Los personajes le pertenecen a Meyer….la historia es mía.

A todas las chicas que comentan y leen un millón de gracias, nunca me cansaré de agradecer su acompañamiento por los caminos de Inglaterra y su maravillosa y gótica época victoriana.

Edward cínico Ingles, y mi madame Swan se divierten en este extraño juego del gato y el ratón, ambos me divierten con sus deseos reprimidos, si…bombas a punto de explotar.

A Ginette mi petit tresor….ambas caminaremos por Francia y diremos el amor, el amor…gracias por betear mis locurillas, de parte de esta amante sin derechos, muchas gracias.

A las hermosas de Facebook y sus maravillosos montajes sobre esta historia, son impresionantes.

A mis amigas Xime, Belen, Ely, Master, Ara, Lomy, Melissa, Cath, Jessica y todas, todas sin excepción un millón de gracias, ojala las pudiese nombrar a cada una, quiero que sepan que son lo mejor de esta aventura.

Capítulo dedicado a Mirgru, quien ha estado enfermita, amiga, mis vibraciones y buenos deseos para ti.

FALSAS APARIENCIAS.

12

Edward con el cuerpo de Madame Swan en sus brazos caminaba desesperado bajo la lluvia. El calor de la fiebre que emanaba de ella era terrible. Había escuchado de personas muertas por una simple fiebre, es más una de las mujeres de la casa de Esme murió a causa de ella.

El camino hacia el enorme palacio se le hizo eterno.

- ¡No mueras! ¡Te lo ordeno!- le gritó en su oído, mientras la abrazaba con fuerza. Se paró frente a las enormes puertas de hierro delicadamente forjadas y gritó- ¡Ayuda!- pero su voz fue opacada por un temible trueno- ¡Ayuda!- pero nada ¡Malditas casas enormes! Cientos de sirvientes y todos como hormigas se refugiaban en los pisos bajos de las grandes mansiones. Un pequeño gemido agónico salido del pecho de la mujer lo asustó a los niveles de la muerte. Miró desesperado hacia los lados ¿qué hacer? ¿Qué hacer? Las circunstancias eran desesperadas y Edward Cullen tomó medidas desesperadas, colocó el delgado cuerpo de madame Swan en una de las grandes gradas de las escaleras principales, corrió y en medio de la noche buscó una piedra enorme y con toda la fuerza de la que era capaz, la lanzó contra uno de los enormes ventanales de la mansión, tomó de nuevo a la mujer y esperó que el chirrido de la piedra despertara del estúpido letargo a los habitantes de la enorme casa.

A los pocos segundos sirvientes, mayordomos y demás pululaban en los grandes corredores. Edward aprovechó el momento y gritó con todas sus fuerzas ¡Ayuda! No solo una sino varias veces.

Finalmente una pequeña mujer abrió con ojos de miedo la enorme puerta y al ver aquel hombre vestido de oscuro con mirada fiera y con madame Swan en sus brazos gritó tan fuerte que Edward creyó que se le reventaban los tímpanos.

- ¡Cállate!

A los segundos cinco de los sirvientes llegaron, uno de ellos armado.

- ¡Es madame! ¡La mató! ¡Está muerta!- la chiquilla histérica continuó gritando. Una de las cosas que Edward odiaba eran los idiotas ataques histérico-histriónicos que por lo general las mujeres inglesas sufrían.

- No está muerta imbécil- iba a subir con ella hacia los pisos de arriba donde seguramente estaba su habitación pero el hombre armado se lo impidió.

- ¡Quítese de mi vista! Esta mujer se encuentra muy enferma.

Mas el rifle le apuntó directamente a la cara. Edward miró al hombre como quien mira un insecto repugnante, ¡diantre! Si era preciso pasaría por encima de cualquiera, presentía que la fiebre iba en aumento. Se aprestaba a irse en lanza en ristre contra el hombrecillo cuando escuchó la voz de Alice gritando que bajaran el arma desde lo alto de la enorme escalera de cedro negro.

- ¡Dios mío! Isabella- la pequeña ama de llaves corrió ligera escaleras abajo. Su ama parecía más muerta que otra cosa, además ese hombre la tenía en brazos… ¿Edward Cullen? ¿Qué diablos hacía Edward Cullen con su señora en brazos?

