I- Volver a casa

Baticul se había levantado esa mañana con los estandartes y las guirnaldas de fiesta desplegados por cada calle, agitados por la brisa marina y calentados por los rayos de Rem. Era el cumpleaños de los dos jóvenes más queridos del reino: el príncipe Luke y Asch fon Fabre. Sin embargo, nadie esperaba al segundo desde hacía ya meses.

Luke contempló la ciudad a sus pies desde lo alto de uno de los árboles del bosquecillo privado de palacio. Había recuperado la costumbre de subir allí a pensar y a deleitarse con las vistas, y desde hacía ya tiempo nadie se molestaba en ir a buscarle la mitad de las veces. Concretamente, desde que Asch había empezado a desaparecer de la mansión Fabre.

Hacía ya algo más de un año que su original volviese de verdad a la vida. Los primeros días fueron lo más difícil para todos: a Asch y Luke se les había recibido en Baticul con tanto honor como desconcierto. Todo el mundo había oído hablar del Sanguinario y sus proezas en la lucha contra Vandesdelca, pero también de su muerte. Mientras el duque, Asch e Ingobert se exprimían los sesos para buscar alguna excusa convincente, Luke tomó la delantera y contó públicamente la verdad, respaldado por su madre. Había sido terrorífico para él admitir ante el pueblo de Kimlasca que era una réplica, que el verdadero Luke fon Fabre no era quien se había casado con la princesa, pero los ciudadanos lo acogieron sorprendentemente bien. Tal y como le dijo Asch que hiciese en su día, Luke se había esforzado en hacer las cosas tan bien antes de aquello que para cuando la verdad se supo, todos le querían demasiado como para protestar.

A su contraparte, por otro lado, Suzzane lo había tenido enclaustrado en casa con un ejército de médicos vigilando cada movimiento que hacía. La pobre mujer se había llevado un susto de muerte al verle, pese a la carta que había recibido de su puño y letra previamente contándole todo lo sucedido. Pronto, no obstante, quedó claro que Asch estaba en perfectas condiciones y no necesitaba a cinco doctores encima. A partir de entonces su "arresto domiciliario" se levantó y el joven se incorporó a la vida en la corte como vizconde, el cargo que le correspondía por derecho. Estaba a gusto con su nueva posición, o al menos eso parecía... hasta que empezó a largarse sin decir nada a nadie.

Al principio eran escapadas que no duraban más de unas horas. Luego, las horas se empezaron a convertir en días, los días, en semanas, y de pronto dejaron de verle por completo y las únicas noticias que recibían de él eran cartas mensuales de las cuales cada una era más escueta que la anterior. De la última vez que lo viesen en Baticul hacía ya seis meses, puede que algo más. En cualquier caso, a Luke se le estaban haciendo eternos.

Desde que Asch había vuelto, Luke notaba que algo no iba bien y no sabía qué era. A menudo se despertaba inquieto pero sin recordar qué había soñado, o se sorprendía a sí mismo intentando calmar su respiración o su ritmo cardíaco sin saber en qué momento se le habían acelerado. Y constantemente notaba una extraña sensación en el pecho, que unas veces le parecía una opresión y otras como si tuviera un espacio vacío junto al corazón. Desde que Asch se había ido estaba yendo a peor, pero no podía hacer nada por solucionarlo. Las cartas de su original cada vez llegaban desde un sitio distinto y su conexión mental ya no existía; no tenía modo alguno de contactar con él.

Se abrazó al paquete alargado y envuelto en papel que había subido hasta la rama donde se encontraba. Se suponía que iba a ser su regalo de cumpleaños para Asch, pero cada vez estaba menos seguro de si podría dárselo. Se le escapó un suspiro y dejó que su mirada se perdiera entre la gente que caminaba por las calles a varios metros por debajo de sus pies.

Algo captó su atención de repente. Tenía que haber sido su imaginación, porque era imposible que a aquella distancia hubiese podido distinguir una cabeza tan pelirroja como la suya entre la multitud, pero juraría que había visto... Se puso en pie de golpe y oteó desde la rama hasta que consiguió vislumbrarla de nuevo entre el gentío. Podría ser su padre, su madre o incluso Ingobert, pero ninguna de esas posibilidades se le pasó por la cabeza mientras saltaba al suelo y echaba a correr con el paquete envuelto en papel en una mano.

