La obra crepúsculo le pertenece a Meyer, la historia es mía.
Muchas gracias a todas las chicas que comentan esta pequeña historia, donde me divierto a montones escribiendo sobre estas dos bombas de tiempo.
A las que comentan un millón de gracias, ojala se diviertan con estos dos seres apasionados.
A las que leen de manera fantasma y me hacen saber con su tiempo y con su tráfico que están allí, mil gracias.
A mi Beta Ginette quien necesita vacaciones, mil gracias chica.
Capítulo corto.
FALSAS APARIENCIAS
CAPITULO 9
Lady Swan.
Lady Swan…
Lady Swan….
Su nombre se desliza como miel en mi paladar… ardo por usted Isabella, si en este momento pregunta por mí, quizás le digan que Edward Cullen ha muerto y que el último nombre que pronunció en plena agonía fue el suyo.
Aún tengo el olor de su piel en todo mi cuerpo, el sabor de su boca en mi boca y los sonidos hermosos en mis oídos ¿para qué un hombre quiere música si ha escuchado los sonidos de la mujer que ama en éxtasis? No diga que soy atrevido madame, porque lo que ocurrió anoche entre ambos fue más allá de la decencia y de la cordura adorada, malvada y deliciosa Isabella.
He soñado con usted, sueño contigo Bella ¿puedo llamarte Bella? ¿Puedo osar robar su nombre para mí? ¿Puede este moribundo de su presencia soñar al menos que usted malvada y deliciosa mujer está en el mismo estado de muerte lenta que yo? ¡Oh no! ¡No! sé que me dirá que no, dijo que no me amaría jamás, y esas palabras torturan mi alma como un cuchillo caliente y afilado que se congratula con ser enterrado de manera lenta y precisa dentro de mí y ¡muero! ¡Muero! Con el no de su negación en mi cabeza, pero aún así Bella, preciosa muñeca de porcelana y corazón de mármol, yo Edward Cullen disfruto de esos "no" aterradores que usted con voz melodiosa dice cada vez que me ve.
No duermo, no como, no respiro ¿Cómo desea que me comporte como un ser humano si madame me ha dado el opio de su boca? ¿Si he respirado el aire que usted respira? Estoy sin aliento, soy como un desterrado del mundo, nada más me importa, no quiero nada que no sea lo que Bella puede darme ¿qué desea? ¿Verme a rastras? ¿Mendigar? Oh no Isabella querida, no, no lo haré, porque yo me alzo frente a usted como un soldado, como un guerrero y como un cazador. La amenazo Madame Swan, la amenazo a ser adorada por mi, a ser asfixiada por este demente; no soy poeta, no soy artista, soy solo un hombre que sabe que está irremediablemente enamorado, enfermo y desahuciado, soy víctima de una pasión que no tiene límites, ni fronteras.
Madame Swan, Isabella, Bella… regáleme, déme un poco de su vida, de su tiempo, de la miel de su boca, del opio de su existencia, permítame tocarla, permita que yo la bese, permita que disfrute el placer de ver como su seno hermoso salta en ese corpiño criminal que guarda ese tesoro perfecto que pide ser besado, adorado y deleitado por mi boca y por mi lengua… permita que yo le de placer, permita que le de pasión, permita que sea este hombre quien la lleve de la mano por los caminos de la pasión; porque entiendo, ¡no! presiento que usted Madame es fuego vivo, ámeme Madame, yo le prometo que moriría por usted, ahora, en este mismo instante si de su boca peligrosa sale un si de respuesta….
Ámeme Isabella…
Ámeme Bella…
Soy suyo…
¿Será usted mía?
Porque si dice sí hermosa, iría al infierno feliz sabiendo que no hay nada más que el cuerpo y el corazón de Isabella Swan y que yo la ame de manera pecaminosa y que aún así me santifique en su piel.
Suyo…
Edward Cullen.
