II- El Errante
Todavía no terminaba de entender lo que le había arrastrado de vuelta a Baticul después de casi medio año de ausencia. O quizás sí que lo entendía pero no podía dar crédito a sus propios sentimientos.
Desde que regresara hacía ya casi un año, Asch había estado notando que algo no iba bien. Se sentía fuera de lugar en todas partes, incluso en lugares donde debería haber estado a gusto. No era por factores externos, de eso estaba seguro: sus padres lo habían acogido con calidez, el pueblo de Kimlasca lo respetaba tanto como a Luke y los amigos de éste, que nunca habían terminado de hacer buenas migas con él, lo trataban casi como a uno más del antiguo grupo cuando coincidían en alguna parte. Tampoco era culpa de Luke, que había llegado incluso a confesar que era una réplica con tal de que se reconociera a Asch como el primogénito de los Fabre. Aquello, dicho fuera de paso, había sido una verdadera imprudencia desde el punto de vista del mayor. Puede que Kimlasca lo hubiese aceptado bien, incluso había servido para que a las réplicas se las tuviese en mayor estima, pero aun así... Todavía quedaba mucha gente violenta con prejuicios hacia ellos. En Daath, por ejemplo, no había gustado nada saber que el futuro de Kimlasca estaba en manos de una princesa adoptada y una copia.
Claro que Daath en aquel asunto no tenía voto alguno, y los únicos que se habían quejado eran Nerim y su facción de retrógrados. Por eso, en parte, había decidido Asch volver a la Orden: Anise estaba a punto de revelar que también Florian era una réplica y necesitaría todo el respaldo posible para protegerle y convertirse en la nueva Maestra Fónica. Sin embargo, tampoco en Daath había aguantado mucho tiempo.
El problema era suyo, estaba seguro de eso. Fuera lo que fuese que no iba bien, era algo que estaba dentro de él. Pese al respeto que le profesaban sus compañeros en los Caballeros del Oráculo y la admiración de sus hombres, que se habían vuelto a reunir bajo su mando en la sexta división; pese al cariño de sus padres, Natalia y Luke en Baticul, se encontraba a sí mismo incapaz de permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar. Cada vez que estaba más de medio mes en un sitio empezaba a notar una agobiante opresión en el pecho que no se disipaba hasta que emprendía un nuevo viaje. Huyendo de aquel sentimiento había viajado primero por medio Kimlasca, incluso visitando a sus viejos compañeros de batalla algunas veces o a los Alas Oscuras en su guarida secreta, y luego por casi todo Auldrant. Unas por misiones del Oráculo y otras por iniciativa propia, siempre acababa yendo de un lado a otro, sin ser capaz de sentir que encajase en ninguna parte, asfixiándose sin saber por qué en cuanto permanecía mucho tiempo en el mismo lugar. Así se había ganado su nuevo sobrenombre entre los Generales Celestiales: Asch el Errante.
Tal vez fuese un problema común a aquellos que habían nacido, o en su caso renacido, gracias a la fomicría. Tal vez todas las réplicas tenían el mismo sentimiento de desarraigo respecto a todo, como si estuvieran constantemente en el lugar y el momento equivocados.
Sin embargo, allí estaba aquella noche, de vuelta en el que debería haber sido su hogar, bailando con la que debería haber sido su esposa y celebrando una fecha que hacía tiempo creía olvidada. Y por algún motivo, desde que se había encontrado con Luke aquella misma tarde la sensación de angustia se había aliviado bastante.
-Así que has vuelto a la Orden- comentó Natalia, sacándole de sus pensamientos con un apretón en el hombro. Asch asintió y dejó caer la mano que apoyaba en su cintura, permitiendo que la joven describiese un par de vueltas sobre sí misma bajo sus manos entrelazadas-. ¿Te tratan bien allí?
-Mejor que con Van, desde luego- respondió él-. ¿Qué hay de ti? ¿Te tratan bien Kimlasca y tu marido?- preguntó a su vez, con una sonrisa socarrona aflorándole con la última palabra. Natalia rodó los ojos.
-Menos mal que las criadas de palacio son discretas, somos el matrimonio menos casado que hay en Auldrant- murmuró-. Cada vez que no puede utilizar la habitación de invitados, se echa a dormir en el suelo. En ocasiones parece que Guy le haya pegado la ginofobia.
-No es ginofobia- negó Asch, volviendo a colocar la mano en su cintura, moviéndose ambos al son de la música-. Es... nataliafobia.
-Eso ni siquiera existe.
-No, me lo acabo de inventar. Pero es así. No es que le tenga miedo a las mujeres, es que tú tienes más huevos que él.
