Disclaimer: PokeSpecial no me pertenece, son propiedad de Hidenori Kusaka. InuYasha es propiedad de Rumiko Takahashi.
Advertencias: Spoilers.
Notas iniciales de capítulo: Ejem... Hola, bueno, he estado trabajando un tiempo en este crossover que es una participación para el foro de DexHolders del Prof Oak. Este es un long-fic que debo entregar terminado hasta el 30, así que... no habrán notas finales de capítulo ya que subiré seguidos los capítulos hoy y mañana, ¡espero les guste!
Capítulo IV
El dragón del Este
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[***]
[Sengoku; Oeste]
[13:00]
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¿A dónde iban? Eso realmente no importaba, Rin ya estaba acostumbrada a los viajes sin conocer su destino, incluso, de vez en cuando creía que viajaban solamente por viajar, por conocer, estirar las piernas, tomar aire… esas cosas. Pero Jaken sabía perfectamente que el señor Sesshōmaru no estaba organizando ese viaje porque sí, por el camino que estaban tomando, podía suponer a dónde iban.
Iban en busca de Irasue, la madre de su amo.
Si Rin lo supiera, estaría saltando alegre recogiendo flores silvestres para regalarle a la Daiyōkai, pero era mejor mantenerla callada, el amo Sesshōmaru no se mostraba exactamente feliz (nunca se veía feliz, pero esta vez se veía menos feliz) de ver a su madre. Su madre era una doble cara hipócrita, pero estaba bien enterada la condenada. No había más opción, si deseaba información de una fuente confiable que no estuviese muerta, Irasue era la más indicada.
—Descansaremos aquí —informó Sesshōmaru, sabiendo bien que el palacio de su madre estaba cerca.
—Como diga, amo bonito —asintió Jaken con sumisión.
Mas Rin dio un saltito. —¡Iré a buscar algo de comer!
Jaken se quedó un momento callado, sin embargo, al sentir la mirada de su amo encima suyo entendió el mensaje. Asintió nervioso y corrió a buscar a la niña, no debía dejarla sola.
Algo que el pequeño demonio jamás entendió en un pasado, fue el por qué el señor Sesshōmaru tenía tanta consideración con esa mocosa y no con él que le había servido prácticamente desde hace años y años, con tanta devoción. Luego, cuando Rin se quedó en la aldea, tuvo tiempo para pensar, analizar y comprender lo que ocurría, cuando la niña ya no estaba y cuando tanta falta le hizo.
—¡Rin! ¿Dónde estás?
—Por aquí, señor Jaken —sonó la voz despistada de la niña, como si no pensara lo que estaba diciendo.
Rin era muy amable, era de los pocos humanos cuya luz podía atraer a un demonio, tan radiante… amable… tierna… y más que nada, problemática. El alma de Jaken cayó a sus pies cuando vio que la niña en lugar de estar arrancando zetas o pescando algún pez, arrullaba en su regazo a un pequeño Kodama[1].
—Rin, ¿qué haces? —Le cuestionó con seriedad acercándose a ella—. ¡El dios del bosque se va a enojar!
—No si solo lo estoy ayudando —dijo la chica acariciándolo un poco, estaba herido y respiraba agitadamente—, parece como si hubiese estado escapando de algo.
—¿De qué podría estar escapando? —Preguntó Jaken de forma burlesca. Sintió entonces una sombra detrás suyo, abrió los ojos temeroso, se dio la vuelta para encontrarse con Sesshōmaru, que observaba al Kodama con seriedad—. S-señor Sesshōmaru, nosotros…
Pero el Daiyōkai no le escuchaba, solo miraba el Kodama como si fuese una amenaza o como si no debiese estar ahí.
—Señor Sesshōmaru, ¿qué podemos hacer? —Preguntó la niña preocupada observándole, el Kodama le miró también, desesperanzado.
Se dio la vuelta. —Quédense aquí, Jaken, cuida de Rin.
Y se marchó. Dejando a sus dos sirvientes desconcertados y con el pequeño espíritu durmiendo, por fin podía descansar.
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Cuando todos pensaron que los chicos iban a quejarse por lo largo que se había vuelto el viaje (cinco días llevaban ya perdidos entre un bosque y un cañón), vieron con sorpresa lo sencillo que se les hacía acampar, aguantar frío y no se quejaban por la suciedad.
