La obra crepúsculo le pertenece a Meyer.

A todas las chicas que me han dejado comentarios muchas gracias, a mis lectoras fantasmas que rondan por ese Londres oscuro mil y mil gracias, a cada una son bellas y soñadoras.

A mi beta Gine quien es siempre tan hermosa, risueña y dispuesta…tú sabes que lo eres nena…gracias.

A mis amigas que corretean en el ciberespacio son lo mejor que me ha pasado.

FALSAS APARIENCIAS

6

La música se escuchaba por todo el salón. Lady Swan no pudo detener el movimiento de su zapato al compás del hermoso vals que se escuchaba; hacía mucho tiempo que no bailaba. Un recuerdo fugaz de los salones en Paris cuando todos los hombres peleaban por ser su pareja le hizo sentir una melancolía por aquella que un día creía que la vida era solamente divertirse y jugar a la crueldad.

Ahora se arrepentía de todo, si al menos hubiese tenido a alguien para que le advirtiera, pero nadie lo hizo, al contrario todos a su alrededor alentaron su comportamiento caprichoso y pícaro. Para Isabella Swan criada en el mundo del exceso y a quien le hicieron creer que su dinero, su belleza y su sangre noble le permitían hacer lo que le diera la gana, aquel día en que se enfrentó con las consecuencia de dicha educación, supo que para ella también existía el muy horrible sentimiento de la culpa y que tampoco ella se podía abstraer a la mínima ley para vivir: la compasión.

- Lord Charles Swan y su hija Lady Isabella Swan- se anunció en todo el salón. Alguien le quitó su preciosa capa de terciopelo y de nuevo aquella pequeña y contenida ovación de todos celebrando su belleza de porcelana; quería huir.

Toda la realeza de Inglaterra estaba allí, desde el príncipe heredero hasta todos aquellos seres que morían por estar a su lado entre ellos su padre.

Isabella dio una mirada a todos a su alrededor. Sonrió de manera solapada ante aquel circo ridículo de gente encopetada; de hombres vestidos de oscuro y de mujeres asfixiadas por terribles corpiños.

Charles Swan la arrastró por toda la sala. De pronto dos personas que en su vida quería ver: Alistair Sinclair quien se burlaba de ella y Edward Cullen con su belleza alucinante mirándola con ojos de furia y de manera penetrante. Inmediatamente su corpiño se sintió más estrecho de lo que en realidad era.

Charles la llevó a hacer la venia de saludo al príncipe, quien en ocasiones oficiales era digno hijo de la monarquía, pero que en su vida privada, era un licencioso y un libertino, hasta un terrible rumor se tejía alrededor de él, éste decía que tenía un hijo con una prostituta de White Chapel. Los ojos azules del principito se posaron en el escote de Lady Swan, quien se sintió incómoda con aquella observación. De una manera sutil Isabella le hizo saber al monarca que lo que se encontraba allí dentro no sería para él, cosa que al hombre no le hizo ninguna gracia.

Cuando las presentaciones oficiales se habían terminado, Isabella se le escurrió a su padre, quien después de lucir a su hija, ella pasaba a segundo lugar, cosa que ella agradeció.

Vio a lo lejos a su amiga Jessica quien le sonrió de manera picara.

- Estás hermosa cariño- dos besos en cada una de las mejillas.

- Gracias, tú también- Jessica tenía un vestido de lo más exagerado, vestido que Bella reconoció haber sido hecho en Paris- ¿Tú esposo?

- Me ha abandonado por sus amigos del club.

Si, los hombres, podían ser infieles, pero nunca a sus amigos del club, eso era inmoral.

Isabella observaba a todos a su alrededor, el eterno juego de agradar, de ser cultos, amables, bien hablados e increíblemente hipócritas.

- No seas tan cruel Isabella, todos ellos en sus pequeños mundos… ¿me juzgas de la misma manera mi querida amiga?- Jessica le sonrió.

- Yo no juzgo a nadie Milady.

