La obra crepúsculo es propiedad de la señora Meyer.

A todas las hermosas que leen y comentan y a las cuales por cuestiones de tiempo no puedo responder (tengo un monstruo dragón que roba todo mi tiempo) un millón de gracias a las quinta potencia.

Un millón de besos y agradecimientos a mi beta Ginette quien el día del beta lo celebró trabajando (lo siento), que bonito regalo eres tú nena.

A mi Sherlock particular: Luciana, mil y mil gracias.

A isita quien tiene el arte de hacer cosas bellas e hizo para esta historia unas fotos que te mueres (están en el blog) también muchas gracias.

A mis amigas, mis comadres, mi particular salón del humor, no hay palabras.

Esto de cazar y ser cazado se pone muy interesante.

Seductionward que cosa linda.

FALSAS APARIENCIA 4

Mi dulce y tímida Isabella.

Me dirijo a usted de manera tierna y dulce. Creo que mi pasión por su presencia me hace ser muy atrevido. Porque si Lady Swan, usted querida dama ha robado mi corazón. Se preguntará ¿cómo? Si yo apenas la conozco, pero el amor tiene extraños caminos. Una mirada suya bastó para que este pobre hombre sintiera que sin usted no era posible vivir.

Usted Lady Swan provoca en mí, tiernos suspiros y gratos pensamientos.

La primera vez que la vi fue en el teatro junto a su honorable padre, aún recuerdo el hermoso vestido azul que tenía, este resaltaba su figura grácil y adorable. Lloraba como una niña pequeña al ver cómo los amantes de Verona iban hacia la muerte, fue conmovedor, mi corazón de cínico sintió por primera vez que algo noble y puro se ponía ante mis ojos. La he visto, la he seguido por todo Londres, pero su indiferencia de diosa no ha permitido que sus ojos se posen sobre este mortal.

Hace una semana tomé una decisión drástica querida Isabella ¿puedo llamarla así? Quiero creer que si, pues deseo que su nombre poético me pertenezca. Pero no, no quiero desviar mi confesión de amor hacia usted hablando de mis desvaríos apasionados, pues usted dulce doncella no merece que un pobre desdichado descargue sobre su noble ser todo lo que yo siento.

Si, Lady Swan la deseo con fervor, ¡No! no se sienta ofendida, no quiero que su pureza se vea violentada por mis deseos de hombre febril, pero me siento asfixiado Milady, como le decía he tomado una drástica decisión y esa es amarla en silencio, mas no me diga Isabella que me aleje de usted, que no desee verla en cada oportunidad, que no me le acerque para disfrutar el embriagador perfume de su ser, la hipnótica sensación de su pureza. Un hombre como yo necesita redención y usted y su maravilloso ser me lo proporcionan.

Aquellas palabras que pronunció sobre su "maldad" las puedo creer Milady, porque si le quita a este hombre el placer de observarla, entonces su maldad no tendrá fin. Quiero ser un santo, quiero la purificación a su lado Milady, no sea cruel mi dama, permítame que este pecador sea bendecido por tan perfecta mujer.

Suyo para siempre Edward Cullen.

La carcajada de Tania se escuchó por toda la casa.

- ¡Dios! Que sarta de tonterías.

Edward quería vomitar de fastidio ¡escribir una carta tan idiota! Con esa cantidad de lenguaje empalagoso ¿Pureza? ¿Redención? ¿Castidad? ¿Hasta que punto tendría que continuar semejante teatro idiota?

- Siento pena por la pobre solterona.

Tania sonrió de manera maquiavélica.

- No sentirás pena cuando te veas casado y disfrutando de semejante fortuna Edward Cullen.

- Toda la maldita sociedad de Londres me va a odiar.

La belleza pelirroja se levantó de su silla y fue hacía el hombre que agitaba la carta casi con asco.