- ¡Te dije que bajaras el arma George!- los ojos azules inmensos de Alice miraban aterrada a su ama como al hombre que la sostenía, éste rugía de rabia e impotencia. El cabello negro imposible de Alice caía en hondas por su espalda y vestía un camisón blanco de fina tela, no le importaba que la mirasen, estaba demasiado asustada con la imagen tétrica que presenciaba- ¡Dios mío! ¿Qué ocurrió?

Edward no deseaba contestar nada, tan solo quería llevar a Isabella a su alcoba y salvarla de la maldita fiebre que la consumía.

- ¿Dónde está su habitación?- la pregunta sonó como un bramido fiero, pero la pequeña Alice no se amilanó y trató de quitarle a Isabella de los brazos. Edward se apartó con furia- ¿Dónde está la maldita habitación? ¿No ve que ella está muy mal? Arde en fiebre y está empapada.

Al escuchar la voz potente de aquel hombre, Alice comprendió que lo único que éste deseaba era ayudar a su amiga, tiempo habría después para preguntarle el porqué él estaba allí ¡Dios! ojala que hubiese tiempo, viendo el cuerpo de su ama parecía que no.

- Sígame por favor- Alice prendió los candiles y guió escaleras arriba a Edward Cullen hasta la habitación principal de Forksville. Por un momento el hombre vio la impresionante recamara de Isabella Swan, tanto lujo en un solo lugar. Mas la sorpresa se vio opacada por un nuevo gemido que venía de la mujer en sus brazos. Alice desesperada quitó los sobrecamas y se dio cuenta que su ama Isabella ni siquiera había intentado dormir esa noche allí- Por favor mister Cullen- Edward llevó con delicadeza el cuerpo frágil de Isabella a su lecho. Ella se removió incomoda, parecía que el fuego de su piel la quemaba como si estuviese en una pira ardiente.

- Está ardiendo- de una manera inconsciente el cínico Cullen se acercó al rostro de porcelana de Isabella Swan y luego puso su cabeza en su pecho ardiente no mueras bruja.

- Dieu! Quel est ce charabia?*- era la voz de Eleazar quien había sido despertado de su muy profundo sueño- ¡Isabella!- y la voz divertida de hacía unos segundo tomó un cariz de ira y terror. En tres pasos Eleazar Marchant llegó a la cama de su amiga- Oh papillon- vio al hombre en frente y muerto de rabia empujó a Edward lejos del cuerpo de Isabella- ¿Quién demonios es usted?

El aludido solo atinó a mirar al payaso amigo de la bruja enferma y le dio una contestación desde sus ojos verdes, esta le decía yo seré su esposo idiota papagayo claro está si ella no moría.

Isabella intentó abrir los ojos, le dolían. Entre las brumas de la fiebre vio a su amigo Eleazar y a su lado la asustada Alice y por detrás de ella la imagen enorme de ese hombre, estaba aterrada.

- ¡Eleazar!- y con las pocas fuerzas que tenía se lanzó a sus brazos, los cuales se abrieron de par en par para recibirla- ¡sálvame!

El hombre de cabello negro la abrazó con fuerza.

- Oh mon cherrie, claro que si mi amor pequeño, claro que si- besó con fervor y ternura el cabello de su amiga.

Edward al ver eso casi va hacia el hombre y lo descabeza, pero al ver de nuevo como la mujer se volvió a desmayar toda la rabia reconcentrada por el francés se esfumó.

- ¡Maldita sea! Ella está muy enferma, hay que llamar un médico.

Para Alice mujer fuerte y dura, la llamada a un médico debía ser urgente, pero lo más urgente era bajarle la fiebre a su amiga. Se acordó de su padre el vicario quien a veces fulgía como medico casi yerbatero de su parroquia. Un pequeño grito de desesperación salió de ella.

- ¡Susy!- llamó a la sirvienta chillona de hacía unos minutos quien se refugiaba con los otras sirvientes tras la puerta- llena la tina de agua helada- la chica temblaba- ¡ahora!- miró a Eleazar que temblaba muerto de miedo y le susurraba cosas tiernas a Isabella en Francés- Eleazar ayúdame a quitarle la ropa.

