Los personajes le pertenecen a la señora Meyer.

A todas las que amablemente leen esta pequeña historia un millón de gracias, a las que comentan y a las que no. Son todas amables y maravillosas.

Capítulo dedicado a Ginette Pirela, me quito el sombrero ante ti madame.

FALSAS APARIENCIAS 13

Mister Edward Cullen, se vio a sí mismo entre aquellos dos que se miraban de manera cómplice y divertida. Se sorprendió cuando la bruja de manera tierna lo tomó de un brazo y lo arrastró hacia el gran salón de la enorme mansión ¡Diantre! estaba intimidado por la cantidad de obras de arte que allí se encontraban, una sola de ellas y éstas habrían pagado sus deudas y le habrían dado para vivir holgadamente durante años ¿Cuánto dinero tenía Charles Swan? era algo fastidioso, obsceno y sumamente fascinante; ¡lo quería todo! ¡cada maldita cosa, riqueza, opulencia, todo! ¡se lo merecía! Lo más impresionante del lugar no era todo el mobiliario, era el enorme piano que reinaba en el centro ¡Diablos! Tenía ribetes de oro. Lo miró con codicia, cosa que para Eleazar no pasó desapercibido.

- Dígame Míster Cullen ¿Toca usted el piano?

Isabella sonrió con picardía.

- ¡Es un talento mon cherrie!

- Oh- y venía la primera daga del francés- Yo también tengo muchos talentos- y miró de manera maliciosa a Isabella- ¿no es así mon petit trésor?

Los ojos verdes de águila hambrienta, voltearon como ráfagas de fuego hacia Isabella que fingía indiferencia malvada, ella soltó la carcajada.

- Los tienes querido, pero no precisamente musicales.

La furia en su extensión vibró en el cuerpo del casanova, tomó su bastón y con rabia lo golpeó contra el piso.

Bueno, yo también sé jugar el maldito juego.

- Todo caballero debe saber tocar Míster Merchant, es de buen gusto y clase.

- El problema Míster Cullen- y el nombre lo pronunció con sorna- es que yo no soy un caballero, me aburre eso ¡soy francés! Los franceses no nos desgastamos con ese tipo de tonterías, hay cosas más divertidas para aprender durante la vida que el piano y el ser un caballero.

Isabella observaba a los dos hombres frente a ella. Era una completa tontería lo que hacía, pero no tenía más remedio, Eleazar era terrible, certero y sumamente cruel cuando se lo proponía, y ella sabía que por defenderla, él llegaría hasta las últimas consecuencias.

- ¡Por favor caballeros! Eleazar cariño, no molestes a mi salvador- se aireó con su hermoso y extravagante abanico azul rey- ¡venga acá Míster Cullen! - lo llamó de manera coqueta, para que éste se sentara a su lado- Cuénteme ¿qué hace usted en Forks?

Edward la observó con curiosidad ¡ella sabe por qué!

- Usted sabe madame.

- ¿Yo? Soy inocente querido- frunció su pequeña boca y bajó los ojos en fingido recato, gesto del cual se arrepintió segundos después ¡No coquetees con él, tonta!

Para el cínico londinense, todo aquello era un total absurdo, sabía jugar los juegos de las palabras y los gestos, pero ese día no lo deseaba.

- ¿Lo es madame?

Isabella clavó sus ojos en él.

- Toda dama es inocente Mister Cullen, hasta que alguien demuestre lo contrario ¿no es así Eleazar?

El francés entendió la pregunta, se llevó su delicada mano a su muy arreglado bigote.

- Oh si, yo he probado la inocencia de muchas ¿usted Míster Cullen?

Mister Cullen sonrió con su mueca torcida.

- Las damas inocentes, son inocentes hasta que un hombre prueba que tras su fachada hay alguien que lee libros prohibidos a la luz de un candil- y con eso se sentó al lado de la dueña de Forksville y sin vergüenza tomó su mano y besó sus nudillos de manera tierna y sensual- vine aquí porque tengo algo que hacer madame.

- ¿Leer?- el imponente Eleazar, estiró sus piernas- ¡Mon dieu! Otra de las actividades en que los ingleses abusan, todos leen, todos escriben, pero ninguno parece vivir la real vida, intento convencer a mi papillon que huya de eso ¿no es así querida? cet homme est un idiot complet, viendront après vous, comme si la chasse est une vulgarité*

-La chasse est mon ami*- y al decir esto, volteó con actitud pícara hacia Edward, quien estaba a punto de morderse los dedos de rabia e ir a golpear al franchute idiota para que se tapara su muy francesa boca- Usted es mi héroe Edward- el pronunciar su nombre de manera dulce, su voz fue pequeña y delicada- ¡Dios! ¡Ardía en fiebre! Estaba realmente muy enferma Míster Cullen- y la voz de niña caprichosa y perversa salió de su muy pequeño y caprichoso pecho- ¿qué sería de mi Eleazar si yo hubiese muerto?

