Segunda parte: Libertad

Prólogo: Visita

Los subterráneos del sector penitenciario de Ciudad de Yulia estaban tan desiertos como de costumbre. El pesado silencio sólo era roto por los ligeros pasos de Jade Curtiss que, vestido con una capa que ocultaba su uniforme militar, caminaba por ellos rápidamente pasando de largo puertas y más puertas metálicas iguales unas a otras salvo por los números que había grabados en ellas, justo bajo pequeñas mirillas. Se detuvo al llegar frente a la que rezaba 137 y golpeó con los nudillos el metal.

-¿Quién va?- preguntó una voz nasal al otro lado, al tiempo que la mirilla se abría y un par de ojos enrojecidos lo miraban desde el otro lado.

-Doctor Jade Balfour. He venido a ver al prisionero, ¿puedo pasar?

Tras soltar un gruñido, la persona al otro lado cerró la mirilla y abrió la puerta. Jade entró en la estancia, una habitación pequeña con un escritorio de metal y otra puerta al otro lado. Un hombrecillo bajito lo miró con mala cara desde el escritorio, sonándose la nariz ruidosamente con un pañuelo antes de abrirle la segunda puerta.

-No más de media hora, doctor, ya conoce las reglas.

-Por supuesto.

La puerta se cerró tras él en cuanto entró. Jade miró a su alrededor. La segunda habitación era notablemente más grande que la primera, pero aun así, no era gran cosa. Una sencilla cama en una pared, una mesa con un montón de libros en otra y una puerta que daba al servicio en la tercera. No había ventanas ni adornos en las paredes, sólo cuatro piedras fónicas para iluminar la estancia. Sentado en una silla de ruedas junto a la mesa de los libros con un grueso tomo en el regazo se encontraba un hombre de su edad, con el pelo lacio y algo más corto que el suyo de color rosado claro cayéndole por la mitad de la cara. Vestía de ocre, como todos los presos de Ciudad de Yulia.

-Hola, Saphir- saludó a media voz el Nigromante. El antiguo General Celestial levantó la mirada del libro de inmediato.

-Jade... No te esperaba hoy. Hace sólo dos semanas que viniste, ¿por qué has vuelto tan pronto?- preguntó, cerrando el libro y dejándolo sobre la mesa.

-Suenas como si no me quisieras aquí- observó Jade, alzando una ceja y apoyándose contra la mesa. Saphir hizo un mohín.

-Siempre retuerces mis palabras. Podrías no hacerlo por una vez en tu vida, no vas a morir por eso.

Jade sonrió y se cruzó de brazos.

-He vuelto pronto porque tenía algo que contarte. Probamos lo de Asch.

A Saphir le cambió la cara de golpe. El mohín se le transformó en una mueca de sorpresa y se apartó el cabello de la cara de un manotazo, apoyándose en los reposabrazos de la silla para inclinarse hacia Jade.

-No puedo creer que al final os atrevierais a hacerlo... No me tengas en ascuas, ¿funcionó?

-Un éxito rotundo.

-¿Lo dices en serio?

-Sí.

-¿La parte de Lorelei también?

-También. Funcionó todo. Asch el Sanguinario vuelve a correr feliz y contento por Auldrant... si es que de ese chico se puede decir que esté "feliz y contento" alguna vez, claro.

Saphir volvió a recostarse en la silla y pulsó un botón en los controles que tenía bajo la mano derecha para echarse hacia atrás, procesando todavía lo que había oído.

-Vaya. Es... Es increíble. Al final, sí que era posible hacerlo- musitó. Jade, viendo por dónde iban sus pensamientos, negó con la cabeza.

-Lo de Asch sólo fue posible porque teníamos sus fonones y su alma, lo teníamos a él además de sus datos. Si estás pensando en la profesora Nebilim...

Saphir sonrió con algo de tristeza y se quitó las gafas para rascarse los lacrimales. Alzó la mirada hacia Jade, pero sus ojos estaban perdidos y tuvo que ponerse de nuevo los lentes para poder enfocar la mirada en él.

-Claro que estaba pensando en ella, pero ya sé que no es posible. Además, no creo que le gustase verme en este estado- respondió, resignado.

El Nigromante frunció el ceño. Después de tantos años intentando convencer a su amigo de la infancia para que desistiera de intentar revivir a Gelda Nebilim, se sorprendía a sí mismo disgustado por ver que al fin se había rendido. Era como si algo no encajase, como si la pasión que había impulsado a Saphir años atrás se hubiese esfumado dejando un cuerpo vacío postrado en una silla de ruedas, como una marioneta sin hilos. No le gustaba verlo así, pero no podía remediarlo. Él había ayudado a cortar esos hilos, había sido su ataque lo que le había dejado inutilizadas las piernas y sus palabras las que hicieran trizas su ilusión.