Los ascensores y cabinas no iban lo bastante rápido para su gusto y para cuando llegó a la calle donde lo había visto estaba sin aliento. Se apoyó en sus rodillas, jadeando y saludando con la mano a quienes se paraban a felicitarle por su cumpleaños. Miró a su alrededor en busca de la cabeza pelirroja que había visto, pero no consiguió encontrarla de nuevo. Decepcionado, se apoyó el regalo en el hombro y echó a andar de vuelta hacia el palacio.

"Me lo habré imaginado. Por los siete fonones, esto se está saliendo de lo normal, ¿ahora empiezo a tener también alucinaciones?" pensó, rascándose los lacrimales. "¿Dónde demonios estará, de todos modos? Se va a perder la fiesta y eso que el único que realmente cumple años hoy es él..."

-Hola, desecho.

El corazón le dio un doloroso vuelco en el pecho. Luke se detuvo de golpe y tragó saliva, girándose hacia la callejuela de la que procedía aquella voz que sonaba tan parecida a la suya propia, y cuando alzó la mirada, sus ansiosos ojos verdes se toparon con un par de orbes idénticos observándole con un brillo divertido apenas perceptible.

Asch estaba apoyado contra la pared de una de las casas que flanqueaban el callejón, con los brazos cruzados sobre el pecho. Resultaba increíble lo mucho que había cambiado en seis meses: su piel se había tostado ligeramente desde la última vez que lo vio, y se había echado hacía arriba el flequillo como solía hacerlo en el pasado. El resto del pelo lo llevaba recogido en una apretada trenza de espiga que hacía que su melena pareciera la mitad de corta de lo que en realidad era. Pero lo que más le llamó la atención a Luke fue su ropa: a excepción de la capa, vestía exactamente igual que cuando ostentaba el puesto de General Celestial. Túnica corta y negra con pantalones ajustados a juego debajo, botas y guantes altos y grises, complicados bordados dorados por todas partes con motivos parecidos a un corazón que se repetían con más o menos complejidad... Luke lo observó de arriba a abajo sin saber qué decir.

-¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el cheagle?- le espetó Asch, alzando una ceja. El otro pelirrojo luchó por encontrar su voz.

-No, yo sólo... No esperaba que... No creía...- balbuceó. Apretó el regalo entre las manos, arrugando el papel que lo envolvía, y la frustración le soltó por fin la lengua en forma de grito-. ¡¿Dónde te habías metido, idiota?! ¡Nos tenías preocupadísimos! ¡A madre casi le da una recaída mientras no estabas!

Asch desvió la mirada hacia el suelo.

-He estado ocupado.

-¿Con qué? ¿Qué era tan importante que no podías ni pasarte a saludar?

-Estoy aquí ahora, ¿no? ¿No te vale con eso?

Luke torció el gesto y puso los brazos en jarras, golpeando el suelo con un pie hasta que Asch suspiró y sacudió la cabeza.

-Estuve de viaje, ¿de acuerdo? Había cosas que necesitaba hacer. De hecho... por eso he venido hoy- el mayor de los pelirrojos alzó la mirada y descruzó los brazos, dejándolos caer a los lados de su torso-. He vuelto a mi puesto como General Celestial.

Luke lo miró, boquiabierto. Sólo entonces reparó en el arma ligera y esbelta que colgaba del cinto de su contraparte; era la espada estándar de los soldados del Oráculo. Frunció el ceño y volvió a mirarle a la cara.

-Creía que te gustaba la vida aquí en Baticul- murmuró.

-Ya, bueno, sobre eso... Creo que ya no estoy hecho para los asuntos de la corte. Demasiados años siendo un soldado, ¿sabes? Hablando de lo cual... ¿Dónde están padre y el tío Ingobert?

-Arriba, en la mansión, seguramente decidiendo qué hacer con los regalos que te habían buscado porque no aparecías para dártelos- respondió Luke, no sin cierto resentimiento-. Y no me cambies de tema. ¿Por qué nadie me había dicho nada sobre esto?- preguntó, dándole unos golpecitos en el pecho, sobre el emblema bordado en dorado en la tela negra-. Porque Tear como mínimo tiene que saberlo.