- ¡Moriría!- contestó el aludido, y no mentía- mi vida sería un día eterno sin noche mon amour.

- ¿Me amarías hasta más allá de la muerte?- preguntó divertida.

- Iría cual Orfeo por ti y pelearía con los dioses por tu alma.

¿Orfeo? ¿Quién diablos es Orfeo? Oh pobre Edward Cullen, un caballero, pero que ignorante era.

- ¿No me diga Madame Swan?- si, ignorante, pero muy cruel- ¿Qué usted es de las que exigen sangre de sus amores?

Isabella se pasmó ante el cuestionamiento… si, años antes ese era el precio a pagar.

- ¿No la daría usted Edward?- el rostro de porcelana perfecto se enfrentó a aquel hombre y lo retó con la mirada.

¿Con qué eso quieres bruja? Palabras estúpidas repletas de cursilerías tontas.

- Daría eso y más, solo por quien amo madame.

La voz de terciopelo, usada para hacer vibrar el alma de las mujeres fue usada de manera certera en Isabella, quien sintió los lengüetazos de la fiebre de nuevo torturándola.

- Depende de la sangre Míster Cullen, la sangre es derramada como un acto de amor voluntario, no como una manera de enlazar y comprometer almas que no desean ese tipo de cadenas - y una mirada misteriosa y repleta de significado le brindó a Eleazar, quien inmediatamente se paró de su asiento y corrió hasta ella, para de manera juguetona tomarla de la cintura.

- Bailemos mon cherrie, hace días que no te sostengo en mis brazos.

¡No! el interior de Edward rugió.

¿Qué clase de ridiculez era esa? ¿Bailar? ¿Sin música? ¡Malditos franceses extravagantes! Se paró del asiento y sin que nadie lo dijera fue al piano enorme de extravagante oro y se sentó allí, y con el diablo en el interior golpeó las teclas y sacó del instrumento un sonido violento y apasionado.

Eleazar e Isabella se quedaron viendo aquello.

¡Vaya, vaya el tonto sabe tocar! Fue el pensamiento de Eleazar, Isabella entendió que lo lastimaba, la música febril lo decía.

Alice y Susy sirvieron el bourbon, el ama de llaves escuchó la música, por primera vez el piano ridículo e inútil del salón tuvo una real función y se paró a escuchar extasiada, mas el rostro de su ama con un gesto misterioso veía al hombre tocar, sintió miedo, presintió que su amiga se quemaba por dentro, que estaba al borde de un precipicio peligroso y que se disponía a saltar. Alice le hizo un guiño desesperado a Eleazar "haz que pare… haz que pare, ella se volverá loca"

Eleazar comprendió el gesto y sin más ni más fue hacia el loco que torturaba el piano y con el puño cerrado sobre las teclas hizo parar la impresionante música.

- ¿Cuánto quiere?

Las dos presencias se miraron frente a frente, el cínico y el burlón papagayo.

- ¿Qué quiero?- Edward se paró del piano, era más alto que Eleazar, pero menos musculoso.- ¿A qué se refiere?

- Dinero, Isabella quiere recompensarlo por su acción de salvarle.

Isabella salió de su trance y volvió a su actitud de mujer agradecida.

- Por supuesto Mister Cullen, tendrá mi agradecimiento eterno, pero deseo recompensar sus molestias.

¿Me humilla? ¡Mujer del demonio! ¿Dinero? ¡Maldito dinero! Lo necesitaba, en una semana no tendría que comer, no deseaba enfrentarse con el idiota de Sinclair ¡prefería morir! ¿Dinero? La bilis de amargura y de frustración le hacía arder sus entrañas, endemoniada sociedad, todo se medía con eso y ella ¡lo humillaba!

- No vine aquí por el dinero- se sorprendió al entender que no, no era por el dinero, por lo que viajó hasta el condado de Nothinghamshare, era por algo que él mismo no entendía bien- vine por usted madame.

- No sea tonto Mister Cullen- Isabella caminó lentamente con las dos copas de bourbon en sus manos, una se la dio amorosamente a Eleazar mientras que arrugaba su pequeña nariz en símbolo juguetón y la otra la brindó de manera fría- sus molestias para conmigo, las incomodidades del viaje, el caballo ¡todo!

- No necesito el dinero Madame, vine porque era preciso.

- ¿Preciso? ¡Oh si! Mi vida en sus manos.

- No sea irónica Madame, usted sabe a que vine.

El buen amigo y cómplice de la rica heredera entendió que allí existía algo más, algo que él pudo entrever… ¡sálvala! Se dijo, ella estaba en el borde del abismo, y el idiota de Edward Cullen también. Con un gesto impaciente Eleazar sacó su pañuelo.

- ¡Mon Dieu! ¡Que hombre más terco! Acepte nuestro agradecimiento- de sus manos sacó un costoso anillo, repleto de diamante y rubíes- se lo regalo buen samaritano.