Llegó del prostíbulo a eso de las dos de la mañana, ebrio, excitado, furioso. Se miró en el espejo que se hallaba en el corredor de la entrada de su casa y no vio al Edward Cullen de siempre, un Dandy encantador, un hombre con una sonrisa juguetona en su rostro, un perfecto fingidor, no, el Edward Cullen que se reflejaba en el espejo era otro muy diferente, uno muy diferente, un completo extraño. Ese otro lo miraba con ojos de loco, con un rostro de animal en celo, su cabello que nunca quiso colaborar para hacer de su apariencia el compendio total de un real gentleman estaba más desordenado que siempre, quizás el desvarío sexual de las últimas horas habían colaborado con éste. Su camisa blanca tenía un pequeño desgarre en uno de los hombros, el pequeño corbatín había desaparecido, el abrigo arrugado, la capa sucia y el sombrero había desaparecido en la carrera que emprendió por las calles de Londres tratando de apaciguar el no rotundo de la maldita bruja. No solo era su ropa, era todo, todo lo que le pasaba en ese momento ¿Quién era ese hombre? ¿Ese hombre que había perdido el control? ¿Ese que le había hecho el sexo a una mujer de la cual ni siquiera se sabía el nombre? ¿Ese que deseaba a esa cosilla de Isabella Swan? ¿Ese que se moría de furia porque ella no lo amaba ni sentía nada por él? ¡Que diablos le importaba el corazón de esa mujer! ¿Por qué estaba tan furioso con que ella no lo amara?
- ¡Diablos! ¡Diablos! ¡Diablos! ¿Qué diantre me importa? ¿Qué diantre me importa?
Fue hacia la licorera y se sirvió un enorme vaso de whisky y lo bebió como si fuese agua, pero nada lo podía controlar y agarró la botella, se sentó en el salón y tomó de ella sin importarle la maldita etiqueta y los buenos modales... ¡Oh si cuando la pasión y la furia hace que el encanto ingles se vuelva simple, vulgar y carnal deseo! Cerró los ojos y tuvo frente a él a la bruja endemoniada de Isabella Swan, repasó cada minuto, su presencia perfecta con aquel vestido pecaminoso, su caminar por el salón con ese aire de separación del mundo, su manera de hablar y su indiferencia… ¡maldita! ¡Maldita! Se acordó de aquella extraña intimidad con Alistair Sinclair ¿qué los une? ¿Por qué él la odia? ¿Por qué ella le teme?... ¿Fueron amantes? El pensamiento lo hizo reír, ¡No! ¡Por supuesto que no! ¿Quién se fijaría en ese pescado frío y aburrido de Alistair Sinclair? ¿Quién querría a esa mujer tan tonta?... no, este último pensamiento lo dejó de lado; la mujer no era ninguna tonta, ni una mujer fría, ¡era una completa arpía! ¿Quién eres? ¿Quién eres?
Miró sus manos y rememoró la sensación de ella en el momento en que bailaban, su respiración, su terco silencio, su lucha por deshacerse de él… su maravilloso corpiño ¡bruja! Oh y lo que ocurrió después, nada en sus veintinueve años de vida lo habían preparado para semejantes sensaciones que esa… esa… mujer le hizo sentir, cerró los ojos y se fue hacía el corredor del hotel y la vio a ella arrodillada besándolo allá…. ¡Cielos!
- ¡Loca! Está completamente loca.
