La obra crepúsculo le pertenece a Meyer, chica afortunada; ver a Robert Pattinson de cerca debe ser una experiencia fuera de lo común.
A las 48 chicas que me dejaron comentarios, una noche romántica en un Londres de neblina; lugar para los amantes y sus pasiones fogosas.
A las lectoras fantasmas, un millón de gracias.
Capítulo dedicado a mi adorada Beta Lady Ginette quien es capaz de encontrarlo todo en ese mundo misterioso del Internet, quien siempre tiene un apunto gracioso y me hace reír, Gracias.
A Milady Luciana, quien hizo una investigación tipo Sherlock Holmes y me adentró en el misterioso mundo Victoriano.
FALSAS APARIENCIAS.
2
Lady Isabella Swan se había jurado no volver a ser lo que fue antes. A los diecinueve años de edad y en una fría noche en la casa campestre de su madre en Francia, se dijo a sí misma que nunca volvería a desplegar su carácter caprichoso, mimado y algo excéntrico producto de una madre que la crió de manera frívola y estúpida; por supuesto que la época y todo el dinero que arrastraba con ella le hicieron creer que Isabella, la única hija del multimillonario e indiferente Charles Swan se lo permitían. Gracias a Dios Inglaterra y su niebla le permitieron callar y ocultarse. Aún así la presencia de Alistair Sinclair en todas partes era un recordatorio de esa chica que un día fue llamada "la princesa encantada" pero el hombre y la sociedad londinense con su muy particular y fino refinamiento pedante permitieron que Lord Sinclair no dijera nada, estar próximo a ocupar un puesto en el parlamento hicieron que éste la detestara al estilo ingles: de manera irónica, soterrada y burlona. Pero ella sabía que él la odiaba. Lo peor era que Lady Isabella Swan se lo merecía. Una familia destruida era su culpa.
Algunas veces sentía nostalgia y algunas veces deseaba poder volver allí. Era una mujer y deseaba ser el centro de atención y de deferencia de la gente, sobre todo de los hombres; quería volver a divertirse y sentirse joven. Ahora solo le quedaban sus caballos, su cámara fotográfica, Alice su ama de llaves y Forks, su bello palacio al sur de Inglaterra, donde podía ser libre sin los idiotas corsés que la apretaban y asfixiaban.
Al volver de Paris junto a su padre quien desconocía lo que allí había ocurrido y que de una muy elegante manera le decía que no le importaba nada de lo que ella era, sólo que se atuviera a las rígidas y fastidiosas normas de la sociedad. Isabella se fue internando en la soledad y en el silencio.
Las únicas conversaciones con su padre eran en el enorme comedor de tres metros de longitud, y en la oficina donde ella prácticamente y sin que nadie lo supiese manejaba cada libra de la impresionante fortuna. Su padre estaba demasiado ocupado en ser un Lord y en ir cada día al club de caballeros los números y hablar de dinero es algo vulgar querida, un caballero no permite que esas nimiedades manejen su vida…Pero Charles era un hombre que no sabía muy bien cuanto dinero poseía, sólo gastaba. Claro está que para fines prácticos y para que nadie hablara mal de su hija, al final del mes y en los bancos él daba la cara y aguantaba los bostezos.
Sus padres estaban separados desde hacía veinte años, era una verdad a voces, pero nadie se atrevía a decir nada La señora Swan está de recreo en Paris, el clima de Londres le irrita si, recreo de veinte años y la absoluta certeza de que jamás volvería. Era por eso que Isabella era la acompañante de su padre a fiestas, paseos y estadías en los grandes castillos, propiedad de los pomposos amigos de Charles Swan y para ella eso era una tortura. Tener que escuchar las superficiales conversaciones de todos era fastidioso; nadie hablaba de algo importante, porque en verdad lo importante y esencial era sinónimo de mal gusto; los ingleses y su terror a demostrar que tenían alma, cosa que ocultaban con ironía y cinismo; por lo tanto la poesía era algo que se excluía en las charlas: los poetas hablando del alma humana, que total desfachatez. Aunque a veces se permitía que uno de aquellos excéntricos seres adornaran los salones y fiestas; en ese momento la atracción era un dramaturgo irlandés Oscar Wilde quien como pez en el agua se movía entre la sociedad inglesa y a quien nadie entendía, muy pocos percibían la burla mordaz en las palabras de aquel hombre de vestir insólito, no, el negro no es mi color lo oyó decir una vez.