El rostro perfecto de Míster Cullen se contrajo de amargura, Isabella tembló, no quería ofenderlo, solo deseaba que se fuera.

- ¡Basta ya Eleazar! No ofendas a mi invitado- ella sabía cómo hacer que éste se fuera- lo que desea Míster Cullen es otra cosa, pero él sabe que no se le dará ¡jamás!

El brazo del francés con el anillo en su mano bailaba frente a él, ¿Cuánto valía aquel anillo? ¡Miles de libras! ¡Miles! Si lo aceptaba podría largarse, pagar la idiota deuda y librarse de todos ellos, pero no, ¡no! ya era demasiado tarde, allí había un juego y ese era entre Isabella Swan y él, y no estaba dispuesto a perder todo aquello que deseaba; dinero, prestigio, y su cabeza y apellido a salvo de las manos de Alistair y de Tania Denali.

- ¿No lo tendré?- una mirada de reto sobre ella y un gesto de cinismo.

- No, no lo tendrá Edward.

- ¿Está usted segura?

- Tan segura de que me llamo Isabella, Míster Cullen.

Caminó hacia ella, dos grandes zancadas, Isabella no retrocedió.

- No es tan fácil.

- Mi no es rotundo- levantó su mano delicada y con la punta de sus dedos jugueteó con las solapas del abrigo- usted me aburre tremendamente, sin embargo mis agradecimientos serán eternos amigo mío.

Sin medir consecuencia se iba a lanzar hacia ella y tomarla de la cintura y sacudirla como muñeca para que comprendiera que nadie, y menos ella le diría a él que no, pero una mano poderosa lo agarró de la chaqueta.

- La dama ha dicho que no, Míster Cullen, existe otro hombre en su vida- lo tiró a la pared.

- No me asusta Míster Merchant.

- Debería- Eleazar, niño sobreviviente de las calles de Paris, estaba presto a desfigurar la cara de niño lindo del aristócrata, pero no sabía que su oponente bajo su facha de refinado caballero, era un hombre que no temía pelear. Edward tomó su bastón y en un movimiento rápido lo presionó en la garganta del amigo de la bruja.

- He venido aquí por ella, le repito, no me asusta estúpido papagayo, nadie puede decirme qué hacer- el francés tomó el bastón para apartarlo de su garganta, mas el empuje era poderoso, lo estaba dejando sin respiración.

- ¡Basta ya!- un grito metálico salió de madame- ¡ambos! – se plantó frente a los hombres- quiero que se vaya de mi casa Edward- dio una mirada cruel- ¡que tontería señor Cullen! – sinuosamente tomó el cabello negro de Eleazar- ¿no entiende? Ha llegado tarde, es más Míster Cullen, no ha debido llegar nunca- no parpadeó, uso el tono de voz de niña indiferente.

Las palabras de Isabella Swan dichas de una manera tan cruenta y dulce fueron para el cínico casanova Edward Cullen como si cientos de pequeños cuchillos lo atravesaran de forma desgarradoras, estaba herido.

Herida su vanidad,

Herido su ego.

Herido su maldito deseo de ella ¿llegar tarde? Maldita sea, estaba harto de ese juego de nunca acabar ¿Quién era ella? Una maldita bruja, llena de dinero, caprichosa y con un amante francés ¿amante? ¿Ella?

La miró de arriba abajo, alzó su cabeza de forma orgullosa.

- No hemos terminando Bella- de forma atrevida miró su corpiño, con un gesto irónico y de burla tácitamente le dijo a Eleazar que él le importaba un rábano, y como todo buen caballero ingles hizo un extraño sonido con su botas y con su sombrero- No ha sido un placer Mesie Merchant.

Isabella vibró frente a él, Edward, todo lo que ella había deseado cuando era una tonta joven, alguien hermoso, divertido, fogoso e igual de cínico y malvado que ella, ahora después de tantos años lo único que pudo ver es que aquel ángel hermoso era el símbolo de algo que Bella no debía desear, sin embargo lo hacía.

Necesitaba que se fuera, ya había dado la primera estocada.

- ¿No se queda a cenar Mister Cullen? ¡Es una pena! Deseaba apreciar más el arte de verlo tocar el piano, me gusta que mis conocidos me diviertan ¡oh si!- llevó su mano delicada a su rostro- usted no me divierte tanto.

En el camino del gran salón hasta la puerta Edward escuchó aquellas palabras y volteó por encima de su hombro y sin pudor y con arrogancia le dio a ella una mirada de fuego, ardor y decepción. Se prendió del brazo de su amigo.

- Sostenme por favor Eleazar.

El hombre sostuvo el brazo de Isabella y sintió las oleadas de fuego que la piel de ella desprendía.

- Es un idiota.

- Lo es, ¿No lo somos nosotros querido?