Cuando la vio salir de la fiesta casi muere de furia, esa máquina que sonreía perfectamente, que no parecía mostrar ninguna emoción, ella se iba, pero fue cuando ella en medio segundo lo volteó a mirar, Edward Cullen gritó ¡Victoria! ¡Si! Por lo tanto esperarla afuera mientras salía su carruaje le pareció divertido, a las mujeres les gustaban los actos ridículos de pasión desenfrenada, eso alimentaba sus ansias de melodrama y tontería, pero todo se le salió de las manos, aquel "beso de buenas noches" fue más allá, más allá de todo, de la razón y se dejó llevar de nuevo por la boca rosa y voluptuosa de aquella mujer. ¡Por Dios! si ella lo hubiese permitido la hubiese desnudado en aquel coche, nunca en su vida estuvo más excitado y deseoso de enterrarse en el cuerpo de una mujer. Por un momento pensó ser el dueño de la situación, pero cuando ella dejó ver su seno en casi todo su esplendor, todo el control y el cinismo se le fue de su cuerpo y solo quedo mirando aquella maravilla de perfección y tan solo quiso pasar su boca y su lengua por todo el contorno y morder los pezones divinos que estaban prestos casi a su merced, pero no, ella como una gata caprichosa lo acorraló y exigió de él palabras, juramentos y compromisos… ¿por qué? ¿Por qué con las otras mujeres había sido tan fácil fingir? ¿Por qué a las otras les había jurado amor eterno? ¿Por qué a todas sus amantes les había dicho que las amaba y a ella no? ¿Por qué madame Swan lo sacaba de quicio? Lo peor fue que él tratando de controlar la situación presionó a la mujer.
"Me amaría usted a mi Isabella Swan? ¿Me amaría usted a mí?"
Y la contestación fría, oscura y rotunda lo enardeció de furia.
"No… nunca"
Al recordar aquellas palabras se levantó furioso de la silla y tiró la botella contra la pared, el sonido de vidrios rotos retumbó por toda la casa.
Caminó por todo el lugar.
- ¿Qué te pasa Edward?- era la voz de Rosalie quien se levantó al escuchar el estruendo en toda la casa.
- No me pasa nada Rosie, no me pasa nada- le contestó con ojos oscuros.
Ella se quedó mirándolo ¿en qué momento su hermano se había vuelto ese ser cínico y estúpido? ¿En qué momento perdió su norte?
- Edward puedes hablar conmigo hermano, yo soy tu familia, puedes hablar conmigo.
- Vete a dormir Rosalie.
Rosalie bajó la cabeza.
- Perdóname Edward.
El hombre enloquecido por un momento paró la marcha de su furia y miró a su hermana quien se veía hermosa en su estado de gestación.
No se les había enseñado a demostrar sentimientos, esa era parte de ser británico, pero amaba a su hermana, aunque no sabía como decírselo.
- ¿Perdón de qué Rosalie?
- Por decepcionarte, por ser parte del problema.
- No digas eso querida- le contestó con voz dura.
- No tienes porqué mentirme Edward, soy parte de lo que vives ahora, yo sé que me he vuelto una responsabilidad y una carga terrible para ti hermano- tocó su vientre- vamonos Edward, vendamos esta casa enorme y vamonos, Tu, Emmett y yo… lejos ¿no te has dado cuenta que quizás ya no pertenezcamos a este lugar?
- ¡No!
- ¿Vas a permitir que ese hombre y esa bruja de Tania hagan con nuestras vidas lo que ellos quieren?
- Lo voy a resolver Rosalie, no me voy a ir de aquí, este es mi hogar y esta es mi casa, no voy a permitir que nada te pase.
Rosalie se acercó lentamente sin atreverse a tocar a ese hermano que le huía la mirada.
- Por favor Edward, vas a ser siempre el títere de esos dos, si logras el cometido con esa mujer no solo vas a perder tu libertad, tu honor, tu alma querido hermano; yo asumo a mi hijo y a Emmett, los amo a los dos y- le tembló la quijada- y te amo a ti, si nos quedamos aquí de todos modos seré el hazmerreír de toda esta sociedad.
- No lo voy a permitir.
- No puedes hacer nada ¿no entiendes los códigos Edward? Yo seré una cualquiera madre de un hijo bastardo y la esposa de – no quería decir aquello, porque traicionaba a su amor- un simple sirviente, no hay escapatoria, no la hay.
- El dinero de Isabella Swan y de su padre nos salvará de todo, el dinero es lo único que importa.
- No, no es lo único que importa, Edward de una manera u otra nuestro destino ya está hecho, por favor… además ¿de verdad le harás tanto daño a Isabella Swan? ¿Se lo merece? ¿De verdad se lo merece?