—Viajamos mucho —explicó Gold mientras disfrutaba de la sopa de calabaza de Kagome y Sango.
—Ojalá InuYasha fuese tan agradecido con la comida como Gold —suspiró la sacerdotisa sirviendo otro plato y pasándoselo a Shippō.
—Estoy seguro que lo hace —dijo Emerald restándole importancia, sentado a su lado con las piernas cruzadas, Kagome le observo curiosa—. Pero es muy cabezota para aceptarlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Conozco a alguien igualita a él —dijo el rubio recordando a Sapphire cuando Ruby le preparaba algo de comer cuando se encontraba indignada.
Kagome observo un momento a Emerald, sonrió, el chico no hablaba demasiado y cuando lo hacía no se mostraba muy interesado en continuar una conversación formal, como si ellos le desagradasen, sin embargo, podía ver que era un buen chico, parecido a Shippō que solamente necesitaba un poco de cariño.
—Ten —le entregó un plato de sopa caliente sonriéndole, el chico se sorprendió al ver una ración más generosa que las otras—. No le digas a nadie, ¿vale?
Con un pequeño guiño en el ojo hizo que el rubio se colorara avergonzado, de habría negado, de no ser por la sonriente cara de Kagome. No tuvo más remedio que aceptar agradeciendo con un movimiento de cabeza.
—Amigos míos —se escuchó al monje Miroku que, sobre una piedra observaba el panorama—, creo que hemos llegado a nuestro destino.
Todos se acercaron al monje, al hacerlo, vieron el enorme castillo chino que estaba en mitad de un valle desolado, cubierto de niebla, sin vegetación, la simple imagen te daba a entender que no debía acercarse. Shippō tragó.
—¿T-tenemos que ir allí?
—Así es, este es el castillo del dragón del este, donde Ryūkami les espera.
Todos se sorprendieron al escuchar otra voz, proveniente de InuYasha que rebuscaba algo entre sus ropas. Pitaro, que estaba en el hombro de Gold empezó a chispear por sus mejillas y el Sceptile de Emerald se puso en pose de defensa.
—Keh, sólo eres tú, Myōga.
Para sorpresa de los chicos, InuYasha despego de su pecho a un pequeño anciano, con hocico similar al de un Wingull mezclado con un Butterfree.
—¿Quién es...?
—Anciano Myōga, ¿qué hace usted aquí? —Preguntó Sango curiosa.
—He estado con ustedes todo el viaje —espetó indignado.
—Y no le dio por salir por miedo, ¿no es así? —Le cuestionó Kagome de brazos cruzados, conociendo ya la cobarde pulga.
—Él es el anciano Myōga —dijo Shippō a Gold y Emerald—. Es muy sabio, pero un cobarde también —le miró con enojo.
—¡M-más respeto! —Exigió—. Yo que me tomé la molestia de acompañarlos para ayudarles... Y así me pagan...
—¡Pues pudiste haber aparecido cuando nos perdimos en el bosque! —Le gritaron Gold e InuYasha al mismo tiempo.
La pulga se encogió.
—Pensé que el amo InuYasha podría encontrar el camino con sus habilidades auditivas y de olfato...
—Escucha, anciano —dijo Emerald molesto, había perdido siete valiosos días en los que pudo estar en su mundo con Crystal y su madre comiendo algún postre delicioso—. Considerando que estos dos no se callan —señalo a InuYasha y Gold, ambos exclamaron un «¡Hey!»—. Y tampoco se han bañado, sus habilidades son tan inútiles como sus cerebros.
—¡Suficiente, ven aquí mocoso! —Gruño InuYasha enojado.
—¡Y yo que empezaba a tolerarte! —Exclamó Gold en el mismo estado del hanyō.
—Sceptile, hoja afilada —ordenó, el Pokémon se puso inmediatamente en acción y los atacó, dejándolos en el suelo medio muertos, mas Kagome no le pensaba reclamar, después de todo, ese sermón estaba bien dado—. ¿De qué nos eres útil ahora?
El enojo de Emerald era comprensible, pero a Myōga lo tenía aterrado, ese chico tan extraño tenía mucho carácter. Para su fortuna, Miroku puso una mano en la cabeza del chico tranquilizándolo con una sonrisa.