-Por supuesto que lo sabe, me nombró ella misma. Pero le pedí que no dijese nada.

-Espera, ¿te nombró ella? ¿Quieres decir que...?

-Hace dos meses la ascendieron a Comandante- confirmó Asch, sonriendo levemente-. Tras la muerte de Blacksen, ella era la mejor candidata. En realidad siempre lo fue, pero su apellido tiraba para atrás a la mayoría de los Generales Celestiales. En cualquier caso, ahora que ya la conocen de verdad, ninguno ha puesto pegas en su nombramiento. El único que se quejó fue Nerim, pero porque es un cerdo anticuado y misógino y necesita la jubilación cuanto antes.

Luke alzó las cejas, admirado. Sabía que Recard Blacksen había caído meses atrás en una escaramuza contra los últimos restos de los Siervos de Lorelei, de hecho había asistido a su funeral, pero no había tenido noticia de que los Caballeros del Oráculo volviesen a tener un Comandante. Se alegraba por Tear, pero le habría gustado saberlo porque ella misma se lo hubiese contado.

-No le eches la bronca por no decirte nada- añadió Asch como si le hubiera leído el pensamiento-. Está bajo mucha presión últimamente, no quiere decepcionar a nadie y se está esforzando al máximo. No podía venir a decírtelo en persona, así que me pidió que si pasaba por aquí, te lo contara y te pidiera disculpas de su parte.

-Vale, bueno, dile que no pasa nada- sonrió Luke-. Y enhorabuena... a los dos, supongo.

Asch aceptó la felicitación con un asentimiento de cabeza y sus ojos se posaron sobre el paquete que llevaba Luke todavía en la mano.

-¿Y eso?- inquirió, señalándolo con la barbilla.

-Ah, ¿esto? Pues estoy tentado de no dártelo, porque con lo preocupado que me has tenido, no te lo has ganado. Pero teniendo en cuenta que me he pateado medio Auldrant para encontrarlo... Toma, feliz cumpleaños- dijo, sonriendo y poniéndole el regalo entre las manos. Asch lo sopesó, intrigado, y rasgó el papel del envoltorio de un fuerte tirón, descubriendo el objeto que se ocultaba debajo. Al hacerlo, la sorpresa se instaló en sus rasgos.

Era su vieja espada, Maestro, la que lucía el mismo emblema en dorado que los guantes y botas que cubrían sus brazos y piernas, la que había empuñado contra Van y contra el mismo Luke hacía ya tanto tiempo. La funda de duro cuero negro con adornos dorados tenía algún que otro rasguño, pero la hoja del color de la obsidiana estaba tan limpia y brillante como el primer día. Luke, satisfecho, lo observó desenvainarla y probar un par de movimientos, escuchando el sonido que hacía el metal al cortar el aire.

-La encontraste- murmuró el mayor.

-¿Lo dudabas?- sonrió Luke.

-No te he traído ningún regalo.

-No importa, si lo piensas bien ni siquiera es mi cumpleaños, en realidad- replicó, quitándole importancia con un gesto de la mano-. Y ahora, ¿vas a subir conmigo a casa por las buenas, o tengo que obligarte?

Asch suspiró y echó a andar hacia los ascensores que conducían a los niveles superiores de la ciudad.

-No podrías obligarme a hacer nada ni en un millón de años, réplica.

-¿Perdona? ¿Quién es la réplica de quién ahora, eh?- contestó Luke, siguiéndole y dándole un par de codazos amistosos en las costillas. Asch sacudió la cabeza y le dio un empujón no muy fuerte para apartarlo.

-Ah, cállate.

Luke sonrió y le pasó un brazo por los hombros.

-Es broma, idiota, para mí tú siempre serás el original. Ah, y sí que me has traído un regalo.

-¿Qué dices? No te he traído nada. Y suéltame, ya.

Luke se rió y le soltó, alzando las manos en señal de rendición. Se alejó un paso de él sin dejar de caminar a su lado, observándole de reojo. Asch caminaba con la seguridad que siempre lo había caracterizado, pero parecía más relajado que en otras ocasiones, puede que más a gusto. La temporada fuera parecía haberle sentado bien, después de todo.

-Te queda bien la trenza- comentó el menor de los pelirrojos. Asch se encogió de hombros.

-Es práctica.

