23: "Demencia contra demencia"

Kidou Yuuto suspiró quedamente, posando sus ojos sobre el espejo retrovisor del vehículo en el que se encontraba. Podía ver a Nepper sentado tranquilamente en el asiento trasero, observándose las uñas como si lo que ocurría en el mundo exterior no fuese algo distinto a una nimiedad absoluta ¿Acaso siempre había sido así de insensible?

– No entiendo cómo puedes estar tan relajado – articuló en un suspiro, sin apartar la mirada del espejo en cuestión.

– ¿Y por qué no debería? – Natsuhiko le dedicó una sonrisa burlona, de esas que solía hacer la mayoría del tiempo. El tipo estaba loco, después de todo.

– Porque Shigeto acaba de irse solo a lo que podría ser, en su mayoría, una misión suicida – respondió el de rastas –. Es tu novio ¿No? ¿No te preocupa que pueda ocurrirle algo?

El psicópata simplemente desvió la mirada hacia la ventana de su izquierda, donde podían contemplarse las luces que manaban por los ventanales del edificio.

Habían partido hace unas cuantas horas en lo que podría denominarse el rescate de Shindou Takuto, y "podría" simplemente porque Kidou aún no estaba convencido de la fiabilidad de la información que había recibido. Natsuhiko había hecho un excelente trabajo interrogando al único testigo del secuestro, mientras que Kariya se había lucido con su inesperado talento a la hora de dibujar retratos hablados. Ese par, con una que otra ayuda de Atsuishi, había logrado reunir una cantidad abrumadora de información en un par de horas, dejando una estela de caos y confusión tras sus pasos. Nepper jamás había sido conocido por utilizar la amabilidad o los métodos más ortodoxos. Fuese como fuere, Yuuto siquiera pudo darse por enterado cuando tenía un informe de proporciones considerables sobre su escritorio, junto con un retrato casi fotográfico y el nombre completo de los bastardos buscados. Pero, como se dice, uno nunca puede estar seguro de los rumores que rondan por los barrios bajos y/o la deep web, aun cuando su compañero castaño era casi una eminencia por esos sectores.

Ahora se encontraban a las afueras del complejo departamental que rezaba el archivo, esperando a que Shigeto volviera con Takuto, si es que lograba salir vivo.

– No digas tonterías – Nepper se volvió hacia el espejo nuevamente, mirándolo a través del reflejo. Podía no ser un contacto visual directo; pero aun así Kidou sentía la mirada azulada de Natsuhiko perforándole el alma –. Amo demasiado a Heat como para exponerlo solo a un riesgo que no pueda manejar. Si lo dejé irse tan de buenas es porque sé que puede arreglárselas por su cuenta… Tal vez no lo parezca, Yuuto, pero Heat es muchísimo más peligroso de lo que la mayoría cree. Incluso Kazemaru quedaría como un inepto a su lado.

Las palabras pronunciadas hicieron que algo en el interior del estratega trepidara con insistencia.

Ciertamente, no lograba estar seguro de las habilidades de Atsuishi. Podía llevar tres años dentro de la Rosa blanca; pero su calidad de "ermitaño" apenas le había dado la oportunidad de conocerlo. El rubio casi no había salido de su habitación durante ese tiempo, y cuando lo hacía eran muy pocos los que contaban con la suerte – o el infortunio – de verlo y/o cruzar un par de palabras con él.

De una u otra forma, su apariencia tampoco vislumbraba algún indicio importante de agresividad o de mínima amenaza, lo que podría constituir, en primera instancia, un punto a favor basado en las posibilidades de subestimación. Sin embargo, también podía ser que esa aparente falta de peligrosidad fuese lo que realmente parecía y no el disfraz que deseaba fuese. Siendo así, Yuuto no podía asegurar si Heat tenía las capacidades necesarias para desempeñarse con un arma – fuese del índole que fuese – y/o, mucho menos, si sería capaz de manejar una situación de combate real. El chico podía ostentar una inteligencia sádica envidiable, casi a la par de la de su novio; pero una cosa es ser un neurótico consumado y otra, muy diferente, es ser un asesino experimentado.

El joven de rastas suspiró, antes de dejar sus gafas sobre el tablero del vehículo.

Las posibilidades de Shigeto eran, a su parecer, más desalentadoras de lo esperado. Sin embargo, condecorar al hermoso rubio con el beneficio de la duda era un lujo que se permitía. Debía admitir que la rapidez con la que desenfundó su machete para amenazar a Endou, hacia unos días, lo había sorprendido de sobremanera. Sin duda el chico contaba con unos reflejos increíbles, además de la ciega lealtad – y estupidez – suficiente como para cumplir todas las indicaciones de Natsuhiko, aún si su vida peligraba en el proceso.