- Claro que lo haces querida, todos aquí nos odiamos, pero parece que no hay más alternativa, lo que pasa es unos fingen más que los otros.

- Yo soy experta en fingir Jessica, pero se que si juzgo a cada uno, también juzgo lo que yo soy, todo es perfecta crueldad.

- Oh si ¡Viva Inglaterra!

Lady Catherine se le acercó con la muy cursi Angela Weber quien tenía en su pequeña bolsa las sales por si algún sobresalto, hablaba de manera rápida y tonta.

- ¿No es maravilloso Lady Swan? Toda esta música…la mejor sociedad de Londres está aquí ¿no se ve hermoso el príncipe? Será el mejor rey de Inglaterra, yo quiero bailar y…- la chica se exaltó y Lady swan quería darle un puño en la cara, pero le sonrió de manera cortes. Todos sabían que Angela Weber estaba desesperada por casarse. Todos los hombres le huían; claro que se casaría, la fortuna de la chica era impresionante, pero para ella con veintiún años de edad, ya era prácticamente una solterona. De manera solapada veía a Isabella Swan, quien era hermosa, siempre se preguntaba ¿por qué no estaba casada? Eso no era algo normal.

- ¿El hombre más hermoso de Inglaterra? – Dijo Jessica de manera burlona- ¿Edward Cullen?- miró a su amiga de manera solapada.

- Oh si- Angela Weber suspiró de manera tonta.

- ¿Ese depravado?- Lady Catherine refunfuñó, siempre que le nombraban a ese hombre sólo pensaba en la muy tremenda y meticulosa descripción de Lauren repugnante.

- Oh vamos Catherine, no seas así, al menos ese hombre se sale un poco de los patrones paliduchos y tontos de casi todos nuestros hombres.

- Querida, te recuerdo que estás casada con uno de esos hombres.

- Lo sé, pero eso no quiere decir que no pueda admirar la belleza leonina de Mister Edward Cullen ¿no crees Isabella?

- Es un hombre hermoso, no se puede negar, pero es demasiado pagado de sí mismo -.

Isabella hizo burla.

- Oh querida y eso es terrible…alguien que crea que con la belleza lo puede todo- Jessica intuía algo divertido en Lady Swan, además la había visto en su vida intima y un dejo de la antigua arrogancia que ella trataba de ocultar siempre salía a flote.

La música continuaba, la voluptuosidad de Isabella gritaba salir de su estrecho corpiño. Varios hombres la invitaron a bailar y ella no pudo decir que no, sobre todo porque su señor padre la miraba de reojo.

Se retiró un poco a tomar algo de ponche.

- ¿Recordando viejos tiempos princesa encantada?

¡Esa voz!

Volteó

- Mister Sinclair.

Unos ojos azul hielo la recorrieron. Isabella no parpadeó.

- Sigue siendo lo más hermoso que mis ojos haya visto. ¿Disfruta la fiesta?

El hombre disfrazaba su crueldad (como todo británico en amable conversación)

- Disfrutar es una palabra muy fuerte Mister Sinclair.

- ¿Y cual palabra cree que es más aceptable?

- Estoy.

El hombre alzó la ceja.

- Siempre es usted tan misteriosa.

- Y usted tan cretino.

El hombre estaba a punto de perder su compostura frente a Lady Swan, quien estaba aterrada, pero no podía permitir que el hombre viera el miedo que en ella se anidaba. La única arma que ella tenía era el terror que aquel le tenía al escándalo.

- No ha cambiado nada, sigue siendo la misma niña caprichosa y malcriada que conocí hace unos años atrás.

Lady Swan bajó la cabeza, no, ella no era la misma, había cambiado. Ya era un mejor ser humano, ya no creía que el mundo giraba a su alrededor, ahora podía entender que existían las otras personas, ahora podía escuchar.

- Usted no sabe nada de mi Mister Sinclair- se acercó a él y lo retó con una mirada fija- ¿Tanto me odia? El delito por el que usted me juzga, es el mismo que hace que esté obsesionado conmigo y con lo que ocurrió hace años atrás.