—Descuida, Emerald, aunque no lo parezca, el anciano Myōga es muy sabio y sabrá darnos algo de utilidad —miró a la pulga con una sonrisa amablemente amenazante—, ¿no es así, anciano Myōga?
—S-sí —ahora no era momento de luchar por la dignidad que no tenía—, ejem… como les decía… En ese palacio, se encuentra Ryūkami, el dragón del este y uno de los cuatro demonios que controlaron a los demonios inferiores, gracias a ellos, ahora los humanos viven…
—Pero… —Gold sabía que siempre había un "pero" cuando algo sonaba bien.
—Los tiempos han cambiado, los cuatro grandes «murieron», según las leyendas populares, pero es una gran mentira, es muy difícil matar demonios como aquellos. El gran Inu no Taisho, el perro sagrado del oeste murió pero gracias a una situación desesperada e incluso, su esencia continuaba en la tierra junto a una de sus espadas. Usted lo sabe muy bien, amo InuYasha.
—Sō'unga —masculló el peli-plateado recordando la espada demoniaca y la esencia de su padre que había sido mostrada cuando la purificaron.
—Un momento —dijo Gold—, ¿cómo sabes de ese Inutayo… shi… eso?
—Inu no Taisho —InuYasha lo corrigió con un puño en la cabeza, Gold le miró enojado, pero cambió su expresión en cuanto vio la nostalgia y tristeza de los ojos del chico—, era mi padre.
Hubo silencio un segundo, hasta que al final, Gold gritó. —¡¿TU PADRE?! —Emerald le miró con fastidio.
InuYasha se indignó con la sorpresa, pero Myōga le robó la palabra. —Así es, hijo del gran Inu no Taisho, la hermosa princesa humana Izayoi y hermano de Sesshōmaru.
—¡¿QUÉ?! —Esta vez fue Emerald que había empujado a Gold para poder ver bien a InuYasha— ¡¿Sesshōmaru es tu hermano?!
—Medio hermano —gruñó—, no me gusta que me emparenten con ese bastardo.
—El piensa igual —le susurró Shippō al oído de Emerald.
—Sin ofender, pero tu familia es…
—Rota, lo sé —suspiró el hanyō mirando a otro lado incómodo.
Gold negó con la cabeza. —Complicada, no soy quien para hablar de familias rotas.
Emerald hizo una mueca de disgusto, Sango no tardó en imitarlo, entonces Kagome se dio cuenta que posiblemente la única con una familia medianamente "buena" era ella.
—Continúo… Ryūkami, es el dragón del este, aunque no está muerta, sí es algo débil, su apariencia ha cambiado, solo no se queden mirándole mucho tiempo, eso le enoja —Myōga suspiró—, como Inu no Taisho tenía las espadas del cielo, tierra e infierno, el dragón posee el portal entre mundos, un espejo maldito que él mismo formó de sus escamas caídas en batalla.
—Podría ayudarnos a volver a casa —dijo Gold con una sonrisa, emocionado.
—Pero —casi lo olvidaba, siempre había un «pero»—, el problema es si accede a ayudarlos, InuYasha mató a su hijo, Ryukotsusei, por lo que no sabemos si le tiene algún rencor y por ende, se niegue a ayudarlos, incluso puede matarlos.
—¡¿Qué todo en este mundo nos conduce a la muerte?! —Se quejó Gold—, ¡si te acercas a una chica linda, mueres! ¡Si vas al bosque, mueres! ¡Si viajas solo, mueres! —Luego miró a InuYasha—. ¡¿Y tú no pudiste esperarte a matar a ese dragón?!
—¡¿Ahora me culpas a mí, bastardo?! —Lo encaró el hanyō.
—Ahora no es momento de pelear —les reprendió Sango, ellos no dijeron nada, solo siguieron mirándose enojados entre ellos—, anciano Myōga, ¿qué podemos hacer?
—Disculparse por la muerte de su hijo, no mostrar a Tessaiga, no revelar la identidad del amo InuYasha en lo posible y tampoco verle a la cara si se las muestra.
—¿Por qué no podemos verlo a la cara? —Preguntó Shippō curioso.
—Porque, se rumora que al verle al rostro, puede hacer que cualquier hombre doblegue su voluntad —dijo la pulga con un asentimiento de cabeza—, pero no se preocupen, generalmente no se muestra a cualquiera, a no ser que represente una verdadera amenaza… hablando de eso… les recomiendo guardar sus Mononoke.