Esa noche en el comedor de Lady Catherine, Isabella luchaba para no desmayarse, pues Alice había apretado más de lo usual su corsé y eso hacía que el oxigeno no fluyera de manera normal, por eso tosía como una enferma, pero era mejor toser que desmayarse delante de todos; (espectáculo reservado para Lady Angela Weber) su padre no le permitiría semejante ridículo. Además los ojos verdes esmeralda del impresionante Edward Cullen la ponían nerviosa, pues por primera vez en dos años éste la miraba ¡diantre! ¡Cómo la miraba! La vieja y coqueta Isabella, es decir "la princesa encantada" tuvo la tentación de hacer un mohín seductor para demostrarle a él que le gustaba su forma descarada de observarla, pero se abstuvo.
Edward Cullen se había fijado dos veces de manera superficial en Lady Isabella Swan, cosa diferente en ella. Él era el motivo por el cual ella salía de sus casas en Kensington y en Greenwich.
La primera vez que lo había visto fue en la caza del zorro organizado por el vivaz conde italiano Aro Vulturi, en su fabulosa propiedad Volterra. Ella estaba en los establos viendo los hermosos caballos (su debilidad) cuando sintió el trotar de un fabuloso pura sangre español, se ocultó en una de las caballerizas vacías de uno de los animales. El impresionante animal negro, una hembra, relinchó con furia y la voz de un hombre ordenó:
- ¡Quieta muchacha!
Isabella casi se desmaya, pues el animal salvaje era casi incontrolable y se negaba a entrar a la caballeriza. La luz de sol dio de lleno sobre el caballo y el jinete, que lo controlaba con fuerza; su corazón palpitó con locura, pues la imagen del animal parado en sus patas traseras y del hombre sobre él era como una pintura perfecta, hubiera deseado tener una cámara para congelar ese momento tan hermoso. El hombre vestido de negro totalmente y con un abrigo de un azul oscuro parecía mimetizarse con la bestia, la cual se dio por vencida ante la fuerza del fabuloso jinete. Ella se arrinconó lo más que pudo para no ser vista. El jinete llevó al animal hacía el establo y lo encerró allí.
- Estas cansada ¿no es así preciosa?- el hombre se quitó los guantes, Lady Isabella se fijó en las manos blancas de dedos largos, la izquierda tenía un fabuloso anillo de oro y rubí. El hombre acarició de manera sensual el lomo de la fabulosa hembra- tranquila…shhhhh- el animal antes en estado de furia se fue tranquilizando ante la caricia de aquel ser hermoso- eres bonita muchacha, muy hermosa ¿te gusta correr? Yo sé, a mi también- el toque continuó, las palabras también; Isabella vio aquello y envidió el animal que era tocado de esa manera, cerró los ojos y se permitió soñar que aquellas manos la tocaban sin que mediara los kilos de tela que llevaba encima- hoy, nos vamos a divertir pequeña, te voy a permitir correr, seremos libres, tu y yo…con el viento preciosa…shhhhh, eso es…eso…que linda niña- la voz de ese hombre era terciopelo cálido, miel dulce, ardor…- deberías ser mía, tú naciste para mi, lo sabes…lo sabes, oh si…- en la pequeña rendija por donde observaba Isabella pudo ver la sonrisa perfecta y de placer de ese hombre vestido de negro. Hablaba con el animal como si ésta fuera una mujer a la cual estaba seduciendo, susurros tranquilos, palabras pequeñas, mimos suaves, definitivamente: seducía a la poderosa yegua quien parecía disfrutar de aquel pequeño rito comunicativo y sugerente. Años hacía que Lady Swan no sentía ese cúmulo de tremendas sensaciones en todo su cuerpo. Hacía un frío de los mil demonios, sin embargo ella sudaba, sus senos parecían estallar bajo el corpiño y su vientre se tensaba por los deseos que ella había tratado de reprimir y que ahora con ese hombre y su voz fascinante hicieron que volviera a la época donde ella se permitió sentirse una mujer. Lo vio alejarse dos pasos de ella, volver a sonreír- Me amas preciosa, no lo niegues, volveré por ti en dos horas- con la fusta golpeó sus botas, Isabella saltó y respiró fuertemente. El hombre caminó dos pasos y volteó con la perfecta sonrisa en su boca- No seas impaciente, no iré muy lejos dulzura.