Atsuishi lo amaba demasiado como para permitirse fallar.

Al final, esa infinita devoción que Heat le profesaba a su novio era, en definitiva, una carta que no podía menospreciarse. Atsuishi estaba perfectamente preparado para hacer cualquier cosa por Nepper, incluso adentrarse solo a un lugar completamente desconocido, armado únicamente con el cuchillo de carnicero que siempre traía bajo su ropa. Kidou creía firmemente que una osadía como aquella era una real estupidez, sobre todo cuando el rubio se negó tajantemente a llevar la pistola que le había ofrecido, aduciendo al pretexto de que un disparo alertaría al edificio completo. Una vez Shigeto atravesó la mampara del lugar, Natsuhiko se encargó de explicarle que al rubio jamás le habían gustado las armas de fuego, simplemente porque lo privaban de la emoción que un artilugio de combate cuerpo a cuerpo le otorgaba.

Eran cosas como aquellas las que lo hacían dudar enormemente del juicio de sus compañeros. Los dos estaban dementes, no por nada uno era psicópata y el otro neurótico; pero si el sólo pronunciar sus nombres en su natal Japón causaba pánico colectivo, quizá no todo estaba tan perdido.

A fin de cuentas, Shigeto seguía siendo el más enigmático y hermoso misterio de toda la Rosa blanca.

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El sonido de la opera que normalmente llenaba la habitación comenzó a distorsionarse a su alrededor. Shindou Takuto sintió como el mundo daba vueltas y vueltas por todos lados, sin ningún orden específico, mientras Tenma retiraba la aguja que había clavado en uno de sus brazos. No sabía qué demonios tenía esa jeringa; pero, conociendo a Matsukaze, podría haber sido cualquier cosa.

– Eso te ayudará a mantenerte tranquilo – le dijo, sonriendo tan infantilmente como solía –. ¿Sabes? Hoy hablé con Kyou. Le dije que si me daba a Kazemaru no te mataría… Por ahora.

El músico hizo un gesto extraño con el resto, no por las palabras, sino porque no podía pensar con claridad. Sin importar cuánto intentase evocar una idea medianamente coherente, lo único que su cerebro procesaba era cómo los colores se movían de un lado a otro, superando los límites de los objetos que los contenían. La voz de Matsukaze cambiaba de aguda a grave por cada segundo, incluso podría jurar que se sentía como si el chico le estuviera hablando a una velocidad tortuosa debajo del agua.

Tenma hizo un puchero de rabia cuando notó que Takuto estaba demasiado ido como para prestarle la atención o el peso necesario a sus palabras. Pensó que ir con Taiyou sería una maravillosa idea, mas recordó que Amemiya había salido al mercado para comprarle algunos dulces, por lo que estaba "solo" en casa. Caminó en círculos por la habitación un rato mientras pensaba qué hacer, hasta que divisó los cuchillos a un costado del músico. Los tomó y se sentó en una silla que tenía a un lado del lugar, comenzado afilarlos para pasar el rato.

– Oh tú, Ángel sabio y bello, de alabanzas privado, Dios que fue por la suerte adversa traicionado, ¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria! – comenzó a recitar –. Príncipe del Destierro, con quien se fuera injusto, y que, vencido, siempre te yergues más robusto…

– ¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tenma abrió los ojos con espanto y sorpresa al escuchar aquello. Sostuvo uno de los cuchillos por el mango y levantó la mirada hacia la puerta, de donde había surgido aquella voz.

– Las letanías de Satán de Charles Baudelaire, una de mis favoritas, pero ¿No crees que son un poco oscuras para un niño de tu edad?

El sonido dispar y desconocido de aquella voz llamó la atención de Shindou, obligándolo a voltear el rostro hacia su dirección. Lo que sus ojos le mostraron en ese momento se le antojó como una aparición maravillosa y aterradora. No lo había visto antes, no sabía quién era, pero por la postura de Tenma pudo adivinar que su presencia no era bienvenida. Era un joven rubio de ojos verde azules, enfundado en un traje negro de corte militar. Quizá fuese por los colores del ambiente y la droga en su sistema; pero aquel chico era rodeado por un aura llameante en tonalidades de rojo a negro, casi como un incendio en el mismísimo infierno. Su sola presencia le infundía leves descargas de terror, mientras presenciaba como cada uno de sus parpadeos tensaba el ambiente, como cada respiración que daba intoxicaba el aire.

– Es de muy mala educación acudir a las fiestas cuando no eres invitado – Tenma apretó más el mango de su cuchillo, sin romper el contacto visual –. Y los niños mal educados no tienen derecho a comer pastel.

