Los personajes le pertenecen a Meyer, la historia es mía.
A todas las chicas que dejan preciosos comentarios sobre esta historia un millón de gracias, saben el porque no puedo devolverles dichas palabras, pues Cronos dios del tiempo me devora con sus ansias frenéticas. A las comentaristas un millón de gracias.
A mi beta Ginnette quien entre números, chistes y perfectas melancolías hace un tiempito para ayudarme y corregirme.
FALSAS APARIENCIAS
11
¡Maldita bruja!
¡Maldita bruja!
Esas eran las palabras que Edward Cullen furioso le dedicaba a Isabella Swan mientras que en la posada se tomaba un gran vaso de whisky.
¿Cómo se atrevía?
¿Y ese idiota vestido como un papagayo? ¿Era su amante? ¡Maldición! Si, por eso huye de mí, por eso, tiene un amante, por eso se esconde en su enorme castillo para verse con ese idiota, ¿Por qué se oculta? ¿Por qué? ¿Es casado? Maldita señorita Swan, ¿con que esas tenemos? ¿Quién la ve? Tan callada, tan modosa ¡Tiene un amante!
Todos aquellos pensamientos hacían que el vanidoso de Edward Cullen ardiera. Bebía y bebía de la botella, pero el licor no hacía nada por él, pues trago tras trago tan solo hacía que su furia fuese en aumento en dentelladas fuertes y calientes.
Subió a su habitación con la botella en la mano, una de las mujeres que allí trabajaban le habían preparado un baño, la chica regordeta lo miraba como se mira algo bello y perfecto, se dio cuenta de las miradas de hambre que le daba la cosilla esa y él de manera maligna le brindó una de sus sonrisas maliciosas. La chica tembló y salió de allí corriendo idiota… con solo que le vuelva a sonreír y sus enaguas y corpiños estarían sobre mi cama… ¡diablos! Necesito una mujer.
Edward Cullen siempre había sido un hombre con un apetito sexual casi insano, cosa que para un caballero ingles, súbdito de la reina Victoria era una vergüenza, pero para él, zorro en acecho perpetuo fue la única manera de ser quien era: fornicar, que cosa deliciosa, que maravilloso vicio. Se miró al espejo desnudo. Ninguna mujer que había pasado por su cuerpo ¡ninguna! Le había dicho que no, todas deseaban volver, todas sus amantes rogaban, hasta la maldita Tania y él como buen depravado les había dado a todas lo que ellas querían: Pecado, perversión y libertad.
Su cuerpo, alto, fibroso, lleno de músculos formados por la esgrima y la equitación, ninguno se podía comparar con él. Se llevó las manos a su cabello cobrizo y exótico; cuantas amantes dementes y desesperadas en medio del orgasmo no jalaron aquella mata de cabello en medio del delirio, cuantas no besaron su rostro perfecto y pasaron sus lenguas hambrientas por sus labios, todas rogaban, todas suplicaban, desde la dama hasta la ramera. Miró hacía abajo y vio su verga enorme, joven, potente y hambrienta, él había sido capaz de llevar a cada una de sus amantes al cielo y traerlas a la tierra atontadas y felices, ese era su maldito orgullo, pero ¿ahora? ¿Ahora? Esa bruja perversa se negaba a su cuerpo, a su cabello, a su rostro y a su arte de degenerado feliz. Si, el antes deseo fogoso por fornicar de Edward Cullen, se había convertido por la idiota obsesión hacia la ridícula de Isabella Swan en algo más oscuro y demoníaco.
Cada vez que se acostaba con la ramera de la casa de Esme o con alguna de las otras quedaba más frustrado y necesitaba más, mucho más, se vio a sí mismo masturbándose en su habitación con el maldito rostro de la bruja en su mente. En las noches el perfume de aquella venía a sus sueños y se instalaba en su cuerpo, podía hasta escuchar su voz, sentía la suavidad de la piel y se despertaba sudando cuando en algún microsegundo la imagen morena de sus pezones levemente vistos lo asaltaban en sus sueños.
Todo aquel deseo insensato él se lo atribuía a los "no" de aquella mujer. Si tan solo él pudiese tocarla. Estaba en el punto en que el estúpido trato con Alistair Sinclair podría irse al diablo, solo deseaba una noche con ella, si, con la cosa de Madame Swan. Una noche con ella, una noche para hacer que rogara, que suplicara, una noche para que ella viera su cuerpo desnudo, para que sintiera como era ser abrazada, seducida y penetrada hasta los niveles de la muerte por él.