Natalia no pudo evitarlo y soltó una carcajada.
-Sigue comiéndose la cabeza intentando recordar qué pasó en nuestra noche de bodas exactamente- susurró, divertida-. A veces incluso me hace alguna pregunta disimulada. El pobre se pasó meses desesperado y pidiéndome perdón por no haber sido capaz de hacerlo él mismo.
-¿Pero tú qué le has contado?
-Absolutamente nada, es demasiado divertido verle así de histérico.
Asch sonrió levemente.
-Eres malvada, Natalia Luzu Kimlasca-Lanvaldear. ¿Ni siquiera le has hablado de Tear?
-No. Lo seguimos llevando en secreto, es mejor para todos. El único que lo sabe eres tú... y seguramente Jade.
-Por supuesto. El viejo siempre lo sabe todo.
-Eso es- rió Natalia de nuevo, pero enseguida se puso seria-. ¿Qué hay de ti, Asch? ¿Cómo lo estás llevando?
Asch cerró los ojos.
-Bien- respondió vagamente. Hizo ademán de soltarla y dejar que Natalia diese otra vuelta sobre sí misma, pero la joven lo agarró con más fuerza por el hombro y le aplastó la palma de la mano con los dedos.
-Asch fon Fabre, no te atrevas a intentar engañar a la futura reina de tu país.
-Jamás se me ocurriría- replicó él, sacudiendo la cabeza-. Estoy bien, Natalia.
La princesa lo miró unos momentos, preocupada, y Asch le sostuvo la mirada preguntándose en qué momento se había vuelto tan transparente a sus ojos. Hubo un tiempo en el que había sido al revés; él había sido capaz de ver cada una de las preocupaciones que acosaban a Natalia, incluso encontrándose con ella muy de vez en cuando. Ahora los papeles parecían haberse invertido.
-Asch, sabes que si necesitas algo, sea lo que sea...
Él alzó una mano para hacerla callar.
-Cuento con ello- respondió simplemente.
Cuando la canción acabó, se separaron con una reverencia y Natalia se alejó para buscar a Luke y sacarlo a bailar también. Asch la dejó ir y se sorprendió a sí mismo al no encontrarse admirando la forma en que el vestido le resaltaba las caderas, ni el modo en que los músculos de su espalda se movían cuando caminaba. Durante mucho tiempo pensó que jamás dejaría de mirar a Natalia como si fuera la única mujer sobre Auldrant; resultaba increíble lo mucho que podían cambiar las cosas una noche de bodas y unas pocas palabras.
Sacudió la cabeza. Lo pasado, pasado estaba. Era momento de atender al presente, y para eso tenía que encontrar a su padre. Todavía tenía algo de que hablar con él antes de que la noche acabase.
El duque Fabre estaba cerca de la mesa de los cócteles, hablando con Ingobert en susurros, pero se interrumpió al verle acercarse y le dedicó una sonrisa.
-Asch, justo estábamos hablando de ti. Le estaba comentando a tu padre lo llamativo que me ha resultado que volvieses a los Caballeros del Oráculo- dijo el rey. Asch inclinó la cabeza en señal de respeto.
-Precisamente por eso venía. Padre, ¿podríamos hablar en tu despacho un momento?
-Claro. Disculpadnos, Majestad- asintió el duque, poniéndole una mano en el hombro. Se alejaron de allí de vuelta a la mansión y permanecieron en silencio hasta llegar al despacho del cabeza de familia, que se sentó tras su escritorio y entrelazó los dedos sobre la mesa. Asch, por su parte, se quedó de pie-. He dado por sentado que lo que sea que tengas que decirme es algo que no quieres que oigan ni tu madre ni tu hermano. ¿No es así?
-Luke no es mi hermano, padre. Es mi réplica, nada más, nada menos- respondió el Errante, frunciendo el ceño. Daba igual cuánto lo intentase, era incapaz de pensar en el otro pelirrojo como su hermano, pese al empeño que parecían mostrar sus padres en ello-. Pero sí, prefiero que no lo sepan... al menos no antes que tú.
-Te escucho.
El más joven se apoyó en la mesa del escritorio, buscando las palabras adecuadas.
-Durante estos meses que he estado fuera- empezó-, he estado pensando en mi futuro, en lo que quiero hacer con mi vida. He llegado a una conclusión que seguramente no va a gustaros a ninguno, pero es mi deseo y espero de veras que lo respetéis.
Su padre lo miró y asintió para que continuase. Asch tomó aire y soltó lo que llevaba semanas pensando:
-Quiero renunciar a mis derechos sucesorios y cedérselos a Luke.
