hebras rubias suavemente antes de retirarse de la cama y estirarse cual gato, mientras localizaba su ropa con los ojos.

Nada mejor que una buena sesión de sexo con su novio luego de tres años de no verse.

Se vistió con calma y salió de la habitación cerrando la puerta lentamente. Ya era bastante tarde; pero si las cosas ahí funcionaban como en la Rosa Negra, sin horarios definidos, entonces todo estaría bien. Ciertamente, le costaría acostumbrarse a llevar una rutina libre de tortura, sangre y gritos, mas, si eso le aseguraba no volver a alejarse de su querido Shigeto, entonces estaba dispuesto a sacrificar esas cosas. Todo por él…

Todo por ellos.

Esbozó una sonrisa de satisfacción. Amaba muchísimo a Atsuishi, y se sentía un tanto estúpido al recordar que durante esos años de lejanía nunca se había enterado de cuánto lo necesitaba y extrañaba hasta entonces. Shigeto era su razón de ser, ese pequeño aliento que lo ayudaba a continuar su camino, sin importar cuan doloroso pudiese ser.

Ahora sólo necesitaba rescatar a Kirino y asesinar a Goenji y Mistrene para asegurarse de completar su vida, de ahí en adelante el resto era historia. Se mudaría devuelta a Japón junto con Atsuishi y buscaría un trabajo acorde a sus capacidades, incluso podría tratar de llevar una existencia medianamente parecida a la de los civiles.

Se acomodó la banda y aceleró un poco el paso. La oficina de Kidou no quedaba lejos de ahí, así que tal vez sería una excelente idea hacerle una visita nocturna. De lo contrario, siempre podría husmear sus papeles para ponerse al corriente de la situación general de la organización y trazar algún plan en base a ello.

Abrió la puerta y saludó a viva voz, pero – como se lo esperaba – no había nadie dentro. Bufó con resignación para luego acercarse a la computadora que reposaba sobre el escritorio prolijamente organizado. Prendió el aparato pensando que a Kidou posiblemente no le molestaría, mas el inicio del sistema operativo le quebró las ilusiones: Necesitaba la contraseña. Golpeó el teclado con la mano derecha y se alejó de la pantalla, dio unas vueltas en la silla giratoria y se decidió por revisar las gavetas del cuarto.

Unas cuantas horas más tarde Natsuhiko yacía recostado sobre una alfombra de papeles, hojeando archivos antiguos. Puso la carpeta a un costado, junto con las demás, y suspiró, no sin antes observar la computadora. No había encontrado nada interesante en el setentaicinco por ciento de los folios que ya llevaba, salvo por registros de "planes a seguir en caso de…" lo cual le confirmaba, sin lugar a dudas, que Yuuto era un verdadero maniaco del cálculo. Realmente no entendía por qué Fudou parecía tan interesado en él…

Hizo un gesto incómodo con los labios. Seguramente todo lo que deseaba saber estaba dentro de la base de datos del aparatejo ese, lo que le hacía lamentar terriblemente el hecho de no haberle insistido a Akio que le enseñara a burlar seguridad informática. Se acomodó el cabello y volvió a su tarea de revisar archivos, mirando los títulos de la última gaveta pensando que algo podría llamarle la atención. Se detuvo en el apartado de la letra G y sus ojos se iluminaron en el acto. Sacó el folio de su lugar y lo abrió sobre sus piernas, encontrándose con un archivo detallado sobre Goenji Shuuya.

-Así que tú fuiste el culpable, maldito bastardo – se dijo para sí mismo, sonriendo de manera macabra.

Se levantó de su lugar y salió de la habitación con la carpeta aún en mano. Ya no le importaba la traición ni Mistrene. No, ahora sus motivos para vengarse de Shuuya eran diferentes… Y sabía que Shigeto sentiría lo mismo.

Al fin podría tomar cartas en el asunto y vengarse por el evento que había destrozado sus vidas… Al fin podría vengar la tragedia de Tanabata.

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Ya está.

Espero este capítulo haya sido de su agrado.

Antes de despedirme, quiero darme el tiempo de dejar una pequeña aclaración, sólo porque sé que quizá algunas personas no lo entienden… Shigeto sufre de neurosis por dependencia emocional, un tipo de trastorno de ansiedad. Las personas con este problema necesitan la aceptación del resto (normalmente de sus parejas) y tienden a ser muy sumisas, por eso mismo Heat se comporta como el perro adiestrado de Nepper. Agregar, además, que no es extraño que los neuróticos en general se relacionen con los psicópatas (Natsuhiko, en este caso -w-)

Ya con eso aclarado, muchas gracias por darse el tiempo de leer.

Con amor, Mitaili Ciz