Edward Cullen en su arrogancia viril volvió a la imagen del papagayo que cabalgaba con ella esa tarde, y no lo vio como rival ¿Quién es ese maldito ridículo? Pensó con frustración, ¡idiota! ¿Quién se viste de verde? ¡Perro! ¡Y con acento francés! ¡Diablos! El idioma más absurdo del mundo ¡No! ella no puede ser amante de ese hombrecillo… ella es demasiado tonta… demasiado en ese momento detuvo el flujo de sus pensamientos ¿y si lo es?...quizás él le enseñó a besar, besa tan delicioso ¡cállate idiota! Quizás él le enseñó a hacer esas cosas perversas que me hizo en el hotel de pronto su corazón se detuvo ¡Bruja! Quizás no es virgen y el maldito de Sinclair me engaña, si, quizás también fue amante de Alistair, quizás… toda una cantidad de conjeturas vinieron a su mente, y todas ellas tenían que ver con Madame Swan desnuda con muchos hombres. Muerto de la furia tiró la botella de whisky frente al espejo y todo retumbó en el lugar, pues espejo y botella se destruyeron frente a sus ojos. Una pequeña esquirla lo lastimó, pero en ese momento no sintió nada, solo la rabia que lo inundaba.
Caminó lentamente por el baño para no lastimarse, fue a la habitación y se puso un pantalón y esperó a que la chica regordeta y otra mujer mayor limpiaran el desastre de su habitación.
- Otra botella de whisky ¡no! que sean dos.
Las mujeres se quedaron observándolo, no solo por el hecho de que estaba medio desnudo, sino porque sangraba y estaba furioso, él era peligroso y para las dos mujeres era lo más excitante del mundo.
/::/
Esa noche la fiebre volvió, mucho más fuerte y voraz. Alice y Eleazar estaban muy preocupados, trataron de convencerla para que el médico de la región viniera y la auscultara pero Isabella se negó rotundamente a eso.
- Solo necesito descansar queridos, solo eso.
Sola en su habitación, siendo imposible dormir se la pasaba caminando de un lado a otro, a lo lejos escuchó el relinchar de Thunder en los establos. Ella sabía que su caballo odiaba el encierro, se paró frente a la ventana, lo escuchó de nuevo, cerró los ojos y se vio a sí misma sobre su hermoso semental, el animal era como ella, seres que necesitaban el campo, la velocidad y la libertad.
Trató de salir de su habitación en medio de la noche pero se topó con Eleazar en los grandes corredores, su amigo tenía una expresión divertida y pícara, pero al ver a Isabella su expresión cambió.
- ¿A dónde crees que vas?
- Quiero salir.
- ¡Merde Isabel! Ardes en fiebre, y hace un frío de los mil demonios.
Más ella siguió adelante, pero los brazos fuertes de su amigo la retuvieron.
- ¡Te dije que no!
- ¡Quiero salir Eleazar! Necesito salir.
El hombre se asustó al ver el rostro de delirio de su muy querida amiga, ya lo había visto en Francia años atrás, una chica delirante, deseosa y llena de fuego con ansia de comerse el mundo, alguien que era difícil de contener. Él la había visto en sus mejores y peores momentos; amó los mejores y odio los peores. Los mejores eran aquellos que mostraban a una Isabella riendo, bailando, seduciendo, cantando, siendo el centro de atención de todos, divirtiendo a sus amigos con su conversación y con la chispa de la vida que emergía de ella, pero los peores ¡Dios! los peores fueron aterradores, aquellos tenían que ver con la mujer quien por sus ansias de libertad y falta de moral llevó a destruir la vida de toda una familia, quien sin medir las consecuencias de nada fue capaz de hacer de la vida de varios hombres un infierno. Aún se acordaba de los ojos de todos aquellos, amándola, adorándola y al final odiándola. La niña de veinte años que se vestía de rojo y que se dejaba el cabello suelto de manera impúdica se vio frente a todos siendo juzgada por aquellos que años antes habían aplaudido su descaro ¡malditos hipócritas! Tristemente Isabella supo que en algún punto ella había atentado contra el equilibrio de una sociedad como la francesa que adoraba al inmoral, pero que no perdonaba que aquel hiciese de esto un espectáculo.
