30: "Por quien amo…"
Cuando Atsuishi Shigeto volvió a la habitación que compartía con Natsuhiko, un sentimiento de preocupación se abalanzó sobre su corazón al no encontrarlo ahí. El castaño se había retirado del lecho poco después de hacerle el amor. No era raro que Netsuha saliera de la cama apenas el rubio caía en un profundo sopor, simplemente era una costumbre molesta que había tenido desde siempre. De una u otra forma, Heat la detestaba. La sensación vacía de despertar solo le partía el alma, cosa que no mejoraba cuando la calidez de las sábanas que reposaron bajo el cuerpo de aquel al que amaba ya no existía. Muchas veces se acomodaba en ese espacio frío, mientras respiraba contra la almohada en silencio, llenándose los pulmones con esa fragancia que le alborotaba los sentidos, en un inútil intento de sentirlo a su lado.
No le agradaba estar solo, mucho menos luego de haberse unido de aquella manera a Natsuhiko.
La separación había sido corta; pero, aun así, ansiaba enfermizamente tenerlo nuevamente a su lado.
Se acostó en la cama, en el lugar de Natsuhiko, perdiéndose en el aroma que guardaban las sábanas. Quería pensar que Netsuha abriría la puerta de un segundo al otro y lo abrazaría cariñosamente por la espalda, antes de susurrarle tiernamente al oído lo mucho que lo amaba. Tristemente, él sabía que eso jamás pasaría.
Nepper nunca le había dicho abiertamente que lo amaba, siquiera que lo quería. Y si bien Shigeto se alegraba inmensamente al escuchar expresiones tan ambiguas como eran un "me gustas mucho" o un "me encanta tu cuerpo", él sabía que eso no estaba siquiera cerca de ser un te amo real, independientemente de que él así lo interpretase.
A veces se preguntaba si Netsuha estaba con él por conveniencia, deseo o amor, aunque la mayoría de las ocasiones prefería no pensar en ello. Era más fácil simplemente enfrascarse en la idea de que lo amaba y que no se lo decía porque era muy tímido – o alguna imbecilidad por el estilo... Era mucho más fácil confiar ciegamente en él y evadir la dureza de la realidad.
Giró sobre el colchón un par de veces, enredándose en las sábanas de algodón.
No le gustaba pensar que Natsuhiko no lo amaba, porque eso significaba que podría dejarlo por cualquier otro, y eso sería un golpe que no podría volver a soportar. Netsuha le había prometido que jamás lo abandonaría, que estarían juntos para toda la eternidad, que podrían ser felices teniéndose el uno al otro, mas, Heat sabía que no podía confiar en su palabra. El psicópata no entendía lo que era mantener sus promesas…
Al final, la fiera agresividad con la que el rubio solía actuar no era más que otro método de defensa. No quería que alguien tratase de quitarle a Nepper, razón por la cual hacía hasta lo imposible por alejar a cualquiera que se le acercase. Su ansioso y deprimido corazón no aguantaría que encontrase la felicidad en los brazos de otra persona, y era precisamente eso lo que lo atormentaba aún más implacablemente desde que el castaño había llegado a la Rosa blanca.
Él creyó religiosamente que, cuando Nepper estuviese nuevamente con él, ambos serían enormemente felices, pero todo indicaba que se había equivocado.
Natsuhiko no se veía diferente a cómo lo recordaba. La misma mirada ardiente, el mismo peinado rebelde, la misma forma de hablar, incluso su manera de caminar seguía ahí, mas, eso que deseaba fervientemente que aún permaneciera en su corazón se había desvanecido. No podía encontrar en él esa aura de felicidad que desprendía cuando estaba a su lado, ni siquiera sentía que su sonrisa prepotente y burlesca le expresase el mismo amor de antaño.