Todos se miraron entre ellos y suspiraron, Gold guardó a Pitaro y Emerald también a Sceptile. El chico azabache agarró su palo de billar y lo puso sobre sus hombros, mientras Kagome sostenía su arco al lado de InuYasha, Miroku y Sango, que sostenía su Hiraikotsu se acercaron a ellos, Shippō se subió al hombro de Miroku.
—Vamos —dijo el criador.
Mientras todos emprendían marcha, Myōga se quedó en un tronco, rezando por la seguridad de los muchachos y de paso, escapando de tener que ver al temible Ryūkami.
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[***]
[Johto; ciudad Malva]
[13:20]
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El silencio y la presión de la sala se podrían cortar con un chuchillo, todos estaban mal, pero entre todos, era Crystal la que estaba a punto de romperse a llorar, se culpaba a sí misma por dejarles un trabajo que a ella le correspondía.
—No había nada que pudieses hacer, Crys —le dijo Ruby extendiéndole un poco de limonada—. Ni siquiera la situación se daba para que desaparecieran.
—No debí dejarlos solos —suspiró frustrada.
—Gold es suficientemente grande como para cuidarse solo —dijo Silver cruzado de brazos.
—Y Emerald muy responsable —acordó Ruby—, además, no es la primer vez que están en un bosque y en el caso de que hubiesen sido secuestrados, son suficientemente fuertes como para hacerle frente a cualquier enemigo.
Crystal sabía todo eso, pero aun así, no podía evitar sentir un poco de culpa, Gold y Emerald eran personas muy importantes para ella, por eso, se sentía frustrada por no haberlos encontrado aún. Green investigaba junto con Elm, algún suceso extraño en esos días, algo anormal, Red, viajaba por toda la región preguntando de ciudad en ciudad, pueblo en pueblo si sabían dónde estaban los chicos. Sapphire y Yellow estaban en Encinar. Ese bosque era muy extenso y aunque no hubiesen encontrado a los chicos, tal vez habría alguna pista, por más pequeña que fuese sobre su paradero.
La puerta se abrió recibiendo a un Red exhausto, sucio, sudado y tratando de recuperar la respiración. Todos se levantaron automáticamente.
—Traje un poco más de limo… —pero la jarra de limonada se le fue arrebatada por el azabache que se la bebió de un solo trago. Blue sonrió—. ¡Red! ¿Alguna noticia nueva?
Se tomó tres minutos para respirar y poder hablar, cortando la tensión. —No —todos suspiraron tristes, rendidos, pero el chico continuó hablando—, pero… varias personas dijeron que han visto algo extraño desde ese día, el cielo está raro.
—¿De qué nos sirve un cielo raro? —Preguntó Blue confundida.
—Yo también lo he notado —dijo Silver—, las estrellas…
—No son de aquí —concordó Crystal, cuyas noches de insomnio habían sido basadas en ver el cielo sin parar.
El teléfono de la casa sonó, Ruby, quien estaba más cerca, contestó. Saludó, asintió, abrió los ojos y colgó. Todos le miraron expectantes, pero no fue hasta que se levantó y se acomodó su gorro que habló.
—Parece que han visto algo en el Encinar, Green-sempai ha llamado, parece que pueblo Azalea y la Ruta 34 están teniendo problemas.
Todos se quedaron callados, pero inmediatamente, los que estaban sentados se levantaron, Crystal tomó la palabra.
—Blue-sempai, Ruby, ¿pueden ir a la ruta 34?
—Claro —asintió la castaña sonriendo.
—Nosotros iremos a pueblo Azalea —dijo Red mirando a Silver con una sonrisa, el chico no replicó, solo miró a Crystal.
—¿A dónde vas tú, Crys?
La chica de coletas se levantó, tenía su short y zapatos sucios por la búsqueda de ese día, aunque debería estar exhausta (como todos), se puso su kipá y les miró con seriedad.
—Iré con Green-sempai, nos vemos en Encinar.
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Yellow estaba realmente exhausta, si bien habían estado metidas en el bosque buscando sin parar desde la madrugada de toda aquella ajetreada semana, usar el Viridian Mind la estaba matando, sus párpados le pesaban, no veía con claridad y apenas estaba soleado, no distinguía de donde vino ni a dónde iba. Solamente andaba por andar y preguntaba a cuanto Pokémon viese.