Los ojos oscuros de Isabella miraron con desesperación los de Eleazar, éste inundado de ternura la abrazó con fuerza.
- Mon amour, basta ya, basta ya, déjalo ir, no pienses en eso Mon petit trésor*, tienes una nueva vida.
- Pero ¿qué vida Eleazar? Estoy condenada a ser lo que otros dicen, aquí soy libre, pero en unas semanas volveré a Londres y el círculo se habrá cerrado, y moriré, moriré.
- No digas eso Mon cherrie*, no digas eso- una sonrisa tierna y pícara en el rostro de Eleazar- huye conmigo mi pequeña, iremos a América, no sabes que maravilla, iremos donde tú quieras.
- ¡No puedo! Tú sabes que no puedo.
Si, Eleazar lo sabía, lastimosamente Isabella estaba encadenada a su dinero, a su apellido y a su padre.
- Pero no todo puede ser tan malo mariposa, te lo aseguro cherrie, puedes ser feliz, quizás puedes conseguir un buen hombre que te ame, puedes venir a Forks y cabalgar a ese Satanás, tomar fotos y dejar el pasado atrás… quizás ese hombre con el que sueñas.
- ¡No!
- ¿Por qué?
- Porque es demasiado hermoso y perverso, porque yo no puedo estar con un hombre como él.
Eleazar levantó una ceja en señal de astucia.
- Porque es igual a la princesa encantada.
- No, ella es peor, por eso, ese hombre, ese pavo real es un pobre tonto al lado de ella.
- Pero ¿entonces? ¿Por qué te enamoraste de él?
En ese momento Isabella se desprendió del abrazo de su amigo y lo miró furiosa.
- Yo no lo amo.
- ¿No?
- ¡No!
- Solo lo deseas Mon papillon*.
Ella se quedó en silencio, Eleazar la conocía muy bien, demasiado bien. Los estertores de la fiebre la sacudieron.
- ¡Sálvame amigo!- se aferró a las solapas de su camisa- sálvame de mí misma, te lo suplico, he estado tentada de ir a Londres, a su casa y devorarlo como la hiena que soy, y no puedo, no puedo.
- Oh mi querida amiga, si eso quieres lo haré, estaré aquí contigo y en donde quieras, pero te lo digo papillon quizás ese hombre pueda ser tu salvación, quizás sea el único que te comprenda.
- Por favor no, por favor no- enterró su cara en el pecho de aquel hombre y suspiró fuertemente.
- Como quieras mariposa, yo te salvaré de las garras de ese lobo, si es lo que quieres.
- ¿Iras conmigo a Londres?
- Iré donde tú quieras.
Isabella lo abrazó con fuerza, su amigo, el único que la entendía de verdad.
- ¿Por qué nunca te enamoraste de mi Eleazar?- preguntó con voz de niña.
El francés sonrió con melancolía.
- Me enamoré de ti Isabella ¡locamente!
Ella se apartó con terror.
- Nunca lo dijiste- su voz era un susurro.
- Oh querida, me hubieras destruido, yo sabía que no podía tenerte, eras demasiado para mi, por eso opté mon cherrie en que si no podía ser tu amante, al menos podría ser tu amigo.
Madame Swan llevó sus manos a su pecho y respiró con fuerza, mientras que unas lágrimas recorrían su rostro.
- ¿Por qué no mi amante?
- Porque me hubieras hecho tu esclavo, en algún momento papillon, como todos los demás, no solo hubiese deseado tu cuerpo, habría deseado tu alma y eso hubiese sido mi perdición- nunca se lo había dicho a ella, nunca se lo había dicho a nadie.
- ¿Aún?
- No querida, ahora te amo de manera diferente, contigo aprendí el verdadero significado del amor, y eso se llama amistad princesa.
Madame Swan con lágrimas en los ojos dijo de manera desgarrada.
- Gracias, gracias… yo te habría destruido amigo.
- Lo habrías hecho mon cherrie- si, eso no se lo diría jamás, pero de alguna manera, aquella, la princesa encantada en una época, lo destruyó, pero él a diferencia de los demás fue más inteligente y entendió que podría tener a Isabella Swan de otra forma, y no hubo días en que esa decisión fue lo mejor que le había pasado.