- Nadie te va a odiar querido, tu matrimonio con Lady Swan será como todo matrimonio ingles: perfecto frente a todos e indiferente en privado, quizás cuando esto ocurra, puedes volver a mi cama ¿no es eso lo que hacen todos los caballeros? Ella tendrá lo que quiere y tú tendrás lo que quieres, el dinero y el respeto. El abandonarla y preñarla no se verá mal, dirás simplemente que los negocios no dan espera ¿no es la excusa perfecta? Todos lo hacen, y si tienes tanto miedo al que dirán, cada año vendrás y la llevarás al teatro y fingirás ser el esposo modelo.

- Ella me odiará.

- ¿Y qué importa? ¿Cuándo los sentimientos de alguien te han importado querido?- el tono de la mujer fue ronco y lleno de veneno.

Edward sonrió ¡nunca! ¡Jamás! Él no sentía nada por nadie. Ni siquiera por el padre. Un niño egoísta y depravado, eso era él ¿amar? ¿Odiar? ¿Sentir? ¡Qué pérdida de tiempo! Palabrería de escritores melodramáticos y enfermizos. Él solo quería vivir, no sentir, no apegarse a nada, solo vivir el momento y el placer. Al final la vejez llegaría y él tendría el goce de saber que a pesar de los años él fue capaz de estar por encima de la idiota ética y moral que tanto odiaba y que su padre tanto respetaba, pues al escribir esa carta a la tonta Lady Swan supo que aquel tufillo moral que había tenido unas horas antes diciendo y jurando a su padre muerto que sería un mejor ser humano se había evaporado. ¡Que diablos! El viejo ya estaba muerto, ahora tendría que sobrevivir y la honestidad tendría que irse para los quintos infiernos.

Edward miró a la mujer, sino fuera porque la mujer le había jugado tan sucio, seguramente la fornicaría sobre el escritorio. No le gustaban las mujeres que tenían cartas ocultas bajo la manga. Sin embargo la tomó de la cintura, la atrajo fuertemente hacía si, y la mordió en los labios con crueldad.

- ¡Bestia!

Él soltó una carcajada.

- Sin embargo te gustaba querida, apuesto que me deseas en este momento.

La mujer gimió…lo deseaba…no, ella sentía mucho más, pero no era el momento…él y su cinismo repulsivo se la comerían viva.

- Tal vez otro día.

- Quizás nunca.

Los ojos azules de la mujer se achicaron y lo miraron con furia, golpeó el pecho del hombre, pero esto hizo que él se burlara más maldito bastardo, ella va a borrar esa idiota sonrisa de tu cara Edward no la soltó, agarró su cabello rojo atrapado en un complicado moño y la acercó a la cara.

- Dime querida ¿Por qué Alistair Sinclair odia a la pequeña cosita?

- No sé ¡suéltame!

- Si sabes ¿Qué le hizo?

- ¡No sé!

- ¡Mientes! Algo muy feo pasó allí y ¿Tú? ¿Por qué me odias tanto? ¿Acaso el placer que te di no fue suficiente?

- Oh me diste mucho placer Edward Cullen, ninguno de mis amantes ha sido como tú, eres tan sucio y perverso.

- ¿Entonces?- volvió a morderla.

- ¿Entonces?- para Tania Denali, la pregunta ofendía el maldito egoísta – entonces nada Mister Cullen ¡suéltame! Toma el maldito dinero y has que valga la pena- la mujer agarró su pequeña bolsa- te recomiendo que con la carta mandes claveles, sé que ella los ama, y por favor has que la tonta esa caiga rápido, porque en pocos meses el embarazo de tu hermana será visible a la vista de todos- Tania lo señaló- resultados Edward Cullen, resultados, tu deuda gana intereses- miró la casa y con gesto burlón dijo- si no lo haces todo este lugar será mío y mandaré a derribarlo.

Edward se abalanzó furioso.

- Si lo haces te mato.

- Resultados Cullen, resultados.

La mujer caminó hacia la puerta.