Ni siquiera sentía sus pies.
—Woah, Yellow-sempai, debería descansar —dijo Sapphire, quien la había atrapado antes de que cayera dormida al duro suelo de roca que estaba bajo ella.
—Aun no… los hemos encontrado… —dijo más dormida que despierta.
—Lo sé —asintió Sapphire suspirando, luego le sonrió—, descanse un poco sempai, yo me encargaré de buscar mientras usted recupera energías.
Yellow ni se molestó en negar, pues en cuanto la castaña dijo "encargaré", ella ya estaba roncando en su hombro. Sapphire sonrió un poco, preguntándose qué tan cansada estaría Yellow, no tenía el Viridian Mind, pero francamente, prefería estar así, solo ver a la rubia dormir le daba una idea de qué tan exhaustivo sería usarlo. Y más con la frecuencia de esa semana.
—Vamos Toro, ayúdame a subirla a un árbol —claro que no medía las consecuencias de que la chica rodase rama abajo, sin embargo, como ya estaba tan acostumbrada a dormir en árboles, no le vio el peligro.
Claro, hasta que lo olió. No dijo nada, simplemente se quedó quieta, en silencio agudizando su oído, gruñidos de ningún Pokémon que antes había oído se escucharon por el Encinar y cada vez se oían más cerca. Con rapidez, colgó a Yellow de su hombro y subió a un árbol, tan alto como pudo y como el peso extra (Yellow) se lo permitió, una vez arriba, dejó a la chica recostada contra el tronco y metió a los Pokémon que yacían en el suelo en las Pokéballs.
Casi lanza un grito al ver unos enormes hombre de piel azul y verde, cabellos enmarañados y vestidos solamente con un taparrabos. Eran horrorosos y lo peor, no parecían humanos.
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[***]
[Sengoku; palacio del dragón del Este]
[14:00]
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Ingresar al palacio no dio ninguna dificultad, pues estaba vacío, ni sirvientes, ni animales, ni un solo alma, lo único que podía observarse eran los pasillos desolados y la niebla que levemente los cubría. Gold e InuYasha iban al frente, mientras que atrás estaban Miroku y Kagome, en la mitad, prácticamente siendo protegidos estaban Emerald y Shippō, que claro, estaban al lado de una Sango prevenida de cualquier cosa.
Emerald no se veía a gusto con el lugar, pero el que no dejaba de temblar era Shippō y no lo culpaba, además de ser un lugar espeluznante, hacía un frío tremendo.
—¿Sabes a dónde vamos? —Preguntó Gold al final, cansado de caminar por tantos pasillos.
—Puedo olerlo —afirmó InuYasha.
—Debe apestar peor que tú —se burló el azabache buscando algo de conversación.
—Pues huele igual que tú, así que es muy sencillo saber dónde está —le desafió, Gold me miró de reojo molesto, sus miradas chocaron.
Detrás, Kagome suspiró cansada, esos dos no dejaban de pelear en ningún momento, sus personalidades chocaban. Gold (aunque le agradaba, había que admitirlo), era irritante cuando quería e InuYasha se alteraba con facilidad, perfectas condiciones para hacer que ese dúo explotase.
—¿No pueden dejar de discutir ni siquiera en un momento como este? —Preguntó la sacerdotisa al aire.
—Es su forma de aligerar el ambiente —dijo Miroku respondiéndole con una sonrisa, Kagome le miró curiosa—, si no se ha fijado, señorita Kagome, la única manera en la que Gold consigue hablar con InuYasha es haciéndolo rabiar. Si no fuese por esas discusiones, en este momento, estaríamos más asustados de lo que deberíamos estar.
—Es su única forma de entenderse —dijo Sango al frente sonriéndoles. Kagome rió, era cierto.
—Si esa es la verdadera razón, son más idiotas de lo que pensaba —dijo Emerald observando a los chicos que empezaban a insultarse sin dejar al otro.
—Concuerdo contigo —asintió Shippō que había dejado de temblar—, son unos cabeza hueca.
—En especial Gold, nunca se toma nada en serio —dijo Emerald de brazos cruzados.
—InuYasha es muy malo, además de un perro tonto que no entiende nada —repuso Shippō—, ni siquiera acata órdenes.