- ¡No tenía derecho!

-¡Dios mío! Era una niña.

- Pero no para hacer lo que hizo.

- ¡Por favor!

Pero de pronto una voz salió de la nada y vino al rescate de la mujer y del hombre que estaba a punto de salirse de su muy aprendido papel de hombre razonable.

-Milady Swan.

Edward Cullen con su bello rostro y con mirada oscura, tomaba la enguantada mano de Lady Isabella y besaba su mano, los nudillos de sus dedos maldita tela.

Por primera vez Isabella agradeció que ese hombre apareciera.

- Mister Cullen- la voz de Alistair fue dura y con ojos de odio le dijo al hombre que se largara, pero Edward Cullen quien había estado viendo a Isabella de manera obsesiva durante una hora, y quién había tratado de entender el porqué el muy cáustico y controlado Sinclair estaba a punto de tirar su refinamiento por la borda.

Edward no hizo caso a sabiendas que el hombre tenía de manera metafórica sus testículos agarrados con una maldita deuda. Sonrió de manera dulce a la mujer que lo miraba con ojos lindos y agradecidos.

- ¿Se divierte Milady?

Ella gimió por lo bajo.

- Un poco Mister Cullen.

Sin que ella se diera cuenta, volvió a tomar la mano de Edward Cullen.

- ¿Quiere algo de vino? Tome del mío- y sin pensarlo llevó la copa a la boca rosa de la mujer quien tomó de manera pequeña. Edward observó la boca voluptuosa de la mujer y tuvo mil malditos malos pensamientos sobre las maravillas que harían aquellos labios sobre él. De un momento a otro se quedaron viendo de manera fija, él en actitud de seducción, ella en actitud de pregunta y de inquietud. Isabella no sabía qué hacer, estaba en medio de aquellos dos hombres, uno la acosaba y el otro la ponía en frente de su pasado y de sus malas acciones. Tenía que defenderse. Respiró de manera fuerte, levantó su barbilla y dio una sonrisa coqueta a los dos hombres.

- Con permiso.

Pero el hombre de mirada gatuna la tomó por la cintura.

- Baile conmigo Milady- le dio una mirada furiosa a Alistair Sinclair. La arrastró por todo el salón.

Isabella no pudo resistir al toque fuerte y poderoso de aquel hombre. El brazo rodeándola de manera dura, tierna y total la hizo suspirar. Ya no tenía miedo, no de Alistair, no de Edward Cullen, tenía miedo de "la princesa encantada" que de manera arácnida trepaba hacía su alma y su mente con un espíritu venido desde la oscuridad de su corazón y se apoderaba de ella.

Dedos entrelazados.

Ojos verdes y ojos marrones.

Vientre contra vientre.

Rozar de telas.

El deseo y la rabia.

El cinismo contra la astucia.

Una propuesta vulgar.

Un pasado de niña terrible.

Dos bestias en competición….en plena lucha.

Edward de manera sin vergüenza no despegaba los ojos del corpiño estrecho de la mujer. Los senos turgentes de ella sobresalían por el apretar del vestido y por la presión del hombre sobre su pecho. En el interior del hombre se imaginaba poseyendo aquellas preciosuras la morderé y dejaré mi marca sobre ellos para después hacerla rogar en el interior de ella se imaginaba la escena de él sobre su pecho daría todo por acariciar el cabello cobrizo de él… ¡oh Dios! ¿Qué estoy pensando? Para este hombre sólo soy un juego Isabella.

La música sinuosa y alegre los hacía girar sin que ambos despegaran sus ojos.

- ¿Por qué me hace sufrir Isabella?

Edward se acercó a su oído y sopló suavemente.

- No creo que una mujer como yo haga sufrir a un hombre como usted.

Una mueca torcida.

- Una mujer malvada como usted siempre Milady… he puesto en esas cartas mi corazón y usted de manera cruel ha desechado cada una.

