XI- Reunión
Sheridan le estaba tratando bien. Spinoza era un compañero de trabajo estupendo, aunque a veces Guy se sentía más como su alumno que como su patrocinador, siempre acribillando al pobre hombre a preguntas sobre cada nuevo modelo que diseñaban y el funcionamiento de cada pieza, absorbiendo como una esponja cualquier cosa que el ingeniero le enseñase. Spinoza podría haber sido un gran profesor, tenía una paciencia infinita y tantas ganas de explicarle lo que él preguntase como Guy de aprender.
Le gustaba estar allí. Las labores de reconstrucción habían terminado tiempo atrás, y aunque la ciudad conservaba algunas dolorosas cicatrices, el ambiente general era bastante agradable. Incluso habían abierto algún que otro garito al que ir a divertirse por la noche (aunque nunca podrían compararse a los locales de Chesedonia, por supuesto). Sí, Sheridan le gustaba. Pero en cuanto recibió la carta de Luke pidiéndole que Spinoza y él fuesen a Daath a reunirse con él, no pudo evitar alegrarse de dejar atrás la ciudad de los artesanos. Por muy agradable que fuese, a Sheridan le faltaba algo, y Guy sabía perfectamente el qué: una alocada cabeza pelirroja en cuya habitación pudiera colarse por la ventana.
El mes que había pasado lejos de Luke se le había hecho eterno. Entendía por qué el futuro príncipe no quería tenerle cerca de su madre mientras ésta organizaba la boda, pero eso no quería decir que se le hiciese menos duro. Su piso en Sheridan, aunque fuese notablemente más pequeño que la mansión Fabre, se le antojaba demasiado grande y vacío por las noches. Además, echaba de menos tener un confidente, alguien con quien poder hablar libremente de cualquier cosa que le pasase por la mente, ya fueran batallitas del pasado o lo mucho que le gustaba el reflejo cobrizo del sol en el cabello de Luke; y hablar cara a cara, no por aquellas cartas que se enviaban Luke y él casi a diario. Por eso no dudó en sacar de la cama a Spinoza a primera hora de la mañana siguiente a cuando recibió la carta y arrastrarle, junto con las maletas de ambos, hasta el aeropuerto en pleno centro de la ciudad, donde les esperaba una de las alumnas de Noelle (a la que puso buen cuidado en no acercarse demasiado) con su Albiore a punto para el despegue.
El viaje duró un poco más de lo previsto, pues debido a una inoportuna e inesperada borrasca tuvieron que hacer escala en la costa norte de Meggiora durante un par de días, pero la espera valió la pena. Cuatro días después de que Luke le escribiese, allí estaban, subiendo la escalinata que conducía a las puertas de la Catedral donde el pelirrojo, Jade y Recard Blacksen les esperaban. Si no hubiese subido cargando con la mayor parte del equipaje a Guy le habría faltado tiempo para correr hacia ellos, pero el ascenso por las escaleras le había dejado sin aliento y apenas atinó a farfullar un saludo.
-Te dije que debías dejarme llevar algo, jovencito- suspiró Spinoza, aprovechando el momento de respiro para arrebatarle una de las maletas.
-Tampoco era... para tanto- jadeó el rubio-. Luke, Jade... Comandante...
-Bienvenidos a Daath- saludó este último. El joven pelirrojo, mientras tanto, se acercó rápidamente con una sonrisa deslumbrante y se hizo con otra de las maletas que cargaba Guy sin darle tiempo a protestar.
-Gracias, General Dórico Blacksen- dijo Spinoza con una inclinación de cabeza-. General Curtiss, es un placer. Y Luke, muchacho, me alegro de verte.
-¡Igualmente!- La sonrisa de Luke era contagiosa y Guy no pudo evitar que las comisuras de sus labios se inclinasen también hacia arriba.
-Lamentamos el retraso, una desafortunada borrasca nos alcanzó al pasar las montañas de Meggiora y nuestra piloto prefirió no arriesgarse.