- Si, pero tú y yo, mon papillon, estamos conscientes de eso, ese hombre no. Anda por el mundo creyendo que todo gira a su alrededor y que su buena sangre y fuertes huesos de aristócrata le dan derecho de entrar a cualquier parte y nunca ser juzgado por su inutilidad y falta de sensibilidad.

- Se parece a mi mon cherrie.

- No Isabella, no se parece a ti.

- Me amas Eleazar, pero él es igual a mi, iguales.

Eleazar acarició su rostro.

- No lo desees tanto mi tesoro, si él lo sabe será la destrucción de ambos.

Un abrazo desesperado sorprendió al hombre, esa era ella, la niña que había conocido en Francia, la de decisiones fuertes, egoístas y sin tregua. En esa hora, ella vestida con aquel hermoso traje mostró una mínima parte de ella, tembló al pensar que si "la princesa encantada" volvía quizás ni Isabella sobreviviría.

-¿Qué será de mi Eleazar? Mi tiempo se acorta, poco a poco veo como los hilos de mi vida me jalan hacia lugares donde no quiero ir- alzó su rostro y sus ojos castaños se clavaron en los azules de su amigo- veo a Edward Cullen, y siento que él ha traído a mi vida algo de la libertad perdida, pero no puedo volver allá. No puedo.

- Vente conmigo, lejos… tú y yo, te permitiré soltar las amarras mon petit tresor- volvió a repetir la proposición sabiendo de ante mano la respuesta, y ésta vino en una sonrisa melancólica.

- Oh mon cherrie- e Isabella bajó la cabeza para después tomar el fuerte brazo de su amigo y recostarse en él- ya no deseo lastimar a nadie, ya no está en mi.

Edward corrió en el hermoso caballo blanco muerto de rabia, el bosque frente a él se le mostraba como el enemigo, de pronto con un grito interior hizo parar el caballo para volver sus ojos hacia el hermoso castillo. Todo aquello lo ofendía, lo ofendía la enorme construcción, lo ofendía la opulencia, lo ofendía los cientos de sirvientes y sobre todo lo ofendía ella y su indiferencia. Todo eso que era Isabella Swan y que parecía que él no podía tocar.

Se bajó del caballo, lo ató a uno de los árboles, se quitó los guantes y su chaqueta; la impaciencia de ver que aquellos días habían sido inútiles lo tenían al límite de todo, ¡diantre! Tiró el bastón contra la tierra húmeda maldición… maldición ¿por qué eres tan difícil? ¿Soy tan poca cosa? Y por primera vez en sus veintinueve años Míster Edward Cullen se vio frente a la disyuntiva aterradora de que si, en realidad él no era tan maravilloso como creía.

Era un hombre inútil, pobre, sin ningún talento. Un hombre que en realidad nunca había enfrentado nada y que toda su vida se la pasó huyendo de sus responsabilidades, era una decepción.

Esperó casi dos horas en el bosque con un solo pensamiento rondando su cabeza. De nuevo emprendió el camino hacia el castillo sin importarle nada, dejó el caballo, su chaqueta y sus guantes y solo fue él y sus miles de preguntas para Isabella Swan.

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Después de cenar (muy poco) Isabella se encerró en su cuarto. Los días iban contando sus pasos lentamente, cada hora y minuto la acercaban hacia la cárcel que representaba la buena sociedad inglesa y su apellido ¿Dónde estaba la chica de unos años atrás que se erguía burlona frente a todo eso? Ella que podía decir que no aceptaba los arreos impuestos y que solo vivía para su placer y pequeños egoísmos ¡que tonta chica! ¡Que superficial! ¡Que libre! Fue a la foto adorada de aquel hombre y la puso sobre su pecho, ese hombre que despertó en ella sensaciones y trajo de nuevo a su vida el fuego perdido. Lo observó detenidamente ¡que hermoso es! ¡Que fuerte! Seductor y peligroso nunca en su vida se había topado con alguien así, ninguno de los hombres que conoció en Francia le resultaron tan fascinantes.

Entre las brumas de la fiebre de días atrás pudo recordar la figura oscura que la llevaba en brazos y la salvaba de no morir en la oscuridad. Alice le contó como él, de manera valiente, se enfrentó al arma cargada de un sirviente y cómo la cargó hasta su habitación y se quedo con ella en la bañera hasta que la fiebre apaciguó su ritmo inclemente. Algo tierno se instaló en su pecho, hubiera dado todo por recordar ese momento.

Esperó que el enorme castillo apaciguara su ir y venir para que ella pudiese escapar de la habitación, deseaba cabalgar a Thunder y tomar unas nuevas fotos, quizás las últimas, pues con el compromiso establecido con su padre, el arte de la fotografía debía ser relegado bajo todas aquellas capas de buenos modales, fingimientos y buena educación. Debía guardar celosamente sus deseos, deseos que ella escondía celosamente en su corazón.