Ese dios griego desapareció y Lady Isabella corrió fuera de los establos, necesitaba llegar a su habitación ¡Diantre! Estos castillos, tantas habitaciones, escaleras interminables y los cientos de sirvientes que parecían hormigas vigilantes que podían aparecer a cada paso.
Finalmente llegó a su aposento y así poder desabrochar cada uno de los treinta y siete botones de su vestido. Las manos le temblaban y los incómodos e interminables botones parecían no dejarse domar. Muerta de rabia y de impaciencia febril, Lady Swan arrancó con fuerza la parte superior del vestido azul cielo para así poder respirar. Los botones volaron por los aires, pero los pechos de la mujer pudieron sentir un poco de libertad a pesar del corpiño. Se llevó sus dos manos a sus senos que se agitaban por el recuerdo de ese hombre, su voz, sus manos y sus susurros sugestivos y cariñosos al animal.
Eres hermosa cherie…perfecta, la mujer más bella que he visto años hacía que alguien le había dicho lo mismo, años donde ella no valoró aquellas palabras.
La mucama le trajo té y le informó que la cena para los casi sesenta invitados sería servida a las seis en punto. Lady Swan preguntó por su padre a quien no había visto en casi dos días, aunque estuviesen en el mismo piso del enorme castillo. La chica que no se atrevía a mirarla a los ojos, regla estricta de toda la servidumbre; contestó:
- No lo sé milady, disculpe milady.
- ¿De qué se disculpa?
- No lo sé milady, disculpe milady.
- ¡Por amor de Dios!- Isabella detestaba eso, pero lastimosamente la reglas y los terribles roles sociales eran algo que iba más allá del concepto de igualdad entre las personas. Solo su ama de llaves Alice se saltaba esa tonta regla, cosa que Isabella agradecía, al menos podía entablar una conversación decente con alguien.
- ¿Sabe al menos a qué hora salen los hombres a la cacería?
- A las dos milady. ¿Le gustaría que le sirviera el almuerzo en su habitación o en el pequeño salón milady?
- No, tráeme un poco de fruta por favor.
La chica regordeta levantó la cara ¿por favor? ¿Qué dama dice eso?
A la hora sintió el sonido de los cascos de los caballos. Corrió a la ventana para ver a los hombres salir, su padre estaba sobre un hermoso semental blanco, el conde Aro en una bestia de un color rojizo, pero el hermoso jinete de una hora antes no estaba por ninguna parte. Isabella tomó su cámara, que había traído oculta en su equipaje, ya que su padre le había dicho "No te atrevas a llevar ese adefesio, una dama no anda con un cámara fotográfica, es ordinario" pero ella no le hizo caso, amaba aquel aparato, el cual se lo había mandado su mejor amigo Eleazar desde América con una nota "princesa ¡viva la modernidad! Es lo último en cámaras" ésta era una kodak no tan aparatosa como su vieja cámara y mucho más práctica. Salió a escondidas y bajo las interminables escaleras, se atrevió por la "zona prohibida" para una mujer como ella, es decir: el territorio de la servidumbre, quienes se pararon aparatosamente de sus asientos al verla pasar e hicieron miles de reverencias, un sin fin de "milady" la acompañaron hasta que ella pudo salir hasta los jardines posteriores donde podía ver a los casi cuarenta hombres sobre las enormes bestias.
Los hermosos jardines ingleses eran en sí enormes laberintos que permitían el ocultarse de todos, es más se decía que allí los amantes podían hacer de las suyas sin que nadie los viera. Esperó pacientemente con la cámara hasta que el hombre apareciera y finalmente apareció junto a la impresionante yegua azabache. Los sirvientes de copas servían el escocés y éste de manera arrogante y divertida bebía y conversaba con los demás hombres allí. Lo vio acariciar de nuevo al imponente animal y de nuevo susurrarle. Isabella apuntó su cámara, rogó porque el hombre no se moviera demasiado.