Un rugido fuerte salido de la voz de Edward Cullen tronó por toda la habitación.

- ¡No!- fue hacia la mujer enferma que yacía en la cama y protegida por los brazos del papagayo y con actitud de fiera lo retó- ¡No! él no puede.

Más Alice treinta centímetros más pequeña que Edward se plantó frente a él y gritó:

- ¡Deje la ridiculez Mister Cullen! ¿No ve que está enferma? Por su maldita culpa estúpido- lo último no lo gritó pero con el tono de voz de la pequeña mujer le dijo a Edward que no era bienvenido en aquel lugar.

Eleazar desesperado trataba de quitarle la ropa a Isabella, pero la ofuscación del momento y el hombre arrogante que tenía enfrente no lo dejaban actuar bien ¡Merde! era tan fácil desnudar a una mujer para otros menesteres, no cuando ella estaba casi agonizando y sin voluntad. Gritó llenó de impotencia y soltó un tremendo improperio en francés debido al terror que lo embargaba no te me vayas amiga… ¿qué será de mi sin la única que no me juzga?

-¡Demonios!- las manos se le enredaban entre los malditos botones y cordones de la ropa.

¡Idiota! Fue el pensamiento que Edward le dirigió al hombre, sin medir consecuencias, sacó de su bolsillo la pequeña daga de plata, obsequio de una de sus amantes y sin más ni más, fue a la ropa de madame Swan.

- ¿Qué va a hacer? – gritó Alice.

- ¡Quítate de mi camino!- replicó con furia.

Eleazar lo tomó de las muñecas.

- ¡Demente!

- ¡Fuera! ¿No ve que le voy a facilitar su trabajo imbecil? Necesitamos rasgar su ropa, el tiempo es oro- el hombre lo soltó e inmediatamente Edward de manera experta desgarró la ropa de la mujer. Los botones volaron, el vestido oscuro fue hecho pedazos y madame Swan quedó solo en su fondo blanco. Alice le quitaba las botas de forma rápida. Así fue que Isabella quedó casi desnuda frente a ellos, pero ninguno se detenía en aquel detalle. La tomó entre sus brazos y sin importar que Eleazar estuviese allí- ¿Está ya preparada el agua?

Alice le dijo que si y de manera veloz lo condujo al baño donde estaba la bañera, entonces él de manera rápida y sin pensar en que él se mojaría se hundió con ella en el agua helada.

Vas a estar bien bruja… ¡maldición! vas a estar bien, por favor, por favor…

Alice, Eleazar y casi seis sirvientes miraban la escena. Edward estaba incómodo con los ojos que observaban la extraña intimidad entre él y la señorita Swan.

-¡Fuera! ¡Todos!

Los sirvientes al escuchar la voz de aquel desconocido miraron hacía el ama de llaves quien les dio la orden para que se fueran.

- ¡Todos!- Edward repitió la orden- que alguien busque un medico ¡ahora!

- George, dile a Joseph que vaya donde el doctor Green, lo necesitamos por favor- volvió su rostro hacía Edward- todos se irán menos Eleazar y yo, no crea que lo voy a dejar solo con ella mister Cullen.

Una mirada de reto malicioso destelló desde los ojos verde oscuro del hombre.

- No voy a abusar de ella madame, me gusta que mis mujeres estén despiertas y que cooperen de manera libre.

La pequeña Alice se sonrojó ante las palabras de aquel hombre, Eleazar se retorció de rabia y se le paró enfrente de la tina.

- Ni piense usted… señor… señor…

- Edward Cullen- le respondió mientras pasaba una mano de manera tierna por el cabello mojado de Isabella, quien parecía haber descansado del fuego que la quemaba.

-No piense mister Cullen, que le voy a permitir que se quede solo con ella, debe explicar su comportamiento ¿Quién es usted? ¿Por qué la traía en medio de la noche casi inconsciente? – El tono de la voz del francés fue subiendo - ¿le hizo daño? Porque si es así Mister Edward Cullen lo voy a matar.