Los sirvientes del jardín la miraron de forma extraña y disimulada, sabían hacia donde se dirigía, mas ninguno se atrevía tan siquiera en pensar una palabra de reprobación. Cuando su imagen se perdió del rango de visión de todas aquellas personas, Isabella corrió hacia las caballerizas para encontrarse con el único ser que metafóricamente representaba todo lo que ella era: su precioso semental. El animal parecía siempre presentirla y al escucharla daba coses contra la madera de la caballeriza. Isabella saltaba de pasión por aquel animal.

Me ama… me entiende y me ama, mi hermoso muchacho.

Fue hasta él para liberarlo del cubículo que lo encerraba, cada vez que lo veía allí se prometía que algún día permitiría dejarlo en completa y absoluta libertad. Le dolía la posibilidad, pues era tan egoísta que no deseaba dejarlo ir nunca, pero frente a la realidad que se le avecinaba era inevitable.

- Hola mi amor- besó su cabeza azabache, pero el animal de un momento a otro dio dos coses fuertes contra la puerta- ¿qué tienes?- fue en ese momento cuando un dolor asfixiante de unos brazos que la apretaban en su cintura le dieron la respuesta.

- ¿Crees que te vas a liberar de mi tan fácil Bella?- el aliento mentolado bañó su cuello e hizo erizar su piel… era él… Edward Cullen.

- ¡Suélteme!

La mujer fue desatada del brazo poderoso. Vio frente a ella a ese hombre con el cabello revuelto, con algo de follaje en su ropa y con barro en sus botas, del caballero de imagen perfecta que siempre estaba bien puesto e impecable no quedaba nada y eso lo hacía más bello aún.

- ¿Le hizo gracia, el ofenderme Madame? – ella no respondió tan solo miraba con gesto seco- ¡respóndame! – Pero ni un solo músculo del rostro de porcelana se movió- ¡Dios! me sacas de quicio- y sin pensarlo dos veces fue a su boca y la tomó de manera desesperada, pero la mujer -quien peleaba a muerte con su deseo- no correspondió el beso. De nuevo lo intentó y de esa piedra de duro pedernal no salía nada- eres… eres- golpeó con su puño una de las paredes de madera- vine aquí por ti, vine a ver porque no respondiste mi carta y ¿qué me encuentro? – su voz era dura- una mujer impresionante sobre ese demonio- señaló a Thunder, quien arremetía con fuerza al ver que su ama estaba en peligro- una niña enferma de fiebre, un maldito francés que se burla de mi y … y el ser más cruel de este mundo.

- ¿Cruel, Míster Cullen? No me conoce, tan solo porque mi no hacia ti es rotundo ¿soy cruel? ¿Quién se cree Edward?

- ¿Quién te crees tú? ¡Bruja!- de nuevo frente a ella, trató de poner sus manos sobre sus pechos, pero la frialdad de la mujer frente a él se lo impedían, era como si ella tuviese una coraza invisible que no le permitía tocar- me muero por tocarte y no me dejas, quiero besarte y no me lo permites ¡eres un ser despreciable! Mereces todo el odio del mundo madame, le aseguro que por mi parte ya lo tiene.

Un pequeño grito salió de la garganta de Madame Swan, aquellas palabras eran en el eco de otras que había escuchado años atrás.

- No me interesa tu odio hacia mi Mister Cullen, desde el primer día que te conocí entendí quien eras, su deseo por mi nace de mi no, nace del hecho de que siempre has tenido el as bajo la manga, yo he vivido mucho Edward, he tenido que vivir y respirar con seres como tú, sé que piensan y sé cómo actúan.

- ¡No me conoces!

Ella respiró… crueldad, crueldad.

- No me interesa Míster Cullen, no me interesa si tras de esa fachada de cínico y seductor maravilloso existe alguien más, no me interesa si eres un buen hombre, si gustas de los libros o si eres deferente con la gente de inferior condición, no me interesa.

- ¿Por qué? ¿Soy tan malditamente inferior?

- No, no es eso Edward, no te estoy diciendo inferior, simplemente en mi vida no hay espacios para nadie.

Un parpadeo profuso y nervioso… nunca en su vida Edward había estado frente a alguien que le presentaba incertidumbre, era absurdamente aterrador.

- Eres de piedra ¡maldita seas! Lo que ha ocurrido en este mes fue todo mentira- se sorprendió frente a la ironía… él decía que todo era mentira por parte de ella, sabiendo muy bien que era él, quien se paró frente a ella mintiendo - lo ocurrido en el hotel, en el carruaje ¡todo! Es monstruoso- un gesto burlón en su rostro- Deberías ser actriz madame, eres magnifica.