El duque Fabre abrió mucho los ojos y lo observó, ligeramente boquiabierto. Asch cerró los ojos y esperó su respuesta.
-¿Por qué deseas tal cosa, hijo mío?- preguntó el mayor a media voz.
-Han pasado muchas cosas. Demasiadas- respondió el General Celestial en el mismo tono-. Ya no soy aquel niño al que enseñaste a gobernar. He cambiado, y... no me siento capaz de ocupar el puesto de duque cuando llegue el momento. Mi lugar ya no está aquí.
-Me duele que pienses así, Asch- dijo el duque tras una breve pausa. Su hijo abrió los ojos y perdió la mirada en algún punto del escritorio.
-A mí también, pero no puedo evitar sentir que no encajo aquí- "Ni en ningún sitio" añadió para sí. Levantó los ojos y los enfocó en su padre-. Luke ha cambiado mucho también. Puede hacerse cargo de esa responsabilidad, estoy seguro de ello.
-No me cabe duda. Pero aun así...
-Padre, no he venido a negociar. No aceptaré una respuesta negativa- cortó Asch, cruzándose de brazos. El duque suspiró y se rascó los lacrimales-. Sé que ninguno de vosotros sabía qué regalarme por mi cumpleaños... Pues esto es lo que quiero: la libertad.
-De acuerdo. Pero dime que por lo menos conservarás nuestro apellido.
-Por supuesto.
-Es un consuelo... Y dime, hijo, si vas a renunciar a tu puesto en la corte de Kimlasca-Lanvaldear, ¿qué vas a hacer?
-Serviré en los Caballeros del Oráculo como General Celestial. Mis hombres me conocen ya y estoy familiarizado con el puesto... y creo que allí se me necesita más que aquí- respondió él. El duque se levantó y rodeó la mesa, apoyando las manos en sus hombros.
-Puede que allí les venga bien alguien como tú, Asch. Pero ten por segura una cosa: jamás nadie te necesitará más que tu familia- dijo, muy serio. Asch guardó silencio-. Respetaré tu decisión, hijo mío. Si quieres que sea yo quien se lo diga a tu her... a Luke y a tu madre, lo haré.
-Gracias- murmuró el General Celestial, bajando la cabeza-. Lo siento.
-¿Por qué te disculpas?- inquirió el duque. Asch lo miró unos momentos, pero acabó agachando de nuevo los ojos.
-No soy el hijo que madre y tú esperabais que fuera.
-Luke tampoco lo es- replicó su padre-. Pero ambos sois nuestros hijos y habéis hecho grandes cosas. Cosas que salvaron Auldrant varias veces y que podrían... ¡qué digo! Que os costaron la vida. Pero aquí estáis los dos, sanos y salvos. Los dos sois mi mayor orgullo.
Asch sonrió levemente y cerró los ojos. Pese a las palabras de su padre y la seguridad de sus manos en sus hombros, la opresión de su pecho había vuelto a dejarse sentir, constriñéndole el corazón y disminuyendo el aire que entraba en sus pulmones.
Pensaba partir a la mañana siguiente, pero de algún modo que no comprendía Luke y Suzzane se las ingeniaron para convencerle de que se quedase una semana. Escribió a Tear para avisarla de que tardaría más de lo previsto en volver (como su subordinado, tenía la obligación de decírselo) y se instaló temporalmente en la mansión Fabre, en su antiguo dormitorio.
Se notaba que la réplica no había vuelto a dormir en aquella habitación desde su marcha meses atrás; todo estaba tan ordenado y colocado como él recordaba haberlo dejado. Y así se quedaría tras su marcha, pensó mientras hurgaba en el armario en busca de una percha libre donde guardar el uniforme de vizconde que ya no volvería a usar. Nunca se había parado a pensar en la cantidad de trajes que tenía, aunque la mitad eran heredados de Luke... o más bien robados. Sus dedos se toparon de pronto con algo que en un principio le costó reconocer: una gabardina larga de color blanco con sencillos bordados negros. La sacó y se la quedó mirando, desconcertado, hasta recordar de dónde procedía.
Era parte de la ropa con la que había aparecido Luke en el Valle de Tataroo, hacía ya por lo menos cuatro años. La réplica había dicho que se la podía quedar y que seguramente le estaría mejor a él, una afirmación un poco absurda teniendo en cuenta que ambos tenían exactamente las mismas medidas. Seguramente sólo intentaba deshacerse de ella y no sabía cómo. Se la echó por encima sin pensar, pero se detuvo al escuchar unos pasos acercarse. El instinto de soldado entró en juego en su mente y antes de darse cuenta ya había echado mano de su espada, para sobresalto de la persona que acababa de asomarse al interior de la habitación.