-Oye, te voy a hacer una pregunta que puede ser incómoda. Con lo de los sobrenombres de los Generales Celestiales, ya sabes... ¿Sigues teniendo el mismo que antes?

Al mayor se le perdió la mirada en algún punto del suelo, pero negó con la cabeza y esbozó algo que podría haber sido una sonrisa. Se quedaron en silencio el resto del camino. En el primer ascensor en el que entraron, Asch se colgó del cinturón a Maestro, y Luke reparó en que dejaba la mano izquierda apoyada sobre el pomo de la espada, con el pulgar acariciándola en un gesto inconsciente. Sonrió para sí. No le había dado las gracias, pero estaba seguro de que le había hecho mucha ilusión.

Tres pelirrojos y una rubia los esperaban en la mansión Fabre: los duques, el rey y Natalia, que se lanzó directa hacia Asch con el mayor gesto de enfado que Luke recordaba verle en meses.

-¡Tú! ¡Tú y yo tenemos que hablar!- rugió, colocándose delante de él y apretando los puños. Con cada palabra le daba un golpecito en el pecho, cada vez con más fuerza-. No vienes a vernos, no escribes y tengo que enterarme de tu vida por lo que me cuenta Tear, y lo que sé no se lo puedo contar a tus padres ni a mi propio esposo porque se supone que no sé nada. ¿Te parece bonito? ¡Tú por ahí perdido en a saber dónde y tu madre aquí enferma asustándose cada vez que tus cartas se retrasan!

-Natalia, no seáis tan dura con él...- intervino Suzzane, pero la rubia no llegó a oírla, ocupada como estaba en abrirle un agujero a Asch en el pecho con su dedo índice. Luke, tras el sobresalto inicial, se apresuró a interponerse entre ellos y separarlos.

-Bueno, bueno, tranquilidad, por favor. A ver, tú- se giró hacia Asch-, Natalia tiene razón, y tú- miró a Natalia-, ¡¿cómo que Tear te cuenta lo que hace Asch y a mí no?! ¿Es que tú también sabías lo del Oráculo?

Natalia desvió la mirada y jugueteó con el encaje de su vestido.

-Sí, pero se suponía que oficialmente no, y no podía decir nada- murmuró.

-¿Pero por qué nadie me cuenta nada nunca?- se quejó Luke, rascándose la cabeza con ambas manos.

Suzzane dejó escapar una risa dulce y se acercó a ellos, seguida de cerca por el duque e Ingobert.

-Bienvenido a casa, hijo mío- dijo, dándole un beso en la frente a Asch-. Y feliz cumpleaños.

-Gracias, madre. Padre- saludó el vizconde, con una inclinación de cabeza-, he de hablar contigo.

-Por supuesto, pero seguro que eso puede esperar a después. Me alegra verte sano y salvo, Asch.

Luke miró de uno a otro, cruzándose de brazos pero sin poder evitar una sonrisa. Seguía molesto por el secretismo que se traían unos y otros, pero ver a su familia unida de nuevo bastaba para que se olvidase del enfado un rato. Y era un alivio que su padre por una vez no hubiese estado a punto de llamar al más mayor "Luke", como le había pasado ya en incontables ocasiones antes. Natalia se le acercó con un suspiro y apoyó un brazo en su hombro, aunque teniendo en cuenta que Luke era más alto que ella, el gesto quedaba un tanto extraño.

-Mírale, qué forma tiene de evitar las regañinas. Será posible...- gruñó la rubia. El pelirrojo soltó una carcajada-. Veo que le ha gustado el regalo.

-Así es.

-Te habrá regalado algo él también, ¿no? Porque si no lo ha hecho, le uso de diana en mi próximo entrenamiento.

Luke volvió a reírse y miró a Asch distraídamente hablar con sus padres.

-Tranquila, sí que me ha traído algo- murmuró, con la sonrisa bailándole en los labios. Por alguna razón, la opresión de su pecho parecía haberse aliviado.

La tarde transcurrió alegremente ajetreada entre regalos y risas en la pequeña fiesta en los jardines de la mansión Fabre que había organizado Natalia para ellos. Fue bastante sencilla y familiar, puesto que Suzzane llevaba unos cuantos meses con recaídas continuas y no le convenían grandes multitudes. A Luke le habría gustado que pudiesen acudir sus viejos amigos, pero se dio por satisfecho con que Asch se quedase.

