XIX- Enlace

Le había prometido a Luke no utilizar su cuerpo salvo en caso de emergencia, pero le estaba costando horrores cumplir. Ahora que había empezado a rozar la libertad no poder alcanzarla resultaba aún más frustrante, pero Asch pronto se dio cuenta de que su réplica tenía razón. No fueron pocas las mañanas que se despertaron tosiendo sangre, y la fiebre a veces era tan intensa que les impedía levantarse de la cama, que siempre amanecía llena de cabello que se les había caído. Al cabo de un tiempo, los dolores en las articulaciones y unas pequeñas hemorragias internas que dejaban cardenales por todo el cuerpo se unieron a la mezcla de síntomas.

Sus padres se dieron cuenta, como no podía ser de otra manera. Tras una charla con Suzzane, Natalia prácticamente lo arrastró a punta de arco hasta Belkend a ver a Spinoza, aunque tuvo la decencia de esperar fuera durante la consulta. La visita no sirvió sino para confirmar lo que ambos pelirrojos ya sabían, sólo que con más detalle:

-Lo que os está pasando es un trastorno muy raro que sólo se da entre séptimos fonistas- había explicado el científico-. Se llama "síndrome del séptimo fonón guerrero", porque estos fonones, en vez de curar, reaccionan siguiendo el estado mental del fonista y empiezan a causar daños internos en su cuerpo. Sólo se produce en algunos casos de estrés o depresión muy graves en fonistas no muy experimentados. Podemos ponerte medicación para ello, Luke, pero sólo será paliativo. Si no consigues controlar los séptimos fonones rebeldes, irá a peor.

Luke le había dado las gracias y pedido que no dijera nada a los demás. Cuando Natalia le preguntó al respecto, la réplica respondió vagamente que le habían dado unas pastillas y que acabaría mejorándose. Asch estaba seguro de que la joven no se había creído ni una palabra, pero por una vez se libraron del interrogatorio.

Con la medicación los síntomas remitieron un poco. Además, aunque no tuviera tanta práctica como Tear o Natalia, Asch también sabía controlar el séptimo fonón, así que dedicó todo el tiempo que no intentaba contactar con Lorelei en tratar de mantener los fonones rebeldes bajo control. De cualquier modo, era un arreglo provisional y ambos lo sabían: si no daban con una solución definitiva pronto, los dos acabarían consumiéndose. Y a Asch sólo se le ocurrían dos salidas realmente definitivas, ninguna de ellas viable.

No consiguió contactar directamente con Lorelei, pero hubo una noche que soñó con él. En su sueño, perseguía sin descanso una figura hecha de llamas doradas que cambiaba de forma constantemente, escurriéndose entre sus dedos como la arena cada vez que lograba alcanzarla. Lo llamó a gritos, le dijo lo que les estaba ocurriendo a él y a Luke, le suplicó que respondiese a sus preguntas. ¿Por qué él seguía vivo? ¿Por qué lo estaba Luke? ¿Por qué los había metido en el mismo cuerpo? Pero la etérea figura de Lorelei sólo respondió con un nombre: Jade. Asch se despertó justo después totalmente desorientado, sin conseguir recordar nada del sueño y con la incómoda sensación de estar olvidando algo importante.

"Buenas. Parece que la fiebre va a darnos un respiro hoy" saludó Luke. "Y menos mal; no me gustaría arruinarle el día a madre, con lo que ha trabajado estos meses."

"¿De qué hablas?"

"De la condenada boda, ¿de qué si no? Es hoy, no me digas que se te había olvidado."

Asch hizo cuentas mentalmente. No, no se le había olvidado, era sólo que las últimas semanas las había pasado tan concentrado en Lorelei y en mantener los fonones en su sitio que apenas había prestado atención al paso del tiempo. Se reprendió a sí mismo por aquello, un poco más y se habría perdido la boda.

"¿Estás bien, Asch?"

El aludido asintió en silencio, dejando que su resignación aflorase, y Luke suspiró.

"Si quieres tomar el control hoy..."

"No. Me temo que eso sólo hará las cosas aún más difíciles luego. Esto... es algo que tienes que hacer tú."

"De acuerdo."

"Ah, y réplica... Gracias por la oferta."

Luke sonrió, encogiéndose de hombros, y se levantó por fin de la cama. Tras asearse y vestirse, se tragó las dos pastillas diarias y se encaminó al comedor para desayunar.