Tenía tanto miedo…
Nunca quiso pensar que las palabras que Netsuha le había dicho antes de marcharse de Japón fuesen reales. Eso de "Eres un estorbo en mi camino, no quiero volver a verte" siempre se le antojó a palabras llenas de ira por la muerte de lo que ellos dos consideraban su familia. Por eso lo había seguido hasta Rusia tan pronto averiguó su paradero, esperando que el castaño lo recibiese con los brazos abiertos y el corazón lleno de alegría. Lamentablemente las cosas no fueron así. Apenas pisó tierras euroasiáticas, llevando nada más que el collar que Nepper le había obsequiado, lo poco que logró levantar de su mundo volvió a irse abajo. Se sintió solo y desconcertado en un país que no conocía, sin dinero ni un concepto siquiera básico del idioma.
Sobrevivió los primeros meses colándose en casas de ancianos solitarios y sin familia. Simplemente buscaba el momento oportuno para entrar sin ser descubierto, antes de matar al indefenso propietario – siempre haciéndolo parecer un accidente fortuito – y quedarse a vivir allí por unos cuantos días, hasta que el olor a descomposición o la falta de movimiento alertaba a los vecinos.
El sistema funcionó de maravilla durante bastante tiempo. Vivía de manera cómoda y despreocupada, casi como un civil promedio; hasta que, en la mudanza número quince, fue descubierto. La policía llegó a una velocidad impresionante, sonando las alarmas como si la vida se les fuera en ello. Entraron a la casa armados hasta los dientes; pero lo único que salió del recinto fue un hermoso joven rubio, el cual se dio a la fuga en una de las patrullas.
El pánico en Moscú estalló esa tarde, en la forma de una épica persecución por las calles de la ciudad.
Recordaba haber conducido durante tres horas, sin tener ni la más mínima idea de cómo se piloteaba un automóvil, simplemente daba vueltas en círculos por las calles, con el pedal a fondo y la palanca de cambios en quinta. Ahora le parecía una estupidez de su parte haber hecho semejante espectáculo, sobre todo luego de haber asesinado a los cuatro policías que allanaron la casa en la que iba a vivir.
Se volteó hacia el techo, con una sonrisa divertida adornándole las facciones.
Cuando se le acabó la gasolina aparcó contra una farola del alumbrado público, antes de correr hacia cualquier lugar. Las calles eran un completo desastre. La gente gritaba y corría de un lado para el otro, mientras algunos transeúntes con ansias de sentirse héroes se unían a la policía en la carrera por tierra. Atsuishi podía escuchar los disparos y, ocasionalmente, sentir las balas en su cuerpo. En momentos como aquellos no podía menos que agradecer haber sido entrenado para ese tipo de situaciones, sino que también de haber tenido la brillante idea de tomar el chaleco antibalas de uno de los uniformados que asesinó.
Nunca supo cuánto corrió; pero cuando por fin pudo detenerse, al pasar el peligro, se dio cuenta de que era de noche. Saltó la cerca de la mansión que vio frente a él, escondiéndose entre los arbustos. Pasó gran parte de la madrugada quitándose las balas de las piernas, esperando no ser descubierto. Sabía que a esas alturas su rostro estaría en todos los noticiarios y que, probablemente, el video de la persecución ya sería un hit en Youtube.
Nunca esperó que, a la mañana siguiente, sería despertado por la áspera sensación de la lengua de un perro paseándose por su mejilla. Apenas abrió los ojos se encontró con el pequeño cachorro, moviendo la cola con entusiasmo, antes de acostarse panza arriba, como esperando a que jugara con él. Lo miró con intriga, antes de que una encantadora sonrisa se dibujara en sus labios, esa misma que desapareció apenas el dueño del animal irrumpió en su escondite.
–Gran ¿Qué te he dicho sobre esconderte de esa manera? – vio a un anciano de piel oscura y cabellos verdosos acercándose, para luego sostener al cachorro en sus manos –. Buenos días – lo saludó entonces, sonriéndole –. Espero que Gran no te haya molestado.