Los niños se miraron entre ellos y rieron un poco, habían encontrado algo en común: la idiotez de los mayores. Sin embargo, ambos chocaron contra estos mismos que se habían detenido.
—¿Qué ocurre, InuYasha? —Preguntó Kagome confundida.
Pero se quedó sin palabras en cuanto vio una colosal puerta frente a ellos, blanca y con detalles de flores de cerezo pintados al óleo. Aunque era hermosa, a la vez daba impresión de poderío y peligro. No tuvieron tiempo para retroceder, pues ésta se abrió automáticamente. Shippō se mantuvo firme al ver que Emerald no se mostraba asustado. ¿Qué cosas habría visto ese chico como para no temer?
—Pasen —dijo una voz amable, no identificaron si era de hombre o mujer, simplemente la siguieron.
Dentro, había una enorme sala, vacía, cuya única cosa era un espejo que era cubierto por el trono que estaba al fondo y en el que se encontraba una persona de ropas chinas color blanco, su cabello estaba oculto por un enorme sobrero de detalles dorados y su rostro, era cubierto por una tétrica máscara de payaso, exactamente igual a la que Ryukotsusei tuvo en su frente. Hubo tensión hasta que Miroku habló.
—Disculpe nuestra intromisión, ¿es usted el venerable Ryūkami, dragón del este?
—Así es, monje —asintió sin mover ninguna otra extremidad de su cuerpo—. ¿Puedo saber a qué se debe su visita?
—Nosotros —dijo Gold tratando de sonar cordial, aunque se notaba que no era lo suyo—, venimos de otro mundo y queremos volver, ¿usted puede ayudarnos?
—Oh, entonces son ustedes a quien ese mundo reclama y por el cual nuestro cielo ha cambiado, entiendo… solo quiero que me respondan algo —se levantó mientras quitaba su máscara, sonreía, sin embargo, fue su rostro lo que dejó a Gold y Emerald paralizados—, ¿cómo esperan que ayude al asesino de mi hijo?
La sonrisa era escalofriante y no encajaba con su cara, todos los demás cerraron los ojos para no verle, pero Gold y Emerald no pudieron hacer nada, ya le habían mirado. Gold entendió qué era lo que hacía que el rostro de ese dragón hiciese que todos se doblegaran a su voluntad, no era un hechizo, era la forma.
—¿Crys? —Murmuró Emerald sin salir de su asombro. Fue la voz del chico que hizo que Gold recobrara la consciencia.
—No es Crys, Emerald —dijo el chico, el rubio pareció analizar sus palabras y luego el rostro del dragón, era cierto.
—… esto es horrible —masculló enojado, ¿Cómo se atrevía a jugar con el rostro de Crystal de esa manera?
—Bueno, son más inquebrantables de lo que esperaba —sonrió sin borrar el rostro, se mostraba curioso—. Pero no han respondido mi pregunta.
Al escuchar todo, Kagome fue la primera en abrir los ojos, el rostro del dragón que ahora mismo hurtaba la identidad de la amiga de Gold se le hizo curioso. Era linda y sus ojos preciosos, sin embargo, no le gustaba esa sonrisa hipócrita que llevaba en los labios.
—¿Y por qué no lo haría? —Preguntó el azabache con una sonrisa ladina, todos miraron a Gold sorprendidos.
—¿Qué dices, Gold? —Preguntó Shippō en un susurro.
Y la verdad, es que era parte de él contradecir, contestar y molestar, en especial si era Crystal de la que se trataba, si hubiese usado el rostro de Silver… ¡Uf! ¿Qué no le habría dicho? Pero justo cuando pensaron que el dragón se iba a enfadar, soltó una sonrisa alegre.
—¡Vaya, pero si tienes agallas! —Se acomodó en su trono ante el desconcierto de todos, menos el de Gold, claro—, pues, déjame decirte, joven entrenador, que tienes razón, ¿por qué no habría de ayudarlos? Después de todo, estoy en deuda con usted, joven InuYasha.
Todos se quedaron callados, el hanyō se mostró incrédulo. —¿Conmigo?
—¡Claro! —Asintió—. Has dejado descansar en paz a mi Ryukotsusei, claro que fue cruel el método, pero a final de cuentas, lo hiciste —suspiró—. Y también deseo disculparme por los problemas que ese niño les haya causado.