-Primero, usted cómo se llame, realmente no me importa, no le hice daño, segundo, no le debo explicaciones a nadie, tercero, ella estaba cabalgado en ese demonio que tiene por caballo en medio de la tormenta, ya estaba enferma, agradezcan que estaba cerca porque sino madame estaría ardiendo en fiebre en el establo- contestó con voz de látigo golpeando el hierro.

Eleazar y Alice se miraron cómplices y un poco apenados, si, ella y su obsesión con ese demonio.

- De todos modos Mister Cullen, no es bien visto que usted esté aquí, además las circunstancias no están muy claras, le agradezco que ella lo haya encontrado, solo Dios sabe que habría ocurrido, pero por favor necesito que se vaya, cuando ella despierte no lo querrá ver aquí.

Pero Edward no escuchaba, estaba relajado con el cuerpo tibio de Isabella que descansaba a su lado vas a estar bien… no te preocupes, vas a estar bien ¡Diablos! ¿Quién eres? Todos te aman… todos ¿Quién demonios eres? Por un momento pequeño dejó la preocupación y observó el cuerpo voluptuoso de piel perfecta que se adivinaba bajo la fina tela y encaje del fondo ¡Bruja eres hermosa… me duelen las manos de la ansiedad de tocarte! Pasó sus manos por los brazos que descansaban sobre su vientre y sintió la suavidad de la porcelana y el raso en aquella piel, cerró los ojos y de manera inconsciente hundió su nariz en el cabello mojado que olía de manera deliciosa.

- Michell…Michell- la voz de Isabella rompió el momento. Escucharla hablar y nombrando a otro hombre hizo que en Edward renaciera la rabia.

El rostro de Eleazar cambió duramente, hacía años que no la escuchaba decir el nombre de aquel pobre muchacho ¡Merde! aún él la atormenta… pobre Michell si hubiese sabido que así ella lo recordaría… pobre chico, pobre chico.

La fiebre después de casi quince minutos había cedido y el rostro de la mujer se veía un poco más descansado y tranquilo, aún así volvió a nombrar a aquel hombre y fue entonces cuando Edward con rostro de furia reconcentrada dijo:

- ¡Usted! – Le gritó a Eleazar, quien había decidido odiar al idiota que tenía enfrente- ayúdeme a llevarla a su cama.

Eleazar endureció el rostro. Quien lo viera a primera vista se formaría un erróneo concepto de lo que Eleazar Marchant en realidad era, pues aquel francés, con ropa chillona, sofisticado y burlón venía de las sucias calles de París, donde peleó con uñas y dientes contra todo y contra todos. Al ver el rostro de niño bonito de Edward Cullen lo único que deseaba era reventarle los dientes para que aprendiera a respetar.

La tomó con dulzura, mientras que Edward escurría agua en el baño.

- Por favor Mister Cullen váyase, le agradezco su gesto, pero váyase, ella se enojará conmigo y con los demás por permitir que usted entrara a esta casa.

Un gesto cínico y de curiosidad indefinible se dibujó en el rostro de Edward Cullen.

- Ella me odia.

Si supieras… si tan solo supieras.

Alice perfecta ama de llaves, siempre dispuesta a proteger a su ama, tan solo fingió indiferencia.

- No lo sé míster Cullen, ella es tan solo mi ama, lo que sienta o no sienta por usted no es de mi incumbencia, yo solo soy un ama de llaves y usted en este momento es un extraño en esta casa.

Edward pateó con fuerza, sus botas hicieron un sonido fuerte y contundente en el hermoso piso del baño.

Salió destilando agua de allí, dio una última mirada hacia la cama de la madame, quien en ese momento era abrazada de manera dulce por el idiota papagayo. El calor de los celos era más fuerte que la fiebre quemante de la mujer.

- Mañana volveré- fue una sentencia dicha de manera escueta.

- No, por favor no, por favor no lo haga ¿no ve que esto es una batalla perdida míster Cullen? Si desea le prestaré un caballo, o un coche, pero por favor no vuelva.

Pero ya era demasiado tarde, Edward Cullen daba grandes pasos por el enorme corredor de la casa y pisaba la primera de las gradas de la hermosa e imponente escalera.

- Mañana volveré, y no, no quiero ningún caballo o coche- volteó hacia el ama de llaves- me gustan las tormentas.