Isabella dio un respingo.

- No he desechado ninguna Mister Cullen, pero sin ánimos de ofender si su corazón está puesto en esas cartas entonces su corazón es un poco banal.

Un rugido de rabia, no por la verdad dicha en su cara, sino por el hecho de que ella de manera tan inteligente se haya dado cuenta de eso maldición, debo esforzarme un poco más.

- ¿Me acusa usted de ser trivial?- y la apretó más fuerte.

- Oh por favor Mister Cullen, ser trivial es la norma en Inglaterra, es usted digno hijo de esta nación.

El cinismo de Edward Cullen lo hizo soltar una carcajada sonora.

- ¿Con que eso es lo que piensa Milady? vaya ahora empiezo a creer que usted en realidad es una dama peligrosa… ¿aún lee poesía en francés encerrada en su cuarto? Algún día la leerá para mí….desnuda.

Isabella dio un salto frente a semejante insinuación.

- Es usted un grosero fascinante.

- Y usted es mortalmente hermosa Milady.

Ella intentó soltarse de su abrazo, pero él la retuvo.

- ¡No!

- ¡Suélteme! No entiende que un no es un no.

- En este momento no entiendo nada Milady….piensa idiota…piensa…debo hacer que muerda el maldito anzuelo Yo sólo deseo tenerla entre mis brazos y disfrutar de su piel y de su presencia y si debo obligarla por temor al escándalo no me importa.

Ahora no era tierno su abrazo, era rudo y fuerte, era como si estuviese frente a aquella hermosa hembra azabache y le dijera tú me perteneces…lo sabes eres mía.

Isabella recurrió a su fuerza interior para no desplomarse frente a la ruda seducción de aquel hombre. Un placer intoxicante y una sensualidad solapada entre ambos. La seductora, la coqueta, la caprichosa, lujuriosa y demoníaca princesa encantada estaba allí.

- Je facinas*- la voz en francés de la antigua Isabella Swan salió de ella.

Pero éste pareció no escucharla, sólo aprisionó su pecho contra ella y la música interminable los sumió en un ambiente suave, de respirar suave y de fru fru de tela incómoda y que los atrapaba.

Siete años antes….la princesa encantada…

Bailaba.

Seducía.

Acorralaba a sus víctimas.

Les sonreía.

Con miradas explosivas prometía que les daría de beber de su boca.

Hablaba de manera inteligente.

Fingía inocencia.

Se hacía la dama en apuros.

Pequeños arrullos.

Ojitos picaros.

Y ¿ahora?...ahora….Ese hombre…ese hombre que la obsesionaba, que jugaba el juego de la seducción, aquel que escondía en una foto en un pequeño nochero de su habitación….ese hombre.

Como si su vida estuviera pendiendo de un hilo, Lady Swan se soltó al mismo instante en que la música terminó y corrió sin hacer la venia pertinente al hombre que la miraba de manera burlona.

Tomó a su padre del brazo que también observaba a Edward Cullen y a su hija, una sonrisa soterrada se dibujó en la cara de palo de Charles Swan.

Durante una hora Edward Cullen no despegaba los ojos de la mujer, quien después de bailar con él no lo volvió a mirar, es más ella le dio a creer que se había olvidado del contacto de fuego que ambos habían tenido.

Varios hombres bailaron con la mujer, quien sonreía de manera diferente. Él no sabía que desde hace una hora la intoxicación que él había dejado en la piel de ella había hecho el trabajo que siete años de rigor casi monástico ocultó en su interior… Lady Swan estaba excitada y a punto de cacería.

Lady Jessica sentada a su lado entendía lo que allí ocurría.

- ¿Qué es lo que te pasa con Edward Cullen querida?

Un abanico para ventilar el calor del vino, del baile, del temor de los ojos de hielo de Alistair Sinclair, de las palabras y de los ojos sobre sus senos de Edward Cullen, también sirvieron para contestarle a su amiga.