Las aletas de la nariz del hombre se dilataron… no importaba ¡no tenía porqué importarle!
-Sube a tu recámara Rosalie, vete a dormir, yo voy a resolver esto ¡te lo juro!
La perfecta Rosalie Cullen supo que su hermano estaba más allá de la razón, él y ella, ambos estaban atrapados en una telaraña de la cual no podían escapar.
- Perdóname hermano, en verdad hermano- subió triste a su habitación, si tan solo Emmett estuviese allí esa noche, él la abrazaría con sus brazos de hierro y le diría de manera tierna que todo estaría bien.
- ¡Diablos! ¡Maldito infierno!- todo sería tan fácil, todo sería tan malditamente fácil. Él seduciría a la cosilla, se casaría con ella, le quitaría su estúpida virginidad le haría un hijo y todo estaría resuelto, pero ¿ahora? ¿Ahora? – tengo que pensar, tengo que pensar…
Vio en el escritorio la pluma, la tinta y el papel ¡si! Presionaría a la mujer, la haría suya, ya no era cuestión de dinero, era cuestión de vanidad, de virilidad y de orgullo.
- No dirás que no, no dirás que no ¿quieres juramentos de amor eterno Madame Swan? Yo te juraré amor eterno, lo haré y no me importa si mi alma se condena, tú no me importas, no me importas.
Fue así como fue hacia el escritorio y lleno de fiebre y furia se sentó a escribir aquella carta, una carta caótica, febril y desesperada.
/::/
- ¿Cómo que te vas hija?
Charles Swan veía como su hija tenía a toda la servidumbre a las ocho en punto de la mañana llevando maletas y arreglando el coche para ir a la estación del gran tren.
- Necesito irme padre.
- No te he dado permiso Isabella.
Pero la muchacha no escuchaba, estaba desesperada, ahogada y a punto de la fiebre.
- ¡Déjame respirar!- se llevó las dos manos a su cintura, donde más apretaba el corsé; esa mañana Alice y Susy la ayudaron a vestirse y la orden fue que entre más apretaba todo el andamiaje del vestido mucho mejor para ella… estaba reprimiendo el caballo loco que corría en su interior.
- No puedes, hay reglas sociales que debes cumplir.
Pero Isabella de manera terca seguía empacando.
- Padre me ahogo, por favor, por favor ten piedad de mi, ten piedad de mi.
Los ojos oscuros y sin emoción de Charles Swan se le quedaron mirando de manera grave.
- Isabella Swan eres mi hija debes cumplir con la responsabilidad que mi apellido te da- el viejo se le acercó- necesitas un esposo, necesito que mi apellido perdure, sabes muy bien que si no te casas toda mi fortuna se perderá ¿vas a permitir que mi apellido de generaciones y generaciones se pierda porque eres tan simple como para no conseguir marido?
Isabella ahogó un gemido.
- Eres cruel.
- Debo serlo Isabella, es mi naturaleza y es mi educación, tú debes serlo también, eres mujer en un mundo donde ser mujer no es bueno, es una maldición ¿soy cruel Isabella? No sabes nada ¿qué harás si muero?- agarró sus manos- ¿serás institutriz? ¿Sabes cocinar? ¿Tender una cama? No, no sabes.
Ella lloraba.
-Padre.
- Tú crees que no te amo, lo hago, pienso en ti en tu futuro, en tu vida.
Para Isabella aquellas palabras fueron terribles, Charles Swan le dijo que la amaba, quizás era la primera vez que se lo decía, quizás era la última. En un intento de agradecer aquellas palabras se acercó a besar la mejilla del padre, pero éste se alejó y volvió a su actitud despectiva y frívola, era un hombre con miedo, con miedo a demostrar sus sentimientos.
- Lo siento Padre.
- Está bien Isabella, vete unos días para Forks, llévate ese adefesio de cámara, monta tus caballos, pero es hora Isabella que dejes de pensar que el mundo gira a tu alrededor y que eres la única que no se siente asfixiada y asqueada de todo- y el padre en dos grandes zancadas desapareció e Isabella se quedó estática al entender que su padre al igual que ella sentía lo mismo.