Alice lo vio irse, le asustaron las últimas palabras que el hombre pronunció de manera oscura… ¿te gustan las tormentas? ¡Dios! ambos son iguales… malditamente iguales.

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Once de la noche y seguía lloviendo y Edward Cullen caminaba por el bosque oscuro, estaba extrañamente furioso y complacido al mismo tiempo. Furioso por ese mundo de miles de preguntas que era Isabella Swan y complacido de que ella estuviese bien, en algún momento temió que ella muriera ¡maldición! si hubiese muerto la bruja ¿qué sería de mi? Me habría obsesionado contigo mucho más de lo que estoy, me hubiese pasado la maldita vida añorando una piel que nunca toqué… no, eso no va a pasar Isabella, no va a pasar, tengo que poseerte porque sino mi vida sería un completo infierno, miles de deudas y encima la obsesión por una piel… ¡claro que no! ¡Claro que no!

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Isabella despertó con un terrible dolor de cabeza, los huesos le dolían como si hubiese cabalgado durante horas. Abrió sus ojos y lo primero que vio fue a Eleazar dormido sobre una silla de manera incómoda. Se asustó al verlo allí.

- Eleazar, mon petit, Eleazar.

El hombre vino de los mundos del sueño al escuchar la voz de su amiga, saltó de felicidad y se fue hacia la cama y la abrazó con fuerza.

- ¡No vuelvas jamás a hacerme esto papillon!

Isabella no entendía de lo que su amigo hablaba.

- ¿Qué ocurrió?

- ¿Cómo que qué ocurrió Isabella? Casi nos matas de un susto mon petit tresor, llevas dos días de estar casi inconsciente en esa cama.

La mujer se llevó las manos a su cabeza, no recordaba nada, solo escuchaba el tronar de la tormenta que de manera hipnótica la llamaba, recordó verse caminando en silencio por los corredores oscuros de la enorme mansión y salir al bosque.

- No recuerdo nada Eleazar, no recuerdo nada, por favor cuéntame.

Eleazar se paró de la cama, fue hacia la campanilla que llamaba a la planta baja donde los sirvientes estaban siempre atentos a dicho llamado.

- Debes desayunar primero.

- No, no… quiero saber.

Eleazar, alto, hermoso y furioso se paró frente a ella y ordenó.

- Primero el desayuno.

Madame Swan se vio comiendo casi de la mano de su amigo, mientras que Alice con ojo avizor observaba desde la ventana a que ese hombre terco apareciera como en los últimos dos días.

El francés le contó con lujos de detalles lo ocurrido aquella noche y cuando al final contó la aparición oscura de Edward Cullen con ella en brazos en las puertas de la mansión, Isabella como si hubiese sido iluminada por un rayo recordó los ojos verdes temibles de la miraban desde la oscuridad del establo, como si fuese impulsada por un resorte se levantó de la cama.

- ¿Qué hace ese hombre aquí?

Alice dirigió su mirada a Eleazar.

- Vino por usted madame.

Madame Swan caminó de un lado a otro por toda la habitación, el recordar el beso, el ansia y el hambre de aquel hombre sobre ella. No se acordaba de nada más, solo como aquel la arrinconaba en las caballerizas.

- ¡Ese hombre!

- Él te salvó querida.

¿Salvarme? Hombre insufrible, si es él el que me tiene al borde del limbo.

- Ha estado pendiente de ti estos dos días.

Isabella gritó, pero al segundo tapo su boca para ahogar el gemido que de allí provenía.

- ¿Esta aquí? ¿En Nottingham?

- Cada día Isabella.

Corrió hacia las ventanas, una extraña contradicción nació en el pecho de la mujer, quería verlo y se odiaba por desearlo.

- No lo quiero ver de nuevo, dile que no quiero verlo, que se vaya, que le agradezco, pero que por favor se vaya- se llevó sus manos a su pecho y apretó fuertemente el camisón.

La voz de la mujer no era desesperada ni altisonante, era seca y sin emoción. Alice le contestó que eso se lo habían repetido cientos de veces pero que ese hombre insistía e insistía.

Isabella terminó de desayunar, Eleazar la miraba en silencio burlón.

- ¿Qué te causa tanta gracia querido?