La mañana transcurrió rápidamente para Asch. Mientras Luke se dedicaba a recibir a los invitados que iban llegando, él se preocupó de mantener sus séptimos fonones en su sitio lo mejor que pudo. Seguramente alguien como Natalia o Tear lo habría hecho mejor, pero ya tenía cierta práctica y consiguió controlar las náuseas durante casi todo el día. Del dolor en las articulaciones y las hemorragias ya se ocupaba la medicación, por suerte.

La ceremonia tendría lugar por la tarde, y conforme Rem avanzaba por el cielo, los nervios empezaron a apoderarse de ambos. No habían visto a Natalia en toda la mañana y seguramente no la verían hasta el momento en que el rey Ingobert, que iba a actuar como padrino, la llevase al altar, y Asch no podía evitar pensar en ella. Habría dado lo que fuera por aceptar la oferta de Luke, por tomar su lugar y ser él quien intercambiase con la joven las coronas de flores, quien pronunciase los votos y sostuviera su mano durante el enlace. Habría matado por ser él quien se casara con Natalia. Y podría hacerlo, sin duda. Aunque la réplica no quisiera, se notaba lo bastante fuerte como para robarle el control a Luke durante toda la tarde y había vivido dentro de él lo suficiente como para actuar de forma que nadie se percatase del cambiazo.

Pero si lo hacía, ¿qué pasaría después? ¿Cómo afectaría algo así a su réplica? Cuando quisiera devolverle el control, ¿seguiría Luke allí? De hecho, ¿sería capaz siquiera de renunciar a la libertad y cederle aquel cuerpo de nuevo? Asch no estaba seguro de conocer la repuesta a ninguna de esas preguntas, y tampoco estaba dispuesto a arriesgarse para averiguarlo. Además, si Natalia lo descubría, jamás le perdonaría algo así. Tampoco Luke, si no desaparecía, volvería a mirarle del mismo modo.

Era extraño, se dijo, lo mucho que había llegado a importarle la opinión de su réplica y de la joven princesa. Durante años había estado resentido con ambos, con ella por no saber distinguir al usurpador que Van había colocado en su lugar, con él por haberle robado todo lo que amaba. Incluso después de reconciliarse con Natalia había tratado de distanciarse de ella, diciéndose que lo que una vez hubo entre ellos no podría volver a existir, que él no era la misma persona que la joven conoció. Y aunque al final reconociese y valorase a Luke como otra persona distinta a sí mismo, los recientes acontecimientos habían hecho que el resentimiento volviera a instalarse entre ellos. Aun así, cada vez que se planteaba hacer algo, Asch se encontraba preguntándose si ellos lo aprobarían, con qué cara lo mirarían después.

Bueno, tal vez no era tan raro. Por mucho que le molestase reconocerlo, parecía que Luke se había hecho un hueco en su corazón, justo al lado del lugar que Natalia había reclamado una vez más.

Cuando Rem empezó a hundirse por el oeste varias sirvientas fueron a buscar a Luke, que estaba en su habitación descansando, para llevarle su traje y ayudarle a vestirse si era necesario. El futuro príncipe las hizo salir; tras unas cuantas discusiones con el sastre el traje se había vuelto bastante más sencillo y prefería que no vieran los moratones que, aunque se iban desvaneciendo con ayuda de la medicación, todavía adornaban su piel. Asch lo observó vestirse en el espejo: primero, los ajustados pantalones de color granate oscuro, a los que siguió una túnica corta de terciopelo rojo, cuello alto y manga larga, llena de complicados bordados dorados que se asemejaban a llamas. Luego, Luke se ciñó a la cadera un cinturón negro mate a juego con las botas altas hasta la rodilla y decoradas con adornos granate en las que enfundó sus pies, y se cruzó al torso la banda roja de vizconde un par de tonos más clara que la túnica. Las manos las metió en suaves guantes blancos, y finalmente se colocó una segunda túnica más larga con una abertura por detrás hasta la cadera. Esta última prenda, también roja con bordados dorados más sencillos y puños negros, la dejó totalmente abierta para no agobiarse tanto.

"No te queda mal" comentó Asch.

"Gracias. Pero estos pantalones son demasiado estrechos" se quejó la réplica. Unos golpes en la puerta reclamaron su atención, y cuando dio permiso para entrar, una emocionada Suzzane vestida con sus mejores galas se lanzó a sus brazos.