- Solo te digo una cosa Tania Denali, cuando termine toda esta mierda voy a ir tras de ti y no tendré compasión, no me gusta que juegues conmigo, no sabes con quién te estás metiendo.

Tania volteó y lo miró con desprecio fingido. Salió de la enorme casa y miró la fachada elegante Cuando esto termine Edward Cullen serás un hombre destrozado y yo me reiré de ti maldito bastardo.

Isabella a la mañana siguiente recibió la carta y un ramo de claveles ¡Diablos! ¡Detestaba los claveles! ¿Acaso estaba muerta?

Lady Swan no sabía si reír o llorar, era la carta más ridícula que le habían escrito, ni siquiera él o ninguno de los hombres que la habían cortejadole habían escrito algo semejante.

Ella había tenido de los hombres que la cortejaron en Paris, música, poesía, estallidos de amor romántico y pasión. Hasta hizo que muchos de ellos pelearan por ella a muerte….

Y esta carta tonta ¡Por amor de Dios!

No negó que sintió algo de decepción hacía Edward Cullen, ella sabía que él era capaz de muchas más cosas; no de cartas almibaradas y mal escritas. Estaban también los claveles, flores que ella odiaba a muerte, que poco la conocía. Pero no lo pudo culpar en ese punto, nadie la conocía ¡gracias a Dios!

Tomó la carta y la leyó con indiferencia Se que eres capaz de algo mejor porque aquel hombre que le había susurrado a un animal de manera sensual, que tenía como amante a la mujer más hermosa de Inglaterra, aquel del que todas las damas hablaban, que tocaba a Liszt tan bellamente y que recitaba poesía sucia y perfecta no podía ser este niño que escribía cartas como un mocoso de catorce años. Seguramente las palabras escritas sobre el papel obedecían más a la imagen que ella proyectaba ¡por favor Mister Cullen! Ninguna mujer por muy pura que sea, desea cartas de amor tierno y dulce, cartas de amor con un dejo casi santo ¡no! las mujeres querían cartas de amor de fuego, promesas de besos salvajes, caricias lentas y agonizantes y pasión capaz de incendiar las frías tierras de Escocia. Que tonta imagen de las mujeres, la ramera y la virgen desean lo mismo, solo que la hipocresía reinante en todo el país hacía que las mujeres dijeran semejantes tonterías sobre la pureza nívea del amor. ¡Diantre! Que bobadas tan grandes. Porque ella Lady Swan sabía muy bien que en los muy puros cuartos de todas las señoritas inglesas habían fotos, libros, dibujos de hombres y mujeres desnudos que se enredaban y gozaban de manera lasciva. Ella escuchó a muchas chicas hablar de cómo se tocaban impúdicamente, o cómo muchas de ellas preguntaban a sus amigas recién casadas que era lo que pasaba en la noche de bodas; cuál era el misterio de la "consumación" Lady Swan reía secretamente.

Tomó las flores y las puso en un jarrón, pero dio la orden de que éstas fueran puestas en una de las habitaciones de los invitados, donde ella no pudiera verlas.

Se sentó en el escritorio de su padre y tomó una hoja, la pluma y la tinta y se dispuso a contestar.

Mister Edward Cullen.

He recibido su carta, sus palabras son muy amables y le doy las gracias por expresar sus sentimientos hacía mi. Pero de antemano le digo, no insista, seguramente miles de mujeres en Londres darían media vida porque usted caballero se fijara en ellas. Los sentimientos que usted expresa me son gratos más por mi vanidad de mujer que por otra cosa, más he de asegurarle que señor que no pasan de ser eso: vanidad. No deseo ser grosera, ni impertinente, pero usted no me conoce, no sabe quién soy yo, por lo tanto "esa pasión" que dice sentir por mí es tan sólo quizás, un pequeño capricho producido por mi negativa hacia usted.

Con esto me despido.

Atentamente.

Isabella Swan.