Atsuishi hizo un gesto extraño con el rostro, confundido a más no poder. Situaciones como aquella rebasaban su nivel de comprensión lógica, dándole a la palabra "random" un nuevo y sorprendente significado. De entre todos los finales que pudo haber esperado, ese era el más absurdo de los imprevistos.
–No, está bien – le respondió con simpatía, mientras buscaba el cuchillo que escondía a sus espaldas. No dejaría que un semblante de ternura le destrozara la guardia –. Es un perrito muy lindo.
–Claro que lo es – rió el anciano, acariciándole el pelaje –. Aunque lo sería más si no hiciese tantas travesuras… Por cierto ¿Quieres pasar a tomar algo? Puedes tomar una ducha y lavar tu ropa si lo deseas. Seguramente lo necesitas luego de haber pasado la noche aquí – ofreció de pronto, sin desvanecer el gesto de su rostro.
Los ojos del rubio se afilaron, mientras brillaban, haciendo que se levantara de golpe. Puso el cuchillo a la vista, dándole a entender que atacaría a la mínima provocación. No estaba en una posición cómoda ni en el lugar más apropiado, pero sabía que podía matarlo.
– ¿Cómo sabes que estuve la noche aquí? – preguntó el rubio, con el tono mordaz que solía usar en aquellos momentos.
–Mis guardias te vieron por las cámaras de seguridad… Estaban bastante nerviosos por el espectáculo que montaste ayer en la tarde, pero les dije que estaba bien – admitió. Así que ya toda Rusia lo conocía –. Tener al grandioso Atsuishi Shigeto de visita en la mansión es un verdadero honor.
El menor abrió los ojos aún más de lo que ya estaban, aflojando el agarre de su arma. Se llevó las manos al estómago con naturalidad, antes de comenzar a reír con energías maniáticas.
–Dios, es increíble que estos rusos bastardos hayan averiguado mi nombre. Al parecer descubren cosas con la misma facilidad con la que mueren – habló como pudo, en su natal japonés. Le parecía increíble que en los noticieros estuviesen ya dando su nombre, sobre todo cuando era un extranjero que no tenía más fama que la del bajo mundo nipón.
–Oh, no. Esto no tiene nada que ver con la información que dan en la televisión – el anciano le sonrió nuevamente, imitando el idioma a la perfección, aunque Atsuishi estaba demasiado ocupado en tratar de respirar como para prestarle la atención necesaria –. En este rubro es esencial conocer a la competencia, sobre todo cuando son el terror de su propio país. Es increíble que, aún después de aquel incendio, tú y Netsuha…
Un flash plateado centelló frente a sus ojos, acompañado de la sensación fría del metal sobre su cuello. Shigeto lo miraba con odio, casi como si el verde de sus orbes tratase de atravesarlo. Un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo. Mucho había escuchado del "perfecto" guardaespaldas, de lo que él y su novio habían hecho y de lo que eran capaces. Tener la oportunidad de contemplarlo en vivo y en directo era alucinante, alucinante y verdaderamente aterrador. Sabía que podría matarlo en un segundo, incluso dejarlo inconsciente en la mitad de eso. Las habilidades de Shigeto debían ser exactamente iguales o superiores a las de Ichimonji Kirito, el sirviente de los Shindou, a quién había conocido en una de sus citas de negocio a la elegante residencia.
Ambos eran un par de asesinos temibles, criados bajo la dureza del mismo entrenamiento, mas, eso no los hacía iguales. Shigeto no tenía modales ni elegancia, mientras que Ichimonji había tenido que complementar el salvajismo de su disciplina con la alcurnia que caracterizaba a su familia regente. El pelirrojo era un caballero en toda la extensión de la palabra; pero, a pesar de ello, su protegido estaba enamorado de otra persona. Caso contrario era el de Atsuishi, quién tenía a Natsuhiko consigo a pesar de comportarse como un animal adiestrado.