-No hay problema con ello, conde Gardios, las inclemencias del tiempo no son culpa de nadie. Aquí también llevamos unos días con un tiempo pésimo- comentó Blacksen, alzando la mirada hacia un cielo que llevaba todo el día con un amenazante color gris plomizo-. Entremos, por favor, antes de que empiece a llover.
Se apresuraron a entrar en el gigantesco edificio. Luke los guió hasta las habitaciones que se les habían asignado en los barracones de los Caballeros del Oráculo, pero Guy prefirió no ocupar la suya e instalarse en una posada cercana. Tenía intención de recuperar el tiempo que había estado alejado de su pelirrojo favorito, y una posada era un lugar mucho más discreto para ello. Al verle las intenciones, Luke le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa traviesa.
-Acabarás durmiendo en mi cuarto con tal de no caminar hasta la posada, y lo sabes- susurró en su oído disimuladamente. Guy contuvo a duras penas las ganas de tirar de su brazo y reclamar para sí sus labios, porque estaban en medio del pasillo y Spinoza estaba deshaciendo las maletas en la habitación de al lado con la puerta abierta.
Tras dejar las maletas del conde Gardios provisionalmente en la habitación de Luke y que Spinoza terminase de instalarse, se reunieron con Jade en una sección restringida de la biblioteca. Anise y Florian ya estaban allí, haciéndole carantoñas a Mieu, y Tear y Natalia llegaron cuchicheando entre ellas (alguna maldad estaban planeando, seguro) poco después.
-¡Guy! ¡Por fin habéis llegado! ¿Qué tal el viaje?- saludó Natalia, haciendo ademán de acercarse a él. Guy intentó aguantar, a Lorelei ponía por testigo de que lo intentó, pero la angustia que le provocaba tener a una mujer tan cerca lo obligó a recular hasta chocarse con una estantería. Tear soltó una risita disimulada y miró a la princesa con algo de reproche.
-Vamos, Natalia, no le hagas eso al pobre- la reprendió. La cara de niña buena de Natalia acto seguido merecía un premio a la más maquiavélica. Definitivamente, esas dos habían estado conspirando contra él.
Luke le dio unas palmaditas de ánimo en el hombro, y en cuanto la joven rubia se alejó, Guy, tragando saliva, volvió a acercarse al grupo. Por unos momentos el silencio se impuso entre ellos, pero no era en absoluto incómodo. Jade los observó durante unos instantes con algo parecido a una sonrisa en el rostro.
-Y aquí estamos, después de casi cuatro años- comentó el General, rompiendo el silencio al fin-. El equipo que puso el mundo entero patas arriba para reconstruirlo, juntos una vez más. Y con nuevos fichajes, además.
-Que tiemblen esos Siervos de Lorelei- rió Anise, poniendo los brazos en jarras. Guy frunció el ceño.
-Creo que Spinoza y yo nos hemos perdido algo.
-Luke, ¿no les has contado nada?- le reprochó Natalia, apoyándose una mano en la cadera. Su prometido se rascó la nuca, revolviéndose aún más la larga melena escarlata.
-No sabía si era una buena idea decírselo por carta- confesó-. Y de todos modos, así teníamos una excusa para reunirnos todos otra vez.
-¡El amo tiene razón! ¡Mieu se alegra muchísimo de volver a veros a todos, chi!- exclamó el cheagle, flotando hasta posarse sobre el hombro de Luke. A Guy no le hacía falta mirar para saber que Tear se estaba sonrojando en ese preciso instante.
-Todos nos alegramos- asintió Jade, con una ligera sonrisa bailándole en los labios-. Pero me temo que esta reunión no es por placer. Tenemos trabajo que hacer, así que... informemos a los recién llegados de la situación.