- Por favor, un momento, sólo un momento.
El jinete se irguió sobre la silla, sacó su reloj del bolsillo, miró el horizonte y Lady Swan le tomó una foto.
¡Que hombre perfecto!
Los jinetes se pusieron en posición, los caballos resoplaban, los casi treinta perros ladraban ansiosos, los sirvientes se apartaron y en medio segundo toda aquel rito británico de fina crueldad dio inició.
Esperó a que todos se hubiesen ido, tomó su cámara y de nuevo volvió a su recamara, esperaba ver el resultado de la foto en uno o dos días, pues allí no podría hacer el trabajo de revelado.
Durante ese día y el siguiente Lady Swan se excusó de estar un poco débil, la verdad es que no quería estar en la presencia de toda la sociedad en pleno, los encontraba demasiado aburridos e hipócritas, ella ya había tenido suficiente de eso en su vida. Sólo añoraba llegar a Londres y en unos días tomar el tren que la llevara a Forks para poderse liberar de los corsés. Nadie dijo nada, es más estar un poquito enferma en el lenguaje de la alta sociedad británica era símbolo de muy buen gusto.
En su residencia en Kensintong la imagen del hombre apareció y era maravillosa. La foto había captado un gesto pícaro y juguetón, una especie de burla y un dejo de aburrimiento.
Días después en casa de su amiga Jessica lo volvió a ver, estaba con una mujer mayor que parecía mirarlo como si éste fuera la última maravilla del mundo. Todos hablaban con él y él desplegaba su gracia y carisma y su maravilloso sentido del humor. Sentado en una silla tomando algo de vino parecía un rey divirtiéndose con la plebe. Lo más excitante era ver cómo jugueteaba con su anillo de rubí, mientras que todas las mujeres revoloteaban a su alrededor, todas menos Lady Swan. En su época de coqueta y caprichosa se le habría acercado y hasta hubiese permitido que él viese un poco su escote para después con aire de mujer interesante y lejana se hubiera ido dejándolo envuelto en su perfume y con la incertidumbre de un quizás.
- ¿Es hermoso no es así?- su amiga Jessica esposa de Lord Félix Hamilton preguntó.
- ¿Quién?
- No te hagas la tonta conmigo querida, él- y lo señaló- Mister Edward Cullen, el adonis de Inglaterra.
Lady Swan sonrió, Jessica su amiga desde hacía cinco años. Se habían conocido por medio de los negocios de su padre y el esposo de ésta. Jessica era una mujer de ideas avanzadas y peculiares sobre las mujeres y la libertad, además le gustó que fuese Lady Swan quien en verdad manejara la fortuna del padre, a Félix su esposo no le gustó para nada, pero después pensó que la mujer era algo excéntrica. Inmediatamente ambas mujeres hicieron conexión.
- Impresionante.
- Es mucho más querida, mucho más, dicen las malas lenguas, que son las mejores, que es maravilloso en todo lo que hace, baila bien, es culto, toca el piano, magnifico conversador y…- se tapó con el abanico- un grandioso amante.
Lady Swan trató de ocultar la impresión que aquellas palabras hicieron en ella.
- ¿Quién dice eso?
- Todas las mujeres que han pasado por su lecho, y son bastante, la mitad de Londres.
Isabella batió las pestañas con aire de estupor.
- ¿Tú?
- ¡Oh no!- y la golpeó con el abanico- con mi querido Félix tengo, pero eso no quiere decir que no disfrute el cotilleo y las aventuras de alcoba de todas las damas de Londres, una puede divertirse.
Las dos soltaron la carcajada de manera poco tímida y los asistentes a la fiesta las miraron y entonces ella vio como los ojos de Edward Cullen se quedaron observándola de manera descarada; Lady Swan sintió en ese medio segundo que su cuerpo se hacía mantequilla. Pero el resto de la noche él no volvió a mirarla, Isabella dio las gracias por eso, una mirada más y de nuevo los botones de su vestido volarían de nuevo por los aires.