- Nada mon papillon- contestó queriéndole decir que le pasaba todo.

- Ese hombre es un estúpido.

Eleazar se miró al espejo, era todo un pavo real vanidoso. De manera pausada se arreglaba su impecable camisa de seda azul, y se arreglaba su bigote.

- Si, un imbécil total, estoy de acuerdo contigo amor mío, pero el hecho de que te niegues a él hace que aumente su deseo por ti- volteó y la miró de forma maligna y divertida- vamos princesa encantada, quieres quitártelo de encima, huyendo de él no es la forma.

- ¡No huyo!

- Pues parece que si Isabella- se acercó de forma juguetona- vamos querida, eras de las que siempre sabía cómo quitarse a los tontos de encima ¿si es que de verdad deseas que ese hombre se vaya?

- No lo quiero cerca Eleazar.

Un pequeño besito en la mejilla y un guiño picaron.

- Deja que te visite princesa, estoy aburrido, juguemos- Si, Eleazar, estaba muy aburrido, además el hombre ese no le gustó para nada, intuyó que éste deseaba a Isabella, pero no de buena manera, él conocía ese tipo de hombres, seres cínicos que veían un reto en el no de una mujer y que hasta que no la conseguían no descansaban, llevando a todo a la destrucción.

Isabella parpadeó profusamente, no deseaba hacerle daño a Edward Cullen, pero no lo quería cerca, su sola presencia removía cosas en su interior que no debía.

Ese hombre arrogante, cínico, que parecía tener control sobre lo que lo rodeaba, que pensaba solo en sí mismo, hedonista y egoísta…él, tan parecido a ella, a esa Isabella de antaño quien nunca pensó que con su comportamiento podría hacerle daño; Edward Cullen tan parecido a ella.

Se puso su mejor traje, su hermosa casaca negra, el chaleco de seda azul noche, la camisa de lino blanca y sus hermosas botas negras. Todo él era la muestra total de la belleza masculina. Llevaba dos días haciendo la maldita pantomima, esta en el punto de la exasperación, la rabia y la impotencia. Al final se miró en el espejo que muy amablemente las mujeres de la posada habían puesto para él. Al final, para rematar todo el cuadro se colocó sus hermosos anillos, aquellos que siempre parecían tener una capacidad hipnótica sobre las mujeres. Siempre que hablaba, con su voz baja y sus ojos fijos, el perfecto rubí se movía de manera cadenciosa, como si éste fuese el ojo de una serpiente a punto de atacar.

Alquiló un caballo blanco que lo llevara a la mansión, no, no podía presentarse frente a ella como el animal desesperado de unos días atrás.

.

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Aquel día un hermoso sol ingles calentaba las hermosas praderas y tímidamente se colaba entre el follaje del bosque. Cabalgó lentamente, pero con la vista fija, solo pensaba en la bruja, en verla. Durante esos dos últimos días estuvo preocupado por su salud, cosa que detestó de sí mismo ¡preocupado! ¡Por ella! Una mezcla de pena, dolor, rabia y celos confluían en él. Pena por verla ardiendo de fiebre y vulnerable, dolor al saber que quizás ella podría morir, rabia por estar tan cerca y tan lejos, por desearla y no tenerla, por que Isabella Swan lo rechazaba y celos… maldito, absurdos celos por el papagayo, y por aquel hombre que ella nombraba en el delirio.

El majestuoso castillo parecía brillar en medio del verde y el azul del cielo. Levantó su rostro de manera arrogante, se apeó frente a Forskville, tomó su precioso bastón de cedro y plata, lo tomó con fuerza y caminó con resolución.

Vio a varios sirvientes trabajando en los prados, el caballerango y sus ayudantes llevar a varios de los caballos, entre ellos el demonio azabache que se agitaba de manera violenta hasta la pradera; todos esos seres que hormigueaban de un lado a otro, pero que trataban por todos los medio de ser invisibles.

Susy lo vio llegar, la imagen de ese hombre con su ama en brazos y ojos de zorro en la oscuridad la asustaban, ahora más, pues éste aún con su belleza física en pleno día parecía más peligroso aún.