Entre todos pusieron al día a Guy y a Spinoza de lo ocurrido, y a medida que hablaban, en el pecho del rubio iba creciendo una desagradable sensación de incertidumbre. Luke le había dicho en las cartas que estaban bastante ocupados y que la situación era complicada, pero no se había imaginado algo como aquello. No le gustaba ni un pelo el cariz que estaba tomando el asunto. Una vez estuvo todo explicado, Spinoza se acarició la corta y cuidada barba ya totalmente blanca, pensativo.
-No sé si lo que queréis hacer es posible- dijo tras un rato de silencio-, pero podemos intentarlo. ¿Cuándo llegarán los instrumentos de Malkuth?
-Están ya de camino desde Gran Chokmah- respondió Jade-. La carga es demasiado pesada como para trasladarla en un Albiore, así que los están trayendo en uno de nuestros cruceros acorazados.
-Vaya, eso sí que trae recuerdos- sonrió Guy, recordando al sufrido Tártaros que les había acompañado durante tantos viajes en el pasado-. Aunque... Un acorazado llama bastante la atención, ¿seguro que es una buena idea traerlo hasta Daath?
-No, no lo es. Por eso le he dicho al capitán que atraque en Ciudad de Yulia y nos avise en cuanto llegue. Será más discreto operar desde allí.
-Los Alas Oscuras lo tendrán difícil para contactar conmigo allí y todavía sigo esperando noticias suyas- observó Luke. Tear frunció el ceño.
-Puedo hablar con mi abuelo para que le franquee el paso a Noir, al menos durante un tiempo, pero sólo a ella.
-Buena idea. Ah, qué fácil es todo cuando se tienen los contactos adecuados...- suspiró Jade, colocándose bien las gafas.
Guy se tragó el bufido que iba a soltar. Las cosas no pintaban fáciles en absoluto, con contactos o sin ellos.
Blacksen estaba ya sobre aviso de que se trasladarían a Ciudad de Yulia de nuevo, pero por si acaso Guy y Spinoza fueron a hablar con él para confirmar también su participación en el proyecto. Después se retiraron a los barracones de los Caballeros del Oráculo, Spinoza para quedarse en su habitación y Guy para recoger sus maletas de la de Luke.
-Estoy pensando en el detector que quieren construir tus amigos, muchacho- comentaba el ingeniero, mesándose la barbita de chivo-. ¿Tienes alguna idea de cómo son los instrumentos de los que debemos partir?
-Fonómetros de largo alcance, si no recuerdo mal- respondió Guy, haciendo memoria-. ¿Por qué, ya tienes alguna idea?
-Es posible, es posible. Tendré que verlos con mis propios ojos antes de nada, pero se me ocurren varias ideas. El problema que tienen casi todas es que necesitamos algo con lo que calibrarlos, y obviamente no tenemos el objeto en cuestión... Pero bueno, eso ya se verá cuando tengamos material con el que trabajar. Me retiro a mi cuarto, Guy, mis articulaciones están empezando a recordarme su existencia de formas poco agradables.
-Buenas noches, abuelete.
-Ja, ja. Verás cuando llegues a mi edad, jovencito, y empieces a crujir como una escalera vieja.
En cuanto la puerta de la habitación de Spinoza se cerró, Guy pudo oír otra abriéndose a la vuelta de la esquina. Echó a andar hacia allí con parsimonia, y al doblar el recodo se encontró con un pelirrojo apoyado casualmente en el marco de la puerta de su cuarto, con una de aquellas irresistibles sonrisas traviesas dibujada en el rostro.
-Adivina quién le ha conseguido encasquetar un cheagle a Anise para estar a s...- Ni tiempo tuvo de acabar la frase: Guy le empujó al interior de la habitación y cerró la puerta tras de sí, lanzándose a devorar sus labios con el hambre de quien por fin saborea un delicioso manjar tras semanas de ayuno. Enterró las manos bajo la casaca azul del vizconde, buscando la clara piel de Luke con la misma avidez que su boca y arrancándole un pequeño gemido. El pelirrojo, luchando por respirar entre beso y beso, le rodeó el cuello con los brazos.
-Maldita sea- masculló Guy. La parte de atrás de las rodillas de Luke golpeó contra el borde de la cama-. Te he echado de menos... una barbaridad.