Durante un año y medio se lo encontró en bailes, reuniones, fiestas sociales y el teatro.
A finales de agosto él chocó con ella en una exposición de arte. Estaba un poco borracho e iba de la mano con la mujer más hermosa de Inglaterra: Tania Denalí quien había heredado una fortuna y tenía a todos los hombres a sus pies. El golpe en su brazo fue doloroso, pero fue más doloroso el calor galopante en todo su cuerpo.
- Disculpe milady- Edward Cullen le sonrió y todo a su alrededor se opacó- ¿le hice daño? Porque si es así no me lo perdonaría.
¡Diantre! Si dolía, ella era demasiado frágil para ese hombre de estatura impresionante.
- No se preocupe milord.
Él le guiñó un ojo, pero la mujer de cabellos de fuego lo arrastró por toda la galería. Ella se quedó allí pasmada y él seguramente en su ebriedad no recordaría el hecho. Era lo más cerca de él que había estado en meses.
Lo peor vino en el estreno de la temporada de teatro de la real compañía shakesperiana.
Romeo y Julieta sería la obra inaugural. Lady Isabella detestó ir, adoraba la obra, pero las representaciones era tan pomposas y el Romeo siempre era un tipo feo con cara de niña, voz chillona y demasiado amanerado para su gusto, pero en el gusto británico esa era la forma correcta, lo peor era la Julieta; una mujer en sus treinta, con demasiado polvo y dando alaridos sin gracia. Isabella había visto en Paris la representación y fue algo bello, brutal, excitante y fogoso; dos actores representando el deseo sexual reprimido y total, tan absolutamente deseosos de consumar la pasión que serían capaz de pasar por encima de todo y de todos. Pero no, en Londres la palabra sexo era prohibida. Isabella reía, pues sabía la cantidad de prostitutas y pornografía disfrazada que allí proliferaba.
La obra empezó pero a los cinco minutos quería huir de allí, si no lo hacía se dormiría en pleno palco.
Se excusó con su padre y salió corriendo hacía uno de los pequeños cuartos privados del teatro, últimamente la sensación de asfixia era agobiante, y últimamente lloraba por todo y no sabía porqué.
Estaba todo a oscuras, le gustaba estar así.
Escuchó unas voces, un hombre y una mujer que trataban de abrir la puerta del pequeño cuarto, Isabella no sabía que hacer y se ocultó en las enormes cortinas de color rojo.
- ¿Estas loca mujer?- el hombre se carcajeaba.
- Si, loca por ti Edward, tómame ahora.
- ¡Que niña tan mala eres!
Era la voz de él… ¡Dios! Quería morir. Apartó un poco la cortina y vio al hombre con quien deliraba, besar de manera frenética a Tania Denalí.
- Hazlo rápido querido.
- ¿Rápido?- preguntó de manera cínica y sugerente- me gusta tomarme mi tiempo.
Isabella vio la cara de impaciencia y de deseo en la mujer.
- ¡Diablos Edward! Lo que quieras pero hazlo ya.
Isabella quería llorar.
Edward se quitó el abrigo, la chaqueta que tenía debajo, mientras que ella trataba de zafarse de su ropa. Vio como la tomaba del cabello con fuerza y de daba un el beso más sensual del mundo. Se desprendió de ella para ayudarle a quitar el corpiño.
- ¡Maldita sea toda esta ropa ridícula!
- ¡Rómpela! ¡Desgárrala! No soportó más.
Para Isabella la escena estaba revestida de una belleza brutal, el deseo, el ansia, la necesidad de devorarse de aquellas dos personas. Se llevó las manos a la boca para no gritar.
- Eso en tú casa querida ¿no querrás que te vean casi desnuda en pleno teatro?
- ¡Oh Edward por favor!
Un gruñido.
- Estoy para complacer milady- la tomó de la cintura con fuerza y de nuevo otro beso devorador, la puso sobre la pared, le soltó la melena roja y la acarició de forma sensual y descarada- Dime cuanto te gusta princesa.
- Eres el mejor…el mejor.
- Dime más.
- No quiero hablar, no quiero hablar Edward, me muero aquí.