-¿Guy? ¿Qué demonios haces aquí?- preguntó Asch, sorprendido y devolviendo la espada a su funda.
-Eh... Hola- saludó el rubio, vacilante. El General Celestial le devolvió una mirada inquisitiva y Guy se llevó una mano a la nuca-. Esto es lo más vergonzoso que he tenido que preguntar en años, pero... ¿Asch o Luke?
Asch alzó las cejas y una sonrisa taimada pasó fugazmente por su rostro.
-Soy Asch. La réplica está en palacio, pero dijo que se pasaría más tarde por aquí- respondió. Guy soltó un bufido.
-Lo siento, de verdad. Es que desde que volviste sí que no hay quien os distinga, en serio. ¿Puedo pasar?
-Adelante.
Guy abrió del todo la puerta y Asch alzó una ceja al verle de cuerpo entero. No había cambiado mucho, salvo por la pequeña coletilla baja que se había dejado crecer en la parte inferior de la nuca. El resto del pelo lo seguía llevando corto, y aunque vestía ropa de viaje se notaba que estaba sacándole provecho a su posición como noble. El rubio le dedicó un escrutinio algo más largo que al que estaba siendo sometido y se cruzó de brazos, asintiendo para sí.
-Luke se equivoca, te queda mejor el negro- concluyó. Asch rodó los ojos y se quitó la gabardina, devolviéndola a su sitio en el armario junto con el traje de vizconde-. Feliz cumpleaños, por cierto. Tu regalo está ahí fuera esperando, cuando venga Luke os lo enseño.
-¿Alguien me ha llamado? ¡Guy, al final has venido!- exclamó el susodicho, apareciendo por el pasillo y acercándose rápidamente. Guy sonrió y le revolvió la melena hasta encontrar una de sus orejas.
-Felicidades, Luke. ¿24?
-No, no, no, el que cumple 24 es Asch, yo solo cumplo 14, ¿recuerdas?- replicó el pelirrojo, nervioso. Guy se giró hacia Asch, pero éste le devolvió una mirada furibunda.
-Bueno, tendré que tirarte de las orejas también por tu otro yo, en vista de que si se lo hago a él en persona me matará con sus propias manos- dijo el rubio encogiéndose de hombros y empezando a tirar. Para cuando acabó, la oreja de Luke estaba tan roja que se camuflaba a la perfección entre su pelo-. Y ahora, vamos abajo, que tengo algo que enseñaros a los dos.
Ambos le siguieron hasta la entrada de la mansión, pero resultó que "abajo" eran en realidad las puertas de la ciudad. A la entrada, custodiado por un par de chiquillos que desaparecieron en cuanto Guy les soltó unos cuantos galds, les esperaba un extraño bulto cubierto por completo con una lona. Era más pequeño que un carro pero ligeramente más alargado, con una forma que no despertaba ningún recuerdo en Asch. Por la cara de extrañeza de su réplica, tampoco él sabía lo que era.
Guy rodeó el misterioso bulto y acarició la lona, dedicando una amplia sonrisa llena de orgullo a los dos pelirrojos.
-La maravilla que estáis a punto de ver, señores Fabre, es lo último que ha salido de Sheridan. El proyecto es una colaboración con Spinoza, pero quien ha diseñado los planos esta vez he sido yo. Asch, te presento a tu regalo de cumpleaños: la Ragnarok.
De un fuerte tirón, retiró la lona y dejó a la vista lo que había debajo. Era una máquina fónica, de eso no había duda, pero no se parecía a nada que hubiesen visto antes. Era efectivamente más baja que un carro y que un coche, más delgada y de formas elegantes y aerodinámicas. En la parte delantera (o al menos Asch suponía que aquello era la parte delantera) había un pequeño manillar con dos empuñaduras que sobresalían a los lados, ambas con controles que quedaban al alcance de la mano. Debajo había una rueda que junto con dos palancas en los laterales apoyadas en el suelo parecía ser lo único que sostenía el aparato en pie. En la parte posterior, algo que recordaba vagamente a una versión miniaturizada de los propulsores del Albiore asomaba por debajo de la carrocería, y en el medio había algo que podría ser un asiento de cuero.
Asch se quedó mirando la máquina, intentando averiguar cómo funcionaba o para qué servía en general. Guy, al ver que ni Luke ni él decían nada, soltó un suspiro de exasperación y dio un par de palmadas sobre el presunto asiento.