-Lo sé. Lo sé, yo a ti también- jadeó el otro, dejándose caer en la cama y arrastrándole con él. Sus piernas se enroscaron alrededor de la cintura de Guy, que le desabrochó la casaca con manos temblorosas por la anticipación y paseó los labios por su cuello, embriagándose con su familiar aroma. Luke enterró los dedos en su corta melena del color del trigo y suspiró-. Oh, dioses, Guy...
El rubio levantó la cabeza y lo miró a los ojos, dos brillantes soles verdes clavados en él. Eran preciosos, pero cada vez que los miraba con atención no podía evitar tener la sensación de que estaban lejos, como estrellas que parecen estar al alcance de la mano en las noches despejadas pero que en realidad se encuentran a años luz de distancia.
Siempre le pasaba aquello. Podía fingir que no se daba cuenta (y se le daba muy bien fingir) pero la sensación de que Luke estaba lejos no se desvanecía, ni aun cuando sus cuerpos estaban tan cerca que eran uno solo. Continuamente lo olvidaba y continuamente volvía a recordarlo, pero no se atrevía a hablarlo con él. Tal vez, si lo hacía, Luke se alejaría más aún, tanto que ya no sería capaz de alcanzarlo nunca. Con algo menos de ímpetu y un poco más de delicadeza, le acarició la barbilla y lo besó de nuevo, esta vez larga y pausadamente hasta que ambos volvieron a estar sin aliento.
-Deberíamos hacer esto en la posada, no aquí- comentó Luke de repente. Guy esbozó una media sonrisa.
-No suenas nada convincente diciendo eso mientras me desabrochas el cinturón.
-Uy, ¿te diste cuenta?
-Obviamente.
Deberían haberse ido a la posada. Si lo hubieran hecho, Guy no habría tenido que salir corriendo con sus maletas en medio de la noche para que no le encontrasen donde no debía estar por la mañana, ni habría tenido que darle excusas para salir de allí tan tarde a un Jade inoportunamente insomne que se había encontrado en el patio, y desde luego habría dormido notablemente más que las escasas tres horas de sueño de las que había podido disfrutar.
La próxima vez, con calentón o sin él, se irían a la posada.
"No te lo crees ni tú, Gailardia" se dijo, restregándose las legañas mientras emprendía el camino a la Catedral para reunirse con los demás. Cuando ya estaba casi al pie de la escalinata, algo tiró del bajo de su chaqueta, sacándole de su ensimismamiento.
-Disculpe, señor. ¿Tiene un gald para un pobre huérfano?
Se giró, sacudiéndose los últimos restos de sueño de encima. Había un niño andrajoso de apenas cinco años mirándole con una sonrisa que no se correspondía con sus palabras y la mano extendida en forma de cuenco. Entre sus dedos había un papel doblado.
-Claro, incluso dos, pequeño- dijo Guy, sacando un par de monedas y entregándoselas, y recogiendo disimuladamente el papel al mismo tiempo.
-Gracias, señor. Que Lorelei le bendiga.- El niño le guiñó un ojo y desapareció por un callejón. Guy se guardó el pliego en un puño y se apresuró a subir las escaleras.
Luke y los demás acababan de desayunar. Tras intercambiar los buenos días y sufrir un largo escrutinio en silencio por parte de Jade, que seguramente seguía preguntándose a qué venía su comportamiento de la noche anterior, Guy le entregó el papel doblado a Luke, que lo desplegó y leyó rápidamente.
-Noir tiene noticias- anunció-. Me ha citado a la hora de comer otra vez. Aprovecho para decirle que en breve nos vamos a Ciudad de Yulia y que puede entrar allí, ¿no?
-Sí, por favor. Nuestro paquete debería llegar entre mañana y pasado- asintió Jade. A Guy no se le escapó la sonrisilla que le salió a Spinoza al escuchar lo último. A aquel hombre de verdad que le entusiasmaba su trabajo.