-Hijo mío, ¡estás espectacular!- exclamó la duquesa, agarrándole por los hombros. Luke se rascó la revuelta melena pelirroja.

-Me lo acabaré creyendo, y todo- respondió, sonriendo. Su madre le dio un pellizco cariñoso en la mejilla.

-Sólo faltan un par de detalles. Mira estos pelos, ¿qué vamos a hacer con ellos?- suspiró. Luke se apartó un mechón rebelde de los ojos con un soplido y se encogió de hombros, pero Suzzane ni siquiera le dio tiempo a pensar-. ¡Ya sé! Siéntate ahí, al menos voy a intentar quitarte el pelo de la cara.

Luke obedeció, sentándose frente al espejo con su madre detrás. Asch observó distraídamente cómo las hábiles y suaves manos de su madre se peleaban con su cabello, dándole algún que otro tirón de vez en cuando. Cuando acabó, había conseguido hacerle cuatro trenzas finas que salían cada dos de una de sus sienes, uniéndose en una quinta en su nuca. También le retocó el flequillo para que no se le metiera en los ojos y anudó la última trenza con un sencillo lazo dorado.

-Mucho mejor ahora, hombre- asintió, satisfecha. Luke, todavía con algunas partes del cuero cabelludo dolorido por los tirones, contuvo las ganas de rascarse la nuca e ignoró la maraña de cabellos escarlata que se habían quedado enredados en los dedos de su progenitora.

-¿Por qué me da la sensación de que has disfrutado con esto, madre?

-Ay, hijo mío, tu padre nunca me deja peinarle en condiciones, y con el cabello tan bonito que tenemos en nuestra familia...- suspiró ella, colocándole bien los puños de la túnica.

-¿Ya le estás metiendo tus manías en la cabeza al chico, querida?- oyeron decir a alguien en la puerta. El duque Fabre los observaba desde allí con el uniforme de Estado mayor, apoyado en el quicio y sosteniendo un paquete alargado en las manos. Luke se levantó de golpe, pero su padre sonrió y se acercó, ofreciéndole el paquete envuelto en terciopelo de color oro viejo. Luke alargó las manos y retiró la tela, descubriendo una hermosa espada con la empuñadura y la guardia bañadas en oro blanco y adornadas con pequeños rubíes.

Asch la reconoció. La había visto solo una vez en su vida, de pequeño, cuando Guy y él se habían colado en la parte privada de la armería que escondía las reliquias familiares. Antes de que Luke tomara la espada en sus manos con respeto, Asch ya sabía lo ligera y bien equilibrada que era y las dos palabras que había grabadas sobre la hoja de doble filo bajo la funda de cuero marrón repujado: Proteger en un lado y Cumplir en el otro.

-La Orgullo de Fabre- confirmó su padre-. La espada de nuestra familia. Algún día, cuando yo ya no esté, será tuya, pero de momento quisiera que hoy la llevaras durante la ceremonia.

Luke asintió y agachó la cabeza, colocando la espada en su cinturón como solía llevar la suya propia y pasando los faldones de la túnica a cada lado. Asch optó por no intervenir y dejarles espacio.

-Gracias, padre.

El duque sonrió y le estrechó el hombro, mientras Suzzane los tomaba de las manos, radiante.

-Es la hora. Vayamos ya, a ver si vamos a hacer esperar a la novia.

La diminuta capilla estaba abarrotada de gente vestida de gala para la ocasión, la mayoría rostros conocidos: Recard Blacksen, Peony, Noelle, Ginji, Jade, Spinoza, Nephry... También había algunos nobles de los que Asch apenas se acordaba ya. El edificio, formado por tres naves separadas por esbeltas columnas de piedra, había sido engalanado con guirnaldas de flores y estandartes de Kimlasca-Lanvaldear por doquier. Acababa de anochecer, pero las piedras fónicas de las paredes iluminaban perfectamente la estancia; y aunque no fuese así, en unos minutos la luna saldría y su luz se filtraría por la vidriera de Yulia Jue que había al final de la nave central, tras el altar de alabastro tallado en una sola pieza.

Luke avanzó hacia allí con Suzzane del brazo, y Asch no pudo evitar notar sus nervios. Tampoco pudo dejar de ver la cabeza rubia que había escondida entre Jade y Peony y que sabía bien que no debería estar allí.

"¿Ése es Guy?" exclamó Luke al verle, alarmado.