—No… no hay problema, supongo —dijo Kagome asombrada, InuYasha no se atrevió a cuestionar al dragón.
—Uh… —Emerald habló—, ¿no podría…?
—Oh, te incomoda el rostro —asintió mientras se ponía la máscara—, bueno, como decíamos. Un placer conocerlos, soy Ryūkami, dragón de este y me veré complacida en ayudarles con su problema… solo si pudiera —suspiró al final.
—¿No puede? —Preguntó Gold sorprendido.
—Lamentablemente, no sé si habrán escuchado sobre la leyenda de la muerte de los cuatro grandes —se recostó en su asiento—, la verdad, no morimos, como pueden ver… pero si perdimos algo importante, yo, perdí gran parte de mi poder —suspiró— y mi poder es también el cruce dimensional de mundos. No tengo forma de ayudarles, mi espejo interdimensional está roto.
Todos se quedaron callados, Gold y Emerald se veían desconcertados, aterrados ante la simple idea de que no podrían volver a casa. Pero InuYasha fue el que protestó.
—¿Entonces hicimos este viaje para nada? ¡Usted debe saber qué hacer!
Ella negó. —Lamentablemente, no está a mi alcance ayudarlos.
—InuYasha… —Kagome le llamó al ver sus intenciones, pero fue demasiado tarde, el impulsivo hanyō se había acercado hasta el dragón y le tomó por el kimono, haciendo que el sombrero cayese.
—¿Por qué no te creo? —Le dijo acercando su rostro a la máscara de payaso, desafiándole con la mirada. Pero tales acciones no debían ser tomadas contra un espíritu tan poderoso.
—¿Por qué eres tan vulgar, hanyō? —Le retó el dragón con una voz que conocía demasiado, todos se sorprendieron al escucharla. InuYasha le soltó inmediatamente para observar cómo el dragón se ponía de pie, con su cabello azabache, liso y largo brillando. Ese no era su cabello y cuando se volvió a quitar la máscara… tampoco llevaba el rostro que le correspondía.
—¿Ahora imitas a Kagome? —Preguntó Gold confundido, pero la cara de terror de InuYasha le dio a entender que le había afectado más de lo que debería. Miró a la sacerdotisa, que estaba shockeada. No entendió nada.
—¡InuYasha, no la mires! —Dijo Miroku apurado.
La cara del hanyō se contrajo, una mezcla de dolor, ira y tristeza se hicieron presentes. El dragón le miraba enojada, el tono de ese chico la había ofendido. —Cuando dije: No puedo hacer nada, es porque no puedo.
La voz dura, los gestos… Emerald estaba confundido al igual que Gold, ¿qué acaso no era esa Kagome?
—Nos vamos —dijo el hanyō dándose la vuelta, no se iba a arriesgar a que ahora tomase la forma de su madre, no soportaría ver esa mirada inyectada de sangre en la cara de la benévola Izayoi.
—¿Qué? —Gold le miró desconcertado, pero se asombró más cuando ninguno del equipo le replicó, solo se fueron detrás de él, apurados, como si la presencia de esa mujer fuese la del mismo demonio.
—Gold, no discutas, por favor —dijo Kagome incitándole a que se fueran, Emerald la siguió, claro que sí, pero el chico se quedó, mirando a la mujer que tanto se parecía a Kagome.
Pero si se fijaba bien… había grandes diferencias, no supo distinguirlas, pero sabía que estaban ahí. Todos estaban en la puerta, Kagome le apremiaba desde lejos para que se marcharan, se veía dolida, tanto por la apariencia del dragón como la reacción de su esposo. Gold observó por última vez al espíritu del este, ahora, se veía como una niña pequeña, de corto cabello plateado y ojos lavanda, alargados como los de Kirara. Era su verdadera apariencia.
—Aunque no puedo ayudarlos —dijo con solemnidad a pesar de su voz infantil—, puedo darles un consejo. Devuelvan lo que se ha perdido de su mundo a quienes lo reclaman.
—¿Qué…?
—Algo de su mundo fue raptado por un demonio del nuestro —afirmó el dragón volviendo a su asiento—, en cuanto acaben con el demonio y devuelvan lo perdido… podrán volver a casa.
Con esas últimas palabras, el equipo salió de la sala.