Luke y Natalia fueron a la hora de comer al mercado a hablar con Noir, y a juzgar por el gesto grave que traían a la vuelta, las noticias no eran precisamente buenas.
-La chavala a la que enviaron a investigar el terreno ha vuelto con las manos vacías- les dijo el pelirrojo en cuanto estuvieron todos reunidos en un rincón discreto de la biblioteca-. Ya no queda nada de Akzeriuth donde hayan podido esconder una base, ni túneles, ni aldeas, ni casas en las afueras, ni nada; sólo un cráter enorme que podría pasar por una bahía natural por el tamaño que tiene, en palabras de la chica ésta.
-¿Y dentro del cráter?- inquirió Jade, pero Luke negó con la cabeza.
-Nada, Jade, ya os lo he dicho. La chica se asomó a ver si tenían alguna nave o algo así a resguardo entre los acantilados, pero no vio nada. Y por lo visto el precipicio que ha quedado es bastante escarpado, así que si hubiera algo ahí dentro se vería fácilmente. Y los movimientos de gente hacia esa zona se han estado reduciendo en los últimos días, así que... me temo que por ahí no tenemos nada.
-No teníamos nada desde el principio- observó Jade, frunciendo el ceño ligeramente-. Creo que esto nos deja como única opción dirigirnos a Ciudad de Yulia y esperar a que lleguen los instrumentos de Malkuth para seguir trabajando. Avisaré al Comandante para que salgamos mañana a primera hora, por si quiere acompañarnos.
Guy asintió, pero cruzó una mirada preocupada con Luke. No podía evitar pensar que estaban dando palos de ciego, y a todas luces eso era algo que no podían permitirse.
No tardaron mucho en instalarse en Ciudad de Yulia. Teodoro les asignó habitaciones junto al Ayuntamiento, de forma que Jade y Spinoza compartían cuarto, Luke y Guy también y Natalia estaba sola (aunque no por mucho tiempo, ya que Tear no tardó en solucionar aquel detalle invitándola a su casa). Anise y Florian se habían quedado en Daath por el momento, al igual que Blacksen.
El "paquete" de Malkuth, como Jade lo llamaba, llegó a altas horas de la madrugada siguiente, por lo que Guy y Spinoza pudieron ponerse a trabajar en cuanto terminaron de desayunar. Para ello les habían habilitado uno de los diques secos del recién ampliado puerto, acoplándole una cubierta desmontable y convirtiéndolo en una especie de nave vacía que no tardó en llenarse de pesadas máquinas e instrumentos fónicos.
En cuanto vio lo que habían descargado los soldados malkuthienses del acorazado, Guy no pudo evitar que una sonrisa se apoderase de su rostro. Las máquinas fónicas siempre serían su debilidad, y la perspectiva de aprender algo nuevo sobre ellas resultaba de lo más estimulante. Además, nunca antes se había planteado una idea como la que pretendían llevar a cabo; Spinoza y él iban a ponerse a la cabeza de la fonotecnología si conseguían materializar su proyecto. Los pensamientos del ingeniero debían de seguir una línea muy parecida, pues a pesar de su rostro serio, un brillo de entusiasmo se escondía en sus ojos tras los cristales de sus gafas.
Los primeros días los emplearon en familiarizarse con el funcionamiento de los instrumentos con ayuda de Jade. Luke también les echó una mano proporcionándoles la señal que medían las máquinas, para lo que tomaba prestado el Cygnus para adentrarse en alta mar y provocar allí pequeñas hiperresonancias que pudieran detectar y localizar. Para sorpresa de Guy, no hizo falta pedírselo: el mismo pelirrojo se ofreció voluntario para hacerlo. De alguna forma, su antiguo sirviente esperaba que con las últimas menciones de Akzeriuth, Luke se mostrase reacio a utilizar su poder, pero parecía que no iba a ser así. Tal vez el joven Fabre por fin había conseguido perdonarse a sí mismo por la ciudad minera y perder el miedo a lo que era capaz de hacer.