Isabella sonrió, debía hacer que él se fuera, quitarse ese peso de la pasión de ese hombre de encima, lograr que éste la odiara tanto para que ella pudiese exorcizar su deseo por él. Un día, quizás, Isabella se lo encontraría en la calle, en el teatro o en una reunión y él le daría una mirada de rabia y de odio, entonces ella se sentiría en paz ¿Cuántos hombres no la habían mirado igual? Muchos, lo diferente es que para ella Edward Cullen sería su pasión secreta.

- ¿No lo entiendes? Fuiste un divertido experimento querido, quería saber si besando o tocando al hombre más bello del mundo, yo, la sosa solterona, fría muñeca insípida podría sentir algo, de verdad lo quería, creí que incitándote a la cacería mi sangre podría excitarse por tú presencia- ¡Dios que cruel! Igual de cruel como unos años atrás- pero no, no fue así, tan solo me aburrí, me aburro, Edward, querido, tus juegos de seducción son tan predecibles, tu belleza me es indiferente- ella se acercó a él- es tan fácil, yo podría besarte en este momento e intentar que mi corazón y mi alma vibren por ti, puedo fingir- miles de cuchillos desgarraban su interior ¡oh si! Fingir, como lo hacía en ese momento para que él se alejara. Llevó sus manos blancas al rostro de adonis enfrente, se acercó a él y posó sus labios sobre los labios de aquel y lenta muy lentamente inició un beso suave, sensual y provocativo. Ambos gimieron, Edward en su violento deseo la tomó de la cintura y la llevó de espaldas hacía la pared ¡no, no podía fingir! ¡Lo sentía! ¡Lo sentía! Ambos juguetearon con sus lenguas en un vals de encuentros y desencuentros, rozando las puntas en un nervioso y desesperado toque. Isabella agarró el cabello exótico y cobrizo y jaló con fuerza, por un segundo se deleitó en ver aquel bello rostro que la besaba con besos de fuego… ese hombre con tanto poder sobre ella. De una manera simbólica Isabella levantó el hacha de verdugo que decapitaba y detuvo el beso, se revistió de juguetona crueldad y dijo- si, Mister Cullen puedo fingir muy bien- entonces se separó de él dando cuatro pasos hacia atrás- Ya lo he dicho todo, ahora ¡vete de mi casa! Este juego idiota ha terminado.

- ¡No!- como felino a punto de engullir su presa Míster Cullen la tomó de nuevo y solo se encontró abrazando una estatua de mármol-no sientes nada ¿no es así? ¿No sabes que es ser amada por nadie? No quieres que nadie te toque.

- Así es Edward, soy intocable.

- ¡Cobarde!- sus brazos cayeron a los lados, el estrépito de su vanidad y de su vida en ruinas se escuchaba a lo lejos – mujer simple y sin corazón…- soltó una carcajada- eres hija digna de esta tonta sociedad, todas con miedo a sentir, eres cobarde Bella-Un aspirar suave y un leve levantar la cabeza fue toda la respuesta que él recibió, la ofendió tratando de provocar en ella algo, aunque fuese un sentimiento de ofensa, pero no, nada- ¡no sientes nada!

- Exacto Edward, acaba de ver la luz.

Y allí con guante de raso blanco una bofetada certera al bello rostro del seductor quien por primera vez entendió que no era infalible frente a la frialdad del hielo. Se llevó sus manos al cabello, le dio una sonrisa torcida, taconeó con sus botas e hizo una venia burlona… dolía.

- Adiós Madame Swan- tomó su mano y la besó con ternura- fue un placer- le dio la espalda y sin importar educación o buen gusto, salió corriendo por la planicie para perderse en el bosque.

Isabella lo vio irse y cuando estuvo segura que él ya no la vería soltó el nudo brutal de su pecho y dio rienda suelta a su llanto. No, no deseaba lastimar más, sin embargo lo hacía.

Corrió por el bosque hacia su caballo, las palabras de la mujer lo torturaban, el futuro incierto que se le presentaba frente a sus ojos era aterrador, en ese momento Edward Cullen no tenía nada, no era dueño de nada, tan solo era dueño de su rabia, de su impotencia y de la absoluta obsesión que sentía por aquella muñeca de fría porcelana.

Maldita seas… maldita seas Isabella Swan… en que maldito momento de mi vida me vi metido en esto, todo hubiese sido tan fácil si hubieses dicho que si, quizás yo lo habría intentado, ¡Dios! Paró su caminar rotundo frente a esa posibilidad, lo habría intentado, intentar ser esposo de alguien, intentar una familia, intentar en algún momento ser un buen hombre, y ella de un tajo cortó toda posibilidad de redención. Frente a él, la hermosa cara de muñeca se le presentaba sin emociones, una máscara de mármol que abría su boca y le decía que nunca, nunca sentiría nada por él… ¡Dios! ¡Y cómo besa esa mujer! No podía entender como ella podía besarlo de semejante manera y luego decir que él era un maldito experimento. Toda su vida, fue testigo de las crueldades de la pequeña sociedad en que se movía, vio a su padre Carlisle, un hombre tierno y prudente transitar de manera incómoda aquel terreno de temibles y sutiles maldades, pues así podía sobrevivir él, su familia y su apellido, al final, éste se retiró y durante el último año no permitió que nadie a excepción de sus dos hijos tuviesen contacto con él.