- ¡Alice!- llamó a su ama de llaves, quien vino de manera pronta- dile a uno de los sirvientes que lleven esta carta a la dirección que allí está escrita.

Alice miró el nombre del destinatario.

- ¿Edward Cullen? ¿Quién es?

- Un hombre muy hermoso y peligroso.

Los ojillos azules de la mujer brillaron de emoción.

- ¿Muy hermoso?

- Perfecto.

- ¿Entonces Milady? ¿Qué espera?

Bella sonrió con tristeza.

- No es para mí.

- ¿Por qué?

- Él no es para mí.

- Oh Milady, le he oído decir eso varias veces y sé que no es producto de su arrogancia, usted es hermosa y rica. ¿Por qué ese hombre y ninguno es para usted?

Alice se atrevía a preguntar cosas tan intimas, ya habían saltado las barreras entre ama y sirviente.

- Fue una decisión Alice, mejor para mí y mejor para ellos.

- No entiendo Isabella.

Isabella no contestó, se fue hacia el espejo de uno de los pasillos y se miró de manera concentrada en él. Un pensamiento secreto un recuerdo de algo y Alice la vio sonreír de manera maliciosa y misteriosa. Su ama escondía cosas que quizás la mujer del cuadro le podría contar.

Edward Cullen leyó la carta y la quemó de rabia.

¿Qué se creía la cosilla esa? Estas mujeres sin gracia diciendo que no ¡por todos los santos del cielo! ¿Qué esperaba? ¿Qué hiciera todo el teatro de amante desesperado? ¿Escribir cartas de amor enfermizo? ¡Mierda! Quizás eso era lo que ella deseaba. Una solterona como esa quería romance a lo Jane Austen ¡maldita sea! Todas las mujeres y esos idiotas libros, ojala pudiera ir al pasado y arrancarle la cabeza a la solterona escritora y decirle que se callara para no tener que escuchar a todas ellas suspirando como idiotas por esos personajes aburridos que llenaron de cucarachas las cabezas insulsas de niñas tontas.

Suspiró y aceptó el hecho de que tendría que hacer el tonto melodrama romántico.

Mi dulce señorita Swan.

¿Qué pretende? ¿Condenar mi corazón a la miseria? ¿Enloquecerme? ¿Echar fuego a esta herida que poco a poco va creciendo en mí? ¡Cruel! ¡Malvada! Oh ahora si lo creo, usted es mala, yo solo quiero estar a su lado, deleitarme con su rostro ¿Por qué me dice no de una manera tan rotunda? ¡Piedad de mí!

Edward Cullen.

- Por todos los santos del cielo- exclamó Isabella.

Tomó una hoja y de manera escueta contestó.

Mister Cullen.

He dicho que no. No, es la palabra que usted escuchará de mí.

Isabella Swan.

Muerto de rabia y de impaciencia tomó su abrigo y se aprestó a ir a la casa de la mujer.

Tocó la puerta de la muy impresionante mansión de fachada blanca. Bella lo vio desde su habitación y le dijo a Alice que simplemente le dijera que hacía casi una hora ella había partido unos días a Bath.

Escondida en su habitación tratando de no correr escaleras abajo para ver a ese hombre a quien deseaba besar de manera desesperada. Ni siquiera él le había provocado tantas emociones juntas, pero ¡no! ¡Dios no! Lady Swan sabía que si dejaba salir a la coqueta de Paris, todo se iría para el demonio y no podía él no lo merecía, al menos ella haría eso por él.

Alice lo recibió. Se quedó mirándolo con la actitud reservada de la servidumbre, pero por dentro se decía ¡Santo Cristo! ¿Qué es eso? La belleza de Edward Cullen quizás para Alice Brandon era opacada por la rubia y melancólica belleza de su antiguo amante, pero no podía dejar de admirar ese hombre frente a ella que la miraba con ojos picaros.