Tras una semana de duro trabajo entre máquinas, bocetos y planos en la que tampoco recibieron noticias de Noir, apareció el primer problema con el dispositivo. Localizar la Llave de Lorelei no suponía ninguna dificultad siempre y cuando alguien la estuviera usando, pero mientras permaneciese inactiva, les resultaba imposible. Eso significaba que se arriesgaban a esperar a que algo ocurriese; y ese algo podía ser demasiadas cosas, ninguna de ellas precisamente buena. La idea de Tear de recalibrar los instrumentos para que encontrasen exactamente la Llave podría ser viable... si tuviesen la frecuencia fónica de ésta.
-El fonómetro detecta oscilaciones de séptimos fonones- les explicó Spinoza-. Las frecuencias fónicas no son más que oscilaciones de fonones en general, así que podemos modificar este instrumento para que capte la frecuencia de un objeto en particular y ampliar el alcance y la sensibilidad para localizar mejor su posición. El problema es que para eso necesitamos saber la frecuencia fónica de la Llave, y eso es algo que no tenemos.
-¿Y hay alguna manera de obtenerla?
-Midiéndola en la propia Llave. Ves dónde está el problema, ¿verdad?
Guy se quedó pensativo durante unos momentos, al igual que Jade. Tear y Natalia, que no tenían mucha idea del tema que estaban tratando, se mantuvieron en silencio, al igual que Luke, que se rascó la melena escarlata con aire distraído. Guy sonrió levemente, seguro que nadie salvo el General de Malkuth y él mismo había entendido algo de lo que Spinoza había dicho. El pelirrojo pareció notar su mirada, porque se volvió hacia él y enarcó una ceja inquisitivamente. Y de repente a Guy se le ocurrió una idea.
-Creo que podría haber otra manera- dijo de repente el rubio, atrayendo inmediatamente la atención de los demás-. Igual es una tontería, pero... Vamos a ver. La Llave de Lorelei... Podría considerarse como una extensión de la conciencia colectiva del séptimo fonón, ¿no?
-Eh... Sí, supongo- respondió Luke, intentando ver a dónde quería llegar.
-En ese caso, debería tener una frecuencia fónica muy similar, si no idéntica, a la de Lorelei, ¿no?- siguió Guy-. ¿Y si pudiéramos utilizar eso para calibrar el fonómetro?
-No es mala idea, pero le veo dos problemas. El primero es que así obtendríamos señales de todas partes, porque estaríamos buscando la frecuencia fónica de cualquier séptimo fonón que haya en Auldrant- señaló Jade-. El segundo es que tampoco tenemos la frecuencia de Lorelei; los únicos que consiguieron grabar el valor exacto fueron Saphir y Van Grants cuando...- se interrumpió y se llevó una mano a la frente-. Pues claro. Qué tonterías estoy diciendo, claro que tenemos la frecuencia fónica de Lorelei. O más bien- añadió, alzando la mirada hacia Luke- la de su isofón perfecto.
El aludido miró a los tres hombres alternativamente, sorprendido, y Guy asintió, satisfecho.
-Se le pueden hacer ajustes al fonómetro para que filtre la señal y considere como ruido cualquier valor por debajo de un mínimo- murmuró Spinoza, mesándose la perilla-. Así que el primer problema también se puede solucionar.
-Ruego que me disculpes, pero... no he entendido nada de eso- intervino Natalia, alzo azorada. Guy soltó una carcajada.
-Quiere decir que podemos hacer que los instrumentos ignoren las señales de los séptimos fonones libres y detecten solamente las de la Llave, que son mayores- tradujo.
-Gracias, yo tampoco me estaba enterando de nada- suspiró Luke-. Entonces, a ver si lo he entendido. Pensáis medir mi frecuencia fónica y utilizarla para calibrar los chismes estos, ¿no?
-Eso es. Si no es problema para ti, claro...
-¡Qué va, hombre! ¿Cuándo empezamos?