- Yo te amo Eleazar… eres mi único amigo.
- Lo sé Isabella, y eso es maravilloso- sonrió, se arregló su pequeño bigote, tosió de manera divertida- además papillon, a tu amistad es a lo único que yo le puedo ser fiel, amo demasiado a las mujeres ¡todas! ¡Todas!- y su voz de barítono resonó por todo el pasillo.
Isabella sonrió, el peso de la tremenda confesión la dejó aterrada, pero como siempre Eleazar Marchant hacía que los efluvios de las melancolías y lo malos recuerdos se fueran con tan solo sonreír. Madame puso cara de seria.
- ¿Dónde estabas hace una hora?- ahogó una risa.
- là, là-bas*
- ¿No con Alice?
- No me lo recuerdes Isabella, esa malvada no quiso acceder a mis juramentos de amor, tengo el corazón roto, es así que busqué cariño para curar mi dolor.
- Oh no Eleazar, no me digas que te metiste con una de las chicas de la servidumbre.
- No querida- y soltó la carcajada- tu vecina, la viudita Charlotte Irons, es deliciosa y se sentía sola igual que yo.
Ambos se miraron de manera cómplice y soltaron la risa, mas Eleazar veía como la fiebre en su amiga hacía estragos con ella y de manera dulce la llevó a la habitación. Leyó un rato para ella hasta que finalmente el sueño la venció. La arropó de manera tierna y besó su frente. Mas un segundo antes de irse vio que algo se asomaba por debajo de las almohadas ¿una foto? Miró hacía los lados, era la imagen de un hombre sobre un caballo. Lo observó detenidamente, el jinete era hermoso y su gesto era burlón y cínico.
- Es él ¿no es así mon cherrie?- se fue hacía la luz del candil- pobre desgraciado, no sé si sentir lástima por ella o por ti.
Edward había bebido casi toda la noche, y al llegar el amanecer cayó rendido por el cansancio y por la rabia. Se despertó en la tarde muerto de hambre y con su cuerpo dolorido y tenso.
Bajó a la posada y comió algo delicioso que nunca en su vida había degustado. Reflexionó sobre sus últimos días y se dio cuenta que no se había alimentado bien, que la cacería por Lady Swan le había quitado el apetito y tan solo deseaba beber, fornicar y así embotar sus sentidos. De pronto la imagen de su hermana Rosalie vino a él ¡Dios! la he dejado sola con el idiota del sirviente sintió culpa por ello. Amaba a su hermana, quizás al único ser que realmente amaba y temía por ella. Siempre pensó que la impresionante belleza física de Rosalie le granjearía un buen matrimonio, al menos ella se salvaría de la idiotez a la que él seguramente estaba condenado, pero no, Rose era demasiado inteligente, perspicaz e independiente para caer en las reglas de la tonta sociedad. Además, gracias a él, la posibilidad de un buen matrimonio se fue a pique porque él, caradura, se había jugado toda su fortuna. Ahora estaba el bebé en camino, si, su sobrino. Por primera vez admitió que aquella criatura era su sobrino. Sabía cual era el futuro de ese niño en Inglaterra, un pequeño bastardo hijo de un don nadie. Los niños pobres y bastardos sufrían demasiado, él los veía todos los días en la gran ciudad, niños de rostros sucios tratando de sobrevivir ¡no! él no permitiría que al pequeño le ocurriera eso, si él, Edward Cullen ya estaba perdido de manera irremediable, el pobre pequeñuelo no. Al menos ese bebé podría llevar su sangre con orgullo, quizás ese niño haría que su viejo padre desde donde estuviese se sintiera orgulloso.
Él podría ir a la cárcel, podría enfrentar el desprestigio, pero no su hermana, no Rosalie y mucho menos por su maldita culpa.
Cada una de estas reflexiones hacían que Edward Cullen entendiese que no podía dar marcha atrás con su plan: dar caza a la bruja de Isabella Swan, no, no podía, aunque el solo hecho de pensar en ella le hiciera hervir la sangre, no solo por la furia sino por el deseo de poseerla y hacerle saber que nadie ¡nadie! Jugaba con él.