Se sentó en la esquina de la cama, todo, todo la atrapaba y no había escapatoria.
Alice entró a la habitación.
- Señora- la expresión de la ama de llaves no era risueña y cómplice- un hombre ha dejado esta carta para usted… es de Mister Cullen.
Isabella se paró como un rayo.
- ¡Bótala!
- ¿Está segura?
- No quiero nada de ese hombre.
Mas el ama de llaves dejó la carta sobre la mesa de noche de su ama.
- Madame, bótela usted, esta carta no me pertenece.
- ¡Alice!
Pero la mujer se retiró sin decir nada.
Isabella miraba la maldita carta. Allí estaba, un sentimiento de excitación, rabia, deseo y terror se apoderó de ella. La carta la llamaba, la carta que llevaba las palabras del bastardo encantador y peligroso de Edward Cullen.
- ¡Éste hombre! ¡Dios! ¡Éste hombre!- pero la curiosidad era más fuerte. Como si hubiese la posibilidad que alguien la viese cerró la puerta de su habitación y abrió la carta escrita en aquella letra perfecta.
Lady Swan.
Lady Swan…
Lady Swan….
Su nombre se desliza como miel en mi paladar… ardo por usted Isabella, si en este momento pregunta por mi, quizás le digan que Edward Cullen ha muerto y que el último nombre que pronunció en plena agonía fue el suyo…
Leyó aquello… y en cada letra y en cada palabra su corazón palpitaba de una manera demente y su respiración se agitaba. Al final temblaba y como loca llevó la carta a su boca y la besó con fervor, era como si en aquel acto pudiese sentir los labios y las manos de aquel hombre.
Volvió a leerla e intentó endurecer su impresión frente a ella. Si, la tonta carta era ridícula, llena de exageraciones, mal redactada, impaciente, llena de furia, de pasión sin freno, arrogante, mentirosa y totalmente adorable, si, así como era el bastardo perfecto.
Si, en algún momento Isabella Swan dudó en huir, en ese momento era absolutamente necesario.
Sin pensarlo dos veces guardó la carta en su pequeño neceser, se miró al espejo, se puso su sombrero y su capa.
- ¡Alice!- gritó corriendo por las enormes escaleras.
La pequeña mujer fue a su encuentro.
- Madame.
- ¿Estás lista?
- Si madame.
- Entonces vamonos, quiero irme de Londres, necesito irme.
Miró hacia la biblioteca donde estaba su padre, pero ésta estaba cerrada, de esa manera Charles Swan le decía que no deseaba despedirse. Bajó la cabeza, suspiró profusamente y esperó a que los sirvientes pusieran sus maletas en el coche. A los cinco minutos estaba rumbo a la estación del tren, se escuchaban las grandes campanas de la enorme catedral de la ciudad, en ese momento Isabella Swan sintió un enorme vértigo y presintió que se enfermaría.
Cherrie esta pasión que siento por ti me llena de fiebre… tócame y sentirás mi deseo mi amor.
Si, fiebre, fiebre… su cuerpo estaba contagiado por algo que nunca creyó que fuese posible en ella, pues Isabella Swan "la princesa encantada" era siempre el objeto a desear, nunca era la que deseaba, solo jugaba, ahora sabía, entendía lo que aquel hombre de su pasado había sentido, lo que todos habían sentido.
En el tren de camino a Nottighamshire donde quedaba su residencia: Forks, Isabella deseó con todas sus fuerza nunca volver a pisar Londres, pero sabía que tarde o temprano volvería, no, no podía escapar, su padre ya la había sentenciado, era hora de que asumiera su papel, volvería y se casaría con un hombre y jugaría el maldito juego de ser mujer en la sociedad Inglesa.
Dios… voy a morir.
Oh Oh….
¿Qué hará Mister Cullen con la partida de Madame Swan? Él que cree que conoce todas las jugadas.
Love, passion and desire... I Like it.