- ¿Te he dicho lo hermosa que eres? ¡Cómo me fascinas! Eres tan malvada y divertida, no eres como las demás, no eres como las demás…viejas urracas sin gracia- besó su cuello, mientras que con sus manos acariciaba la espalda de la mujer- y te deseo tanto.
- ¡Dios!- ella volteó y se lanzó sobre él, ella estaba casi desnuda de la cintura para arriba.
Isabella cerró los ojos, le dolía el cuerpo por el esfuerzo, quería arañar las paredes. El sonido de los besos, de los susurros, de la tela en fricción.
- ¡Joder!- dijo él en una carcajada.
Y la palabra soez que salió de la boca divina de ese hombre hizo que Isabella Swan vibrará como nunca lo había hecho, esa palabra la llevó a esa época donde un día un hombre casi tan perfecto como Edward Cullen la deseó de la misma intensa manera. ¡Joder! Esa palabra la sacó de su mundo aburrido, reprimido y culposo y la instaló en un mundo carnal y erótico. En ese momento quería ser Tania Denalí y ser besada por Edward Cullen y que la palabra ¡Joder! Fuera el indicio del deseo total por ella.
El hombre iba a empezar a desnudarse e Isabella sabría que en ese momento ella se desmayaría. Pero unos golpes sobre la puerta hicieron que las tres personas que allí estaban despertaran del letargo sexual que allí reinaba.
- ¿Hay alguien ahí?
¡Era la voz de Charles Swan!
- Isabella Swan sal de ahí, no quiero espectáculos.
Edward río divertido, Tania le cubrió la boca e Isabella estaba a punto de morir.
Charles volvió a llamar, pero al ver que nadie contestaba desistió.
- ¿Isabella Swan?
- Si, la aburrida solterona hija de Charles Swan, la conoces.
- La he visto, una, dos veces.
- Deberían prohibirle estar en sociedad, la mujer provoca sueño cuando la ves.
- No seas cruel Tania, no todas pueden ser como tu querida.
- No, pero no hay derecho, tiene todo el dinero del mundo y se encierra en sus casas y palacios, fuera de fea avara ¡que desperdicio!
Pero Edward no puso atención estaba besando el cuello de la mujer.
- No querido, es mejor ir a nuestro palco, nosotros tenemos que actuar también, en casa podrás romper mi corpiño.
- ¿Me lo prometes?
- Toda tuya.
- Voy a hacerte gritar.
- Siempre lo haces.
Los vio vestirse a ambos y ver como él le daba una nalgada juguetona a la mujer que chilló divertida.
Isabella esperó unos minutos, caminó despacio y se sentó junto a su padre.
- ¿Dónde estabas?
Pero ella no contestó, su padre no insistió.
Su corazón latía a millón, tenía en su cabeza las palabras de la escena presenciada hacía unos minutos. Quería llorar.
Tomó los binoculares y de manera discreta buscó a la pareja que estaba en el palco de enfrente. Ambos reían, él tenía una expresión burlona. Lady Isabella lo miró con detenimiento, quería tocar su piel.
Intentó poner atención a la obra, pero no pudo y volvió a la pareja. En ese momento él besaba el cuello de la mujer de manera descarada, él mordió el lóbulo de su oreja y ella pareció gemir. Isabella se mordió la boca; hubo un tiempo en que ella fue deseada de la misma manera y besada de la misma manera. Hubo un tiempo en que Tania Denali no hubiese sido nada frente a la chispeante Isabella Swan quien con un dedo tendría a todos a sus pies…hubo un tiempo en que ella fue feliz.
La obra terminó, todos moqueaban frente a la muerte de los amantes de Verona y ella aprovechó la idiotez reinante y lloró frente a todos de manera silenciosa. Su padre le pasó un pañuelo.
- No seas melodramática Isabella, contrólate.
Volvió a tomar los binoculares para verlo por última vez esa noche y casi grita cuando se dio cuenta que Edward Cullen la observaba con unos aparatos iguales al suyo, éste se burlaba.
En su habitación y con la foto de él pensó que si ella fuese la misma de hacía unos años, él quizás la amaría.
Ahora dos meses después, sin razón alguna Lord Edward Cullen la incitaba a beber y la observaba atrevidamente. No supo porqué ella rió de manera boba y se odió por eso.