Edward se quedó mirando el impresionante esplendor de la impresionante mansión. Cortinas de terciopelo, enormes cuadros que enmarcaban la entrada, la escalera interminable de madera de cedro, los muebles estilo regenta, la alfombra de un azul oscuro, porcelana de bailarinas que graciosas parecían moverse en el aire, tan solo uno de los cuadros podrían pagar su deuda. Todo aquel lujo en aquella casa y él y su hermana viéndose a gatas para sobrevivir; la vocecilla de la ambición gritó en él esto es para mi…oh si Lady Swan, serás mía tú y tu maldito dinero.

Alice quien conocía el rostro de la ambición inmediatamente disgustó de él.

- Lady Swan partió hace una con su padre hacía Bath Milord.

Edward miró a la sirviente y le sonrió de manera burlona.

- ¿Bath?- No creía ni una sola palabra- ¿Cuándo vuelven?

- No lo sé Milord- El ama de llaves no parpadeaba, lo miraba de manera directa, cosa que hizo sentir al cínico un poco incómodo.

- Déle a Lady Swan un mensaje por mí.

- Lo haré con prontitud.

Edward caminó hacía la mujer quien estaba incómoda con ese hombre frente a ella.

- Dígale que es inevitable, que puede huir de mi, pero que es inevitable.

Alice Brandon sabía que ella era una simple sirvienta, pero su temperamento franco y honesto hizo que a pesar del rango de ella frente al fino caballero ella preguntara.

- Inevitable ¿Qué mister Cullen?

- Ella sabe, ella lo sabe- Se paró cerca de la pequeña mujer, la miró de arriba abajo con gesto de arrogancia. Tomó la mano de Alice con suavidad y la llevó a sus labios y le dio un beso suave y seductor- Hasta pronto- sonrió y esperó que ella le abriera la puerta.

Salió a la calle, hacía un frío casi doloroso. Miró hacia una de las ventanas, donde minutos antes había visto un movimiento leve de cortinas. Sabía que ella estaba allí mirándolo. Sin vergüenza clavó sus ojos verdes de manera profunda y apasionada sabiendo que en ese instante los ojos oscuros de Isabella Swan hacían lo mismo con él. Su sonrisa torcida se dibujo en su cara, tomó su sombrero e hizo una reverencia juguetona.

Tras la cortina Lady Swan sostenía su pecho que se apretaba de manera dolorosa bajo el corpiño.

"No tiene derecho a ser tan hermoso… ¿Qué quieres de mi Edward Cullen? ¿Qué buscas?" aterrada Isabella pensaba que a pesar de sus esfuerzos por ocultar su temperamento ardiente, de alguna manera Edward Cullen quizás intuía la clase de mujer que ella era. Hombres como esos, entendían la naturaleza apasionada en un leve gesto. Quizás aquel beso demente dado en la fiesta dejo en él el sabor de alguien que sabía más de lo que aparentaba. Se asustó, quizás a pesar de los siete años de rigurosa frialdad, quizás de alguna manera el encuentro con ese hombre estaba haciendo que "la princesa encantada" estuviese despertando de su tremendo letargo.

¡No! ella hizo una promesa… ¡la hizo! Más intuía que de una manera u otra la presencia divina de ese hombre haría en cualquier momento emerger a la antigua niña caprichosa y terrible y que ella quebrantaría la promesa hecha hacía tantos años. Tenía terror, pues sabía que aquella promesa fue hecha más por la culpa que por un real arrepentimiento o por una real pasión.

Los ojos azules y tranquilos de él la miraron tan tiernamente y escuchó su voz de niño tierno diciéndole al oido Je t'aime, Je t'aime Je t'aime, tu es le ciel pour moi, vous êtes le ciel Isabella, Je t'aime toujours… toujours.

- Perdóname ¿Por qué no pude amarte? Hubiese sido tan fácil.

Oyó el toque de Alice sobre su puerta.

- Adelante Alice.

El ama de llaves abrió la puerta y observó la agitación de su ama, ella conocía esa agitación; trató de ocultar su sorpresa, en seis años conociendo a la muy parca Milady de pronto ésta se presentó como una mujer.