El anciano sonrió con mayor amplitud. Y si bien su plan no era morir aquella mañana, debía admitir que no le parecía mala idea perecer bajo la mano de aquel joven. Cuando la señora Miyabi, la madre de Shindou, le relataba vagamente las andanzas de Prominence – como se hacían llamar los diez jóvenes comandados por Nagumo Haruya –, no había podido evitar sentir cierta atracción por lo que él consideraba el asesino perfecto. Atsuishi Shigeto no tardó en transformarse en algo así como un amor platónico, aun cuando sabía que el corazón del rubio le pertenecería eternamente a Natsuhiko.
– ¿Qué sabes de él? – los ojos de Heat centellaban intensamente en ese momento, dejando vislumbrar ese aire a devoción y amor enfermizo que bullía en su interior –. ¡Habla de una puta vez, viejo asqueroso! ¡¿Qué sabes de Nepper?!
–No más de lo que tú debes saber – la mueca de disgusto que se dibujó en las facciones del rubio le pareció adorable –. Ni siquiera la señora Miyabi, que es la que entiende de esto, sabe qué pasó con él…
–Tsk – sintió el filo alejarse de su cuello, mientras contemplaba cómo Atsuishi se volteaba, dispuesto a marcharse del lugar.
Debía admitirlo, era mucho más hermoso de lo que se lo imaginaba.
–Pero, si te interesa, quizá podamos ayudarte a buscarlo…
Shigeto giró nuevamente sobre la cama, mirando hacia el muro que daba a la puerta. La almohada cayó pesadamente al suelo, levantando una fina capa de polvo.
Después de ese día había comenzado su vida en aquella mansión, como un miembro más de la célebre Rosa blanca; pero, a diferencia de sus compañeros, él no estaba interesado en toda esa basura de asesinar a Kageyama. Se mantuvo aislado del resto porque simplemente no le importaba conocerlos y llevar una relación de amistad y/o cordialidad con ellos. Si estaba ahí era para encontrar a Nepper y traerlo de vuelta a su lado, donde él sabía que pertenecía… o eso era lo que pensaba en ese entonces.
Últimamente las cosas estaban sucediéndose de una manera demasiado extraña y, ciertamente, no podía evitar cuestionarse aquello que defendía como sus más profundos ideales y pensamientos. Él seguía amando a Netsuha con la misma intensidad de hace ocho años. Pero comenzaba a preguntarse si el castaño continuaba haciéndolo o, de plano, si jamás lo había hecho. Le dolía pensar que su relación fuese el siguiente paso de lo que hubiese podido tener con Burn en su infancia: Un amor unilateral correspondido sólo por el deseo de una recompensa.
Tocó el collar suavemente con las yemas de sus dedos, sintiendo el frío del metal que recubría el cuero. Pasase lo que pasare, él jamás olvidaría la promesa que le había hecho a Nepper: Velar por su felicidad y bienestar aún si eso requería sacrificar su vida. Estaba dispuesto a darlo todo por él, incluso si Netsuha amaba a otra persona… Había jurado pertenecerle para siempre y cumplir su cometido, validándolo a través de la correa que había puesto en sus manos como regalo de segundo aniversario.
Pero ahora… Ahora realmente no sabía si podría seguir viviendo sin él.
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Shindou dejó la pluma que sostenía sobre la mesa, dando por finalizado el larguísimo informe que Kidou le había pedido entregar antes de ser secuestrado. De cierta forma sintió que podía volver a respirar con calma. Ahora que por fin había vuelto a su aburrida rutina, algo en su interior le recordaba que había librado sano y salvo… en su mayoría.
Acomodó las hojas golpeándolas suavemente contra la madera, antes de engraparlas en una esquina. Las guardó en el primer cajón del escrito y se levantó de la silla, no sin sentir una punzada de dolor subirle por las piernas. Se detuvo por un momento, escuchando cómo la puerta golpeaba ligeramente contra el marco de madera.