"Diría que sí. Creo que no te hizo mucho caso con lo de no venir."

Luke contuvo un resoplido, su amigo le iba a oír cuando aquello acabase.

Ya habían llegado al final de la nave central. Suzzane le soltó el brazo, le dedicó una sonrisa y se retiró junto a su marido, enlazando sus dedos con los de él. Luke respiró hondo y subió los siete escalones que lo separaban del altar. Tras la pieza de alabastro, Florian aguardaba con una sonrisa enorme, flanqueado por Anise y Tear, que portaba un cofre de ébano en las manos. La Guardiana iba vestida de uniforme (no dejaba de estar de servicio, después de todo), pero Tear llevaba el elegante vestido marrón que el sastre real había cosido para ella. Le habían dejado el pelo suelto, que a causa de llevar siempre en una trenza, se había vuelto ondulado. Los tres le dedicaron una sonrisa de ánimos y Luke se lo agradeció con una inclinación de cabeza.

Las puertas de la capilla se abrieron de nuevo y los músicos empezaron a tocar una alegre marcha nupcial. Y cuando Luke se giró hacia allí, el tiempo se detuvo por completo para Asch, y supo que aquella imagen permanecería en su memoria para el resto de su vida.

Natalia estaba más hermosa de lo que recordaba haberla visto jamás. Llevaba el cabello cubierto por un fino y vaporoso velo sujeto con una tiara de plata y recogido en una especie de moño del que se escapaban algunos tirabuzones rubios. El sastre se había lucido con su vestido, que le dejaba los hombros al aire con un escote en palabra de honor. La falda, de color blanco inmaculado, tenía tanto vuelo que la joven parecía flotar en vez de caminar. Los bajos estaban adornados con fino encaje plateado, y por delante tenía una abertura hasta la mitad de los muslos que dejaba a la vista las enaguas de seda blanca que llevaba debajo. Se le ceñía al cuerpo gracias al corsé largo de color azul pálido que llevaba encima, que junto con el encaje que rodeaba su cuello y cubría su escote y la fina cadena de plata con zafiros que llevaba a la cadera resaltaba su figura sin caer en la provocación, de una forma elegante y discreta. En los brazos, cubiertos por guantes también de encaje que llegaban casi hasta los hombros, acunaba un ramo de selenias, rosas blancas y lirios envueltos en seda azul clara; y Asch reparó en que cuando se movía de algunos puntos del velo salían destellos, tal vez pequeños cristales engarzados en la tela. Ni la falda ni el velo eran más largos de la cuenta, lo que le permitía caminar sin que nadie tuviera que llevarle la cola del vestido. De su brazo caminaba el rey Ingobert, orgulloso, y delante de ellos Mieu iba esparciendo pétalos de rosas que no tardaron en inundar el suelo de rojo.

Al llegar al pie del altar, la joven se recogió el vestido y subió los escalones con cuidado, apoyándose en el brazo de su padre. Al llegar junto a Luke y antes de retirarse junto a los duques, Ingobert tomó la mano de su hija y se la ofreció al vizconde, que entrelazó los dedos con los de ella.

"Está preciosa" comentó Luke con una sonrisa.

"Y que lo digas..."

-Bienvenidos- empezó Florian, sonriendo ampliamente-. Habéis sido convocados hoy en este lugar como testigos de la unión de estos dos jóvenes, que...

La pequeña réplica de cabello verde siguió con su sermón, pero Asch no registró la mayor parte de los detalles. Estaba demasiado ocupado embelesándose con Natalia por el rabillo del ojo de Luke, descubriendo nuevos detalles en su atuendo: por ejemplo, los pendientes de oro blanco en forma de flecha que adornaban sus orejas, o que prácticamente no llevaba maquillaje (tampoco es que lo necesitara), o los pequeños diamantes que le adornaban la tiara. No fue hasta que Luke le dio una colleja mental que volvió al presente. Para entonces, Florian ya había terminado el sermón, que los asistentes recibieron con un caluroso aplauso, y había llegado el momento de pronunciar los votos. Tear se había acercado con el cofre que sujetaba; se colocó frente a los novios y lo abrió, revelando su contenido: dos coronas de flores blancas y una especie de cuerda hecha de siete cintas de colores trenzadas. Luke se arrodilló mientras Natalia sacaba una de las coronas y la sostenía entre las manos.