Edward respiró con dolor, por primera vez en casi cinco años reflexionó sobre aquel año final de Carlisle Cullen y de pronto supo que él, su hijo, el encargado de llevar su apellido era su más grande decepción… pobre y estúpido viejo si éste lo viese en ese momento volvería a morir, pero no, no era momentos de arrepentimientos y ridículas melancolías. Su padre estaba muerto, y él estaba vivo, y llorar por lo que fue inevitable era una total pérdida de tiempo. Ahora, lo único importante era tratar de salir del lío de su vida, pagarle a Alistair la deuda y… arrancarse la imagen de la maldita bruja de su piel… ¡dolía! Le dolía esa mujer en todo su enfurecido cuerpo.

Llegó a la posada, a lo largo del recorrido desde Forskville, hasta allí, todo el entramado de fino caballero se había esfumado, su ropa estaba sucia, el cabello indomable por naturaleza lo era aún más, todo él era la imagen de alguien que venía de una batalla que había perdido. La gente del lugar se le quedó viendo, por un momento el incesante movimiento de ellas se aquietó dejando paso a la observación casi temerosa de aquel. Edward hizo un gesto de repulsión, caminó hacia una de las mesas y sin permiso y con un gruñir poco británico tomó una botella de whisky y en tres grandes zancadas llegó hasta su habitación. Quería emborracharse hasta perder el sentido. El líquido ardiente recorriendo por su garganta y penetrando a su sistema, a su sangre, actuaba sobre él en una alquimia de rabia, deseo, celos insoportables, y miles de preguntas sobre aquella incógnita que era la bruja perfecta. Mas, el licor no exorciza ninguna de aquellas pasiones, es más las llevaba a limites insospechados, Mister Edward Cullen estaba en ese momento de su vida en que los miles de años de fría y calculada cultura y civilización inglesa estaban siendo calcinadas de manera agónica por una mujer… ¡Diantre! ¡Una mujer! ¿Podría haber algo más ridículo que aquello? Siempre odió los excesos de fiebre melodramática y de literatura llena de pasiones que bordeaban en la histeria idiota. Trataba de burlarse de todo aquel sentimiento, se decía así mismo que él, Edward Cullen hundido en las entrañas de una mujer podría olvidarse de la insulsa Madame Swan, se repetía que todas las mujeres del mundo eran más bellas, más divertidas, más emocionantes que ella, pero no… el misterio profundo de la bruja lo tenían en el centro mismo de todos aquellos sentimientos y emociones que siempre despreció.

¡Maldita sea Madame hielo! ¡Maldita seas Isabella Swan! ¡Ella! Que lo impulsaba a hacer lo que más odiaba ¡escribir cartas! Pero lo necesitaba, necesitaba hacerlo.

Tomó un papel y una pluma, respiró con profundidad y dejó que toda la obsesión por ella saliera a flote:

Isabella…

¿Cómo describir lo que siento por ti? ¿Qué maldita palabra pueden hacerte entender lo que tu piel de mármol me provoca? Si… ¡me alucinas! Todo de ti me vuelve loco Bella, todo… tu boca, tu piel, tu voz, hasta tu imagen en ese caballo diabólico. No pidas de mi poesía, métrica o perfección en las palabras, este soy yo, borracho, ebrio de ti, en este momento puedo decirte que te odio y que me obsesionas, odio tus palabras, odio tu frialdad, odio cada cosa que tú eres, todo ello mezclado por mi insana obsesión, por la frustración de no tenerte, por el deseo de poseerte y tú - maldita seas- te niegas… me veo en las puertas de hierro de tu vida mendigando, pidiendo una limosna de eso que tú tan bien finges. Quiero esos besos que no son besos, quiero esas caricias que son dadas por tus manos de nieve, quiero esos actos de crueldad que derramas sobre mí ¿Por qué te niegas? ¿Soy tan poco? ¡Soy un maldito! Amando a quien no me ama, deseando a quien no me desea, suplicando un poco de tu vida, y tú Isabella simplemente te niegas… idiota de mi, mil veces, me has puesto frente a una maldita disyuntiva en la vida ¿qué hacer con ella? Me has demostrado que todo lo que yo creí que era, es mentira… puedo decir que tienes derecho a decir que no, puedo decir que eres libre y que puedes darle tu corazón a quien quieras, hasta al maldito papagayo infame que dices adorar, pero yo te digo ¡no tienes derecho! ¡No lo tienes! Deberías ser mía, deberías Isabella venir hacia mí y permitir que mi vértigo termine y descansar en tu pecho… pero no, soy vulnerable, no tengo armas frente a tu negación, cierras las puertas de tu palacio de hielo y me veo tratando de penetrar en él sin ninguna suerte.