En los dos días anteriores las enormes puertas estaban cerradas de manera hermética, pero ahora estaban de par en par. Sin pedir permiso entró al castillo, sin la oscuridad y sin la ofuscación de una madame enferma Edward observó el impresionante lugar, el hall de recibimiento estaba adornado con muebles en terciopelo rojo, el piso de mármol florentino de un color madera, los corredores que parecían no tener fin, hermosos cuadros en las paredes, y la majestuosa escalera que conducía a los pisos de arriba. Sonrió ¡Diablos! ¡Que lugar! Nunca en sus veintinueve años de existencia había visto algo semejante. No se atrevió a pensar que eso sería propio, las circunstancias lo hacían ser precavido, y odiaba ser precavido, nunca lo fue. Cerró los ojos y tan solo vio a su hermana Rosalie y su pequeño bebé siendo expulsados de su casa en Londres; la sola imagen fue dolorosa, tenía que pensarlo bien. Mas lo racional se fue al carajo cuando la impresionante madame Swan vestida con un hermoso vestido de gasa azul eléctrico lo miró desde la última grada de la escalera.

Ella sonrió.

Sus ojos marrones destilaron fuego y diversión.

Un gesto de niña dulce.

La crueldad a punto de ser desplegada.

- Mi salvador- dijo en voz tierna y agradecida. Bajó las escaleras lentamente como gata a punto de engullirse un pajarillo. La tela hacía un sonido de roce de piel y carne, cosa que hizo que el seductor rugiera en su interior.

- Madame- saludó.

Y algo tremendo ocurrió Isabella sin vergüenza lo abrazó y beso su mejilla.

- Oh míster Cullen no sea tan formal- se mordió los labios- usted me ha salvado de las garras de la fiebre, mi querido, querido amigo.

Edward esperaba el rechazo, la indiferencia de ella, pero no, no aquello. Isabella Swan tan cerca, tan impresionantemente cerca y bonita que dolía.

- Isabella.

Ella se carcajeó.

- No, para usted mi amigo, soy Bella… ¿no es ese el nombre que usted me ha puesto? Soy Bella.

El cínico tembló.

- ¿Se burla de mi?

Un rostro perfecto de niña buena contestó.

- Por supuesto que si míster Cullen- y el tono de voz bajó a niveles de sexo y delirio.

El hombre resopló de furia, la iba a tomar del brazo y obligarla a besarlo, pero el papagayo vestido de un impresionante traje negro bajó por las enormes escaleras como si éstas fueran la antesala a una coronación y en mitad del recorrido sonrió.

- Mon amour!

Bella volteó juguetonamente, abrió los brazos y recibió a su amigo en un abrazo profundo.

-Les Français ne peuvent pas parler mon ami, baiser sur ma joue s'il vous plaît*- su voz sonó preciosa y divertida.

- Oh- los ojos azules de Eleazar miraron por encima del hombro hacia el hombre- qu'il n'est pas mauvais qu'il cher?*- y besó sonora y posesivamente el rostro de Isabella.

Malditos... se burlan de mi.

Edward quien el refinamiento se le había ido a las botas, furioso preguntó.

- ¿Este hombre Madame ?- preguntó como si tuviese derecho ¡lo tenía !

Isabella rodó sus ojos en signo falsamente timido y luego alzó su mirada para ir directo a los ojos verdes divinos que la perseguían en sueños ¡es bello como debió ser Satanás antes de ser expulsado del cielo ! Dudó un segundo... debía hacerlo... por ella y por su alma.

- ¿Eleazar ? – tomó el brazo del divertido francés- ¡Lo amo mister Cullen ! ¿no es así querido ?- Bella sintió que algo se desgarró en su interior... si, la maldita princesa estaba presente y se aprestaba a herir a aquel ser divino que estaba enfrente.

* Dieu! Quel est ce charabia?: Dios ¿cuál es la algarabía?

* mon petit tresor: mi pequeño tesoro.

* Les Français ne peuvent pas parler mon ami, baiser sur ma joue s'il vous plaît: él no sabe hablar francés mi amigo, bésame la mejilla por favor.

* qu'il n'est pas mauvais qu'il cher?: ¿no es una pena querida ?

This is amazing…lovers and betrayal in the land of Shakespeare.

Gracias por leer.