-Yo, Luke fon Fabre, heredero de la Casa Ducal Fabre- recitó él con voz solemne-, prometo respetarte y protegerte con mi vida y mi honor, Natalia Luzu Kimlasca-Lanvaldear, hasta que nuestros días toquen a su fin. Juro no abandonarte jamás, ya sea en tiempos de guerra o paz, prosperidad o pobreza, salud o enfermedad, con la ayuda de Lorelei y mi conciencia. Mi espada está a tu servicio, y te ruego que la aceptes.

Natalia, sin poder evitar una sonrisa, le puso la corona de flores. Luke se levantó y sacó la segunda del cofre, mientras Natalia se volvía a recoger el vestido y se arrodillaba frente a él.

-Yo, Natalia Luzu Kimlasca-Lanvaldear, princesa heredera del trono de este nuestro país- dijo-, te prometo el mismo respeto y protección que me brindas, Luke fon Fabre, con mi vida y mi honor si fueran necesarios, hasta que la muerte nos lleve. Juro serte leal ya sea en tiempos de paz o de adversidad, especialmente en los momentos difíciles, con la ayuda de Lorelei y mi conciencia. Mi arco está a tu servicio y al de nuestro reino, y te ruego que lo aceptes.

Luke le colocó la corona a su vez y le ofreció una mano para ayudarla a levantarse, que Natalia aceptó. Tear, entonces, dejó el cofre sobre el altar y sacó la trenza de colores, atándola alrededor de sus manos enlazadas.

-Yo, Mystearica Aura Fende, de estos votos soy testigo y daré fe de su cumplimiento- recitó. Después, se retiró de nuevo detrás de Florian, que alzó las palmas hacia el cielo y cerró los ojos.

-Como Maestro Fónico, suplico a Lorelei y a sus seis hermanos que os acompañen y colmen de bendiciones el camino que empezáis a recorrer. Que Ellos protejan el lazo que os une y sepan guiaros para cumplir vuestro juramento, así como dirigir el reino que habréis de heredar con rectitud y sabiduría. Desde hoy y hasta el final de vuestras vidas, yo os declaro marido y mujer.

La multitud estalló en un coro de vivas y vítores, los pétalos de rosa volaron en todas direcciones y Luke y Natalia terminaron de cumplir el protocolo con un tímido y breve beso. Asch, entre todo el jaleo, se entretuvo en analizar los votos que habían jurado los recién casados, y no pudo evitar percatarse de que en ningún momento se prometían amor, como solía ser habitual. Además, ambos juramentos eran bastante similares, algo que también se salía de la norma: por lo general, la mujer no prometía "proteger y respetar" a su esposo, ni tampoco lo hacía "por su vida y su honor". Aquellos dos iban a dar de qué hablar durante una buena temporada.

Tras ser bombardeados con pétalos de rosas rojas, los recién casados recorrieron la nave central con las manos enlazadas, recibiendo cada pocos pasos reverencias y enhorabuenas de los invitados que se acercaban. El ramo de Natalia había acabado en manos de Anise, que había mascullado algo que sonó como "a buenas horas". Cuando alcanzaron la salida de la capilla, un segundo estrépito de vítores asaltó sus oídos: parecía que Baticul entera hubiese salido a la calle a ver a sus príncipes. En todas partes había sonrisas, más reverencias y gritos de "¡Vivan los novios!", además de pétalos de todo tipo de flores rojas. Luke pareció marearse ante tan calurosa recepción, pero Natalia le apretó la mano para darle ánimos y Asch se aseguró de que ni un sólo séptimo fonón se salía de su sitio hasta que llegaron a la silla móvil decorada con el emblema de Kimlasca-Lanvaldear que les esperaba en el exterior.

En cuanto se metieron en el pequeño habitáculo, Natalia desató la trenza de colores que unía sus manos y Luke dejó escapar un largo suspiro. Sillas como aquella eran extremadamente raras en Auldrant, pero Tear las había puesto como requisito para el viaje de vuelta a palacio. Con tantos invitados de alto rango y tanta gente en la calle, el mayor temor de la Melodiosa había sido que alguien aprovechase para cometer un atentado. Por esa razón, nada más salir de la capilla todos los invitados debían meterse en aquellos viejos pero resistentes vehículos, que les llevarían de la forma más cómoda y segura posible a continuar con la celebración en otro lugar.