-Quería agradecerte que me dejaras los planos de la máquina tan a la vista- dijo de pronto-. No habría sido posible hacerlo sin tus juguetitos.

-¿Me estás dando las gracias? ¿? ¿Quién eres y qué has hecho con Jade?

-No te acostumbres, Segador.

-¡No me llames así! Como sea, no hay de qué, pero me habría encantado estar allí para verlo. Oye, ¿crees que podrás traérmelos algún día? A esos dos pelirrojos, quiero decir. Me gustaría ver mi obra maestra otra vez.

-¿Tu obra maestra? Estás delirando.

-Bueno, vale, nuestra obra maestra. Pero el 80% del mérito es mío por haber diseñado la máquina y refinado el proceso.

Jade sacudió la cabeza, pero no pudo evitar una sonrisa. Ese Saphir ya le gustaba más.

-Claro, genio, a diferencia de ti yo no necesito que me inflen el ego con alabanzas. Peony y Nephry te mandan saludos desde Gran Chokmah, por cierto.

-Ah, salúdales de mi parte tam... Espera, ¿Peony y Nephry? ¿Desde Gran Chokmah?- preguntó el científico, extrañado.

-Oh, es verdad, no te lo conté. Nephry se divorció y adivina con quién ha contraído segundas nupcias.

-No puede ser. ¿Peony y Nephry...? Me la estás jugando, Jade, no me tomes el pelo.

-Jamás se me ocurriría. Para mi desgracia, digo la verdad: ahora tengo de cuñado a Su Majestad.

Jade rodó los ojos y Saphir estalló en carcajadas, golpeando con el puño el reposabrazos de la silla. Cuando consiguió controlarse, se subió las gafas, que se le habían ido cayendo por el puente de la nariz, y tosió para aclararse la garganta.

-En ocasiones como ésta me alegro de estar metido en este zulo. Jade, lo que no te pase a ti...

-Ni lo digas.

Saphir meneó la cabeza, pero luego se puso serio y volvió a alzar la mirada hacia él. Jade desvió la suya, sabía lo que iba a preguntarle.

-¿Cuánto te ha dolido que se case con ella?

-No tanto como crees. Somos mayores, Saphir. Yo sabía que no significaba nada más que diversión y que sólo estaba esperando a que mi hermana estuviera disponible, nunca hubo nada más allá de eso.

-Entiendo.

Se quedaron en silencio unos momentos y Jade se entretuvo dándole la espalda y ojeando los libros que tenía el antiguo General Celestial repartidos por la mesa, perfectamente ordenados según temática y autor. Tratados de fonotecnología, matemáticas, novelas negras, libros de historia... "Lectura ligera" pensó para sí, divertido. Tras tanto leer con una luz tan mala, no era de extrañar que los problemas de visión de su viejo amigo estuvieran yendo en aumento.

-Oye, Jade...

-¿Sí?- respondió, sin levantar la mirada de los libros.

-Ahora que ya no tienes a Peony, me preguntaba... si querrías... divertirte con otra persona. Como en los viejos tiempos, antes de que llegara el Comandante.

Jade alzó la cabeza sin girarse y dejó el ejemplar sobre la guerra de Hod que había estado hojeando sobre la mesa.

-¿Qué te hace pensar que querría divertirme contigo, Saphir?

-Dímelo tú. ¿Cuánto tiempo llevas en dique seco?

-¿Cuánto llevas tú?

-Eso no viene al caso. Ah, maldita sea, no tendría ni que habértelo dicho. ¿Sabes qué? Olvídalo. Y deja el libro donde estaba.

Oyó tras él el zumbido de la silla de ruedas al alejarse y se apoyó unos momentos en la mesa, cerrando los ojos. Todavía le quedaban veinte minutos de visita. Volvió a abrir los ojos y se giró, quitándose las gafas y dejándolas sobre el libro que había descolocado de su sitio. Se soltó la coleta baja en la que recogía su melena, que empezaba a mostrar mechones grises, y su capa cayó al suelo momentos después con un ruido sordo. Pero cuando Saphir hizo ademán de girar la silla para mirarle, le rodeó el cuello con una mano hasta sentir su pulso acelerado bajo los dedos.

-Desnúdate- ordenó secamente. La nuez del otro hombre se movió bajo su palma cuando éste tragó saliva.