Eran las tres de la madrugada e Ichimonji se encontraba fuera de su habitación, cuidando que nadie se acercase. Le parecía realmente ridículo que su madre llegase hasta aquel nivel de paranoia respecto a su seguridad, aunque siempre había sido de esa manera.
Cuando eran pequeños Kirito siempre pasaba la noche recargado en su puerta, peleando contra sus párpados. Aún recordaba esos días en los que lo hacía irse de espaldas al piso, abriéndole la puerta de golpe, asustado por las pesadillas y los monstruos que vivían bajo su cama. Entonces Kirito lo acompañaba hasta que se dormía, arrullándolo con una melodía muda y reconfortándolo con todo ese amor que jamás sería correspondido. Cada vez que lo necesitaba el pelirrojo estaba ahí, esperándolo con los brazos abiertos, dispuesto a escuchar sus secretos y resolver sus problemas.
No recordaba, en su infancia ni en su adolescencia, haberlo visto con una expresión diferente a una sonrisa o una mueca de total indolencia. Ichimonji siempre se había esforzado por ser fuerte en su presencia, aun cuando lo había escuchado llorar en la silente oscuridad de su habitación. El pelirrojo había soportado el infierno en carne propia no sólo por los designios de su madre, sino también por su propia inadmitida y patética debilidad. Y mientras él lloraba sobre los retazos de su cabello, Kirito permanecía inexpresivo ante un charco de su propia sangre y el dolor punzante de sus huesos rotos y astillados, enterrándose profundamente en su carne.
Bajó el rostro sintiéndose terrible y, hasta cierto punto, comprendiendo la razón por la cual Shigeto lo miró con tal asco al rescatarlo. Ambos, tanto él como Ichimonji, cargaron sobre sus espaldas la ineptitud de sus protegidos durante años, pagando una debilidad que no les correspondía como propia. Si hubiese sido un poco más fuerte las cosas quizá hubiesen tomado un rumbo distinto…
Porque quizá…
–¿Desea algo, Shindou-sama? – el castaño negó levemente, soltando el picaporte de la puerta que acababa de abrir. Sus ojos permanecieron fijos en aquella postura casi militar que su madre siempre le había exigido.
¿Podría sentirse más arrepentido?
Porque quizá Ichimonji sería ese chico tierno y risueño que siempre debió haber sido, ese que ahora era la sombra de un asesino.
– ¿Kirito, cuántas veces debo decirte que me llames por mi nombre?
–Mis más profundas disculpas, Takuto-sama. No volverá a ocurrir – y ahí estaba otra vez, esa máscara que siempre le había mostrado… – ¿En qué puedo servirle?
…Y de alguna manera su sonrisa seguía siendo tan cálida, aún a pesar de ello.
Titubeó un par de segundos, saltando entre pensamientos y recuerdos. Claro que conmemoraba todo lo que Kirito había hecho por él, y hasta cierto punto estaba realmente agradecido por ello, sin importar si lo había dicho o no. Desde pequeño le habían inculcado la idea de que los sirvientes de la familia eran sólo cosas, algo que estaba para ser usado sin necesidad de permiso o agradecimiento; pero aquel joven de piel oscura nunca encajó por completo en su modelo de "objeto". Había algo en sus ojos negros que destellaba con fuerza, reafirmando el alma que el resto de sus criados habían perdido con el paso de los años. Ichimonji era diferente a todo lo que había conocido… hasta que logró vislumbrar el cálido sentimiento con el cual Shigeto contemplaba a Natsuhiko...
¿Tanto lo amaba? ¿Tanto como para soportar todo aquello?
–Yo… – se detuvo en el acto, sin poder enfrentar sus miradas, aun cuando sabía que Ichimonji jamás lo miraba a los ojos. Las cosas habían cambiado mucho desde que ambos eran unos niños, y eso lo hacía añorar profundamente poder regresar a esos días –… ¿Puedes quedarte conmigo hasta que me duerma?