Natalia, accionando una palanca junto a su asiento, puso en marcha el arte fónica que levantaba la silla unos centímetros sobre el suelo y el vehículo empezó a flotar hacia los elevadores, que ya habrían sido despejados por los guardias reales. De vez en cuando saludaba y sonreía por la ventanilla de cristal que había en la puerta, y Luke la imitó en cuanto el mareo remitió lo suficiente. Pronto, no obstante, la multitud fue dispersándose y ambos se dejaron caer sobre el asiento acolchado, cansados.

-No ha ido mal, ¿no?- murmuró Luke.

-¿Qué dices, hombre? Ha ido genial. Tear es una paranoica, al final no hacía falta tanta seguridad.

"Que no lo diga muy alto, vayamos a tener una desgracia..."

-De parte de Asch, dilo con la boca pequeña, a ver si va a pasar algo- sonrió Luke. Natalia puso los ojos en blanco y masculló algo entre dientes que sonó a "militares".

-¿Qué tal está él?- preguntó, cambiando de tema. Luke esbozó una sonrisa llena de malicia.

-Está bien. Dejando de lado que casi se ahoga en sus propias babas mentales, quiero decir- respondió.

"¡RÉPLICA!"

"Es que la broma era demasiado fácil. De todos modos, ¿estás bien?"

Asch, haciendo un esfuerzo sobrehumano por calmarse y no arrastrarle al espacio mental para partirle la cara a gusto, asintió en silencio.

Cuando llegaron al palacio, Natalia se deshizo del velo y Luke dejó la espada de nuevo en manos de su padre, pero ambos, siguiendo el protocolo, se dejaron puestas las coronas de flores. En los jardines, alumbrados por tantas piedras fónicas que parecía que fuese de día, se habían dispuesto largas mesas que los sirvientes se apresuraban a llenar con comida y bebida a medida que los invitados tomaban asiento. Los dos protagonistas de la fiesta se sentaron en la cabecera de la mesa más grande, con Tear, Ingobert y los duques cerca. A Guy también le tocó sentarse allí, o tal vez lo buscó a propósito. Luke le dirigió una mirada severa durante el banquete, pero cuando terminaron y se levantaron de sus asientos, el conde Gardios desapareció del mapa y ya no volvió a verle en toda la noche.

La cena había sido exquisita, y el vino que se sirvió en el cóctel de después también estaba delicioso, pero Luke prefirió no abusar de la bebida. Asch no dijo nada, pero tal vez hubiera sido buena idea que lo hiciese. Todo el mundo sabía que lo que implicaba la consumación del matrimonio, y la réplica, teniendo en cuenta sus preferencias, tal vez necesitase un poco de alcohol aquella noche.

Tras el banquete, los invitados se trasladaron al vestíbulo, donde los músicos que había elegido Suzzane amenizaron la velada desde un discreto rincón. Luke y Natalia, siendo la pareja de honor, abrieron el baile con la primera canción, y Asch no pudo evitar un ramalazo de envidia. Pero una vez más se contuvo, reprimiendo las ganas de apoderarse del cuerpo de Luke que lo asaltaban, conformándose con ver la sonrisa de Natalia a través de sus ojos y sentir sus delicadas manos sobre la piel de su réplica; piel que, después de todo, también era la suya ahora.

Luke también bailó con su madre y con Tear, y a Natalia la sacaron a la pista Ingobert, Peony e incluso Jade. Tras unas cuantas canciones (Asch perdió la cuenta en algún momento), el duque Fabre se acercó a su hijo, que acababa de darle permiso a un emocionado Mieu para que bailara con Natalia, y murmuró en su oído:

-Deberías ir pensando en llevarte a tu mujer al dormitorio.

Luke pegó un brinco.

-Aún es pronto- susurró.

-En realidad no, son más de las tres de la mañana. Ya va siendo hora, hijo.

-Vale, en cuanto... En cuanto acabe esta canción- asintió Luke, apretando los puños. Su padre le apretó el hombro y se alejó para hablar con Ingobert. Luke respiró hondo y miró largamente a Natalia, que sostenía las patas delanteras de Mieu mientras éste giraba a su alrededor en el aire. Asch se mantuvo en silencio. Cuando la canción acabó, los novios se retiraron discretamente y Natalia tomó la delantera una vez más, conduciéndole hasta su habitación.

Asch no recordaba la última vez que había estado allí. Y una cosa tenía por segura: jamás había visto a Natalia como la estaba viendo ahora, acercándose a la cama con paso resignado, desprendiéndose lentamente de los adornos y prendas que llevaba. Luke, al verla empezar a desnudarse, tragó saliva y desvió la mirada.