Iba a llover, se podía escuchar a lo lejos el zumbar de la tormenta. Fuertes relámpagos iluminaban la oscuridad de la región, pero aún así Edward no podía esperar. No podía entender el porqué necesitaba verla, necesitaba tocarla, necesitaba al menos escuchar su maldita voz.
Se puso su abrigo negro y se aprestó a caminar durante una hora hacia la enorme mansión, no importaba que lloviera, no le importaba nada.
La lluvia al principio fue suave, pero diez minutos después ésta comenzó a caer de manera violenta. Los bosques eran oscuros y profundos, él escuchaba el sonido del agua caer sobre cada cosa; de vez en cuando la eléctrica luz de los relámpagos iluminaba todo y él se paraba por un segundo para observar la extraña belleza gótica que daba aquellos truenos impresionantes. Caminaba, caminaba con la voluntad de un loco, no sentía frío y no sentía el agua cayendo sobre la tela de su abrigo, tan solo era él, la noche, la tormenta e Isabella Swan en su mente.
A los lejos vio el enorme castillo, hermoso e imponente. Estaba totalmente iluminado con unos faros que le daban una imagen melancólica y hermosa. Se detuvo ¿qué haría? ¿Qué le diría? Mataría al cretino… la besaría con fuerza y rabia y luego… luego ¡Diantre! La lógica, la frialdad y el cinismo se habían perdido. De pronto escuchó un caballo relinchar a lo lejos, el sonido del trotar era enloquecedor. Se escondió detrás de un enorme árbol, no podía ver muy bien, tan solo escuchaba el galope salvaje, la lluvia, parecía como si el diablo estuviese cabalgando en medio de la noche.
Un relámpago.
Todo se iluminó de manera magnifica y allí…allí ¡ella! Isabella Swan quien montaba ese animal aterrador y gritaba:
- ¡Más rápido Thunder! ¡Vamos muchacho! ¡Más rápido!
Isabella Swan remontando la tormenta, la imagen era estremecedora, endemoniada y perfecta. Edward tembló de deseo animal ¡Maldita bruja perfecta! Desesperado salió de su escondite y se paró a observar aquel espectáculo tan hermoso, pero ella desapareció.
Corrió para ver hacia dónde se había ido, pero nada. Cada vez la tormenta se hacía más furiosa y brutal, desesperado y en medio de la planicie pensó ¡Dios! se va a lastimar… se va a matar pero no, de nuevo el trotar y el grito de mando sobre el feroz animal. En algún momento, aterrador para él, el caballo corrió de frente a donde él estaba parado… si, lo vio venir y no supo qué hacer… no había escapatoria, tan solo se atinó a quedarse allí y esperar que el enorme corcel lo atropellara, segundos… aterradores segundos, mas el animal pasó por su lado con la fuerza de un tornado, pero fue ese segundo aterrador y perfecto que fue estremecedor, pues en aquel segundo otro relámpago y él vio a Isabella Swan en todo su esplendor maravilloso pasando como posesa por su lado. No lo había visto, ella parecía no ver nada. Edward tembló, no de miedo, sino de deseo brutal, la iluminación no fue solo física, fue una iluminación interior… esa mujer… la bruja ¡le gustaba! ¡Le fascinaba! ¡Maldición!
Corrió hacia los establos para esperarla.
La espera fue insoportable, pero al fin, ella apareció. Entró con fuerza a la caballeriza, el caballo resoplaba, la luz intermitente de una farola iluminó todo el lugar. El animal fue puesto en su establo, ella apoyó su cabeza sobre una de las maderas, Edward vio aquel gesto como un acto de concentración suprema, observó que ella temblaba. Sin temor y con el sigilo de una sombra siniestra se hizo tras de ella.
- Isabella.
La mujer gritó y volteó hacia él, mas los ojos de ella eran diferentes, parecía traspasada por un miedo más allá de lo físico.
- Michell est que vous? Avez-vous revenir pour me torturer?*
Edward no entendía nada ¿por qué hablaba en francés? ¿Acaso no lo reconocía?
- ¿De qué hablas? Sabes que no hablo el maldito idioma.
- Pardonnez-moi chérie, ne veux pas vous blesser*- Isabella se acercó al hombre que estaba frente a ella, pero no le hablaba a él, le hablaba a un fantasma. Sonrió con dulzura, levantó sus manos y tocó su rostro. Edward la sintió caliente, casi quemante tenía fiebre.