-Es un vehículo, no lo miréis como si fuera a comeros. Esto de aquí es para sentarse, ¿vale? Se activa mediante estos controles de aquí- explicó, señalando el manillar-. Se dirige con este manillar, lo giras a izquierda o derecha para cambiar el rumbo. Si quieres ir más rápido, lo inclinas hacia delante; si quieres frenar, tiras de él hacia atrás. Los controles de aquí te dicen si el motor está demasiado caliente; si esto se pone en rojo, es que tienes que parar. El combustible es el mismo que el de un Albiore. Fácil, ¿no?
Asch asintió y se acercó, examinando la máquina más de cerca. El metal estaba pintado completamente de negro y no tenía ni un rayón. Probó a pasar una pierna por encima del asiento y se acomodó en él a horcajadas, dubitativo.
-Eso es, esa es la idea. Ahora agarra el manillar con las dos manos- indicó Guy. Asch hizo lo que le decía, inclinándose hacia delante, y se fijó en los botones que pulsaba el rubio antes de que la máquina emitiese un ronroneo y un escudo fónico transparente se desplegase ante el manillar. El propulsor de atrás cobró vida con un destello rojizo y el vehículo se elevó unos centímetros sobre el suelo, obligándole a ponerse de puntillas.
-Vale, perfecto. Cuando arranques, tienes que replegar las patas- dijo Guy, señalando las palancas que ya no tocaban el suelo- y apoyar los pies en los huecos que hay por encima. Pero mantén uno en tierra mientras estés quieto o te escorarás hacia un lado y te caerás.
Asch, divertido, obedeció. La máquina se ladeó ligeramente, pero nada más. Luke lo observaba todo con los ojos como platos.
-Oye, Guy, ¿por qué a Asch le has regalado un bicho de estos y a mí cosas para limpiar armas? No es justo- protestó.
-¿No decías que cumplías solo 14 años? Estas maravillas son para mayores de edad- sonrió Guy, cruzándose de brazos-. Además, todavía no hemos terminado los tests de seguridad; si alguien se la pega con esta preciosidad prefiero que sea Asch y no el futuro rey de Kimlasca. Para cuando puedas conducir una Ragnarok, ya las habremos perfeccionado.
-Gracias, Guy, es un honor ser tu rata de laboratorio- gruñó el aludido, aunque no podía evitar la curiosidad que empezaba a crecer en su interior por la máquina-. ¿A qué velocidad llega esta cosa?
-Ponla a prueba- retó Guy, apartándose-. Hacia delante acelerar, hacia atrás frenar, recuérdalo. Y no sueltes el manillar.
-De acuerdo.
Tras dedicarle una mirada remilgada a Luke, que no dejaba de mirarle con la envidia comiéndole por dentro, Asch se inclinó hacia delante y probó a empujar el manillar. La Ragnarok ronroneó y se deslizó unos centímetros sobre la hierba. El pelirrojo probó a avanzar y a frenar, a girar hacia un lado y hacia otro, todo con sumo cuidado hasta que estuvo seguro de saber cómo se manejaba. Entonces se giró hacia Guy, que vigilaba sus movimientos atentamente, y apoyó un pie en el suelo como él le había dicho.
-Guy, ¿aquí pueden sentarse dos personas?
-Si caben, sí. Tiene potencia para cargar con un par de culos gordos- respondió el rubio. Asch asintió y miró al frente para esconder la sonrisa que había conseguido trepar a sus labios.
-Límpiate las babas y sube, desecho- ordenó.
-¿Eh? ¿Qué?
-Que subas, maldita sea. ¿O es que no quieres ayudarme a estrenar mi regalo?
No hizo falta más; Luke se sentó a horcajadas detrás de él deshaciéndose en agradecimientos. La sonrisa de Asch se amplió y el mayor de los pelirrojos sacudió la cabeza.
-Agárrate, como salgas despedido Natalia me hará trizas- añadió. La réplica, tras dudar unos instantes, clavó las rodillas en los costados de la máquina y se aferró con los brazos a la cintura de su original, apoyando la barbilla en su hombro. Asch se inclinó hacia delante, apuntó con el morro de la Ragnarok hacia campo abierto y empujó el manillar.
El rugido del motor, los gritos de pánico de Luke y sus propias carcajadas se mezclaron con el ensordecedor zumbido del aire a su alrededor, y aunque no se paró a pensar en ello, mientras los árboles y arbustos pasaban a su lado a toda velocidad, en ningún momento sintió la agobiante y familiar opresión en el pecho que le torturaba desde hacía meses.