– No es a la fiesta a lo que he venido – el cálido semblante en su rostro cambió a uno agresivo, aun cuando la sonrisa que adornaba sus labios no había desaparecido –. Entrégame a Shindou por las buenas y no tendré que estrangularte con tus intestinos.

El músico abrió los ojos, mientras su cabeza se mecía de un lado para el otro. Todo pareció cobrar sentido en ese momento, incluso si su capacidad de razonamiento se hallaba tan horriblemente mermada. Más de una vez había escuchado de un miembro particularmente anormal dentro de la rosa, si no mal recordaba su nombre era Atsuishi Shigeto, un joven japonés – nacido y criado en Okinawa – entrenado como guardaespaldas. Su madre fue una de las pocas personas que logró tratar con él durante los tres años anteriores y, aunque sabía que las posibilidades de que se conocieran eran bajas, le advirtió que se mantuviera alejado de él si lo veía. Siendo ella japonesa había tenido la oportunidad de enterarse de todos los cometidos y rumores que le habían atribuido al rubio y a su novio, antes de la caída de la yakuza de los Nagumo después del accidente de Tanabata: Cuarenta y siete asesinatos y más de una centena de heridos de gravedad, sin contar todas las personas que se esfumaron en el aire dentro de la sala de juegos de Natsuhiko y los que se suicidaron por su culpa.

Y, a diferencia de Kazemaru, la profesión de Atsuishi no era el asesinato.

– ¡No vas a llevártelo, él es mío! – Matsukaze avanzó dos pasos y luego los retrocedió, mientras hacía gestos exuberantes con ambas manos –. ¡Si te lo llevas no voy a poder vengarme de Kyou!

El joven pareció comenzar a hiperventilarse, al tiempo que sus ojos se colmaban de agua rápidamente, estancada, sin decidirse si caer o no.

Claro que no permitiría que se lo arrebatara, no ahora que el final perfecto de su acto estaba tan cerca. Había pasado tantas horas planeando la venganza definitiva, fantaseando con presenciar el alma de Tsurugi escapándosele del cuerpo, rompiéndose y estallando como una copa de cristal al enfrentar el concreto. Quería ver a Kyosuke destrozado en el suelo, exactamente igual a como él lo había estado por sus engaños.

Shigeto lo observaba desde el dintel de la puerta, tan indolente como siempre había sido. Le parecía patético tener que malgastar su tiempo en rescatar a un millonario llorón y consentido de las garras de un adolescente jugando a ser un torturador mafioso. Se sintió afortunado y agradecido de que Natsuhiko no estuviese allí para contemplar la barbaridad que se cernía frente a sus ojos, en la forma de un montón de torturas absurdas y mal ejecutadas.

– Ya veo – el rubio suspiró con molestia, sabiendo que eso le haría perder más de sus valiosos momentos de calidad con Nepper –. Lo haremos de la manera difícil entonces.

Bastó sólo un simple parpadeo para que Shigeto ya estuviese a un costado de Tenma, con cuchillo en mano, tratando de apuñalarlo. El castaño logró defenderse de la estocada gracias a la velocidad de un reflejo oportuno; pero eso no lo protegió de la fuerte patada que recibió de lleno en el estómago. Su cuerpo se disparó contra la muralla a sus espaldas junto con el cuchillo que sostenía, el cual fue a dar a un par de metros de su alcance.

– No pensé que esquivarías la primera – Shigeto se llevó el arma a la altura de la boca, recogiendo la sangre del filo con la lengua –. No fallaré la segunda.

Apretó el mango con fuerza y se abalanzó sobre Tenma. El castaño atinó a tomar el vaso de alimento líquido que le había dado a Shindou aquella mañana – cosa que el músico se negó a aceptar – y le lanzó el contenido a la cara. Shigeto cerró los ojos por instinto, momento que Matsukaze aprovechó para huir gateando, en dirección a su cuchillo.

Shindou observaba la masacre en cámara lenta. Podía contemplar el rostro aterrado y desesperado de Tenma, quien trataba de defenderse de los rápidos y constantes ataques de Shigeto. Prontamente las mangas de la gabardina del castaño se hallaban llenas de cortes y manchas de sangre, demostrando la brutalidad de las estocadas. Heat blandía su arma como si ésta formase parte de su cuerpo, propinando golpes limpios y certeros. Su técnica en el combate era increíble, y por su semblante cualquiera podría haber dicho que de verdad lo disfrutaba.