- Mister Cullen dejó un mensaje.

- No quiero escucharlo.

- Él dijo que era inevitable.

- ¡Te dije que no quería escucharlo! ¡Dios!- caminó por toda la habitación, se llevó su mano al rostro llena de impaciencia- ¡Ese hombre irritante!

- Y hermoso Milady.

- No quiero saber nada de él, nada de él.

- Es un hombre peligroso Isabella.

El caminar de felino de Lady Swan se paró por un momento.

- Lo sé, lo sé.

- Usted corre peligro Milady.

- ¿Peligro?

- Si, de enamorarse de él.

- No, no.

- ¿Por qué no?

- No lo voy a permitir Alice- Isabella irguió su delgado cuerpo, alzó su rostro y volvió a la expresión de mujer dura- He conocido hombres como ese, sé lo que quieren.

- ¿Y qué quieren Milady?

- Un reto.

- No entiendo Isabella.

- Cazadores, esos hombres juegan a cazar Alice.

La pequeña ama de llaves se acercó a la mujer, su única amiga.

- No quiero que la lastimen Milady.

Isabella soltó una carcajada que para Alice vino de una mujer que ella desconocía.

-No te preocupes querida amiga, yo sé jugar los juegos del cazador.

La sirvienta hizo un gesto de curiosidad y diversión, pero no se atrevió a preguntar. No sabía que Lady Swan conocía los juegos del cazador, los había jugado en Paris y siempre había ganado.

/::/

Harto de tener que aparentar, deseoso de hundir su carne en una mujer y de castigar a la insulsa de Lady Swan, Edward Cullen fue al lugar donde seguramente y de manera furiosa mordería a una gatita hasta hacerla maullar.

La pequeña mujer se desnudó con prontitud, era un buen día Mister Edward Cullen se acostaría con ella, si por la chica fuese no le cobraría un penique.

El hombre divino se desnudó, soltó una carcajada y mordió a la mujer en las nalgas.

- Es usted perverso Milord.

- Claro que si preciosa- la puso contra la pared y deslizó su lengua por toda la espalda. La chiquilla gemía de emoción.

- Lo extrañé Milord.

Pero el hombre estaba demasiado ocupado en llevar a la chica a la cama que no puso atención a las palabras de la muchacha. En un solo movimiento la levantó y la tiro sobre la cama, ella gritó de manera juguetona. Por un momento se quedó mirándolo y él permitió que lo observaran.

- ¿Te gusta lo que ves preciosa?

- Oh me gusta mucho señor.

Edward Cullen era un hombre arrogante con su sexo perverso, le gustaba darle placer a las mujeres, fuesen lo que fuesen, damas o putas, pero estaba demasiado frustrado para pensar en tomarse su tiempo con la mujer en cuestión. Tomó el profiláctico, cosa que agradecía su invención hijo de perra inteligente lo deslizó por todo su miembro y sin miramientos y como animal ansioso se arrojó sobre la mujer y la penetró de una sola embestida. La chica gritó de placer.

- ¡Oh Milord!

Pero el caballero en cuestión estaba demasiado ocupado, hambriento y excitado para algo más que en fornicar a la chica hasta la muerte. A la media hora el cuerpo de la mujer estaba agotado por el placer recibido y él sentado desnudo tomando una copa de vino solo pensaba en la tonta de Lady Swan que se atrevía a negarse al placer de su polla perfecta.

Esmerald Platt, tenía el burdel más refinado de todo Londres; un lugar donde los hombres iban a beber, jugar y dormir con mujeres que al menos no tenían tanto miedo a gritar en las alcobas, porque si, las damas refinadas inglesas, disfrutaban, pero no se permitían gritar de manera desenfadada en sus camas, eso no era símbolo de buen gusto.