Se sentó a lo lejos, mientras bebía veía a la ridícula señorita Angela Weber hacer unos de sus espectáculos de desmayo y tontería. Alguien pidió las sales e Isabella quería agarrar un jarrón repleto de agua y tirárselo en la cara.
De pronto la voz de Edward Cullen la sorprendió.
- ¿Qué sería de Inglaterra sin las sales?- su tono mordaz era realmente una delicia.
Lady Swan no pudo contenerse.
- Sería una tragedia de proporciones monumentales, seguramente iríamos a la guerra, los pobre hombres desesperados por huir.
Edward Cullen soltó una carcajada elegante ¡vaya!
- Es usted muy mala Lady Swan.
Sí, hubo un tiempo en que ella fue muy mala y se divertía con eso.
Se sonrojó y tapó su rostro con el abanico.
Él de manera atrevida la tomó del brazo y la acompañó hasta una silla y se sentó junto a ella, no soltó su mano, ella temblaba sin articular una palabra, pues él no despegaba sus ojos de su cuello.
Edward Cullen pensaba que la mujer tenía la piel más hermosa que él había visto en su vida, ni una sola marca de viruela y ni una sola señal de polvo facial, algo realmente exótico. De cerca la solterona era realmente una mujer muy hermosa, algo simplona y sosa pero realmente bonita, aún así la odiaba, podría ser muy bella, pero las circunstancias para acercársele era detestables, ella le haría perder su amada vida de libertino.
Se le acercó y respiro de manera caliente sobre su cuello.
- Tiene usted la piel más exquisita del mundo Lady Swan, estoy tentado a morderla.
Ella volteó hacía él y ambos se quedaron mirando.
Lady Catherine observaba la escena y corrió hacía la pareja.
- Mister Cullen debo rogarle para que toque para nosotros.
El hombre soltó la mano de la joven mujer, Isabella sintió nostalgia por el toque caliente.
- ¿Qué le gustaría que toque Lady Swan?
Ella estaba segura que no se refería al piano.
- No se- contestó tímidamente, maldito corpiño, iba a matar a Alice.
- Si sabe- la mueca burlona.
- Lizst quizás.
- Ummm tempestuoso, me gusta.
De manera elegante, él se paró tiró hacía atrás el sacoleva y caminó como un pavo real por todo el salón. Se sentó y empezó a tocar, si algo tempestuoso que hizo que todas las bombachas y enaguas de las mujeres empezaran a incomodar, hasta Lady Weber lo miraba, seguramente las sales no eran tan buenas como las manos de Edward Cullen para hacerla recuperar de unos de sus desmayos.
Durante media hora él toco de forma bella y majestuosa; Lady Swan estaba asfixiada y la tonta ropa no ayudaba y antes que él terminará salió del salón, buscaba oxigeno y frío para bajar el calor de su cuerpo.
Fue al jardín posterior y llevó a sus pulmones el aire helado de Londres.
- ¿No me diga que esta huyendo de mi Lady Swan?- sintió su espalda pegada a su pecho- eso me decepcionaría mucho, soy un hombre orgulloso- el aliento divino la bañó haciendo que de nuevo su cuerpo ardiera.
Ella se volteó de manera intempestiva, lo miró, las luces de las bombillas del jardín hicieron que el cabello cobrizo y peinado de manera rebelde fuese algo digno de ver.
Sus ojos verdes eran brillantes y provocadores y su boca en una mueca arrogante era perfecta, ella lo quería besar. La antigua Isabella Swan resurgió por unos segundos y sin medir consecuencias se lanzó a los labios del hombre y los mordió sensualmente. Por un momento Edward Cullen seductor perdió la compostura, no se esperaba eso y arrugó el ceño y la miró de manera concentrada.
- Yo soy mala mister Cullen, no se acerque a mi, saldría perdiendo en este juego- ella se alejó de él- no se acerque a mi.
Agarró su vestido y corrió hacía la fiesta.
"¡Diablos ¿qué fue eso?" Pensó el seductor.
Oh my God.
¿El cazador será cazado?
Gracias por leer.
-=:=-