- No me pasa nada con Mister Cullen.

- No me mientas Isabella.

Una levantada de cejas y una sonrisa socarrona.

- Él cree que puede seducirme Jessica.

- Noooo- una sorpresa fingida- Por lo que yo vi parece que si querida.

Una mirada misteriosa.

- Eso es lo que parece querida.

Jessica nunca entendía las palabras de Isabella, siempre hablaba a medias y dejaba todo en el aire.

- Odio que seas tan misteriosa Isabella…cualidad que te envidio, todos aquí creen que eres algo modosa y tímida, pero yo creo que eres una niña traviesa.

Jessica era una chica inocente, hablaba de manera excéntrica, pero en realidad era una mujer que a pesar de sus ideas liberales aún tenía rezagos de las pequeñas bobadas de todas las mujeres aristócratas. Su esposo la amaba por sobre todas las cosas del mundo, y la protegía de todo, cosa que ella odiaba, pero que él sabía necesario.

Isabella calló, su amiga no tenía ni la más mínima idea.

Tratando de respirar un poco de aquella fiesta en el enorme hotel y con la curiosidad de conocer aquel lugar enorme Isabella sin que nadie se diera cuenta salió del enorme salón.

El lugar era lo más hermoso y lujoso que ella hubiese visto en su vida, ni siquiera en Paris el enorme hotel La Nación era así de hermoso.

Alfombras rojas tapizaban toda la entrada principal. Enormes estatuas de mármol, muchas de ellas antiguas traídas desde Grecia e Italia. Cuadros de los grandes pintores, la fuente en la mitad con una cascada de agua diamantina, los enormes candelabros en todo el centro y los techos pintados de mil colores. Todo era lujo y decadencia victoriana.

El vino, la música y la belleza del lugar la hacían sentirse ligera, sólo el maldito corsé la aprisionaban.

Trató de devolverse para llegar al salón, pero de una de las cortinas azules una mano férrea apretó su cintura y la arrastró con fuerza. Ella iba a gritar pero antes de que lo hiciera la boca de Edward Cullen cubrió la suya con fiereza.

Isabella quiso gritar pero él de manera terca apretó con más fuerza los labios y su cintura, mientras que con la otra mano sostenía su cabeza mirándola con ojos verdes de seducción y fuego. Isabella cerró su boca de manera terca y no movió un músculo, aunque su interior gritaba ¡Bésalo! La mano que apretaba su cuerpo se deslizó lentamente hacía su mejilla y la acarició de manera lenta y caliente hasta llegar a su cuello y luego a su nuca y allí con un dedo hacer pequeños giros entre sus pelillos produciendo en ella un temblor. Él la llevó contra la pared…y ella…ella aprisionada por el cuerpo duro de Edward Cullen fue abriendo la boca para él. Éste hizo un gemido lento, cosa que hace que Isabella casi llore de la emoción nunca había escuchado un sonido como ese…ni siquiera de él…La lengua húmeda, larga y suave fue penetrando en ella de manera lenta y se fue enroscando de manera lánguida casi perezosa en la de ella que al principio respondió de manera tímida (años que no besaba) la punta de la lengua de Edward Cullen de manera juguetona tocó la punta de la de ella y se retiró para hacer que ella desesperada volviera a rogar para que volviera, la mano en su cuello y la otra tocando su mejilla mientras la besaba era demasiado…lento, suave, dulce, vino…ajenjo…esencia de pino. Pero Isabella necesitaba más, la princesa necesitaba más…años de nostalgia, años de melancolía por necesitar ese contacto.

Edward se retiró y ella protestó mientras que él se recostó contra la pared.

- Vous êtes belle**- Oh la voz de ella…volvía.

- Querida odié el francés….