Esme, como le decían sus conocidos, era una dama en casi todo el sentido de la palabra, alguien delicado, maravillosa conversadora, pero una mujer a quien la vida había golpeado de tal manera y en el que en un momento extremo de su vida tomó la decisión de convertirse en una Madame. Un esposo malvado, un hijo muerto y un terrible secreto la pusieron en ese lugar.

Todas las prostitutas de Inglaterra morían literalmente por pertenecer a la famosa casa, que quedaba en el muy prestigioso barrio de Greenwich; ella reía, pues a pesar de todo "su casa" en aquel barrio era aceptada como un mal necesario. Nadie le hablaba, pero todos la conocían; en algunas ocasiones se topó con sus clientes en la calle, hombres que iban del brazo de sus esposas. Ellos tosían de manera embarazosa y ellas la miraban en un cómplice secreto, pues si, a veces las mujeres agradecían que aquella mujer existiera. Pues a veces matrimonios hechos por conveniencia no daban espacio ni para el amor ni para el placer, así que Esmerald Platt era a veces una bendición, pues les quitaban a esos hombres de encima. Ella les brindaba higiene y secreto. Si, las mejores, las más bonitas, sanas y limpias rameras de Londres estaban en su casa.

Hacía casi un año toda la ciudad había vivido el terror de aquel hombre que había asesinado a varias mujeres en el terrible barrio de White Chapell, mujeres asesinadas de manera brutal por un loco a la que la policía llamó Jack el destripador. Aquella frase desde el infierno escrita por él puso en alerta a todo Scotland Yard más nadie supo quién era el demente, pero éste hizo que todo Inglaterra fijara sus ojos en el temible barrio y en sus tremendas condiciones de vida; por eso para las que vivían de su cuerpo trabajar con la Madame era no solo un honor, sino el estar a salvo de la violencia sexual que se vivía en los barrios bajos de Londres.

Esme vio bajar al hombre hermoso por las escaleras.

Es igual a su padre a esa edad… ¡Carlisle! Te extraño mi amor…pero lo tengo a él.

Edward besó a la mujer en la mejilla, era la única mujer que le agradaba en el mundo.

- No tengo dinero Esme- le guiñó el ojo.

- No importa querido.

- Algún día te pagaré.

Esme sabía que el muchacho estaba en una mala situación económica, pero éste era un hombre arrogante y nunca permitiría que una mujer como ella le diera dinero, esto hacía que el dulce corazón de ella sufriera, seguramente el padre pensaría lo mismo. Ella había aceptado con resignación su puesto en el mundo para la muy prestigiosa familia Cullen.

A los cinco minutos las chica bajó también bajo la mirada de envidia de todas las demás, ella era la favorita de Mister Edward Cullen, es decir que no se acostaba con nadie más, Esme se encargaba de eso.

Con ojos de avaricia Edward miraba a su amigo Jasper jugar cartas, se moría por participar, el alma de tahúr era muy fuerte en él, pero no tenía un maldito centavo en el bolsillo. Lord Jasper Whitlock era un maldito con suerte, pero parecía siempre apático al juego y a todo lo demás. Iba se sentaba jugaba enorme cantidades de dinero y ganaba el doble. Nunca se acostaba con ninguna mujer, solo iba jugaba, ganaba, bebía una botella de vino, conversaba con Esme o con Edward y luego se iba. Era un hombre melancólico y taciturno.

- ¡Vaya Jasper! Quinientas libras, es mucho dinero.

- Suerte en el dinero, sin suerte en el amor.

Edward no entendía las frases extrañas que Lord Jasper decía ¡Diablos! ¿Qué importaba el amor cuando tienes una fortuna de millones de libras en el banco?

- ¿Qué importa el amor? ¡Dios! Eres tan melodramático.

- Eres un cínico de porquería- Jasper adoraba a su amigo Edward, era todo lo que él habría querido ser: Libre.

- Así sobrevivo amigo.

- Algún día vas a ver Mister Cullen como el amor lo es todo y el maldito dinero solo es un estorbo.