"No puedo hacer esto."

Asch guardó silencio. Él sí podía, pero no quería ser quien sugiriese la idea.

"Asch, respóndeme, por favor. No... No puedo."

"Pues vas a tener que hacerlo, réplica. Si los sirvientes no ven indicios en las sábanas mañana, habrá rumores."

"Hazlo tú."

Asch volvió a enmudecer. Era lo que había estado esperando, pero la excitación que esperaba al oírlo no llegó. En lugar de eso, había una sombra agarrada a su conciencia.

"¿Estarás bien si tomo el control?"

"Por una noche no creo que pase nada. Pero... Asch, por favor, prométeme una cosa. Prométeme que me devolverás mi cuerpo por la mañana. No quiero desaparecer... Así no."

"Lo prometo."

Nunca le había costado tanto pronunciar dos palabras. Esperó unos segundos más... y tomó el control.

La consciencia de Luke fue relegada a un rincón oscuro de su mente al instante, haciéndose tan pequeña que casi desapareció. Asch respiró hondo sintiendo de cada centímetro de piel, cada músculo de su cuerpo. Cuando estuvo seguro de que podía controlarlo, se quitó la túnica larga, el cinturón y la banda de vizconde, dejándolos bien doblados sobre una silla, y se acercó hasta la cama. Natalia, de espaldas a él junto al borde del lecho, se acababa de quitar las enaguas, dejando a la vista las medias altas que llevaba debajo y un pequeño puñal escondido en el liguero. Asch le soltó el pelo con cuidado, dejando que los bucles dorados cayeran por su cuello libremente, y la rodeó con sus brazos. Ella se tensó durante unos momentos, pero se relajó cuando Asch apoyó la barbilla sobre su hombro y no hizo ademán de quitarle la ropa interior, las únicas prendas que la cubrían ya.

-¿Has bebido algo de alcohol, Luke?- preguntó la princesa.

-Estoy sobrio- murmuró él-. Y no soy Luke.

Natalia se giró de golpe a mirarle, sorprendida. Le agarró de los hombros con manos temblorosas y escrutó su rostro, incrédula. Asch le devolvió una mirada tranquila.

-¿Asch?

-Sí. La réplica me pidió que fuese yo quien hiciera esto. Creo que sabes por qué- dijo a media voz. Natalia desvió la mirada.

-Oh, cielos. Nos oyó a Guy y a mí aquel día, ¿verdad?- dijo, sonriendo con algo de tristeza.

-Así es.

Se quedaron en silencio unos momentos. Asch, tras unos momentos de duda, alzó una mano y le acarició la mejilla con suavidad, y al ver que la joven no se apartaba, inclinó la cabeza y acortó la distancia entre sus rostros. Natalia lo miró a los ojos, y el corazón del pelirrojo se aceleró. Por primera vez en tantos años la tenía tan cerca... No pudo resistirlo más: deslizó los dedos bajo su barbilla y la besó, enterrando la mano libre entre sus mechones de cabello dorado. Lo hizo con tanta pasión que hasta se olvidó de respirar, pero cuando se detuvo a tomar aire se percató de que Natalia no había respondido al beso. Pero al ir a preguntar si pasaba algo, ella desvió la mirada, se separó de él y se tumbó en la cama, en silencio.

Asch frunció el ceño. La sensación de que algo no iba bien con la joven rubia había vuelto, pero el calor que empezaba a correr por sus venas no le dejaba centrarse. Y Luke tenía razón, aquellos pantalones eran demasiado estrechos. Se desabrochó la túnica corta y se quitó las botas, sentándose junto a la princesa en la cama.

-Natalia...- murmuró-. Ocurre algo, ¿verdad?

Ella se mordió el labio y se incorporó, agarrándole una mano. Luego pareció pensárselo mejor y le soltó, enlazando los dedos sobre su propio regazo.

-A ver cómo demonios te digo esto...- susurró. Asch arqueó una ceja.

-No estarás en esos días, ¿no?

-¿Qué? ¡Ah, eso! No, no, no es eso- negó ella, sonriendo nerviosamente.

-Entonces, ¿cuál es el problema?

Natalia respiró hondo una vez, dos veces, y finalmente alzó la mirada, completamente seria.