Te digo que te odio en este momento… Bella, mi Bella, porque quizás odiándote sea la única manera de volver a mi, odiándote sea la única manera de defenderme, odiándote me salvo de ti.

Iré a Londres allí me perderé en aquella ciudad, seré un fantasma más, en algunos años Isabella Swan, quizás te olvides de este bufón, quizás en este mismo instante ya ni siquiera recuerdes mi nombre, no importa, Madame de hielo, ese es mi destino ¡no! No sientas compasión por mí, ¡Dios! soy tan idiota que aún pienso que sientes alguna cosa ¿piedad? Creo que esa palabra no existe en tu vocabulario, y para mi es mejor, odio la compasión, detesto la lástima, no soy de ese tipo de hombres, no lo quiero ser. Si, volveré a la ciudad, me perderé en la niebla y me olvidaré de mí, porque de ti será imposible, sin embargo Bella sobreviviré, sobreviviré a tu imagen, a tu recuerdo y a todo lo que tú me provocas. En unos años me verás en las calles, me verás caminando entre Chelsea Street o Covent Garden y te preguntarás ¿Quién es ese hombre? Lo conozco, me mirarás y no me reconocerás y seguirás de largo con tu destino de hielo, yo me quedaré mirándote Bella, sintiendo como aún después de tantos años yo Edward Cullen aún estaré enredado en las telarañas de mi obsesión, mi amor-odio y mi deseo por ti, pero si, soy hijo de Inglaterra Madame, soy súbdito de la reina Victoria, hijo decadente de cientos de años de frialdad y simplemente sonreiré y diré en voz alta que nunca, que jamás sentí nada por ti, que mi pasión fue solo fruto de tu no, pero que al final el tedio pudo sobre mí y que te olvidé, mas no será así princesa de nieve, no lo será, porque durante toda mi vida, de hoy en adelante seré por siempre y para siempre tuyo, al final cuando en algún momento, en un leve destello de tu vida entre el aburrimiento de las horas en ese Londres nublado y frío te acordarás de mí Madame y ten por seguro Isabella… mi Bella, que yo en alguna parte del mundo te seguiré amando y odiando por igual. La pregunta es ¿te importará? Lo más temible es que creo que no…

Hasta siempre… suyo:

Mister Edward Cullen.

Estaba demasiado ebrio, demasiado furioso para reflexionar sobre cada una de las palabras que puso sobre el papel, palabras, locas sin sentido, llenas de exageraciones y melodramatísmos de tercera, sin embargo una verdad en todas ellas… estaba y estaría para siempre obsesionado por Isabella Swan. Malditas mujeres, si tan solo hubiesen sabido que para llegar al corazón de él solo bastaba con pronunciar una palabra: No.

Ebrio, cabalgó en el caballo para llegar hasta la mansión. Se ocultó en el jardín, observó a los sirvientes y al saber que en el incesante ir y venir de aquellas hormigas que no miraban a nadie a los ojos se escabulló en la pequeña puerta trasera que comunicaba con la enorme cocina, corrió escaleras arriba y llegó hasta la enorme habitación. Un segundo, un solo segundo y él hubiese podido entrar allí y hacerla suya a la fuerza, pero no, no lo haría, no era de ese tipo de hombres, su vanidad de amante no permitía semejante afrenta a su ego. Deslizó la carta por debajo de la puerta, aspiró el dulce olor que de allí emanaba, un leve dolor de la nostalgia por algo que no tendría, una furia por verse presa de esa ridiculez de emociones, dos pasos hacia atrás y sin más ni más se despidió de Isabella Swan.

Resuelto, cabalgando en el bosque, supo que Alistair Sinclair lo masacraría, que su pobre hermana estaba condenada y que el hijo de ella sería un niño desdichado… ¡maldición! tenía que hacer algo, una última jugada, un último esfuerzo… si, iría donde Alec Ferguson y se ofrecería a la carnicería de sus peleas aterradoras en Regent Street. En ese momento nada importaba, tendría que salvarse y salvar a su familia y si en esto tendría que derramar su sangre aristócrata, ¡maldita sea! ¡Lo haría!

*cet homme est un idiot complet, viendront après vous, comme si la chasse est une vulgarité: este hombre es un completo idiota, viene tras de ti como si estuviese de cacería, es una vulgaridad.

*La chasse est mon ami: Está de cacería, mi amigo.

Gracias a todas por leer.

Esta semana una conciencia maravillosa vino a mí, y me hizo retomar mis antiguos caminos…soledad, silencio y algo de misterio, sinónimos en la vida de quien quiere escribir.

Bueno chicas, desde el próximo capítulo esto tomará un cariz diferente….veremos.

A Ximena, gracias.

A Todas… Adriana, alias Sachita Simon le gusta aprender, siempre está dispuesta, soy estudiante eterna.