- El amor no es para mí, el amor no es para los hombres ingleses Jasper, eso déjaselo a los franceses y su idioma empalagoso ¿amas a tu esposa?- Los ojos azules de Jasper se posaron en él con furia y nostalgia. Edward adivinó la respuesta- ¿Ves?- se llevó sus manos a su cabello no tan a la moda inglesa- Me voy a casar ¿sabias?

Jasper soltó la carcajada.

- ¿Quién es la víctima?

- Lady Isabella Swan.

Jasper se paró de la mesa y lo enfrentó con rabia.

- Oh no, no harías eso, ella es una buena mujer.

- Lo haré, ella será mía.

Muerto de impaciencia Jasper se arrojó a su amigo y lo tomó de la casaca.

- No sabes con quién te estás metiendo Edward Cullen, Lady Swan no es como las demás mujeres de este país, ella es alguien demasiado bueno y noble para que tú la destruyas con tu cinismo y ambición.

- Quizás me gusta, ella y su dinero, será una buena alianza.

- No, no lo harás.

Edward Cullen se paró en todo el esplendor de su estatura y se enfrentó al hombre un poco más bajo que él.

- No me vengas a mí con escrúpulos Jasper ¿Quién eres tú para juzgar? Estas casado con una mujer que desprecias, que no soportas ¿Quién eres tú?

A la mente de Lord Whitlock llegó la imagen de Alice Brandon y sus ojos azules llorando aquel día en el viejo establo donde le hizo el amor por última vez antes de decirle que se casaba con otra, si ¿Quién era él? El ser más infeliz sobre la tierra, quien vendió su felicidad por un maldito título nobiliario.

- Mi amigo, ojala que no te arrepientas, porque sino serás un hombre muy desdichado, eso te lo aseguro.

Durante días Edward Cullen pasaba por la casa de Lady Swan, se paraba arrogante por cinco segundos frente a la ventana y miraba con ojos de cazador la ventana.

Todas las mujeres de la mansión estaban nerviosas, solo la dueña aparentaba no sentir nada. En su vida Isabella había bordado, una semana después ya llevaba dos manteles y varios sobrecamas. Las mucamas de la casa la miraban y se preguntaban ¿cómo es que Milady podía ser indiferente frente a ese hombre? No, ellas no sabían que Milady soñaba y deliraba con sentir la boca de Mister Cullen muy cerca, pasar sus manos por el cabello y verlo totalmente desnudo a su merced.

Si, porque si ella fuese aquella mujer, la que ella guardaba muy adentro, seguramente Mister Cullen deliraría si supiera que tras aquellos ropajes idiotas Lady Swan guardaba hermosas sorpresas y un cuerpo cálido capaz de adorarlo hasta el amanecer.

Un martes debajo de su puerta una carta:

Lady Swan….

¿De que huye? ¿De mí? No lo haga.

Cada día frente a su puerta, mirando su ventana, me veo amándola, devorándola y consumiéndome en usted ¿Cuál es su propósito al negarse? ¿Aumentar mi deseo? ¿Hacerme delirar de pasión?...Déjeme tocarla, quiero estar borracho de usted, de su piel, de su boca, de su cuerpo, de su voz…Sí, malvada, tenga piedad de mí y hágame suyo Lady Swan, estoy dispuesto a morir de amor por usted.

Suyo…suyo para siempre y por siempre

Edward Cullen.

Oh si, Edward Cullen atacaba con todo ¡Basta ya del amor dulce y tierno! ¡No! Lady Swan era una mujer y como mujer la iba a conquistar. No tendría piedad…ninguna.

Mientras tanto Isabella leía la carta, temblaba, estaba a un paso de regresar y tomar la palabra, la boca y el cuerpo de Edward Cullen.

Is not the world's sexiest? Is not delightful?

Hacer un comentario le gustaría a Lady Swan, ella tiene deparadas sorpresas a Mister Cullen…