Natalia le había regalado unos guantes nuevos de cuero reforzado para protegerse las manos al empuñar la espada, pues según ella los callos le raspaban cuando iban de la mano en las ceremonias oficiales. Sus padres e Ingobert, por otro lado, le habían cedido un pequeño y apartado caserón cerca de Sheridan para que lo utilizase como residencia de vacaciones, pues el Castillo de Coral estaba ya inhabitable y despertaba demasiados recuerdos desagradables. De parte de Guy le había llegado un kit de limpieza de armas, Tear le había enviado un libro para ampliar su reducido repertorio de artes fónicas y Jade un traje de baño nuevo a juego con la reserva de un mes en el balneario de Keterburg cortesía de Peony. El regalo de Anise y Florian, por su parte, consistía en un cuaderno de suave piel teñida de rojo, del cual las primeras páginas estaban llenas de dibujos que había hecho la réplica del Maestro Fónico sobre sus amigos, y el resto estaba en blanco para que él mismo lo llenase. El joven de cabello verdoso dibujaba realmente bien.

A Asch nadie había sabido qué demonios regalarle, así que todo el mundo había ido esperando a última hora para preguntarle qué quería él por su cumpleaños. Parecía que los únicos que sabían que acertarían de lleno eran Luke y Natalia, que se habían pasado meses preparando sus regalos y cuando alguien les preguntaba se negaban a compartir sus ideas. La princesa le había mandado hacer un complicado anillo que parecía hecho de llamas doradas, con pequeñas flores de rubíes engarzados entre las finas lenguas de oro. Asch siempre llevaba guantes, pero se lo había guardado para colgárselo al cuello con una cadena en cuanto encontrase una lo bastante bonita.

Luke le miró bailar con Natalia al son de la canción que estaba tocando el cuarteto de cuerda que habían contratado. Habían conseguido convencerle para que vistiese el traje de vizconde por esa noche, pero se había colocado la banda roja del lado contrario que la de Luke. El príncipe kimlascano estaba seguro de que lo había hecho a propósito. Tampoco se había soltado la trenza, pero sí había dejado que el flequillo le cayese normalmente por la frente, realzando el parecido entre ambos y al mismo tiempo haciendo bastante notables las diferencias.

Sin embargo, la mayor parte de lo que les hacía distintos se encontraba bajo aquel uniforme. Luke tragó saliva al ver el estremecimiento que recorría a su original cuando Natalia le apoyó una mano en el hombro derecho. Bajo la casaca y la camisa, en aquel punto de la piel, había una delgada línea vertical perfectamente recta de medio palmo de largo. Unos centímetros más abajo y hacia la izquierda había otra sobre el corazón, y un poco más abajo una tercera, esta vez horizontal y más corta, marcando la posición de su estómago. Todas ellas tenían su contraparte en la cara frontal del torso.

Le había visto las cicatrices mientras se cambiaba en el cuarto que hasta casarse con Natalia había ocupado él. No había dicho nada, pero se las había quedado mirando tiempo suficiente para que Asch se girase y lo descubriera observando fijamente su torso desnudo.

-Son de Eldrant. Cuando me estabais... sacando... Lorelei dijo que me dejaría un recuerdo de lo que había pasado. Como si fuese a olvidarlo de todos modos...- había dicho el otro pelirrojo antes de que Luke preguntase nada. El más joven asintió y desvió la mirada, avergonzado por que le hubiese visto mirándole, pero Asch no dijo nada al respecto.

Las marcas en su piel, en cualquier caso, no eran las únicas cicatrices que Eldrant había dejado. En el mismo jardín donde estaban celebrando la fiesta, a varios metros bajo tierra, yacía el cuerpo original del hijo mayor de los Fabre. Por encima de él ya no había ninguna lápida; pero el lugar seguía estando marcado, esta vez por los rosales llenos de flores rojas que Suzzane había hecho plantar para disimular el hueco de la tumba.

Luke sacudió la cabeza para despejar aquellos pensamientos de su mente. No era el día de pensar en ese tipo de cosas. Era el día de alegrarse y festejar que Asch estaba con ellos, que un año más y contra todo pronóstico, ambos seguían vivos.