Ichimonji hizo un gesto de sorpresa innegable, sintiendo cómo su rostro se calentaba levemente por el sonrojo. Mantuvo la expresión estática de siempre, mientras sus ojos destellaban con ese amor imposible que albergaba, antes de ofrecerle una reverencia sintética.
–Como usted ordene, Takuto-sama.
La estancia era mucho más grande y lujosa de lo que se había imaginado, seguramente Miyabi había exigido ese tipo de tratos para con su hijo. El aspecto del lugar era particularmente similar al cuarto que Shindou tenía en su mansión: Los mismos colores, los mismos implementos, la misma disposición. Vivir en ese lugar no sería diferente a como había sido en los aposentos que habitó en su infancia… Seguramente ahí tampoco tendría una habitación propia, siquiera compartida.
Tomó asiento en una pequeña silla que descansaba a un costado de la cama del castaño, mientras éste se cambiaba de ropa en su baño personal. Una risilla ligera escapó de sus labios: cuando eran niños Shindou solía cambiarse frente a él, gesto que él mismo jamás había podido imitar. No era porque fuese excesivamente tímido – aunque lo era –, sólo no quería que su amo viese sus cicatrices. Lo que menos deseaba era preocuparlo, sobre todo cuando no lo merecía.
La puerta emitió un chirrido suave al abrirse, permitiéndole a Shindou acercarse hasta su cama. Era un tanto incómodo volver a esos modos que tenía cuando era pequeño, sobre todo cuando habían pasado más de ocho años desde la última vez. Sin embargo, muy en el fondo no se arrepentía de nada, las preocupaciones parecían disiparse muy suavemente en el aire gracias a esos pequeños gestos.
Se metió bajo las sábanas con cuidado, sabiendo que Ichimonji no se había movido ni medio milímetro desde que le ordenó tomar asiento.
–Que tenga dulces sueños, Takuto-sama – dijo el mayor, viendo como Shindou se quedaba estático, con los ojos fijos en la pintura blanca del techo – ¿Hay algo que le moleste, amo? Puedo esponjar su almohada o traerle un vaso de leche tibia si así lo desea.
–No, no es necesario. Estoy bien así – suspiró despacio, con la ansiedad brillándole en el rostro.
–Disculpe mi atrevimiento; pero su estado es culpa de Atsuishi Shigeto ¿Verdad, Takuto-sama? – el castaño lo miró con un gesto de incredulidad, aun cuando todo estuviese completamente claro –. No necesita preocuparse por él, amo. Tengo instrucciones estrictas de protegerlo y, aún si no las tuviese, lo defendería de ese animal hasta con mi vida de ser necesario… Ahora, por favor, descanse. Hoy ha tenido un día agotador, necesita reponer sus energías.
Una sonrisa fantasmal se dibujó en sus facciones, como una muestra fugaz de la felicidad y la frustración que se gestaban en su interior. Su cuerpo comenzó a abandonarse lentamente hacia el sueño entonces; y, antes de desvanecerse completamente en la oscuridad de la inconciencia, el cálido tacto de los labios de Kirito sobre su frente lo despidieron del mundo real.
–Yo seré fuerte por ti, Takuto.
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¡Capítulo 30, ya!
Me siento tan culpable y patética por este fail de capítulo. Decir que esta monstruosidad es totalmente culpa de la tarea y la falta de inspiración sería una excusa terrible, porque tengo que admitir que he andado un poco dejada respecto a todo estos últimos días. Ciertamente, tenía planeadas muchas cosas para este capítulo; pero la mayoría – si es que no todas – terminaron quedándose guardadas en el teclado, porque decir tintero no aplica.
Así que, bueno, espero tenerles algo más interesante para la próxima vuelta – aunque eso depende netamente de cómo me llegue esto a las manos la próxima vez.
La próxima en la ronda es Kasumi, así que espero estén esperando saber qué pasará con Tenma ahora que Kidou lo está buscando y él quiere integrarse a la Rosa blanca.
Muchas gracias por darse el tiempo de leer…
Con amor, Mitaili Ciz.