Pero cuando él menos pensó, Isabella, la modosa que él creía atacó y fue ella la que lo sorprendió con un beso salvaje, violento y sexual. Lo mordió duro, metió una de sus manos en aquella boca pecadora (ya no tenía los tontos guantes) de manera inconciente Edward se vio chupando aquellos dedos pequeños, ella le agarró su cabello cobrizo, retiro los dedos de su boca y en su lugar llevó su lengua que penetró en él sin piedad golpeándole el paladar, de manera experta envolvió, acarició y dejo sin aire a aquel que nunca había sido besado de tal manera. Ella se apartó.

- Le dije que soy malvada ¿Por qué diantre no me crees? Tu con esas cartas ridículas…esas no son tú Edward….ve tras de mi…atrápame – y como animal sediento Isabella se fue de nuevo hacía él pero no hacía su boca sino hacía su pecho y dio pequeños besos, desabotonó su chaleco y entre la bella camisa de seda localizó el punto que quería morder: sus tetillas y lo hizo, el hombre llevó sus manos hacía atrás,

¿Qué?

Pero lo peor vino después, la vio bajar hacía su pantalón.

Ella con la incomodidad del vestido se arrodilló, unos ojos de gato malo lo miraron. La erección dolorosa y llena de rabia volvía.

- ¡Lady Swan! ¿Qué hace?- golpeó con su cabeza la pared cuando vio la lengua de ella tocar por encima de su pantalón su miembro y morder con delicadeza. Rugió. La manito de ella lo acarició con fuerza. Nunca en sus veintinueve años de existencia… ¡nunca! ¡Jamás! Ni una prostituta había hecho eso…estaba a punto de la muerte.

- Je tiens à vous faire l'amour***- la voz era gruesa y sensual- Déplacement ma langue sur votre menton et te voir nue.****

Edward maldijo el hecho de no haber aprendido el maldito idioma… estaba atrapado en ese lugar, estaba excitado, quería enterrarse en el cuerpo de esa mujer que odiaba con odio satánico.

- ¡Mierda!- nunca decía una mala palabra.

Isabella gritó de triunfo, deslizó sus manos hacía las nalgas de aquel hombre y las acarició, con fuerza se levantó y le mordió el cuello, Edward gritó de placer. Tenía que volver al punto original, ser de nuevo el cazador, llevó sus manos hacía su corpiño y acarició, Isabella hizo un maullido voluptuoso y de manera rápida volvió a la boca del hombre penetró sin compasión, las lenguas se unieron en baile feroz, mientras que se llevaban las manos al cabello parece que no me tendré que casar con ella después de todo pero le sorprendió que aquel pensamiento no le agradó mucho, ya se hacía sentado entre los mullidos cojines de la casa en Kensington y entre las piernas de Lady Swan, mientras que le hacía el amor con furia.

De pronto un agarré doloroso en su cabello, estaba a punto del orgasmo allí. Lady Swan se le quedó mirando de manera fría. Dos pasos hacia atrás. Se arregló el cabello, él resoplaba.

- Es usted una gata.

Ella se tocó la mejilla, caminó hacia un espejo, respiró hielo, aunque en su interior el centro de la tierra ardía y dijo:

- ¿Ha sido satisfactorio Mister Cullen? Espero que si, porque ésto no volverá a ocurrir, ya he tenido suficiente de usted.

- No me rete Lady Swan.

- ¿Tiene usted las agallas para cazarme Edward Cullen?

- Soy un cazador nato.

Oh la vieja princesa hablaba….

- Entonces que empiece la cacería.

La vio retirarse, la vio caminar despacio por entre el pasillo y no volver atrás.

- ¿Quién diablos eres? ¿Qué cosa eres? Tengo que poseerte para ver si no te odio tanto Lady Swan.

The hunt has begun, girls Is not exciting?

Vamos chicas, alienten al cazador…. ¿por quien apuestan?

Je facinas* : Y me fascinas

Vous êtes belle **: Eres hermoso

Je tiens à vous faire l'amour***: Quiero hacer el amor contigo

Déplacement ma langue sur votre menton et te voir nue****:Pasar mi lengua por tu barbilla y verte desnudo.