-Asch, no quiero acostarme contigo. Lo siento, pero... hay algo que no te he contado, ni a ti, ni a nadie- dijo a media voz. El pelirrojo la miró, sorprendido-. Hay... Hay otra persona.

Sus palabras cayeron sobre Asch como una cascada de agua fría. Todo aquel tiempo había creído que Natalia no quería casarse con Luke porque seguía enamorada de él, pero en ningún momento se le ocurrió pensar que hubiese otro hombre de por medio. Había sido un iluso por pensar así. Después de casi cuatro años era natural que la joven hubiese pasado página, nadie esperaba eternamente a un muerto. Y aun así, no podía evitar el regusto amargo que los celos le dejaron en la garganta al tragar saliva.

Bajó la mirada, preguntándose quién sería el otro. Guy no, desde luego. No podía imaginarse a Natalia con alguien como Jade tampoco, y Florian mucho menos. ¿Peony, quizás? ¿O tal vez algún noble kimlascano? De repente notó las manos de Natalia rodeándole el rostro y obligándole a alzar la vista hacia ella. Al hacerlo se topó con sus ojos verdes con vetas castañas mirándole con preocupación.

-Lo siento. Es todo culpa mía- musitó la joven-. Se supone que... tenemos que acostarnos en nuestra noche de bodas, y que tengo que ser virgen. Seguro que te estoy fastidiando una velada romántica estupenda, pero es que no... No puedo hacerlo, de verdad. No puedo. Ni siquiera soy virgen.

Natalia dejó caer las manos, pero Asch las atrapó entre las suyas al vuelo. El pelirrojo respiró hondo y le apretó las manos, aunque el gesto era más para tranquilizarse a sí mismo que a ella. La miró a los ojos, muy serio.

-¿Quién es?- preguntó en voz baja. Natalia desvió la mirada.

-Prométeme que no me odiarás si te lo digo.

-¿Cómo voy a odiarte, Natalia?

-¡Prométemelo!

-De acuerdo. Lo juro- asintió Asch, empezando a impacientarse. Natalia se mordió el labio y respondió al fin:

-Tear Grants.

Asch se quedó congelado. Todas las veces que las había visto juntas, una colgándose del brazo de la otra, la complicidad que compartían, la ansiedad de Natalia cuando los Siervos de Lorelei se llevaron a Tear... Todo el tiempo que llevaba observando a través de los ojos de Luke, ¿cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? Los pequeños detalles que a simple vista le habían parecido irrelevantes cobraban ahora importancia. Incluso reparó en que el cuchillo que llevaba escondido Natalia en el liguero era exactamente igual a los que usaba la Melodiosa. Al verlo, una idea le vino a la mente.

-Natalia, ¿podrías prestarme ese cuchillo?

Ella alzó la vista, desconcertada, pero lo sacó de su escondite y se lo tendió.

-¿Para qué lo quieres?

-Ahora lo verás, hazte a un lado.- Asch tomó la pequeña daga con la mano derecha y extendió la izquierda. Sin inmutarse, pasó la punta de la hoja por la piel llena de callos de la palma, abriendo un pequeño corte que enseguida empezó a rezumar sangre. Dejó caer varias gotas sobre las sábanas y le devolvió el acero a su dueña-. La primera vez que estuve con una chica virgen, sangró más o menos esto. Me acuerdo porque casi me da un ataque, no me lo esperaba.

Sonrió levemente al recordarlo, aquella vez se había llevado un buen susto. Natalia aceptó el cuchillo de vuelta y se lo volvió a guardar tras dedicarle una larga mirada a la hoja. Tras ello, sacudió la cabeza y extendió las manos hacia la de Asch. Una cálida luz verde emanó de sus palmas y un río de séptimos fonones se apresuraron a cerrar el corte en la mano del pelirrojo.

-Gracias- dijo éste. Pero ella negó con la cabeza y le abrazó.

-No, gracias a ti- murmuró contra su hombro. Asch dejó escapar un levísimo suspiro y la rodeó con sus brazos, permitiéndose embriagarse con su perfume una última vez antes de que se separaran y Natalia se metiera en la cama, evitando la mancha de sangre. El joven se tendió a su lado, pero no hizo ademán de acercarse. Simplemente cruzó las manos tras la nuca y clavó la vista en la espalda de Natalia, que estaba tumbada de costado, repasando con los ojos la fina y blanca piel que, estaba seguro, jamás podría volver a tocar.

-Buenas noches, Asch.

-Buenas noches, princesa.