Le resultaba curioso el hecho de que Atsuishi hubiese decidido tomar el cargo de negociador cuando sus habilidades resultaban tan sorprendentemente inhumanas. Quizá simplemente había sido que aquello le permitiría mantenerse en contacto con su novio, aun cuando eso significase sólo escuchar su voz y hablar del "trabajo". Fuese como fuere, haber conocido su inesperado talento con las armas podría, seguramente, haberle salvado la vida a Hiro, el hermano gemelo de Hiroto, el día en que Kazemaru perpetró el atentado que ahora lo hacía pender de un hilo.

Sin importar cuántas vueltas le diese al asunto, Shigeto le brindaba más preguntas que respuestas, sobre todo cuando su cabeza divagaba de un lado al otro.

Escuchó el sonido metálico de ambos cuchillos encontrándose e, incluso, podría haber jurado ver algunas chispas flotando en el aire. La espalda de Tenma tembló al sentir el frío de la pintura haciendo contacto con su cuerpo, dándole a entender que se hallaba completamente acorralado. Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Shigeto antes de llevar su arma tan hacia atrás como le fue posible, listo para darle el golpe final.

Matsukaze apretó los ojos, casi en señal de que se estaba despidiendo de su existencia. Pudo ver su vida pasando a una velocidad de vértigo por su cabeza: Todos esos momentos de dolor, la horrenda traición de Tsurugi, el día que conoció a Taiyou, cuando se hicieron novios y se dieron su primer beso, incluso la promesa de un futuro juntos y sus anhelos de venganza. ¿Podía dejar que todas esas cosas se fuesen a la basura tan fácilmente?

Abrió los ojos sabiendo que todo en su pequeño mundo retorcido estaba perdido, desvaneciéndose en una escala monocromática hasta el negro. Pero, de pronto, una luz centellante se abrió paso dentro de aquel caos, en la forma de una abertura en el ataque de Shigeto.

Sostuvo el arma con fuerza y, antes de que Atsuishi pudiese defenderse, lo apuñaló directamente en el cuello.

– ¿De verdad creíste que sería tan fácil?

Los ojos de Tenma se abrieron de par en par, mientras sentía como su brazo se desviaba violentamente hacia un costado. El fuerte eco metálico que revotó en la habitación hasta sus oídos le pareció el complemento perfecto para el gesto tan terrorífico que Atsuishi le dedicaba. Sintió un dolor punzante en el estómago, al tiempo que su gabardina se teñía de la cálida sangre que se desprendía de sus vísceras.

Shigeto colocó su pie sobre el pecho del chico y se ayudó de este para retirar el cuchillo de su interior, haciendo que Tenma se pegara completamente en la muralla, antes de comenzar a deslizarse suavemente hacia abajo.

– Taiyou – fue lo poco que logró articular el castaño, casi inaudiblemente. Sus ojos se empañaron de lágrimas de un momento al otro, al tiempo que estiraba su mano débilmente hacia la puerta, como si eso pudiese ayudarlo.

Shigeto se volvió hacia Shindou sin más, sabiendo que el otro no tendría las fuerzas para levantarse. Se abrió el cuello alto de su chaqueta militar para dejar escapar el calor de su cuerpo, descubriendo el collar de metal brillante que Natsuhiko le había regalado. Nunca pensó que Tenma fuese lo suficientemente ingenuo como para caer en una trampa tan evidente como aquella. Si había algo que Atsuishi había aprendido en sus años de entrenamiento había sido a no dejar huecos en su defensa, a no ser que tuviese un plan de respaldo que le permitiese exponerse de aquella forma. Al final, su intuición le había ayudado a prever los movimientos de Matsukaze con la exactitud acostumbrada, haciendo que su estrategia fuese, como siempre, perfecta.

Forzó las ataduras de Shindou con un par de horquillas que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón, justamente las mismas que usó para abrir la puerta principal del departamento sin hacer mucho escándalo. Miró a Shindou con cierto grado de asco y lástima antes de echárselo sobre la espalda, dispuesto a salir pronto de ahí.

Había sido mucho más fácil de lo que se había imaginado.

– Fue un placer conocerte, Matsukaze Tenma.

El aludido simplemente lo observó marcharse por la puerta, llevándose consigo la llave maestra de sus propósitos. Quizá la venganza contra Kyosuke tendría que esperar, si es que lograba salir con vida.

– Taiyou, por favor, ayúdame…

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Capítulo 23 listo y sólo me queda decir "Estoy segura que más de una se tragó lo de la puñalada en el cuello" XD… Vamos, amo demasiado a Shigeto como para matarlo de esa forma, sobre todo si el que lo ataca es Tenma.

Como sea, espero hayan disfrutado este capítulo. Muchas gracias por darse el tiempo de leer.

Con amor, Mitaili Ciz.