- ¡Dios! ¡Estás enferma!- Los ojos de Isabella centelleaban- necesitas ir a casa.
- Tu as toujours été si innocent mon petit garçon, toujours. J'ai été mauvaise- Fue así que Isabella en medio del delirio y del deseo de perdón abrazó a Edward Cullen con fuerza, él sintió los efluvios violentos de la fiebre, pero no tuvo tiempo de reaccionar, pues la boca de ella desesperada lo buscó y lo besó de la manera más dulcemente desgarradora como jamás lo habían besado. Se perdió en aquel beso maravilloso que lo dejó sin aliento. Momentos en que el tiempo, el clima y el mundo desaparecieron solo eran él, ella y ese otro al que le hablaba y besaba, pero no importaba, no le importaba nada. Isabella se desprendió por un momento y volvió a sonreírle como una niña pequeña.
- Mon Mari, tu es mon Mari*- picoteó su cara con besitos húmedos y cálidos.
Mister Cullen de pronto se vio instalado en un espacio de dulzura, ternura y sensualidad fogosa, ¡Diablos! Esta era su oportunidad, la deseaba, la deseaba con la fuerza de la tormenta. Entonces fue él quien sin temor la beso con pasión, la llevó hacia la pared del establo y empezó a acariciarla como un demente. Toda la ropa de ella estaba empapada, pero aún así el calor de la fiebre hacía que la tela respirara fuego. La besó en el cuello, en su seno atrapado por la ropa, en su vientre. Ella gemía y hablaba en aquel idioma maldito, sintió como Isabella lo tomó del cabello y lo jaló con ternura, Edward volvió a su boca y de nuevo el beso de fiebre.
- Eres tan hermosa Isabella, tan hermosa y te odio y me fascinas, malditas seas- y atacó de nuevo su boca, mordió sus labios, penetró y atacó su lengua con presteza, fue duro, violento y tierno a la vez. Aquella extraña danza de lengua era hermosa, agotadora y desesperada.
- Michell…Michell…como me gustaría- alcanzó a decir en un momento cuando Edward se apartó para respirar. Lo miró, pero no lo hacía… miraba a alguien más. El cínico casanova se enfureció ¡no! él no le haría el amor a una mujer que pensaba en otro, no le haría el amor a una mujer que estaba delirando. No, él deseaba que cuando estuviese dentro de ella, fuese a él, a él, a quien ella mirara, a quien ella sintiera, por quien ella gimiera.
- Soy Edward Cullen madame ¡despierte! ¡Soy Edward Cullen!- él le gritó; y en ese momento otro relámpago que iluminó el lugar.
Isabella parpadeó con fuerza, movió la cabeza como un ebrio necesita volver de los delirios del alcohol y entonces se dio cuenta.
- ¡Usted! ¡Usted!
- Sí, yo Bella, soy yo.
Iba a gritar con todas sus fuerzas, pero Edward fue más rápido y tapó su boca con su mano.
- Vine por usted madame, vine por usted.
Un gemido ahogado por su mano, la fiebre aterradora y ese hombre hermoso y malvado frente a ella… entonces su cuerpo perdió control y como una débil hoja que luchaba contra el viento Isabella Swan se desmayó.
*Mon petit tresor: mi pequeño tesoro.
* Mon cherrie: mi querida.
* Mon papillon: Mi mariposa.
* là, là-bas: por ahí, por allá
* Michell est que vous? Avez-vous revenir pour me torturer? ¿Michell eres tú? ¿Has vuelto para torturarme?
* Pardonnez-moi chérie, ne veux pas vous blesser: Perdóname querido, no quise hacerte daño.
* Tu as toujours été si innocent mon petit garçon, toujours. J'ai été mauvaise: Siempre fuiste tan inocente, siempre, fui mala.
* Mon mari, tu es mon Mari: mi esposo, eres mi esposo.
La pasión gótica ha tomado su lugar en esta historia.
A lilivet relacionista de Sacho y a Zujeyane un millón de gracias por crear la página en el facebook de esta historia, si desean y les gusta vayan hacía allá para que vean las fotos y los videos de la ponderada artista y videista Ximena…el link está en mi perfil.
